TRATADO DE LA VIDA ESPIRITUAL (1)

DEL GLORIOSO PADRE SAN VICENTE FERRER, 
DEL ORDEN DE LOS PREDICADORES. 
 ARGUMENTO 

     Sólo pienso traer en el presente tratado documentos provechosos para el alma y reglas saludables de lo que nos enseñaron y dejaron escrito los sagrados doctores. No traeré expresamente sus dichos, ni tampoco autoridades de la divina Escritura, para confirmar lo que dijere, o para persuadirlo: porque mi intento es guardar brevedad, y mi fin se encamina al siervo de Dios, que con grande afecto quiere poner por obra el santo deseo que de servirle tiene. Por lo cual tampoco probaré con razones lo que dijere: porque sólo quiero enseñar al humilde, y no disputar con los arrogantes.

     Cualquiera, pues, que desea aprovechar a sus prójimos con persuasiones y enseñarles con palabras, debe primero poner por la obra lo que a los otros quiere persuadir de palabra. Porque, a la verdad, de otra manera su trabajo será perdido, y sus palabras y consejo de ningún efecto, si primero a él no le vieren los demás obrar lo que enseña, y aun con ventajas mayores. 

CAPITULO I  
De la pobreza verdadera y en qué consiste

     El que de veras quisiere entregarse al servicio de Dios y emprender la vida espiritual, debe primeramente menospreciar y poner bajo sus pies todas las cosas terrenas y mundanas. De las cuales sólo se ha de servir en lo que de ellas tuviere precisa necesidad, tomando de ellas en muy poca cantidad, aun de lo que no pudiere excusar para su menester, sufriendo en eso con paciencia alguna falta, sólo por amor de la pobreza. Como lo dice un doctor: ya sé que no es alabanza ser pobre, pero esla muy grande y mucha perfección, siéndolo, amar la pobreza; y la falta y miseria que consigo trae, sufrirla con mucho contento y alegría.

     Pero es muy para llorar, que muchos blasonan de la pobreza y se glorían de ser pobres, y esto sólo en el nombre, con tal que no les falte cosa alguna de las que han menester para su regalo. Píntanse los semejantes por muy amigos de la pobreza; empero sonle compañeros de solo nombre. Porque cuanto pueden huyen de los que verdaderamente padecen necesidad y que son pobres a las veras. Gustan de serlo, pero no de padecer sed, hambre, menosprecio y abatimiento, fieles compañeros de la verdadera pobreza. No era pobre de esa manera nuestro padre Santo Domingo, y mucho menos Aquel que, siendo el más rico y poderoso, se hizo el más pobre y mendigo por nosotros. Los sagrados apóstoles esto mismo nos enseñaron con palabras y persuadieron con obras y propios ejemplos. A imitación de los cuales, no debes tú pedir cosa alguna a nadie para tu servicio, si ya a ello no te obligase la mucha necesidad. Y si alguno, de su propia voluntad movido, te quisiere dar algo, no lo recibas ni condesciendas con su gusto, aunque se atraviesen ruegos, y aunque sea so color de darlo a los pobres después de admitido, y de hacer limosna de ello a otro que más necesidad tuviere. Tampoco te mueva a recibirlo pensar que quien te lo envía se entristecerá si no lo recibes. Porque, antes bien, después de caído en la cuenta el tal, le causarás alegría muy grande, no sólo a él, pero a otra cualquier persona que tal oyere. Y con tan buen ejemplo con facilidad traerás a tus hermanos a menosprecio del mundo y los aficionarás a dar limosna y socorrer a los demás pobres y necesitados.

     La necesidad que arriba digo que puedes padecer, entiendo en la escasez de la comida y vileza del vestido y calzado, en lo cual muy de ordinario la puedes padecer.

     No llamo empero necesidad el no tener libros y carecer de ellos, so cuyo título, las más veces se encierra grande avaricia, pues ya en nuestra sagrada religión los hay muchos en la librería común, y acomodados para tus estudios.

     El que quisiere claramente echar de ver los maravillosos efectos de lo dicho, juntamente con los aprovechamientos que de ello se siguen, procure con humildad y sencillez de corazón ponerlo por obra. De otra suerte, si con soberbia e hinchazón quisiere contradecir a lo dicho y siguiendo su propia voluntad echar por otras veredas, se quedará burlado. Que, a la verdad, Cristo que es maestro de humildad, a los humildes descubre sus verdades y secretos divinos, los cuales esconde a los soberbios y entonados. 

CAPITULO II
Que trata de la virtud del silencio 

     Habiendo el siervo de Dios echado firmes fundamentos de pobreza en este edificio espiritual, siguiendo lo que nos enseñó aquel maravilloso arquitecto y maestro de semejantes edificios el Hijo de Dios, que puesto en la cumbre del monte decía: Bienaventurados los pobres de espíritu, prepárese con cuidado a refrenar la lengua, no desplegando sus labios sino en palabras de edificación. Porque hablando de cosas buenas y provechosas para el alma, pierda la mala costumbre de hablar palabras ociosas, vanas y sin provecho alguno. Y para tener más sujeta y a su mano la lengua, procure, cuanto en sí fuere, de no hablar sino interrogado, que es precisamente a lo que la crianza y pulida humana le obliga. Esto entiendo cuando fuere interrogado de cosa necesaria y provechosa, porque cuando no, a pregunta infructuosa callando se ha de responder.

     Si alguna vez aconteciere alguien por conversación decirle palabras de burla, o darle vaya, podrá mostrar alguna alegría de rostro y afabilidad, por no parecer pesado a los demás y enfadoso; mas no hable de ninguna manera, aunque de ello murmuren o se enfaden o finalmente por ello le ultrajen y noten de singular, supersticioso y grave. En tal caso tiene obligación de rogar de corazón a nuestro Señor por los semejantes, que quite su Majestad cualquier turbación e inquietud de sus almas.

     Algunas veces tendrá licencia para hablar, si se ofreciere necesidad o a ello le obligare la caridad del prójimo, o siéndole mandado por obediencia. Y entonces hablará muy de pensado y con mucha consideración pocas palabras, con voz baja y humilde. Esto propio debe guardar en sus respuestas ordinarias, cuando de algo fuere preguntado. Porque a su tiempo es bueno callar para edificación de sus prójimos; para que callando aprenda cómo ha de hablar en su ocasión. Rogando siempre al Señor supla por su parte en los corazones de sus prójimos, enseñándoles interiormente en lo que él de la suya faltare, y callando quede corto, por no dar tanta licencia a la lengua que hable, aun en lo necesario y conveniente. 

CAPITULO III 
De la obediencia y pureza de corazón 

     Después de haber desterrado de ti, con la pobreza voluntaria y silencio, muchos cuidados y desasosiegos que impiden no se fertilicen las virtudes por divina inspiración y gracia, sembradas una y muchas veces en el campo fértil del corazón, resta más adelante trabajes con grande cuidado de ejercitarte en aquellas virtudes que engendran en ti aquella limpieza de corazón que abre los ojos del alma en la contemplación de las cosas del cielo (como dice Crisio nuestro bien) por la cual alcances quietud y paz interior; para que el Señor, que tiene su morada en paz, guste de morar en ti.

     No entiendas hablo tan solamente de la limpieza que limpia al hombre de pensamientos deshonestos y torpes, sino también, y más principalmente, entiendo la limpieza y pureza del corazón que aparta al hombre (en cuanto se permite en esta vida) de todos y cualesquier pensamientos inútiles y vanos. De tal manera que haga en él un trueque tal, que no esté ya en su mano pensar en otra cosa que en Dios o por Dios.

     Para alcanzar esta celestial y en cierta manera divina pureza (porque el que se llega a Dios se hace un mismo espíritu con Él) es muy necesario hacer lo que se sigue. Lo primero y más principal que debes procurar con todas veras es negarte a ti mismo, como lo manda el Salvador del mundo, diciendo: El que me desea seguir, niéguese a sí mismo. Negarte a ti mismo así lo debes de entender: que mortifiques en todas las cosas y huelles tu prepia voluntad, y en todo la contradigas, y repugnes a tu parecer, abrazando con benignidad el ajeno, en caso que no quiebre de lo que fuere licito y honesto.

     Esto guardarás generalmente: que en cualquier cosa temporal que ha de servir a cualesquier necesidades temporales jamás sigas tu propia voluntad cuando vieres que otro contradice a ella, aunque conozcas que el tal anda muy desviado de la razón. Sufriendo en esto cualquier inconveniente y daño temporal por conservar la quietud espiritual y tranquilidad del alma, que con semejantes contradicciones y porfías se pierde; entretanto que el hombre, estando fuerte en su propia voluntad, por salir con la suya y quedarse con su opinión, gusta de estar altercando con los demás, contradiciéndoles con palabras o con imaginaciones.

     No sólo has de guardar esto cuando se atravesaren cosas temporales, sino también espirituales o que a ellas se encaminan: siguiendo antes la voluntad y el parecer ajeno, que no el propio, con tal que sea bueno, aunque el tuyo sea más perfecto. Porque más daño recibirás en lo poco que perdieres de la humildad, quietud y paz interior por contradecir y altercar con los otros, que será el provecho que te pueda venir en cualquiera virtud siguiendo tu propia voluntad y repugnando a la ajena.

     Esto debes entender con los que te son compañeros y familiares en los ejercicios espirituales, y que procuran caminar a la perfección como tú. Mas no entiendas te has de sujetar a los que dicen a lo bueno malo y a lo malo bueno, y tienen por costumbre juzgar todo lo que los otros hacen, y por oficio contradecir las palabras y obras ajenas, sin corregir las propias. Así que no digo yo sigas el parecer de semejante gente en lo que toca a cosas de espíritu; aunque en las temporales será bien pases por lo que ellos dijeren, y hagas su voluntad, antes que condesciendas con la tuya propia. Cuando deseares hacer algo que sirva para más aprovechar en la virtud o para mayor honra de Dios y aprovechamiento del prójimo, y algunos te resistieren o procuraren impedir tus santos intentos —ahora sean tus superiores y prelados, u otros iguales contigo o menores— no andes en rencillas, o a tú por tú con ellos; sino recógete dentro de tu corazón, y tratando tu negocio con Dios dile aquello del santo rey Ezequías: Señor, fuerza se me hace, y acosado me veo: tomad la mano y responded por mí.

     No te entristezcas por ello ni desmayes; porque no permite eso el Señor sino por tu propio bien y provecho de los demás. Mas te osaré decir que, aunque no eches de ver luego este bien, después darás en la cuenta que lo que tú pensabas que te había de ser estorbo para tus intentos, eso propio te servirá de ocasión y ayuda eficaz para salir con ellos. Muchos ejemplos pudiera traer a este propósito, cogidos del jardín fértil de la sagrada Escritura: como es aquello que pasó el San José con sus hermanos, y otros semejantes. Empero déjolo de hacer por no ir contra lo que tengo prometido, de guardar brevedad. Y créeme en esto que te digo (como a bien experimentado) que es así.

     También si en lo que deseas hacer en el servicio de Dios vieres que se te va estorbando por orden del cielo y que a ello pone Dios impedimentos, o de enfermedad, o de otro cualquier achaque, no te entristezcas de ninguna suerte, antes lo sufres todo con buen semblante, encomendándote muy de veras a aquel Señor que sabe muy mejor lo que te conviene, que tú mismo, y que perpetuamente te lleva para Sí, con tal que te resignes de veras en su santa voluntad y te pongas en sus manos tan piadosas como seguras, aunque de esto tu entendimiento no alcance más. Trabaja en esto con cuidado, es a saber, que vivas con paz y tranquilidad de espíritu y no te inquietes ni te entristezcas por cosa alguna que te acontezca, si no fuere por tus pecados propios o de tus prójimos, o por lo que te puede provocar a ofender a Dios. Mira, pues, no te entristezca cualquier acaecimiento impensado, ni te indignes o encolerices contra el defecto, descuido o pecado ajeno; antes bien, ten piadosas y compasibles entrañas para con tus prójimos y hermanos, considerando siempre que por ventura lo harías tu peor, si no te tuviese el Señor de su poderosa mano y te ampare con su divina gracia.

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