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¿MUERE CRISTO EN LA MISA? II


El tema de la eucaristía, y mas en concreto el de la Misa católica, ha sido tratado varias veces en este blog. En particular, he estudiado la fecha de la Cena del Señor, que fue precisamente en nuestro Jueves Santo, en la noche del 13 de Nisán, o sea el día de la pascua judía , 14 de Nisán según el computo judío de los días. En ese día tuvo lugar la Cena y muerte en Cruz del Salvador. Después he respondido a la pregunta que encabeza este post afirmando que si no fue una muerte física, si lo fue mística por la significación que le da las especies separadas de pan y vino, convertidos   en Cuerpo y Sangre de Cristo.

Hay que notar la corroboración de esta doctrina, que es la secular de la Iglesia, en los escritos del gran Apóstol de la Eucaristía San Pedro Julián Eymard, fundador de una congregación dedicada al culto y propagación eucarísticos, los Sacramentinos-traigo aquí el artículo que aparece en el gran blog RADIO CRISTIANDAD.

Tengo la suerte de poseer las OBRAS EUCARÍSTICAS DE San Pedro Julián e incluso me han sido materia de lectura espiritual y meditación. El artículo que aporta R.C. está en la página 49 de las OBRAS EUCARÍSTICAS del Santo, editado por “Ediciones Eucaristía” de los P.Sacramentinos, de 1963, Tolosa, 1207 p.

San Pedro dice cosas con unción y fervor, que en la teología se dicen con cierta aridez intelectual. He aquí el post de R.C.que aunque dicho allí, llegará a muchísimos lectores no quiero dejar de ponerlo en este modesto blog porque es un complemento a lo dicho aquí en varios posts, aunque escrito con la unción y el espíritu eucarístico que inflamaba a nuestro santo. Sólo me culpò de no haber tenido yo la iniciativa de ponerlo en este blog, conociendo como conocía sus obras. Pero me congratulo de la difusión que alcanzará en el blog R.C.

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA EUCARISTÍA Y LA MUERTE DEL SALVADOR

Martes 21 junio 2011 por Radio Cristiandad

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD San Pedro Julián eymard, Apóstol de la Eucaristía Apóstol de la Eucaristía Fundador de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, de las Siervas del Santísimo Sacramento y de la Archicofradía del Santísimo Sacramento El centro de su vida espiritual fue siempre la devoción al Santísimo Sacramento. En 1851 hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación… Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María… ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí!” Escribió varias obras sobre la Eucaristía, que han sido traducidas a varios idiomas. De allí extractamos la siguiente:

LA EUCARISTÍA Y LA MUERTE DEL SALVADOR

Quotiescumque enim manducabitis panem hunc, mortem Domini annuntiabitis donec veniat.

Cuantas veces comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor (I Cor., XI, 26) La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor. Fue instituida la víspera de su muerte, la noche misma que fue entregado Jesús: Pridie quam pateretur; In qua nocte tradebatur. Le da el nombre de testamento que se funda en su sangre—Hic calix novum testamentum est in sanguine meo. El estado de Jesús en el Santísimo Sacramento es un estado de muerte. En las apariciones de Bruselas y de París, de 1290 y 1369, se dejó ver con las cicatrices de sus llagas como nuestra Víctima divina. En la Hostia santa está sin voluntad y sin movimiento, como un muerto que hay que llevar. A su alrededor reina silencio mortal. Su altar es sepulcro que encierra huesos de mártires; la lámpara lo alumbra como alumbra las sepulturas; el corporal que envuelve la Santa Hostia es nuevo sudario, novum sudarium. Cuando el sacerdote va a ofrecer el Santo Sacrificio lleva sobre sí insignias de muerte: no hay vestidura sagrada que no esté marcada con la cruz, que lleva por delante y por detrás. Siempre muerte, siempre cruz, es el estado de Jesús en la Eucaristía en sí misma considerada. Si la consideramos como Sacrificio o como Sacramento que se recibe en la Comunión, patentiza ese estado de muerte de Jesús de una manera, todavía más viva. El sacerdote pronuncia separadamente las palabras de la Consagración, sobre la materia del pan y sobre la del vino, de modo que, por virtud de la significación rigurosa de estas palabras, el Cuerpo de Cristo debiera estar separado de su Sangre, es decir, muerto. Si no hay muerte real es porque a ello se opone, después de su Resurrección, el estado glorioso de Jesucristo; pero Él toma de la muerte lo que puede, es decir, toma el estado de muerte y le, vemos así como Cordero inmolado por nosotros. Jesucristo, por esta mística muerte, continúa el Sacrificio de la Cruz, renovándolo millares de veces por los pecados del mundo. En la Comunión se consuma esta muerte mística del Salvador.

El corazón del comulgante viene a ser su sepulcro, pues disueltas en su interior las santas especies por la acción del calor natural, cesa el estado sacramental; Jesús sacramentado ya no está corporalmente en nosotros, sino que muere sacramentalmente, verificándose la consunción del holocausto. En el corazón del justo halla Jesús una sepultura gloriosa, pero ignominiosa en el del pecador. En el primero no pierde su estado sacramental sin dejar su divinidad, su Espíritu Santo, y por lo mismo un germen de resurrección. En el segundo, esto es, en el culpable, no sobrevive Jesús, quedan frustrados todos los fines de la Eucaristía. La Comunión en estas condiciones es una verdadera profanación; es la muerte violenta e injusta de Nuestro Señor, crucificado por estos nuevos verdugos.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. La Eucaristía es un testamento, un legado, que no puede tener valor sino por la muerte del testador. Jesús debía, por lo tanto, morir para convalidarlo. Por eso, cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la Vida a Jesucristo, y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía! Y, sin embargo, bien a las claras nos lo dice Jesús con su presencia. Pero nosotros, como hijos desnaturalizados, no pensamos más que en sacar provecho y disfrutar de nuestras riquezas, sin acordarnos de Quien nos la adquirió a costa de su vida.

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones que hemos dicho para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo: Mihi mundus crucifixus est et ego mundo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipe de la Resurrección gloriosa de Jesús. Jesucristo es sembrado en nosotros y el Espíritu Santo se encargará de vivificar este divino germen y nos concederá por él una vida eternamente gloriosa. Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este Sacramento de vida, dónde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera cómo debemos corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu Pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu Redención!

1 reply »

  1. Cabe decir: Es el Sacrificio Perpetuo.
    Dios vive en la Eternidad, en la eternidad todo es presente. No hay tiempo.
    Cada MIsa hace presente La Pasión y Muerte de nuestro Salvador.
    No lo vemos, pero ahí está crucificado. Y todas sus llagas y cada gota de su Sangre Bendita claman al Cielo perdon para nosotros pobres pecadores.
    Una Sola Misa vale todo el SACRIFICIO DEL CALVARIO, el SACRIFICO DE SI MISMO DE DIOS Y HOMBRE VERDADERO, por ello aunque han desequilibraden el orden estos novadores, mientras exista un sacerdote fiel que ofrezca la Hostia Santa e Inmaculada en la Misa de siempre obtendremos Misericordia, porque aunque no lo oímos sabemos que El, Nuestro Sumo Sacerdote y Víctima se inmola para justificarnos y pide al Padre cada vez “Perdónales porque no saben lo que hacen”
    Y el Padre le escucha, si no fuere así me atrevo a decir que hace tanto que hubieramos sido fulminados dela faz de la tierra.

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