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LA VISIBILIDAD DE LA IGLESIA


La visibilidad de la Iglesia es una de las cosas peor comprendidas y sujeta a explicaciones dispares. Algunos creen que desaparecería en el caso de que por largo tiempo no hubiera un papa, ni obispos n. sacerdotes. Por ello se arroja como  arma arrojadiza sobre posiciones que van desde el sedevacantismo hasta las de la resistencia más o menos explícita a la autoridad. Pero en ellos aparece patente el barrer ” pro domo sua” lo que significa justificar posiciones más que discutibles. Quiero decir, justifican el legitimarse en su autoridad o en la comodidad de su status aduciendo precisamente la profetizada por Cristo visibilidad e indefectibilidad de la Iglesia, sin percatarse que bien pudiera suceder que la Iglesia “subsista” fuera de ellos si ellos por su falta de Fe católica han dejado de ser sus miembros. La unica certeza que tenemos es que la visibilidad e indefectibilidad de la Iglesia se refiere al Symbolum fidei que profesarán algunos o muchos y contra el cual no podrán las puertas del infierno.

Para aclarar  las ideas traigo parte de un artículo del fallecido (según creo) Dr. Homero Johas, notable por su erudición y profundidad teológica (como todos los suyos) que copio de este sitio

La Iglesia será visible mientras haya fieles que sustenten la fe integra e inviolada. Además son fieles los “simples errantes” siempre que no sean pertinaces ni pueda exigírseles, por su condición, la adhesión a las “sutilezas de la Fe”, cosa que sí sucede en los doctos y cargos eclesiásticos. Del artículo completo también se deriva la licitud de hallar los sacramentos via extraordinaria, bien mediante consagraciones sin mandato o por modos extraordinarios en estado de necesidad.

LA VISIBILIDAD DE LAS IGLESIAS DURANTE LAS VACANCIAS.

Por el Dr. Homero Johas

2.1.- la Iglesia como Objeto Visible de la Fe.

La actual interrogación: “¿Dónde está la Iglesia visible?” supone que la Iglesia objetivamente cambió, alteró su esencia por el apartamiento masivo de jerarcas y fieles. Pío XI, y todos los papas, niegan esa posibilidad: “no puede ocurrir que la Iglesia (…) no exista hoy ni en cualquier tiempo ni tampoco que exista no enteramente la misma que existió en la época de los Apóstoles”. “Ella no fue hecha pedazos ni destruida (…) por el apartamiento de los herejes” (Mort. Ánimos). Es pues un error suponer alteraciones en la esencia visible de la Iglesia.
Ella es “extrema y perceptible a los sentidos”, “visible y perceptible” dice el mismo Papa (Ibídem), pero la fe tiene por objeto cosas “no aparentes”; ella es el “argumentum non apparentium” dice San Pablo (Heb XI,1). Y, comenta San Pablo: “no visibles y no sabidas” (non visorum et non scitorum). Adherimos a sus afirmaciones como a cosas “non tanquam scitis, nec tanquam visis”. La Fe “no puede ser de cosas vistas o según el sentido o según el intelecto”(non potest esse de visis), (Santo Tomás, S.T. 2-2, 1,4). ¿Existe pues contradicción entre la Iglesia visible y ser el objeto de la fe relativa a cosas no visibles? San Pablo mismo comienza a exponer: “vemos ahora por un espejo, en enigma” (I Cor. XIII, 12). El sentido de “ver” allí, se subordina a la credibilidad y al creer por el sujeto: las cosas de la fe son”vistas” por los que creen: “sunt visa ab eo qui credit” (Ibídem, ad.2).
La visión del objeto de la fe no se completa sólo por los sentidos, ni sólo por el intelecto; exige también la voluntad y la gracia. Cuando la revelación dice que “fides ex auditu” (Rom. 10,17): “Lo oído allí es de las palabras que significan cosas que son de fe (verborum signiflcantium ea quae sunt fidei); pero no es de las propias cosas sobre las cuales versa la fe (non autem ipsorum rerum de quibus est fides)” (Ibídem, ad 4).
Luego, ¿cuál es la Iglesia sobre la cual las puertas del Infierno no prevalecerán? No son las paredes materiales de los templos ni aún las personas singulares sino, como enseña el Tridentino: “el fundamento firme y único contra el cual jamás prevalecerán las puertas del Infierno” es el “Symbolum fidei” (DS 1500). Así, la Iglesia es visible “para los que adhieren a la recta fe y no para los otros” (Ibídem, ad 3).

Luego, inquirir dónde está hoy la Iglesia visible, si eso fuera tomado en el sentido de personas físicas, ellas no son sino el objeto material que, para constituir la Iglesia y ser miembros de ella, necesitan de la forma de la recta fe confesada exteriormente, necesitan de la confesión oral del Credo.

2.2. Cuerpo Místico y Jerarquía Visible.

En el Cuerpo Místico de Cristo, la cabeza principal, Cristo, es invisible. Y las personas físicas que manifiestan la visibilidad de ese cuerpo solo lo hacen en cuanto manifiestan unión formal con la recta fe y el recto régimen. Es necesaria la forma común de credo y gobierno. León XIII en “Unitas Ecclesiae” bien advierte: “necesariamente se requiere la unidad de fe” “quatenus est coetus fidelium” y, “por derecho divino se requiere la unidad de régimen, que hace la unidad de comunión” (…) “quatenus est divinitus constituía societas” (DS. 3306). Luego “Solamente aquéllos (ii soli) que por confesión oral” (Rom. 10,10) manifiestan esas unidades, y no quien sólo nominalmente se dice católico, manifiestan la Iglesia visible.
La Iglesia no es un mero cuerpo moral que consta sólo de elementos sociales y jurídicos, naturales, sino que ella los requiere junto con el elemento sobrenatural, el Espíritu de Dios, que “Llena y une toda la Iglesia” (Santo Tomás, De Veritate, q. 29, a.4,c).

Pero, ese Cuerpo de Cristo no consta sólo de los miembros “primarios y principales”, los jerarcas, sino también de todos los fieles (sed eos quoque omnes). (Myst. Corporis). La fe “es universal…, común a todos…, pertenece no sólo a los clérigos, sino enteramente a todos los cristianos”. (Nicolás I, DS 639). Por lo tanto, cuando se busca la visibilidad de la Iglesia, los laicos también la manifiestan y también por ellos la Iglesia se torna visible. Todos los que profesamos el credo visible manifestamos la Iglesia visible.

2.3. Visibilidad y Vacancia de los Cargos.

Es una contradicción afirmar la vacancia de la Iglesia por herejía de sus titulares, y pretender que la Iglesia sea visible por medio de esas personas. Los cargos instituidos por Derecho divino se alternan con períodos de ocupaciones y vacancias: los hombres mueren, renuncian, pierden la fe…
Y “es absurdo que quien está fuera de la Iglesia pueda presidir en la Iglesia” (Satis cognitum), “cum nimis absurdum sit ut Christi blasphemus in christianos vim potestatis exerceat” (Inocencio III, IV Letrán, Canon 69).

Luego en las vacancias la visibilidad de la Iglesia permanece existente a través de los cargos existentes inteligiblemente en la constitución divina de la Iglesia “ab eo qui credit”, por aquél que cree en esa constitución. No existe vacancia en cuanto a la Cabeza divina, par la cual la Iglesia es regida primariamente, “a quo ipsa regitur” (Pío VI, DS. 2678). “Es solamente Cristo que rige y gobierna la Iglesia” (Myst. Corporis), “quia fundamentum est positum praeter quod aliud poni non potest” (1 Cor 3,11); “ipse dedit caput supra omnem Ecclesiam quae est corpus ipsius”(Ef. 1,22) – La piedra angular profetizada por Isaías (28,16) es sólo Cristo y fundada en ella la Iglesia está fundada”super petram” (Mt. 8,25). Los seres humanos, Papas, “vicarios” de Cristo son “secundum tamen et secundarium fundamentum” de la Iglesia (Inoc. III; DS. 774) y, en las vacancias no dejan invisible el Cuerpo de Cristo manifiesto por los demás fieles, ni dejan invisibles los cargos jerárquicos afirmados por el credo. Si los seres humanos que ocupan esos cargos pueden ser “supuestos como desviados de la fe” (Pablo IV, “Cum ex apostolatus”), Inocencio III aplica hasta a los papas las palabras de Cristo “qui autem non credit jam judicatus est” (San Juan III,18) (PL. 27,656,672). “Quien no es miembro, no es cabeza” enseña San Roberto. Luego, “para quien cree”, la Iglesia continúa visible aún en las vacancias.

2.4. Oscurecimiento subjetivo y visibilidad de la Iglesia.

Si la visibilidad de las cosas de la fe no significa simplemente la visión sensible “ipsorum rerum de quibus est fides”; si la fe “non potest esse de visis”; si ella versa sobre cosas “non visorum”; pero si las vemos sólo “por espejo y en enigma”, adhiriendo a las “palabras significantes de las cosas que son de fe”, cuando la voluntad no coopera con la gracia y escoge por “juicio propio” aquello a que quiere adherir entonces ocurre un subjetivo oscurecimiento de la Iglesia y de sus cosas para quien no cree.
Pío XII enseña: “Quebrados los vínculos visibles de la unidad, oscurecen y deforman de tal manera el Cuerpo Místico del Salvador que no puede ser visto, ni encontrado por cuantos demandan el puerto de la salvación eterna”.(Myst. Corporis). Pío VI enseña que es “herejía” afirmar una “obscurationem generalem” (DS. 2601, D.B. 1501) de las verdades de la fe.
Pero San Pablo nos habla de aquellos que “tenebris obscurantum habentes intellectum (…) propter coecitatem cordis” (“Teniendo el entendimiento obscurecido de tinieblas… por la ceguedad de su corazón”) (Ef. 4,18). La voluntad adherida al error oscurece el intelecto. Y todavía dice San Pablo: “evanerunt in cogitationibus suis et obscurantum est cor insipiens eorum” (“Se desvanecieron en sus pensamientos y se obscureció su corazón insensato”) (Rom. 1,20-24). Y San Juan da la causa: “et dilexerunt homines magis tenebras quam lucem: erant enim opera eorum mala” ( “Y los hombres amaron más lastinieblasque la luz porque susobraseran malas”.) (San Juan III, 19-20); “Lux in tenebris lucet et tenebrae eam non compreenderunt”( “Y la luz en las tinieblas resplandece: más las tinieblas no la comprendieron”.) (San Juan 1,15). He aquí las causas personales de la “oscuridad” de la Iglesia: la falta de fe, el amor de las tinieblas y, en último análisis, las obras malas.
Pero, “lux lucet”, la luz prosigue brillando “para todos los que creen, para los que no nacieron ni de la carne, ni de la sangre” (San Juan 1,13-14), pues “caro et sanguis non revelabit tibi, sed Pater meus” (San Mateo XVI,17) “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre, que está en los Cielos”.

2.5. La Iglesia y sus Miembros Individuales.

Si los que creen forman una sociedad o cuerpo visible, los que adhieren a él y los que salen de este cuerpo lo hacen por actos individuales. Son pecados personales los que apartan del Cuerpo. Y si las sentencias de la Iglesia comprenden universalmente “todos y cada uno” de los herejes (Canon 2314), los individuos sólo incurren en ellas por sus actos personales. Esos pecados no son de la comunidad. Por eso San Agustín enseñó: “multitudo non est excommunicanda” (Apud. Santo Tomás. S.T., Suppl. 22,5), no porque los malos no puedan formar después una sociedad numerosa, sino porque, en cualquier multitud no es probable que no exista alguno que no consienta en el mal, y Dios no “condena al justo con el impío” (Gen., XVIII,25) y no quiere que “recogiéndose la cizaña, sea recogido juntamente el trigo” (San Mateo XIII,29). Asi, si buscamos los fieles y los errantes en concreto es necesario estudiar caso por caso, discernir los simples errantes “praeter intentionem” (fuera de la intención): los “simples” que, aunque errando materialmente están siempre dispuestos a ser corregidos por las autoridades de la verdadera Iglesia; de aquellos que siendo autoridades sospechosas de herejía, después de amonestaciones públicas, son pertinaces en los errores. Los simples no están obligados a confesar de modo explícito todas las sutilezas de las doctrinas de la fe como lo hacen los teólogos y los Doctores de la Iglesia, enseña Santo Tomás. “Non est haereticus” dice él, aquél a quien le falta el elemento subjetivo de la pertinacia en el error. Y no es raro que la simplicidad y la ignorancia sean cosas manifiestas. La culpabilidad por la propia ignorancia sin embargo existe, y ésta, teóricamente, es mayor en aquellos que tienen el deber de enseñar y de ser la “lux mundi et sal terrae”. Si advertidos no remueven las causas de las sospechas de herejía, la Iglesia no juzga su culpa o buena fe interior, sin embargo, presume que son herejes: “deben ser tenidos por herejes” (Canon 2315).

Es una presunción “juris tantum” y no “juris et de jure”, esto es. admite prueba en contrario. Muchos pueden salvarse a pesar de sus errores, por ignorancia no culpable pero, nadie se salva por los errores. La Iglesia juzga solo las cosas manifiestas, de la culpa jurídica y no de la buena fe o culpa moral interior. Así, enseña Pío IX:”¿Quién será tan arrogante que sea capaz de señalar los limites de esta ignorancia, conforme a la razón y variedad de los pueblos, regiones y caracteres y tantas otras y tan numerosas circunstancias? (…) En el cielo sabremos eso. En la tierra, mantengámonos firmes (…): existe un solo Dios, una sola fe. un solo Bautismo (Ef. 4,5) Es ilícito ir más allá en nuestra inquisición” (D.B. 1647).

CONCLUSIÓN:
LA PERMANENCIA DE LOS CAMINOS LEGÍTIMOS EN LA IGLESIA VISIBLE.
De lo visto se concluye que el apartamiento de multitudes de personas del credo católico no causa alteración alguna en los criterios de visibilidad de la Iglesia, en su credo. Pero causa un estado de necesidad extrema, en el cual son lícitos, además de válidos, los caminos para obtener los Sacramentos y reorganizar el orden exterior de la Iglesia y ocupar los cargos vacantes. Los delitos individuales “no son atribuibles a la Constitución jurídica de la Iglesia (non juridicae est ejus Constitutione attribuendun) y no constituyen vicio o imperfección de la Iglesia (eidem vitio verti nequit) (Mystici Corporis). La Iglesia permanece la misma, visible a traves de su credo “ab eo qui credit” y oscurecida para quien no cree, y así existirá hasta la consumación de los siglos (Mt. XXVIII, 20), sin la prevalencia de las puertas del Infierno sobre el Símbolo de la fe (Ds. 1500, D.B. 782) que es el fundamento firme y único de la Iglesia… “Lux in tenebris lucet”, la luz continua brillando.

(En este estudio tratamos cautelosamente de exponer el camino licito dentro del estado de necesidad actual conforme a las doctrinas y leyes de la Iglesia a las cuales nos sometemos enteramente)

Laus, honor et gloria Regi nostro tremendae majestatis

Dr. Homero Johas

3 replies »

  1. Efectivamente, esa es una de las principales objeciones que siempre nos oponen.
    Decía Ana Catalina Emmerich que aunque no quedase más que un solo católico en la tierra, en él estaría toda la Iglesia militante.
    Los católicos se reconocen visiblemente por tres cosas:
    1 Profesión de la Fe verdadera,
    2 Culto y sacramentos tradicionales
    3 Sujeción a los pastores legítimos.
    1y2 no hacen dificultad, pero preguntan donde estarían los pastores legítimos, puesto que nadie goza a día de hoy de jurisdicción ordinaria, por muerte o defección de los titulares.
    A esto se contesta que los puestos de jurisdicción eclesiástica son personas morales, que pueden estar mucho tiempo vacantes sin fenecer. Los doctores afirman que mientras siga existiendo en los que pueden proveer de sujetos estas dignidades eclesiásticas, voluntad de hacerlo en cuanto sea posible, el derecho de los antecesores pervive hasta que llegue el sucesor, no importa cuánto tiempo transcurra.
    Eso significa que mientras los fieles, sacerdotes, y obispos tradicionales tengan deseo y pongan en práctica aquello que les es posible para poder designar personas para el Pontificado y las sedes episcopales cuando llegue el tiempo, nada pierde la visibilidad porque la jurisdicción eclesiástica ordinaria sea sólo potencial.
    No cabe duda de que entre los católicos sigue habiendo deseo de tener Papas y obispos de manera normal, y que así como ocurrió en el Concilio de Constanza, en que la Iglesia designó un Papa indudable, así lo hará también en cuanto se den las condiciones propicias para ello.
    Una de estas condiciones es que la generalidad de los católicos esté convenientemente informada de la verdadera situación imperante en su Iglesia, y de la necesidad de elegir un Papa, cosa que ahora no se da ni remotamente.

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  2. Me parece bueno el comentario pero no empieza la dificultad ¿Cúando se habla de “condiciones propicias”? y ¿Cúando se habla de generalidad de los católicos no se pone un obstáculo mayor? Pienso que si creemos que la iglesia del Vaticano II apostató recae en los obispos fieles la elección del sucesor de Pedro y si alguno de ellos dice que no se dan las condiciones simplemente ya no tienen deseo de hacerlo ni de poner en práctica lo que le es posible, que es la voluntad de un sí vamos a hacerlo, lo cual implica que si ya no tienen la voluntad de un sí están en riesgo de perder, sino es que ya perdido, la jurisdicción.
    Aquellos obispos que digan sí vamos a elegirlo son lo que siguen siendo fieles y con los que pervive el derechos de los antecesores, los demás se habrán corrompido, son infiltrados o simplemente habrán perdido la fe.

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  3. Estimado Víctor:

    Todavía queda una buena cantidad de católicos, es decir, de personas que cumplen los 3 criterios susodichos, y que por lo tanto, desean tener un Papa indudable. Estos católicos se encuentran tanto dentro de los límites de lo que ellos creen que es todavía la Iglesia católica, como fuera de los límites de esa nueva iglesia conciliar, que ya no es la Iglesia Católica.

    Para que pudiéramos hacer elección con unas mínimas garantías de éxito, es decir, de que fuera un Pontífice indudable, y no uno más en la ya larga serie de “papas” elegidos en unos cónclaves confidenciales, al menos la mayor parte de esos católicos deberían ser conscientes del problema, es decir, que no tenemos Papa legítimo, y luego, deberían tener claro quienes son los electores designados.

    Y aquí tenemos un segundo problema: Visto que ya no hay cardenales legítimamente creados, la elección correspondería a los obispos aún católicos y válidamente consagrados, conscientes del problema, y por lo tanto, de su deber de elección.

    Lo malo es que reina hoy entre los obispos tradicionales de unas u otras corrientes tal desconexión y mal entendimiento, que reunirlos y ponerlos de acuerdo en hacer elección se presenta como una tarea casi imposible sin prodigio de Dios.

    Acuérdese de lo que pasó en el cónclave que eligió a Urbano VI Prignano, organizó tal confusión que provocó el gran cisma de Occidente.

    Créame si le digo que las fuerzas oscuras no pedirían mejor ocasión.

    Por todo ello, aún deseando mucho tal elección, juzgo prudentemente que no se dan las condiciones adecuadas.

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