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FIESTA DE CRISTO REY..DESTRONADO.


Ahora la llaman JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO, con la fiesta celebrada el último domingo del ciclo, el 20 de Noviembre. Es lo mismo, pero no es lo mismo. La diferencia es sutil, aunque si bien se mira no tanto. Basta atender al Evangelio de la misa. Ahora se lee el juicio sobre la misericordia. Su reinado estaría retraído a las buenas almas que  la practican y consistiría en la práctica de las obras de misericordia. Pero católicos como los de La Vendée , los cristeros de Méjico y los martires de la Cruzada española dieron su vida por Cristo Rey. Rey de las naciones y de la Sociedad. A mí la nueva fiesta me suena a truco, un pase por aquí, otro por allí, y sale algo que parece lo mismo pero que  no es lo mismo. Yo por mi parte envidio la fe de los cristeros y de los mártires españoles de 1936, y  proclamo su suerte como electos del Reino de Cristo en los cielos, porque lo proclamaron en la tierra aun a costa de su muerte fusilados de espaldas al paredón y gritando ¡Viva Cristo Rey!. Cristo fue destronado en las naciones antaño católicas, por exigencias del guión de un Concilio que los papas se apresuraron a hacer cumplir en las naciones que se agarraban a los concordatos que entonces se querian obsoletos. Jesucristo era Rey, pero como proclamó JPII, este reinado consistía en manifestar la realeza del hombre, cuyo principal atributo era su dignidad, y por ende su libertad para elegir su religión y proclamarla en el foro público, sin tener en cuenta para nada la salvación de las almas de los súbditos de los gobernantes católicos en naciones católicas desde hacía siglos, o sea la LIBERTAD RELIGIOSA, el principal fruto de un Concilio, presto también a proclamar las bienaventuranzas como último reducto del Reino de Cristo.

He aquí un artículo que ilustra todo esto tomado del blog Desde mi Campanario.

Con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo se cierra el Año Litúrgico en el que se han celebrado todos los misterios de la vida del Señor. Ahora se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Como creador, heredero y conquistador, Cristo es Rey; así lo confiesa Él mismo ante Pilato: “Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).
Cristo es rey pero no sólo de cada uno en su vida personal, sino también en su vida social. Es el rey de los individuos, de las familias y de las naciones.
Sin embargo, en la mayoría de ellas no se le conoce y en otras está positivamente proscrito. Los hombres le han destronado: su imagen ha sido arrancada de los lugares públicos y se pretende arrancarla también de los corazones. “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lc 19, 14). Desde Adán hasta nuestros días, éste ha sido muchas veces el grito insensato de la humanidad que rehúsa someterse al yugo suavísimo de este rey renovando así el “non serviam – No serviré” de Satanás.
También nuestra Patria que durante siglos hizo del estandarte de la Cruz su propia bandera, se ha sumado en los últimos tiempos a esta rebeldía infame. Con independencia de formas políticas concretas, éste es el significado último del proceso histórico en que España vive en estos últimos años y que tiene su manifestación más expresiva en una Constitución que, como la actualmente vigente prescindió de toda referencia a Dios en el ordenamiento jurídico español y en la inspiración cristiana de la sociedad.
Con la iniciativa y colaboración de unos gobernantes que, además, infringían juramentos sagrados, y con la pasividad o complicidad de buena parte de nuestros compatriotas y de la inmensa mayoría de la jerarquía eclesiástica, se consagraba así en el orden institucional la famosa afirmación de Azaña en 1931: “España ha dejado de ser católica”.
Y como consecuencia de todos aquellos desvaríos vino poco después:
— El aborto, que reclama como un derecho de los adultos el poder disponer de la vida de los no-nacidos.
— El divorcio y otros ataques a la esencia del matrimonio y la familia que ha quedado así reducida a la más provisional de las aventuras.
— La agresión a deberes y derechos primordiales en el campo espiritual y educativo; como si pudiera reclamarse libertad ilimitada para difundir en la calle, desde la Televisión o incluso en las escuelas, toda clase de influjos inmorales, antirreligiosos y pornográficos.
— La llegada al poder o a los órganos de representación, de opciones políticas que pretenden construir la sociedad prescindiendo de Dios y privando así a la sociedad de las motivaciones superiores que son la única garantía de la dignidad de la persona y el único fundamento de los derechos y los deberes.
Qué contraste entre los cristianos de hoy y aquéllos que dieron su vida ante todo por una afirmación del Reinado social y eterno de Jesucristo, especialmente en la persecución religiosa de de 1931-1939. Muchos de ellos murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! como su última jaculatoria. Proclamación, rubricada con su propia sangre, de la realeza y soberanía de Jesucristo sobre los individuos, las familias y las naciones. Ellos sabían que el hombre es portador de valores eternos, envoltura corporal de un alma que puede condenarse o salvarse y por eso, a la salvación de las almas, lo subordinaron todo.
Cristo rey de los mártires, Cristo reinando desde la Cruz. Ese es el modelo al que hemos de ajustar los cristianos. Cristo tiene que reinar y, para ello, hemos de someternos cada día con más perfección a su soberanía de Jesucristo, procurando personalmente que nuestra conducta se ajuste a los mandamientos de la Ley de Dios y, socialmente, debemos esforzarnos por reivindicar todos los derechos de Cristo y de su Iglesia en las leyes y en la vida pública y hacer todo lo que esté en nuestras manos para “asegurar la supremacía de ciertos valores morales que condicionan por voluntad de Dios el ejercicio de la soberanía, a los que todo sistema de participación debe subordinarse y a los que la autoridad social debe servir y tutelar por encima de las variables corrientes de opinión” (Mons. Guerra Campos).
Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez a Nuestra Señora la Inmaculada Virgen María. Que Ella apresure lo que pedimos cada día en el padre nuestro: «adveniat regnum tuum — venga a nosotros tu reino».
Que Cristo reine sobre nuestras almas, sobre nuestras familias, sobre nuestra Patria —en la que prometió reinar con más veneración que en otras partes— y sobre todos los hombres reunidos en su Santa Iglesia.
[Añade  el autor en comentario]] ..el pasado último domingo de octubre celebré la fiesta de Cristo Rey. Hoy he tenido que celebrar la de Jesucristo, Rey del universo. En una nota que he colgado en mi facebook (Angel Martin) se explica la diferencia con un texto del padre Pérez Argos. Lo que no quita para, aprovechando la ocasión, hablar de la verdadera doctrina acerca de la realeza de Cristo. En todo caso a este artículo le faltaría una segunda parte sobre el reinado escatológico de Cristo

1 reply »

  1. Cuando leo muchos comentarios de este tipo sobre la Festividad de la Realeza de Cristo, me asaltan sentimientos contradictorios:
    Por una parte no puedo sino aplaudir con las orejas a todo lo allí expuesto, pero por otro, me deja una gran insatisfacción, por lo que debería ser dicho, y nadie se atreve a señalar. Es como si se celebrara la fiesta del Sacerdocio de Cristo, y nadie se atreviera a hablar de los sacerdotes, (A fortiori de los obispos, sacerdotes de primer orden y fuentes del sacerdocio.)

    Los cristianos tradicionales de hoy tienen muy claro que Nuestro Señor fundó en Su Iglesia una autoridad sacerdotal, que desde el Papa y los obispos baja hasta el más ínfimo de los clérigos y engendra espiritualmente a los cristianos y su sacerdocio bautismal, pero han olvidado por completo que Él también ha instituído en Su Iglesia otra autoridad, tan eclesial y tan sagrada como el Sacerdocio, la autoridad temporal, social y política, encarnada en este caso en los emperadores, reyes y demás príncipes soberanos, sobre todo si han sido designados, consagrados y coronados según la voluntad de esa misma Iglesia.

    Aunque en abstracto es verdad que las naciones cristianas podían tener un régimen que no fuera la monarquía, en el hecho concreto e histórico, Nuestro común Señor ha mostrado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, su predilección por la monarquía como forma concreta de encarnar en la práctica la realeza que hoy día se le reconoce en la teoría, mientras se le niegan los medios de ponerla en práctica.

    Bien se decía que los Reyes antiguos, (San Fernando, por ejemplo) eran como obispos para las cosas de afuera, es decir, que así como los obispos se ocupaban prevalentemente de la salvación de los cristianos atendiendo a las cosas de sus almas, el Rey se ocupaba de esa misma salvación atendiendo a las cosas exteriores, políticas, económicas, sociales, militares, etc…

    Como los obispos, ellos también eran consagrados con el santo óleo, y recibían un verdadero carácter y tesoros espirituales para gobernar bien al pueblo cristiano y defenderlo eficazmente de sus enemigos.

    Como los obispos, también ellos recibían un doble poder: De orden, se le daban una serie de facultades sobrenaturales que primero los cambiaban a ellos internamente, y luego contribuían a cambiar a sus súbditos, así como a hacer retroceder las fuerzas adversas, demoníacas, que se oponían al progreso del Espíritu Santo en las almas de los cristianos. Esos poderes se le conferían en la solemne ceremonia de su consagración-coronación.
    Y el otro poder, de jurisdicción, que le facultaba mandar en Nombre de Dios, y ser obedecido en conciencia por los cristianos.

    Se entiende que alguien tan familiar con las cosas divinas como el santo Padre Pío de Pietrelcina dijera a quién le quisiese oír que en nuestra época se estaba desarrollando una lucha apocalíptica entre la Iglesia y el demonio, y que uno de los instrumentos favoritos de Satán eran las nuevas repúblicas ateas, que procuraban la condenación del mayor número, porque vehiculaban el espíritu de la serpiente, mientras que los Reyes cristianos eran el mediador a través del cual el Espíritu Santo descendía sobre todo el cuerpo social y hacía huír a los espíritus malignos.

    Los encargados de instituir, aconsejar, y en su caso corregir al poder temporal eran el papa y los obispos, custodios de la Sabiduría y los dones sobrenaturales de la Iglesia.

    Desgraciadamente, desde fines de la Edad Media, cada vez más clérigos se dejaron seducir por el racionalismo filosófico, y fueron olvidando el carácter primariamente sagrado y sobrenatural de la autoridad, no sólo real, sino también sacerdotal, y se pusieron a soñar, ya en aquél tiempo, en una especie de confederación de estados democráticos, que constituirían un escabel ideal para el futuro Anticristo. Tan es así que cuando Nuestro Señor suscitó a santa Juana de Arco para reivindicar el carácter divino y sagrado de la monarquía cristiana, unos no la entendieron, mientras otros la entendieron demasiado bien, y no pararon hasta condenarla a la hoguera.

    Esas semillas han ido creciendo, pudiendo nosotros contemplar hoy sus efectos.

    Los cristianos, y sobre todo los clérigos de hoy se han hecho incapaces de entender que el fundamento de toda autoridad es sobrenatural y parte de Cristo Rey y Sacerdote; y si consideran a los obispos y al Papa al modo ateo y racionalista, mucho más difícil será que entiendan que una vez que deshecharon el inmenso don de la realeza sagrada, toda sociedad vuelve a la esclavitud del demonio, y que no volverán a Cristo hasta que se conviertan y acepten el medio concreto en el que Nuestro Señor ha cifrado la liberación y salvación socio-políticas de nuestras naciones.

    Los buenos españoles se opusieron con todas sus fuerzas a Napoleón precisamente en defensa de ese Rey Legítimo, porque sabían que por muchos defectos que tuviera el depositario, encarnaba un principio infinitamente más grande que él, sabían que Cristo gobierna a través de instrumentos falibles y limitados, pero que no pueden ser despreciados impunemente.

    Y siguieron luchando contra el usurpador Régimen liberal-usurero, contra unos falsos reyes usurpadores, en los que no residía la autoridad de Cristo, y contra el pudrimiento progresivo de toda la estructura eclesiástica por medio de esa sentina de herejías llamada modernismo.

    Los de ahora saben que al final, Cristo Rey y Sacerdote triunfará y reinará en España a través de autoridades legitimas, tanto temporales como clericales.

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