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CRISTO REY: SACERDOCIO Y REINADO


Traigo un comentario al post “Festividad de Cristo Rey.. destronado” porque es una preciosa síntesis de lo que supone la Realeza de Cristo, que se proyecta tanto en el orden del Sacerdocio, como en el orden del poder temporal  de los reyes cristianos. No en vano muchísimas profecías de santos católicos hablan de la restauración de la Iglesia y del Reinado de Cristo en la sociedad y en el mundo, con la conjunción del “Papa Santo” que restaurará la disciplina, y del Gran Monarca católico que será el brazo ejecutor de todo aquéllo que conviene a la Realeza de Cristo, en el orden sacral y en el temporal
Por Fray Eusebio de Lugo O.S.H. 

Cuando leo muchos comentarios de este tipo sobre la Festividad de la Realeza de Cristo, me asaltan sentimientos contradictorios:
Por una parte no puedo sino aplaudir con las orejas a todo lo allí expuesto, pero por otro, me deja una gran insatisfacción, por lo que debería ser dicho, y nadie se atreve a señalar. Es como si se celebrara la fiesta del Sacerdocio de Cristo, y nadie se atreviera a hablar de los sacerdotes, (A fortiori de los obispos, sacerdotes de primer orden y fuentes del sacerdocio.)

Los cristianos tradicionales de hoy tienen muy claro que Nuestro Señor fundó en Su Iglesia una autoridad sacerdotal, que desde el Papa y los obispos baja hasta el más ínfimo de los clérigos y engendra espiritualmente a los cristianos y su sacerdocio bautismal, pero han olvidado por completo que Él también ha instituído en Su Iglesia otra autoridad, tan eclesial y tan sagrada como el Sacerdocio, la autoridad temporal, social y política, encarnada en este caso en los emperadores, reyes y demás príncipes soberanos, sobre todo si han sido designados, consagrados y coronados según la voluntad de esa misma Iglesia.

Aunque en abstracto es verdad que las naciones cristianas podían tener un régimen que no fuera la monarquía, en el hecho concreto e histórico, Nuestro común Señor ha mostrado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, su predilección por la monarquía como forma concreta de encarnar en la práctica la realeza que hoy día se le reconoce en la teoría, mientras se le niegan los medios de ponerla en práctica.

Bien se decía que los Reyes antiguos, (San Fernando, por ejemplo) eran como obispos para las cosas de afuera, es decir, que así como los obispos se ocupaban prevalentemente de la salvación de los cristianos atendiendo a las cosas de sus almas, el Rey se ocupaba de esa misma salvación atendiendo a las cosas exteriores, políticas, económicas, sociales, militares, etc…

Como los obispos, ellos también eran consagrados con el santo óleo, y recibían un verdadero carácter y tesoros espirituales para gobernar bien al pueblo cristiano y defenderlo eficazmente de sus enemigos.

Como los obispos, también ellos recibían un doble poder: De orden, se le daban una serie de facultades sobrenaturales que primero los cambiaban a ellos internamente, y luego contribuían a cambiar a sus súbditos, así como a hacer retroceder las fuerzas adversas, demoníacas, que se oponían al progreso del Espíritu Santo en las almas de los cristianos. Esos poderes se le conferían en la solemne ceremonia de su consagración-coronación.
Y el otro poder, de jurisdicción, que le facultaba mandar en Nombre de Dios, y ser obedecido en conciencia por los cristianos.

Se entiende que alguien tan familiar con las cosas divinas como el santo Padre Pío de Pietrelcina dijera a quién le quisiese oír que en nuestra época se estaba desarrollando una lucha apocalíptica entre la Iglesia y el demonio, y que uno de los instrumentos favoritos de Satán eran las nuevas repúblicas ateas, que procuraban la condenación del mayor número, porque vehiculaban el espíritu de la serpiente, mientras que los Reyes cristianos eran el mediador a través del cual el Espíritu Santo descendía sobre todo el cuerpo social y hacía huír a los espíritus malignos.

Los encargados de instituir, aconsejar, y en su caso corregir al poder temporal eran el papa y los obispos, custodios de la Sabiduría y los dones sobrenaturales de la Iglesia.

Desgraciadamente, desde fines de la Edad Media, cada vez más clérigos se dejaron seducir por el racionalismo filosófico, y fueron olvidando el carácter primariamente sagrado y sobrenatural de la autoridad, no sólo real, sino también sacerdotal, y se pusieron a soñar, ya en aquél tiempo, en una especie de confederación de estados democráticos, que constituirían un escabel ideal para el futuro Anticristo. Tan es así que cuando Nuestro Señor suscitó a santa Juana de Arco para reivindicar el carácter divino y sagrado de la monarquía cristiana, unos no la entendieron, mientras otros la entendieron demasiado bien, y no pararon hasta condenarla a la hoguera.

Esas semillas han ido creciendo, pudiendo nosotros contemplar hoy sus efectos.

Los cristianos, y sobre todo los clérigos de hoy se han hecho incapaces de entender que el fundamento de toda autoridad es sobrenatural y parte de Cristo Rey y Sacerdote; y si consideran a los obispos y al Papa al modo ateo y racionalista, mucho más difícil será que entiendan que una vez que deshecharon el inmenso don de la realeza sagrada, toda sociedad vuelve a la esclavitud del demonio, y que no volverán a Cristo hasta que se conviertan y acepten el medio concreto en el que Nuestro Señor ha cifrado la liberación y salvación socio-políticas de nuestras naciones.

Los buenos españoles se opusieron con todas sus fuerzas a Napoleón precisamente en defensa de ese Rey Legítimo, porque sabían que por muchos defectos que tuviera el depositario, encarnaba un principio infinitamente más grande que él, sabían que Cristo gobierna a través de instrumentos falibles y limitados, pero que no pueden ser despreciados impunemente.

Y siguieron luchando contra el usurpador Régimen liberal-usurero, contra unos falsos reyes usurpadores, en los que no residía la autoridad de Cristo, y contra el pudrimiento progresivo de toda la estructura eclesiástica por medio de esa sentina de herejías llamada modernismo.

Los de ahora saben que al final, Cristo Rey y Sacerdote triunfará y reinará en España a través de autoridades legitimas, tanto temporales como clericales.

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