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BULA SALUTIS GREGIS DOMINICI DE SAN PÍO V


San Pío V contra los toros. Fue autor de la bula Quo Primum tempore estableciendo la Misa Tridentina a perpetuidad

La BULA CONTRA LAS CORRIDAS DE TOROS “DE SALUTIS GREGIS DOMINICI” (PÍO V, 1/NOVIEMBRE/1567), fue una bula del papa en la que “consideraba a esta tradición algo totalmente ajeno al cristianismo y más propio del demonio, debido a la gran cantidad de muertos y heridos que provocaba cada año´´ por la que, quedarían excomulgados todos los que murieran en cualquier tipo de práctica relacionada con la tauromaquia, y estarían condenados a ser enterrados fuera de los cementerios cristianos y al parecer según algunos, quedarían excomulgados los que asistan a espectáculos taurinos, ignorada en España y en otros sitios como Portugal, Francia e Hispano América. Fue recurrida en diversas ocasiones, por los Reyes de España, en especial, por la Católica Majestad de Felipe II. Finalmente fue derogada  por el papa Clemente VIII ¿(pero era esto posible?). Más tarde es el papa Gregorio XIII,en la encíclica Exponi Nobis quien levanta la prohibición de asistir a las corridas, pero sólo a los laicos, lo que provoca la rebelión de los clérigos, incluso la manipulación de la encíclica. El asunto fue objeto de  Breves pontificios de Clemente VIII, Sixto V Inocencio XI. Lo último que se ha dicho sobre ello fue  en en 1920 por el Cardenal Gasparri y en 1989 cuando el Cardenal Canciani, consultor de  de la Congregación para el Clero de la Santa Sede declaró en 1989 que la Bula consta en la actualidad como de plena validez. Quizás el Cardenal Canciani, conspicuo representante de la Iglesia conciliar, hubiera podido explicarnos cómo se tragó el camello de las dos bulas a que aludo más abajo y cuela el mosquito de la bula antitaurina.
También podría sacarse de esta historia la endeblez de argumentos con que algunos achacan excomuniones recientes cuando en realidad son ellos, quizás, los que estarían excomulgados en caso de que asistieran a espectáculos taurinos, si la validez de esta bula permaneciera en la actualidad, como opina ael relevante prelado aludido, en días recientes.

Paulo IV autor de la hoy discutida bula “Cum ex apostolatus officio

La traigo a este blog porque es una bula que al igual que otras como Cum ex apostolatus Officio o Quo primum tempore, sobre la inhabilitación de los cargos públicos en la Iglesia a los herejes, la primera, y sobre la Misa Tridentina, la segunda, han sido discutidas en cuanto a su validez y permanencia actual y posibilidad de derogación. Quizás puedan establecerse comparaciones. De todas maneras es una historia- la del magisterio respecto de las corridas de toros- que puede causar en algunos sorpresa y curiosidad, y en otros facilitar argumentos para demostrar la prevalencia de otros textos magisteriales, hoy día olvidados incluso negados en la teoría y en la práctica.

A continuación copio el siguiente post en pdf, con un exhaustivo estudio, sobre los avatares de dicha bula, así como la reproduccion facsimilar de la bula y su traducción castellana, como también  de la encíclica Exponi Nobis de Gregorio XIII y los Breves Nuper siquiden de Sixto V , Suscepti Muneris de Clemente VIII, y Non sine gravi de Inocencio XI todo sobre el mismo tema.

Un resumen de todo esto , está en el siguiente  post que copio.

BULA CONTRA LAS CORRIDAS DE TOROS “DE SALUTIS GREGIS DOMINICI” (PÍO V, 1/NOVIEMBRE/1567)

Posted on 15 març 2010

CÓMO, CUÁNDO Y POR QUÉ

En 1567, el entonces papa Pío V (después San Pío V) horrorizado por la crueldad de los espectáculos taurinos que se celebraban en Italia (principalmente en su modalidad de despeño por el Testaccio), Portugal, España, Francia y algunos países suramericanos, y tras encargar un informe sobre los mismos a diversos ilustres, en su mayor parte españoles, decide redactar la Bula de prohibición. Pero sabe que, si bien en Italia no va a encontrar obstáculos para que se cumpla lo ordenado (en realidad, en Italia se prohiben de inmediato tales espectáculos) en el resto, y sobre todo en España, se va a producir una enconada oposición. Así, en Portugal tarda tres años en hacerse publica y sólo consigue instaurar la costumbre, hasta ahora mantenida, de despuntar los cuernos a los toros para evitar peligro a los toreros; en Francia, donde tampoco fue nunca publicada, sólo logró imponerse muchos años después y tras obligadas intervenciones de sus obispos (excepto en su zona sur, como es bien sabido); y en Méjico, donde sí fue publicada y debatida por sus obispos, pero ignorada por los poderes públicos.

Por dicha razón, Pío V la redacta en unos términos que resulten inequívocos de su voluntad y no dejen posibilidad de futuras revocaciones:

“… prohibimos terminantemente por esta nuestra constitución, que estará vigente perpetuamente… Dejamos sin efecto y anulamos y decretamos y declaramos que se consideren perpetuamente revocadas, nulas e irritas todas las obligaciones, juramentos y votos que hasta ahora se hayan hecho o vayan a hacerse en adelante… Sin que pueda aducirse en contra cualesquiera constituciones u ordenamientos apostólicos y exenciones , privilegios, indultos, facultades y cartas apostólicas concedidas, aprobadas e innovadas por iniciativa propia o de cualquier otra manera a cualesquiera personas, de cualquier rango y condición, bajo cualquier tenor y forma y con cualesquiera cláusulas, incluso derogatorias de derogatorias…”.

Pero a pesar de tan manifiesta voluntad de que su Bula se cumpliera, en España,como ya hemos comentado, ni siquiera fue hecha pública. Muy al contrario, Felipe II intentó, incluso con coacciones (recuérdese que en esta época el Vaticano solicita la alianza de España para acabar con el dominio turco en el Mediterráneo), que Pío V la derogase, sin conseguirlo. En realidad, dados los términos en que había sido redactada, no había ya posibilidad de derogación ni por su promulgador. Sin embargo, Felipe II no cejó en su empeño, y en cuanto Pío V murió, volvió a perseverar con su sucesor, Gregorio XIII, a quien presionó por medio de los embajadores españoles, logrando finalmente (el 25 de agosto de 1585, poco antes de su muerte) que promulgase la Encíclica Exponi nobis, cuyos términos no dejan de ser curiosos: levanta a los laicos la prohibición de asistencia a las corridas, pero ordena que tales festejos no se celebren en días festivos, y mantiene la prohibición de asistencia a los clérigos… Estos se sienten especialmente ofendidos y adoptan una actitud rebelde, hasta tal punto que algunos de los que imparten clases en la universidad de Salamanca no sólo asisten y promueven corridas de toros, sino que manipulan el contenido de la encíclica para que sus alumnos crean que la pretendida derogación también los alcanza a ellos.

Informado Sixto V, sucesor de Gregorio XIII, de tales desobediencias, el 14 de abril de 1586 remite al obispo de Salamanca el Breve Nuper siquidem, dándole “facultad libre y autoridad plena, tanto para que impidas las dichas enseñanzas [las que los clérigos impartían falazmente sobre la derogación de la bula de Pío V] cuanto para que prohibas a los clérigos de tu jurisdicción la asistencia a los citados espectáculos. Así mismo te autorizamos para que castigues a los inobedientes, de cualquier clase y condición que fueren, con las censuras eclesiásticas y hasta con multas pecuniarias recabando en su caso el auxilio del brazo secular para que lo que tu ordenes sea ejecutado sin derecho de reclamación ante Nos y ante nadie. No servirá de obstáculo para el cumplimiento de esta Nuestra disposición, ninguna ordenación ni constitución apostólica, ni los Estatutos de la Universidad, ni la costumbre inmemorial, aunque estuviera vigorizada por el juramento y la confirmación apostólica”.

Dicha constitución fue recurrida por los clérigos de la universidad salmantina ante el Rey, para que éste solicitara su derogación al papa, pero curiosamente Felipe II no la diligenció, posiblemente por suponer que no tendría efecto ante Sixto V, papa especialmente rígido e independiente, y preferir aguardar a una mejor ocasión.

Pero a Sixto V le sucede Gregorio XIV, quien tampoco se muestra dispuesto a ceder a las presiones, por lo que Felipe II y los clérigos salmanticenses deben esperar al papado de Clemente VIII, del que, por fin y tras muchas gestiones que tardaron cuatro años en concluir, el 3 de enero de 1596 consiguen el Breve Suscepti muneris, que pretende derogar la Bula de Pío V. Y decimos “pretende” porque resulta evidente su nulidad gracias a las previsiones tomadas al respecto en la Bula De Salute Gregis Dominici (véase su §8).

A partir de ese momento deben transcurrir 84 años y 8 papados antes de que vuelva a producirse alguna intervención oficial pontificia sobre el asunto taurino: efectivamente, el 21 de julio de 1680 el papa Inocencio XI , bien conocido por su lucha contra el nepotismo, remite un Breve a través del nuncio en España memorando la vigencia de las prohibiciones pontificas al respecto. Dicho Breve llega a manos del rey Carlos II con un escrito del cardenal Portocarrero, recordándole “cuánto sería del agrado de Dios el prohibir la fiesta de los toros…”. Posiblemente por la crítica situación de la monarquía española en esos momentos, no se tienen noticias de cualquier efecto de este último documento.

Pero la prohibición de asistencia a los clérigos a las corridas vuelve a recapitularse en el código de Derecho Canónico, canon 140 (No asistirán a espectáculos… en que la presencia de los clérigos pueda producir escándalo…”); y en el código vigente, canon 285 (“Absténganse los clérigos por completo de todo aquello que desdiga de su estado, según las prescripciones del derecho particular.”) quedando pocas dudas de su alcance a los espectáculos donde los animales sufren crueles maltratos; o en declaraciones como las del Cardenal Gasparri, secretario de Estado del Vaticano, quien en 1920 escribía a la S.P.A. de Tolón: “La Iglesia continúa condenando en alta voz, como lo hizo la santidad de Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos”; o monseñor Canciani, Consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede, quien en 1989 declara la validez de la Bula en declaraciones públicas recogidas, entre otros, por Diario 16 el 5 de junio de dicho año.

10 replies »

  1. En uno de los pdfs adjuntos se afirma que el Beato Juan Pablo II sostuvo que los animales tienen alma. Jamás dijo tal cosa por ser contraria a la verdad. Afirma que los animales gozan de un “soplo vital de Dios”. Esto no es alma. Solo los hombres tienen alma.

    Por otra parte, está equivocado el plazo del Papado de San Pío V.

    Gracias por el estudio.

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  2. Un tema muy interesante, se me ocurre lo siguiente:

    Primero, se ve que en este tipo de Bula, hay una parte de enseñanza, en este caso, recordando lo que la Iglesia siempre ha dicho acerca de los duelos entre personas o entre personas y animales, entre los cuales se hallan las corridas de toros. En este caso, no enseña sobre un contenido de Fe, sino de moral, pero el autor de la Bula enseña tan infaliblemente como si estuviera hablando, por ejemplo, de la doctrina de la Inmaculada Concepción. Incluso para los que todavía sostienen que un papa aislado puede errar, pero no una serie de ellos enseñando de manera coincidente, tendrían que reconocer que indudablemente, las corridas de toros son impropias de cristianos, y que deberían ser evitadas, puesto que la enseñanza de los Papas es coincidente.

    Esa parte doctrinal, una vez promulgada, siempre es definitiva, de modo que no es posible que venga otro Papa, más tarde, y se desdiga de lo afirmado por su antecesor. En ese sentido, el contenido de las Bulas, como del resto de los actos oficiales pontificios, permanece siempre en vigor, sin que pueda decirse que otro acto posterior lo ha abolido, abrogado, superado, etc…

    Y luego hay una segunda parte en las Bulas, que viene deducida lógicamente de la primera, pero que no tiene que ver propiamente con el oficio profético, de enseñar la verdad, sino con la llave de la jurisdicción, que defiende esa verdad mediante la imposición de preceptos que obligan no sólo moralmente, sino jurídicamente, y que puede imponer penas más o menos severas a sus contraventores.

    El Papa san Pío V estimó que el participar, asistir o defender las corridas de toros era un acto de suficiente gravedad como para usar de la máxima severidad en su castigo. El Rey Felipe, que conocía bien sus súbditos, preveía que esas penas sólo iban a servir para volver aún peor la situación moral-espiritual de los partidarios de esas fiestas, sin lograr hacerles cambiar de vida, que es lo que principalmente se proponen esas penas, que no por nada son llamadas “medicinales”, y no puramente vindicativas.

    Al final, uno de los sucesores del santo Papa lo reconoce, y modera las penas para los laicos, lo que puede hacer perfectamente a través de un simple breve, cosa que tampoco prohíbe la Bula de san Pío V, que sabía perfectamente que el Pontífice siempre es soberano a la hora de modificar las leyes penales positivas.

    Así pues, queda en vigor el precepto moral, para todos, y las leyes penales, en principio, sólo para los clérigos. Estaría tentado de afirmar que si un clérigo va a los toros hoy día, tal vez le excuse en parte la ignorancia de esa Bula, pero si ese clérigo tuviera conocimiento de ella, y de que para él, siguen en vigor las precisiones del Código de 1917, sin duda incurriría en las penas dichas.

    Recuerdo lo que veía Catalina Emmerich: “Veía cómo las leyes antiguas que habían dado muchos Pontífices seguían en vigor, aunque casi todos los hombres las hubieran olvidado, y que seguían surtiendo sus efectos espirituales en las almas, los cuerpos y las vidas de los que desobedecían a sabiendas, con la vana esperanza de que el tiempo hacía perder su fuerza a las sentencias de la Iglesia. Era como si estuvieran envueltos en una negra nube de oscuridad, de maldición, y perseguidos por la indignación de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, que procuraban que por medio de los reveses que sufrían esos eclesiásticos descuidados, volvieran al buen camino.”

    Haciendo la aplicación oportuna a la famosa Bula Cum ex apostolatus, de Paulo IV, tendremos que decir que en su parte doctrinal, esa Bula sigue teniendo total vigencia, y que no hay nadie en esta tierra, ni siquiera un Sumo Pontífice legítimo, con un acto jurídico de valor equivalente, que pueda suprimir, abolir, abrogar, subrogar, o de cualquier otra manera hacer que esa Bula pierda su efectividad.

    Lo central de esa enseñanza está en la sentencia del Papa que afirma que si alguien hubiera caído en herejía o cisma, o se hubiera desviado de la Fe, esa persona es ineligible para el Sumo Pontificado. Incluso si esa persona es elegida con todas las formas, de manera aparentemente canónica, esa elección es nula, de ningún valor, insanable, no da ningún derecho a nadie, y una vez patente esa ilegitimidad de origen, todo católico debe separarse de esa falsa autoridad, y tomar todos los medios para expulsarlo de su sede mal habida, mientras se somete de corazón al Papa futuro.

    Además, afirma que toda autoridad de la Iglesia, legítima en su origen, pero que luego cayera en cisma o herejía pública, pierde por ese mismo hecho la legitimidad de ejercicio, quedando en poder del Papa el proveer el puesto dejado automáticamente vacante por defección de su titular. Y esto se aplica no sólo a los pastores eclesiásticos, sino también a las autoridades temporales. Por esa razón, un Enrique IV de Francia, que tenía la legitimidad de origen, por ser la persona designada por las Leyes Fundamentales para ocupar el trono, no tuvo la legitimidad de ejercicio hasta abjurar de su herejía.

    Quedando patente para quien sabe leer que esa enseñanza perenne, de la que Pablo IV simplemente se hace eco y discípulo, y que graba en bronce para la eternidad, es una definición solemne ex cathedra cuya infalibilidad debe ser reconocida hasta por los falibilistas más extremos (salvo que quieran salir automáticamente de la Iglesia), es evidente que absolutamente nadie en esta tierra puede ya pretender otra cosa, aunque lo intenten, lo mismo que los profesores de Salamanca intentaron repetidamente alterar e incluso falsificar el sentido y tenor de la Bula que los condenaba.

    Y es que los rebeldes siempre han intentado las mismas tácticas cuando se trataba de disminuir o negar la fuerza del acto que los incomodaba, o bien decir que era falsa, o bien que debía ser confirmada por los papas siguientes para estar en vigor, o que necesitaba el pase de las autoridades civiles, o que otro Papa las había abrogado, o que el derecho nuevo las había vuelto obsoletas…etc.

    ¿Qué pueden entonces abrogar o modificar los Papas? Pueden modificar la parte dispositiva, que señala penas, que pueden ser disminuidas u aumentadas por uno u otro Papa. Vemos que Gregorio XIII y sucesores privan de efecto jurídico la Bula, pero sólo para los laicos, y pueden hacerlo así siempre que la pena sea DE DERECHO POSITIVO.
    Eso quiere decir que si es la misma Ley Divina natural o positiva la que señala un castigo, o una inhabilitación, como en el caso anterior, NADIE puede suprimirla.

    Por ejemplo, el Código de derecho canónico podía modificar las penas de derecho positivas que recoge la Bula, pero no lo que toca a la pérdida de elegibilidad o legitimidad, porque aquí, se trata simplemente de una descripción de la naturaleza misma de las cosas, en este caso, de los efectos a priori y a posteriori del cisma y la herejía, que nadie puede abolir, lo mismo que nadie puede abolir por decreto las leyes de la gravedad.

    El Papa Pío XII podía declarar suspendidos en su efecto, para el tiempo del Cónclave, LAS PENAS ECLESIÁSTICAS que pudieran haber afectado a los cardenales, pero no podía, aunque hubiera querido, anular las normas inhabilitantes, que son simple expresión de cómo funcionan las cosas, independientemente del legislador.

    En el caso de la Quo Primum, del mismo San Pío V, la cosa es como sigue:

    Hay poca parte doctrinal, aparte la importantísima afirmación según la cual el Misal restaurado por el Papa es el verdadero Rito Romano según la prístina norma de los santos Padres. (Por lo que cualquiera que viniere diciendo que ellos van a renovar el Misal y lo van a volver “aún más tradicional”, como Pablo VI, y secuaces, son unos mentirosos).

    Esa afirmación es clarísima. No se trata tanto de imponer penas, como de imponer una obligación universal y perpetua a todos los obligados al rito Romano, porque esa obligación no es más que el corolario de una afirmación doctrinal infalible referida a un hecho totalmente incontrovertible: A partir de ahora, ya no hay más ambigüedad: El Rito de la Iglesia Romana, Madre y Maestra en liturgia como en todo lo demás, es única y exclusivamente lo que viene recogido en su Misal, nada más, nada menos.
    Lo mismo que el sentido de los dogmas una vez sellado por la Iglesia Romana no puede ser alterado absolutamente por nadie, ni siquiera bajo pretexto de mejor inteligencia y comprensión, así también, su rito auténtico una vez fijado de una vez y para siempre no puede ser alterado por nadie, ni siquiera con el pretexto de más profunda investigación litúrgica, mejora, necesidad pastoral, renovación, adaptación a los tiempos, aggiornamento, etc…

    Y junto a la obligación, concede también un permiso e indulto perpetuo: Nadie, nunca, por nadie, bajo ninguna circunstancia, si está obligado a celebrar según el rito romano, puede ser obligado a reemplazar el Misal de san Pío V por otro. Aunque sea el Papa, le está absolutamente prohibido modificar la manera de decir Misa establecida en ese Misal. Puede realizar enriquecimientos puntuales, nuevas fiestas, precisar las rúbricas en los puntos litigiosos, conceder ciertas costumbres particulares, pero nada más. El Misal seguirá en vigor siempre, y ni siquiera un Papa puede sustituirlo por otro, lo mismo que ni siquiera un Papa puede alterar el sentido de los dogmas siempre admitido y una vez declarado por la Iglesia Romana.

    Esa es la razón de por qué incluso si Pablo VI hubiera sido un Papa legítimo, no hubiera podido imponer su Misal a la Iglesia, si acaso, dar indulto a algunos para usar el rito de nueva creación, teniendo bien claro que los que se acogieran a ese nuevo rito dejaban de pertenecer al rito romano.

    Esa es también la razón por la que el misal híbrido que está cocinando B XVI es tan ilegítimo y cismático (aparte de herético) como el de su predecesor Pablo VI, y que los Ecclesia dei de todo pelo deberían rechazarlo con la más extrema de las energías, en vez de profanar lo que todavía les queda del antiguo rito romano.

    Los que pretenden que, automáticamente, lo que un Papa ha hecho, otro puede deshacerlo, no saben lo que dicen. Incluso cuando les es lícito modificar alguna norma contingente sentada por algún predecesor suyo, los Papas de Roma, poseídos del sentido de la Tradición, que se manifiesta en la práctica en la veneración, respeto e investigación piadosa y filial del sentido de todas las tradiciones recibidas, se tentaban mucho la ropa antes de modificar nada, y menos todavía se les ocurría plantear reformas tan radicales como las que hemos sufrido y padecido.

    Ese espíritu revolucionario, tan moderno él, siempre fue designado por nuestros mayores como cismático, y vehementemente indicador de algún espíritu de herejía, como ha confirmado la historia de las últimas centurias.

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  3. El saber si un Papa puede obligar a los Papas futuros en un acto de administración es importante, puesto que dependiendo de la respuesta, sabremos con más facilidad que nos encontramos con un falso pastor cismático, en el caso de que el papa aparente realice cambios que sabe no poder llevar a cabo.

    Hay un caso que merece ser mejor conocido: El de la Constitución Apostólica en forma de Bula dada por el Papa Sixto V el 3 de Diciembre 1586, llamada Postquam Verus, aquí enlazada:

    http://www2.fiu.edu/~mirandas/postquam.htm

    En ella, Sixto V establece definitivamente el número y calidad de los cardenales de la Santa Iglesia Romana, y limita a 70 su número máximo, puesto que son la realización en el Nuevo Testamento del consejo de 70 ancianos que Dios señaló a Moisés para el gobierno de la Iglesia del Antiguo Testamento.

    Pero lo más señalado, es que NO deja a sus sucesores la posibilidad de modificar ese número, e incluso se prohíbe a sí mismo el superar ese número máximo de 70.

    So pena de ser cualquier creación supernumeraria totalmente nula, írrita y de ningún valor, incluso en el momento en que el Sacro Colegio volviera al número máximo fijado.

    Paso a traducir las partes esenciales de esa prohibición:

    …habiendo tenido con nuestros venerables hermanos cardenales de la Santa Iglesia Romana madura deliberación de este asunto, y por consejo de los mismos hermanos, y unánime consenso, venimos en promulgar esta Nuestra constitución, válida a perpetuidad, por medio de la cual, en cosa tan grave perteneciente a Nuestro deber, nos advertimos en primer lugar, a Nos mismo, y esa ley que nos imponemos, la misma indicamos a nuestros sucesores, de quienes confiamos no sean olvidadizos de su oficio, y de que un día, han de rendir cuenta de su administración en el exigente y tremendo juicio de Dios, como lo dice el Apóstol: Todos estaremos en pie en el tribunal de Cristo, y cada uno dará razón de sí ante Dios.

    4. Así pues, en primer lugar, como sucediera que por la naturaleza de las cosas, la exigencia de los tiempos, y la ocasión, se hubiera abandonado la antigua costumbre de admitir a pocos varones en el Sacro Colegio, y que ya en nuestra edad, se fueran admitiendo más miembros de lo que era costumbre antiguamente, ya porque el decreto del Concilio general de Trento establecía que debían ser tomados de todas las naciones cristianas, ya porque muchos, afectados por la debilidad del cuerpo humano, la senectud, o abrumados de frecuentes enfermedades, no pueden cómodamente bastar para sostener asíduamente un peso tan grande, para aportar a este problema la debida moderación, y que sean prescritos unos límites determinados, de modo que sin volver a la antigua parcimonia, evitemos también el envilecer tal dignidad por una excesiva y superflua abundancia de sujetos, (lo que Nos mismo, situado entonces en menores encargos, hemos visto y experimentado) Y para que a la figura de la antigua sinagoga, responda la verdad de la Santa y Apostólica Iglesia, deseoso de cumplir el mandato dado por Dios a Moisés, para que congregara 70 varones escogidos entre los ancianos de Israel, conocidos por ser espejo para los demás del pueblo, y maestros, de suerte que pudieran ayudarlo a sustentar la responsabilidad del pueblo, y no llevara él todo el peso, lo cual hecho, y habiendo sido éstos llevados a la puerta del Tabernáculo, estando Dios hablando, el Espíritu Santo descansó sobre ellos.

    Así, por el consejo de los susodichos hermanos, perpetuamente estatuimos, y ordenamos, que en el futuro, contados todos los sujetos de cualquiera de los ordenes episcopal, presbiteral o diaconal, que se hallan al presente constituidos, o en el futuro lo sean, todos juntos, NO PUEDAN EXCEDER NUNCA DEL NÚMERO DE SETENTA EN NINGÚN TIEMPO, Y QUE JAMÁS, POR CUALQUIER PRETEXTO, EXCUSA, OCASIÓN, O CAUSA, INCLUSO URGENTÍSIMA, PUEDA AUMENTARSE ESE NÚMERO. POR LO QUE SI ACONTECIERA QUE, POR NOS, O POR OTRO PONTÍFICE ROMANO EN AQUÉL TIEMPO EN FUNCIÓN EN UN TIEMPO FUTURO, FUERA ELEGIDO, O CREADO, O NOMBRADO UN CARDENAL (O VARIOS), MÁS ALLÁ DEL NÚMERO PREDICHO, DECLARAMOS QUE ESA ELECCIÓN ASÍ HECHA, O CREACIÓN, PROMOCIÓN O NOMBRAMIENTO ES NULA, ÍRRITA, Y DE NINGÚN VALOR, Y QUE DEBE SER TENIDA POR TAL, DE PLENO DERECHO, NO IMPORTANDO BAJO QUÉ NOMBRE O TÍTULO PUEDA SITUARSE LA PERSONA O PERSONAS ELEGIDAS, NI SE LOS DEBE TRATAR COMO CARDENALES, NI REPUTARLOS COMO TALES, NI EXISTE DEBER DE ELLO, Y ADEMÁS, TAL ELECCIÓN, CREACIÓN O NOMBRAMIENTO INICIALMENTE INVÁLIDA, Y SUPERNUMERARIA, SI MÁS TARDE SE VOLVIERA AL NÚMERO PRESCRITO POR MUERTE DE UNO O VARIOS CARDENALES NO PODRÁ POR ESA CAUSA SER CONVALIDADA, SINO QUE TAL COMO FUE AL PRINCIPIO, INVÁLIDA, ASÍ SEGUIRÁ EN LO FUTURO, PERPETUAMENTE CARENTE DE TODO VALOR Y FUERZA.

    5.y SS Estatuye sobre los diversos órdenes de cardenales, principalmente los cardenales diáconos, a los que se invitaba a permanecer como cardenales diáconos, que no recibían la consagración episcopal.

    Así como de las demás prendas que deben adornar a los elegidos, que han de ser muy grandes y señaladas, puesto que su dignidad es casi real, y equivalente a la de un Príncipe de sangre real.

    En el Núm. 17, se prohíbe además que haya dos hermanos de sangre a la vez en el Sacro Colegio.

    Todos los Papas posteriores observaron religiosamente el contenido de la Bula, siendo retenido también en el Código de Derecho Canónico de 1917, en particular el numerus clausus de cardenales. (Canon 231).

    Can. 231. par. 1. Sacrum Collegium in tres ordines distribuitur: episcopalem, ad quem soli pertinent sex Cardinales dioecesibus suburbicariis praepositi; presbyteralem, qui constat Cardinalibus quinquaginta; diaconalem, qui quatuordecim.

    Casualidad, casualidad, fue precisamente el (anti) papa Juan XXIII el primero en desobedecer palmariamente esa ley perpetua, y además en varios puntos:

    Y además, se dio prisa:

    Elegido el 28 de octubre de 1958, tomó como nombre el de un antipapa del S. XV, de mundana e ingrata memoria, fautor del concilio cismático de Pisa, originador de una línea de antipapas durante las etapas finales del Gran Cisma de Occidente. No contento con ello, fue el convocador, ya como presunto papa, del concilio cismático de Constanza, origen de toda la ideología conciliarista que resurgiría precisamente con el Vaticano II.

    Bien empezaba…

    Y mejor siguió, puesto que, coronado el 4 de Noviembre 1958, celebraba su primer consistorio el 15 de Diciembre 1958. En él, nombró en primerísimo lugar a Mons. Montini, futuro Pablo VI, que Pío XII se había negado a hacer cardenal.

    Junto con él, 22 más, llevando el número a 75, 5 más que los permitidos.

    Después de lacrimosas consideraciones sobre la suerte de los católicos chinos (a los que él mismo tanto contribuiría a echar en manos del comunismo), y tras utilizar el mismo argumento de Sixto V, acerca del alivio de los más mayores en sus trabajos, justo al final, (in cauda venenum), se desliza discretamente con ésto:

    “Iis igitur derogantes — quatenus opus est — quae Decessor Noster Xystus V constituit (7), et quae Codex Iuris Canonici sanxit (can. 231), iam deveniamus ad Sacrum supplendum Collegium vestrum, tres et viginti lectissimos Praesules in illud adlegendo, quos ob suas cuiusque virtutum laudes hoc amplissimo honore gravissimoque munere dignamus.”

    ¿Se creía sinceramente que con tres palabras, pronunciadas como de pasada en un discurso de circunstancias, se puede aboler no sólo un canon del Derecho canónico, sino una Bula que declara obligar para siempre también a los Papas futuros?

    Esto hubiera debido, no ya poner la pulga en la oreja, sino hacer saltar todas las alarmas entre los responsables vaticanos, sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes del personaje.

    Pero aquí no para la cosa, porque recordemos, otra norma de Sixto V prohibía tener a dos hermanos de sangre a la vez en el Sacro Colegio.
    Pues aquí, ni mención siquiera de la ley, junto a Gaetano Cicognani, creado por Pío XII, adjunta su hermano Amleto, con perfecto conocimiento de que estaba violando la ley.

    Poco más de un mes más tarde, en la basílica de San Pablo Extramuros, sin consulta ni aviso, anuncia la convocatoria de un Sínodo para Roma, de un Concilio para la Iglesia Universal, y de la reforma del Derecho canónico de 1917.Con ello echaba a andar la peor revolución de todos los tiempos, pillando, al parecer, desprevenidos, a tantos prelados de quienes hubiéramos esperado más, bastante más…

    Justo un año después de su primer Consistorio, volvió a reincidir con un segundo, nombrando 8 cardenales más, para dejar bien claro que no deseaba observar la ley sixtina. Entre ellos, el infame card. Bea, (cuyos judaicos orígenes quizás se hallen en la muy marránica población de Béjar, España).

    Sólo tres meses más tarde, el 28 de marzo 1960, por si quedaba alguna duda volvía a crear otros 7 cardenales, más tres in pectore, que nunca llegaron a ser publicados. Entre ellos, Mons. Joseph Lefebvre, arzobispo de Bourges, primo de un cierto Marcel, también él llamado a la púrpura, si las cosas no se hubieran torcido…

    Y otro Consistorio el 16 de Enero 1961, con cuatro más,

    Y otro el 19 de Marzo 1962, 10 más, y con el anuncio de una violación más de la ley sixtina: La equiparación de los tres ordenes con la consagración episcopal de todos los cardenales que no fueran obispos, incluso de los cardenales diáconos.
    Era difícil para casi todos darse cuenta del significado profundo de esa mutación: El Papa Sixto V enseñaba en su Bula que el Sacro Colegio sucedía al Colegio de los Apóstoles en lo que se refería al poder de jurisdicción, que recibían automáticamente sobre toda la tierra, aunque de manera indeterminada. Por esa razón, la aceptación del capelo entrañaba automáticamente la pérdida de cualquier otra función jurisdiccional dentro de la Iglesia, precisamente porque participaban de una más alta y universal, la del obispo de Roma.

    Pero los subversivos ya preparaban la constitución conciliar Lumen Gentium, que renovaría los errores galicanos, pretendiendo que la jurisdicción no provenía inmediatamente del Papa, sino de la consagración episcopal, aunque indeterminada, lo mismo que la de los cardenales.
    El colegio episcopal se convertía así en verdadero órgano soberano, haciendo por lo mismo totalmente irrelevante al Sacro Colegio.

    Juan XXIII, desobedeciendo toda la Bula de Sixto V, destruyó eficacísimamente el centro de todo el organismo jurídico de la Iglesia Militante, y nombrando sujetos hasta alcanzar el número de 88 cardenales, entre ellos peligrosos enemigos del Papado, hizo imposible que ese Colegio reaccionara a tiempo, y denunciara a Juan XXIII como antipapa que nunca había sido legítimo.

    Para los que han tenido la paciencia de leerme hasta aquí, diré que hay una relación muy estrecha entre los Papas cuyos documentos hemos estudiado aquí: Pablo IV fue el gran inspirador y maestro de san Pío V, y éste lo fué de Sixto V. Los tres conocían perfectamente toda la perfidia de los herejes, y cómo éstos, infiltrándose hasta los pliegues más recónditos de la Iglesia y el Sacerdocio, no cejarían en su empeño subversor, hasta sentar a uno de lo suyos en el trono petrino, desde donde impondría por la autoridad, la fuerza y la astucia, todas las reformas-mutaciones que los erasmianos no habían logrado implantar, ni siquiera con la amenaza del luteranismo.

    Por ello, procuraron empeñar todos sus esfuerzos en proteger los puntos vitales: Primero el Papado, de modo que jamas se pudiera decir que un verdadero sucesor de Pedro había caído en error u herejía, o que un hereje podía ser verdadero pastor.

    Luego, el culto divino, fuente de la inmortal fuerza y juventud de la Iglesia, primero la Misa, (Quo primum), y luego, lo más olvidado y maltratado, el Oficio Divino (Quod a nobis). Para que nadie pudiera pretender que la liturgia romana era otra cosa que lo que él establecía para siempre.
    A continuación, el Catecismo, eterno monumento de purísima Fe, que nunca podrá ser reemplazado por un pretendido “catecismo de la iglesia
    católica”.

    Por fin, Sixto V, que fija definitivamente el Sacro Colegio, reduciendo de antemano a la nada jurídica todo lo pretendido por cualquier persona, incluso papa, que se atreva a tocarlo, por cualquier motivo.

    No por nada, en la Basílica de Santa María la Mayor, confiada especialmente al cuidado de España, hizo Sixto V edificar la capilla Sixtina, sobre el lugar en que se conservaba el Pesebre, cerca del lugar donde reposan los restos de san Jerónimo, gran defensor de la infalibilidad e indefectibilidad de la Sede Romana, nombrado cardenal por el Papa español san Dámaso,

    En esa capilla reposa el Papa san Pío V, en altar-monumento abierto, en que puede contemplarse y venerarse el cuerpo incorrupto del Papa de Lepanto, y frente a él, su discípulo Sixto V.

    La Providencia no hace nada al azar, y volverá a demostrarlo en un próximo futuro, en que la Iglesia Romana, según la célebre profecía, conocerá su mayor triunfo y expansión…

    http://foro.catholic.net/viewtopic.php?f=256&t=21886&start=40

    Por cierto, la basílica también se llama Liberiana, por su fundador, el Papa SAN Liberio, atrozmente calumniado por ciertos seudo-católicos que quisieran hacernos creer que fue hereje, con el fin de sostener su reprobada tesis mil veces refutada.

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