Concilio Vaticano II

COMENTARIOS ESCLARECEDORES


Ha habido unos comentarios esclarecedores de nuestro habitual comentarista “Fray Eusebio de Lugo O.S.H.”  al post titulado ¿Concilio Vaticano meramente pastoral? que por la claridad de las ideas y de la exposición, merecen, en mi opinión, un lugar destacado.

Naturalmente en el debate que podría suscitarse, yo no me alineo explícitamente con sus ideas, aunque reconozco que sería difícil rebatirlas. Simplemente, no quiero que el blog tome partido, sino más bien, pretendo dejarlo abierto a ideas diferentes y al debate.

Estos son los comentarios que ofrezco a los lectores:


  1. Espero que los sacerdotes, fieles y simpatizantes de la FSSPX lo lean, y puedan darse cuenta de que algunos de los argumentos que vienen repitiendo desde hace cuarenta años casi sin cambios no tienen ningún sentido, y les hace caer en posturas heterodoxas que les quitan toda o al menos buena parte de su autoridad moral cuando se ponen a reprochar a los conciliares sus errores. Evidentemente, éstos, cuando todavía no había acabado el Concilio, se apercibieron enseguida de los aspectos defectivos presentes en la argumentación de los Padres del Coetus, y examinaron cuidadosamente cuales eran las argumentaciones de las diferentes cabezas de la incipiente resistencia católica contra la falsificación de la Iglesia perpetrada por el pseudo-Concilio Vaticano II.
    Y como buenos discípulos de Orwell, sabían que la mejor oposición es aquella que uno crea y controla desde el principio. Todos los Padres del Coetus cayeron en la trampa, y se comportaron en el Concilio de la misma forma que los menos exaltados o más conservadores entre los procuradores de la Asamblea Nacional que dió los primeros pasos de la Revolución francesa.

  2. No se dieron cuenta de que se les estaba embarcando en un proceso revolucionario, semejante a la masónica preparación de los Estados Generales de 1789, a pesar de que Juan XXIII dió sobradas muestras de su talante heretizante antes incluso de anunciar la convocatoria del Concilio. Cometieron el imperdonable error estratégico de aceptar el abandono de casi todos los esquemas preparatorios de los documentos definitivos, aceptando su sustitución por otros de cuya procedencia casi nadie sabía. Una vez abandonado el campo de batalla y la iniciativa al enemigo, se vieron reducidos a una guerra de escaramuzas, que no sólo no mejoró su situación, sino que favoreció al enemigo: Éstos sabían que la clave de su éxito radicaba en combinar lo más ambigüamente posible un fondo inevitablemente herético por acción o por omisión, con una apariencia lo más tradicional posible, que sería la encargada de engañar a la mayoría de las ovejas tradicionales que no se enterarían de nada, y a quienes, para cuando empezaran a darse cuenta, se podría presionar con la autoridad papal, por una parte, y con una cierta hermenéutica de la continuidad, por otra.

    Los encargados de la elaboración de la parte heretizante ya habían hecho su trabajo, ahora les tocaba a los Padres más tradicionales hacer el suyo, precisamente con sus protestas en favor de la Tradición, iban a maquillar unos textos que de por sí iban a resultar demasiado explícitos.

    Si hubieran cumplido con su deber, estudiando previamente las estrategias de manipulación tanto de masas como de asambleas, tan típico del arte real maquiavélico desde el S. XVI, se hubieran dado cuenta de que estaban participando de un CONCILIUM MALIGNANTIUM, en el que de ninguna manera hubieran debido participar, ni siquiera con la vana esperanza de aportar alguna mitigación al daño previsible. Sólo con oír el discurso inaugural Gaudet Mater Ecclesia, ya hubieran debido darse cuenta de que los principios que iban a regir el desarrollo de tan magna asamblea ya no eran católicos.

    Cuestión de principios evidentes: Era ilusorio pensar que ese árbol venenoso que estaba recién plantado fuese a dar otra cosa que malos frutos. Lo que hay que hacer en esos casos es separarse de una asamblea prevaricadora, y denunciarla con todas las energías. Eso hicieron la mayor parte de los asistentes al Concilio de Basilea, por ejemplo, por ello acabó compuesto por sólo unos pocos obispos y una mayoría de “teólogos” del mismo jaez que los que condenaron a santa Juana de Arco.

    Una vez acabado el Concilio, los conciliares se dieron cuenta de que una parte de la resistencia razonaba católicamente, dando origen a la postura que ellos motejaron enseguida injuriosamente como “sedevacantista”, posición que condenaron a la oscuridad mediática absoluta.

    Mientras, fomentaron la posición de aquellos católicos que si bien querían resistir, no querían sufrir el ostracismo destinado a los sedevacantistas. Una vez rechazada la verdad católica inescapable, a saber, que casi toda Jerarquía católica, encabezada por un falso Papa, había salido de la Iglesia católica, y había fundado lo que ellos mismos llamaban la Iglesia conciliar, tuvieron que construir toda una argumentación basada sobre principios no católicos para justificar una postura contradictoria in terminis: Reconocer legitimidad a un Papa y una jerarquía y un Concilio de los que a la vez se afirmaba que eran herejes, cismáticos, anticristos, y destruían la Iglesia.

    Los conciliares no podían estar más satisfechos: Habían logrado desactivar casi toda la resistencia católica, haciéndola caer en contradicciones absolutamente inextricables.

  3.  

    Para ello, sólo fue necesario arrinconar en la insignificancia mediática a los que se negaban a reconocer la legitimidad de la nueva Iglesia conciliar, mientras concentraban los focos informativos en la obra de Mons. Lefebvre, que acabó concentrando en él casi toda la visibilidad de la resistencia, así como vocaciones y recursos.

    Era la resistencia domesticada ideal: Reconocía la validez de la nueva misa, de las nuevas órdenes sacerdotales o episcopales, del nuevo derecho, de todos los papas y obispos conciliares, y perseguía sañudamente a los que se le oponían…

    Se le animó a exhumar todas las doctrinas de galicanos, jansenistas u cismáticos orientales en su intento de fundamentar una doctrina de la resistencia sistemática a unas autoridades reconocidas como legítimas.

    Mejor aún, y de esto trata el post que estoy comentando, se le animó a perseverar en el lamentable camino que muchos teólogos han adoptado desde el día siguiente de la definición de la infalibilidad en 1870, a saber; Restringir de tal modo el ámbito de la infalibilidad, que la mayor parte del Magisterio pontificio y demás actos normalmente considerados como infalibles quedaran fuera de ella. Eso le permitía reconocer a un Papa hereje sin renunciar a la definición de 1870.

    Hemos visto hace pocos días por el artículo de Mons. Ocáriz que esa es la doctrina comúnmente aceptada por la Iglesia conciliar, deduciendo de ella unas consecuencias monstruosas: Tendríamos por una parte a unos Papas que podrían enseñar el error a toda la Iglesia en cuestiones de Fe o moral, o hacer leyes generales dañinas al bien espiritual de los cristianos, o beatificar a un condenado al infierno, y aún así estaríamos obligados a inclinar la cabeza y prestar un verdadero asentimiento interior de mente y corazón, so pena de desairar a Nuestro Señor JesuCristo que hablaría a través de ese órgano falible.

    Pues no. El Papa como Maestro universal está siempre inmunizado contra el error, y además, por la indefectibilidad de la Iglesia, no puede caer en herejía como persona privada. Esto no significa que su gobierno, mandatos, pensamientos sobre las cosas más diversas, etc… sean siempre los mejores o más acertados, ni le confieran de manera carismática otra competencia que la aquí expresada. Por ejemplo, un Papa puede ser perfectamente ortodoxo, y sin embargo, ser una calamidad en su gobierno.

    Una vez bien entrampada la FSSPX en estas falsedades doctrinales, que le quitaban toda autoridad moral para enfrentarse a Roma, no quedaba sino empujarlos al cisma, al menos aparente, como ya se había propuesto la Conferencia episcopal francesa desde el mismo año 1971.

    No tengo más que pasearme por sitios como Infocatólica y otros como ellos, y leer los vitriólicos comentarios alentados por los comisarios iraburianos para darme cuenta de que la estrategia ha constituído un éxito rotundo, sin que los adherentes de la Fraternidad hagan esfuerzo alguno por corregir el tiro. Seguirán hablándonos del Concilio pastoral por mucho tiempo.

  4.  (Respuesta a las objeciones de una comentarista) Estimada Lucy:El post no afirma que el Concilio es auténtico, más bien lo niega, como puede comprobar en las conclusiones finales.
    Lo que afirma es que SI hubiera sido un verdadero Concilio ecuménico, no hubiera podido errar en la Fe, y por ende, deberíamos haberlo aceptado.El asunto es que ha incurrido palmariamente en el error, por lo que no sólo el supuesto Concilio demuestra ser ilegítimo, sino también las autoridades que lo aprobaron, promulgaron y mandaron cumplir.El post apunta a que una parte de los católicos resistentes al Concilio han estado utilizando un falso argumento: El CVII no sería infalible porque habría querido renunciar a ese privilegio para ser solamente pastoral. El artículo demuestra que ello no es así en absoluto, y que fue intención de sus promulgadores obligar doctrinalmente a los fieles.

    Ese falso argumento les era útil a los susodichos, porque les permitía rechazar el Concilio, sin rechazar al mismo tiempo la falsa jerarquía eclesiástica que intentaba por todos los medios obligar a los fieles católicos a aceptar doctrinas previamente condenadas.

    Resumiendo:

    -O se acepta el Concilio, como legítimo e infalible, y entonces hay que reconocer y obedecer a las autoridades conciliares y posconciliares, lo que supone para la FSSPX desautorizarse e incluso disolverse.

    -o bien se rechaza como falso Concilio, y entonces hay que rechazar que Paulo VI fuera verdadero Papa, capaz de comunicar su infalibilidad al Concilio, así como habría que afirmar que todos los seguidores del CVII se separan, al menos en el fuero externo, de la Iglesia católica, y no pueden ser legítimos pastores de ella.

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