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REFLEXIONES SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL


Este es un post de nuestro habitual comentarista Fray Eusebio de Lugo O.S.H..  Aunque no hace falta que comente sus reflexiones, para algunos abrirán campos de inteligencia sobre el celibato hasta ahora quizás poco conocidos o profundizados. Pero no me resisto a hacer una breve introducción para celebrar su lucidez y animar a su lectura, que sin duda dejará huella en el lector.

El autor mismo explica en el e-mail recibido por mí, lo que es el resumen de su post:

Se trata de una serie de reflexiones sobre el verdadero sentido y necesidad del celibato sacerdotal, cuestión candente como es bien sabido, y que muchas veces se plantea mal, porque raras o ninguna vez se sitúa en el contexto adecuado: El de la vida que quiso Nuestro Señor para sus clérigos y que ha instituido la Iglesia en infinidad de instrumentos oficiales.
 Si se saca fuera de ese contexto el problema no tiene solución.
A mí mismo el post me ha abierto los ojos acerca de los prejuicios del ambiente sobre el celibato, y que más o menos había introyectado. Son prejuicios que hablan de una institucionalización tardía del celibato en la Iglesia y de la no existencia de él en la primitiva Iglesia. El celibato desvirtuaría el carácter secular del sacerdote, alejándole de su función pastoral en medio del mundo. Pero en realidad esto no sólo no es así, sino que lo contrario es cierto.  El celibato hunde sus raíces en la Tradición Apostólica y en Nuestro Señor que la fundó, tal como hay un avance de él  en los textos evangélicos, conocidos por todos.
Después de los primeros tiempos apostólicos, siguió el modelo en las comunidades de presbíteros alrededor del obispo, e incluso en las misiones enviadas más tarde a la Europa  pagana.
No ha dejado de existir a lo largo de la historia sobre todo en comunidades de canónigos regulares.

Canónigos regulares que hacen vida común con miras apostólicas

Texto de Wikipedia sobre la fotografía:

Una orden de canónigos regulares (o Ordo Canonicorum Regularium en latín) es una orden religiosa católicas formada porcanónigos (es decir, sacerdotes) de una comunidad (una canonjía, una catedral, etc.) que observan la vida en común, según una regla, y la combinan con el oficio clerical y la vida apostólica. Las ramas femeninas son las llamados canónigas.

Su origen está en los capítulos catedralicios, donde los canónigos formaron comunidades viviendo juntos. Mayoritariamente, siguieron la Regla de San Agustín. Fueron el origen de algunas órdenes monásticas, que imitaron su manera de vivir.

No son comunidades monásticas, ya que el objetivo no es la vida contemplativa ni el «alejamiento del mundo», sino el ministerio público de los sacramentos y el apostolado. Tampoco son clérigos regulares, ya que al contrario de éstos, los canónigos regulares están vinculados a un lugar y una comunidad determinada y hacen la liturgia de las horas en comunidad. Los canónigos seculares, por lo contrario, pertenecen a una comunidad de sacerdotes vinculada a una iglesia, pero no han tomado votos de vivir en comunidad.

El celibato sólo es comprensible como contribución de la castidad o pureza a la integridad  pura de la Fe y a la oración del Oficio divino con el ofrecimiento de la “Oblatio munda” del sacrificio del altar. Si falta un pie en este trípode- PUREZA, FE ÍNTEGRA Y ORACIÓN- el celibato se torna ininteligible.

Este es justamente el problema en la Iglesia de hoy, que alberga en su seno la defección de la Fe y desaparición del Sacrificio del Altar, que se ha vuelto reunión como confraternización  de la Comunidad. Ya no se requieren  manos puras para tocar las cosas sagradas. La Fe desfallece y la oración casi ha desaparecido. Todo esto, en mi opinión, está en el fondo de la reclamación por parte de muchos y del clero, de la abolición del celibato.

El post siguiente que me honro en añadir a mi blog , merece la pena ser leído con atención, aunque sea un poco largo.

EL CELIBATO SACERDOTAL EN SU CONTEXTO

Por  Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

Como puede comprobar cualquiera que esté un poco atento a la actualidad socio-religiosa, el problema del mantenimiento del celibato como condición obligatoria para el acceso al sacerdocio se ha ido convirtiendo en una cuestión debatida con creciente aspereza, sin que partidarios y detractores hayan logrado ponerse de acuerdo.

Mientras, los principales interesados han ido dándole salida por la vía de los hechos consumados: No es ningún secreto que una parte no pequeña de los clérigos actuales, o viven establemente amancebados, o se han casado en secreto, y que en ambos casos, no han faltado los frutos esperables de tal cohabitación.

Tantas y tan insostenibles situaciones personales ya nos indican la urgencia de dar con una solución, máxime si las insertamos en el contexto de la crisis general en la que se halla la Iglesia, manifiesta en la desorientación de muchas almas sacerdotales sobre los fundamentos esenciales de su propia identidad, con la consiguiente desaparición de las vocaciones.

No repetiré aquí los argumentos de una y otra parte, fácilmente accesibles en otras fuentes. Ciertos problemas se resuelven mejor alejando la perspectiva, y situando el problema en su auténtico contexto histórico, cosa que la cerrada y áspera polémica actual escasamente permite.

Como diría san Ignacio, volvamos a los principios primeros: Toda la creación, y especialmente el hombre, como mediador de todo el mundo inferior, tienen como destino fundamental la alabanza de Dios, a imagen de lo que ocurre en el Cielo y en el interior mismo de la Santísima Trinidad. Alterada por el pecado, esa finalidad fue restaurada y elevada por nuestro Redentor, que fundó su Iglesia precisamente para ser casa de alabanza a Su Eterno Padre.

Por el bautismo, todo cristiano participa del sacerdocio de Cristo, lo que significa que puede y debe asociarse a la perpetua alabanza de su Cabeza, y que todo lo demás, Trabajo, estudio, relaciones personales, penas y dolores, o alegrías y satisfacciones, son medios puestos por la Providencia para que mejor pueda cumplir esa función de amorosa alabanza conforme a la voluntad divina.

Pero ese insigne privilegio de poder participar de la actividad íntima de la Santísima Trinidad a través del culto visible celebrado en las Iglesias de la tierra, Nuestro Señor no lo entregó indistintamente, sino jerárquicamente. Confió el peso y la obligación de su celebración a una categoría especial de hombres, escogidos, llamados y separados del común, para que fueran los oficiantes o celebrantes principales de ese culto visible al cual pudiese asociarse el resto del pueblo cristiano, en la medida en que lo permitieran sus obligaciones. Es así como hay que entender lo que decía no hace mucho el card: Bartolucci, durante muchos años Maestro de capilla en el Vaticano: “El culto es del clero para el pueblo”, ofrecido en nombre suyo y en su favor.

Fue el mismo Jesucristo el que instituyó el fundamento del culto divino del Nuevo Testamento, llevando a cumplimiento lo que Él mismo había preanunciado, detallando minuciosamente el desarrollo del culto en el Templo de Jerusalén. Lo fue desarrollando paulatinamente el Espíritu Santo, haciendo que fuera plasmado progresivamente en los diversos ritos tradicionales de Oriente y Occidente por obra de santos y sabios Obispos y Doctores, hasta que la autoridad de la Iglesia los codificó definitivamente en unos libros litúrgicos perfectamente identificables, en el caso del rito romano, por mandato del Concilio de Trento.

Aparte sacramentos y sacramentales, la parte principal del culto siempre ha consistido en la celebración de lo que los antiguos conocían como Opus Dei, es decir, la obra de Dios, una verdadera acción a la vez divina y humana, que unía Cielo y Tierra en alabanza y glorificación de la Santísima Trinidad. Ese Oficio Divino consiste sustancialmente en el canto solemne de la Misa y de las distintas horas canónicas del día y sobre todo de la noche, los famosos Maitines, que eran como el pensum servitutis, la deuda mínima que la Tierra pagaba al Cielo por tantos beneficios recibidos.

Me he alargado con esto porque tanto laicos como sobre todo clérigos han olvidado casi por completo que la vida de Nuestro Señor, de los Apóstoles y de los mejores cristianos a través de los siglos siempre ha tenido por Norte y centro ese deber (y sobre todo, bendición), sin el cual sabían que ni su vida ni el mundo tenían razón para existir. En ello gastaban buena parte de sus horas, no perdonando esfuerzo ni sacrificio para que siempre estuvieran resonando las Iglesias con la oración perpetua, lo que les llevaba ordinariamente un mínimo de siete horas, cuando no llegaba hasta diez o doce horas de presencia en el coro, invierno como verano, sin que descuidaran el resto de sus obligaciones.

Han olvidado que esa es la función primordial de todo el orden clerical, desde el Obispo al simple tonsurado. La función de ser mediadores perpetuos entre el Cielo y la Tierra. Las otras dos funciones, la de regir, la ejercerán o no, según circunstancias, lo mismo que la de enseñar, mientras que esa no sufre excepción y concierne a todos.

Esa fue una de las razones por la que Nuestro Señor Jesucristo reunió a Sus Apóstoles en comunidad, por ello lo presentan los Evangelios dedicando sus noches a la oración, en la que los Apóstoles procuraban acompañarlo en la medida en que lo permitían sus fuerzas y ocupaciones.

En esa misma situación se encontraron en el huerto de los olivos, era perfectamente habitual.

Cuando se fue desarrollando la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, vemos cómo no sólo los Apóstoles, sino los demás cristianos, empujados por el Espíritu Santo, procuran vivir en comunidad, sin nada propio, precisamente porque ello les facilitaba la práctica de la vida y perfección cristianas, para ser menos indignos de celebrar la alabanza divina.

No mucho tiempo después, los Apóstoles instituirán a los primeros diáconos, entre ellos san Esteban, para tener más libertad en lo que es más esencial en el ministerio episcopal: La oración y la predicación del Evangelio. Y esa oración era ya litúrgica, común, y solemnemente cantada, bien en el Templo, bien en casa.

En las comunidades que fueron fundando y pastoreando los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, se procuró que los clérigos vivieran en común, sin nada propio, obedientes en todo a su obispo, los no casados se comprometían al celibato, y los que ya estaban casados, como alguno entre los Apóstoles, dejaban de mantener relaciones sexuales, para vivir “como hermano y hermana”. Aunque sin votos explícitos, formaban una verdadera comunidad religiosa, comprometiéndose a castidad perfecta, sin la que nunca se hubieran atrevido a subir al altar, a pobreza individual y vida común, y a la obediencia al Obispo.

Estaban además incardinados, no sólo en una diócesis, sino al servicio de una Iglesia concreta, a cuyo canon, o dotación pertenecían, y que normalmente no abandonaban.

Esa es la vida propiamente clerical, que la Iglesia llamará apostólica, canónica, porque es fiel a los cánones, las leyes de la Iglesia referentes a la vida de los clérigos, o común, porque es una de las particularidades que más cuestan a la naturaleza humana. Aquí está el origen de la vida religiosa, y así quiso Nuestro Señor que vivieran sus sacerdotes. Querían vencer a los enemigos del alma; Mundo, Demonio y Carne, con la práctica de la Pobreza, Castidad y Obediencia, bajo una Regla de vida, y un superior, Obispo o prior. La vida de lo que siglos más tarde se conocerán como canónigos regulares es el ideal que la Iglesia siempre se propuso alcanzar, y lo que luego vino no fue sino una progresiva decadencia que nunca puede poner en cuestión la institución divino-apostólica.

Atraídos por la vida de perfección evangélica de los clérigos de los siglos primeros, y deseando ayudarlos en su ministerio de alabanza y penitencia a favor de sus hermanos los hombres, los fieles laicos decidieron imitarlos, e inauguraron lo que hoy conocemos como vida monástica, tanto eremítica, como comunitaria.

Andando los siglos, el Espíritu Santo suscitó santos obispos que estatuyeron las primeras Reglas canónicas, como san Agustín, (S.IV), san Ambrosio, san Eusebio de Vercelli, etc…

El desarrollo de la vida canónica era tal que en tiempos de Carlomagno, el obispo de Metz, san Crodegango (742-766) redactó una Regla completa inspirada en la de san Agustín. Unos años más tarde el Sínodo de Aquisgrán (814) la impondrá a todos los clérigos, del mismo modo que imponía la Regla de san Benito a los monjes.

Con ello podemos comprobar que la obligación del celibato no es más que una de las más básicas entre las normas ascéticas a las que se comprometían los clérigos, al menos por varias razones: Sin ánimo de ser exhaustivos:

– El clérigo debía reproducir en su vida la perfección evangélica-apostólica, puesto que son imagen del prototipo divino.

– -Vienen obligados a mayor perfección que los fieles laicos, a los que enseñarán más por ejemplo que por palabra, y aún más por el fruto de la penitencia que por ejemplo.

– Puesto que se destinan por estado a tocar las cosas más sacrosantas, se pondrían en gravísimo peligro si no tendieran a eliminar el pecado de sus cuerpos y almas.

– Así como los laicos no se atrevían a comulgar sin haberse purificado suficientemente con la penitencia, menos aún se atrevían los clérigos a subir al altar sin una preparación muy exigente, que sólo podía tener lugar mediante la vida canónica apostólica.

– ¿Cómo hubieran esperado ser escuchados en su ministerio de intercesión, sin utilizar todas las armas ascéticas que les proporcionaba la vida común?

– ¿Cómo hubieran salvado la justicia, si hubieran aceptado los dones de los fieles sin cumplir en contrapartida con la obligación que implican tales limosnas, es decir, no sólo la oración, sino el ser penitentes públicos a favor de los donantes y sus familiares vivos y difuntos?

– Los clérigos superiores, empezando por el Obispo, son iluminadores de sus fieles, y sus guías en los caminos de la vida espiritual, ministerio que mal pueden cumplir sin haberlos recorrido previamente. Y mal pueden haberlos recorrido sin haber estado años bajo la guía de un Maestro, un staretz, como todavía existen en las Iglesias de Oriente. Y esos, es difícil encontrarlos fuera del claustro.

– Mal podrán acudir a cantar el Oficio Divino de día y de noche sin vivir en común, en el mismo claustro y coro.

La mayor parte de los clérigos hodiernos creen con toda buena fe que los clérigos de los primeros siglos vivían generalmente al modo secular, como ellos, y que sólo unos cuantos siglos más tarde, algunos de ellos, deseosos de mayor perfección, u obligados por sus obispos, adoptaron un modo de vida más o menos inspirado de las reglas monásticas, y que de allí se derivaron una serie de obligaciones ascéticas que no serían en modo alguno esenciales al orden clerical, y que podrían hasta ser nefastas y contraproducentes. Entre éstas, la obligación del celibato, de llevar un hábito distintivo, supuestamente inspirado en el de los monjes, el de no frecuentar los lugares de esparcimiento profanos, la obligación de recitar el breviario, etc…Así se entiende que quieran librarse de unas cargas cuya utilidad es para ellos todo menos evidente, porque han olvidado los fundamentos mismos de su estado. Eso es lo que ocurre cuando lo extraordinario y excepcional ,(el clérigo que vive fuera de una comunidad y a quién se tolera el matrimonio y la posesión de bienes privados) se vuelve la norma, mientras que el clérigo que vive como canónigo regular es hoy día casi desconocido.

Se entiende con ello que las Iglesias y Catedrales de la Edad Media se parecieran tanto a sus hermanas monásticas, con claustro, dormitorio común, sala capitular, scriptorium, etc…, y que la evangelización se hiciera en el campo a través de toda una red de pequeños prioratos canonicales o monásticos dotados de un número corto pero suficiente de religiosos que permitían a todos participar del Oficio Divino.

Hacia el siglo XII, casi todas las catedrales y grandes iglesias de Europa estaban servidas por cabildos canonicales o monásticos, llegando su influencia hasta la aldea más remota. No es casualidad que casi todos los numerosos santos obispos y evangelizadores de esos siglos salgan de sus claustros.

Es verdad que en muchos pueblos pequeños, no podía existir comunidad clerical, puesto que frecuentemente no contaba sino con un sacerdote. Pero debemos tener en cuenta que el pueblo cristiano vivía entonces según un canon casi enteramente monástico, en la que el clérigo, formado en el seno de alguna catedral o colegiata, de ningún modo se encontraba fuera de su elemento. Además, él mismo se convertía en formador y superior de una pequeña comunidad de clérigos a quienes se conferían las órdenes menores, y que sin dejar sus ocupaciones y familias, ayudaban al sacerdote en el canto solemne del Oficio.

Se toleraba que una parte de estos clérigos rurales se casaran, porque en aquél tiempo, igual que ocurre hasta el día de hoy en países como Rusia, todo el mundo tenía claro que el ideal y la norma de vida clerical era la vida común canonical, y que el matrimonio no era sino una tolerancia, la excepción que siempre debía confirmar la Regla, y nunca infirmarla.

Lamentablemente, enfriándose la caridad, se irá deshilachando la vida perfecta, es decir, la unión de la vida contemplativa, centrada en el claustro y coro, con la vida activa, de servicio a sus hermanos en el ministerio del estudio, consejo, enseñanza, predicación y alivio de las necesidades materiales de los más necesitados.

De los tres grandes pilares que sostenían la vida clerical, el primero en verse afectado fue el de la pobreza: Se permitió a los canónigos el poseer bienes privados, cosa que ya toleraba la Regla de san Crodegango, luego, también se permitió a los clérigos vivir fuera del recinto canónico, más tarde, se empezó a dispensar a los canónigos de parte o incluso de todas sus obligaciones corales. Etc…

Poco a poco, se fue generalizando el clérigo “secular”, propietario de sus rentas y dueño de su casa y vida, unas veces cortas, pero otras veces, acumulando un beneficio detrás del otro hasta poder llevar un estilo de vida más bien poco ascético, con el consiguiente escándalo de los cristianos…

En cuanto al segundo pilar, la Obediencia, no teniendo encima de sí superior regular alguno, quedó reducida a una promesa de obediencia al Obispo, verificada raras veces, puesto que el obispo ya no vivía junto con sus clérigos…

Quedaba la exigencia de castidad perfecta. Mal podía ésta ser observada fuera del ambiente propicio previsto por la Divina Sabiduría, e implementado por institución apostólica y episcopal a través de los siglos. Una vez que empezaron a vivir al modo secular, se fueron multiplicando las faltas contra esta bella virtud, sin que las numerosísimas intervenciones de la Iglesia en Concilios, sínodos, cánones y demás legislación fuesen capaces de enmendar tan grave situación.

No es extraño que numerosas voces se hicieran oír desde finales de la Edad Media exigiendo la abolición del celibato, último vestigio de la primitiva institución de la vida clerical, juzgada irrecuperable.

Bajo la impulsión del Concilio de Trento, no fueron pocos los intentos de fomentar la santidad del clero restaurando al menos en parte la vida común en el clero. Ese es el origen de buena parte de las órdenes de clérigos regulares nacidas en la época moderna, entre ellos jesuitas, barnabitas, teatinos, paúles, lazaristas, asuncionistas, etc…

Fueron una fantástica floración, pero ninguna de ellas logró restaurar elementos esenciales de la vida clerical como era el canto solemne del Oficio Divino, la vida común conventual, la penitencia tradicional en la Iglesia, etc…

Más grave aún, se consumó la separación entre vida religiosa, por una parte, que se estimaba fruto exclusivo de cierta élite del clero deseosa de mayor perfección, mientras se afirmaba con la mayor tranquilidad que la mayor parte de los clérigos, ahora sí seculares, podía vivir sin ningún problema como los demás cristianos, hasta que los mismos religiosos empezaron a considerar que la misma vida religiosa podía ser un obstáculo a su eficacia apostólica.

El hecho de que algunos de ellos decidieran convertirse en sacerdotes-obreros ya nos indica el grado de pérdida de las esencias vigente en las estructuras eclesiásticas ya en los años ´50.

La celebración del Concilio Vaticano II constituyó una suerte de revelación de los corazones: En Francia, desde principios de 1963 la Conferencia episcopal francesa autorizó a los clérigos el poder llevar traje clerical oscuro, conocido como clergyman. Al día siguiente, la mitad de ellos ya se habían disfrazado de pastor anglicano…

Sólo quedaba eliminar el celibato para consumar el alejamiento total del concepto de clérigo tal como lo había propuesto la Tradición de la Iglesia.

Los esfuerzos desplegados en el aula conciliar por los abolicionistas hubieran triunfado, de no haber sido porque Pablo VI decidió reservarse ese tema, buen sabedor de que podía convertirse en polo de reconocimiento para la resistencia católica que ya se adivinaba.

Mencionaré sólo de pasada que la reforma litúrgica postconciliar ha tenido por efecto el eliminar hasta en su misma concepción la existencia de un Oficio Divino necesitado de clérigos para su celebración.

¿Qué puedo decir de la situación actual? La mayor parte de fieles nominalmente católicos, tanto laicos como, ¡hay! , clérigos, han ido creándose una nueva religión modernista, sincretista, ecumenista, en la que todo el mundo se salva necesariamente, centrada en el hombre y sus hipotéticos derechos, camino a la instauración de la Religión del Nuevo Orden Mundial, cuya instauración preconiza abiertamente el mismo Vaticano a través de alguno de sus recientes actos oficiales.

En el seno de esa nueva religión, todo lo que hemos descrito ha dejado de tener sentido, y parece a los clérigos actuales un cúmulo de proposiciones absurdas e insoportablemente trasnochadas. No hace mucho, me encontraba en cierta respetable librería religiosa un libro muy didáctico, compuesto como un tebeo, con una sucinta explicación de la visión que no pocos tienen hoy día del “ministerio presbiteral”:

Empieza afirmando con el mayor de los énfasis que la figura sacerdotal tradicional, hierática, sacral, segregada, discriminatoria, feudal, etc…ya no tiene sentido y debe desaparecer completamente, para que pueda surgir la figura de un miembro de cada comunidad cristiana, designado por ésta para llenar el cometido de animador de la fe común del grupo y de lo que pudiera quedar de culto. Esa designación sería sólo por tiempo limitado, y no entrañaría ninguna de las obligaciones clericales.

Quedaría la posibilidad de nombrar algún sacerdote a tiempo completo, con la posibilidad de permanecer célibe para un mejor servicio de las comunidades para las que actuaría como nexo de unión. Muy interesante la reflexión caída de su pluma: La cuasi-desaparición de las vocaciones sacerdotales, sobre todo en los países occidentales era algo querido, deseado y pretendido por estos “renovadores”, de modo que fueran desapareciendo los curas “tradicionales” y dejaran el sitio libre a los “nuevos curas”.

Por eso intentaron controlar todos los seminarios, impedir el acceso a los candidatos de mente más o menos católica, hacerles la vida imposible para que abandonaran, u orientarlos hacia la vida religiosa.

Fenómenos como “Nosotros somos Iglesia” en el ámbito germánico no es sino la lógica consecuencia de un proceso de siglos.

Si todavía no se ha consumado el abandono del celibato obligatorio, no se debe a la resistencia del escaso clero remanente, sino que hay que atribuírla al temor de ver surgir una reacción popular que los dejaría demasiado en evidencia.

Otro motivo, no menos poderoso, es el económico: La expoliación de la Iglesia ha sido tan eficaz, que en muchos países, entre ellos España, si se permitiera el matrimonio a los clérigos a plena luz del día, las administraciones diocesanas se verían obligadas a aumentar el sueldo de sus curas, agravando más aún el desequilibrio de sus presupuestos.

Además, un cura con mujer e hijos no es tan amovible de un lado para otro de la diócesis, ni tan disponible para los mil y un caprichos de cada equipo parroquial o diocesano…

Lo mejor será esperar a que desaparezcan la mayor parte de los curas restantes. ¡Y se atreven a escribirlo claramente!

Cabría observar que desde el lado de la resistencia católica, la situación no se presenta mucho mejor. Los grandes autores antiliberales del S. XIX, franceses buena parte de ellos, Dom Guéranger, Dom Gréa, Mons. Gaume, el Card. Pie, etc… se habían dado cuenta de que buena parte de los males que ellos contemplaban en sus clérigos eran fruto de un largo proceso de siglos en que poco a poco se iba perdiendo el sentido profundo de las instituciones eclesiásticas, aunque se mantuvieran todas sus exterioridades. Es por ello que buena parte de sus obras están destinadas a hacer redescubrir a clérigos y laicos los tesoros ocultos en todas las diversas manifestaciones de la Tradición. Así, el abad benedictino Dom Guéranger elaboró sus Instituciones litúrgicas, que junto con su Año litúrgico, están en el origen del Movimiento litúrgico que otros se encargarían de descarriar. Y aún preparaba unas Instituciones canónicas, además de batallar incesantemente contra el masónico liberalismo imperante en su tiempo hasta en el interior de los rangos clericales.

Asi como Guéranger restaura la verdadera vida monástica benedictina en Francia, restaura Dom Gréa la vida canonical regular, aunque fuera incomprendido de muchos.

En España, mientras tanto, el malvado Régimen liberal se dió tan buena maña para capitidisminuir la Iglesia, que fue eliminando a sus mejores talentos, de modo que se vió reducida a recibir las influencias de afuera, con muchos años de retraso.

Dentro o fuera de la FSSPX, muchos están afectados de “cincuentismo”, es decir, consideran que todo lo existente en los años ´50 del S. XX era poco menos que ideal, y que la Iglesia se restauraría simplemente volviendo 60 años para atrás.

Puede adivinar el lector que en lo que concierne al ámbito clerical, la cosa se plantea de modo diferente.

Así lo entendieron muchos santos obispos de los últimos siglos, y así contemplamos cómo el santo cardenal Cisneros, cuando tiene que reformar el cabildo de la Catedral Primada de Toledo, construye el piso superior del claustro para alojar a sus canónigos, negándose éstos, evidentemente.

O a san Carlos Borromeo, con el mismo resultado en Milán.

O al Venerable Palafox, trasladado a la venerable silla de Osma, y sabiendo que de su cabildo regular había salido santo Domingo de Guzmán, lo que había ayudado a mantener la vida regular hasta el S. XVI, quiso restaurarla, aunque sólo lo consiguió en su palacio episcopal.

Visto el estado ruinoso en el que se encuentran tanto las almas como las instituciones eclesiásticas, no cabe esperar esa anhelada restauración de otra parte sino de uno de esos movimientos del Espíritu Santo, profetizado por muchos santos, y que introducirá a la Iglesia en una nueva era de esplendor tras los tristes tiempos que nos toca vivir.

Es así como hay que entender las numerosas profecías que nos hablan de un Papa que restaurará la disciplina de los clérigos en su perfección primitiva y apostólica. Lo descrito más arriba nos aclara el sentido de esas profecías, y nos indica el sentido en el que debemos orientar nuestros esfuerzos en orden a preparar esa gran renovación.

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