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FRUTOS DEL RALLIEMENT


No me estoy refiriendo (aunque también) con el término ralliement, de evidente actualidad en nuestros días, al tema que ocupa ahora los escritos de muchos notables analistas. Más bien me refiero a una categoría  política eclesiástica que ha sido un lugar común en la Iglesia, particularmente desde que afloró el “catolicismo liberal” y con mucha más incidencia desde el Concilio Vaticano II . En palabras de sus principales impulsores, habría que propiciar la entente   (ralliement con el mundo) con los principios de 1789. Una verdadera revolución, si bien disimulada con los mismos ropajes de la Tradición., y disimulada con el recientemente acuñado término “hermenéutica de la continuidad” para la aceptación de la doctrina conciliar.  A este movimiento espurio apadrinado por los modernistas, hasta el Concilio  escondidos bajo lenguajes confusos y ambiguos, también se le llamó “aggiornamento”  por usar el término utilizado por el “buen” papa Juan XXIII.
A propósito de la entrada inmediatamente anterior en el blog, “Vida Religiosa adulterada” hubo algunos comentarios, entre los cuales uno de nuestro conspicuo comentarista Fray Eusebio de Lugo O.S.H. , que en mi opinión pone el dedo en la llaga  de la vuelta actual a la iglesia oficial, de los mejores espíritus  del catolicismo autodenominados tradicionalistas y que hacen alarde de ello en sus habitos, latines, liturgias.. pero que en realidad ya han sido presas de la luces, que en última instancia vienen del mismísimo Siglo de las Luces. Son las luces en que se  envuelve  el “angel de la oscuridad“, que propagaron los “ilustrados” y masones, y que en nuestros días han conquistado la ciudadela de la “Cátedra de la Verdad“, como anunció León XIII.
El último jalón del recorrido de estas luces, ha sido la que encendió los fuegos de los iluminati.
 El post anterior hablaba de la vida carmelitana, fundada por  egregios santos fundadores,  y que en nuestros días vemos que ha abrazado las “novedades” progresistas, si bien conservando en lo exterior, extrañamente, los reclamos conservadores del mejor cuño tradicionalista.
Decía yo que la historia de ese convento carmelitano, es una metáfora de los movimientos conservadores observados en una iglesia que retiene en los mejores de ella el aspecto conservador, pero que en realidad ya abrazaron la “apostasía” conciliar.
El siguiente comentario nos ilustra acerca de esto con ejemplos innegables. En mi opinión merece que el lector lo estudie con atención.
Énfasis propios.
Por  Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

Muy buen ejemplo de lo que da de sí la “hermenéutica de la continuidad”.
Tenemos un buen ejemplo de ello en lo ocurrido con el monasterio benedictino francés de Le Barroux: Su fundador, Dom Gérard Calvet, se marchó de su monasterio en plena decadencia, y se estableció, sólo, en una pequeña iglesia románica cerca de Aviñón. No tardaron en presentarse las primeras vocaciones, por lo que se pusieron bajo la protección de Mons. Lefebvre, acompañándolo en su labor de resistencia a las deformaciones conciliares. Quisieron levantar un gran monasterio que atestiguara que era posible hacer en el S. XX lo que en el XII, sacrificándose muchas familias humildes para aportar los medios económicos necesarios. En 1988, le faltó tiempo a Dom Gérard para traicionar las intenciones de tantos sacrificios, y firmar un acuerdo con Roma, prometiendo, evidentemente, que nada iba a cambiar. Unos años más tarde, uno de sus monjes, el P. Basile Valuet, ha escrito una tesis mamotrética para demostrar que la declaración conciliar Dignitatis Humanae no contradice la doctrina tradicional. Vano empeño, pero que demuestra hasta qué punto pueden ser engañosas ciertas apariencias, por atractivas que resulten.

Lo mismo ocurrió en España con las carmelitas de la M. Maravillas, diamantinas en su deseo de retener la Regla primitiva, pero bien aleccionadas por sus capellanes opusianos, sin atreverse a tocar el tema de las transformaciones generalizadas dentro de la Iglesia, que no pueden sino adulterar totalmente la entraña misma de la vida religiosa, aunque ciertas exterioridades se mantengan.

Ese es el gran problema no sólo de los religiosos, sino de la inmensa mayor parte de los católicos “tradicionales”: Aceptan con gusto la doctrina católica y las formas tradicionales, mientras no les obligue a enfrentarse abierta y radicalmente con los principios básicos sobre los que se asienta el mundo moderno. Por ejemplo:

¿Quién sería capaz de reproponer en nuestros días la doctrina multimilenaria, revelada por Dios, y jamás modificada, sobre los deberes de las mujeres respecto de los hombres, y más en concreto de los esposo, tal como vienen expresados, por ejemplo, en las Epístolas de san Pablo, en el Catecismo de Trento, la Encíclica Casti Connubii, o las pastorales del Card Siri?

¿Quién sería capaz de recordar y formular una aplicación contemporánea de las condiciones de legitimidad de cualquier autoridad política, la absoluta Soberanía de Dios, los Derechos y Deberes de los gobernantes y gobernados, tal como los expresaba Bossuet, o Sardá y Salvany?

¿Quién sería capaz de recordar la ilicitud y perversión antinatura de la usura, entre otras muchas…?

¿Quién se atrevería a recordar a los clérigos que su obligación primera y más esencial es dar culto a Dios, tal como Él estableció, es decir, mediante el canto coral solemne de ciclo entero del Oficio Divino, tal como está fijado en el Breviario de san Pío V, y en medio del cual se insertan una o varias misas conventuales cantadas, y que el resto de su vida y actividades debe modelarse según esa actividad primaria, y no al revés?

¿O que es voluntad de Nuestro Señor siempre intimada por la Iglesia a través de sus Concilios y sus cánones que esos mismos clérigos, y no sólo los monjes, vivan en comunidad canónica, sin nada propio, bajo una Regla y un superior, dedicados al servicio divino del Coro y del Altar, al estudio y enseñanza, a la penitencia, y al servicio pastoral de sus fieles, y que también en los dos últimos siglos, los frutos de haber obedecido al Señor y a Su Iglesia en esto ha sido inimaginable? [N. canónigos regulares]

En vez de eso, vemos como incluso los religiosos afiliados a la FSSPX se forman con los mismos autores, los mismos libros y las mismas ideas que desde hace más de dos siglos vienen preparando sistemáticamente la Revolución Conciliar.

No es extraño que vayan a preparar los mismos lodos, en estos días, la entrega ya pactada de toda la estructura de la FSSPX a la Roma apóstata, con cambio de su nombre, Estatutos y organización, y la marginalización completa de los disidentes.

Sin embargo, no pierdo la esperanza, porque sé que la sangre de los mártires, y el martirio incruento pero no menos valioso de muchos católicos en estos decenios nos está preparando una cosecha nunca antes vista, muchas veces profetizada como el renacimiento del mundo en una nueva época de la Iglesia en que los hogares estarán tan llenos del Espíritu Santo que parecerán conventos muy reformados, y esos conventos, de ser ahora pastos de Asmodeo, pasarán a ser auténticos cielos en la tierra y deambulatorios de los ángeles, de los que saldrán muchos pastores santos, sabios y celosos como otros Martín, Ildefonso, o Fructuoso, mientras los Reyes santos renovarán sus naciones según los designios del Corazón Real del Hijo de David.

Dios sacará de debajo de las piedras nuevos hijos de cada uno de los Patriarcas de las Órdenes religiosas, como hizo con los religiosos de San Jerónimo, que habiéndose extinguido desde hacía ya siete siglos, fueron dos nobles españoles, uno caballero y otro capellán, a decir al Papa “despierte a san Jerónimo, que ya ha mucho tiempo que duerme”, aceptando éste enseguida, prevenido por las visiones de Santa Brígida, y determinando con ello el futuro de todas las católicas Españas.

Bien sabemos que la oscuridad de la noche se oscurece aún más cuando queda muy poco para las primeras luces del alba.

Convirtámonos en repositorios vivos de nuestra herencia espiritual, de modo que cuando llegue la hora, ya cercana, de nuestra liberación, podamos transmitírsela a todos los que llegarán sedientos de santidad y sabiduría.