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INFALIBILIDAD DEL PAPA Y DE LA IGLESIA


San Jerónimo y el león. Los frailes jerónimos huyen despavoridos

Sprevísti omnes discedéntes a judíciis tuis: * quia injústa cogitátio eorum    Ps.118:118

Fray Eusebio de Lugo O.S.H (  Ordinis Sancti Hieronimi)

Eusebius Ieronimus docet nos

Vista la enorme importancia de este tema de la infalibilidad del Papa, y por participación, de la Iglesia, voy a intentar una reflexión más profunda sobre ella, que nos indique las razones de esa infalibilidad absoluta e incondicional tan difícilmente aceptada en nuestros días.

Y digo reflexión, porque da la impresión de que no pocos, imitando a aquél “tradicionalismo filosófico” reprobado por el Vaticano I, sólo saben apilar un texto detrás del otro, con alguna frecuencia mal entendido, pero sin atreverse a remontar el vuelo hacia las grandes verdades filosóficas y teológicas que nos aclaran perfectamente lo que otros han oscurecido desde 1870.

Por supuesto, queda abierto a todo tipo de crítica constructiva, sugerencias y mejoras…

No repetiré las citas escriturísticas que pueden encontrar en las páginas arriba reseñadas, así como en cualquier buen manual de Apologética.

Sólo diré que todo espíritu animado de cierta rectitud aun simplemente natural no puede menos que reconocer que lo que de ellas se desprende, es que el poder de las llaves se ha dado a Pedro, y sólo a él, como persona individual, y que ese poder no está sometido a otro alguno en esta tierra, mientras que todos los demás poderes le están sometidos, y sólo de él sacan su fuerza, en la medida en que el detentador del poder de las llaves juzgue oportuno hacerles partícipes de su poder propio.

Así como el Uno es el fundamento y razón de lo Múltiple, así los Apóstoles, y sus sucesores los obispos, no tienen más poder que aquél otorgado por la fuente de esa Unidad, Pedro viviente en sus sucesores.

PEDRO ES LA FUENTE DE LA INDEFECTIBILIDAD DE LA IGLESIA, PUESTO QUE CRISTO HA ORADO PARA QUE SU FE NO PUDIERA DESFALLECER. Y no podemos dudar de la eficacia absoluta e infalible de esa oración, puesto que Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, engloba por su Divinidad todo lo incluido bajo la potestad infinita de la Providencia Divina, cuyos decretos son ETERNOS E INFALIBLES. ¿Quién pretenderá que la Voluntad divina pueda ser ineficaz?

Por ello, contestaba San León IX a los orientales, a punto de consumar su cisma, y que afirmaban que la Sede Romana había caído en herejía por haber insertado el Filioque en el Credo: “¿Estará alguno tan loco como para atreverse a pensar que la oración de Aquél para quien querer es poder, pueda en algún punto quedar desprovista de su efecto? ¿Acaso la Sede del Príncipe de los Apóstoles en su Iglesia Romana, por el mismo Pedro, o por sus sucesores, no ha condenado refutado y vencido todos los errores de los herejes? ¿Acaso no ha confirmado los corazones de sus hermanos en la Fe de Pedro, QUE HASTA AHORA NO HA FALLADO, Y QUE, HASTA EL FIN, NO FALLARÁ JAMÁS? (S. León IX, carta In terra pax, 2 de Septiembre 1053)

Y a los mismos “ortodoxos”, antecesores de los que actualmente afirman que Pedro pueda errar, contestaba san Gregorio VII: “El Evangelio nos enseña que el Señor ha orado por Pedro, cuando ha dicho, en el momento de su Pasión: He orado por tí, para que tu Fe no desfallezca; tu, a tu vez, CONFIRMA A TUS HERMANOS, insinuando por ahí manifiestamente que LOS SUCESORES DE PEDRO NO DESVIARÍAN UN SÓLO INSTANTE DE LA FE CATÓLICA, SINO QUE MÁS BIEN HARÍAN VOLVER A ELLA A LOS DEMÁS, Y QUE AFIRMARÍA EN ELLA A LOS ESPÍRITUS VACILANTES; DEDUCIÉNDOSE DE AHÍ, QUE SI OTORGABA A PEDRO EL PODER DE CONFIRMAR A SUS HERMANOS, IMPONÍA A ESTOS LA OBLIGACIÓN DE OBEDECER A PEDRO.” (S. Gregorio VII, Ad patriarcam Constantinopolitanum)

“En el curso de tantos siglos, ninguna herejía podía ensuciar a los que se sentaban en la silla de pedro, PORQUE ES EL ESPÍRITU SANTO MISMO EL QUE LOS ASISTE.” (S. Leon Magno, Sermón 98).

Haciéndose eco de tan gloriosa tradición, se entiende que diga Pablo Iv en su conocida Bula: “No debe ocurrir que alguna vez pueda reprocharse al Pontífice Romano el haber desviado de la Fe, él, que es en esta tierra el Vicario de Dios y Señor Nuestro Jesucristo; que tiene la plenitud de potestad sobre las naciones y los reinos.” Paulo IV Cum ex apostolatus). Y esto lo decía, porque estaba persuadido, igual que sus predecesores, de que la sombra de Pedro los cubría, impidiendo no sólo que ellos enseñaran el error a otros, sino también, que pudieran creerlos, aún meramente en su fuero interno.

Por lo que si alguna vez, un ocupante aparentemente legítimo de la Sede Romana profería algún error en Fe o moral, incluso como simple doctor privado, nunca se debía concluir que Pedro había errado en un sucesor suyo, sino que ese ocupante de la Sede jamás había sido realmente Pedro, sino un ocupante ilegítimo.

Muchas más citas podríamos aducir, pero no aportarían nada sustancialmente nuevo, si no es la confirmación de que en todo tiempo, ésa ha sido la sentencia de los Papas y los Doctores.

Debemos tener bien en cuenta que el poder de las llaves tiene dos aspectos: Uno que tiene que ver con la predicación de la verdad, suele ser llamado más específicamente Auctoritas, autoridad.
Mientras que la facultad de obligar a los fieles, con más o menos fuerza, a creer las verdades de Fe predicadas por la auctoritas, se llama Potestas, potestad.

El Papa tiene ambas en su mano, pero aunque vayan siempre juntas, puede usar de ellas en diferentes formas.

Usa de la auctoritas infalible siempre en su máxima fuerza, siempre dice la verdad, y no puede no decirla en cuanto habla, porque no hay grados en la verdad, o se tiene toda entera sin mezcla de error, o no se tiene de ninguna manera.
Ocurre con la verdad predicada por esa autoridad, lo mismo que con la Gloria esencial de Dios. EN CUANTO VERDAD,no puede ser aumentada ni disminuida, simplemente ES. EGO SUM QUI SUM.

Mientras que la potestas sí conoce grados en su utilización, por lo que los Papas pueden obligar a los fieles a creer una verdad relacionada bajo un aspecto u otro con la Fe o la moral, con más o menos rigor.

Si existe la obligación absoluta de creer, tener y profesar lo enseñado por un Papa verdadero, es porque previamente Nuestro Señor nos ha prometido solemnemente que la Iglesia jamás enseñaría el error, nisiquiera uno minúsculo.

Y como debería ser conocido, toda la infalibilidad e indefectibilidad de la Iglesia reposa sobre la Roca de Pedro, de modo que el resto del Cuerpo eclesial sólo es infalible en la medida en que participa de la petreidad, de las cualidades de Pedro, en primer lugar la Fe inerrante, indefectible e infalible.

Podríamos decir que somos católicos en la medida en que estamos “petrificados”, en que participamos de la solidez , inalterabilidad y durabilidad de la piedra.

Buena parte de los errores que sobre la infalibilidad se han dado vienen causados por no haber sabido distinguir adecuadamente lo que releva de la auctoritas, y lo que pertenece a la potestas.

Es un error simétrico al que cometen no pocos, y que se halla presente en el Vaticano II, cuando pretenden que por haber recibido el Orden, sobre todo episcopal, se recibe junto con ello el poder de jurisdicción, inmediatamente por la consagración episcopal, y no por colación del Sumo Pontífice.

Así, muchos argumentan que, puesto que hay grados en el ejercicio de la potestas, tienen que existir sus exactos correspondientes en la auctoritas, es decir, que en la predicación de la verdad hecha por la Iglesia a través del Papa, puede haber más o menos verdad, según el valor de obligación atribuido a cada documento, o a cada fragmento de un mismo documento.

Peor aún: ¿Quién declarará ese valor de verdad más o menos alto, con la consiguiente mayor o menor obligación de someterse a ella?

Acabamos en la locura más completa, en el relativismo epistemológico más absurdo, porque como leíamos hace unos días en Donoso Cortés, entre la verdad y el error, no es que haya una verdad disminuida, es que no hay nada.

LA VERDAD PREDICADA POR LA IGLESIA NUNCA ES RELATIVA O CONDICIONAL. Suponerla tal significa quitar al acto de Fe su carácter sobrenatural, que es el que nos salva, para transformarlo en simple opinión natural humana, incapaz de hacer a alguien agradable a Dios, justificarlo, y abrirle las puertas del Cielo.

Es por esa razón que no existe ningún Magisterio auténtico pero a la vez falible, absurdo que sólo puede caber en mentes que han abdicado no ya de toda buena Teología, sino de toda sana filosofía y sentido común.

Fijémonos que es de Fe definida por el Concilio Vaticano I que el Magisterio de todos los obispos juntos en Concilio con el Papa es infalible, lo mismo que el de esos obispos dispersos por el mundo, cada uno en su diócesis, enseñando coincidentemente entre sí y con el Papa.

La pregunta es: ¿El Papa es infalible porque participa de una infalibilidad que sería una cualidad propia de todo el Cuerpo de la Iglesia? o ¿Es la Iglesia, en este caso los obispos los que participan, en los modos y maneras soberanamente decididos por el Papa, de la infalibilidad contenida como cualidad propia en Pedro y sus sucesores?

Todo católico contestará sin dudar: Lo mismo que todos los demás pastores eclesiásticos y temporales obtienen su potestas, su poder de jurisdicción, sólo de Pedro, así también, su auctoritas proviene única y exclusivamente de su unión con Pedro. Tienen de manera participada y más o menos perfecta lo que Pedro posee como propiedad propia y perfecta.

El filósofo añadiría que quien posee en propio una cosa, no participa de esa propiedad como las partes inclusas dentro de un todo pueden participar en una propiedad común que encuentra en ese todo su principio.

Si ello fuera así, como diría el teólogo, tendrían razón los “ortodoxos”, conciliaristas, galicanos, jansenistas o modernistas, el Papa ya no sería un verdadero Soberano, libre e independiente de cualquier soberano, así como del “consenso de la Iglesia”, sino que sería sólo una “cabeza ministerial”, que recibe su poder de otro u otros, depende ellos en su ejercicio, e incluso podría ser depuesto.

Trasladado a categorías “politológicas”, en el primer caso, estamos en una verdadera Monarquía Soberana, es decir, el Régimen -tipo ideal, propugnado y realizado por la Iglesia antes de las Revoluciones inglesa y francesa.

Mientras que en el segundo, tenemos el Régimen nuevo, liberal, masónico, democrático, en que el Papa queda reducido, como en el Vaticano II, a un monarca constitucional, cuando no parlamentario.

Es por esa razón que la Constitución dogmática “Pastor Aeternus, del Concilio Vaticano I, se cuida muy mucho de señalar que el modo extraordinario en que el papa ejerce su infalibilidad depende de sí mismo, “Ex sese, non ex consensu ecclesiae”.

Y seguiría el filósofo: “Un todo cuya propiedad formal viene compartida al mismo nivel ontológico con una parte que posee esa propiedad por sí misma, posee esa por propiedad POR PARTICIPACIÓN a aquella que despeña el papel de PRINCIPIO”.

Concluyendo el teólogo: “Por lo que vemos, que, poseyendo Pedro por sí mismo el poder de atar y desatar, y siendo parte integrante de ese Todo que es el Cuerpo apostólico, por el hecho de que cada miembro de ese cuerpo no posee por sí mismo el poder de atar y desatar, salvo Pedro, concluimos con total certeza QUE SÓLO POR PARTICIPACIÓN AL PODER DE PEDRO ES EL RESTO DE LA IGLESIA INFALIBLE.

Ha aquí por qué toda infalibilidad e infalibilidad de la Iglesia tiene su principio y fundamento en Pedro, razón por la que sólo a él, le ha sido prometida esa inmunización contra todo error, incluso como doctor privado.

Incluso la Tradición es infalible únicamente porque la confirma aquél que no puede fallar.
Contrariamente a lo que algunos afirman, el Papa no es infalible gracias a la Tradición, sino que es ésta la que lo es por la confirmación de Pedro, como CAUSA INSTRUMENTAL INMEDIATA Y PRIMARIA.

(Sigue)

1 reply »

  1. Gracias, Fray Eusebio, por aclarar los tantos.
    Espero la segunda parte: es demasiado el desvarío de “opiniones”.
    Dios lo bendiga.

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