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ATAQUE A LA SANTIDAD DE LA ESPOSA DE CRISTO


Las palabras del título del post se refieren nada menos que a lo escrito  por el Cardenal Ratzinger en su etapa de Prefecto de la Congregación para la doctrina de la  Fe, actualmente presidida por Mons. Müller.

Traigo la entrada de TIA con las pruebas gráficas pertinentes.

Card. Ratzinger: El pecado está presente en la esencia de la Iglesia

Uno de los ataques progresistas contra la santidad de la Esposa de Cristo es Ratzinger1986
afirmar que el pecado está presente en la esencia de la Iglesia. Que la Iglesia sea pecadora y en constante necesidad de reforma fueron ya  afrentas hechas por el heresiarca Martín Lutero.

Estas afrentas se escucharon de nuevo en el Concilio Vaticano II y se repiten por representantes significativos de la Iglesia. En calidad de  Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Joseph Ratzinger dejó claro

Ratzinger1986-2que considera que la nota de pecado existe en la esencia de la Iglesia. Dijo estas palabras en un discurso en la Pontificia Facultad de Teología de Lima, Perú, en julio de 1986.

En la parte superior derecha,  una página de la revista Iglesia-Mundo que reprodujo el discurso completo del cardenal; abajo,  fotocopia del extracto de la página 19.

(J. Ratzinger: “Eclesiología del Vaticano II,” Iglesia-Mundo,  Madrid, octubre 1986, p 19.)

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Nota: Como el texto de la fotografía en español es legible omito traducir la traducción al inglés del original.

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  1. El concepto de “simul justus et peccator” fue acuñado por Lutero, en un intento de significar que el hombre, en sí mismo, era insanablemente pecador, totalmente corrompido, e incapaz de cualquier mérito sobrenatural. Lo que hacía Nuestro Señor Jesucristo era simplemente cubrir ese montón de basura con un velo, y declararlo justificado, aunque nada hubiera cambiado realmente en el interior de ese ser humano. Seguía siendo pecador, pero a la vez, declarado justo, gratuitamente, sin atender a méritos o esfuerzos humanos, simplemente por decisión libre de Dios, que predestina a unos y no a otros.

    Muy diferente es el entendimiento católico del proceso de justificación y santificación del ser humano, codificado en Trento, y que proclama que la Gracia divina sí puede sanar el interior del corazón humano, elevarlo a altísimas cumbres de verdadera santidad no simplemente imputada, sino resultado de una verdadera cooperación con la Gracia, posibilitadora de un verdadero mérito sobrenatural.

    Y esto también se aplica a las instituciones humanas, visibles, materiales, etc…

    Los protestantes entendían que todo lo humano estaba irremediablemente corrupto, por lo que seguía bajo el dominio del demonio y del pecado. No se les debía pues sino una confianza enteramente relativa y siempre revisable, siempre sujeta a la crítica del espíritu privado, de la conciencia subjetiva, único lugar en que Dios podía manifestar su voluntad.
    Todas las demás mediaciones debían cuestionarse, y si se estimaban perjudiciales, desaparecer.

    Formando parte de un mundo material corrupto, no podían ser medios de transmisión de la Gracia. Eliminaron por esa razón la veneración de los santos, de las imágenes, de las reliquias, de los ritos y ceremonias litúrgicas, etc…
    Peor aún, eliminaron el carácter sacral de las autoridades eclesiásticas y temporales, que ya no fueron vistas como uno de los mas preciosos dones de Dios, a través de los cuales Él mismo gobernaba y salvaba a los humanos, sino como un dominio tiránico más o menos inevitable, y que debía ser eliminado en cuanto fuera posible, puesto que ellas también estaban bajo el dominio de la corrupción, el diablo, príncipe de este mundo, y sus leyes.

    Lo ideal para todos los herejes, desde los cátaros hasta los neocatecumenales, es la Libertad, que consistiría en que el “Espíritu” guiaría directamente al ser humano por inspiración interior, sin mediaciones, intermediarios ni mediadores, mientras que toda autoridad externa que no haya sido fruto de la inspiración o consentimiento de ese “espíritu interno”, sobre todo si proclama hablar y obrar en Nombre de Dios, es indeseable, y sólo se vuelve realmente soportable en la medida en que se convierte en sierva del espíritu privado de cada uno de los miembros de la comunidad.

    En la medida en que la autoridad se aleja de ese humilde servicio, y pretende hablar en nombre de Dios, dominar como Señora, Madre y Maestra, peca evidentemente contra el Espíritu, y debe ser resistida y combatida, hasta que se logre su reforma. Y como según todos los revolucionarios, subversivos y rebeldes, la autoridad nunca está bastante humillada y servil respecto de sus fantasías, nunca estará bastante reformada, de ahí lo de “Ecclesia semper reformanda”.

    Esto se ve muy bien en los neo-protestantes neocatecumenales (vulgo kikos):

    http://cruxsancta.blogspot.com.es/2012/12/desvelada-la-intencion-de-muller-al.html#.UOq57OSzKSo

    Según los herejes de todos los siglos, la “Iglesia primitiva” que ellos se imaginan habría sido una comunidad igualitaria, habitada por ese espíritu privado que hacía profetizar a cada uno (y una) sin temor a lo que pudiera decir una jerarquía que estaba ahí únicamente como “cabeza ministerial”, más o menos, como el “speaker” de la Cámara de los Comunes.
    Lamentablemente, vino Constantino, y todo eso se acabó, se ahogó al espíritu bajo la letra y el gobierno, hasta que por fin, el gran Concilio abrió las ventanas de esa iglesia que por fin empezó a reconocer su multisecular pecado, culminando todo ello en el año 2000 y sus ceremonias de petición de perdón, de manos del turbomagno y santo subito.

    No nos engañemos, esa mentalidad, en mayor o menor grado, inficiona a casi todos los “católicos”,y no sólo conciliares. Incluso entre los llamados tradicionalistas, veo cómo reina lo que los comunistas llamaban “la mala conciencia burguesa”, es decir, que los presuntos defensores del orden tradicional se ven influenciados en su fuero interno por los modos y maneras no sólo de pensar, sino sobre todo de sentir y reaccionar, sin que muchas veces sean capaces de identificar claramente el problema. No se les ha enseñado a apreciar las razones profundas que gobiernan ese orden hasta en sus mínimas manifestaciones y tradiciones, que alcanzan unas profundidades difícilmente adivinables por la mente humana, y son frutos del milenario caminar de la humanidad, combinado con el desarrollo homogéneo suscitado por la Gracia divina.

    Los cátaros, conciliaristas y protestantes fueron los que sembraron en lo profundo de los corazones ese espíritu de desconfianza respecto de los soberanos temporales y también del espiritual y Padre de todos los otros, el Papa.

    Desde el S. XIV, ya no quisieron admitir que Dios mismo gobernaba, santificaba y enseñaba a través de mediaciones humanas débiles y pecadoras, sí, pero que no dependían del espíritu privado de cada uno, y de quienes recibía el cuerpo religioso, político y social de la Iglesia su ser y potestad delegada.

    Tenían que encontrar alguna escapatoria que los liberara de obedecer a los decretos de la autoridad soberana de los reyes. La encontraron desarrollando la visión aristotélica según la cual la autoridad es ascendente, proviene no inmediatamente de Dios, sino del Consenso (spiritus privatus) de la comunidad, que se la entrega a una persona o institución, pero con condiciones y cortapisas (checks and balances).
    Con ello, irían atando poco a poco las manos de la autoridad temporal de modo que ya no pudiera poner un freno a sus fantasías.Inducir miedo, desconfianza y espíritu de resistencia hacia la legítima autoridad soberana, y hacer a ésta última dependiente de las fluctuantes opiniones humanas era el mejor medio de irla minando con toda eficacia.

    Pero como sabían que tarde o temprano, la autoridad espiritual reaccionaría condenando infaliblemente sus absurdas teorías, la única escapatoria que les podía quedar estaba en afirmar que era posible que el error tuviera acceso a la persona y enseñanza del Papa.

    Cuando el Papa Bonifacio VIII reafirmó infalible y solemnemente los principios generales del orden tradicional, con su Bula Unam Sanctam,

    http://www.freewebs.com/ministerio_apostolico/0.3.UNAM%20SANCTAM.htm

    sus enemigos comprendieron que debían sembrar la duda y la desconfianza en las mentes y corazones de los fieles, aduciendo que un Papa podía caer en herejía, y enseñar el error o el mal moral a la Iglesia.

    Llegaron hasta declararlo hereje en un falso sínodo, además de acusarle de a saber cuantas infamias más. De ahí nace esa mala semilla consistente en afirmar que el Papa puede caer en el error en Fe o moral, y enseñarlo o imponerlo jurídicamente a la Iglesia.

    Y su correlativo, el afirmar que la enseñanza del Papa, (y sus órdenes) no son vinculantes para la Iglesia hasta que no cuentan con el consenso general de los fieles (y volvemos a encontrarnos aquí el spiritus privatus).

    Quizás sin darse cuenta de ello, los que afirman que el Papa puede errar en fe o moral, o dar una Misa mala a la Iglesia, o promulgar leyes favorecedoras del mal o del pecado, etc…o que es lícito resistir a las autoridades legítimas, basadas en su particular spiritus privatus, ya se han pasado al otro lado, se han convertido en revolucionarios y subversores del orden que dicen defender.

    De hecho, muchos tradicionalistas han llegado en nuestros días a formulaciones realmente estremecedoras de ese principio de Iglesia a la vez santa y pecadora. Identificando a la iglesia conciliar con la Iglesia católica, llegan a decir que es a la vez Maestra de verdad y de error, de virtud como de maldad, del culto ortodoxo como de una misa mala y herética que a pesar de todo seguiría siendo válida. Y que el soberano de esa iglesia bifronte sería a la vez el “dulce Cristo en la tierra” y un Anticristo…Han hecho la reducción al absurdo, y todavía no se han dado cuenta de lo insostenible de su posición, tanto en sus orígenes absolutamente heréticos, como en su desarrollo histórico (sustancialmente anticatólico), como en sus efectos y conclusión (el absurdo y cancelamiento del principio de no-contradicción).

    A menos que sean adeptos de la Gnosis y Cábala, que suponen en Dios mismo lucha perpetua de contradictorios, bien y mal, luz y oscuridad, hombre y mujer, espiritual y material, etc…

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