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LAS DOS MISAS DE BERGOGLIO


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La misa con la que se hizo cura el Papa Francisco I.

16.03.13
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Por Pedro Rizo

John Fisher mártir y santo (+1459) dijo: «Las épocas de decadencia o de florecimiento en la historia de la Iglesia siempre han estado relacionadas con el tratamiento a la Santísima Eucaristía.» O sea, que ya 600 años atrás, de este santo mártir inglés vemos que la Misa era el punto de discordia con los herejes que le decapitaron.
Mucho más práctica es esta otra, del heresiarca Martín Lutero: «Destruid la Misa y habréis destruido la Iglesia.»

Recurro a estas citas porque muchos fieles católicos defienden la misa moderna con argumentos muy aparentes, tanto como lo que puede resumirse de correos recibidos:

«En lo de celebrar la Misa – ágape, comida – entre hermanos, debemos fijarnos en la Tradición de tradiciones que es la primera misa en el Cenáculo. Nada se dice de arrodillarse, simplemente “tomad y comed”, y listos. Que luego los padres de la Iglesia, muy respetables por cierto, hayan “perfeccionado” la tradición original (…) no puede ser una Tradición con mayúsculas. La Tradición debe ser el ágape del Cenáculo, todo lo demás es añadido por los hombres. (…) No hay vuelta de hoja… »

Puesto que tenemos un Papa con edad bastante para haber crecido con la misa en latín se me ocurre hoy comparar y contrastar lo que ambos, él y este servidor, coincidiremos en recordar.

Adelantaré que juzgo gran error extrapolar nuestra experiencia – “¡Dichosos los que crean sin haber visto!” – hacia aquellos galileos de veintiún siglos atrás andando al lado de Jesús.

También señalemos que en el Cenáculo no hubo razón para arrodillarse pues Jesús, en plena tarea de instruirles aún era un desconocido: “¿Quién dicen que soy yo? ¿Y vosotros….?” “Tanto tiempo, Felipe… y aun no sabes que quien me ve a Mí ve al Padre…” Ni se pensó en ello cuando una nube luminosa envolvió a Cristo con Elías yMoisés. Ante tantas ocasiones que recogen los Evangelios ¿en todas debieron tirarse al suelo y no levantar la vista? Sólo cuando resucitó, Tomás, el llamado Dídimo, se arrodilló rendido a la evidencia exclamando: “¡Señor mío y Dios mío!”

La explicación más plausible a este afán desacralizador, a esta herejía humanizadora que, como todas las mentiras del demonio, nos lleva a la exaltación de los derechos más locos y de las ideología más ramplonas, es que la Iglesia se llenó de clérigos sin fe que trivializaron y trivializan la religión, de la que viven, aborreciendo su divino misterio.

La reunión en el Cenáculo fue especial por muchas cosas de las que se escribirían cientos de páginas. Pero muy en particular porque se instituyó la Eucaristía. No fue un ágape tan simple y sin ‘vuelta de hoja’. Hubo instrucciones, hubo oración, actos de servicio y de humildad, se profetizaron las negaciones de Pedro, Judas cumplió su traición… Y todo ello, además, bañado en la atmósfera de la cercanía de la Pasión. Estaban tristes, temerosos, asombrados y dispuestos a un prendimiento que sabían posible. Los evangelistas, especialmente San Juan, ya nos lo apuntan con sólo los cuidados de su preparación. Reuniones para cenar hubo muchas pero ninguna como la de esta ocasión. (La lectura de San Juan desde el capítulo 13 al 18, seis nada menos, prueba sobradamente lo que digo.)

Quien arguye lo baladí de un refrigerio es porque ¿qué religión ha conocido desde que el“hermano” de los hijos de JacobRoncalli, llegó a papa? ¿O desde que entrara en la Compañía de Jesús el P. Arrupe, hijo de periodista democristiano – como en los mismos años lo fue Giorgio Montini – además de pupilo del doctor Juan Negrín…?

Lo natural, aparte de lógico, en esta nueva Jerarquía Posconciliar es colonizarsehacia la humanización arriana – ¡llamada Puesta al Día! – y con la insania luterana señalar el ágape como la única memoria de aquella íntima y sagrada reunión en el cenáculo. Lo cual exportan a la misa nueva.

La Misa tradicional.

Primero que todo es “tradicional”. Para que esta reflexión nos obligue a un cierto grado de inteligencia preguntémonos: ¿Qué novedad ofreció el cristianismo al mundo romano para sus extraordinarios éxitos? Por supuesto, no el ser una religión más de entre las múltiples integradas en el Imperio, ni mucho menos un refrito de los servicios de las sinagogas. La razón esencial es que los cristianos reconocían en Cristo al Hijo de Dios, rescatador de nuestra fugacidad para una vida eterna. Digno, por tanto, de la ofrenda de miles de mártires que se negaban a igualar su culto con el de los ídolos.

Los que hoy enseñan que el arrodillarse ante el Santísimo Sacramento es una exageración, ciegos intelectuales, nada saben de que el martirio fue la adoración extrema a Jesús, en forma muy superior a un doblar las rodillas. Nuestro lector se remonta, como suelen hacer los protestantes, a la sencillez “original” aun cuando ese origen les contradiga. Ya San Justino, en el s.II, escribía que las autoridades romanas sólo perseguieron a los fieles de la Iglesia católica dado que las sectas de los “otros cristianos” no eran molestadas, al no rechazar sacrificar al César. (Nada nuevo hay bajo el sol.)

Pero hay un santo del que cuanto más leemos su historia más rompe algún que otro molde del Concilio Vaticano Segundo – no dogmático pero sí pastoral como recurso para para obligar -. Se trata de San Ignacio de Antioquía. Cuando tras su calvario judicial se encamina por fin a la muerte, año 107, propone a su iglesia, que no quiere quedarse huérfana e insiste en disuadirle del martirio, una bellísima metáfora de la Misa: «Ya que el altar está preparado dejadme sacrificar.» [Humm… Altar… Sacrificar…] «Dejadme ser presa de las fieras. He de alcanzar a Dios por ellas. Ahora (solamente) soy trigo de Dios; pero para convertirme en el pan blanco de Cristo (la Hostia) hace falta que me muelan los dientes de las fieras.» A San Ignacio de Antioquía se le incluia en la misa – Nobis quoque peccatoribus – pero en la nueva se dio libertad de obviarlo, de modo que nunca se le menciona.

San Policarpo, mártir 50 años después de San Ignacio, sube a la pira y pide que no le aten las manos. Mientras encienden la leña recita una oración: «¡Oh, Padre de tu amado y bendito Hijo, Jesucristo! (…) te bendigo por haberme hecho digno de participar con el coro de los mártires del cáliz de tu Hijo, para resucitar en cuerpo y alma (…)»

Hay muchos otros casos. ¡Si las ejecuciones martiriales fueron misas al aire libre! Mas para no alargarme terminaré con la inmolación de San Patroclo. Fue en el año 260 y también en la hoguera. Aureliano, su acusador, le pidió que renunciase a Jesucristo y sacrificase a los dioses romanos – a saber, el mundo y el poder del anticristo – “que pueden colmarte de honores y riquezas”. Patroclo se negó. Entonces Aureliano todavía le advierte que si insiste le entregará al fuego… A lo que el mártir responde con estas palabras: «Me inmolaré como una hostia viva.» [¡Humm! Inmolarse es sacrificar a Dios… ¡Como una hostia viva…! Eso no tiene nada que ver con las misas impuestas por el CV2º. Patroclo deberá ser excomulgado…]

No podemos abrigar disimulos. Debemos decir que lo que pasa en la nueva Iglesia, nacida del modernista Vaticano II – por tanto, en no pequeña parte condenado por el magisterio infalible -, es que sólo ha querido acreditarse en el progresismo protestante y marxista, por más que se disfrace de humanismo y pluralidad. Es decir, que nos movemos peligrosamente en las fronteras de lo no católico. Inclusive en las ofertas de mejor puesta en escena conservadora nuestros criterios pertenecen a una religión intrascendente. Somos una nueva Iglesia que ha renunciado a la vida sobrenatural, que ha falsificado el alimento del alma que sólo lo es el mismo Jesucristo.

Y todo ello a pesar de que el más simple sentido común, si se aplicase a lo que se ve y a lo que se sabe, esto es, a los resultados, sería suficiente vacuna contra la confusión y quiebra que se sufre.

Para volver a la ‘sencillez original’ en que se justificaba la pastoral del Concilio para cambiar la misa recordaré una omisión importante de la nueva: Ignorar y luego derogar aquella obligación de colocar los paños corporales sobre reliquias de mártires. (Hay millones de ellas.) Justamente fue después de la ejecución de San Policarpo que se empezó a celebrar la Misa sobre lugares en que se hubiera enterrado mártires. Así surgieron las basílicas.

Pero hay todavía otra escondida enseñanza sobre la condición sacrificial de la Misa, la oración llamada Secreta, del jueves de esta Tercera Semana de Cuaresma: «En la preciosa muerte de tus Santos, te ofrecemos, Señor, aquel Sacrificio del cual tomó todo principio el martirio.» (Misal completo, V. Sánchez Ruiz, SJ, Madrid, 1956)

Ya que citamos los misales antiguos destaquemos como nos detallan algo que no se lee en los Evangelios pero que sin duda añadió San Pedro en su fórmula consagratoria. Este detalle es:«De un modo semejante después de haber cenado…» el que en tiempos llamábamos Nuestro Señor Jesucristo «tomó en sus santas y venerables manos este precioso cáliz…» ¿”Este…”? Pues sí, porque esta fórmula romana es la del mismo San Pedro cuyas palabras informaban a los fieles que lo que tenía en sus manos era propiamente el vaso de la cena, quizás de la vajilla de la casa de San Marcos y que éste llevaría consigo al acompañar a Roma al primer Papa. Lo cual, especialmente por la previsión de llevarlo, viene a testificarque la Eucaristía se instituyó propiamente como objeto y fin de la reunión para cenar.

Otro indicador de que la misa católica es sacrificio, y no simple memorial de la cena, como afirman los luteranos, lo encontramos en la despedida en latín: «Ite missa est.» Que significa más o menos: ‘Idos, ha sido enviado’ (la ofrenda). “Mitto, misi, missum” …. es el verbo; raíz de palabras como misionero o comisionado.

Algunos sacerdotes igualan la misa moderna con la antigua y aseguran que aquella también tiene altar y sacrificio. Mas, si eso fuera verdad, si lo dijeran convencidos en su interior, al dirigirse al presbiterio no cantarían: “Alrededor de tu mesa venimos a recordar…”, o “Como ramos de olivo en torno a tu mesa…” Canciones que no molestan tanto por su ramplonería como por la protestantización que destilan.

En este asunto de las dos misas, tan diferentes entre sí, tan opuestas, se destaca ideológicamente el invento de una bandería postiza con la que el progresismo, desde el primer día, insultó de fascistas a los “nostálgicos” de la de siempre para calificar como verdaderos católicos a los “siseñor” de un clericalismo paradójicamente contrario a la libertad que pregona.

La Iglesia, a lo largo de veinte siglos, siempre fiel a sus inicios regló las ceremonias y la administración de los sacramentos guardando con el mayor cuidado lo esencial de nuestra religión: que Cristo es Dios y, en la Misa, el Sacerdote y la Víctima en su Cuerpo y Sangre. Y así, con fiel transmisión desde el Cenáculo y por el testimonio máximo de los mártires, se llegó al Concilio de Trento (llamado también “el Concilio Español“) para codificar la Misa, no ya porque es «fuente, centro y culmen de la vida cristiana» sino como monumento el más bello y sobrenatural que ha existido entre todos los modos de adoración y culto a Dios.

Su arrinconamiento en el cuarto trastero además de un pecado de esos «que no se perdonarán ni en esta vida ni en la otra», es también un signo de insensibilidad desoladora hacia el derecho de los fieles cristianos que, desde su institución, en número incontable pasaron por la historia enriqueciéndola con una cultura bajada del cielo.

—-

(Continuará en una 2ª part

  • La formación sacerdotal de Bergoglio transcurrió sumida en las sucesivas reformas que en menos de diez años, adulteraron la liturgia romana “hasta que no la reconociera ni la madre que la había pintado”.
    Habiéndose promulgado la “Nueva Misa” en 1969, año de ordenación del futuro Francisco, éste no llegó a celebrar nunca la antigua Misa.
    Pero pocos se acuerdan de que el 18 de Junio 1968, Pablo VI había impuesto un nuevo rito de ordenación de sacerdotes y obispos, que incurría exactamente en los mismos vicios existentes en el ordinal anglicano, razón por la que León XIII declaró totalmente nulas, vanas e inválidas esas ordenaciones.
    Ésa es la situación de Bergoglio, no está válidamente ordenado ni de obispo ni de sacerdote; aunque celebrara la Misa católica, lo haría inválidamente.
    Según la doctrina posconciliar, ser obispo es requisito indispensable para ser Papa, por lo que tampoco ha recibido los poderes papales.
    Bergoglio no ha sido nunca ni cura, ni ob…

  • Comentario por James Stuart 17.03.13 | 14:07

    Siguiendo un patrón bien perfilado, el joven ingeniero Bergoglio ingresó en la Compañía como una de aquellas “vocaciones tardías” que muchos ensalzaban en aquellos días preconciliares como la panacea para todos los males.

    Si ya desde siempre, los jesuitas se distinguían por una muy particular concepción de la liturgia, que les hacía creer que podía ser impunemente alterada, simplemente “porque lo manda el Jefe”, se habían convertido ahora en los principales difusores de las aberraciones benedictinas de un O. Casel o un L. Beaudouin, induciendo en los tiernos corazones y cabezas de sus novicios un odio enfermizo contra cualquier cosa que oliera a “tridentino, carca, subjetivo, constantiniano…” ya en plenos años 50.

    Pueden leer el “Missarum solemnia” de Jungmann, no deja títere con cabeza.

    Ya se ensayaba con los novicios, en el secreto de sus capillas internas, cómo iba a ser la “misa del futuro”, mientras todavía se procuraba disimular más o me…

  • Comentario por Jorge de Burgos 17.03.13 | 12:46
  • Los Apóstoles y todos sus sucesores sabían que cuando subían al altar, era para ofrecer un verdadero sacrificio de expiación y propiciación, prolongación del que ofreció una sola vez en la Cruz Nuestro Señor, que sin embargo se sigue ofreciendo en nuestros altares, haciendo presente de una manera realísima toda su Pasión, como experimentaron en sus propias carnes los mejores sacerdotes, como el P. Pío de Pietrelcina, o el santo Cura de Ars. Los mártires, y los demás cristianos fueron heroicos porque ofrecieron todos sus dolores junto con el sacrificio del Varón de dolores, en el momento de Ofertorio.Pero la “misa” de Pablo VI puede ser llamada el sacrificio de Caín, porque elimina deliberadamente todo lo que pueda indicar un sacrificio de expiación y propiciación, como si todavía nos encontráramos antes de la caída. Y ello, porque los seudocatólicos actuales niegan que Nuestro Señor ofreciera en la Cruz, a su Padre, un verdadero sacrifico de expiación por nuestros pecados…

2 replies »

  1. Bien dice H.R.H., Bergoglio ha sido formado desde sus días de noviciado jesuita en el odio hacia la Misa católica, entendida como sacrificio de propiciación que prolonga el de la Cruz y aplica los méritos que éste nos alcanzó, pero es a la vez numéricamente distinto de éste, por lo que en cada Misa, Nuestro Señor vuelve verdaderamente a sacrificarse incruentamente y gloriosamente, dando infinita Gloria al Padre Eterno, e inimaginables gracias a todos los hombres.

    Ha habido una caída gradual:

    Juan XXIII era válidamente sacerdote, obispo, aunque no Papa, igual que Pablo VI, o Juan Pablo II.

    Benedicto XVI está válidamente ordenado de sacerdote, pero no de obispo.

    Francisco no está válidamente ordenado ni de sacerdote ni de obispo, y nunca ha celebrado la Misa Católica, ni una sola vez.

    No había más que verlo en la Sixtina, donde revertió de un plumazo todos los discretos retornos operados por Ratzinger, para darse cuenta de que este señor no tiene ningún espíritu litúrgico, o simplemente de piedad, y que por supuesto, ni cree que esté ofreciendo un sacrificio, ni tampoco en la presencia real eucarística de Nuestro Señor. (Ni siquiera se arrodilló en la doble consagración).

    Así que en verdad, pueden decir con toda seguridad que Bergoglio no ha sido nunca ni cura, ni obispo ni Papa.

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