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LA VACANCIA PERPETUA DE LA SEDE ROMANA II


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La entrada que subo es un comentario al magnífico artículo puesto anteriormente de Homero Johas que denunciaba en la Iglesia la herejía de la “acefalia” o sea la de los que piensan que la Iglesia en circunstancias extraordinarias puede subsistir sin cabeza (a-cefalia). Ellos lo justifican, en la hora presente, en el carácter apocalíptico de nuestros tiempos, es decir de la proximidad, según ellos, de la venida del Anticristo y poco tiempo después, de la Segunda Venida de Jesucristo. Hasta hablan de Enoc y Elías, como sustitutos del “Papa”.

Abajo el comentario de dicho artículo que traigo a las entradas del blog.

Si duda es urgente que los católicos que aún quedan acepten la Ley de la Iglesia y conformen su proceder y su actitud con lo que la misma Iglesia legisló para casos como el actual que no es otra cosa que un corolario de la ley divina, a la que todos incluso Papas y Jerarcas han debido someterse siempre.

Nadie puede imponer sus propias ideas que difieran de la doctrina secular, en esta materia si quiere seguir siendo parte del Cuerpo visible de la Iglesia. Dos cosas sobresalen en nuestros días que llenan de amargura y zozobra a los católicos: La falta del Pastor supremo a quien mirar en lo que atañe a la Fe, y  en segundo lugar la falta de sacramentos. Respecto de lo segundo ya la Iglesia declaró solemnemente en Trento que aunque los sacramentos son necesarios para la salvación, sin embargo en caso de necesidad pueden ser suplidos por el deseo de ellos [aut eorum voto].

Respecto de lo primero es imperativo confesar la absoluta necesidad del Papado y la obligación de trabajar cada uno en su condición, para que haya en la Iglesia la figura del papa. Incluso no se debería prestar adhesión a ningún obispo que adoleciera de pensamientos  “acefálicos“.

Nadie debería adaptarse a una situación sedevacantista. La falta del Pastor supremo debería ser como una herida en la conciencia católica. Si la cristiandad japónica pudo pasar  sin sacramentos, sin misa, sin confesión, sin comunión…supliéndola con los santos deseos de todo ello…sin embargo no se piensa lo suficiente  en que no carecieron de Papa. Ellos sabían que existía en un lugar lejano, pero que la distancia no impedía que a él estuvieran sometidos y de él recibieran por medios misteriosos  el fortalecimiento de su fe, la claridad de la doctrina, que en todo sería igual a la que otros predecesores les habían comunicado por medio de santos misioneros. He aquí el comentario a que me he referido.

Espero que les aclare y les llene, en lo posible de consuelo.

Por Eustache de la Mothe-Frontenac

Acabo de leer el artículo de D. Homero, y me parece que es una de sus mejores producciones, y uno los más iluminadores que aquí se hayan publicado.

Procuraré ir comentando brevemente siguiendo la numeración del texto:

Nos presenta una de las típicas publicaciones en las que no pocos de los “católicos perplejos” de nuestros días podrían reconocerse. Y señala claramente y desde el principio el “punctum dolens” que tanta innecesaria perplejidad les causa: Su deliberada voluntad de ignorar la doctrina de la Iglesia clara y debidamente promulgada por sus máximos Doctores, por una parte, así como su no menos deliberada voluntad de desobedecer a sabiendas a los preceptos que la misma Iglesia ha deducido de esa doctrina. En vez de cumplir su deber de católicos, prefieren atenerse a su muy particular posición, como si la Iglesia no hubiese enseñado y mandado.

1. Queda claro que en la Iglesia, siempre existe Ley a la que atenerse, siempre deducida del Orden Divino, variando únicamente el grado de generalidad de esa Ley, y que esa ley le proporciona todos los medios necesarios para proveer adecuadamente en una situación de excepción como lo es la presente.

2. Los “britons” parecen adeptos del positivismo jurídico, para quienes sólo existen las leyes en un momento dado, pero no las leyes más generales que las hacen posibles y les dan su interpretación correcta. Esas leyes generales, nadie las puede abrogar, ni siquiera el Papa, porque surgen de la entraña misma de Dios, que no puede actuar contra Sí mismo y el Orden que de Él mismo desciende. Es tan imposible que deje de existir posibilidad jurídica de elegir Papa, como que deje Dios mismo de existir.

3. Como es tan difícil negar la posibilidad jurídica teórica de elegir un Papa, sin convertirse en hereje público, es lógico que se refugien en una pretendida imposibilidad práctica: Para ello, exageran a placer los requisitos necesarios, para estar bien seguros de que jamás podrán cumplirse, así, exigen el consenso unánime o casi de todos los católicos del mundo para la legitimidad de una elección, cuidándose muy mucho de no precisar qué entienden por católico, punto de capital importancia, como veremos.

Como enseñan los doctores católicos, se puede reconocer en el fuero externo, visible, público y jurídico, quien es católico y quien no lo es, con la misma objetividad y seguridad con la que uno puede reconocer las fronteras del Reino de Francia o de la Serenísima República de Venecia, y distinguir quienes son o no sus respectivos súbditos.

Para poder operar esa distinción, la Iglesia misma nos proporciona tres criterios básicos:

– Profesión externa de todo aquello que ella manda creer so pena de salir de la Iglesia Visible, y convertirse en hereje.

– Culto apostólico, por medio de cualquiera de los ritos aprobados por la Sede Romana, so pena de convertirse en cismático, o directamente en hereje, si además inficiona ese culto con errores en la Fe.

– Obediencia a los Pastores legítimos, lo que implica obediencia a todas sus leyes debidamente promulgadas, según el tenor de las mismas y la intención del legislador, aun cuando éste estuviese presente de modo sólo virtual, como es actualmente el caso.

Como bien señala el autor, ni la aceptación de la enseñanza de la Iglesia, tanto por el modo extraordinario como por el ordinario, ni la obediencia a sus leyes, es materia de libre opinión. Quién no cumpla con esos criterios no puede ser considerado católico, sin prejuzgar en modo alguno sobre lo que pertenece al fuero interno.

Los que pretenden que la Iglesia no ha juzgado, o que no ha mandado, cuando es evidente que sí lo ha hecho, demuestran por sí mismos que no pertenecen a la Iglesia Católica, y que no tienen ningún derecho jurídico a intervenir en ella.

Ello significa que es absolutamente vano y contra ley esperar de tales sujetos un consentimiento que no tienen ninguna potestad de otorgar.

Ahora bien, como vamos a ver, los susodichos “britons”, y muchos otros como ellos, evidencian haber caído en graves errores doctrinales, como examinaremos a continuación: ¿O es que acaso no es herético afirmar que el Papado no es de necesidad absoluta para la Iglesia, que no es esencial a su Divina Constitución? ¡’Ya estamos con el consabido argumento de todos los herejes sobre lo que es o no esencial, que tan útil les es cuando se trata de ir derribando uno a uno los bastiones que protegen el último recinto de la fortaleza ! Solo que en este caso, atacan precisamente la torre central, sin la que el resto de fortificaciones cae irremediablemente. Quitad la Roca, y no quedará nada de la Ciudad que sobre ella está fundada. Si el Magisterio de la Iglesia es infalible e indefectible, es únicamente porque participa de la inquebrantable solidez de esa Roca. Todo el poder de santificación de la Iglesia, de una manera misteriosa pero muy real, fluye todo él de esta Sede, y todo el que quiera ejercerlo en contra de la voluntad de sus pontífices, lo convierte para él y los que conscientemente sean cómplices de sus actos en terrible maldición.

En cuanto al poder de jurisdicción, del que principalmente tratamos aquí, fluye también enteramente de esta Sede, razón por la cual nadie tiene hoy poder ordinario de jurisdicción, y por la que el poder-deber de elegir Papa ha quedado en el nivel más bajo de la escala jerárquica, el de los simples fieles, “mà veramente cattolici”, como decía el card. Siri…

El mero hecho de que gente que se pretenda católica considere públicamente la constitución de la Iglesia en perspectiva invertida nos da una idea de la defectuosa concepción que del Papado se han hecho no pocos católicos. Entre otras cosas, aunque el oficio papal no tenga titular, el oficio, personal-jurídico, existe siempre y perpetuamente, con todos sus derechos, y sigue dando fuerza a sus leyes, que no pierden nada de su obligatoriedad.

5, en este número, podemos considerar toda la peligrosidad de ciertas corrientes apocalípticas, que nos quieren convencer de que toda resistencia y provisión tendente a asegurar el futuro de la Iglesia es inútil, e incluso pecaminoso, porque el anticristo está a la vuelta de la esquina. No sé de dónde sacan que en el tiempo del Anticristo no habrá Papa, pero aunque estuviéramos a cinco minutos del Juicio Final, mientras no tuviésemos evidencias palmarias de tal inminencia, seguiríamos obligados a hacer todo lo que estuviera en nuestra mano para la resolución de la vacancia de la Santa Sede. Ese prurito apocalíptico, semejante al suscitado por los joaquinitas, y de tan amargos resultados en gentes como los fraticellos, dulcinianos y otros “espirituales”, no debe cegarnos ni paralizar nuestra acción, porque lo más seguro es que queden aún siglos para la aparición del Anticristo, siendo el tiempo que vivimos un esbozo bastante realista de esa época futura, pero nada más que eso. Si mañana aparecieran Elías y Henoc, no tendrían ningún poder para dar jurisdicción a los obispos, ni menos aún, poder para designar a un Papa. Eso pertenece exclusivamente a los que pertenecen a la Iglesia militante, y están en estado de viatores, estado al que ya no pertenecen los dos santos personajes, lo mismo que la aparición de un santo Papa aún en Purgatorio no nos sacaría de apuros, aunque hubiese sido papa en su vida mortal.

Por lo mismo, la llamada “teoría de la Pasión de la Iglesia” entendiendo por ahí que es voluntad de Nuestro Señor que su Iglesia quede sin ningún auxilio posible ni posibilidad de obtenerlo por los medios normales previstos por su constitución es totalmente insegura, falsa, peligrosa, y desmovilizadora de los fieles deseosos de cumplir su primer deber en las circunstancias concretas en que nos hallamos, tal como viene expresado por la Iglesia, y que ninguna teoría, por muy mística y piadosa que pueda parecer, es capaz de dispensar.

6. Como hemos visto más arriba, sólo los católicos dispuestos a obedecer en todo a la Iglesia y cumplir su deber de extinción de la vacancia según los tres criterios señalados deben ser considerados católicos, pertenecientes a la Iglesia Visible, y en posesión de derechos (más bien deber) de señalar un nuevo Pontífice. No caben aquí divisiones, sólo discrimen entre aquellos dispuestos a ser católicos y quienes no lo están. ¿Que quedamos muy pocos, como los 300 de Gedeón?, pues esos, o menos aún, serán los encargados de escudriñar la voluntad de Dios y designar a un Papa legítimo. Nuestro Señor no está obligado a indicarlo por ningún medio extraordinario, aunque puede hacerlo, como es mi personal convencimiento, basado en numerosas profecías de indudables santos católicos. Pero de lo que no me cabe ninguna duda, es de que jamás hará ese milagro, si nosotros no respondemos primero a su invitación, y nos disponemos a obedecer la orden estricta que nos intima a través de la ley de la Iglesia. A Dios rogando, y con el mazo dando” dicen en España, la oración y demás auxilios espirituales no sólo NO dispensan de la necesaria acción debida en cada momento, sino que la suponen y exigen rigurosamente. Dios que te creó sin tí, no te salvará sin tí” Decía san Agustín. Eso, que vale en el ámbito privado, vale también en el ámbito público-jurídico, tanto en las sociedades temporales, como en la eclesiástica. Negándonos a contribuir a la victoria de Cristo con nuestro actuar humano imperado por el sano sentido común natural y sobrenatural codificado en las leyes eclesiásticas, nos hacemos culpables de prolongar indefinidamente la agonía en la que se encuentran tantos de nuestros hermanos. Decía santa Juana de Arco, milagro donde los haya de la omnipotencia divina, en que según expresión de sus contemporáneos, parecían repetirse las maravillas de las eras apostólicas: “Los hombres pelearán, y Messire Dios dará la victoria”.

Por mucho que se empeñen algunos, la “crisis” actual no es de otra entidad sustancialmente distinta a las demás épocas de grandes luchas que la Iglesia ha conocido a lo largo de su bimilenaria historia, sólo es una recrudescencia de una fase histórica que empieza en el S. XIV, y que considerando los argumentos de los britons, me parece que aún no hemos superado.

No debemos esperar ninguna invitación, revelación, mensaje, personaje carismático, o aparición de platillos volantes para saber lo que tenemos que hacer, ya se nos ha significado suficientemente. Los que piensan que no debemos proveer a la perpetuación de la jerarquía de Orden parten de una premisa teológica falsa: La muy conciliar doctrina que afirma que el poder de jurisdicción proviene de la Consagración episcopal junto e inseparablemente con el poder de Orden, cuando la Iglesia enseña que es separable, y proviene de la misión canónica otorgada por el Papa. Los que sostienen que no es lícito proveer a la perpetuación de la jerarquía de jurisdicción, piensan erróneamente que es el mismo Dios el que ha querido esta situación, cuando lo cierto es que nosotros mismos nos hemos hecho culpables de ella, no cumpliendo con nuestras obligaciones, desde los años mismos del Concilio hasta hoy.

Llegados a este punto, creo que convendría tomar alguna resolución práctica: La principal objeción que suele elevarse contra la posibilidad de una designación como la que aquí se plantea reside en la división doctrinal y práctica de los electores que en ella deberían tomar parte. Pero como hemos visto, todos los que niegan que la Iglesia haya hablado definitivamente, y siguen prefiriendo sus particulares opiniones, no deben contarse entre los católicos, ni por ende, entre los electores.

Sin embargo, muchos católicos podrían decir con justicia que ellos están muy dispuestos a obedecer en todo a la ley de la Iglesia, si tuvieran la bondad de aclararles cuál es en verdad, apartando los ramajes de los mil y un sofismas con los que se ha querido oscurecer la cuestión.

Se debería pues establecer por parte de todos los verdaderos católicos una especie de vademecum, de resumen, de Syllabus, en que de la manera más breve, ordenada y clara, se sintetizara todo aquello que es necesario que un católico sostenga si quiere desea demostrar su pertenencia a la Iglesia Visible.

Se debería dar una amplia difusión a ese escrito, y poner sobre una lista a todos aquellos que se reconocieran en él, como dotados de facultad para elegir a un Papa, llegado el tiempo oportuno para ello. Una vez acabado ese tiempo como de “vacatio legis”, en que los católicos que aún pueden quedar en el mundo hayan tenido suficiente tiempo y ocasión de conocer y adherirse a la verdad y a la ley de la Iglesia, debería procederse a la elección de un nuevo Papa.

El derecho electoral prevé, además del modo por escrutinio, muy problemático vistas las circunstancias, el conocido como per compromissum, en que se confiaría a un reducido número de personas fiables la tarea de designar esa persona, con el asentimiento al menos tácito de los demás. Y quedaría por fin el modo per acclamationem o cuasi inspiración, en que todos a una, todos los electores, o los compromisarios designados, movidos por el Espíritu Santo, y quizás ayudados por algún signo divino semejante al que vimos en el caso de la elección de san Gregorio Magno, prorrumpirían en una designación unánime.

Pueden ver cómo el necesario actuar humano se armoniza inconfuse et indivise con la intervención divina, restableciendo la legitimidad a través de una elección de indudable canonicidad.”

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