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PASIÓN Y TRIUNFO DE LA IGLESIA


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PASIÓN, RESURRECCIÓN Y TRIUNFO FINAL DE JESUCRISTO Y DE SU IGLESIA

Por  Mons. de Segur (1820 – 1881)

Jesucristo y la Iglesia forman un todo indivisible, el destino de uno es la suerte de la otra; y así como donde está la cabeza debe estar el cuerpo,  igualmente  los misterios cumplidos en El en su vida terrena  y mortal  deben  cumplirse en la Iglesia militante en la tierra. JESUCRISTO  ha padecido su pasión y su crucifixión.  La Iglesia padecerá  también su pasión y su crucifixión final.

Jesucristo ha resucitado y ha vencido milagrosamente a la muerte: la Iglesia resucitará también y triunfará milagrosamente sobre Satanás y el mundo, por el mayor y más formidable de todos los milagros: el de la resurrección instantánea de todos los elegidos, en el mismo momento en que nuestro Señor Jesucristo, abiertos los cielos,  descienda de nuevo rodeado de gloria, con su santa Madre y con todos sus ángeles. Finalmente,  así como JESUCRISTO, Cabeza de la Iglesia, subió corporalmente al cielo el día de la Ascensión, la Iglesia resucitada y triunfante ascenderá al cielo  a su vez con Jesús, para disfrutar con Él, en el seno de Dios, de la bienaventuranza eterna.

No sabemos con certeza, “ni el día ni la hora” (Mat., XXV, 13)  en que  pasarán  estas grandiosas cosas. Sí sabemos, sin embargo, de una manera general pero infalible, porque está revelado por  Dios,  que “el final sólo vendrá cuando el evangelio haya  sido predicado en todo el mundo a todos los pueblos” (Ibid .. xxiv 14.) Sabemos que antes de la conmoción tremenda y terrible que supondrá   la Pasión de la Iglesia y el reinado del Anticristo, tendrá lugar, dice San Pablo, la apostasía, una general o casi general apostasía (II Tes ad., II, 3.)  de la fe de la Santa Iglesia Romana (Corn. una Lap., en loc.). En fin, sí sabemos que esta terrible época se caracterizará  por el “debilitamiento universal de la fe y el enfriamiento del amor divino,  a causa de la abundancia de la iniquidad ( Ev.Matth., XXIV, 12) “.

Cuando los Apóstoles preguntaron a Nuestro Señor qué señales habría para poder reconocer la proximidad de los últimos tiempos, Él les respondió: En primer lugar habrá una gran seducción,” vendrán  muchos falsos maestros que sembrarán  doctrinas erróneas  que llenarán el mundo de sus errores seduciendo a muchos ” (ibid., 10, 11.) –  “después  habrá  grandes guerras, sólo se oirá hablar de combates, los pueblos irán unos contra otros y se levantará reino contra reino“. (ibid., 6, 7.) –  por todas partes “habrá  plagas extraordinarias,  enfermedades contagiosas, pestes, hambres, y  grandes terremotos “(ibid., 7) .. ” Y todo esto, añadió el Salvador, “sólo será  el principio de los dolores” (ibid., 8) Será la obra de  Satanás y de todos los demonios. Sabiendo que no le queda más que un corto tiempo redoblará su furor contra la santa Iglesia, y hará un último esfuerzo  para aniquilarla y destruir la fe y la obra de Dios.  Rabioso por su caída  trastornará la naturaleza (Apocalipsis, XII, 9, 12.) con sus elementos ya que, como hemos dicho, quedará hasta el final bajo la maligna influencia de los espíritus perversos.

Entonces comenzará la más terrible persecución que la Iglesia haya conocido nunca,  equiparable a los atroces sufrimientos que su divino Jefe tuvo que sufrir en su Cuerpo santísimo, después de  la traición de Judas. En la Iglesia habrá  también escandalosas traiciones, lamentables y sonoras defecciones ante la astucia de los perseguidores y el horror de los tormentos, muchos caerán, incluso sacerdotes, incluso obispos, “las estrellas caerán del cielo” dice el Evangelio.  Y los fieles católicos serán odiados por todos a causa de su fidelidad (Mat. xxiv, 5, 9.).

El Anticristo no está solo. Tras él, susurrándole al oído lo que debe decir, se encuentra Satanás, con su aspecto habitual. Ambas figuras se asemejan a un marionetista y su muñeco, pues los brazos del Anticristo parecen extensiones de las extremidades del Diablo.

El Anticristo no está solo. Tras él, susurrándole al oído lo que debe decir, se encuentra Satanás, con su aspecto habitual. Ambas figuras se asemejan a un marionetista y su muñeco, pues los brazos del Anticristo parecen extensiones de las extremidades del Diablo.

Entonces, aquél  a quien San Pablo llama  “el hombre de pecado e hijo de perdición” (II ad Tes., II, 3.) el  Anticristo comenzará su reinado satánico y dominará el mundo entero. Será investido con el poder y la maldad de Satanás (Rev. XIII. 2.). Se hará pasar por Cristo, por Hijo de Dios;  hará que se le adore como a  Dios y su  religión, que no será más que la adoración de Satanás y el culto de los sentidos, se elevará  sobre las ruinas de la Iglesia y sobre los escombros de las falsas religiones que  hasta entonces cubrirán la tierra (II Tes anuncio. II, 4.).

El Anticristo será una especie de César universal que extenderá  su imperio sobre todos los reyes y  todos los pueblos de la tierra, el cual será una parodia infame del reinado universal de Jesucristo. Satanás suscitará para él un Sumo Sacerdote, parodia sacrílega del Papa, y este  sumo sacerdote hará que se predique  y adore al Anticristo por todo el mundo. Por  virtud de Satanás, hará grandes prodigios, hará incluso que descienda fuego del cielo ante los hombres, y así con estos artificios, seducirá a todo el mundo. Hará que se adore bajo pena de muerte, la imagen del Anticristo, y esta imagen parecerá que está viva y hablará; igualmente bajo pena de muerte ordenará que todos sin excepción lleven en la frente o en la mano derecha el signo de la bestia, es decir la marca del Anticristo. Quien no lo lleve no podrá comprar ni vender nada. (Rev. XIII, II-17.). Por medio de las  imágenes del Anticristo,  Satanás hará tales prodigios que casi todo el mundo los tendrá por verdaderos milagros; y los mismos elegidos serían engañados, si no fuera que por su causa el Señor acortará aquellos días. (EV. Matt. xxiv, 22, 24.).

La abominación de la desolación reinará en el lugar santo” (ibid., 15) durante “tres años y medio, o sea  cuarenta y dos meses” (Rev. XIII, 5.) que corresponden a las cuarenta y dos horas que transcurrieron, como ya  hemos dicho, desde que aparecieron las tinieblas  en la crucifixión de Jesús en el Viernes Santo hasta la hora de su Resurrección,  el Domingo de Pascua, al amanecer.

Aunque la Iglesia  todavía será visible y contendrá  sus  elementos esenciales, durante todo este tiempo estará  como crucificada, muerta y sepultada. Se permitirá al Anticristo vencer a los siervos de Dios, y someterá bajo su yugo a los pueblos y naciones de la tierra, y, a excepción de unos pocos, todos los habitantes de la tierra lo adorarán,  adorando en él al mismo tiempo,  a Satanás, autor de su poder (ibid., 7, 8, 4.).  Si en otro tiempo el feroz Diocleciano pudo llegar a creer  que al fin había destruído el nombre cristiano, ¿cómo serán aquellos días, en cuya  comparación,  los de Diocleciano y Nerón no han sido más que un pálido símbolo?  El Anticristo proclamará orgullosamente  la caída del cristianismo, y Satanás, dueño del mundo, por un momento se creerá el vencedor.

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Pero en aquellos días, como lo sabemos por la Escritura y la Tradición, se alzarán contra el Anticristo,”los dos grandes testigos” (ibid., XI, 3).” de  JESUCRISTO, reservados para estos últimos días, o sea el Eliaspatriarca Enoc y el profeta Elías , que no están  muertos, como la Escritura enseña expresamente. Ellos vendrá para predicar  los caminos del Señor. Ellos predicarán  a JESUCRISTO y el Reino de Dios durante mil doscientos sesenta días, es decir, durante casi toda la duración del reinado del Anticristo.

El poder  de Dios los protegerá y los mantendrá. Ellos  tendrán el poder de cerrar el cielo y detener  la lluvia durante el tiempo de su misión. Tendrán el poder de convertir las aguas en sangre y de herir la tierra con toda clase de plagas (ibid., 3, 4, 5, 6.). Harán un sin número de milagros similares a los de Moisés y Aarón (“Podemos ver el relato profético de ellos  en varios pasajes del Apocalipsis, que como todos saben, es la gran profecía de los últimos días de la Iglesia” ), cuando se enfrentaron al impío Faraón de Egipto, e iniciaron la liberación del pueblo de Dios. Como Moisés y Aarón, los dos testigos de Jesucristo sacudirán  el  poder y los prodigios del Maldito.

Pero éste logrará apoderarse de ellos, y sufrirán el martirio. En el mismo sitio donde su Señor fue crucificado  (Ap. XI, 8.)”, es decir, en Jerusalén o tal vez en Roma, donde el último Papa fuera crucificado por el Anticristo, según una tradición inmemorial. Después de tres días y medio, los dos grandes precursores del Rey de la gloria resucitarán a la vista del pueblo, y subirán al cielo en una nube, al mismo tiempo que un terrible terremoto desatará el terror por doquier. (ibid., 11, 12, 13.).

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Para mostrar su poder, el Anticristo, imitando la ascensión triunfal del Hijo de Dios, y de los dos grandes Profetas, tratará, también, de subir al cielo en presencia de sus discípulos escogidos. Y entonces será cuando nuestro Señor Jesucristo “, aparecerá repentinamente  sobre las nubes en poder y majestad (Mateo EV. ., XXIV, 27, 30.) , cual rayo que recorre el cielo desde el oriente hasta el occidente,  y matará con el soplo de su boca al Anticristo (II Tes anuncio., II, 8.) a Satanás y  a los pecadores. Todo esto está predicho en términos formales (I Tes anuncio., IV, 15.). Como hemos dicho, el Arcángel Miguel,  Príncipe de la milicia celestial, hará retemblar la tierra con el grito de triunfo que resucitará a los elegidos (Mateo XXIV, 31.). Éste será el Consummatum est de la Iglesia militante, que así  entrará para  siempre en el gozo de su Señor.

Esta “voz del arcángel” estará acompañado por un incendio  universal, que purificará y renovará todas las creaturas  profanadas por Satanás, por  el mundo y por los pecadores. La Fe nos dice, en efecto, que en el último día, JESÚS-CRISTO vendrá a juzgar el mundo por el fuego (Rit.Rom.). Este fuego vengador y santificador renovará la faz de la tierra y hará “una nueva tierra y unos  nuevos cielos (Sal., CIII, 30). (Apocalipsis XXI, 1.)”. Como en el Sinaí, como en el Cenáculo, el Espíritu Santo se manifestará  por el fuego en aquél día entre todos terrible.

Tal será el  grande y glorioso fin de la Iglesia militante, al menos como nos permite entreverlo la claridad un poco velada de las profecías. Ésta será la Pasión de la Iglesia, ésta será Resurrección seguida de  su triunfo.

Siendo ella el Cuerpo Místico del Hijo de Dios, seguirá  a su divino Jefe hasta el Calvario, hasta el sepulcro, y por su fidelidad habrá merecido participar  de su gloria para siempre.

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