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UN DEBATE DRAMÁTICO


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Ha habido algunos comentarios instructivos en el blog, en el post titulado ¿Fue Mons. Lefebvre ordenado válidamente? Todos ellos muy interesantes porque  es  una pregunta que despierta angustias y pensamientos encontrados. La cuestión vino con ocasión de la tesis de un blog amigo que negaba la validez de aquella ordenación.
En realidad mi interés trascendía la cuestión particular.
Como saben los lectores, en este blog se ha hablado mucho de los ritos sacramentales. Ha habido debates también dramáticos sobre la validez de los ritos sacramentales aprobados por Pablo VI en 1969. Nosotros nos hemos inclinado a sostener con certeza su invalidez. No es algo que sostengamos como conclusión de un pensamiento teológico particular. Sino que es algo que deriva impecablemente de la doctrina proclamada ex cathedra  por los papas, en particular León XIII y Pío XII . No es que lo creamos  nosotros por el simple ejercicio de nuestra razón, sino que deriva de lo mandado creer por la Iglesia. La declaración de invalidez  de las órdenes anglicanas por León XIII en Apostolicae Curae, alcanza por  las mismas razones dichas en la bula, a los ritos de Pablo VI. Aquí me remito a los posts que pueden obtenerse pulsando la pestaña de la categoría “Ritos conciliares”, bajo la categoría Pablo VI.
Ya en los lejanos días de mi juventud oí el siguiente testimonio perturbador en boca de un “experto” teólogo: “ Conociendo la historia de la Iglesia, sobre todo en sus épocas oscuras, plagadas de herejías, simonias etc.. es casi imposible sostener que los ritos de ordenación episcopal y sacerdotal, se hayan mantenido sin hiatos de discontinuidad en el tiempo“. Las Sagradas Órdenes no serían más que unas ceremonias humanas en las que tendría poca o ninguna parte la teoría de la forma, materia e intención sacramental.
Como es lógico aquello me impactó profundamente. La devoción eucarística se vio dañada. ¿Habria todavía  obispos, sacerdotes, misas válidas, sacramentos válidos etc..?
Cuando contemplé en  Guadalupe, la célebre pintura de Zurbarán alusiva a las inquietudes del santo prior jerónimo, P.Cabañuelas no pude menos que interesarme de manera especial. Su caso  era parecido al mío, por mis inquietudes acerca de los ritos  sacramentales. Perdóneseela digresión que hago sobre el célebre caso históricamente documentado, que quizás algunos desconozcan. La pintura es de Zurbarán, el famoso pintor andaluz de frailes y motivos conventuales.

Un prodigio eucarístico en el Santuario de Guadalupe (Cáceres)

El Venerable padre Cabañuelas, o fray Pedro de Valladolid, que era su nombre en religión, protagonista del suceso prodigioso que nos ocupa, fue uno de los eximios varones que ilustraron con su virtud la incipiente vida religiosa en el cenobio guadalupense en los primeros tiempos de su establecimiento en él de la Orden de San Jerónimo, en 1389.

Son los discípulos aventajados, él y otros más, del Venerable padre fray Fernando Yáñez de Figueroa, ilustre cacereño de la más rancia nobleza y primer prior del monasterio, que brillan por su santidad a lo largo de la primera mitad del siglo XV, algunos de los cuales, ocho en total, han quedado inmortalizados por el pincel de Zurbarán en otros tantos lienzos de los once que decoran la sacristía del Santuario de Guadalupe. Los tres restantes son escenas de la vida de San Jerónimo.
El padre Cabañuelas abrazó, siendo muy joven, la vida religiosa y siempre se distinguió por su acendrada devoción a la Eucaristía, en cuya contemplación y meditación gastaba gran parte de las horas del día y de la noche. Pero quiso el Señor aquilatar aquella su fe en el gran Misterio, permitiendo al enemigo de las almas viniera a turbar su imaginación con terribles dudas sobre la presencia real de Cristo en el Sacramento del Altar, dudas que se acrecentaban hasta producirle tremenda angustia, mientras celebraba el Santo Sacrificio.
El suceso milagroso que disipó todas sus dudas y le curó radicalmente de todas sus incertidumbres para el resto de su vida, podemos situarlo cronológicamente hacia 1420, como a los cincuenta años de su edad, y es él mismo quien nos lo refiere, aunque en tercera persona, en una relación que de su puño y letra se halló entre sus papeles después de su muerte, y que transcribimos a continuación.
“A un fraile de esta casa, dice, acaeció que un sábado, diciendo Misa, después que hubo consagrado el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, vio una cosa como nube que cubrió el ara y el cáliz, de manera que no veía otra cosa sino un poco de la cruz que estaba detrás del ara, lo cual le puso gran temor y con muchas lágrimas rogaba al Señor que pluguiese a su piedad de manifestarle qué cosa era aquélla y lo librase de tan gran peligro. Y estando así muy atribulado y espantado, poco a poco se fue quitando aquella nube; y, desde que se quitó, no halló la Hostia consagrada y vio la hijuela que estaba sobre el cáliz, quitada; y acató en el cáliz y lo vio vacío. Y cuando él vio esto, comenzó a llorar muy fuertemente, demandando misericordia a Dios y encomendándose devotamente a la Virgen María.
“Y estando así afligido, vio venir la Hostia consagrada puesta en una patena muy resplandeciente, y púsose sobre el cáliz; y comenzó a salir de ella gotas de sangre, en abundancia. Y desde que la sangre hubo caído en el cáliz, púsose la hijuela encima del cáliz y la Hostia encima del ara, como antes estaba. Y el dicho fraile, estando así muy espantado y llorando, oyó una voz que le dijo: Acaba tu oficio, y sea a ti en secreto lo que viste”.
El momento en que Zurbarán lo representa en el lienzo, uno de los mejores, junto con “La Perla”, por la belleza de su composición, expresión de los rostros, luminosidad y colorido, de cuantos salieron de su pincel, es aquel en que, viendo aparecer de nuevo por el aire la resplandeciente patena con la Hostia consagrada, cae de rodillas, entre atónito y arrobado, reconociendo y rindiendo su inteligencia a la evidencia del milagro, mientras que el lego que le servía, de rodillas también, semeja no haberse percatado lo que también hace notar el padre Cabañuelas en su relación del prodigio eucarístico operado en aquella “Misa milagrosa”.
 
 Pues bien dejando aparte el caso particular de Mons. Lefebvre y vistos   los comentarios habidos de gran interés que pueden verse en el post citado, ahora quisiera traer  a colación dos comentarios que ponen sabiamente el dedo en la llaga: El de Sofronio y el de Fray Eusebio de Lugo.

Ambos han sostenido anteriormente en este blog debates también dramáticos sobre el tema de los ritos sacramentales. Este es uno más, pero que sitúa el debate en unos límites muy estrictos. Son de una gran altura teológica e intelectual que sin duda captará el interés de los lectores, tanto más que los adivino preocupados por el tema de fondo.

Término mi introducción diciendo que la razón dada algunas veces de que los ritos claramente inválidos por defecto de forma, se volverían válidos por haber sido dados por la verdadera Iglesia, que supliría cualquier defecto (me parece que es el argumento que utiliza Davies) se vuelve contra el que lo usa: la verdadera Iglesia y un legítimo papa nunca hubieran aprobado los ritos conciliares. Aquello de que “suplet ECCLESIA” tiene unos límites, y se hallan cuando hablamos de la verdadera Iglesia y cuando no se usan fórmulas claramente insuficientes e inválidas.

 

Pasamos ahora al debate en sí.

 

 Dijo Sofronio:
 

Estimado editor, deseo hacer algunas apostillas, a lo que aquí se está diciendo, pues es necesario establecer la doctrina verdadera sobre el asunto.

1.-Nadie puede juzgar de la intención interna del Card. Liénart, al consagrar Obispo a Mons. Lefebvre.

2.- Sin intención de hacer lo que intenta la Iglesia en la acción vicaria de Cristo, ningún sacramento ni consagración, es válida; de ninguna manera. Tal es así, que la Santa Madre Iglesia cuyo anhelo es la salvación de las almas, que en el sacramento por el que se entre en el Arca de la Salvación, el Bautismo, permite que en caso de necesidad hasta un no creyente pueda bautizar, siguiendo la petición de la imposibilitada madre, considerando el bautismo válido, pero sólo con la mínima exigencia de que tenga intención de hacer lo que intenta la Iglesia en ese sacramento.

3.- Respecto al sacramento es clarísima la doctrina de la Iglesia:

Y como estos ministros humanos no obran en nombre propio, sino representando la persona de Cristo, de aquí que todos, sean buenos o malos personalmente, siempre que usen la materia y la forma prescrita por Cristo y usada tradicionalmente por la Iglesia, y tengan intención de hacer lo que hace la Iglesia, verdaderamente producen y confieren el sacramento” (Cat. Romano XI). Obsérvese que no sólo pone como condición la materia y la forma, sino también laintención.

Los moralistas han determinado las condiciones que se requieren en el que administra el sacramento:

A) Potestad; diversa para los distintos sacramentos.

B) Intención (D 854); de lo contrario, no obraría en nombre de Cristo.

La intención incluye dos cosas:

a.- Un acto deliberado de la voluntad, por lo menos de hacer lo que la Iglesia hace: que intenta la administración de la acción sacramental como acción vicaria de Cristo. El sacramente exige también el acto humano y voluntario: Por lo tanto, que se intente precisamente el rito como sagrado, pues el rito sacramental requiere la intención del mismo.

b.- La atención, imprescindible para cualquier acto humano; siendo suficiente la externa

4.- Sin embargo, aunque el debate se ha inclinado en el sentido sacramental, hay que recordar aquí:

1º.- Que sólo hay un sacerdocio externo en la Iglesia.

2º.- Que el sacerdocio externo reviste diversos grados.

3º.- Que el segundo grado es el de los obispos, puestos a la cabeza de una diócesis para gobernar a los demás ministros de la Iglesia, cuidando con el máximo celo y diligencia de su eterna salvación (Catecismo de Trento). Es decir, es un oficio, no un sacramento. [énfasis del editor]

5º.- No consta que el card. Card. Liénart, fuera el ministro de la ordenación sacerdotal de mon. Lefreve, sino sólo uno de los que le consagraron obispo.

6º.- En el supuesto de que el card. Liénart no tuviera intención de intentar en la consagración episcopal lo que la Iglesia, vicaria de Cristo quiere hacer, cosa imposible de demostrar, en dicha consagración, impusieron la manos y recitaron la fórmula válida dos obispos más. Sería inverosímil que tampoco los otros dos tuvieran intención hacer lo que intenta la Iglesia en la consagración episcopal. Con uno sólo que tuviera la intención sería suficiente para la validez de ese rito al haber: materia, forma, ministro válido e intención.

Luego, creo,  que éstas serían las conclusiones a extraer:

1.-º Frente a lo que dice mi estimado Fray Eusebio, afirmo que ningún sacramento- ni consagración- es válido sin la intención de hacer lo que Cristo quiere; esto es la clarísima doctrina de la Iglesia. Disculpo este lapsus debido, quizá, a que estamos muy centrados sobre las partes esenciales de materia y sobretodo, forma de los sacramentos, que son donde los modernistas han metido la mano, olvidándonos que tanto el ministro válido y la intención son partes esenciales, también de los sacramentos. Los ejemplos que trae de la Francia decimonónica no corresponden, porque no negaron ninguna doctrina sacramental, aunque sí muchas otras. Por eso no hubo que ordenarlos.

2º.- Nadie es capaz de juzgar sobre el fuero interno del cardenal en ese acto; tal imposibilidad seguiría persistiendo aunque él mismo lo negara, transcurrido cierto tiempo- cosa que nunca hizo- pues la intención de esa hipotética negación bien podría estar informada por otras causas ajenas al acto pasado (valor del acto moral)

3º.- El argumento fundamental de que está debidamente ordenado, nos lo ofrece muy bien el comentarista James Stuart, con el aporte, cierto, de que otros dos obispos impusieron las manos y recitaron la fórmula válida y lícita. Otros argumentos del citado comentarista son, sin embargo, mucho más discutibles.

Responde Fray Eusebio de Lugo

Agradezco el comentario de nuestro caro Sofronio, que nos da ocasión de precisar la enseñanza de la Iglesia, y el pensamiento de los teólogos.

1- Nadie puede juzgar de la intención interna del Card. Liénart, salvo en la medida en que ésta se manifestó externamente. Se manifestó externamente, en sentido positivo, poniendo seriamente el rito de la Iglesia; y en sentido negativo, en que no expresó la más mínima contra-intención.

2- Es totalmente cierto que la Iglesia exige no sólo la posición del rito externo, sino también intención interna por parte del ministro, porque si no, no sería un verdadero acto humano. Esa intención mínima de hacer lo que hace la Iglesia puede entenderse de diferentes maneras:

– Una es la habitual, que es la pronta facilidad para obrar; por sí sola, no basta para tener la intención requerida.
– La actual, que es la aplicación y atención presente de ánimo a la obra que en efecto se está haciendo, por ejemplo, el sacerdote que piensa efectivamente, presentemente, en conferir el bautismo, y pone los medios para conferirlo.
– Y la virtual, que proviene de la anterior, que consiste básicamente, en la ausencia de intención contraria en el ministro.

Parecería que estamos hablando de si el Card. Liénart tuvo efectivamente ésta última, puesto que parece claro que sí tuvo las otras dos.

Ahora bien, en el caso del bautismo, el Papa León X, y el Concilio de Trento han definido lo siguiente: “Si alguno dijere que en los ministros, cuando hacen, y administran los sacramentos, no se requiere intención a lo menos, de hacer lo que hace la Iglesia, sea anatema.” Esto se decía en contra de la afirmación de Lutero, que sostenía que un sacramento, en este caso el Bautismo, conferido como de broma, era también válido, por la simple fe del recipiendario.

Más aun, el Papa Alejandro VIII condenó la siguiente proposición: “Válido es el Bautismo administrado por el ministro que observa todo el rito interior[¿exterior?] , y forma de bautizar, pero interiormente y en su corazón resuelve para sí: “No quiero hacer lo que hace la Iglesia”.
Es decir, que únicamente si el ministro se opone, por un acto de clara y decidida voluntad, a lo que la Iglesia quiere hacer, aunque ese acto determinado de voluntad no se manifieste externamente, no conferiría el sacramento.

Por lo que aplicando esta regla al sacramento del Orden, parecería que un obispo comprometido con las huestes de la contra-Iglesia masónica, podría haber dicho en su fuero interno: “Sé perfectamente lo que la Iglesia quiere hacer, pero como quiero su mal y la desaparición del verdadero sacerdocio, NO QUIERO, Y ME NIEGO A CONFERIR EL SACERDOCIO A ESTOS INDIVIDUOS QUE TENGO DELANTE”.

Nos veríamos obligados a concluir, que estos pobres clérigos nunca se convirtieron en sacerdotes…

Sin embargo:

Cuando uno se acerca a los tratados De sacramentis, comprueba que luego de haber sentado la doctrina usual y admitida en la generalidad de los autores, éstos suelen incluir, al final, unos escolios, o problemas pendientes, entre los cuales se cuentan, el determinar de manera específica en cada sacramento, cuál es la intención mínima requerida para su validez, reconociendo que puede ser diversa de un sacramento a otro, por lo que no sería conveniente aplicar mecánicamente al Orden, lo que se ha dicho del Bautismo.

Como es bien sabido, la vía ordinaria por la que se van resolviendo las necesarias disputaciones teológicas consiste en la intervención de la Santa Sede, que normalmente toma ocasión de alguna consulta, para definir lo que hasta entonces era libre, o más o menos dudoso.

En el caso del Orden, esa ocasión la proporcionó la consulta a Roma sobre la validez de las Órdenes conferidas con el Ordinal anglicano del Rey Eduardo VI.

La cuidadosísima y ejemplar reexaminación de todo el asunto, en que la Iglesia Católica se jugaba mucho, nada menos que la posible reconciliación con el entonces dominante Imperio Británico, dio como resultado final la Bula Apostolicae Curae, en que el Papa León XIII define la invalidez de las Órdenes anglicanas, y se toma el trabajo de reseñar exhaustivamente las causas de una decisión tan trascendental como dolorosa para muchas esperanzas a un lado y a otro del Canal.

Aduce la insuficiencia de la forma, adulterada en el Ordinal eduardino, la insuficiencia de la intención objetiva, que ya, no sólo no expresa lo que la Iglesia quiere hacer (pero podría haberse quedado en estado simplemente indiferente, lo que no habría causado necesariamente una sistemática invalidez), sino que introduce una intención directa y diametralmente contraria y opuesta a la intención católica.

Ahora bien, cuando habríamos esperado, conforme a la doctrina vista más arriba para el Bautismo, que León XIII afirmara la invalidez de las susodichas Órdenes, basándose también en un defecto de intención subjetiva por parte del ministro, nos damos cuenta de que el Papa no utiliza ese argumento, que sin embargo, habría podido ser de gran utilidad para asentar definitivamente el convencimiento de la invalidez de sus órdenes en los corazones británicos.

Hubiera podido decir: “Siendo así que para la validez de los sacramentos, también es necesaria por parte del ministro la intención interna, subjetiva de hacer lo que hace la Iglesia...Y estando claro que los prelados originadores del actual episcopado anglicano compartían los errores swinglianos y calvinistas acerca de las Órdenes, conformando una intención no sólo diferente, sino claramente opuesta a la intención católica, que ellos conocían perfectamente, pero rechazaban, siendo por ello esta perversa intención suya, destructiva del sacramento, Debemos concluir que también por esta causa, deben ser tenidas por absolutamente nulas y completamente vanas…”

Sin embargo, no es eso lo que dice:

33. With this inherent defect of “form” is joined the defect of “intention” which is equally essential to the Sacrament. The Church does not judge about the mind and intention, in so far as it is something by its nature internal; but in so far as it is manifested externally she is bound to judge concerning it. A person who has correctly and seriously used the requisite matter and form to effect and confer a sacrament is presumed for that very reason to have intended to do (intendisse) what the Church does. On this principle rests the doctrine that a Sacrament is truly conferred by the ministry of one who is a heretic or unbaptized, provided the Catholic rite be employed. On the other hand, if the rite be changed, with the manifest intention of introducing another rite not approved by the Church and of rejecting what the Church does, and what, by the institution of Christ, belongs to the nature of the Sacrament, then it is clear that not only is the necessary intention wanting to the Sacrament, but that the intention is adverse to and destructive of the Sacrament.
Apunta el defecto de forma, el defecto de intención objetiva, pero a la hora en que podríamos esperar lo mismo, dicho de un defecto de intención subjetiva, lo que afirma es que el empleo del mismo rito sana cualquier intención defectuosa, incluso si es directísimamente contraria a la intención de la Iglesia, con tal de que se quede en puramente interna, y no se exprese externamente.

Se ve por ahí, que las condiciones mínimas de intención subjetiva son ligeramente diferentes, para el Bautismo o para conferir el Orden, como ya adivinaba el sano instinto teológico de los autores, cuando afirmaban en sus escolios que podían efectivamente existir tales diferencias, aunque ellos no se atrevían a decidir esta materia, y se limitaban a exponer la doctrina general y más segura.

Más de uno preguntará entonces, con buena razón: ¿Y por qué iba Nuestro Señor a negar en el Bautismo, lo que sí concede en la Ordenación?

O formulado de otro modo: ¿Por qué no sana del mismo modo el rito y fórmula bautismal la intención contraria del ministro, en la misma forma en que dice Ud. que lo hace el poner seriamente y sin contra-intención externa el rito y fórmula de Ordenación o consagración?

A lo que contestaré, como simple, falible, y probable opinión personal, que en el caso del Bautismo recibido inválidamente por parte del ministro, o de la Comunión (recibida, por ejemplo, de un sacerdote que hubiese retraído la intención de consagrar ÉSTA hostia en particular, por enemistad hacia esa persona concreta que sabía iba a comulgar), u otros asuntos de éstos, novelescos, pero desgraciadamente posibles, Nuestro Señor suple por otro lado, dando la Res, que habrían debido recibir por la vía ordinaria del Sacramento, si ésta no hubiese sida impedida por la perversa intención del ministro. Son cosas que solo afectan a un individuo.

Sin embargo, para la ordenación, y sobre todo, la consagración episcopal, no cabe tal suplencia. O se concede en el acto mismo, por el acto mismo, por la mismísima razón de poner seriamente el rito católico, como dice León XIII, o si no, es imposible que un laico o un simple presbítero pueda transmitir lo que él mismo no ha recibido.

Como el Orden confiere poder para el servicio y el Bien Común de toda la Iglesia, no puede depender de ninguna otra contingencia que las que marque el orden objetivo y externo de la Iglesia. Por eso, Nuestro Señor ordena directamente, incluso contra la voluntad oculta perfectamente contraria del ordenante, a los que van a servir a Su Iglesia.

Nuestro Señor JesuCristo, Sabiduría encarnada, no habría consentido nunca en poner a la Iglesia en una tesitura como la siguiente:

Es bien conocido que la inmensa mayoría de linajes episcopales de rito latino de los últimos cuatro siglos tienen un origen único: El Card. Scipione Rebiba, discípulo del gran Papa Caraffa, Pablo IV.

Scipione

Imaginen por un momento que se pensara que pertenecía, por ejemplo, a la secta de los rosacruces, bien conocida por su odio a todo el sistema sacramental católico, y a la que pertenecía Lutero, o que formara parte de la misma cábala de los Morone, Pole, Contarini, que estaban infincionando Italia de protestantismo destilado, antes de ser enjuiciados por la Inquisición de Paulo IV y san Pío V…

¿Se pondrían también a dudar de la validez de su episcopado, poniendo en tela de juicio a casi todo el episcopado de rito latino, incluidos un buen puñado de Papas?

Me parece que sería una gravísima irresponsabilidad…

En cuanto a los prelados masones de la Francia de los siglos XVIII-XIX, creo que estaban en la misma situación que el Card. Liénart, supuesta su pertenencia real a la masonería. Si sus ordenaciones y consagraciones fueron siempre tenidas por válidas, las de este último no tienen por qué ser dudosas.

Por último, aunque no de menor importancia, nuestro apreciado correspondiente afirma: “Que el segundo grado es el de los obispos, puestos a la cabeza de una diócesis para gobernar a los demás ministros de la Iglesia, cuidando con el máximo celo y diligencia de su eterna salvación (Catecismo de Trento). Es decir, es un oficio, no un sacramento.”

Me temo que aquí, comete una confusión entre lo que pertenece al obispo por razón del sacramento, es decir, que es el summum del sacramento del Orden, y fuente del resto de los grados de ese sacramento, de lo que pertenece al aspecto jurídico-canónico, es decir, el poder de jurisdicción, que puede o no tener un obispo consagrado.

Hay obispos consagrados, pero que no tienen jurisdicción, como los llamados in partibus, o los de la FSSPX, por ejemplo, y hay prelados que sin ser obispos, ejercitan una verdadera autoridad episcopal, incluso pueden ser obispos residenciales de una diócesis, sin haber sido consagrados. Tienen el oficio, aunque no el grado máximo del Orden.

Traduzco aquí precisamente lo que dice León XIII sobre la sacramentalidad del episcopado:

“No es relevante examinar aquí si el episcopado es una compleción del presbiterado,o si es un orden distinto de éste; o si, cuando es conferido, como suele decirse, per saltum, en la persona de alguno no previamente ordenado como sacerdote, sobre si tiene o no efecto. Pero el episcopado, sin duda ninguna, por la institución del mismo Cristo, verísimamente pertenece al sacramento del Orden y constituye el sacerdocio de primer orden, aquél llamado por los santos Padres Summum sacerdotium, sacri ministerii summa. …”

 

Pues est es todo. El debate queda abierto a sucesivas intervenciones y a los comentarios que nuestros lectores tengan a bien hacer.

 

15 replies »

  1. Más apostillas a la respuesta de mi buen amigo y admirado Fray Eusebio,, que hace amagos de envainar la espada concediendo, pero se sigue aferrando a la empuñadura; eso sí, admite que es una opinión personal y no doctrina segura de la Iglesia.

    Ya en el siglo XIII, Prepositino, Gillermo de Auxure y otros resumieron el mínimo exigido de intención objetiva con la expresión facere quod facit Ecclesia (hacer lo que hace la Iglesia).

    Los teólogos se han venido ocupando de esta intención distinguiendo cuatro grados.

    A) Intención actual; la hecha antes y mantenida mientras dura el sacramento. No se requiere.

    B) Intención virtual; la hecha antes pero no mantenida mientras dura la acción. Es suficiente.

    C) Intención habitual. La hecha una vez y no revocada, pero que no tiene ninguna influencia en la acción concreta (la acción en sueños o en estado de sonambulimo). No es suficiente.

    D) Intención interpretativa. Es decir la que no se ha hecho, pero es supuesta por los demás. Este sería el supuesto, de una ordenación sacerdotal o consagración episcopal en que habiendo materia y forma y ministro válido, la intención interior fuera contraria al mínimo facere quod facit Ecclesia. Claramente sería inválida, en contra de la opinión personal- él mismo reconoce que es una opinión personal- de nuestro amigo Fray Eusebio. No la puede avalar con ningún del magisterio. Pues bien, A esta “intención interpretativa” nos ceñiremos, ya que es el caso que suscitó el enriquecedor debate.

    Ya en el siglo XVI, el asunto viene de lejos, se suscitó el siguiente escolio: si la intención debía ser interior o la sola externa era suficiente, es decir, “ a) si bastaba el dirigir la voluntad a la realización del signo externo (hecho cierto del consagrante Card. Liénart ) o b) si el ministro debía querer ese signo en cuanto símbolo santo común entre los cristianos ( supuesto de falta de intención interior achacado al Card. Liénart. por algunos, cosa indemostrable). El dominico Ambrosio Catarino defendió la primera posición; sin embargo es una opinión claramente errónea, porque el ministro no obra como servidor de N. S. Jesucristo sólo cuando tiene intención de cumplir el rito o ceremonia externa.

    El temor de Fray Eusebio le lleva a mantener una opinión personal equivocada; dicho temor consiste en que sea insegura la administración de los sacramentos. Contra ese temor, debe confiarse en que Dios impide las faltas que invalidan el sacramento, y que aunque no quisiera impedirlas, no permitirá que las faltas del ministro humano pongan en peligro la salvación del hombre, de una parte. De otra, hay que considerar que Dios puede permitir, como castigo o como prueba, la ausencia de sacramentos con el fin de que lloremos junto a los jardines de Babilonia la destrucción del templo, a fin de que arrepentidos nos empape de sobreabundantes gracias. Ya pasó; léanse los salmos del destierro.

    Un teólogo, por no abrumar en citas, Schmaus, nada sospechoso de modernismo coincide con todos los expertos de teología dogmática preconciliares, sin excepción, en cuanto a la necesidad de esa intención interna de ‘facere quod facit Ecclesia’ para la validez de los sacramentos. Así lo explica:

    “Como el administrador visible de los sacramentos no es arrojado por Cristo como una piedra o un trozo de madera, sino que sigue siendo libre y responsable de sus actos para que su actividad sea humana, debe insertarse libremente en la actividad de Cristo, aceptar en su voluntad, repito acepatr en su voluntad. Sólo mediante esa unión voluntaria- voluntaria dice- con Cristo se convierte aquí y ahora el hombre interiormente cualificado para ello (ministro válido) en instrumento de Cristo. El hombre es utilizado por Cristo para instrumento de la administración de sacramentos, sólo cuando él se deja utilizar. Tal voluntad (la del ministro) comprende en sí la decisión de hacer el signo sacramental y la intención de hacerlo como signo de Cristo. Sin esa voluntad no se realiza el sacramento (Concilio de Trento, sesión 7ª, canon 11). Sólo por la intención de hacer un signo de Cristo adquiere el signo externo su sentido claro y evidente, de forma que pueda significar y causar gracia” (parte de la definición de sacramento).

    CONCLUSIÓN PRIMERA. SI LA CONSAGRACIÓN DE UN OBISPO FUERA HECHA POR UN SOLO OBISPO CONSAGRANTE QUE INTERNAMENTE NO QUIERE HACER LO QUE HACE LA IGLESIA, RESULTA NULO SU EFECTO, PORQUE NO QUIERE HACER LO QUE HACE EL SIGNO DE CRISTO DEBIDO LA RESISTENCIA DE LA VOLUNTAD DEL CONSAGRANTE A QUE SE CONFIERA LA GRACIA DEL SIGNO. Es decir, no hay sacramento.

    Y esto es así, sea mons. Lefebvre el ordenado, un sedevacantista o Perico el de los palotes.

    Sin embargo para aquellos que desean osadamente juzgar de la intención oculta del cardenal consagrante referido, hay que tener en cuenta, que en la consagración de Mons. Lefebvre, no hubo un obispo consagrante, sino tres; pues los otros dos no eran asistentes, sino obispos conconsagrantes también, como lo establece con absoluta seguridad el magisterio de Pío XII, modificando con ese acto la interpretación del canon 954 del C.I.C.

    Porque, en efecto, hasta el años 1944 no era uniforme en la Iglesia la cuestión de si los obispos asistentes al obispo consagrante eran simples asistente o verdaderos obispos consagrantes también. Hasta ese momento, en algunos lugares pronunciaban sólo las palabras ‘Accipe Spiritum Sanctum’; en Roma decían también la oración ‘Propitiare’ y el prefacio siguiente: En fin, que para uniformar esta cuestión y fuera la misma práctica en toda la Iglesia, Pío XII dio el 30 de noviembre de 1944, la Bula ‘Episcopalis consacrationis’ (A.A.S. XXXVII, 131) por la que dispone que: Que si bien para la validez de la consagración episcopal basta que la haga uno solo, en adelante habrán de hacerla real y efectivamente tres (obispos), y que los otros dos obispos, hasta ahora llamados asistentes, se llamarán en adelante ‘conconsagrantes, y –IMPORTANTE-, que deben previamente formar intención de conferir la consagración episcopal y que deben recitar con el consagrante, además de las palabras ‘Accipe Spiritum Sanctum’, la oración ‘Propitiare’ y el prefacio que le sigue y en voz baja leer todo lo que el consagrante recita o canta durante el rito…; esta reforma se llevó a cabo en el año 1947 por Pío XII en la Constitución Apostólica ‘Sacramentum ordinis). Por una parte es meridianamente clara la necesidad de la itención no sólo de celebrar el rito, sino de conferir la gracia del signo: la consagración y eso antes del rito, pues dice: previamente; luego se refiere a la intención interna. De otra parte podemos formular con la seguridad de verdadera doctrina católica la siguiente conclusión.

    SEGUNDA CONCLUSIÓN: Aun concediendo, como hipótesis, que internamente dicho cardenal no hubiera querido hacer lo que hace la Iglesia en las consagraciones episcopales, había dos obispos conconsagrantes más: Con uno sólo que hubiera querido hacer con el signo, lo que Cristo quiere, el obispo Mons. Lefebvre sería válidamente consagrado y lo mismo cualquier otro. Por tanto, la posibilidad de que sea inválida la consagración de Mons. Lefrbve es remotísima y en todo caso la misma que cualquiera otra, pero moralmente más segura al haber varios conconsagrantes:

    Es posible que falle la intención de uno, pero pensar que falle en tres sería ir demasiado lejos.

    Y esas son las razones. No se trata aquí de defender el caso concreto de la consagración válida de Mons.. Lefebvre, sino de establecer el principio católico de que sin la intención de hacer lo que Cristo quiere y la Iglesia intenta, no hay sacramento válido. Podría traer más citas del Dz, pero sería hacer esta aportación demasiada larga; sean suficientes los principios sostenidos siempre, que es lo importante y no tal o cual caso particular de mons. fulano o zutano. Lo importante es defender la doctrina católica, beneficie o perjudique a los propios o a los ajenos.

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  2. imnumerables teólogos (sin que los papas objetaran) han enseñado la doctrina del Bautismo de deseo y hasta papas como Pío XII han aceptado explícitamente esta doctrina (Por ejemplo en carta a la Unión Católica italiana Ostetriche escribe “El acto de caridad puede bastar a un adulto para adquirir la gracia santificante y SUPLIR EL BAUTISMO.” [29 oct.1951; AAS 43] .para negar a continuación que esto valga a los infantes. Por su parte el Código de 1917 en el canon 737, dice que “el bautismo es la puerta de los otros sacramentos y para todos necesario in re vel in voto”.

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  3. La Confirmación, que es conferida de ordinario por el Obispo [25] , la debe recibir todo bautizado aún no confirmado que haya alcanzado el uso de razón, que profese la fe, esté en gracia, tenga la intención de recibir el sacramento, y esté preparado para asumir su papel de discípulo y testigo de Cristo [26] . En peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón [27] . El rito es la unción con el Santo Crisma en la frente del bautizado, con la imposición de la mano del ministro, y las palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

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  4. Al planteo presentado por Fray Eusebio, en la parte tocante a la intención del ministro en la administración de un sacramento, Sofronio responde en parte equivocadamente, por lo menos en dos aspectos:

    1) Dice que fray Eusebio mantiene una opinión personal equivocada Debe aclararse que cuando éste dice simple falible y probable opinión personal es cuando alude a la diferencia que habría entre los efectos de la intención (o falta de intención) subjetiva en el bautismo y en la ordenación o consagración, lo que a mi entender es secundario, no hace al objeto de este debate.

    2) Dice Sofronio que fray Eusebio no la puede avalar con ningún (¿acto?) del magisterio, cuando F. E. acaba de citar Apostolicae curae de SS León XIII en la que este papa dice claramente:

    el pensamiento o la intención, en la medida que es una cosa interior, no cae bajo el juicio de la Iglesia; ella debe juzgar la manifestación exterior. Así, cuando alguien en la administración de un sacramento, emplea seriamente y siguiendo el rito, la materia y la forma requeridas, se considera por el hecho mismo, haber tenido la intención de hacer lo que hace la Iglesia

    Esta es una definición en que SS León XIII, en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o de costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia.

    Un comentario: Sofronio aporta información valiosa respecto a cuáles son las condiciones que deben observarse para tener la certeza de que un sacramento es válidamente administrado.

    Fray Eusebio se basa en la enseñanza de la Iglesia que aclara dudas respecto a una de las condiciones: la de cómo juzgar acerca de la intención de quién administra sacramentos.

    Son dos temas complementarios pero en sí diferentes.

    Y por último, ¿Jesucristo, habría abandonado a la multitud de católicos que han recibido sacramentos “inválidos” de parte de todos los obispos y sacerdotes derivados de Lienart o Rampolla o tantos otros que puede haber habido en la historia de la Iglesia? ¿Alguno de nosotros estaría a salvo?

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  5. Ciertamente se ha traído a colación un texto que del Papa León XIII que si bien es magisterio, – de ninguna manera lo pongo en duda-no se deduce de él que el Papa diga que no es necesaria la intención interior para la validez del sacramento. No hay ningún texto del magisterio que diga eso. Lo que el Papa León XIII dice en él es que la Iglesia sólo juzga sobre la intención interna por manifestación exterior, cosa obvia y verdadera, repetida decenas de veces, y especialmente contra los jansenistas. Nada dice el texto de que no sea necesaria para la validez sacramental la intención interior. Es más dice que sí lo es; si en vez de contentarnos en leer las citas, leemos los documentos observaríamos que dice que es de necesidad la intención. Y como el Papa León XIII, no podía contradecir a la Sesión del Concilio de Trento que cité en mi anterior comentario, que sí dice que es necesaria, igualmente este Sumo Pontífice también lo subraya, y lo verán si leen el documento entero, como citaré más abajo.

    La teoría que mantiene la validez del sacramento en ausencia interna de intención es un absurdo teológico que ningún teólogo de renombre antes del Conciliábulo ha sostenido jamás, ninguno, nunca. Si aplicáramos esta retorcida teoría a otros ámbitos resultaría que un hereje formal oculto no habría destruido su fe, porque externamente no es conocida su herejía, al menos por muchos; se confunde así el derecho positivo eclesiástico con la ley inmutable divina que afirma que un hereje formal oculto destruye la fe, aunque no haya ninguna declaración eclesiástica que lo sancione. Esta teoría destruye la necesidad del acto humano para merecer. Es tan absurda moralmente, que según ella resultaría que una casta mujer que es violada en su intimidad por la fuerza, cometería pecado aunque su voluntad interior se resistiera totalmente y no teniendo intención habitual ni actual, ni por ello hubiera consentido en nada en ningún momento.

    Tal planteamiento contradice la necesidad de que haya acto humano voluntario para tener un valor moral. Es tan grave la afirmación y sus consecuencias, en las que no me voy a explayar aquí, sobre todo en el orden sobrenatural, que es inconcebible que una mente católica la sostenga con sólo deducir sus malos frutos.

    Por otra parte dice El gran Papa León XIII, en concordancia con toda la tradición de la Iglesia y en la misma Aposlolicae curae que se trae y con suma claridad:

    “De ahí resulta que, al ser totalmente arrojado del rito anglicano el sacramento del orden y el verdadero sacerdocio de Cristo, y, por tanto, en la consagración episcopal del mismo rito, no conferirse en modo alguno el sacerdocio, en modo alguno, igualmente, puede de verdad y de derecho conferirse el episcopado; tanto más cuanto que entre los primeros oficios del episcopado está el de ordenar ministros para la Santa Eucaristía y sacrificio…
    Con este íntimo defecto de forma está unida la falta de intención, que se requiere igualmente de necesidad para que haya sacramento… Así, pues, asintiendo de todo punto a todos los decretos de los Pontífices predecesores nuestros sobre esta misma materia, confirmándolos plenísimamente y como renovándolos por nuestra autoridad, por propia iniciativa y a ciencia cierta, pronunciamos y declaramos que las ordenaciones hechas en rito anglicano han sido y son absolutamente inválidas y totalmente nulas…”

    Lo repito para que se enteren bien: “Con este íntimo defecto de forma está unida la falta de intención, que se requiere igualmente de necesidad para que haya sacramento”; en fin, que se requiere igualmente DE NECESIDAD para que haya sacramento. El mismo Papa, pues, dice que para que haya sacramento se requiere de necesidad la intención, y no sólo la forma.

    Pero no está sólo el Papa León XIII, frente a los que sesgadamente interpretan Apostolicae Curae negándose a ver lo que dice con toda claridad. Veamos algunos ejemplos más.

    El ministro ha de tener, además, la intención de hacer, cuando menos, lo que hace la Iglesia (es de fe).

    El concilio de Trento, contra los reformadores, que negaban fuera necesaria la intención del que administra los sacramentos, porque éstos no tendrían más que un valor subjetivo y psicológico, declaró : «Si quis dixerit, in ministris, dum sacramenta conficiunt et conferunt, non requiri intentionem saltem faciendi quod facit Ecclesia», a. s.; Dz 854; cf. Dz 424, 672, 695, 752. ( Queda, pues condenada la teoría de que una intención contraria es suficiente siempre que la materia y forma y ministro sean válidos)

    El papa Cornelio (251-253) declaró la consagración episcopal de Novaciano como (imposición de las manos aparente y nula», es decir, como inválida, evidentemente por falta de la intención necesaria por parte del ministro (EusEBio, H. eccl. vi 43, 9). El tema es de fe, y desde muy lejos.

    El ministro humano es un ser dotado de razón y libertad. Por eso, el acto de administrar los sacramentos ha de ser un «acto humano», es decir, una acción que procede del entendimiento y de la libre voluntad. HUGO DE SAN VÍCTOR, que es el primero en acentuar la necesidad de la intención, enseña : «rationale esse oportet opus ministeriorum Dei» (De sacr. II 6, 13).

    Y ahora, para sentenciar con su habitual concocimiento, el Doctor Angélico:

    El signo sacramental es ambiguo e indiferente de por sí para diversos usos. Por la intención del ministro se convierte en significativo y ordenado al efecto sacramental; cf. S.th. ni 64, 8. Nadie puede hacerlo, hasta hoy, más breve y alto y claro y acertado.

    Pero hay muchísimo más, aunque no quiero cansarles sobre algo que es de fe

    Jamás pensé que entre sedevacantistas ortodoxos se pudiera caer en semejante extravío.

    Por otra parte, pregunta Scivias ¿Jesucristo, habría abandonado a la multitud de católicos que han recibido sacramentos “inválidos” de parte de todos los obispos y sacerdotes derivados de Lienart o Rampolla o tantos otros que puede haber habido en la historia de la Iglesia? ¿Alguno de nosotros estaría a salvo?

    A lo que respondo, esto sí como opinión personal y falible. La gracia de forma ordinaria deviene por los sacramentos, pero Dios tiene poder ilimitado para hacerla llegar como le plazca, según su divino beneplácito. Puesto que no podemos juzgar de la intención interior sino sólo a través del rito externo y dado que ha habido en la Iglesia católica verdadera materia y forma, y en la consagración episcopal tres consagrantes, se puede afirmar , con certeza moral, que han sido válidos los sacramentos. Si es anathema quien dice que está con absoluta certeza en gracia de Dios (está definido), salvo revelación particular especial, qué puede haber de extraordinario que en lo demás se tenga certeza moral. Además, Cristo jamás abandona a los elegidos, lo que implica que pueda dejar a muchos sin el culto del templo, incluido a éstos. Léase los salmos del destierro y los hechos mismos y comprobará que Dios jamás faltó a su promesa, aunque sea fiel a su manera y cómo le plazca y no a nuestra mentes cuadriculadas que quieren destripar sus misterios, para comprenderlos con nuestras pobres razones.

    Más textos que digan lo mismo que afirmo, no yo sino la Iglesia, sobre la necesidad de intención para producir los efectos del sacramento. Lean la tología dogmáticaTanquerey, la de Smauch, el Tratado de la gracia de Antonio Royo Marín, y del mismo autor la Teología de la Salvación, la Teología Fundamental de VIzmanos, Santo Tomás de Aquino…y cientos más.

    En suma, es de fe definida que sin intención interior de intentar hacer lo que quiere la Iglesia, no hay sacramento ni, por supuesto, gracia ex opere operato. Me niego, eso sí, a especular sí fulano, que es o no de mi cuerda, está o no consagrado válidamente y hacer teología ficción. Me es suficiente con atenerme al Magisterio de la Santa Madre Iglesia y afirmar y creer y defender lo que ella dice.

    Aquí termina mi colaboración en esta cuestión, que jamás pensé sostenida por algunas mentes que siempre he tenido por pre claras, y sigo teniendo, como la de mi apreciado Fray Eusebio. Pero un borrón hasta el mejor escribano lo hecha, dice el refrán y aveces, hasta el maestro puede ser corregido por el discípulo,. Hay suficientes referencia entre las citas que pongo y autores a los que dirijo la atención para el que quiera amar la Verdad.

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  6. Ecce quam bonum et quam jucundum, disputare fratres in unum!”

    Ésto se pone realmente interesante, provista la general civilidad y auténtico deseo de verdad que anima a los participantes…

    Leyendo cuidadosamente mis anteriores intervenciones, puede comprobar que en modo alguno se me ocurre negar en el ministro de los sacramentos la necesidad de intención interior subjetiva a la hora de perfeccionar un sacramento.

    Mi intervención tendería más bien en fijarnos en dos aspectos diferentes, pero muy necesarios para entender lo que haya podido ocurrir en los últimos siglos, y la actitud de la Santa Sede acerca de estos asuntos.

    En primer lugar, ¿Qué se entiende realmente, al menos mínimamente, por “intentio faciendi quod facit Ecclesia”?
    Daré aquí la palabra al Doctor Lárraga, en su “Prontuario de Teologia moral“, que nos ofrece una clara exposición de la doctrina comúnmente aceptada, y que determinaba el comportamiento de la Santa Sede ante semejantes casos.

    “La intención interna es aquella con la cual el ministro no solamente intenta o quiere hacer el rito externo seriamente, sino que también tiene ánimo verdadero, y quiere hacer Sacramento, conforme a lo que hace la Iglesia o lo que Cristo instituyó. Esta es la intención que requieren los Concilios Florentino y Tridentino. Tal es la intención del Párroco, que observando el rito externo de bautizar un infante con la seriedad y gravedad que pide este acto sagrado, quiere hacer el Sacramento del Bautismo; y la misma intención tienen los ministros de los otros sacramentos que los confieren del mismo modo, y con verdadero ánimo de hacerlos. Con esta intención se conforma el ministro con la intención de la Iglesia, la cual es siempre recta. Pero se ha de advertir con Santo Tomás (3.p.q.64.art.10.) que la intención de la Iglesia es recta; lo primero, en cuanto a la perfección, o el valor del Sacramento; lo segundo, en cuanto al uso del Sacramento, queriendo también la remisión de los pecados, y la gracia propia del Sacramento. La primera rectitud es necesaria para el valor del Sacramento; la segunda, para el mérito del ministro..

    Y así, el ministro que observa el rito externo seriamente, y tiene intención de hacer Sacramento, AUNQUE NO LA TENGA DE PRODUCIR SUS EFECTOS, HACE VERDADERO SACRAMENTO; Y ÉSTE POR SU PROPIA VIRTUD PRODUCIRÁ LA GRACIA, Y DEMÁS EFECTOS DE ÉL, pero el tal ministro se privará del mérito que tendría si conformara también su intención con la segunda rectitud arriba dicha. Del cual ministro dice Santo Tomás: Perfecit quidem Sacramentum, sed non sibi ad meritum. Requiere pues el santo Doctor para lo válido, que el ministro tenga intención de perficionar el Sacramento, aunque no intente sus efectos; que es la misma doctrina que enseña en los Sentenciarios (dist.6.q.I.questiunc.2.ad.1) por estas palabras:

    “Quamvis in Sacramento requiratur intentio faciendi quod facit Ecclesia; non tamen requiritur quasi de necessitate Sacramenti facere quod facit Ecclesia, PROPTER QUOD FACIT ECCLESIA.”

    Y hablando en otro lugar, de cuales son los efectos del Sacramento del Orden, precisa, entre otros, que su efecto primario es causar una gracia potestativa ad exercendum ecclesiasticum ministerium, y además, imprimir carácter, es decir, conferir la potestad espiritual de hacer los oficios correspondientes al Orden recibido.

    Por todo lo cual, tenemos, suponiendo, en el peor de los casos, que el Card. Liénart hubiese pertenecido a la peor variedad imaginaria de masonería, la más anticristiana, inflexiblemente determinada a eliminar serpentinamente y secretamente el sacerdocio verdadero, que el Card. quizás se habría negado a conferir los efectos del Sacramento.

    Pero para hacer que los levitas que se encontraban a sus pies no recibieran el sacerdocio, o el episcopado, habría tenido que hacer, además, un acto determinado y preciso de voluntad, negándose a perfeccionar el acto como Sacramento, quod adhuc est demonstrandum.

    Item más, supongamos que efectivamente lo hubiera hecho, y que, según la ley ordinariax impuesta por la naturaleza misma de las cosas, no hubiera transmitido el sacerdocio de primero o segundo orden.

    Y digo, de ley ordinaria, porque la generalidad de los Doctores reconoce que cabe la posibilidad de que se aplique aquí una ley extraordinaria.

    Por ejemplo, aunque el ministro ordinario sea solamente el viador, toda la Tradición reconoce que Nuestro Señor se ha servido a veces de ministros extraordinarios, como pueden ser los ángeles y otros bienaventurados.

    Como enseña Santo Tomás, Deus non alligatur sacramentis, la virtud divina no está ligada a los sacramentos, o como con más vigor y propiedad traducen otros, Dios no se ata las manos con los sacramentos. De modo que así como puede Dios sin Sacramentos causar su efecto; así también, sin los ministros ordinarios de la Iglesia, puede hacer los Sacramentos por ministerio de los ángeles. Y así consta en la Historia eclesiástica, que los ángeles y los santos del Cielo muchas veces han dispensado y conferido algunos sacramentos con potestad extraordinaria.

    Estando tan bien atestiguado por la multimilenaria experiencia de la Iglesia, confirmada por los Doctores, que Nuestro Señor, en uso de los derechos de su Soberanía absoluta sobre la Iglesia, puede pasar por encima de la ley ordinaria, y sin salirse de la Ley Eterna que Él mismo obedece, aplicar una ley más alta y general, aunque extraordinaria, dictada por la naturaleza misma de la Iglesia, que no sufre desfallecimiento alguno en las cosas más necesarias para su supervivencia, me parece que sostener esta opinión no es algo nuevo, ni absurdo, ni contrario a la sana Teología, ni condenado por Papa ninguno.

    Parecería que aquí, nos encontramos en una controversia análoga a la que enfrenta los partidarios de la necesidad absoluta del Bautismo de agua para la salvación, basados exclusivamente sobre la ley ordinaria enunciada por Nuestro mismo Salvador, mientras que la generalidad de los Doctores, y la misma Iglesia en alguno de sus pronunciamientos, toma partido por aceptar que también se aplique una ley extraordinaria, que confiere los efectos del Bautismo, en caso de martirio, o en caso del Bautismo de deseo.

    En un caso, dicen: Fuera de la ley ordinaria, no hay absolutamente ninguna salvación, negando hasta la misma posibilidad de que pueda existir una ley extraordinaria, y negando por ahí, la Soberanía de Nuestro Señor, convirtiéndolo en un monarca constitucional. Y llamando directamente herejes a todos los que se conforman al prudente juicio suficientemente expresado de la propia Iglesia.

    En otro, parecerían decir: Fuera de la Ley ordinaria, no hay absolutamente ninguna Ordenación o consagración, negando, o por lo menos olvidando, que la existencia misma de la ley ordinaria implica necesariamente la existencia previa de un Soberano, que por la íntima constitución misma de las cosas, reflejo de la de la Santísima Trinidad, tiene en sus manos y cetro ambas leyes, la ordinaria y la extraordinaria, sin las que no existe verdadera Soberanía.

    Por evidencia natural sabemos que el Bien Común tiene prioridad y ha de ser preferido al Bien privado y particular. Si Nuestro Señor exceptúa de la ley ordinaria a un cierto número de individuos, en favor de su bien particular, aunque se trate de algo tan importante como su salvación eterna; ¿Cuánto más no hará lo mismo en favor de Su Única Esposa, Bien Común fontal de todos los demás?

    Sentencia ésta que parece aceptar también nuestro utilísimo avisador Sofronio, puesto que admite que el Fundador de la Iglesia tiene “poder ilimitado” para hacer lo que le plazca. (ilimitado, por supuesto, siempre que no se algo contradictorio con su esencia divina trinitaria, no somos Ockham).

    Sería una interesante investigación histórica averiguar si existen documentos magisteriales que traten ex professo este tema, y en qué sentido se expresan, aunque por elemental prudencia gubernativa, la Santa Sede suele ser extremadamente prudente y discreta, precisamente para no quitar valor a la ley ordinaria, y que los seres humanos, siempre débiles e inclinados hacia la facilidad, tomen excusa de algún pronunciamiento para relajarse en el esfuerzo de procurar la debida y necesaria intención interna, razón por lo cual Pío XII recordó una vez más esa obligación, y mandó que tanto consagrante principal como co-consagrantes no sólo pronunciaran TODA la fórmula, sino que también hicieran cada uno de ellos intención previa.

    Sabía Pío XII que podía pasar como con las muy escasas declaraciones en favor del bautismo de deseo, que fueron enseguida objeto de abuso increíble por parte de los enemigos internos de la iglesia, que han tomado y siguen tomando apoyo en ellas para reivindicar una salvación universal que hace poco menos que inútil unas verdaderas misiones de conversión y bautismo masivo, como las de san Francisco Javier, por ejemplo.
    Exceso que acaba provocando otro contrario, pero igualmente perjudicial, como podemos ver en los feeneyitas, o en los que condenan directamente al infierno de fuego a los infantes muertos sin bautismo.

    Por último, aunque en otro orden de cosas, me alegra comprobar lo consciente que es nuestro agudo Sofronio de que la herejía formal en el hereje oculto destruye por completo la raíz misma de esa Fe, aunque no haya pronunciamiento eclesiástico alguno.

    Esa es precisamente la razón por la cual un hereje formal aun perfectamente oculto no puede convertirse nunca en Papa legítimo; porque uno de los efectos principales de la recepción de la potestad papal consiste en que el Espíritu Santo fortalece de tal modo la Fe personal del electo, que la vuelve invencible e inaccesible al error en fe o moral, de modo que se vuelve imposible que esa persona, mientras ocupe el cargo, crea algo erróneo, o lo enseñe a la iglesia.

    Pero si el electo, previamente a su elección, ha matado esa raíz de la Fe, no queda nada que el Espíritu Santo pueda fortalecer, blindar e inmunizar.

    He aquí por qué entre otras razones, el Papa Paulo IV define que cualquiera que hubiese desviado de la Fe o caído en herejía queda absolutamente inhabilitado para recibir legítimamente el papado.

    Como ven, en uno y otro caso, se nos impone la naturaleza de las cosas, sin que podamos hacer otra cosa que intentar lo mejor posible [conformar]nuestros actos y opiniones a esta realidad superior, en la medida en que nos es conocida.

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  7. Fray Eusebio,

    Hasta donde tengo entendido, si un sacerdote ha dado la absolucion, asi este sacerdote sea el mas pecador, aun asi, la persona a la que dio la absolucion queda abuelta de sus pecados (eso si, el sacerdote comete sacrilegio), pero la absolucion queda,

    Igualmente y por la misma razon, que el sacramento del orden no se pierde, es que aun habiendose condenado si es el caso, aun en los infiernos sigue el sacerdote siendo sacerdote.

    Lo anterior lo comento por que segun eso, si la forma y la materia estan, el sacramento seria valido. La intencion realmente nunca la sabriamos de no ser por explicita confesion de parte (lo cual es casi improbable se darse) ?

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  8. Estimado Ruy Díaz (de Vivar):

    Aun el sacerdote más pecador, más endurecido en su pecado, y sin siquiera la mínima atrición o detestación del pecado, mientras tenga lo demás requerido por la Iglesia, confiere sin sombra alguna de duda la absolución y el perdón de los pecados.

    Si algún pobre sacerdote, como los muchos a los que se refiere Nuestra Señora en Garabandal, se condena, en el infierno se verá señalado, para su mayor escarnio y ensañamiento de los demonios, con el sello sobrenatural impreso en su alma el día de su Ordenación sacerdotal.

    Si la materia, la forma, y al menos la mínima intención necesaria están, sin lugar a dudas, se perdonan los pecados al penitente.

    Incluso si se diera error en el ministro (por ejemplo, que no es sacerdote, o no tiene licencia para absolver válidamente, o es acatólico, etc…), y el penitente no sabe ni puede saberlo cómodamente, recibe también la gracia del sacramento, porque suple la Iglesia.

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  9. Fray Eusebio,

    Gracias por su respuesta, la cual imaginaba asi, pues es acorde a lo que simpre se me enseno. Con su respuesta me abre Ud la posibilidad de pregunta que hago a continuacion: En su ultimo parrafo dice Ud “…Incluso si se diera error en el ministro (por ejemplo, que no es sacerdote, o no tiene licencia para absolver válidamente, o es acatólico, etc…), y el penitente no sabe ni puede saberlo cómodamente, recibe también la gracia del sacramento, porque suple la Iglesia….” significaria eso que uno puede confesarse con padres del novus ordo, pero no entiendo porque eso seria valido si estos no son validamente ordenados, aunque dice Ud en su comentario que asi no sea incluso sacerdote seria valido ? Eso yo no lo sabia, es informacion nueva por lo menos en mi caso. De antemano gracias por su atencion a mis preguntas

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  10. Es el penitente el que hace lo más importante en el Sacramento de la Penitencia: Exámen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de enmienda . Por tanto si el penitente desconoce si el sacerdote es válidamente ordenado y cree que lo es, recibe el perdón porque suple la Iglesia. Un ejemplo clásico fue el consejo de San Francisco de Asís a los frailes que envió a tierras musulmanas, eran todos legos y les dijo que confesaran sus pecados mutuamente, pues al faltar sacerdote, el acto de humillación junto con los tres requisitos indispensables, más el acto de contrición perfecta, les atraía la Gracia a través de la suplencia de la Iglesia. Y esto es muy importante tenerlo presente hoy día por la gran carencia de sacerdotes legítimos en muchos lugares: Dios no se agota en los Sacramentos, pues no teniendo a mano los canales ORDINARIOS , el cristiano si hace lo necesario la obtiene. Hubo casos en la Historia de la Iglesia, por ejemplo el caso de los ermitaños que no eran sacerdotes y se retiraban toda la vida a vivir en el desierto: San Antonio, Santa Tais, etc. que no tenían acceso a los Sacramentos y no obstante están en el Cielo y son modelos e intercesores propuestos por la Iglesia. ¡ cuántos cristianos hoy día están imposibilitados de recibir los Sacramentos debido a grandes distancias para recurrir a un Sacerdote o para asistir a Misa! De cuánta importancia es tener en claro esto, no para caer en holgura de conciencia, sino para evitar el exceso de escrupulosidad, pues obviamente la tranquilidad del alma en saberse perdonada es con la absolución sacerdotal, pero estamos hablando de casos extremos que pueden darse en medio de esta Apostasía generalizada. Simón Del Temple
    PS. Sin intención de “suplir” la respuesta al Fraile Eusebio.

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  11. Gracias Simon.
    Imagino que siendo la misericordia de Dios Infinita, y si la persona actua de buena Fe, y la situation es extrema, sera asi. La verdad no me habia preguntado lo de los ermitanos, pensaba que no habrian pecado, pero si fuese el caso tendria que aplocarse lo que Ud dice

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  12. Estimado Ruy Díaz (de Cardeña):

    Un católico no debe acercarse a recibir el Sacramento de la Penitencia a los “sacerdotes” conciliares:

    1. Porque lo más seguro es que ni siquiera estén válidamente ordenados. (salvo los de más edad, ordenados antes de 1968-69).

    2. Porque siendo cismáticos y herejes, no tienen la jurisdicción necesaria para absolver válidamente, y aun si por maravilla no lo fueran, no pueden haberla recibido de las autoridades conciliares, ésas sí, desde luego, cismáticas y heréticas.

    3. Porque la nueva iglesia les ha deformado completamente el juicio doctrinal y moral, por lo que uno se expone a recibir una mala dirección, y doctrina como mínimo sospechosa.

    Su pregunta tal vez sugiera lo que acontece a muchas personas que quieren en toda buena fe seguir siendo católicas, e identifican a la Iglesia Católica con la falsificación que hoy okupa nuestras iglesias, y van a confesarse, sin sospechar que no están ante verdaderos pastores y ministros de Dios.

    Si verdaderamente no saben de esa situación, ni han podido saber con los medios de que disponían, y la ayuda nunca deficiente de la Gracia divina, y de sus ángeles custodios y santos protectores, aunque el sacramento que reciben es nulo, Nuestro Señor, que conoce los corazones, les concede el efecto del sacramento.

    Dicho ésto, y para aviso de ciertos católicos, que o bien conociendo lo anterior, o no queriendo hacer el esfuerzo suficiente para salir del estado de “católico perplejo” que llevan manteniendo desde los años 60-70, siguen asistiendo con normalidad a los oficios y sacramentos conciliares, pretextando toda clase de necesidades personales, familiares o sociales, deben tener claro que en su caso, pedir la absolución a un clérigo conciliar no les sirve para nada, puesto que en su caso, no cabe ignorancia invencible, sino pereza muy vencible.

    Lo que deben hacer, si no pueden alcanzar a un verdadero sacerdote católico, es hacer un acto de contrición perfecta, tal como lo explica este artículo:

    http://es.catholic.net/vocaciones/399/1925/articulo.php?id=8933

    Pueden rezar por ejemplo éste:

    “Jesús, mi señor y redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno, a quien amo sobre todas las cosas. Propongo firmemente no volver a pecar y confío en que por tu infinita misericordia, me has de conceder el perdón de mis culpas, y me has de llevar a la vida eterna. Amen.”

    Para entender bien las semejanzas y diferencias, que pueden resultar críticas, debemos tener en cuenta que para que haya verdadera absolución y perdón de los pecados, no basta el dolor de atrición, miedo del infierno y asco por la fealdad del pecado, sino que es necesario el pesar de haber ofendido a Dios, y movidos por el amor hacia Él, pedirle perdón con corazón sincero, propósito de enmienda y reparación.

    Uno de los más maravillosos efectos del Sacramento de la penitencia está, en que incluso si el pecador venía al confesionario con sólo dolor de atrición, lo que le faltaba al penitente, lo ponía la Iglesia, con tal de que el penitente no pusiera obstáculo de su parte.

    Así, podía estar seguro de haber sido perdonado, a pesar de la imperfección de sus disposiciones personales.

    Sin embargo, si sólo nos queda el acto de contrición perfecta, hay que esforzarse un poco más, y pedir la Gracia para ello, de hacer contrición perfecta, dolor de corazón “Señor mío y Dios mío, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón el haberos ofendido…”

    El P. Loring acierta bien, cuando dice que para hacer bien ese acto de contrición perfecta, sobre todo en peligro de muerte inminente, hay que haber “entrenado” antes, haberlo practicado con todo cuidado muchas veces, y de ese modo, preparar nuestro corazón para que lo pueda hacer fácil y expeditamente, cuando más lo necesitemos.

    Por esa razón, se incluye en las oraciones básicas diarias de todo buen cristiano, y se rezaba al principio del Rosario, sobre la Cruz, junto al Credo, como adecuada preparación de toda la oración que vendría después.

    Les propongo esta versión, que nuestros antepasados de ambos hemisferios han rezado durante siglos, y que rezuma por todos sus poros la devoción que los llevó a entregar su sangre, sudor y lágrimas en los cinco continentes, por el Reino de Cristo:

    “Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.”

    Aunque en momento de peligro repentino (un ataque al corazón, un accidente de tráfico, etc…) en que sólo se tiene una fracción de segundo, puede bastar con un ¡Señor perdóname! o la simple jaculatoria, tan practicada por nuestros mayores: “¡Jesús, María!, acompañada de verdadero amor de Dios y compunción por nuestros pecados.

    Creo que para perfecta tranquilidad, nada mejor que encomendarse a san Juan Nepomuceno, patrón de los confesores, y del sigilo sacramental:

    http://webcatolicodejavier.org/SanJuanNepomuceno.html

    Acierta nuestro templario Simón, al recordar que los caballeros, en las cruzadas, en Tierra Santa o aquí en España, y en general los demás cristianos, animados de un fuerte y sano espíritu de Fe, cuando no tenían sacerdote a mano, para que su acto de contrición se pareciera lo más posible al sacramento, y asegurar todo lo posible una verdadera contrición sobrenatural, se confesaban mutuamente los pecados, con obligación estricta de secreto.

    Tal vez pueda hacerse ésto en nuestros días, aunque las cambiadas condiciones psicológicas de nuestros contemporáneos, y la mengua de Fe robusta, por comparación con la de tiempos pasados, invita a una especial prudencia.

    Acierta igualmente, cuando recuerda que los monjes, muchas veces ermitaños que tenían su celdilla colgada sobre los farallones de alguna montaña inaccesible, y que contadas veces veían a un sacerdote, practicaban constantemente los sacramentos de deseo, con no menor eficacia que los recibidos por vía ordinaria.

    En el caso de la confesión, se puede decir que vivían en estado de confesión y compunción perpetuas, y que tal estado de concebía como un fundamento irrenunciable de su vida espiritual, sin el cual no era posible construir nada sólido.

    Por ello, los que se sabían los 150 salmos de memoria los recitaban en silencio, constantemente, con los muy numerosos pasajes que les servían para renovar su arrepentimiento.

    Mientras, muchos otros recitaban constantemente una breve jaculatoria, como ésta, con la que empiezan las Horas del Oficio Divino:

    “Deus, in adjutorium meum intende”
    “Domine, ad adjuvandum me, festina”

    Dios mío, ven en mi auxilio, Señor. apresúrate en socorrerme.

    Que el Espíritu Santo fue rápidamente normalizando en la que se conoce como la “oración de Jesús”: “Señor Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador”.

    Su eficacia se veía enormemente multiplicada por la invocación del Santísimo Nombre de Jesús, que era como una especie de icono psicológico-sonoro que el cristiano tenía siempre presente en el santuario de su corazón.

    Antiguamente tan presente en Occidente como en Oriente, como podemos ver todavía en las revelaciones de santa Gertrudis,

    se ha conservado sobre todo en Rusia, dando obras tan famosas como las del “peregrino ruso”.

    Gospodi Jesusa Christa, syna bozhe, pomilui menia, griechnovo.

    o simplemente: Gospodi, pomilui! ¡Señor, ten piedad!

    Por último, precisar que todo ésto no es asunto simplemente de monjes, tomados como una clase aparte que poco en común tendría con la vida de los cristianos laicos.

    Ya en tiempos del Profeta Elías, y desde los tiempos de los Apóstoles (ellos mismos monjes, y fundamentos del estado monástico, religioso, clerical y canónico), era un dicho perfectamente aceptado y practicado por todos los cristianos, que “Los ángeles son los ayos (maestros) de los monjes, y los monjes, de los demás hombres” en lo que se refiere a la guía en la vida espiritual.

    Por ello, los cristianos que aún vivían en el siglo, procuraban imitar el espíritu, siempre, e incluso, en lo prudentemente posible, las prácticas externas que el Espíritu Santo había ido asentando en las costumbres monásticas.

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  13. Infinitas gracia Fray Eusebio por lo del perdón de los pecados sin sacerdote. No lo conocía. Dios le bendiga.

    Que por cierto el otro día estuve en confesión y le expuse a un sacerdote mis críticas sobre el Papa y la Iglesia por la deriva radical ecumenista que había tomado. Le comenté que el ecumenismo, los movimientos tendentes a la unidad de los cristianos, el diálogo interreligioso y demás estaba condenado por la encíclica “Mortalium Animos” de PÍo XI. Mi sorpresa fue que el sacerdote no conocía tal encíclica. Pero es que además me dijo, en palabras parecidas, que el Magisterio de la Iglesia va cambiando y adaptándose a los tiempos. Pero es que me ha ocurrido ya con otros. Con otro resulta que le dije que porque la Iglesia tenía que participar en esos aquelarres ecuménicos y me contestó sorprendido que como podía decir eso y que esa era una de las prioridades de Francisco (el mismo Obispo de Roma así lo ha confirmado) y que el ecumenismo estaba respaldado por el CVII. En concreto “Mortalium Animos” es una encíclica desconocida para los fieles y sacerdotes de la Iglesia conciliar. Me pregunto yo: ¿No será que se está malformando o deformando (sesgando,tergiversando, destruyendo,… la formación verdaderamente católica) deliberadamente a los fieles y a los sacerdotes para adaptar a la Iglesia al Nuevo Orden Mundial que ya lo tenemos casi desvelado por completo?

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  14. También es esporádica y tardía, la mención del sacramento entre los Padres. Cesáreo de Arles ( 542) es el primero en aludir a la unción. Lo hace en sus sermones, donde exhorta a los enfermos a que pidan a los presbíteros, y no a los magos y adivinos el óleo bendecido para ungirse. Cesáreo habla también de enfermos que pueden ir a la Iglesia; se trata, por tanto, de enfermedades leves; jamás menciona el peligro de muerte. Textos análogos aparecen en Eligio de Noyon ( 660) y en Jonás de Orleans (843).

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