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LA DERIVA ANTILITÚRGICA


Misa Tridentina

Traigo el comentario de Fray Eusebio al post de “Lucía de Fátima …”porque es una magnífica exposición de la deriva que pudo notarse en la Iglesia desde 1960 y en los años anteriores que quizás la publicación del secreto de Fátima y la consagración al Inmaculado Corazón de Rusia, podría haber detenido por la consiguiente reflexión que hubiera suscitado.

Lo hago preceder del comentario de Sofronio, para que se vea el interés que tendría la profundización en la materia.

sofronio dice :

Ha sido un verdadero acierto el comentario de Fray Eusebio. No vendría mal que se explayese más sobre las sucesivas reformas del Oficio divino, de los Misales, Semana Santa, etc. Porque algunos se piensan que, de repente, un día los obispos se volvieron locos. Para mi el conciliabulo le comparo a la Constitución española; las traiciones, los grupos de presión, lo infiltrados en altos cargos, la existencia de ‘medios de comunicación’ que ‘enseñaban la patita’, fue determinante para la promulgación de una Constitución blasfema; bastó que en ella no se cerraran temas cruciales (Título VIII por ejemplo) para que las generaciones posteriores hicieran girones la nación llevando. E igual pasó en la Iglesia; por eso una meditación sobre la evolución litúrgica, aunque no sólo ella, nos enseñará mucho sobre la raíz de esta crisis.

Fray Eusebio de Lugo dice :

Para encuadrar mejor lo que nos estábamos jugando con la muerte o no de Sor Lucía, viene bien considerar lo siguiente, circunscribiéndonos por ahora al ámbito litúrgico:

Lucía había dicho que el Secreto debía ser desvelado después de su muerte, o a más tardar, en 1960, lo que ocurriera antes. Si se hubiera anunciado su muerte, el Secreto se hubiera sabido, y todos los planes de los subversores de la Iglesia se habrían ido al traste.

Entre estos proyectos, estaba el de una reforma litúrgica general, que diera satisfacción a las corrientes del Movimiento litúrgico desviado, así como a las ansias de comodidad de los nuevos clérigos entrados al seminario después de la Segunda Guerra Mundial, con una mentalidad ya moderna y modernista.

La anterior generación de clérigos modernistas, la de Roncalli, por ejemplo, ya habían logrado en tiempos de san Pío X la reestructuración radical del Breviario Romano, así como la brutal eliminación de muchos estilos de canto y música eclesiástica profundamente enraizados entre el pueblo católico, pero que no entraban en los estrechos moldes de la reforma de Solesmes.

Luego se sucedieron la introducción de la “Misa dialogada”, a partir de los años 20, la atenuación del ayuno eucarístico en 1943, la concesión de las misas vespertinas, o la introducción de un nuevo salterio para el Oficio, tan antitradicional e incantable, que sólo los capuchinos lo adoptaron, por hacerle una gracia a su autor, Pio XII, (o más bien, el marrano card. Bea), en 1945-46.

Y aunque la Encíclica Mediator Dei, (1947) sobre la liturgia, reprobaba algunas desviaciones como el arqueologismo, o la obsesión pastoralizante de muchos, su insistencia en que únicamente la Santa Sede podía modificar los libros litúrgicos vigentes era una indicación harto clara de que ya se pensaba en una reforma litúrgica total.

Impresión reforzada con la multiplicación de los permisos para utilizar los rituales bilingues, abriendo la puerta para la celebración en vernáculo, y la introducción forzada, en muchas partes del mundo, de altares “cara al pueblo”, sin que Roma protestara lo más mínimo.

Es en ese ambiente pre-revolucionario que el mismo Pío XII instituye, el 28 de Mayo 1948, la conocida como Comisión Piana, encargada de redactar los primeros proyectos enderezados a una reforma total de la liturgia. Comisión secreta, cuyos miembros estaban formados por los más “avanzados” revolucionarios litúrgicos de la época, sin que la venerable Congregación de Ritos, celosa vigilante de la pureza de los diversos ritos apostólicos de la Iglesia, hubiese sido puesta al corriente.

Conocemos bien la obra del Secretario de la dicha Comisión secreta: Annibale Bugnini, más perjudicial para Roma que su homónimo antiguo…

Un año más tarde, moría Sor Lucía, lo que sin duda provocaría la apertura del Secreto, y la reversión de lo ya conseguido.

Una vez acallada la muerte de Sor Lucía, podían empezar las grandes maniobras: En 1951, se publicaba la reforma del corazón del año litúrgico, los Oficios de la Semana Santa, uno de los más venerables testimonios de la antiguedad eclesiástica, y de los mejor conservados, se convertía en laboratorio experimental de lo que luego serán los principios rectores de la Constitución conciliar sobre la liturgia.

Aún producirán un código de rúbricas completamente nuevo, que prepararía las mentes para recibir una liturgia también prefabricada y completamente artificial y transgénica.

Por no hablar de su instrucción sobre la música sacra, que abría la puerta para la completa eliminación del patrimonio musical de la Iglesia, eliminando lo que no había quedado erradicado a partir de 1905.

Eso, por no hablar de la imposición nada menos que de una solemnidad de San José Obrero, para remedar el 1 de Mayo proletario, y que los italianos llamaron enseguida, con buen sentido romano, “San Giuseppe Comunista”.

Los textos de esta fiesta fueron tan malos, que los inteligentes guardianes de la Congregación de ritos se negaron a poner su firma sobre ella, y se dice que sabotearon su celebración, componiendo unas melodías gregorianas absolutamente imposibles de cantar…

Todo esto lo digo, para que se vea cómo, ya en aquellos tiempos preconciliares, el virus de la “herejía antilitúrgica”, como la llamaba Dom Guéranger, estaba ya diseminada por doquier, y que sus miasmas, aunque no llegaran a la herejía afectaban hasta a los más insospechados.

Entre ellos, Pío XII, formado por los jesuitas en el aliturgismo tan típico de su Orden, y que al parecer, no llegó a entender el sentido más profundo de los ritos solemnes de la Iglesia, ni tampoco, el de los ornamentos de su cargo papal, como tendremos ocasión de ver comentando el vídeo situado más arriba.

Fue bajo su alta protección que los minadores y zapadores de la Iglesia y de su culto pudieron prosperar, e imponer una enorme cantidad de torcimientos al espíritu y a la buena praxis del culto divino, que facilitarían enormemente la imposición de la reforma conciliar, sólo unos años más tarde.

Y se ve que no le faltaron consejeros, desde los cardenales hasta simples curas de pueblo, que le avisaron, a veces muy enérgicamente, y casi rozando la protesta indignada y la falta de respeto caracterizada, sin que éste quisiera variar el rumbo. Es poco de extrañar que un modernista notorio como Roncalli aprovechara esta situación, para vestirse con la piel de cordero de un “tridentinismo renovado” primero en Venecia, restaurando el culto patriarchino, y en Roma, restaurando muchas de las particularidades abolidas por Pío XII. Con ello, se aseguró el voto de cardenales conservadores como Ottaviani, que sólo demasiado tarde, se enteraría del engaño…

La infiltración masónica, comunista, o mediopensionista jamás hubiera tenido éxito, si los clérigos no hubiesen ido perdiendo progresivamente, el sentido de lo sobrenatural, y del inmenso poder inserto en los ritos y Oficios de la Iglesia, inspirados y desarrollados por el Espíritu Santo, reflejo de la Jerusalén de arriba, y que manos profanas no habrían debido tocar nunca.

Ya se veía esto en el S. XIX, por eso suscitó Dios a la portentosa Ana Catalina Emmerich, a quien daba a ver la inmensa cantidad de misterios e influencias contenidos en la más simple bendición, pero a mediados del XX, esa gangrena ya lo invadía todo.

Cuando veo que muchos clérigos, llamados tradicionalistas, e incluso sedevacantistas, dan por buenas las sucesivas iniciativas susodichas, y que fueron como otros tantos escalones hacia la desolación litúrgica conciliar, no puedo menos de temer por el futuro, y que se vuelvan a repetir los mismos errores, bajo pretexto de que fueron cometidos antes del Concilio, y que por ende, todo está bien.

Como algún obispo sedevacante, que afirmaba muy ufano que ellos utilizaban el antitradicional e infumable salterio del Card. Bea, porque lo había permitido Pío XII…

A eso también miraría el Secreto, y por ello, convenía infinitamente que jamás saliese a la luz la muerte del única testigo remanente.

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