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CANONIZACIÓN DE LA IMPOSTURA: MISTERIO DE INIQUIDAD


figura del anticristoEn cambio aquella mujer que había visto frente al altar –que está ante los ojos de Dios- ahora también se me presentó de nuevo, de modo que también la contemplaba desde su cintura hacia abajo. Desde la cintura a la pelvis tenía variadas y escamosas manchas. En la pelvis apareció una monstruosa cabeza de color renegrido, con ojos de fuego, orejas de asno, fauces y narices de león, que rechinaba sus dientes, horribles y de hierro, como si los estuviera aguzando horriblemente…  Y he aquí que aquella monstruosa cabeza comenzó a moverse de su posición, de modo que la imagen toda de la mujer en todos sus miembros a partir de allí se estremecía”. ( Santa Hildegarda de Bingen)

He intentado resumir en el título el magnífico artículo de nuestro colaborador Fernando  Roqué que con gran erudición nos aclara algunas partes del Apocalipsis con citas de intérpretes conspiscuos. Creo que es un artículo que merece una lectura tranquila y reflexiva y si procede comentarios que afinen el pensamiento del autor.

LA MISTIFICACIÓN DE LA SANTIDAD, CAMINO HACIA LA IMPOSTURA FINAL

Por Fernando Roqué

Ya en una participación mía anterior en este mismo blog, con ocasión del último Cónclave, decía que cualquiera fuese su resultado, el elegido había de continuar necesariamente la serie de la impostura, iniciada con Roncalli, y más aun, que dicha serie se completaba en su número, pues según tradición, en cierto orden de realidades, el seis representa o simboliza la ‘perfección de la imperfección’, en contraste con el siete, que simboliza, la perfección. Acerca de las múltiples significaciones encerradas  en este último, pueden aducirse variados testimonios de primer orden, empezando por las Sagradas Escrituras; mas para la oportunidad baste señalar antes que nada la hebdómada creacional, esto es, cómo Dios consumó la Creación en seis días y descansó en el séptimo; o los siete candelabros de oro en medio de los cuales aparece el que le comunica la Revelación al apóstol, en la primera visión del Apocalipsis (1,12), así como los siete ángeles que están de pie delante de Dios (Ap. 8, 2); como también los cuatro septenarios que se despliegan en las sucesivas visiones de la Revelación: las siete iglesias, los siete sellos, las siete trompetas, las siete copas de la ira divina. O bien en diversos pasajes de los Evangelios, así por ej. los siete panes de la segunda multiplicación, con las siete cestas que se llenaron con las sobras (Mt. 15, 34-37). O también, aunque  en otro contexto,  la frecuente división tripartita, subdividida en septenarios,  de las visiones  de algunos místicos (como por ej. Santa Hildegarda, que reúne la totalidad de la obra divina: Creación, Redención, Beatitud, en tres septenarios místicos).

En tanto que el seis, en el contexto de esas mismas visiones, o en el de las significaciones  anagógicas  -o más arcanas-  de las Escrituras,  y siguiendo una antigua tradición vigente particularmente en el Medioevo, alude a una suerte de falsa perfección, que intenta sustituir a la verdadera representada por el siete. Cabe aquí señalar que el nombre cifrado del Anticristo, se corresponde con la repetición ternaria del seis, esto es, la plenitud de la falsa perfección, o la completidad de la impostura.

Pero he aquí que para la instauración y aceptación de la misma, era intrínsecamente necesaria la previa  impostura desplegada diacrónicamente  (sucesivamente) en la Roma apóstata, en nombre de la verdadera Iglesia.  Así pues, el actual ocupante de la Sede petrina, sexto en dicha sucesión, amén de reafirmar la total continuidad sustancial con sus predecesores, hace visibles ya lo que aquéllos aún se cuidaban de ocultar. En efecto, a esto responde el despojo de todos los signos  ostensibles del carácter eminentemente sacro del ministerio vicarial, así como su ‘puesta en escena’ como líder ‘carismático’, alabado por el mundo (¡cómo no iba a serlo!,) y que no constituye sino una  penosa parodia y contracara de la imagen del verdadero  Vicario de Cristo. Y todo se completa ahora, como era de esperar, con el anunciado acto de ‘canonización’ de algunos de los máximos responsables de la impía destrucción de la Iglesia, empezando por el  primero de la serie, Roncalli,  y siguiendo con aquel que llevó adelante, con ímpetu demoledor y sacrílego sin igual, la instalación del ‘novísimo error’ en el seno de la Santa Iglesia, el ‘papa’ polaco.  Llega pues el momento de declarar ‘santa’ a la impiedad y a la impostura, preludiando la futura ‘canonización’ del Hombre de Pecado. Más aún,  creo que se trata del mismo impulso del mal, el ‘misterium iniquitatis’  de que nos habla el Apóstol (II Tes., 2,7), presente  ya y ostensiblemente actuante en las circunstancias actuales por cuenta de la iglesia conciliar, y que ha de reconocer su culminación en el contexto de la más absoluta mentira  y la impostura máxima encarnadas por el Anticristo y su profeta.

En efecto, como dice Joseph Pieper, una de las claves del éxito del ‘Ánomos’ consistirá en asumir la ‘imitación’ de Cristo, hasta tal grado de verosimilitud, que la inmensa mayoría –incluidos los creyentes- serán captados por las redes del engaño. Comenta Pieper: “La Tradición considera, además, la imitación de Cristo sólo como la potenciación extrema del carácter de engaño y de pura apariencialidad que distingue en general al Anticristo. Este término últimamente nombrado habrá que tomarlo con mucha exactitud: no se trata aquí de una ‘capa’ sino de de un hábito global que penetra hasta lo profundo del campo de lo ético y que tiene que ‘parecer’ casi necesariamente santidad verdadera, en un  mundo para el que el sentido genuino de este concepto, en el orden del ser y en el del culto, se ha hecho algo desconocido. Únicamente mediante tal engañadora imitación de la santidad verdadera, engañadora aun para las personas ’serias’, incluso para los creyentes, se hace en cierta manera comprensible la caída en el error de la mayoría de las gentes, y ‘si ello fuera posible, hasta de los elegidos’; hay algo aquí de esa ‘eficiencia de seducción’ que se dice en el Nuevo Testamento que Dios envía para que den fe a la mentira (2 Tes. 2,11).”[1]

En este mismo sentido, también Santa Hildegarda nos regala su nítido testimonio, es decir lo que la Luz Viviente le comunica, pues al  describir las circunstancias de la concepción del Anticristo refiere  el engaño máximo, consistente en lo que podríamos llamar la ‘usurpación de la santidad’. Nos dice: “Pues cuando haya advenido aquel tiempo en que el nefastísimo trastornador nazca con  todos sus horrores, aquella madre que dará a luz a aquel tentador del mundo, desde su adolescencia, en edad de su niñez, colmada de vicios por muchas artes diabólicas, será alimentada en el desierto de la abyección entre nefandísimos  hombres, sin saber sus progenitores que ella allí permanece ni con quienes cohabita, porque el diablo la persuadirá encaminarse a ese lugar; y engañándola como si fuera un ángel santo, habrá de prepararla allí según su voluntad. Ella entonces se separa de los humanos, para que tanto más fácilmente pueda disimularse, por lo que también se mezcla ocultamente por nefastísimo latrocinio de fornicación con algunos aunque pocos varones, se mancha con ellos en un insaciable afán de turpitud, como si un ángel santo le ordenara completar aquel fervor de todas las maldades. Y así, en el ferventísimo fuego de aquella impureza concibe al hijo de perdición…” “Luego ella evita la acostumbrada fornicación y dice abiertamente al pueblo necio y si saber alguno, que no cohabita con ningún varón…” “Y en cuanto a la impureza consumada, la llamará santa. Por lo que también el pueblo la considera y la llama santa. [2]

Y al describir  las muestras engañosas que de sí mismo dará el Seductor del mundo,  la abadesa de Bingen destaca repetidas veces que “simulará ser varón de virtud”. [3]

También  Soloviev, en su célebre ’Breve Relato  sobre el Anticristo’, que pretende recoger todo “lo que con máxima probabilidad puede decirse sobre este tema según la Sagrada Escritura, la tradición eclesiástica y la sana razón”, viene a redondear este ‘perfil’ del Inicuo cuando lo presenta como “un gran espiritualista, asceta y filántropo”, cuyo alto aprecio de sí mismo parece justificado por las “las manifestaciones máximas de austeridad, desinterés y altruismo activo”; es, “sobre toda otra cosa, un misericordioso amigo de los hombres, y no sólo de los hombres, sino también de los animales…”[4]

Naturalmente que al referirnos al éxito inmenso, masivo que habrá de alcanzar  tal siniestro y nefandísimo  personaje, no podríamos pasar por alto la intervención y significación de esa otra misteriosa figura que describe  San Juan como la segunda Bestia.

Dice  pues el texto sagrado: “Y vi otra bestia que subía de la tierra, y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como dragón. Y la potestad de la primera bestia la ejecuta toda en su presencia. Y hace que la tierra y los que habitan en ella adoren  a la bestia primera, cuya herida de muerte había sido curada. Y hace grandes prodigios, de modo que aun fuego hace bajar del cielo a la tierra a vista de los hombres. Y seduce a los que habitan sobre la tierra a causa de los prodigios que le ha sido dado obrar en presencia de la bestia, diciendo a los que habitan sobre la tierra que hagan una imagen a la bestia que lleva la herida de la espada y revivió. Y le fue dado infundir espíritu en la imagen de la bestia, de suerte que aun hablase la imagen de la bestia u que hiciese que cuantos no adorasen la imagen de la bestia fueran muertos. Y hace que a todos, los pequeños y los grandes, los ricos y los pobres, los libres y los siervos, se les ponga una marca sobre su mano derecha o sobre su frente, y que nadie pueda comprar ni vender sino quien lleve la marca, que es el nombre de la bestia o el número de de su nombre. Aquí está la sabiduría. Quien tenga inteligencia calcule el número de la bestia, pues es número  humano. Y su número es 666.”(Ap. 13,11). 

A lo que Pieper comenta:

El Apocalipsis habla también de un segundo animal, subordinado al primero, como lo está la propaganda al ejercicio del poder. De este segundo animal, que representa al profeta del Anticristo, se dice que es ‘semejante a un cordero, pero hablando como un dragón’. Las dos figuras ejercen el total señorío mundial del mal, que se extiende sobre todo el planeta. ‘Le fue dada potestad  sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación’ y ‘el mundo entero seguía, maravillado, al animal’.”[5] “¿Maravillado de qué? [Se pregunta Pieper]. El Anticristo, que se llama a sí mismo hombre-Dios [6], aparece ‘como herido de muerte y su mortal herida fue curada’. Es a esto principalmente a lo que se refiere la ‘propaganda sacerdotal’ [7] del Anticristo: este ‘pervertido mensaje de Viernes Santo, de una herida mortal y una milagrosa curación del Anticristo’ es su ‘tema favorito’ -[por parte del falso profeta] [8]. La imitatio Christi pervertida, vuelta del revés, la ‘imitación’ del verdadero Señor, logra aquí su punto máximo. El Apocalipsis dice: la segunda bestia ‘hace que la tierra y los habitantes en ella adoren a la bestia primera, cuya herida mortal ha sido curada’, ‘diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen a la Bestia, la que lleva la herida de la espada y revivió’.

Y prosigue Pieper:

Cuando la ‘unión militar, política y económica culmine en el frente de la unidad religiosa’ [9], encontrará el poder del Anticristo su máxima potenciación. El objeto del culto religioso es el mismo señor del mundo; ‘todos los habitantes de la tierra, exceptuando los elegidos, adoran a la Bestia y dicen: ‘¿Quién es semejante a la Bestia?’. ‘No hay lugar alguno en donde escapar a sus exigencias’ [10]; la posibilidad de la emigración, aun de la ‘emigración interior’, queda descartada. No hay ya neutralidad. Esto es, sobre todo, resultado de la ‘propaganda sacerdotal’, que hace caer en error a los hombres mediante señales asombrosas parecidas a milagros; sobre este punto se ha hecho notar que podría tratarse de ‘milagros sociales’ [11]. Pero sobre todo el profeta del Anticristo organiza el culto de éste: “Esta segunda bestia está al servicio de la primera… y hace que la tierra y todos sus habitantes adoren a la primera bestia” (Ap. 13, 12).

Aunque ya en el mismo texto aparecen delineados con claridad los caracteres principales de este segundo personaje, atento a las dudas que algunos plantean en relación al ámbito de procedencia de ambos, se me ocurre señalar sólo dos o tres puntos salientes, en los que coinciden la mayoría de los intérpretes de todas las épocas. En primer lugar, en la referencia a la tierra firme como ‘lugar’ de surgimiento de esta segunda bestia, la exégesis tradicional  unánimemente ha visto señalada la esfera de la religión;  en contraste  con la procedencia ‘secular’, o del ‘mundo’, de la primera Bestia, pues el ‘mar’, según aquella misma exégesis, designa justamente eso: la esfera temporal. Sobre este aspecto así se expresa Pieper: “De la misma forma que el mártir, hablando en términos históricos, es una figura del orden político, también el Anticristo pertenece al campo político…”  Potentia saecularis, el poder del mundo; éste es, según Santo Tomás [12], el instrumento propio del Anticristo, que es un poderoso de este mundo. Los tiranos, en las persecuciones de la Iglesia, son -así se encuentra también en Santo Tomás de Aquino [13]- prefiguraciones (quasi figura) del Anticristo.

El segundo aspecto a señalar se refiere a la imagen con que es descrito este personaje: “tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como un dragón”, que obviamente más que con la traza exterior tiene que ver con la índole moral y la investidura del personaje. En este orden, la interpretación con más predicamento en la Tradición, ha visto señalada en esa semejanza la figura de un apóstata, tanto más cuanto que  el propio San Juan más adelante identifica a esta segunda Bestia con el Pseudoprofeta  (Ap,19, 19). También hay que decir que no faltan entre los intérpretes quienes ven en este personaje un falso papa. Y el tercer aspecto que conviene resaltar, implícito en el texto pero no por ello menos importante, se refiere a que este  personaje tendrá por misión preparar  adecuadamente el espíritu de las gentes para aceptar voluntariamente las nefandas doctrinas del Anticristo, para lo cual fuera necesario por sobre todo ‘disolver’ el obstáculo significado por la Iglesia y la Fe verdadera, la  fe íntegra en Cristo Jesús. Para lo cual, ¡nada  mejor  que hacerlo desde dentro!

Y aquí justamente es donde podemos establecer  el nexo existente entre el carácter de esta figura y su misión, que tanto tendrá que ver en el triunfo del Impío por antonomasia, con los falsos pastores ocupantes del solio pontificio desde hace más de medio siglo. Y tanto más se impone tal vínculo,  por cuanto ya San Juan nos previene acerca de los muchos anticristos que han  aparecido  -tipos o anticipaciones del último-, que salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros” (I Jn., 2, 19). Es decir, que aun cuando formaban parte del cuerpo visible de la Iglesia, ya no poseían el Espíritu de Cristo, y por lo tanto no pertenecían en verdad a aquélla.

Y aún más explícito es  el testimonio de Santa Hildegarda, la cual, en una de sus visiones referidas al Anticristo dice:  “En cambio aquella mujer que había visto frente al altar –que está ante los ojos de Dios- ahora también se me presentó de nuevo, de modo que también la contemplaba desde su cintura hacia abajo. Desde la cintura a la pelvis tenía variadas y escamosas manchas. En la pelvis apareció una monstruosa cabeza de color renegrido, con ojos de fuego, orejas de asno, fauces y narices de león, que rechinaba sus dientes, horribles y de hierro, como si los estuviera aguzando horriblemente…  Y he aquí que aquella monstruosa cabeza comenzó a moverse de su posición, de modo que la imagen toda de la mujer en todos sus miembros a partir de allí se estremecía”.[14]

A lo que el traductor agrega:

“Finalmente, la visión del Joven, o sea Cristo, y de la mujer, o sea la Iglesia, cuya configuración nítida entra también en el deterioro, que es, según dijimos, un martirio, el martirio culminante: por aquí entrevemos el misterio del numerus aureus, cuando haya de cumplirse la plenitud de los santos, según doctrina de San Juan. Esto explica asimismo el origen del Anticristo, cuya cabeza se yergue brotada como de un parto monstruoso de la pelvis de esta misma mujer. Este misterio del Anticristo, nacido del seno mismo de la Iglesia, concebido de algún modo por sus entrañas históricas, corresponde al misterio del mal, que resulta una contradicción en el ser de la ktisis”.[15]

Anticipándome a una posible y lógica objeción, hecha a partir de la aparente contradicción entre surgimiento desde el ‘mundo’ y nacimiento del seno mismo de la Iglesia, por parte del Anticristo, creo necesario partir de una consideración de ambas figuras -en cierto plano- como una unidad que va más allá de la consecución del objetivo primario que los liga, a saber, la destrucción de la obra de Cristo, con la perdición eterna de las almas. Se trata más bien de  una misma ‘voluntad de poderío’ procedente del Ángel caído, una comunicación en grado eminente de la enérgueia  luciferina; lo que no excluye por cierto sino más bien supone, una profunda semejanza anímica y espiritual, que lleva a la bestia segunda a obrar consubstanciada con los motivos fundamentales de la primera, que se resumen en el triunfo de Satanás sobre Cristo y su Iglesia. En una palabra, aunque son dos los personajes en escena y el segundo, según el orden de aparición en el relato, se presenta ´trabajando’ para el primero, no obstante está imbuido por completo del espíritu del primero, y cuenta para sus ‘operaciones’ con los mismos poderes de éste. Por lo demás, la lectura atenta del texto sagrado confirma este parecer, pues nos dice que la segunda bestia ‘actúa’ todo el poder de la primera en su presencia, de donde es plausible la lectura que entiende allí, que el poder dado a la bestia del mar por el dragón, es también otorgado al pseudoprofeta, sólo que  sub-ordinado, esto es, ‘ordenado’ al éxito de la primera.

De donde se puede inferir legítimamente, que  el Anticristo procederá del orden secular, pero a la vez ‘nacerá’ de la Iglesia. Dicho lo cual, me apresuro a hacer patente que estamos ante un misterio: ‘mystérion tees anomías’ (‘misterio de iniquidad’) lo llama San Pablo (II Tes, 2,7).

Y de parecida manera a como el Anticristo personal no excluye, sino que presupone, la existencia de lo que podríamos denominar sintéticamente como ‘sinarquía’ (concertación de los poderes intramundanos, al servicio y  bajo el imperio del ‘Príncipe de este mundo’ –Jn.12,31), cuya expresión final es un falso orden -opuesto al de Cristo-  que el Inicuo habrá de llevar a su culmen , y en el cual (pseudo-orden) algunos  intérpretes han querido ‘ver’ al Anticristo, negando su realidad personal;  así también, la realidad de un individuo que, no siendo el propio Anticristo, encarne personalmente su espíritu, y que en nombre de la Iglesia haga entrega a aquél de la desgarrada túnica inconsútil, no excluye, sino más bien supone y exige, la katábasis (descenso abisal) de estos últimos cinco lustros,  proceso de destrucción, demolición, disolución e imposturas continuadas en la Iglesia, de la mano de sus propios (falsos) pastores, verdaderos lobos rapaces disfrazados de cordero. Dicho de otro modo, desde que en la Sede romana está instalada la iniquidad, ha dejado de ser la Cátedra de la verdad para pasar a ser sede y foro de toda confusión y engaño, sentina de todas las abominaciones imaginables; desde que para esa misma Roma la apostasía ha dejado de  ser lo que siempre fue: el abandono de la fe católica, la fe trinitaria y teándrica, acompañado de la separación del cuerpo visible de la Iglesia; para constituirse en reclamo y  reivindicación de una nueva regla de fe, opuesta y negadora de la primera; y esto en nombre de la verdadera Iglesia y sin salirse del cuerpo visible de la misma (al menos a los ojos no sólo del mundo sino de la inmensa mayoría de los creyentes), constituyendo así la apostasía en el seno mismo de la Iglesia; y desde que “la excelencia de la Iglesia ha sido dispersada y la Fe pura pisoteada… por aquellos que debiéndola amar, sin embargo la perseguirán sin descanso”[16] podemos entender aquella horrífica  imagen de la cabeza renegrida -representando al Anticristo-  saliendo de la pelvis de la mujer –que representa a la Iglesia-, en la visión que la abadesa de Bingen recibe de la Luz Viviente.

Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco; el que lo monta se llama ‘Fiel’ y ‘Veraz’; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto empapado en sangre y  su nombre es: Palabra de Dios.”(Ap. 19, 11-13).

“Vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército. Pero la Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta –el que había realizado al servicio de la Bestia las señales con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen- los dos fueron arrojados  vivos al lago de fuego que arde con azufre.” (Ap., 19, 19-20).

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

[1]  Joseph Pieper: Sobre el fin de los tiempos, pág. 200-201

[2]  Santa Hildegarda: Scivias, lib.III, vis. XI

{3]  Idem: Liber divinorum operum, Parte III, vis.V

[4]  J.Pieper: o.c., pág. 201-202

[5]  Idem, pág. 195-196

[6]  Tomás de Aquino: “dicens se Deum et hominem”; Comentario a II Tes.,2, lect.2

[7] Heinrich Schlier:  ‘Vom Antichrist’, pág. 121; cit. por Pieper

[8] Stauffer: ‘Theologie des Neuen Testament’, pág. 194; ci.t por Pieper

[8]  Ibíd.

[9]  A. Wikenhauser, en su comentario al Apocalipsis; cit. Por Pieper

[10] H. Schlier: ‘Vom Antichrist’, pág. 121;

[11] Santa Hildegarda: Scivias, lib. III, vis. XI

[12] S. Tomás de Aquino: ‘Comentario a la II Tes.2, lect. 2’

[13]  Idem

[14]  Santa Hildegarda:  Scivias, Lib. II, vis. XI

[15]  C.A. Disandro: ‘Santa Hildegarde y la visión del Anticristo’; ed. Del Instituto ‘San Atanasio’.

[16] Santa Hildegarda: Scivias, l.c.

Addenda:

1ª) En algunos  pueblos de la Antigüedad existía la llamada ‘ciencia de los números’, que por cierto nada tenía que ver con nuestras modernas matemáticas, sino más bien con una profunda simbología que los números encierran. Así por ej., esta ‘ciencia de los números’ estaba entre los antiguos hebreos íntimamente vinculada a la Qabbalah, entendida como tradición hermética o secreta del hebraísmo. Y, como también sucede en otras lenguas  -el árabe, el griego y el latín,  por ej.-, los números están representados por letras; de ahí que en la tradición hebraico-cabalística la ‘ciencia de los números’ se identifica con la ‘ciencia de las letras’, y se conoce con el nombre  de ‘gematría’. También entre los griegos hallamos esta ‘ciencia’, sólo que vinculada más bien a la geometría, como lo podemos ver particularmente en Pitágoras y  en Platón.

Esta ‘ciencia’  (por cierto que tomando esta palabra  en un sentido bien diverso al concepto actual), tras un largo período de la historia en que fue relegada o simplemente olvidada, reaparece en la Edad Media, aunque bajo diferentes formas y expresiones. En efecto, para no pocos exponentes del pensamiento y el espíritu medieval, vinculados a ciertas escuelas en las que se conservaba gran parte del saber de los antiguos, los números tienen ante todo la virtud de manifestar el orden existente en el universo, en el que se encierran misteriosas  relaciones y proporciones, que hacen a la armonía del cosmos; lo que se expresa por medio de las esencias metafísicas que son los números. Tiene pues vigencia, en esa época de luz –el Medievo-  lo que se conoce como ‘arcana numerorum’ (o doctrina de los números), que reúne elementos de aquella ‘ciencia’ cultivada en la antigüedad, como por ej. los de la ‘traditio’ pitagórica, con los aportados por las ‘visiones’ de los místicos y santos. Un ejemplo de esto se tiene en las obras de Santa Hildegarda en las que con frecuencia aparecen ternarios, senarios y septenarios, como ‘principios del orden’ de la Creación. Como también aquel principio  -que luego pasa a ser un axioma teológico-  del ‘numerus aureus’.

Esta brevísima noticia viene a cuento para aclarar, en lo posible, las alusiones  numéricas que incluyo en mi comentario.

2ª) Sobre la famosa ‘cuestión’ de la ‘marca de la Bestia’, me permito opinar que hay que ser muy cuidadoso en identificarla prontamente con alguno de los inventos de la última tecnología, como por ej, ese microchip que sería injertado en la mano o en la frente de cada individuo. Por más que el mismo podría convertirse, ciertamente, en una herramienta de control y de dominio súper eficaz en manos de los amos del mundo, no veo que responda a las características que nos da la Revelación, tanto del Apocalipsis como la que recibe Santa Hildegarda de la Luz Viviente. En efecto, dice la luz profética: “Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre. ¡Aquí se requiere sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues se trata de la cifra de un hombre. Su cifra es 666” (Ap.13, 16-18).

El P. Castellani, en su comentario del Apocalipsis, tras citar las numerosas interpretaciones que se han dado al punto, ninguna convincente, declara no saber de qué se trata. No obstante, es interesante lo que dice en relación justamente con la ‘ciencia de los números’ a que hago referencia más arriba. Dice: “Es una ‘gematría’, usual entre los pueblos del Mediterráneo, sobre todo los hebreos. Como en hebreo y en griego Y (en latín también) los números se expresan con letras, ponían nombres con números; éste aquí es 666… “ Y algo más adelante agrega: “Los fieles de los últimos tiempos sabrán cómo se llama el gran Emperador Plebeyo; nosotros no lo sabemos”. ‘El Apokalypsis’, págs.215-216.

Nosotros tampoco lo sabemos, pero el texto es claro en el sentido que se trata de un nombre en clave cifrada –diríamos- que sólo se descifrará cuando el Anticristo esté reinando. La advertencia de que se necesita sabiduría para descifrar el enigma, no hace sino confirmar lo dicho.

Este parecer, que no acuerda en identificar la ‘marca’ en cuestión con algún invento de la tecnología, por maravilloso que éste fuere, se ve corroborado por lo que la Luz Viviente le comunica a Santa Hildegarda. Dice al respecto la Santa: “…y hará escribir sobre la  frente de los que le siguen una inscripción a través de la cual hará penetrar en ellos todos los males, como ya hizo la antigua serpiente cuando engañó al hombre y, después de adueñarse de él, le encendió la lujuria. Y a través de la misma inscripción contraria al bautismo y al nombre de cristiano se introducirá en ellos con sus artes mágicas, de modo que no tengan el deseo de separarse de él y tomen su nombre, como los cristianos lo reciben de Cristo. Esta escritura Lucifer la ha meditado mucho tiempo dentro de sí, y no la reveló nunca a nadie, a excepción de aquel del hombre que poseerá desde el vientre materno. Por esta razón estará convencido de poder llevar a cabo todos sus planes a través de este hombre.” Y algo más adelante agrega: “Esta inscripción no se vio nunca antes ni es conocida en lengua alguna, porque Lucifer la encontró originariamente en él mismo, y la proferirá con aquel engaño con que seduce a los hombres, para que no conozcan a su Creador, e ilusionará con ella a los infieles de tal modo que les será imposible adorar a otro excepto a quien les plazca. Además, el hijo de perdición también dirá que, lo mismo que la leña cortada se conserva hasta que el artista le da forma y la adorna, para que sea venerada por todos, así el hombre en el nacimiento está privado de dignidad hasta que no esté ennoblecido con esta inscripción, ya que en ella hay mayor  salvación y virtud que en la creación.” (‘Libro de las obras divinas’, parte III, visión V, cap. XXXII).

3ª) Hay un punto que es preciso aclarar. Se discute con frecuencia si estamos realmente en los últimos tiempos, como piensan muchos, o cabe más bien esperar una restauración de la Iglesia, con un papa santo, acompañado en el orden del poder temporal, de un monarca que continuase lo que fue interrumpido por la Revolución francesa; y todo esto aunque sea –como dicen- por un  breve período. Personalmente me inclino, por multitud de signos visibles –que no argumentos-, cuya concordancia o sincronía adquiere un peso de prueba casi invencible, a favor de la primera alternativa. No obstante, como ya lo he dicho en otra oportunidad en este mismo blog, Dios no ‘fija’ los hechos de antemano, sino que los mismos están pendientes de ejecución según la conducta de los hombres. Es decir que en el ‘juego’ de la libre y soberana voluntad divina, por una parte, y el libre albedrío del hombre, por la otra, tiene lugar la historia, el acontecer de los hombres. Pues bien, volviendo la mirada a las dramáticas realidades que hemos intentado abordar, no se ven indicios de un cambio de conducta entre los humanos, antes bien pareciera que día a día la decadencia es mayor, lo cual inexorablemente ha de traer un más que pronto castigo. Con todo, teniendo en cuenta que en absoluto sabemos cuántas oraciones y penitencias suben diariamente al cielo “en aroma de suavidad ante el acatamiento de la Divina Majestad”, capaces de aplacar la justa ira de Dios –pues como dice Santa Hildegarda: “La penitencia es sumamente agradable a Dios, y cuando un grupo de personas se mueve para hacer penitencia, el cielo se mueve con la voz dolorosa del arrepentimiento y cantan junto a los querubines con todas las voces las alabanzas de Dios.”; no es sensato ni conforme a piedad, cerrarse a la posibilidad de una posposición de los castigos anunciados, y esto por un tiempo imposible de predecir. De no dar cabida a tal posibilidad –ya que no probabilidad-, nos podría ocurrir lo mismo que al profeta Jonás: enojarnos  con Dios porque sus anuncios no se cumplieron, y  quedarnos  atónitos esperando la fallida aparición del Anticristo y la posterior destrucción del mundo. En todo caso, si esperamos para pronto, muy pronto, estos sucesos, ha de ser porque tras los mismos estamos a la espera de la  gloriosa Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo.

ERJOU, KYRIE IEESOU

1 reply »

  1. La exposición es muy clara acerca de los “males”, pero me hubiera gustado –y no sé si el autor lo tenía pensado para un futuro escrito- tratar al final acerca de la ultra paciencia en la esperanza , de la Iglesia Católica en las presentes circunstancias en que aparece “débil” y como “herida” en su Visibilidad ante el mundo por falta de Vicario legítimo y verdadero, sin el cual, la confusión y la perturbación (León XIII) no sólo invade a los Obispos resistentes a la Apostasía, sino también y más, a todo el rebaño.
    Pensé que el comentarista podría haber incluído la posibilidad de la Restauración de la Jerarquía desde su Cabeza , por hallarse en caso de EXTREMA NECESIDAD y con grave peligro de perdición de muchísimas almas, seducidas, sin oposición de una verdadera Jerarquía, hacia la Apostasía generalizada encabezada por el Impostor Bergoglio y conducida lentamente hacia la adoración del Hombre de Pecado.
    La enumeración de los males presentes hay que denunciarla, pero avisando que la Iglesia Católica está provista de los medios necesarios para hacer frente, organizada como Ejército en orden de batalla, con el Vicario a la cabeza, contra la actual Herejía, cloaca de todas las anteriores y probablemente la última. Ya no se puede ir más lejos en la oposición al orden cristiano y al honor de Jesucristo.

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