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¡ EX CATHEDRA !


Éste es un comentario de nuestro lector y comentarista Scivias de  nick  hildegardense que nos aclara los equívocos que pueden surgir en torno al término- por otra parte relativamente reciente en la Iglesia-  Ex Cathedra. El término ha llegado a interpretarse en strictisimo sensu despojando a los pronunciamientos papales de la autoridad que desde la antigüedad se le otorgaban.

Scivias dice :

El tan mentado tema de la infalibilidad pontificia necesita ser atado cada tanto a conceptos básicos, como para que el barrilete (la cometa, para españoles) de las interpretaciones personales no termine cortando el hilo y se pierda llevado por el viento.
Claro está que este tema es muy grave, porque pone en peligro la salud del alma de incontables católicos de buena voluntad. ¿Y cómo pone en peligro a esas almas? Induciéndolos a creer que en la Iglesia Conciliar, que no es la Católica, pueden encontrar sacerdotes válidamente ordenados, sacramentos de Confesión y Comunión válidos, etc. Les impide ver que aunque se tratara de un viejo prelado ordenado y/o consagrado antes de 1968, vale decir sacerdote u obispo válido, sería ministro de una secta hereje, y no miembro de la Iglesia Católica hoy ¡ay! conducida por una papa que “cayó en herejía”.
Si leemos en algún análisis que se habla de “papas herejes”, ya sabemos que nada bueno puede obtenerse allí. Sería como si alguien hablara de los “vivos muertos”, de los “sanos enfermos”. Con tal confusión, el analista no puede llegar a buen puerto.
Ese analista pasa por alto el alcance de las promesas, de las oraciones, de la voluntad de NSJC.
“Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos» (Fragmento del cap. 4 de Pastor Aeternus).
Pasa también por alto lo que la Iglesia siempre creyó y enseñó, dando prioridad a lo que su inteligencia se aviene a aceptar como válido o posible. Y este peligro, paradójicamente, es mucho mayor en los que más estudios tienen. El cúmulo de información recibida (que no es lo mismo que formación) los aleja de la simpleza y humildad necesarias, que permiten creer sin reparos en la omnipotencia de Aquél que “rogó por Pedro para que su fe no falle”. ¿Es que es posible que ese ruego haya sido desoído? ¡Oh mal Padre que encomiendas tus ovejas y corderos a un Pastor que puede dormirse y dejar el campo libre a los lobos!
Recordemos que el que rechaza una sola verdad de fe porque no conforma a su inteligencia, en realidad no ha aceptado ninguna sin antes haberla pasado por esa criba. No tiene la Fe.
Otro aspecto de suma importancia es el de llevar y traer, zamarreándolo de los pelos, al concepto encerrado en dos palabritas muy mentadas: “ex cathedra”; y para mí que allí esta el origen de todos los errores.
Creo que él solo merecería un libro. Dicen que “ex cathedra” quiere decir “solemne”, y que para alcanzar tal condición se debe hacer explícita mención de la voluntad de dirigirse a toda la Iglesia y además expresar la condición de Pastor Supremo. Por el momento, conformémonos con hojear el Denzinger, compendio de “El Magisterio de la Iglesia”, que está al alcance de todos: sabios y profanos. Este libro lleva el orden cronológico de los papas, de los cuales se extraen las enseñanzas que sientan doctrina.
Como es de esperar, empieza por San Pedro, y remite, sin desarrollarlas, a sus dos epístolas. La primera de ellas ¡oh caramba! no es dirigida a todos los católicos del mundo, sino “a los advenedizos de la diáspora en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia”. No es por lo tanto “ex cathedra”. La segunda es dirigida “a los que han alcanzado la fe” No muy formal la definición, pero podría pasar.
Sigue con el cuarto papa, San Clemente I con sus cartas a los corintios. Más adelante san Cornelio con cartas a san Cipriano y a Fabio, obispo de Antioquía. Luego San Esteban I con una carta a san Cipriano… Y llegamos a los papas de nuestros días, con multitud de encíclicas, documentos normalmente tenidos como no alcanzados por la infalibilidad, ¡y hasta discursos!
Y en estas cartas y documentos “personalizados” es decir no dirigidos a la Iglesia en su totalidad encontramos profesiones de fe dictadas para reintegrar herejes a la unidad de la Iglesia, definiciones sobre los sacramentos…
Conclusión: el Denzinger es en su mayor parte un compendio de opiniones de los distintos papas (por supuesto muy dignas de ser respetadas como que vienen del papa), compartidas con tal o cual obispo o auditorio, con tal o cual región del mundo, con tal o cual grupo de herejes. Y como opiniones, si nuestra inteligencia y nuestros estudios nos lo permiten, somos libres de discutirlas. Por supuesto con buena voluntad e intención de llegar a la Verdad.
Entonces, no es más que una opinión lo expresado por san León IX (carta a Miguel Cerulario y León de Acrida; sólo un ejemplo entre tantos) en la que dice:
D-351 Cap. 7. … La Santa Iglesia edificada sobre la piedra, esto es, sobre Cristo, y sobre Pedro o Cefas, el hijo de Jonás, que antes se llamaba Simón, porque en modo alguno había de ser vencida por las puertas del infierno, es decir, por las disputas de los herejes, que seducen a los vanos para su ruina. Así lo promete la verdad misma, por la que son verdaderas cuantas cosas son verdaderas: Las Puertas del infierno no prevalecerán contra ella [Mt 16, 18], y el mismo Hijo atestigua que por sus oraciones impetró del Padre el efecto de esta promesa, cuando le dice a Pedro: Simón, Simón, he aquí que Satanás… [Lc 22, 31]. ¿Habrá, pues, nadie de tamaña demencia que se atreva a tener por vacua en algo la oración de Aquel cuyo querer es poder? ¿Acaso no han sido reprobadas y convictas y expugnadas las invenciones de todos los herejes por la Sede del príncipe de los Apóstoles, es decir, por la Iglesia Romana, ora por medio del mismo Pedro, ora por sus sucesores, y han sido confirmados los corazones de los hermanos en la fe de Pedro, que hasta ahora no ha desfallecido ni hasta el fin desfallecerá?
D-352 Cap. 11. … Dando un juicio anticipado contra la Sede suprema, de la que ni pronunciar juicio es lícito a ningún hombre, recibisteis anatema de todos los Padres de todos los venerables Concilios…
D-353 Cap. 32. Como el quicio, permaneciendo inmóvil trae y lleva la puerta; así Pedro y sus sucesores tienen libre juicio sobre toda la Iglesia, sin que nadie deba hacerles cambiar de sitio,pues la Sede suprema por nadie es juzgada [v. 330 ss]… (Si Juan XXIII y sucesores fueron y son verdaderos papas, ¿quién le pone el cascabel al gato? Menos mal que la reproducida no es una definición ex cathedra).
Perfecto, pero ¿qué quiere decir “ex cathedra”?
Un párrafo de Pastor Aeternus nos ayuda a aproximarnos a la verdad:
Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella[26]. Los Romanos Pontífices, también, como las circunstancias del tiempo o el estado de los asuntos lo sugerían, algunas veces llamando a concilios ecuménicos o consultando la opinión de la Iglesia dispersa por todo el mundo, algunas veces por sínodos particulares, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia, definieron como doctrinas a ser sostenidas aquellas cosas que, por ayuda de Dios, ellos supieron estaban en conformidad con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas.
¿Qué hicieron toda la vida los católicos? A veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, refirieron a la sede de Pedro los peligros que surgían en asuntos de fe. Descargaban su responsabilidad en la “cathedra” de Pedro. Y Pedro, a través de sus sucesores, respondíadesde su cátedra (ex cathedra)a quienes pedían su definición, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia
Sigamos con Pastor Aeternus El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos…. Habla ex cathedra tanto a través de las definiciones de un concilio (Pastor Aeternus) como a través de una carta dirigida a un obispo en particular, o un discurso dado ante un auditorio reducido. Si un obispo o aún un particular consulta a un papa sobre materia de fe o costumbres, lo consulta como a papa, esto es como a pastor y maestro de todos los cristianos. Y cuando él responde lo hace de la misma manera: como pastor y maestro de todos los cristianos. Lo hace ex cathedra, aunque su respuesta vaya dirigida a una persona en particular.
Hay kilómetros de estanterías en las bibliotecas con trabajos de eruditos y sabios y teólogos y filósofos que quieren disminuir el alcance de la expresión “ex cathedra” Y llegará el día en que alguien hasta estipule cuál es el atuendo que tiene que lucir el papa en el momento de hablar ex cathedra.
Pamplinas.

9 replies »

  1. Muy buen comentario, especialmente en lo que toca al auténtico significado de la locución ex cathedra. Efectivamente, no alude únicamente al ejercicio extraordinario del magisterio papal, que ocurriría únicamente dos o tres veces cada siglo, sino que se opone a la noción de doctor privado, o persona particular, que evidentemente no goza, como tal, de infalibilidad, ni lo han pretendido nunca.

    Pero el Papa como tal, es siempre Maestro y Doctor de los cristianos, no importa si habla a toda la Iglesia, en una definición solemne, o a un sólo cristiano; en un simple breve. Siempre es Pedro hablando desde la Cátedra Romana, a través de sus sucesores.

    Viendo los asombrosos desvaríos a los que conduce el reducir el significado del ex cathedra a las definiciones solemnes, como hemos podido comprobar últimamente en ciertas webs que se atrevieron a publicar con aprobación las inaceptables blasfemias del nazi Hoffman, alguno de cuyos webmaster ha iniciado toda una serie enderezada a la negación de la infalibilidad pontificia.

    Cada vez estoy más convencido de que esos tales no son católicos, sino peligrosos herejes.

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  2. Estimado Sr. moimunan:
    A propósito del tema general de la infalibilidad papal y, en particular, en lo que concierne a las declaraciones “ex cathedra”, me permito acercarle aquí 3 documentos que he rescatado sobre este bastante controvertido asunto. Uno de ellos pertenece al R.P. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, con todo lo que ello significa, y está extraído del libro “La Nueva Iglesia Montiniana”. Los 2 restantes son extraídos de sendas obras referidas a teología católica.
    Pues bien, dejo a su entera disposición estos documentos, por si le resultan de algún interés, y -eventualmente- si cree conveniente y apropiada su publicación en el blog. Obviamente, no se me escapa que los mismos son un poquito extensos, pero eso queda a su criterio.
    Personalmente, y por motivos que huelga explicar, me interesa mucho el que pertenece al padre Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga,.
    Muchas gracias y un saludo cordial.
    Joaquín

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    Padre Joaquín SÁENZ y ARRIAGA

    … No quisiera yo que mis palabras fueran interpretadas como una falta del debido respeto que yo debo al Vicario de Cristo, al sucesor de Pedro, al representante de Dios en la tierra, ya se llame Pío, Juan o Pablo. Gracias a Dios, mi adhesión al Pontificado ha sido y es profunda y sincera, porque se apoya y sostiene en mi fe católica. Sin embargo, para entender mi actual desconcierto, que es el desconcierto de otros muchos, conviene tener presentes los siguientes puntos:
    a) El Papa solamente es infalible “cuando habla ex cathedra, es decir, cuando funge su oficio de Pastor de todos los cristianos, al definir con su suprema autoridad apostólica la doctrina de la fe o de las costumbres, que debe ser creída por toda la Iglesia… y, por lo mismo, sus definiciones por sí mismas, no por el consentimiento de la Iglesia, son irreformables”. (Concilio Vaticano I, sesión IV, canon 4). De esta definición del Vaticano I se sigue, en primer lugar, que el Papa no siempre goza del privilegio de la infalibilidad; que este privilegio no significa infalibilidad personal, sino una infalibilidad didáctica, y que para que se dé, para que nosotros aceptemos como verdad de fe lo que el Papa define infaliblemente, se necesitan cuatro condiciones:
    1) Que el Papa hable, como Pastor y Maestro Supremo de la Iglesia, y así nos lo haga ver con palabras expresas e inequívocas.
    2) En la doctrina de la fe o de las costumbres.
    3) Que defina, es decir que nos diga que una verdad precisa y concreta está comprendida en el Depósito de la Divina Revelación.
    4) Que nos imponga a todos los católicos el deber de creer lo que ha definido, como cosa de fe, bajo la pena de eterna condenación
    De la definición del Vaticano I también se sigue, contra las pretensiones del Cardenal Suenens y de otros progresistas, que esas definiciones papales no necesitan el refrendo de los eclesiásticos o fieles de la Iglesia para ser irreformables, para adquirir su valor de una verdad dogmática. Con las cuatro condiciones expresadas por el Vaticano I, esas definiciones papales son por sí mismas irreformables, son artículos de fe, son dogmas inalterables de nuestra religión católica.
    b) El Papa, no solamente cuando define ex cathedra, en la doctrina de la fe o de las costumbres, goza indiscutiblemente de la asistencia del Espíritu Santo, sino también en el cumplimiento de sus altísimos deberes. Pero esa habitual asistencia no hacen al Papa personalmente ni infalible, ni impecable. Esa ordinaria asistencia divina presupone y exige la personal y libre correspondencia de la libertad humana. Y el Papa, como hombre, puede fallar en esa correspondencia.
    c) En el Magisterio ordinario de los sumos Pontífices, el Papa es infalible cuando expone verdades que han sido ya definidas por anteriores Pontífices o por concilios Ecuménicos, o cuando enseña y repite la doctrina “Quam semper et ubique tenuit Ecclesia”, que siempre y en todas partes ha sido aceptada y creída por la Iglesia universal. Porque la Iglesia no puede universalmente caer en el error, contra las promesas infalibles de Cristo.
    d) El Papa, como hombre particular no es siempre infalible, puede errar, no sólo en cuestiones puramente humanas, sino aun en asuntos relacionados con la fe. Puede, incluso (según el sentir de preclaros teólogos y según las lógicas consecuencias que se siguen de la naturaleza y restricciones de la prerrogativa de su infalibilidad didáctica), incurrir personalmente en la herejía. Sin embargo, la “inerrancia” de la Iglesia nos garantiza que, aun en estas circunstancias excepcionales, el Papa no podría definir, como verdad revelada y de fe, un error por él privadamente profesado.
    e) Como Pontífice Supremo, pero no definiendo algo, en virtud de la plenitud de su autoridad apostólica, cuando habla de doctrinas que no deben ser creídas como dogmas por la Iglesia universal, su juicio no es dogmático ni definitivo. No podemos considerar estas enseñanzas pontificias como infalibles ni obligatorias para la fe católica, aunque -mientras no se opongan a la doctrina de la fe o nuestra sumisión debida a Dios sobre todas las cosas- debemos los católicos prestarles nuestra sumisión externa, nuestro “obsequium religiosum”.
    f) El Papa, además de ser Maestro Supremo e infalible de la Iglesia, es también Jefe de una sociedad, también -si bien espiritualmente- humana y visible, y que está en íntimo contacto con las otras sociedades meramente humanas y, en especial, con las naciones y los gobiernos que las rigen. Por este motivo, los Papas han reivindicado su independencia política, han luchado por la conservación y defensa de sus Estados Pontificios, han firmado el Tratado de Letrán, en el que Italia reconoció la completa soberanía y autonomía de la Ciudad Vaticana. Por ese motivo también, en sus relaciones internacionales, los Papas han tenido su política, que unas veces formó alianzas bélicas y otras veces aceptó pactos de paz, según lo exigían, no sólo los altísimos intereses del Reino de Dios, sino las conveniencias de los propios intereses del Papado o de los Pueblos y Gobiernos, que eran sus aliados.
    g) Así como en el ejercicio de su Magisterio, Ordinario o Extraordinario, los Papas utilizan los servicios de teólogos especialistas, y auscultan el sentir y opinión de los Obispos y de las escuelas teológicas principales, para preparar de tal modo los caminos de Dios, antes de emitir ellos, con su autoridad suprema, su juicio definitivo e inapelable; así también, como Jefes de esta sociedad visible, en el gobierno de la Iglesia, en su política administrativa y práctica, utilizan necesariamente los consejos y direcciones de hombres eminentes y especializados, que ellos asocian a su gobierno. No obstante, muchas veces deben actuar ellos también exigidos por presiones extrañas de gobiernos no solamente católicos, sino aun heréticos, cismáticos y, tal vez, enemigos secretos o descarados de la Iglesia de Dios. Y he aquí el gran peligro y la explicación manifiesta de los errores innegables que el Vaticano haya podido tener en su política Internacional:…
    (Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga. “La Nueva Iglesia Montiniana”, pp. 148/151)

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    Infalibilidad
    El Magisterio de la Iglesia Católica

    Existen tres expresiones del magisterio en la Iglesia: magisterio ordinario y universal, magisterio extraordinario y magisterio ordinario simplemente. Solamente las dos primeras funciones gozan de infalibilidad. “Con fe divina y católica deben creerse -enseña el Concilio Vaticano- todas las verdades que se encuentran contenidas en la Palabra de Dios, escrita o tradicional, y que la Iglesia propone para creerlas como divinamente reveladas, bien las proponga por un juicio solemne, bien por medio del magisterio ordinario y universal” (sesión III, cap. 3; Dz 1792).
    5. El magisterio ordinario y universal.-
    El magisterio ordinario y universal está constituido por la predicación unánime de los obispos, sucesores de los Apóstoles. Solamente el colegio de los obispos en comunión con su centro, el obispo de Roma, goza del carisma de la infalibilidad, prometido por Jesús al colegio apostólico, con Pedro a la cabeza (cf. Mt 28, 20). El epíteto universal alude precisamente a la unanimidad de la enseñanza de las iglesias locales. Este magisterio es el eje de la tradición expresada en la Iglesia: recae sobre la totalidad del depósito viviente de la Palabra, y se expresa por medio de la catequesis y de la liturgia. La importancia doctrinal de los Padres de la Iglesia se debe a que ellos son los primitivos testigos por escrito. Las encíclicas de los Papas de nuestros días son, con mucha frecuencia, el eco de esta enseñanza ordinaria y universal. “Aquel que quiera ver la verdad -escribe Ireneo en el siglo III- puede en cada Iglesia considerar la tradición de los Apóstoles manifestada en el universo entero… Esta es la plena demostración de que existe una sola y misma fe vivificadora, conservada en la Iglesia y trasmitida en la verdad”.
    6. El magisterio extraordinario.-
    La unanimidad de la predicación episcopal a través de la catolicidad, es un
    hecho suficientemente firme para constituir la regla ordinaria de la tradición en la vida corriente de la Iglesia. Mas, si surgiese desavenencia sobre algún punto de esta tradición, sería entonces difícil conseguir una prueba indiscutible de esta unanimidad. Entonces habría que recurrir a un Concilio ecuménico, a fin de que la voz diseminada del testimonio apostólico pueda manifestar claramente su concordancia divina. El Concilio ecuménico, que reúne -en principio- a todo el colegio episcopal en comunión con el Soberano Pontífice, posee la infalibilidad propia del magisterio ordinario y universal, enriquecida, además, con cierta solemnidad en cuanto al modo de expresión. Los concilios particulares (de provincias eclesiásticas, naciones), no gozan, evidentemente, de esta garantía. Cada una de las herejías importantes ha determinado la conciencia de la Iglesia a expresarse bajo la forma de un Concilio ecuménico. El de fecha más reciente, Concilio Vaticano, 1870, ha afirmado la fe contra los errores nacidos del naturalismo y racionalismo modernos. (Observaciones: la lectura de los textos conciliares debe hacerse conforme a determinadas reglas, de las cuales las más importantes son:
    a) Cánones: los cánones implican siempre afirmaciones de fe revestidas de infalibilidad;
    b) Capítulos: los textos de los capítulos, de suyo no gozan de este valor, a no ser que contengan fórmulas solemnes y explícitas, o que sean presentados bajo forma de símbolo de la fe;
    c) Considerandos: en cuanto a los considerandos de la definición, no se convierten en objeto de fe, en cuanto tales, aun cuando vengan en apoyo de una doctrina de fe.
    El Concilio ecuménico no es el único criterio del Magisterio extraordinario de la Iglesia. Desde el simple punto de vista práctico, resulta un procedimiento complicado. La conciencia infalible de la Iglesia tiene el recurso de poder expresarse a través de la voz personal del Sumo Pontífice, con las mismas ventajas que la voz del Concilio. El Papa posee, en virtud de las promesas del Señor (Mt 16, 16; Ich I, 42; 21, 15; Lc 22, 32), el mismo carisma de infalibilidad, en la proclamación de la verdad católica, que el colegio episcopal. El Concilio Vaticano lo afirma en estos términos:
    “Cuando el Romano Pontífice habla ex cathedra, es decir, cuando en el ejercicio de sus funciones de Pastor y Doctor de todos los cristianos, y en virtud de su suprema autoridad apostólica, define que una doctrina acerca de la fe o las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia Universal, entonces goza, merced a la asistencia divina que le ha sido prometida en la persona del bienaventurado Pedro, de aquella infalibilidad con que el Divino Redentor ha querido dotar a su Iglesia para definir las doctrinas de fe y costumbres. Por consiguiente, tales definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas, y no precisamente por el consentimiento de la Iglesia (sesión IV, Constitución Pastor Aeternus; Dz 1839)”.
    Convendrá notar que todas las condiciones exigidas por el Concilio son necesarias complexivamente (¿conjuntamente?) para que tenga lugar una definición papal infalible. De aquí que procedan con ligereza e ignorancia aquellos católicos inclinados a atribuir esta prerrogativa a cualquiera de las intervenciones del Sumo Pontífice. De hecho, el Papa habla “ex cathedra” muy raras veces.

    (Tomado de la obra “Iniciación Teológica”; Editorial Herder, año 1957; Tomo I: “Las fuentes de la Teología – Dios y la Creación”; pp. 31/33)

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    El magisterio del Romano Pontífice

    El magisterio del romano pontífice: I. Magisterio infalible.-
    375. Problema.- Si el primado del romano pontífice es el obstáculo mayor que separa la Iglesia católica de las otras confesiones cristianas, la infalibilidad del papa es quizá, entre los aspectos del primado, el que a nuestros hermanos separados les parece más inaceptable: “Las divergencias que separan a la Iglesia ortodoxa de la Iglesia romana tienen esta base común, escribía un patriarca del Oriente separado: la soberanía infalible del papa, de la que los vuestros (los católicos) hacen hoy en día la regla de su fe, pero en la que nosotros, ortodoxos, vemos la más funesta de las herejías”.
    Hay que confesar, sin embargo, que en más de un libro de nuestros hermanos disidentes aparece una lamentable confusión entre infalibilidad e impecabilidad, y las conductas desordenadas de papas como Juan XII o Alejandro VI se traen a colación como hechos contrarios a la infalibilidad del papa. No obstante, y por esa misma razón, algún autor -muy acertadamente- comienza a tratar este tema de la infalibilidad del papa haciendo notar que infalibilidad no es impecabilidad, ni es omnisciencia, ni es prudencia.
    376. Por estas razones será indispensable, ante todo, precisar qué entiende la Iglesia católica cuando afirma que el papa es infalible. Como el concepto de infalibilidad ya ha quedado ampliamente explicado en el capítulo 5 de esta obra, nos vamos a limitar, en este primer apartado, a exponer las condiciones que se requieren para que se dé la infalibilidad en el papa. En este punto tenemos la gran ventaja de que podremos hacerlo, no con palabras propias, sino con palabras del mismo magisterio de la Iglesia, cuya infalibilidad ha quedado ya demostrada en el capítulo anterior. Es el Concilio Vaticano I el que propone, con gran nitidez, (determinadas) condiciones:
    “Enseñamos y definimos ser dogma revelado por Dios, que el romano pontífice, cuando habla “ex cathedra” -esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser aceptada por la Iglesia universal-; por la asistencia divina que le fue prometida en la persona de San Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, (enseñamos) que las definiciones del romano pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia (Denz. 1839).
    377. Como se ve, la infalibilidad del Papa la expresa el Concilio con una frase latina que proviene de San Cipriano, en el siglo III, autor de la expresión Cathedra Petri; y que el Vaticano I desarrolla en estos cuatro puntos: ha de ser un magisterio universal, supremo, definitorio y en materia de fe o costumbres. Expliquemos brevemente cada uno de estos puntos.
    1°. Magisterio universal.- Porque el papa puede hablar como pastor de toda la Iglesia o sólo como obispo de Roma para sus diocesanos; sólo en el primer caso se dará la infalibilidad.
    2°. Magisterio supremo.- Nos ha de constar en cada caso concreto, que el papa quiere hablar usando el grado supremo de autoridad que posee como sucesor de San Pedro. En los discursos, alocuciones, encíclicas ordinarias, no se da este grado supremo de autoridad pontificia. Después hablaremos de este magisterio no infalible del papa y cómo deben los fieles acatar estas enseñanzas pontificias, aunque no sean infalibles.
    3° Magisterio definitorio- Es decir, que el papa profiere su palabra definitiva e irreformable sobre alguna cuestión, con intención de obligar al asentimiento intelectual absoluto, de tal manera que el que lo negara, negaría la fe. Esto a de aparecer claramente en la formulación de la definición. Tenemos dos ejemplos claros en las dos últimas definiciones “ex cathedra”: la de la Inmaculada Concepción, por Pío IX (D 1641) y la de la Asunción, por Pío XII (Denz. 2333).
    4° En materia de fe o costumbres.- No, por tanto, si habla de ciencia, historia, política… Aun en el caso de que el papa, en un documento de fuerza definitoria, hable de materias que no son sobre la fe o las costumbres, no entran estos puntos en el ámbito del magisterio infalible. Pero, si se trata de una materia que, sin ser directamente sobre la fe o la moral, está estrechamente vinculada con ellas, podrá ser objeto de una definición infalible, en cuanto ésta sea necesaria para salvaguardar las verdades reveladas. De este punto particular hablaremos en el capítulo siguiente.
    378. El Concilio Vaticano I propone, además, la definición de la infalibilidad pontificia estableciendo una igualdad perfecta entre la infalibilidad de la Iglesia y la del papa, tanto en lo que toca a la causa, que es común en ambas, esto es, la asistencia del Espíritu Santo, como en el objeto, es decir, las verdades de fe o costumbres, y como en el valor definitivo que tienen ambos magisterios; sin que sea necesario -contrariamente a lo que afirmaban los galicanos- el consentimiento de la Iglesia para que las definiciones del romano pontífice sean irreformables. En otras palabras, la fuerza del magisterio infalible del papa no le viene del consentimiento de la Iglesia universal, sino de su autoridad como sucesor de San Pedro en el gobierno supremo de la Iglesia; aunque (es seguro que) el papa no definirá nunca nada que no esté en el consentimiento de la Iglesia universal, es decir, en la tradición de la Iglesia, ya que, como dice el mismo Concilio Vaticano, “no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que, por revelación suya, manifestaran una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, custodiaran santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los apóstoles, es decir el depósito de la fe” (Denz. 1836).
    395. 3) ¿Es infalible el Papa sólo cuando habla “ex cathedra?.- Algunos autores defienden un magisterio ordinario infalible del papa, además del magisterio extraordinario “ex cathedra”. La razón principal en que se fundan es la analogía con el doble magisterio infalible del colegio episcopal: uno ordinario, el de todos los obispos dispersos por el mundo, cuando enseñan unánimemente una misma verdad; y otro extraordinario, en el concilio ecuménico. Y como, según el Vaticano I, el papa posee la misma infalibilidad que Cristo quiso para su Iglesia (Denz. 1839), se deduciría de aquí que también poseería este doble modo de ejercer la infalibilidad.
    Con todo, la mayoría de los autores niegan este magisterio ordinario infalible del papa. En primer lugar, porque en las actas del Concilio Vaticano I se dice que sólo es infalible el para cuando define “ex cathedra”. En segundo lugar, porque la razón de cierta inferioridad en que quedaría el magisterio del papa con relación al de los obispos, si aquél fuera infalible sólo en el magisterio extraordinario “ex cathedra”, no parece de mucho valor, ya que en el magisterio ordinario infalible de todos los obispos, entra el papa como cabeza de todos y, por lo tanto, como parte principalísima.
    Al respecto, cabe acotar que los casos concretos que se proponen como magisterio ordinario infalible del sumo pontífice, o son verdaderas definiciones “ex cathedra” (no olvidemos que para que éstas existan no se requiere la máxima solemnidad externa, como la que se dio, por ejemplo, en la definición dogmática de la Asunción de María), o bien no consta suficientemente que sean decisiones infalibles.
    A propósito del Concilio Vaticano I, Caudron escribió: “Sabemos con certeza, por las declaraciones oficiales de Mons. Martin, que la expresión “magisterio ordinario” no se refiere ni directa ni indirectamente al magisterio infalible del sumo pontífice”.

    (Francisco de B. Vizmanos S. I. – Ignacio Riudor S. I.; “Teología fundamental”, pp. 693/95 y 703)

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  3. Apreciados Amor de la Verdad.

    Muy clarificadoras también las citas que nos trae don Joaquín, que, a propósito, corroboran lo que expresó el Padre Méramo en la” Respuesta a la Respuesta de Fray Eusebio”, publicada también en este blog.
    Es de suma importancia saber diferenciar entre el Magisterio ordinario y el extraordinario del Papa, pues eso tiene consecuencias teológicas que nos permiten adoptar las posturas consecuentes que el momento y la situación actual de la crisis de la Iglesia exigen.

    Los felicito y agradezco por traernos estos edificantes aportes para nuestra formación.

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  4. Unos textos en verdad ilustrativos, que merecen algún que otro comentario:

    PRIMER TEXTO. (Del P. Sáenz Arriaga).

    a) ¿De dónde saca el Padre que el Papa es “solamente” infalible cuando habla ex cathedra, mal entendiendo el alcance y significado de esa expresión latina, puesto que la restringe únicamente al magisterio extraordinario, cuando lo cierto es que la expresión ex cathedra designa toda enseñanza del Papa en cuanto tal, diferenciando esa enseñanza oficial de la que eventualmente pudiera impartir como doctor privado, o simple particular.
    No parece haber entendido que lo que define el Concilio no es en sí la infalibilidad pontificia, sino sólo lo que pertenecía a un aspecto discutido del magisterio extraordinario del Papa, a saber, si las definiciones solemnes con las que el Papa pretendía obligar estrictamente y en conciencia a toda la Iglesia, bajo pena de excomunión, cisma o herejía, eran infalibles únicamente por la autoridad propia del Papa, o bien si, como sostenían galicanos y jansenistas, era necesario el consenso de la Iglesia Universal (es decir, el de los obispos residenciales), para que tales decretos de fe adquirieran pleno vigor, y pudieran ser tenidos por irreformables, y por ende, infalibles.

    Como sabemos, el Concilio optó claramente por la primera posibilidad, con el famoso ex sese, non ex consensu Ecclesiae, que es la auténtica clave del documento, aunque pase hoy día desapercibida por casi todos.

    El Concilio Vaticano I no pretendía agotar en la Constitución Pastor Aeternus todo lo referente a la infalibilidad del Papa, como dando a entender que ahí se situaban los límites de ese don divino, sino que estaba previsto que en las próximas sesiones conciliares, otros documentos fueran perfeccionando la expresión de la doctrina acerca de este importantísimo punto de fe, precisamente porque ya preveían los Padres conciliares que esa era una de las verdades que más procurarían deformar los enemigos de la Iglesia, según su costumbre desde el primer milenio de la era cristiana.

    Esos enemigos también lo sabían, y por esa razón desencadenaron la guerra franco-prusiana, y la sacrílega invasión de Roma por las tropas piamontesas, para que nunca pudiera volverse a reunir el Concilio en una Roma esclava y prisionera, y sujeta a todas las maquinaciones del enemigo, y evitar que ese Concilio por fin pudiera acabar su obra, que iba a cerrar para siempre las bocas de los impíos.

    Las famosas cuatro condiciones enumeradas por el Padre, fueron apuntadas por el Concilio para caracterizar únicamente al modo extraordinario de ejercicio del magisterio papal, sin que jamás se pretenda que toda infalibilidad se conforme con esas cuatro condiciones.

    Porque el Papa, por ejemplo Pío XII, hablaba como Pastor y Maestro supremo de la Iglesia, tanto si definía solemnemente la Asunción de María a los Cielos, como cuando pronunciaba un discurso ante los jóvenes esposos, o a la asociación italiana de obstetricia, por ejemplo.

    Evidentemente, hablaba de fe, y aquí, sobre todo de moral

    Sin embargo, no lo hacía per viam definitionis, que implica una decisión última autoritativa, normalmente sobre un punto de vista polémico o dudoso, sobre el que es necesario que la Santa Sede se pronuncie, y obligue en conciencia a los católicos a aceptar esa decisión última, incluso con penas canónicas.

    Aquí, se expresa per viam explanationis, por vía de explicación, como un padre se entretiene con sus hijos, sin que medie ahí más obligación que la devoción filial, y la seguridad de fe que de la boca del Papa no saldrá jamás el error en su dominio propio.

    Ahí está la gran diferencia entre el magisterio ordinario y el extraordinario, y no en que el primero no sea infalible, y el segundo sí lo sea.

    Los dos son igual e incondicionalmente infalibles, pero no obligan los dos de la misma manera, y con la misma fuerza coactiva.

    En el ordinario, habla sobre todo como padre y maestro dulce y paciente, que insinúa suavemente la verdad en el alma del discípulo, sin necesidad de amenazar con la vara destinada a los rebeldes.

    En el extraordinario, habla sobre todo como Rey y gobernante, que sienta un precepto final, y entiende obligar a todos a aceptarlo, bajo pena de excomunión, cisma, herejía, y al fin, eterna condenación.

    El Papa prefiere, con mucho, el primer modo, por lo que mientras éste basta, no utilizará el extraordinario, no queriendo agravar la conciencia de los que ya se encuentran cerca del precipicio, ni acabar de quebrar la caña cascada, a no ser que estén en peligro la fe y la salvación de los fieles, y se vea conveniente usar ese otro instrumento definitivo a la hora de acabar con las dudas y controversias. Entonces, se arma con toda la autoridad de Moisés del Nuevo Testamento, y opera la separación clara entre las ovejas y los cabritos, que se ven ipso facto expulsados de la Iglesia en la que hasta ahora todavía pretendían estar.

    Por último, cabe decir aquí que la enseñanza papal es siempre irreformable, no importa si impartida de uno u otro modo, queriendo decir con esto que lo que un Papa ha enseñado, jamás vendrá otro a contradecirlo, porque es el mismo Espíritu de verdad el que por boca de todos ellos habla y enseña una doctrina que no cambia ni se reforma.

    Lo de enseñanza reformable, se lo inventaron los galicanos, precisamente porque suponían que el Papa podía enseñar el error, en cuyo caso tocaba a la Iglesia (los obispos), enmendarle la plana al Papa, y si quería obligar a todos los fieles, debía contar con el consenso de los obispos, igual que un rey parlamentario con el de sus parlamentarios, para que esa decisión adquiriera fuerza de ley. Si eso no ocurría, imaginaban que alguna vez, en un tiempo futuro, un Concilio Ecuménico, o un “Papa mejor informado” corregiría el error de su predecesor. Mientras, podían acampar tranquilamente sobre sus posiciones, aunque el Papa los amenazara con las más severas excomuniones. Total, siempre podía venir luego otro Papa a decir lo contrario…

    b) La libre y personal correspondencia del Papa a la asistencia divina, la prestó el electo al Papado de una vez y para todo el curso de su Pontificado, en el momento de la aceptación del Pontificado. Si se acepta éste, se acepta todo entero, sin que puedan separarse unos deberes de otros. Y por lo tanto, también se acepta que desde ese mismo instante, no será libre, ni de creer el error en cuanto persona incluso privada, porque recibirá aquella misma indefectibilidad con que Nuestro Señor quiso robustecer a Su Iglesia, ni será tampoco libre de enseñar el error a la Iglesia, porque la misma infalibilidad con que el Señor quiso que estuviera protegida su Iglesia se lo impedirá.

    No queda en manos del Papa ser infalible o no serlo, una vez aceptó el Pontificado, lo aceptó con todas sus consecuencias, que seguirán haciéndose sentir, hasta que no se vea descargado de ese fardo por la muerte, la renuncia a la insania mental. Nunca por cisma o herejía, que no pueden darse en aquél por quién el Señor ha rogado con oración infinitamente eficaz.

    c) Afirmar que el Papa es infalible cuando repite lo que otros han dicho infaliblemente, parece una tomadura de pelo. ¿No ve que es la pescadilla que se muerde la cola? ¿Qué tienen de más esos Concilios, o definiciones, o creencia universal, que no tenga ese Papa en concreto, para que sean infalibles, mientras éste último no lo es por sí mismo?

    Es mirar las cosas exactamente al revés de cómo han sido constituidas por el mismo Dios. Nosotros, fieles pertenecientes a la Iglesia discente, o enseñada, también somos infalibles de esa manera, pero es una infalibilidad pasiva. La que tiene el Papa, es una infalibilidad activa, por lo que se le asegura que no proferirá nunca ningún error, aunque el objeto de su enseñanza jamás se haya tratado antes. Por ejemplo, en ciertas cuestiones de bioética, inimaginables hace menos de 50 años, ¿Dónde estaría el precedente infalible que haría a su vez infalible al Pontífice que lo repitiera? Empezaría una cadena de enseñanzas sobre un tema nuevo. ¿Quién le conferiría infalibilidad? Los que por sí no la tienen? Nadie da lo que no tiene, y nadie tiene en propio la infalibilidad activa, más que el Papa. Él es el confirmador, sin que necesite ser confirmado, puede hablar en cualquier ocasión, sobre un tema nunca antes tocado por el magisterio, y tenemos la seguridad de que lo hará sin que pueda mezclarse error alguno en su enseñanza.

    d) Como Hernández a Fernández “¡Yo aún diría más!” El Papa, como hombre privado, no es NUNCA infalible. Entiéndaseme bien. La infalibilidad, por definición, no tiene que ver con la persona privada del Papa, sino con su persona pública. La preservación absoluta de toda posibilidad de que la persona privada del Papa crea el error contra la fe o la moral se llama indefectibilidad, porque si no gozara de ella, desde el momento mismo de su aceptación canónica, el Papa podría en algún momento defeccionar, dejar de ser Papa por haber caído en herejía o en cisma. Por eso Nuestro Señor ruega primero por la Fe de Pedro (persona), porque ese robustecimiento de la fe personal de Pedro va a ser la raíz de su infalibilidad en cuanto personaje público.

    Y como las consecuencias de una caída de su dignidad de aquél sobre quien todo reposa podrían ser funestas y casi mortales para la Iglesia, como vemos actualmente, y ya preveía Paulo IV en pleno S. XVI, Nuestro Señor ha provisto que Pedro cubriera a su sucesor con su sombra, y el Espíritu Santo lo asistiera de tal modo, que no puede pecar contra la fe, o la unidad de la Iglesia.

    e) Este punto podría traducirse así: “Mientras no definas con truenos y relámpagos, habla lo que quieras, que yo haré y pensaré lo que me dé la gana”. Esa es la clase de obediencia y sumisión que el jesuita propone a los fieles…
    El último de una larga serie de Papas, ya había rechazado Pío XII esos propósitos subversivos, cuando recordaba que el magisterio ordinario también requería asentimiento interno y obediencia externa en conciencia, porque también a él se aplican las palabras “Quién a vosotros escucha, a Mí me escucha”. Salvo que se pretenda que el Señor sólo exigía “silencio obsequioso”, mientras los fieles se ponían de acuerdo para saber si Sus palabras eran conformes o no a la doctrina previa, interpretada cada uno a su manera…

    f) Este punto está directamente extra subjectum, salvo que muy pérfida y jesuíticamente, se quiera sugerir que visto que el Papa tiene intereses económico –políticos, sus decisiones doctrinales se ven influidos por tan espúreas motivaciones, por lo que no obligarían en conciencia…

    g) Más abundamiento. Estando “el pobre Papa” tan presionado por todo tipo de enemigos, su magisterio, casi siempre falible, necesariamente tiene que resentirse, así que si algo no nos gusta, siempre podremos achacarlo a las presiones provenientes de uno u otro lado, y zafarnos de nuestra obligación como católicos…

    ¡Y aquí habla, no un galicano, o un jansenista de los tiempos de Unigenitus, sino un jesuita! Pregúntense luego por qué los expulsaron de todos lados, y luego los suprimió el Papa, precisamente por ser monstruosamente subversivos de cualquier autoridad!

    Con estos amigos, ¿Para qué quiero enemigos? Éstos son los grandes defensores del Papado, de la Tradición, etc…, que te besan la mano para mejor apuñalarte la espalda!

    No me extraña que el Señor haya maldecido con la esterilidad y la división a esa resistencia de cartón-piedra…

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  5. apreciados.
    AMOR DE LA VERDAD.

    Una que otra nota al margen, al comentario de Fray Eusebio sobre el padre Saenz Arriaga.

    El alcance de la condición Ex Catedra está limitado por lo que dice el Código de Derecho Canónico.

    Además si son lo mismo -para Fray Eusebio- el magisterio ordinario y el extraordinario, si según él, el Ex Cathedra involucra los dos, entonces por qué la Iglesia no lo ha dicho? Y por qué el Código de Derecho Canónico hace la distinción?.

    Si el término ex Cathedra abarcara todo, como lo pretende Fray Eusebio, entonces no habría necesidad de llamarlo de ese modo e introducir un término que -en tal caso- no aclara, delimita y define, sino que confunde.

    Cuando el derecho canónico dice que hay que creer lo que dice el magisterio extraordinario, pues hay que hacerlo, y se refiere al Ex Cathedra, porque tiene que ser extraordinario.

    Este no es un razonamiento teológico, sino lógico.

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  6. SEGUNDO TEXTO

    Magisterio de la Iglesia Católica (Tomado de la obra “Iniciación Teológica”; Editorial Herder, año 1957; Tomo I: “Las fuentes de la Teología – Dios y la Creación”; pp. 31/33)

    comentario

    El magisterio ordinario del Papa no es menos infalible que los otros dos tipos de magisterio, pues todos ellos forman parte de un único munus docendi a quien le ha sido prometido por Dios mismo una completa exención de error en la fe y en la moral.

    “Por fe divina y católica”etc…Que yo sepa, no restringe aquí la infalibilidad a esos dos tipos de magisterio, entre otras cosas, porque hay muchos actos en la vida de la Iglesia, que son infalibles, como las canonizaciones, y que no entran ni en una, ni en otra de esas categorías, como son las Leyes Generales de la Iglesia, las litúrgicas, las canonizaciones, etc…y no deseaba el Concilio entrar en el debatido tema de la llamada “fe eclesiástica”.

    La unanimidad del episcopado, omitido en él el Romano Pontífice, no es necesariamente señal de ortodoxia. Lo formal es que esa unanimidad se realice en torno al obispo de Roma, que es quien trasmite algo a los demás, que él posee como cosa propia y en grado sumo, mientras que los obispos lo reciben del Papa como algo participado, y en grado variable.

    La regla ordinaria y próxima de la fe es primariamente el Papa, y luego, los obispos a él unidos, no al revés.

    Es inepto afirmar que un Concilio Ecuménico tiene la infalibilidad propia del magisterio ordinario universal, puesto que sus decisiones van a ser siempre magisterio extraordinario. Todas las Actas de cualquier Concilio Ecuménico, no importa si son Cánones, capítulos, o considerandos, están libres de todo error en fe o moral. Si se ha aprobado el error, como ocurrió en el Vaticano II, señal infalible de que es un falso Concilio.

    Pero luego se revela el nudo del problema:” La conciencia infalible de la Iglesia tiene el recurso de poder expresarse a través de la voz personal del Sumo Pontífice, con las mismas ventajas que la voz del Concilio. El Papa posee, en virtud de las promesas del Señor (Mt 16, 16; Ich I, 42; 21, 15; Lc 22, 32), el mismo carisma de infalibilidad, en la proclamación de la verdad católica, que el colegio episcopal”

    Estamos ante la repetición de un conocido error modernista: Según los teologastros condenados por san Pío X, la conciencia de la Iglesia hacía evolucionar el dogma, y el magisterio estaba ahí como el eco y portavoz de esa conciencia, que le es superior y de la que depende. Es el exacto contrario de lo definido por el Vaticano I No por sí mismo, (es infalible el Papa), sino por el consenso de la conciencia de la Iglesia.

    Ven las cosas exactamente al revés de cómo son: Según ellos, Nuestro Señor habría dado a la Iglesia, como conjunto indiferenciado, o como aristocracia episcopal parlamentaria, la infalibilidad, y este poder colegial tendría a su disposición como portavoz, y cabeza ministerial, al Papa, cuando quisiera expresarse con una sola voz. Da la impresión de que el sujeto ordinario y esencial de la infalibilidad es el colegio episcopal, mientras que el Papa sólo sería un sujeto secundario, y auxiliar del primero. Sabiéndolo o no, los partidarios de esa visión en espejo reproducen en la Iglesia los debates habidos en el ámbito de la filosofía política sobre el origen de la soberanía política. Según la ley natural y la sana razón, no menos que la sana doctrina católica, Dios da la potestad siempre de arriba hacia abajo, entregando directamente la soberanía al Papa o al gobernante político.

    Mientras que si seguimos el esquema que subtiende ese texto, Dios daría la soberanía/infalibilidad al Parlamento/colegio episcopal, y éste a su vez, se lo transmitiría al Papa/gobernante.

    Lo cierto es que en último término, toda potestad soberana proviene de Dios a través del Papa, y que en el caso de la infalibilidad, es Dios el que la causa directamente en el Papa, y éste el que la transmite a los pastores y a los fieles, bien bajo el modo ordinario y universal, bien bajo el extraordinario, en Concilio Ecuménico. Sin su intervención libre y soberana, el resto de la iglesia es nada, y no goza de ninguna infalibilidad.

    El Papa DEFINE ex cathedra muy raras veces, pero EXPLICA e incluso JUZGA doctrinalmente desde esa misma cátedra muchas veces, y es tan infalible en esto como en sus juicios solemnes.

    Esta no es una iniciación a la Teología, sino a la subversión

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  7. TERCER TEXTO

    (Francisco de B. Vizmanos S. I. – Ignacio Riudor S. I.; “Teología fundamental”, pp. 693/95 y 703)

    375. Los herejes orientales del primer milenio ya intentaron por todos los medios aminorar la prerrogativa papal de infalibilidad incondicionada, y llegaron a forjar falsos documentos para acusar a los Papas romanos de herejía, como ocurrió con Honorio. No es de extrañar que sus sucesores del tercer milenio los imiten en el odio hacia el Pontificado Romano del que no son sino súbditos rebeldes. De acuerdo en que infalibilidad no equivale en modo alguno a impecabilidad. Además son transparentes, porque dicen claramente que lo que más les molesta es que el Papa sea Soberano, no dependa de ellos, y que uno de los aspectos de esa soberanía, y de los más importantes, consista en que el Espíritu Santo le impide enseñar el error, y tiene poder de imponer jurídicamente la ley de la creencia a toda la Iglesia, mientras que ellos dependen del Papa, si quieren beneficiar ellos también de esa prerrogativa de infalibilidad.

    376. Los criterios apuntados son sólo los que caracterizan las definiciones solemnes, no quedando restringida la infalibilidad a solas éstas.

    377. “Usando el grado supremo de su autoridad” Si entendemos autoridad en el sentido de poder de jurisdicción, así es, si se entiende que el carisma de la infalibilidad negativa tiene grados, no, porque no hay medio: O el Espíritu Santo, por medio del carisma de la infalibilidad, previene la injerencia del más pequeño error, o no lo hace, en esto, no hay más o menos.

    378. No hay dos infalibilidades diferentes, una, la de la Iglesia, y otra, la del Romano Pontífice. El Concilio dice que el Papa goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres quiere eso decir, que la infalibilidad de la Iglesia pasa necesariamente por el Papa, en quien reside como en propio lugar, y en el resto de la Iglesia, por participación.

    Eso de que el Papa no definirá nada que no cuente con el asentimiento de la Iglesia, (los obispos) es más que dudoso. Imaginemos que todo o casi todo el cuerpo de pastores de la Iglesia estuviera en contra, por ejemplo, de que el Papa definiera la infalibilidad incondicional de su magisterio ordinario, por estar influidos por la propaganda galicana y modernista. Podría perfectamente ese Papa proceder a la definición, sin que los dichos obispos tengan nada que oponer, y sí tengan la estricta obligación de creer, profesar y obedecer en conciencia lo definido y mandado por el Papa.

    395. No son sólo “algunos autores” los que defienden la infalibilidad del Papa también en su magisterio ordinario, de todos los días, es que esa ha sido la creencia de toda la Iglesia desde hace dos milenios, y su contraria “Ecclesia Romana errare potest” ha sido objeto de condena solemne ex cathedra, definiendo pues que la Iglesia Romana no puede enseñar el error, nunca, jamás, ni una sola vez, simpliciter.

    Y hace decir al Vaticano I lo que NO dice, porque éste último no afirma que el Papa es infalible SÓLO cuando define ex cathedra (ya les habría gustado, ya).

    No hay que buscar definiciones en el magisterio ordinario, porque esas, por esencia, pertenecen al magisterio extraordinario. Siempre lo mismo, confundiendo la obligación jurídica, mayor o menor, con la infalibilidad incondicionada y perpetua, en cualquiera de las formas que pueda revestir la enseñanza papal.

    ¡Con lo fácil que es, decir que el Papa es siempre infalible, aunque no imponga obligación gravísima, en vez de estar haciendo encaje de bolillos para saber si es o no infalible, y en qué medida, y si obliga o no…!

    Lo que dice Mons. Martin, es que magisterio ordinario no se refiere a “definiciones dotadas de la máxima obligación”, porque eso es propio del magisterio extraordinario. Es de perogrullo, pero para los que se empeñan en confundir la llave de la profecía, siempre uniformemente infalible, con la llave de la jurisdicción, que conoce sus más y sus menos, se hacen tales líos que ya no saben entender correctamente el significado de los textos conciliares, incluso haciéndoles decir lo que no dicen, y tampoco comprenden la interpretación auténtica que de esos textos conciliares dio su mismo promulgador Pío IX, que estaba muy lejos de afirmar que el error podía entrar en su magisterio ordinario.

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  8. Repasemos:

    Infalibilidad del magisterio extraordinario (cfr. Pastor Aternus): el Papa como Pastor y Maestro define en materia de fe o moral una doctrina para ser creída por todos los fieles.

    Infalibilidad del magisterio ordinario: el Papa o el Papa junto con los Obispos proponen para ser creída una materia como divinamente revelada (cfr. Dei filius) o proponen o inculcan una enseñanza que pertenece ya al patrimonio de la doctrina católica, o pronuncian sentencia sobre materia hasta entonces disputada (cfr. Humani generis).

    Ahora bien, no todo magisterio ordinario es infalible. Los antecedentes e intervenciones que precedieron o rodearon el Concilio Vaticano I lo demuestran: cita por Luis Gahona Fraga en “El objeto indirecto de la infalibilidad en Santo Tomás de Aquino”: “…la cuestión planteada por Monzón Martín y Puente [Arzobispo de Granada] (en su intervención) y por Dupanloup (en su segunda propuesta) es la de un magisterio ordinario en la que no se ejerce el carisma de la infalibilidad ( o en el que, al menos, dicho ejercicio infalible se aplaza para el momento adecuado)”

    Luego está la expresión de Pío XII en “Humani generis”: “la mayor parte de las veces… (no dice siempre) lo que se inculca en las Encíclicas…”

    Y esto es así porque: o lo que se propone no lo es como materia divinamente revelada (ya demostré esto en relación a las novedades conciliares en mi discusión anterior con el blogger), o no pertenece ya al patrimonio de la doctrina católica (tal es el caso nuevamente de las novedades conciliares) o
    bien no busca zanjar ninguna cuestión y por tanto no sentencia nada (así resulta de las novedades conciliares).

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  9. Sr. Director:
    Aun no teniendo yo la preparación suficiente, ni mucho menos, que se precisa para incursionar legítimamente en estas cuestiones tan espinosas, me tomo la libertad de aportar un par de consideraciones, que, más que eso, son en realidad interrogantes que se me plantean.
    Haré lo posible para no extenderme demasiado. De no lograrlo, le pido desde ya las ddisculpas del caso.

    1. En primer lugar, cuando el Concilio Vaticano I expresó en la Constitución Apostólica Pastor Aeternus “El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos,…; posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres”, quiso decir, y dijo, “cuando” (no una vez, sino 2 veces) y no otra cosa más que “cuando” (conj. temporal). Esto es, no dijo “siempre” (adv. temp.), ni nada que se le parezca.
    En otras palabras, y dejando de lado por el momento qué significa exactamente “hablar ex cathedra” (ya que, aunque aledaña, es cuestión aparte); va de suyo, quiera que no, que el documento de marras, con tales palabras plantea una disquisición y hace una diferenciación entre “hablar ex cathedra” y hacerlo de otro modo. De no ser así, ¿qué sentido tendría tal redacción? De no existir tal oposición ¿no habría sido más lógico, entonces, que el Concilio determinara simple y taxativamente que siempre -como algunos afirman- el Pontífice habla ex cathedra, y por tanto, siempre posee dicha infalibilidad? Es más, viendo bien, ni siquiera tendría sentido que hubiera mencionado el concepto de ex cathedra, pues, en tal hipótesis, dicha alusión no tendría más valor que una inadmisible redundancia.
    Creo que no aceptar esta premisa implicaría, tácita y automáticamente, achacarle al Concilio un grueso error, sea lingüístico y/o conceptual, en la redacción de la norma, cosa que debemos descartar totalmente, por razones obvias.
    Dejo el primer interrogante planteado.

    2. En segundo lugar, y respecto de la interpretación y análisis de esta Constitución Apostólica por parte del Dr. R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga y de quienes con él coinciden, sean anteriores o posteriores a él, creo entrever, a partir del concepto suyo de que “esa ordinaria asistencia divina presupone y exige la personal y libre correspondencia de la libertad humana. Y el Papa, como hombre, puede fallar en esa correspondencia”, que el mismo se refiere con ello, tácitamente, al principio del libre albedrío, que toma en cuenta como punto de partida de su opinión, y que en este caso se traduciría en la libre voluntad de quien eventualmente ocupe la Silla de Pedro, para incurrir o no en una herejía, a pesar -y más allá- de la asistencia del Espíritu Santo en respaldo de su fe.
    Y he aquí otro de los interrogantes que a mí se me plantean:
    ¿Cuando N.S.Jesucristo proclamó la promesa: “Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca”, la misma abarcaba incluso el caso hipotético de que algún sucesor de Pedro tuviera la voluntad expresa, consciente y voluntaria de traicionar la Fe; es decir, la promesa de impedirle incurrir en tal acto malicioso, aun en contra de su voluntad, enervando así su ejercicio del libre albedrío? ¿O la promesa de marras consistiría pura y exclusivamente en la asistencia eterna y absoluta al Sumo Pontífice, por medio del Espíritu Santo, para no dejarlo errar en la Fe, para no dejarlo caer en error, siempre y cuando ésa fuese su voluntad; mas no en aquel caso en que el mismo quisiera incurrir en tal desvío consciente y deliberadamente?
    Ahora bien, a fin de determinar con certeza el alcance y significado de la promesa divina, creo imprescindible poner en evidencia la diferencia semántica entre los términos “desfallecer” y “errar”, por un lado, y el de “traicionar”, por el otro, y, en función de ello, llegar a establecer, quizá (recalco la duda), la diferencia esencial entre “…rogar para que tu fe no desfallezca” o “para no errar en la Fe”, y “…rogar para no dejarte caer en herejía, aunque así sea tu voluntad”, cual serían -si se me permite- las hipotéticas palabras implícitas en la promesa general, en la suposición de que la asistencia obrare aun en el último caso señalado.
    En síntesis, si no me equivoco, la cuestión a elucidar sería prioritariamente ésta: ¿la asistencia del Espíritu Santo que la promesa de N.S.Jesucristo encierra, y seguirá encerrando para siempre, es total, absoluta, irrestricta, sin límite alguno; o supone una relatividad, en los términos precedentemente planteados?
    No sé quién estará en condiciones reales de despejar estos interrogantes, pero, más allá de esto, modestamente creo que en este punto estriba mucho la aclaración de varios puntos que en este momento se han puesto sobre la mesa de debate.
    Un saludo afectuoso para el Sr. Director.

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