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DISENTIMOS DEL PADRE MÉRAMO


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Abajo pongo un mensaje del P. Méramo sobre la Infalibilidad que él llama excesivamente y ofensivamente, en mi opinión, papolátrica. Reproduzco su mensaje, seguido brevemente de las razones  por las que en  mi opinión, son  los suyos, juicios excesivos. Yo creo que este debate tenía que haberse zanjado. En realidad el P. Méramo repite una y otra vez sus argumentos, sin hacer caso de los argumentos de los oponentes que parece no haberlos leído y mucho menos respondido,  aunque como él apunta, la razón de que no se le entienda , es por falta de “inteleccción” de sus adversarios, frente a la que no pueda hacer nada.

Dejando aparte observaciones personales que no vienen al caso, incluso en las que alude a su preparación personal y profundos estudios, me limitaré  a exponer unas breves acotaciones sobre sus ilaciones, que no las veo lógicas en absoluto, y que sugieren un entendimiento apartado, a lo que yo creo de la tradición de la Iglesia en sus teólogos, doctores y Padres de la Iglesia. [ Como dije en otro lugar a un comentarista  la Iglesia siempre la ha profesado por sus Santos Padres, por sus papas, por sus doctores como San Roberto, y que lo contrario  a ello  Ud falsamente  afirma ser   doctrina, que es la de la Iglesia, la que se ha sabido y profesado siempre en todas partes]

Se admitirán también comentarios, contra la que era mi intención en este “casus belli”  con el ruego de que sean respetuosos y que no caigan en observaciones personales, ni ataques ad hominem,  ni desdigan de la caridad y humildad que debe haber en un debate entre cristianos.

SOBRE LA INFALIBILIDAD PAPOLÁTRICA

Estimado Director de Amor de la Verdad:
Usted reafirma como opinión, que un Papa no se puede nunca equivocar: “si un Papa no fuera infalible en su magisterio ordinario, podría como maestro propalar herejías en todo el cuerpo social católico”, o también expresando las mismas ideas al decir que: “los papas en su magisterio también ordinario no pueden caer en herejías o en errores contra la fe”. Permítame aclararle que tal concepción aparentemente pía, encierra una falsa noción de la infalibilidad y de la persona del Papa, pues se está confundiendo (al menos implícita, y quizás inconscientemente) divinidad la Iglesia (como institución divina que no se puede jamás equivocar enseñando el error o la herejía en materia revelada contenida en el depósito de la fe) con divinidad del Papa, como si fuera una persona divina que no se pudiera equivocar. Esto es un error, porque la persona del Papa no es divina, sino que es sagrada y es muy distinto uno de lo otro. El único hombre cuya persona es divina es Nuestro Señor Jesucristo.
Hay un trasfondo idolátrico, resabio del paganismo, divinizando lo que no es Dios; así se divinizaba a los reyes y emperadores, el Faraón en Egipto, el Cesar en el Imperio Romano, el emperador azteca Moctezuma en México, incluso en los reinos cristianos esa idea de divinidad que rodeaba al trono, de toda esa mentalidad que de algún modo se translucía y se trasuntaba en la concepción que algunos pueblos tenían del rey o del monarca. La mentalidad pagana, que no era atea, asociaba lo divino a lo humano, el hombre pagano que hace de la fuerza el origen del poder, asume que manda el más fuerte, el poder es la fuerza misma a la que todo se somete y respeta, y no el bien común, la verdad, el derecho y la justicia que la autoridad procura. El poder, así lo comprende para colmo, es la fuerza divinizada a la cual se someten los hombres. Es el concepto de autoridad pagano. Es incluso así, como algunos conciben la autoridad del Papa, cual resabio de una mentalidad pagana no del todo superada; pues el Papa, por muy Papa que sea, sigue siendo un hombre de carne y hueso que se puede equivocar, aunque tiene la prerrogativa definida por la Iglesia de que no se equivoca cuando (el solo) habla ex cathedra, y nada más, esto es dentro de los límites y condiciones que ese concepto expresa; y es impropio pretender enmendarle la plana a la misma Iglesia cuando lo define, extendiéndolo también al magisterio ordinario, con lo cual el Papa sería siempre infalible, tanto en el magisterio extraordinario o solemne como en el magisterio ordinario y esto no es lo que la Iglesia enseña ni define. De lo contrario habría que afirmar que la definición fue mal formulada o deficiente, pues debió decir en vez de ex cathedra, que el Papa (el solo) es siempre infalible en materia revelada y sería, así, infalible en todo su magisterio, tanto extraordinario como ordinario.
¡Claro que un Papa se puede equivocar!, porque no es divino, pero para eso están también los cardenales y obispos para que inmediatamente reaccionen ante el error y aún más ante la herejía que un Papa se atreviera a esbozar; y cuando hablo del Papa, estoy hablando del Papa solo, porque queda claro que el magisterio ordinario universal de la Iglesia ejercido por el cuerpo episcopal con el Papa a la cabeza, es infalible y no el Papa solo, ni ningún Obispo aislado, sino coadunados, concordes, unánimes.
Pretender que un Papa por el hecho de ser Papa, no puede enseñar herejías y errores, es una cuasi divinización al otorgarle una infalibilidad que solamente Dios posee. La infalibilidad del Papa, hay que tomarla tal y como la Iglesia la define, sin ir más allá de sus límites, como acontece con todo lo que se define.
Ahora bien, no querer entender esto, o no quererlo ver, ya es un problema de intelección ante el cual yo no puedo hacer nada, pero eso no hace que las cosas dejen de ser lo que son, como enseña la Iglesia y la sana doctrina.
El Papa es el fundamento y la cabeza visible de la Iglesia, pero es evidente que no se identifica la Iglesia de modo total con el Papa, porque el Papa, siendo parte principal y fundamental, es sólo parte, que jamás puede constituir el todo que es la Iglesia; por eso afirma el axioma, que el todo es mayor que cualquiera de sus partes. De allí que no se puede confundir la divinidad de la Iglesia como Cuerpo Místico y prolongación de la Encarnación cuya cabeza invisible es Cristo, con divinidad del Papa. Concebir un Papa divino, es una idolatría, una y mil veces.
Decir que el Papa no se puede equivocar nunca, tanto en el magisterio extraordinario como en el ordinario, es hacer del Papa poseedor de una divina infalibilidad sólo de Dios. Y aun la Iglesia que es divina y goza de esa infalibilidad de Dios, tiene límites, porque es infalible y no puede errar única y exclusivamente en lo que atañe al depósito revelado.
Por eso San Alfonso María de Ligorio pone en el mismo tapete, en un extremo a Lutero y Calvino y a Pighi en el otro diciendo sobre la infalibilidad del Papa: “Varias opiniones están aquí presentes: 1° La primera es aquella de Lutero y de Calvino, quienes enseñan esta doctrina herética, que el Papa es falible, incluso cuando habla como Doctor universal y de acuerdo con el Concilio. 2°La segunda, que es precisamente lo opuesto a la primera, es la de Albert Pighius que sostiene que el Papa no puede errar, incluso cuando habla como doctor privado. 3° La tercera es aquella de ciertos autores que sostienen que el Papa es falible en las enseñanzas dadas fuera del Concilio. (…) 4° La cuarta opinión, que es la opinión común y a la cual nosotros adherimos, es esta: bien que el Pontífice Romano puede errar como simple particular o doctor privado, así como en las puras cuestiones de hecho que dependen principalmente del testimonio de los hombres, sin embargo cuando el Papa habla como doctor universal definiendo ex cáthedra, es decir en virtud del poder supremo transmitido a Pedro de enseñar la Iglesia, decimos que es absolutamente infalible en la decisión de las controversias relativas a la fe y a las costumbres”. (Oeuvres Complètes de S. Alphonse de Liguori, Traduites par le P. Jules Jacques, Extrait du Tome IX, Traités sur le Pape et sur le Concile, ed. Desbonnet, Gent-Belgium 1975, pp.286-287-292). Aclaro que el P. Jacques fue felicitado por un Breve de S.S. Pío IX en 1870, por su obra que después fue publicada e impresa en 1887.

Por eso en la definición de Pastor Æternus se dice: “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe”. (Dz. 1836).
Y por eso mismo el Apóstol, previendo una situación como ésta, que alguien con una investidura tan alta pudiese enseñar una doctrina equivocada, afirmó: “Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del Cielo, os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema”. (Gal.1, 8).
Espero que esto nos ayude a todos a comprender las cosas en esta materia.

P. Basilio Méramo
Bogotá, 5 de Septiembre de 2013

A lo que respondo brevemente con los siguientes puntos, en cursiva las palabras del texto anterior:

1. Ud. afirma que  un papa no se puede equivocarse nunca

Yo no he dicho que un papa no se puede equivocar nunca. Al revés he dicho por activa y por pasiva que un papa no podrá caer en la herejía o en errores contra la Fe, en la enseñanza- término que entiendo por ser infalible-  de su magisterio ordinario.  Lo cual no es lo mismo que lo que Ud. afirma.  O sea que fuera de estos casos, puede equivocarse como dije en un post:

Un papa legítimo en su magisterio ordinario no puede sostener herejías o errores contra la Fe. No quiere decir que en los documentos del magisterio todo lo que diga en el orden filosófico, histórico, natural, artístico prudencial, estratégico etc…sea verdad, pues en ello pueden deslizarse errores. Pero sí decimos que en estos documentos no habrá afirmaciones que sean  herejías ni errores contra la Fe o la Moral. Tampoco quiere decir que lo sostenido por el papa obligara siempre  a profesarlo entre los católicos, por lo menos en un grado igual al del magisterio solemne.

Se trataría de una infalibilidad meramente negativa en cuanto que  los papas no podrían caer en su enseñanza ordinaria en  herejías, y sólo limitada a la Fe y a la Moral. ¡Nada más y nada menos!

2. Bien es verdad que Ud. delimita su acusación a lo que escribe a continuación: en lo cual estoy de acuerdo que es lo que sostengo.:

“si un Papa no fuera infalible en su magisterio ordinario, podría como maestro propalar herejías en todo el cuerpo social católico”, o también expresando las mismas ideas al decir que: “los papas en su magisterio también ordinario no pueden caer en herejías o en errores contra la fe”

me reafirmo en ello y lo amplio diciendo que si esto hiciera caería ipso facto en la herejía.  Según la opinión común, principalmente la de SanRoberto Belarmino,  y San Alfonso, y San Francisco de Sales,  también ipso facto dejaría de ser papa. Y lo rechazan por imposible.

El Papa León XIII dice, en efecto, en su encíclica Statis Cognitum 29 de junio 1896

“Sería absurdo decir que alguien que está fuera de la Iglesia puede presidirla.”

San Roberto Belarmino escribió en El Pontifice Romano así:

“No puede ser cabeza de la Iglesia, aquél que ni siquiera es miembro de ella

La Bula “Cum ex apostolatus” lo confirma. Ante lo cual tengo escrito:

 Si esto fuera así, un papa dejaría inmediatamente de ser papa como lo afirma San Roberto en el capítulo 30 de su De romano pontífice y es sentencia común. Pero entonces ¿quien le leería al papa  su deposición, puesto que la primera sede “a nemine iudicatur”?  En la práctica esto sería imposible, o en todo caso, causaría un serio cisma en la Iglesia como lo demuestra la historia y tendríamos un papa hereje descarriando a la Iglesia entera. ¿No es más lógico pensar que un papa por su infalibilidad  está protegido de enseñar el error? ¿alguien puede mostrar ejemplos en contrario, fuera de las falsificaciones demostradas de las herejías de HonorioSan Liberio, y de Juan XXII?

¿Acaso puede decirse que algún papa ha caído alguna vez en herejías en su enseñanza? Esto lo sostuvieron protestantes, jansenistas, galicanos  [Véase el post La cruzada de Mons. Fellay]

Lo confirma el papa Pío IX

“Así que los vemos exponer con audacia, como indubitables o al menos completamente libres, ciertas doctrinas  reprobadas muchas veces, volver a plantear por enésima vez otro  revoltijo tomado en las obras de los viejos defensores de estas mismas doctrinas controversias históricas, pasajes mutilados, calumnias lanzadas contra los pontífices romanos, todo género de sofismas. Con toda impudicia, vuelven a poner todas estas cosas sobre el tapete, sin querer tener en cuenta los argumentos con los que han sido ya  cien veces refutadas ”

(Pío IX, Breve Dolendum profecto de 12 de marzo 1870 dirigida a Dom Guéranger por su libro La Monarquía Pontificia [A] )
También tengo escrito lo dicho a propósito de la bula  Licet  en la que se dice lo siguiente referido a que la Sede romana, el papa,  pueda errar:

BULA LICET EA.Contra la herejía: Ecclesia Urbis Romae errare potest, en el cual se tacha de herejía lo que se declara en él como contrario a la doctrina católica.

… y las otras (proposiciones) que Nos dejamos en silencio a causa de su enormidad (que aquéllos que las  conocen las olviden, y que aquéllos que no las conocen no sean puestos al corriente por nuestra presente), Nos, las declaramos falsas, contrarias a la santa fe católica, erróneas, escandalosas, totalmente extrañas a la verdad de la fe, contrarias a los decretos de los santos Padres y a las constituciones apostólicas, y conteniendo una herejía manifiesta”

Entre ellas estaba la proposición “ECCLESIA URBIS ROMAE ERRARE POTEST”. El papa en la bula no la reproduce “expresis verbis”, a causa de su enormidad, y la condena en los términos anteriores.

De manera que sostener que el papa puede errar o caer en herejía en su enseñanza, está más que sancionado por el magisterio ex cathedra.

3. A lo que dice de: Permítame aclararle que tal concepción aparentemente pía, encierra una falsa noción de la infalibilidad y de la persona del Papa, pues se está confundiendo (al menos implícita, y quizás inconscientemente) divinidad la Iglesia (como institución divina que no se puede jamás equivocar enseñando el error o la herejía en materia revelada contenida en el depósito de la fe) con divinidad del Papa, como si fuera una persona divina que no se pudiera equivocar..

Tengo que decirle que no es verdad que porque el papa sea infalible se deduce que es una persona divina.  Si así fuera valdría también para la infalibilidad del papa en su magisterio solemne.

El que el papa esté preservado del error por voluntad divina, no es igual que sea persona divina. A fortiori podría decirse esto de cualquier sacerdote que consagra o perdona los pecados, investido de la autoridad y poder que el mismo Dios quiso darle.  Ud. no prueba esta consecuencia y si fuera verdad muchas personas de la Iglesia en la historia hubieran cometido este pecado de papolatría. Esta objeción está, a lo que creo, totalmente fuera de lugar.

Considere estas citas y dígame si estas personas han caído en el error de la idolatría:

“Siendo los Papas infalibles en su enseñanza oficial, ningún Papa ha podido violar esta ley, Honorio no más que otros. A la luz de la fe católica, juzgamos, con toda certeza, que es falsa esa imposible acusación de herejía que el desconocimiento de los hechos o la mala fe había elevado contra el Pontífice.
Ningún Papa se ha equivocado jamás, porque ningún Papa ha podido equivocarse nunca. Se decía: Un Papa se equivocó, luego los Papas pueden equivocarse. A la luz del Concilio Vaticano I, decimos: “Los Papas no pueden equivocarse, luego el Papa Honorio no se ha equivocado.” [Mons. de Segur, El dogma de la infalibilidad]

“La Iglesia universal no puede errar, porque Aquél que en todo ve cumplidos sus ruegos por su dignidad, le dijo a Pedro, sobre la profesión de fe en que se funda toda la Iglesia: Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca   “(Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, Suplemento a la Parte III, q. 25 a 1.)

“El Romano Pontífice, dijo a su vez el gran (cardenal)Toledo, no puede errar en materia de fe y moral, y esta conclusión no debe ser aceptada como una mera opinión, porque la opinión contraria es un error en la fe” (Toledo, en SS Thom).

Si el Papa pudiera caer en el error, ¿cómo iba a poder cumplir con su deber de impedir que sus hermanos puedan caer en él? ”
RP-Marie Antoine, el “Santo de Toulouse” en “el Concilio Vaticano I y la infalibilidad” )

4. Hay un trasfondo idolátrico, resabio del paganismo, divinizando lo que no es Dios; así se divinizaba a los reyes y emperadores, el Faraón en Egipto, el Cesar en el Imperio Romano, el emperador azteca Moctezuma en México, i

Lo anterior es una apreciación suya que no se tiene en pie por lo que dejo de comentarla.  Y mucho menos se puede aceptar que esto es un resabio de paganismo etc…Si así fuera las autoridades anteriores tendrían el mismo achaque.

5. el Papa, por muy Papa que sea, sigue siendo un hombre de carne y hueso que se puede equivocar

Distingo: se puede equivocar en su magisterio, en materias de Fe o costumbres por virtud de la promesa de Cristo, niego.

Si no hubiera tal promesa (Yo rogaré por tí para que tu fe no falle..) lo  acepto.

El que sea un hombre de carne y hueso no tiene nada que ver, como tampoco tiene que ver que sean hombres de carne  y hueso los obispos consagrantes  al ordenar sacerdotes, y los mismos sacerdotes ya que pueden realizar en nombre de Cristo la transustanciación y el perdón de los pecados. Y no son dioses por ello.

6. tiene la prerrogativa definida por la Iglesia de que no se equivoca cuando (el solo) habla ex cathedra, y nada más, esto es dentro de los límites y condiciones que ese concepto expresa;

-¿Entonces es divino  en ese magisterio con esa prerogativa?

– Definida por la iglesia   (¡Pero con el papa aprobando)

 y nada más, esto es dentro de los límites y condiciones que ese concepto expresa

Nada más según una interpretción errónea de la definición que no dice SÓLO  es infalible.. y además esas condiciones se dan siempre en su magisterio, en su enseñanza oficial.

Dentro los límites...  pero  estrictamente considerados según el concepto ex cathedra  que se ha venido propalando en el siglo XX…

7.  es impropio pretender enmendarle la plana a la misma Iglesia cuando lo define, 

Interpretándola mal, concedo.   Rectamente interpretada niego.

8. El Papa es el fundamento y la cabeza visible de la Iglesia, pero es evidente que no se identifica la Iglesia de modo total con el Papa, porque el Papa, siendo parte principal y fundamental, es sólo parte, que jamás puede constituir el todo que es la Iglesia; por eso afirma el axioma, que el todo es mayor que cualquiera de sus partes.

El papa es la Roca sobre la que se asienta la Iglesia. No es una parte más, ni siquiera principal. Es el fundamento necesario. Sin él no son infalibles los concilios, ni los obispos en su magisterio ordinario.  También el motor de un automóvil es una parte de él, pero es el que le hace moverse. Exactamente igual la infalibilidad le viene a la iglesia de la Roca que la sustenta, que la confirma en el Fe, y que la apacienta como Pastor.

En realidad hemos llegado al punto en que se observa que su concepción es errónea.  La Iglesia es infalible por que el papa le comunica esa infalibilidad. No es la Iglesia la que da infalibilidad al papa. Si no fuera así no tendría sentido las palabras de Cristo a Pedro en el texto fundamental: y yo te digo que Tú eres Roca, y sobre esta Roca edificaré mi Iglesia y las puertas del Hades (herejías) no podrán contra ella. El cual “ella” como dice Fillion se predica directamente de la Roca, aunque indirectamente de la Iglesia, como reconoce Orígenes. [Véase el comentario bíblico en la barra lateral de Fillion]

Santo tomás tambien dice lo msimo con claridad:

La Iglesia universal no puede errar, porque Aquél que en todo ve cumplidos sus ruegos por su dignidad, le dijo a Pedro, sobre la profesión de fe en que se funda toda la Iglesia: Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca   “(Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, Suplemento a la Parte III, q. 25 a 1.)

[ Véase el pensamientode Santo tomas sobre esto en el post Santo Tomás sobre los papas
9. De allí que no se puede confundir la divinidad de la Iglesia como Cuerpo Místico y prolongación de la Encarnación cuya cabeza invisible es Cristo, con divinidad del Papa. Concebir un Papa divino, es una idolatría, una y mil veces.

El papa no es divino per se, su función sí es divina, como la de cualquier sacerdote o obispo o cualquier santo confirmado en gracia..  O incluso cualquier fiel que posee la infalibilidad discente. O si está en gracia es  divino porque es templo de la Sma Trinidad y Templo del Espíritu Santo. Nadie confunde nada.  La función de Pedro es confirmar en la Fe a sus hermanos. O sea a toda la Iglesia. Es ridículo decir que admitir  esto es idolatría. Simplemente es tomar en serio a Cristo, a sus palabras. A su acción en la Iglesia y en Pedro,   a quien dio el poder divino de las llaves , que supera claramente la potencia humana.

Lo que hizo decir al Cardenal Toledo:

“El Romano Pontífice, , no puede errar en materia de fe y moral, y esta conclusión no debe ser aceptada como una mera opinión, porque la opinión contraria es un error en la fe” (Toledo, en SS Thom).

La Iglesia permitió, recomendó, y  ensalzó  sus obras lo cual no haría si fuera un idólatra, o  un pagano .

10.  [Dice San Alfonso] La cuarta opinión, que es la opinión común y a la cual nosotros adherimos, es esta: bien que el Pontífice Romano puede errar como simple particular o doctor privado, así como en las puras cuestiones de hecho que dependen principalmente del testimonio de los hombres, sin embargo cuando el Papa habla como doctor universal definiendo ex cáthedra, es decir en virtud del poder supremo transmitido a Pedro de enseñar la Iglesia, decimos que es absolutamente infalible en la decisión de las controversias relativas a la fe y a las costumbres”. (Oeuvres Complètes de S. Alphonse de Liguori, 

El término ex cathedra de san Alfonso no es el que Ud le da sino  el que él mismo da a continuación:

 es decir en virtud del poder supremo transmitido a Pedro de enseñar la Iglesia, 

O sea ejerciendo su enseñanza a la Iglesia que no está limitada a la definiciones solemnes, cada 200 años.

Véase el siguiente texto de San Alfonso que contradice ampliamente su exposición:

SAN_AL~1

San Alfonso María de Ligorio en el libro La verdad de la Fe escribió, en referencia a lo dicho por el propio Belarmino: “¿Que algunos papas hayan caído en la herejía, algunos han tratado de probarlo, pero no lo han probado,ni nunca lo probarán; nosotros vamos a probar claramente lo contrario en el capítulo X. Pero además, si Dios permitiese [Nota.:mera hipótesis] que un Papa fuese hereje notorio y contumaz, éste dejaría de ser Papa, y la sede quedaría vacante. Mas si fuera hereje oculto, y no propusiese a la Iglesia ningún dogma falso, entonces no causaría ningún daño a la Iglesia, pero nosotros tenemos que presumir con justicia, como dice el cardenal Belarmino, que Dios no permitirá jamás que ningún Pontífice romano, ni siquiera como doctor [hombre] privado, llegue a ser hereje notorio ni siquiera oculto “ .

Es claro que el Santo no admite que un papa haya podido caer en herejía incluso como doctor privado ni siquiera ocultamente. Pero su pensamiento sobre el magisterio del papa, tanto ordinario como extraordinario, es claro. Es excesivo, como es patente, restringir su sentencia a las definciones solemnes. como si un papa pueda caer en herejía cuando enseña a toda la iglesia. ¿O es que el santo era papólatra o pagano o divinizaba a los papas?.

11. Por eso en la definición de Pastor Æternus se dice: “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe”. (Dz. 1836).

¿Y por qué restringe lo dicho aquí al magisterio solemne y extraordinario? ¿A lo proclamado por el papa cada 200 años?  Como si en el intervalo no siguiera enseñando a la Iglesia con un magisterio ordinario exento de herejías. Un papa no puede ser hereje, ni particularmente, y mucho menos enseñando a la iglesia.  Lo contrario sería reirse de la promesa de Cristo. A Pedro se le dio la orden de confirmar a los hermanos  ¿Confirmarlos diciendo herejías?  ¿Creer en que esto no es posible es ser un papólatra, un idólatra, o un pagano como Moctezuma?

12. Y por eso mismo el Apóstol, previendo una situación como ésta, que alguien con una investidura tan alta pudiese enseñar una doctrina equivocada, afirmó: “Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del Cielo, os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema”. (Gal.1, 8).

Niego que el Apóstol haya pensado en una “situación como ésta”. Simplemente la afirmó de cualquiera que predicase una doctrina contraria al Evangelio  que él predicaba. Él también estaba protegido por la infalibilidad  y más aún por la inspiración. sin que por esto lo tengamos por un ser divino. Ni somos Pablólatras los que lo pensamos. y muchos menos paganos e idólatras.

11 replies »

  1. De las ocasiones en que estuvimos comiendo juntos, conservo un grato recuerdo del estimado P. Méramo, y de su amena y erudita charla, de la que siempre se podía aprender algo.

    Por eso me resulta más penoso tener que disentir una vez más de sus opiniones.

    No parece haber comprendido ajustadamente qué es lo que realmente definió el Concilio Vaticano I. Por eso dice:

    “De lo contrario habría que afirmar que la definición fue mal formulada o deficiente, pues debió decir en vez de ex cathedra, que el Papa (el solo) es siempre infalible en materia revelada y sería, así, infalible en todo su magisterio, tanto extraordinario como ordinario.”

    Tendría razón, si el Concilio se hubiera propuesto elaborar una definición que cubriera todos los aspectos de la infalibilidad del Papa. Pero no es así. La Constitución Pastor Aeternus está hablando únicamente de lo que toca a las definiciones solemnes de la Iglesia, es decir, un juicio sobre una doctrina de fe y costumbres, que el Papa, haciendo uso de su poder soberano, va a imponer como creencia de obligada tenencia y profesión, a toda la Iglesia.

    En los siglos previos a la definición, los enemigos de la Iglesia conocidos como galicanos y jansenistas habían elevado dos tipos de dificultades:

    Primero, parecía exorbitante que el Papa pretendiera imponer una doctrina de fe o moral a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, cisma o herejía, y condenación eterna, a no ser que estuviera totalmente excluida la posibilidad de equivocarse, e inducir al error a toda la Iglesia. Lo contrario hubiera sido intolerable tiranía.

    Ahí estaba la primera cuestión: ¿Era infalible por sí mismo, sin necesidad de la asistencia del resto de los obispos, en Concilio, o al menos separadamente, pero con consenso unánime o casi de todos ellos, como representantes de sus respectivas Iglesias?

    Segundo, ese poder de obligar a todos los cristianos, como acto caracterizado de soberanía, ¿Lo tenía el Papa por sí mismo, como verdadero monarca absoluto de la Iglesia, o más bien, actuaba como representante del Colegio episcopal, en el que realmente residía el poder soberano de la Iglesia? Lo que los galicanos llamaban “cabeza ministerial”.

    Conviene desligar claramente esos dos aspectos, porque esa distinción es capital a la hora de entender la definición, contexto, alcance y límites.

    La Constitución Pastor Aeternus procede en primer lugar a precisar el Primado del Papa, y va deshaciendo sistemáticamente todos los argumentos amontonados por galicanos y jansenistas a lo largo de los últimos siglos, dejando bien claro que primero a Pedro le ha sido dado poder soberano de jurisdicción, y que es éste, libremente, el que concede a los demás pastores de la Iglesia el participar ocasionalmente de ese poder soberano.

    “A esta enseñanza tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre ha sido entendido por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las opiniones distorsionadas de quienes falsifican la forma de gobierno que Cristo el Señor estableció en su Iglesia y niegan que solamente Pedro, en preferencia al resto de los apóstoles, tomados singular o colectivamente, fue dotado por Cristo con un verdadero y propio primado de jurisdicción. Lo mismo debe ser dicho de aquellos que afirman que este primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino que lo fue a la Iglesia y que a través de ésta fue transmitido a él como ministro de la misma Iglesia. “

    Deja claro que todo el orden de jurisdicción, en la Iglesia, fluye del Papa.

    Y no sólo para casos extraordinarios, sino también, para todo el gobierno ordinario de la Iglesia:

    “Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor[16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.”

    Una vez que ha sentado claramente que el Papa tiene poder de imponer definiciones de fe por sí mismo, por su propia autoridad, sin necesitar del consenso de nadie más, pasa a resolver la primera objeción: ¿Cómo se puede hacer eso son tiranía, salvo que la posibilidad de error esté totalmente excluida?

    Por eso va aprobar, que así como el Papa posee en propio la plenitud de potestad, paralelamente, también posee la plenitud de verdad. Lo mismo que es incondicionadamente soberano en el orden jurídico, también es incondicionadamente infalible en el orden doctrinal. Y estos dos aspectos se deducen ambos dos, simétricamente, del Primado conferido a Pedro, y a ningún otro a favor de la Iglesia.

    “Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: «La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»[24]. “

    Y lo que sienta el Concilio como regla general, es la infalibilidad perpetua de la Sede petrina:

    “Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella[“

    Está claro: “Donde la fe no puede sufrir mella”

    Y no dice que el Papa alguna vez tenga la posibilidad de apartarse del depósito de la fe apostólica, más bien dice que el Papa no puede decir otra cosa, ni siquiera por revelación directa del Espíritu Santo, y que la Sede permanece SIEMPRE libre de todo error.

    “Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»”

    ¿Acaso no queda claro que la regla general sentada por el Concilio es la infalibilidad perpetua e incondicionada, de la que luego hará una aplicación especial y concreta, en lo que toca a las definiciones solemnes, que es lo que estaba siendo más combatido?

    “Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.

    “Carisma de una verdadera y NUNCA DEFICIENTE FE”

    Esa es la ley general en la que se apoyan para declarar que el Papa no necesita de nadie para ser infalible, sino que lo es siempre por sí mismo, incluso cuando por un acto jurídico, obliga a toda la Iglesia bajo pena de excomunión y condenación.

    Y si lo afirman ahora, una vez más, y de manera solemne, es porque:

    “Ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.”

    ¿Qué más habría tenido que decir el Concilio para dejar claro que un Papa no puede desfallecer en la fe, ni como persona particular, (tema que el Concilio no toca ex profeso, pero que transparece por la elección de las citas), ni sobre todo, como Doctor Universal de los cristianos, que enseña siempre sin posibilidad de error, y como Soberano común de los mismos, que tiene verdadero poder de imponer lo que en ningún caso puede ser erróneo o perjudicial para la Iglesia?

    Pero como Pío IX y los Padres del Concilio ya preveían las siguientes tretas del enemigo por entonces derrotado, estaba previsto que en las siguientes sesiones del Concilio, se trataría ex profeso de la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario. Una vez sentada la argumentación precedente, y atendido el principio de que “quien puede lo más, puede lo menos”, no les habría sido nada difícil reducir a la nada los argumentos del enemigo, y dejar en claro que si el error aparece en la cátedra de Pedro, es señal infalible de la ilegitimidad de origen de su ocupante, conforme a la definición ex cathedra de Paulo IV:

    Claro que entonces, el plan de los Carbonari, que sobre orden de León XII y Gregorio XIII había sido publicado por Crétineau-Joly, en que planeaban llegar a hacer aprobar la Revolución en todos los órdenes, por parte de la Iglesia, con la ayuda de un falso Papa elegido gracias a sus influencias, habría quedado completamente frustrado.

    Así que por una parte, hicieron estallar la guerra franco-prusiana, y por otra, hicieron que Roma fuera sacrílegamente ocupada por las tropas piamontesas, con lo que el Concilio debió suspenderse, y en ese estado sigue, esperando que otro verdadero Papa lo reanude, y condene para siempre teorías tan contrarias a la perenne doctrina de la Iglesia.

    Lo mismo que los obispos reciben su jurisdicción inmediatamente del Papa, y no del sacramento del Orden, ni de ninguna otra instancia, paralelamente, reciben su infalibilidad docente del mismo Papa, inmediatamente, tanto si están reunidos en Concilio, como si están dispersos por el Orbe.

    Eso de la divinización del Papa, ya lo vomitaban los galicanos y jansenistas, que bien en sus obras, y sobre todo en su correspondencia privada, no se sonrojaban de llamarlo “ídolo papal”, “Faraón”, “déspota religioso”, “Bonzo obtuso”, “tirano de las conciencias”, Oráculo del Vaticano” “arúspice romano” (por los sacerdotes paganos que hacían adivinación examinando las entrañas de animales sacrificados)., “César papal”

    Así que el Parlamento episcopal es divino, puesto que infalible, pero el soberano, que es el que forma, llama, dirige y disuelve ese Parlamento eclesiástico, no lo sería…

    Eso lo decían los puritanos, no los católicos.

    Y eso lo dice uno que todos los días hace bajar a Dios humanado sobre el altar, que perdona los pecados, que se inserta directamente en el Oficio Divino de alabanza intratrinitaria, y que sin embargo, está muy lejos de ser Dios.

    Lo mismo que no somos meramólatras, tampoco somos papólatras…

    Por las citas que hemos colocado en otras entregas precedentes, habría debido quedar claro que la Iglesia está como resumida en su Cabeza, que habla por su boca, y que siempre ha sido reconocido que la Iglesia Romana, es decir su Obispo, representa a toda la iglesia Universal.

    Tanto en el orden jurídico, como en el doctrinal, Pío IX podría haber dicho, “L’Église, c’est moi”, con tanto acierto como el rey Luis XIV, cuando recordaba que todo el poder del Estado provenía de él, como emanación de su soberanía, y no necesitaba ni dependía de ningún otro para poder ejercitarse.

    Verdad natural y sobrenatural insoportable para mentes infincionadas de liberalismo, pero evidente para quien conozca la constitución natural de la autoridad.

    Y suponiendo que san Alfonso María de Ligorio hubiera pensado como el P. Méramo, (quod est demonstrandum), debería saber que se debe hacer más caso de una palabra del Papa, que de cualesquiera otro doctor. Y con la cantidad de citas aportadas, me parece claro cuál ha sido siempre el pensamiento de los Papas sobre su propia infalibilidad.

    Espero que por fin nos explique cómo interpreta el “Doctor Architectonicus” las siguientes citas no nuestras, sino de dos eminentes y santos Papas:

    “San León I el Grande (440 – 461)
    ÉL dejaba entender que San Pedro vivía y enseñaba por la boca de sus sucesores: “El bienaventurado Pedro, conservando siempre esta consistencia de piedra ecibida por él, no ha abandonado el gobierno de la Iglesia (…) Si nosotros hacemos alguna cosa buena, si nosotros penetramos con precisión en las cuestiones, (…) es la obra, es el mérito de aquél cuyo poder vive y cuya autoridad manda en su Sede” (In anniversario assumptionis suae, sermón 3).
    Pedro y sus sucesores estaban asegurados de una rectitud doctrinal inquebrantable: “El Mesías es anunciado comopiedra elegida, angular, fundamental (Isaías XXVIII, 16). Por eso Jesús da a Simón si propio nombre de piedra, como si le dijera: “Yo soy la piedra inviolable, la piedra angular, que reúne en uno dos cosas; yo soy el fundamento al cual nadie puede substituir; mas tú también, tú eres piedra, pues mi fuerza deviene el principio de tu solidez, de suerte que lo que me era propio y personal de mi poder, te deviene común conmigo por participación. (In anniversario Assunptionis suae, sermón 4).
    Este papa dice todavía: “En el curso de tantos siglos, ninguna herejía podía manchar a aquéllos que estaban sentados en la cátedra de Pedro, pues es el Espíritu Santo quién les enseña” (Sermón 98).
    Los Padres del concilio de Calcedonia declararon formalmente sobre San León: “Dios, en su providencia, ha elegido, en la persona del pontífice romano un atleta invencible, impenetrable por cualquier error, el que viene de exponer la verdad con la última evidencia”.”

    San León IX (1049 – 1054),
    Después de haber dicho que la Iglesia construida sobre Pedro no podía absolutamente “ser dominada por las puertas del infierno, es decir por las disputas heréticas” (cf Mateo XVI, 18) y luego citado la promesa de Cristo a Pedro (Lucas XXII, 32), amonesta a los cismáticos griegos Miguel Cerulario y León de Acrida en su carta In terra pax de 2 de septiembre de 1053:
    “¿ALGUIEN SERÁ LO BASTANTE LOCO PARA ATREVERSE A PENSAR QUE LA PLEGARIA DE AQUÉL PARA QUIEN QUERER E PODER PUEDA QUEDAR SIN EFECTO SOBRE UN PUNETO CUALQUIERA?
    La Sede del príncipe de los apóstoles, la Iglesia romana, ¿no ha CONDENADO , sea por Pedro mismo, sea por sus sucesores, refutado y vencido todos los errores del os herejes? ¿No ha confirmado los corazones de los hermanos en la fe de Pedro, que hasta ahora no ha fallado y que hasta el fin no fallará?”

    ¿Se atreverá, como lo ha hecho últimamente con Pío XII, a acusarlos de herejía?

    ¿O es que acaso esos también, lo mismo que santo Tomás de Aquino, eran unos pobres ignorantes sin sapiencia ni intelección o sindéresis, a los que había que devolver a sus zapatos?

    Esperamos ansiosamente la contestación del famoso Doctor Meramus…

    Por último, hablando de galicanos, el Doctor Sorbonicus redivivus nos vuelve a servir un refrito de doctrina galicana: La de la Sedes, y el Sedens. Según ellos, la Sede Romana era siempre infalible, aunque el Sedens, el Papa que se sentaba en ella, pudiera errar y enseñar el error a la Iglesia….
    Siempre habría una sanior pars, aunque minoritaria, que denunciaría los errores de ese Papa, por lo que nunca se podría decir que había desfallecido…¡del todo!

    Siempre se podría apelar a un Concilio General futuro, o a un Papa mejor inspirado, que con toda seguridad, corregiría los errores de sus predecesores, aunque para eso, tuvieran que pasar siglos quizás, y todo el mundo viviera pacíficamente sumido en el error, como vemos hoy día con la falsa iglesia conciliar.

    Que esto se pudiera decir hace siglos, cuando costaba imaginar algo parecido a la debacle conciliar, ya era escandaloso, pero seguir sosteniendo lo mismo hoy, como lo hace la FSSPX, o nuestro estimado Doctor, tiene delito…

    “¡Claro que un Papa se puede equivocar!, porque no es divino, pero para eso están también los cardenales y obispos para que inmediatamente reaccionen ante el error y aún más ante la herejía que un Papa se atreviera a esbozar; y cuando hablo del Papa, estoy hablando del Papa solo, porque queda claro que el magisterio ordinario universal de la Iglesia ejercido por el cuerpo episcopal con el Papa a la cabeza, es infalible y no el Papa solo, ni ningún Obispo aislado, sino coadunados, concordes, unánimes.”

    Si esto no es galicanismo puro, que venga Dios y lo vea…

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  2. Estimado Sr. moimunan:
    Quisiera que Ud. me informe, sin ningún compromiso de su parte, si es factible enviarle un mail a alguna dirección de correo asignada al blog, si es que hay alguna.
    Lo dudo, ya que la busco y no la encuentro en la página, pero por las dudas se lo consulto.
    Desde ya muchas gracias y un saludo cordial.
    Ernesto

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  3. Los muchos estudios no dan una inteligencia lógica.

    La Iglesia no puede enseñar el error. ¿Cómo entonces distintos papas se contradicen en un asunto clave como es el de la infalibilidad del sumo pontífice? Porque como ya se ha demostrado reiteradamente, en los distintos posts y comentarios de este blog, antes y después de CVI distintos papas – San León I, San León IX, Pío XII y otros que ahora no recuerdo, se han expresado contra CVI según lo interpreta el P. Méramo.

    Del P. Méramo: ¡Claro que un Papa se puede equivocar!, porque no es divino, pero para eso están también los cardenales y obispos para que inmediatamente reaccionen ante el error y aún más ante la herejía que un Papa se atreviera a esbozar

    No se acepta la infalibilidad de Pedro, a pesar de las promesas de Jesús, pero se hace descansar esa infalibilidad en un numeroso conjunto de “falibles”: cardenales y obispos.
    ¿De una suma de falibles, (a los cuales no se prometió especialmente asistencia del Espíritu Santo como a Pedro), se obtiene un todo infalible? Realmente tengo un problema de intelección.

    Por último:

    “El Romano Pontífice… posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres.”

    “El Romano Pontífice… goza, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que poseyera su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres.”

    Una de estas dos proposiciones forma parte de la definición de “Pastor aeternus”

    Dejo al padre Méramo como tarea para la casa, buscar cuál es la correcta.

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  4. Estimado Sr. moimunan:
    Deseaba enviarle a Ud. en persona estos documentos por correo, junto con un comentario, en razón de que no deseo dar lugar a nuevas polémicas haciéndolo en el blog.
    No obstante, al no conocer ninguna dirección apropiada adonde hacérselos llegar (consulta del 7 cte.), opto nomás por esta vía, aunque obviando tal comentario, y con el sólo ánimo de aportar una información más sobre este tan delicado y, al mismo tiempo, controvertido tema.
    Al respecto, es de esperar que algún día alguien con la suficiente sabiduría y autoridad dentro de nuestra Iglesia Católica, eche definitivamente la luz necesaria sobre el particular.
    Aclaro que estos antecedentes son extraídos del trabajo de Arnaldo Vidigal X. da Silveira, “Implicaciones teológicas y morales del Novus Ordo Missæ”.
    Lástima que no se pueda remarcar aquí (con negritas o cursivas) las partes más relevantes y atinentes a esta cuestión, pero confío plenamente en que a nadie se le pasarán por alto.
    Por último, lamentablemente, no puedo dejar pasar por alto y recalcar el error de algunos de confundir (sin mala intención y sin ánimo de calumniar, esperamos) estas opiniones con “no aceptar”, “negar”, o “estar en contra” de la Infalibilidad papal (lo cual implicaría una evidente herejía); ya que no tienen nada que ver una cosa con la otra, y de modo alguno -salvo malas interpretaciones de por medio- tal punto de vista implica semejante dislate.

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    San BONIFACIO (680-754)

    C) De Graciano a nuestros días. En el “Decretum” de Graciano figura el siguiente canon atribuido a San Bonifacio Mártir:
    “Ningún mortal tendrá la presunción de argüir al Papa de culpa, pues, incumbido de juzgar a todos, por nadie debe ser juzgado, a menos que se aparte de la fe” (1).

    Lo que sigue es comentario de Vidigal da Silveira:

    En el “Dictionnaire de Théologie Catholique”, Dublanchy provee algunos datos expresivos sobre la influencia de ese canon en la fijación del pensamiento medioeval respecto de la cuestión del Papa hereje:
    Se encuentra en el “Decretum” de Graciano esa aserción atribuida a San Bonifacio, Arzobispo de Maguncia, y ya citada como suya por el Cardenal Deusdedit (+1087) y por San Ivo de Chartres, “Decretum”, V, 23 (…).
    Después de Graciano, esa misma doctrina se encuentra hasta en los partidarios más convictos de los privilegios pontificios. Inocencio III se refiere a ella en uno de sus sermones (…). En general los grandes teólogos escolásticos no prestaron atención a esa hipótesis, pero los canonistas de los siglos XII y XIII conocen y comentan el texto de Graciano. Todos admiten sin dificultad que el Papa puede caer en herejía, como en cualquier otra falta grave. Se preocupan tan sólo de investigar por qué y en qué condiciones puede, en ese caso, ser juzgado por la Iglesia (2).

    Notas al pie:

    1) Pars 1, dist. 40, cap. 6, canon “Si Papa”.- El “Decretum” de Graciano fue compuesto en la primera mitad del siglo XII, probablemente en 1140.

    2) Dublanchy, artículo “Infaillibilité du Pape, en el “Dic. de Théol. Cath.”, cols. 1714-1715.- También otro canon de Graciano es interpretado por autores como Cayetano (“De Comparatione…”, p. 170) y Suárez (“De Fide”, dis. X, cap. VI, n. 15, p. 320), en el sentido de que declara al Papa hereje privado del cargo. Se trata del can. “Oves” (C. 13, c. 2, q. 7), atribuido al Papa San Eusebio (ese canon sería del pseudo Isidoro, según concluye Bernardi, “Gratian. Canon, Genuin”, pars. II, tom. II, cap. 29, p. 138, citado por Phillips, “Du Droit Eccl.”, vol. I, pp. 179/180).

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    Papa INOCENCIO III (1198-1216)

    Párrafo del Sermón del Papa Inocencio III:
    “La fe es para mí a tal punto necesaria, que, teniendo a Dios como a mi único Juez en cuanto a los demás pecados, sin embargo, solamente por el pecado que cometiese en materia de fe, podría ser yo juzgado por la Iglesia” (1).

    Nota al pie:

    1) Citado por Billot, “Tract. de Ecc. Christi”, tom. I, p. 610.- Ver también “Sermón IV en Const. Pont.”, P.L., 217, 670.- Aunque tales pronunciamientos evidentemente no sean definiciones de fe, tienen no obstante gran autoridad, por provenir de un Papa que fue defensor intransigente y valeroso de las prerrogativas pontificias.

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    San Ivo de CHARTRES (1040-1116)

    Lo que sigue es comentario de Vidigal da Silveira:

    Para desautorizar a ese Sínodo provincial de Vienne, podría argumentarse que otro Santo, el Obispo Ivo de Chartres, se rehusó a participar en él alegando que a nadie cabía juzgar al Papa (1).
    No pretendemos aquí estudiar la Historia del Sínodo de Vienne; lo citamos tan sólo a fin de mostrar que, en la época, dos Santos y un futuro Papa tomaron en relación a Pascual II una actitud fundada en los principios de que puede haber un Papa hereje, y de que en tal caso el Pontífice pierde el cargo. Por lo tanto, será únicamente desde este punto de vista que nos ocuparemos en analizar la posición de San Ivo de Chartres.
    El también era contrario a las concesiones hechas por Pascual II al Emperador. Decía que el Papa debería ser advertido y exhortado por los Obispos a fin de que reparase el mal practicado. Divergía, sin embargo, del Sínodo de Vienne porque no consideraba que la actitud del Papa en la cuestión de las investiduras envolviese herejía (2). Afirmaba, en consecuencia, que Pascual II no podía ser sometido al juicio de los hombres, por más graves que hubiesen sido sus debilidades. Sin embargo, San Ivo reconocía explícitamente en su carta -lo que constituye para nosotros un testimonio importante más sobre la posibilidad de defección del Papa en la fe- que el Pontífice eventualmente hereje perdería el cargo.
    He aquí sus palabras:
    “(…) no queremos privar a las llaves principales de la Iglesia (esto es, al Papa) de su poder, cualquiera que sea la persona colocada en la Sede de Pedro, a menos que se aparte manifiestamente de la verdad evangélica” (3).
    Por lo tanto, la actitud tomada por San Ivo de Chartres no se opone, desde el punto de vista que por el momento nos ocupa, a la de Godofredo de Amiens y San Hugo de Grenoble, sino que, por el contrario, la corrobora (4).

    Notas al pie:

    1) Ver Bouix, “Tract. de Papa” de Papa, tom. II, pp. 650-651; Rohrbacher, “Hist. Univ. de l’Egl. Cath.”, tome XV, p. 61-63.
    San Ivo de Chartres, que tomó tal decisión juntamente con otros Obispos, explica su actitud en carta dirigida al Arzobispo de Lyon (P.L., 162, 238 ss).

    2) Según parece, esa disputa que dividía hasta incluso a los Santos que se oponían a Pascual II, se originaba por cierta confusión que flotaba en torno al concepto de hereje. Unos decían que, en tanto el Papa no afirmara la herejía, no era hereje. Otros sustentaban el criterio de que, habiendo actuado de modo contrario a un dogma definido, era hereje. La teología posterior esclareció mejor el principio de que es posible incurrir en herejía no sólo negando explícitamente un dogma, sino también practicando actos que revelen de modo inequívoco un espíritu herético (desarrollamos ese tema en el artículo “Atos, gestos, atitudes e omissoes podem caracterizar o herege”, en “Catolicismo”, N° 204, diciembre de l967).
    Por lo tanto, San Ivo tenía razón al sustentar que por el mero hecho de actuar en forma opuesta a un dogma, Pascual II no se tornaba hereje. Pero, por sus escritos, no se ve que él haya considerado el otro aspecto de la cuestión: el actuar continuamente en un sentido contrario a un dogma puede ser suficiente para caracterizar al hereje.
    Y, por su parte, los Obispos reunidos en Vienne tenían razón al decir que es posible caer en herejía no sólo por palabras, sino también por actos; pero no consta que ellos hayan tenido en vista que semejantes actos caracterizan al hereje sólo cuando, considerados en todas sus circunstancias, revelan de modo inequívoco un espíritu herético,. La simple pusilanimidad, por ejemplo, aunque continuada, no constituye herejía. Tal habría sido, según los historiadores en general admiten, el caso de Pascual II.

    3) P.L., col. 240.

    4) El ”Decretum” atribuido a San Ivo de Chartres contiene también una referencia a la posibilidad de un Papa hereje, como indicamos en esta misma página. No le damos especial relieve, porque su autoridad es hoy puesta en duda. Es, sin embargo, innegable que a ese “Decretum” se le reconoce valor no pequeño como expresión del pensamiento medioeval.

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  5. Muy interesante el tema que nos plantea, a saber, si supusieron los canonistas, y algún Papa, como Inocencio III, que los Papas podían errar en la fe, y por lo tanto, ser juzgados por la Iglesia.

    He aquí lo que dice la áurea obra “Misterio de iniquidad sobre el particular, en concreto, sobre lo aparecido en el DTC, pero que puede aplicarse generalmente a todo el “argumento canónico” utilizado por algunos para afirmar que un Papa verdadero puede errar, y ser juzgado por la Iglesia, e incluso ser depuesto por ello:

    “El diccionario de teología católica (artículo “infalibilidad del papa”) sostiene que el
    papa Inocencio III (1198 – 1216) se habría pronunciado contra la infalibilidad perpetua del papado. Como prueba, el diccionario cita esta frase:

    “Principalmente yo tengo necesidad de la fe, porque no dependo para todas las otras faltas más que de Dios; por las faltas contra la fe, al contrario, puedo ser juzgado por la Iglesia”.

    Se podría interpretar este pasaje en el sentido de que un papa puede errar en la fe y en consecuencia podría ser juzgado por la Iglesia (un concilio general por ejemplo), No obstante, es de notar que el Diccionario de teología católica ha incurrido en una falsificación del texto. El procedimiento es viejo como el mundo: se extrae la cita de su contexto y se le da un sentido opuesto a aquél dado por el autor mismo. ¡Qué lector se tomará el trabajo de ir a las fuentes para verificar! He aquí el texto no amputado:

    “Si yo mismo no tuviera una fe sólida, ¿cómo podría confirmar a los otros en la fe? Y esa es una de las partes principales de mis funciones, pues ¿no ha dicho el Señor a San Pedro: “yo he rogado por ti para que tu fe no vacile”, y: “Una vez convertido, fortifica entonces a tus hermanos”. Él ruega, y fue escuchado en todo a causa de su obediencia.

    La fe de la Santa Sede no vacila jamás en los tiempos de confusión sino que permanece siempre firme e inquebrantable, a fin de que el privilegio de San Pedro permanezca inviolable. Pero precisamente por esta razón yo tengo sobretodo necesidad de la fe, porque no dependo para todas las otras faltas más que de Dios; por las faltas contra la fe, al contrario, puedo ser juzgado por la Iglesia”. Yo tengo la fe y una fe constante,
    porque ella es apostólica” (Inocencio III: principal discurso al pueblo después de su
    consagración; traducción francesa in: J. B. J. Champagnac: Philippe Auguste y su siglo,
    París 1847 p. 264)

    El Diccionario de teología católica (artículo “infalibilidad pontificia”) ha mentido amputando una parte del sermón de Inocencio III. En otro artículo (”deposición”), el mismo diccionario peca todavía por omisión, al citar una frase extraída de otro texto de Inocencio III, sin indicar que, en ese mismo texto, Inocencio defiende la ortodoxia del papado (“Pedro ha renegado de palabra mas no de corazón”). ¡He ahí cómo ese diccionario disfraza el pensamiento de Inocencio III!

    Con el fin de no dejar subsistir alguna duda sobre el pensamiento auténtico de este papa, citaremos otro texto suyo. Inocencio III , después de haber recordado la promesa a San Pedro (“yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”), hizo el comentario siguiente: “Nuestro Señor insinúa evidentemente por sus palabras que los sucesores de
    Pedro no se alejarán EN NINGÚN TIEMPO de la fe católica, sino que conducirían más bien a los otros; por eso le acuerda el poder de confirmar a los otros, a fin de imponerles la obligación de obedecer” (Carta Apostólica Sedis primates al obispo de
    Constantinopla, 12 de noviembre de 1199). ¡Este pasaje es capital, pues la expresión
    “en ningún tiempo” (nullo unquam tempore) hace la tesis de la infalibilidad perpetua del
    soberano pontífice absolutamente irrefutable!

    Así pues, ¿Se han de entender esos textos como hablando de verdadero juicio y deposición de un Papa legítimamente elegido, pero cuya caída en herejía consta debidamente a la Iglesia, o cabe otra solución?

    Lo cierto es que tanto los teólogos como los canonistas siempre tuvieron claro que un verdadero sucesor de Pedro no podía caer en Herejía. Pero los unos, los teólogos, lo dijeron más claramente, mientras que los segundos, los canonistas, más positivos, simplemente dejaron que los teólogos explicaran, conformándose ellos con desarrollar las consecuencias canónicas que se seguirían si aparecía el error o la herejía en aquél que se sentaba sobre la Sede del Apóstol Pedro.

    Suponían, no que se deponía a un verdadero Papa, sino a alguien que nunca había sido tal:

    En la Edad Media. La vía seguida por los católicos fue la siguiente: no deponer un papa, sino impugnar la validez de la elección de un antipapa intruso. El historiador alemán Zimmermann, después de haber analizado una a una las deposiciones de los sucesivos antipapas, resume así los principios del procedimiento:“aparece como perfectamente legítimo alejar a un hereje de su posición usurpada y hacer abstracción, en ese caso, de la máxima jurídica “La Sede primera no es juzgada por nadie”. Lo que se sacaba a un tal papa, no se le quitaba más que en apariencia, pues en realidad no lo había poseído jamás; por esto su pontificado era ilegítimo desde el comienzo y él mismo debía ser considerado como un invasor de la Santa Sede. En las fuentes sobre las deposiciones de papas, se puede leer – todavía más frecuentemente que la suposición de simonía, y sin duda no por azar – el reproche de usurpación (invasio), lo que ponía en duda un pontificado en su raíz, porque se expresaba así que el dicho acusado no había sido jamás ocupante legítimo e la “primera Sede” en la que jamás habría tenido el derecho de considerarse como tal: Es por esto que el término “invasio” aparece regularmente en las fuentes, en tanto que término técnico para un pontificado que es necesario considerar como ilegítimo” (Harald Zimmermann: Papstabsetzungen des Mittelalters, Graz, Viena y Colonia 1968, p. 175).

    La misma observación es hecha en el Diccionario de teología católica (artículo “deposición”): cuando se privaba a los antipapas cismáticos de su oficio, no se les deponía del pontificado, sino, matiz importante, se les quitaba un pontificado que jamás habían poseído desde el comienzo. “De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446). Los concilios que los han golpeado no han hecho más que examinar su derecho a la tiara. No son los papas los juzgados, sino la elección y el acto de los electores”.

    El mismo San Yvo no supone otra cosa, y así ocurrió cuando la cuestión del Papa Pascual II: El mismo san Yvo de Chartres, junto con varios otros santos obispos, posteriormente canonizados, como san Bruno de Segni, o san Hugo de Grenoble, advirtió al Papa que de ratificar el Pravilegium, ellos empezarían a pensar muy en serio si no habían elegido a un hereje, y tomarían las provisiones necesarias: Es decir, declararemos que nunca tuviste el Pontificado, puesto que demuestras ahora ser hereje, a través de la comisión de unos actos que ningún Papa perpetraría. Por eso dice la siguiente cita que las elecciones deben ser hechas de manera canónica. Los cismáticos y herejes están inhabilitados por derecho divino, por lo que si se elige a uno de ellos, aun simplemente oculto, la elección no es canónica, no es legítima, no da derecho absolutamente de nada a nadie, y es además perfectamente insanable. El único recurso es declarar que se eligió a una persona inhabilitada, y declarar que esa persona jamás tuvo verdaderamente la dignidad que pretendía ostentar.

    San Yves de Chartres (1040-1116), obispo de Chartres; no confundir con el patrono de las gentes de ley, San Yves (1253-1303)) participa en la elaboración del derecho canónico. Se le debe una vasta colección de leyes titulada Decretos. Cita allí 127 una ley del papa San León IV (siglo IX): “La elección y la consagración del futuro pontífice romano deben ser hechas conforme a la justicia Y A LAS LEYES CANÓNICAS” (Decreti, quinta parte, c. 14, dist. 63, c. Inter nos). ¡Y la primera y principal ley canónica es – evidentemente – que el candidato sea católico!

    Esta ley es citada igualmente por Graciano (Decreto, primera parte, dist. 63, c.
    31). El monje italiano Graciano recopiló las leyes dispersas y las reunió en una colección jurídica conocida bajo el nombre de Decretos (1140). Establece también los fundamentos de la ciencia del derecho canónico. Su colección de leyes fue autoridad desde el siglo XII; en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII ordena una publicación oficial a nombre de la Iglesia “Graciano (Dist. LXXXI) rehúsa la entrada de la clericatura a los herejes y apóstatas. Tanto como son todavía irregulares” (Thomassin, t. III. P. 591).

    https://moimunanblog.wordpress.com/2012/04/30/bula-cum-ex-apostolatus-officio-analisis-y-vigencia-actual/

    Con esos antecedentes, se entiende mejor que la Bula Cum ex apostolatus estatuya y defina que un cismático u hereje es ineligible para el Papado, y que una tal elección no da derecho a nadie.

    Por eso dice al principio de la Bula, si alguna vez apareciera el error sobre la Cátedra de san Pedro, “No debe poderse acusar a esa misma Cátedra de error”, puesto que alguno, como es el caso en nuestros días, podía verse tentado de afirmar que un Papa verdadero podía ser accesible al error. Por eso él ratifica la doctrina y práctica anteriores, y define que si alguna vez aparece el error sobre la Cátedra, es señal infalible de que el ocupante no es Papa verdadero.

    Creo que con eso queda claro cuál es el sentido que hay que darles a esos textos, que por no haber tenido en cuenta los precedentes medievales, y la doctrina que los soportaba, muchos teólogos o canonistas han malinterpretado, y siguen malinterpretando, incluso cuando ya saben que van en contra de sus pretensiones reductoras de la infalibilidad de los Papas.

    Finalmente, en la digresión acerca de los distintos significados que podía revestir la palabra herejía, decir que los sabios teólogos y canonistas sabían muy bien que la herejía se exterioriza no sólo mediante palabras, sino también mediante obras y omisiones, por ejemplo, del deber papal.

    Es gracias a esos indicios no necesariamente verbales que se podía descubrir los eventuales falsos Papas y verdaderos herejes, o en general, cómo procedía la Inquisición a desenmascarar a los infiltrados subversivos que solían ser unos artistas de la disimulación y el engaño.

    Si esos mismos criterios de vigilancia se hubieran aplicado a partir de 1958, sobre la persona de Roncalli, otro gallo nos habría cantado, se le habría desenmascarado, antes incluso de la elección, como así lo hicieron los Papas Paulo IV y san Pío V, cuando aún eran cardenales, desenmascarando a los herejes cardenales Morone y Pole, y evitando así que fueran elegidos Papas (aparentes).

    Precisamente para que en el futuro, no acaeciera una elección de ese tipo, y que si a pesar de todo sucedía elegir a un cismático o hereje oculto, los católicos pudieran detectarlo, darse cuenta de la ilegitimidad del electo, separarse de su comunión, y hacer todo lo necesario para denunciarlo y echarlo, sin ningún escrúpulo y angustia de conciencia, promulgó Paulo IV su famosa Bula.

    La situación que él temía y a la que quiso poner remedio se ha materializado.

    Ahora, nos toca ser fieles, obedecer lo dispuesto por el Vicario de Cristo, con total tranquilidad de conciencia.

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  6. Estimado Sr. moimunan:

    No obstante haberle manifestado en el mensaje anterior que no deseaba dejar ningún comentario, y solamente aportar las citas precedentes; reflexiono luego, y pienso que estoy obligado, a fin de no dejar lugar a ningún malentendido, a hacer la siguiente aclaración, sin interés alguno, como ya lo he dicho en otra oportunidad, de contradecir a nadie ni entrar en polémica con nadie.

    De manera alguna quisiera que se interprete que mi intención es “probar que el Sumo Pontífice no es infalible” o “que se puede equivocar”, es decir el propósito expreso de menoscabar la autoridad del Vicario de Cristo. Todo lo contrario. Dios me libre y guarde de ello. De no ser así, por extensión, semejante juicio le cabría entonces también a más de un santo, y hasta a algún pontífice de la Iglesia Católica, lo cual sería el mayor de los disparates.

    En tal sentido, y como prueba de cuan lejos estaría tal interpretación de mi verdadera intención, confieso sin ambages que en mi fuero íntimo hubiera querido que el Concilio Vaticano I, en la Encíclica “Pastor Aeternus” nos hubiera dicho, sin más ni más, y palabras más, palabras menos, que “nunca jamás” un Papa puede caer en un error en materia de fe, moral o costumbres. Pero como de lo que aquí se trata, al menos en lo que a mí concierne, es de conocer la Verdad, pura y exclusivamente, sea cual ella fuere, y sabiendo que el susodicho Concilio dogmático enseñó exactamente eso, la Verdad, y no otra cosa; pues -entonces- lo único que me interesa y lo único que busco es desentrañar esa enseñanza y llegar a develar definitivamente esa Verdad, y no lo que yo quiera entender por tal.

    Por tanto, y mal que me pese, debo admitir como una realidad incontrastable que lo que el magno Concilio dijo no fue eso que yo hubiera deseado que dijera, sino otra cosa, y es, como ya sabemos, que “el papa es infalible ‘cuando’ habla ex cathedra”.
    Así pues, va de suyo, y creo que no necesita de demasiada exégesis, que si documento dogmático dice “cuando” es porque quiere decir “cuando” y no “siempre”. Y así como dice “cuando”, también dice “ex cathedra”, y estas palabras y los significados que ellas encierran es lo, precisamente, debe ser estudiado e interpretado con fidelidad absoluta, sin ignorarlos ni hacer abstracción de ellos.

    De no ser así, se impone la pregunta: si en la Constitución Pastor Aeternus, el Concilio Vaticano I no hubiera querido dejar plasmada una distinción, una diferenciación, una disquisición, o como queramos llamarle, respecto de la infalibilidad papal, como de dicho texto parece desprenderse, ¿por qué habría de emplear una terminología como la que empleó, y no una más simple, y más taxativa, y más concreta, que no diera lugar a ninguna duda ni a interpretaciones antojadizas o equívocas?

    Al respecto, viene al caso traer a colación el argumento, que por creo haber leído, de que el Concilio “no dijo ‘solamente’ cuando…”, y al no haber dicho “solamente” significa que no previó ninguna excepción a la regla general. Pues bien, pienso que si este recurso dialéctico fuera válido, querría decir que es válido probar “lo que se quiso decir”, en función de “lo que NO se dijo”, en lugar de hacerlo a la luz de “lo que realmente se dijo”, y en este caso -nos guste o no, y valga la redundancia- lo que se dijo es que “el papa es infalible ‘cuando’ habla ex cathedra”. Y esto es, insisto, lo que hay que saber interpretar y explicar, sean cuales fueren las conclusiones, y sin prejuicios de por medio, ni para un extremo ni para el otro.

    Para terminar, pienso que cabe preguntarse si el meollo del asunto no residirá en el consabido principio del libre albedrío, y si, en virtud de ello, no deberíamos interpretar las palabras de la divina promesa hecha por N.S.Jesucristo a Pedro, en cuanto a “rogar para no dejarlo ‘desfallecer’ en la Fe” y “no dejarlo ‘errar’ en la Fe”, en el más estricto de los sentidos; esto es, haciendo la distinción semántica entre los conceptos de “desfallecer” y “errar”, que en absoluto implican “voluntad de hacer”, y el concepto de “impedir”, en el hipotético caso (Dios no lo quiera) de que un Pontífice tuviera la expresa y maligna intención de enseñar un error.
    No obstante, tal libertad no sería de manera alguna sin límites, toda vez que, a fin de preservar la Fe, el Señor

    Para que no se entienda mal: ¿no sería factible que N.S.Jesucristo, no obstante disponer del poder absoluto, incluso para impedir una acción voluntaria del sumo pontífice de cometer un error, en cualquier circunstancia que fuere; prefirió preservar la prerrogativa del libre albedrío por parte del mismo, PERO TAN SÓLO COMO SIMPLE HOMBRE, EN MUY ACOTADAS CIRCUNSTANCIAS, Y DE MANERA ALGUNA “CUANDO” ENSEÑE “EX CATHEDRA”; y circunscribió y limitó deliberadamente el efecto de la promesa de asistencia divina a quienes, por ignorancia, por negligencia o por alguna otra razón, pero no por voluntad expresa, pudieren caer en un error en las materias antedicha, no dejando así que ellos “yerren” o “desfallezcan” en la Fe?
    Una vez más, no presumo ni conjeturo nada, porque no soy quién para hacerlo, pero sí, -a la luz de tanta divergencia y confusión- para planteármelo como un interrogante, y eso es lo que hago.

    Obviamente, de lo anterior surge por lógica otra pregunta: ¿no será esto lo que el Concilio Vaticano I habrá contemplado -aunque no nos lo haya aclarado en Pastor Aeternus- cuando definió dogmáticamente la infalibilidad, empleando para ello los conceptos de “cuando” y “ex cathedra”?

    No presumo nada; solamente me lo planteo como un interrogante más, y, al respecto, no tengo dudas de que precisamente a este particular apuntaba el Padre Sáenz y Arriaga al expresar: “Esa ordinaria asistencia divina presupone y exige la personal y libre correspondencia de la libertad humana. Y el Papa, como hombre, puede fallar en esa correspondencia”.

    *************

    Por último, me permito agregar tres citas que, sin haberlas buscado, encontré casualmente en el día de ayer en un sitio de Internet, referidas a este tema, y que me siento en el deber de hacerlas conocer.

    Soy consciente de que las mismas (como las que aporté anteriormente) no concuerdan, y más bien se contraponen, con muchas, y muy importantes, que se han traído aquí hasta ahora, con el fin de probar la imposibilidad absoluta de que un Papa pueda caer en herejía, y de manera alguno pretendo responder a unas con las otras, a éstas con aquéllas, sino tan solo cotejarlas entre ellas, tratando de descubrir en definitiva dónde está la Verdad dentro de esa aparente o real contradicción.
    Agrego al final la dirección de donde extraje estos datos.

    —————–
    Enciclopedia Católica, «La Herejía», 1914, vol. 7, p. 261: “El mismo Papa, si fuere notoriamente culpable de herejía, dejaría de ser el Papa porque dejaría de ser miembro de la Iglesia”[1]. La herejía es un rechazo o duda obstinada de un dogma de la fe divina y católica, hecho por una persona bautizada. En otras palabras, una persona bautizada que niega deliberadamente una enseñanza dogmática de la Iglesia Católica es un hereje. La Iglesia Católica enseña que si un Papa se convierte en un hereje él perdería automáticamente su cargo u oficio y dejaría de ser el Papa. Esta es la enseñanza de todos los doctores y padres de la Iglesia que han hablado sobre este tema:
    San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30: “Un Papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser Papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”.
    San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306: “Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…”.

    San Antonino (1459): “En el caso en que el Papa se convirtiera en un hereje, se encontraría, por ese solo hecho y sin ninguna otra sentencia, separado de la Iglesia. Una cabeza separada de un cuerpo no puede, siempre y cuando se mantenga separado, ser cabeza de la misma entidad de la que fue cortada. Por lo tanto, un Papa que se separara de la Iglesia por la herejía por ese mismo hecho en sí dejaría de ser la cabeza de la Iglesia. No puede ser un hereje y permanecer siendo Papa, porque, desde que está fuera de la Iglesia, no puede poseer las llaves de la Iglesia”. (Summa Theologica, citado en Actes de Vatican I. V. Frond pub.)

    http://denunciaprofetica.blogspot.com.ar/2011/04/no-es-posible-que-un-hereje-sea-papa.html

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  7. Sr. moimunan:
    Habiendo sido la precedente entrada, la última licencia que, de aquí en más, me tome de incursionar -para bien o para mal, no lo sé- en su blog, deseo expresarle mi mayor gratitud a su gentileza y generosidad de darnos la posibilidad de expresarnos en él, al tiempo que le pido sepa disculpar todo aquello que, a su parecer, haya podido estar fuera de lugar en cualquiera de mis comentarios.
    Muchas gracias, pues, y le envío mi más cordial saludo.

    Ernesto

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  8. Estimado Ernesto:

    Me alegra saber de sus sentimientos respecto de nuestro Santo Padre el Papa, y que para nada tiene Ud. la intención de disminuir aquellas prerrogativas que por voluntad de Nuestro Señor son patrimonio propio suyo.

    Nos dice que habría querido que la Constitución Apostólica del Concilio Vaticano I, hubiese expresado que nunca jamás, un Papa puede caer en el error en materia de fe y costumbres.

    Deseo bastante curioso, porque eso es exactamente lo que ha hecho:

    “Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»”

    “Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra”

    Yo me pregunto: ¿Qué más hubiera debido decir el Concilio, que fuera más claro que estas palabras, no nuevas por cierto, sino repetidas una y otra vez, sobre uno y otro tono, por Papas, Concilios, Padres y Doctores a través de los siglos, y recordadas a los cismáticos, herejes y demás disidentes, precisamente cuando se trataba de llamarlos al orden, y devolverlos al aprisco del Señor?

    ¿Se puede utilizar lenguaje más claro, complexivo, enérgico, y excluyente de cualquier posible desviación, por mínima que sea, aunque sólo fuera una vez?

    Si las palabras todavía tienen un sentido, ¿Qué significa SIEMPRE libre de error, y NUNCA deficiente?

    Y lo sienta además como la regla general no sólo de toda enseñanza de los Romanos Pontífices, por ende, en todo su magisterio, también el ordinario, sino que se aplica también a su fe personal, puesto que los carismas son siempre dados a una persona humana concreta, no a una institución abstracta, por eso la indefectible fe personal de Pedro y sus sucesores es la raíz de la que brota la infalibilidad de su enseñanza pública, como Maestro y Doctor de todos los cristianos.

    Una vez sentada esa regla general, y que no sufre excepción alguna, el Concilio deduce lo aplicable a una especie de casos particulares, especialmente atacados, y necesitados por ende de reafirmación, como lo indica la propia Constitución:

    “Pero ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.”

    ¿Cómo atacaban esos no pocos la autoridad del oficio apostólico? Pretendiendo que para ser irreformables, las definiciones papales debían contar con el visto bueno, con el consenso de la Iglesia, entendiendo por Iglesia, el conjunto de los Pastores eclesiásticos, es decir, principalmente, los obispos residenciales.

    Pretendían que esa infalibilidad no le había sido dada a Pedro y sus sucesores de manera propia e inmediata, y negaban que desde la persona de Pedro y sus sucesores, se difundía ésta al resto del cuerpo eclesial, afirmando al contrario que Nuestro Señor, por la asistencia del Espíritu Santo, confería esa infalibilidad a todo el conjunto de sucesores de los Apóstoles, colegialmente, in solidum, a la manera en que el alma informa al cuerpo, sin que se pueda decir que reside en una parte del cuerpo más cualificadamente que en otra.

    De ahí, deducían dos importantes conclusiones:

    En primer lugar, que así como los obispos no eran infalibles sin estar unidos y en comunión con el Papa, así también, este último tampoco podía ser infalible, y su doctrina ser irreformable, sin estar unido al resto del colegio episcopal.

    En segunda lugar, si ocurría que un Papa promulgaba una doctrina, con la intención de imponerla a la Iglesia, sin que pudiera contar con el consenso unánime, al menos moral e implícito, del resto de los obispos, se entendía que esa doctrina era provisional, y que otro Papa, o mejor, un futuro Concilio General, podía cambiarla, reformarla.

    Esto equivalía nada menos que a adulterar toda la Divina Constitución de la Iglesia, tal como querida e instituida por Nuestro Señor JesuCristo.

    Porque Nuestro Señor fundó a su Iglesia como una monarquía de derecho divino, soberana y absoluta, en la persona del Bienaventurado Pedro y sus sucesores, independientes de cualquier otro poder humano, aunque sea la unanimidad de los obispos.

    De esa Cabeza soberana fluyen todos los demás poderes espirituales, (también el carisma de la infalibilidad, activa en los Pastores, pasiva en la iglesia discente), así como todos los derechos de la comunión eclesiástica (en primer lugar, el poder de jurisdicción).

    Los sucesores de los Apóstoles son corderos respecto de sus diocesanos, pero siguen siendo ovejas, respecto del Vicario de Cristo, por lo que nunca, y en ningún caso, pueden pretender que tengan algún poder y facultad que no hayan recibido, mediata o inmediatamente, de manos de la Santa Iglesia Romana. Nunca son quienes para tener la temeridad de impedir un acto papal, u oponerse a él, o pretender que en algo necesite el Papa de su concurso para la validez, firmeza y perpetuidad de sus actos. La relación no es bilateral.

    Es una relación de soberano a sujetos, de Pater familias a esposa e hijos, por mucho que esa idea espante y revolucione a nuestros contemporáneos, afectados en mayor o menor grado por la ideología y afectividad revolucionarias.

    Y no, como pretendían los subversivos galicanos y jansenistas, como si la Iglesia fuese una aristocracia coronada por una monarquía aparente, como la República de Venecia, con el Papa en función de Dux, sin poderes reales más allá de los que le eran consentidos por los Consejos de la Serenísima, y siempre bajo su control.

    Tampoco es una “monarquía temperada”, como pretendían no pocos autores en los albores del Concilio Vaticano I, en que los príncipes de la Iglesia tengan derecho de inspección, reforma e impedimento de la voluntad del gobernante.

    Menos aún es una monarquía constitucional o parlamentaria, en que el soberano reina, pero no gobierna, ni le pertenece en propio el poder que aún le pueda quedar.

    Es por esa razón que antes de llegar a la conclusión, la Constitución conciliar desarrolla todo lo referente al origen, naturaleza y carácter del Primado del Obispo de Roma, contestando punto por punto a las desvariadas teorías emitidas por los doctores galicanos y luego jansenistas desde el S. XIV.

    Como consecuencia última de todo lo anteriormente expuesto, sienta y define el Concilio que también en el orden doctrinal, el Papa es soberano, que detiene como cosa propia recibida inmediatamente de Dios el carisma de la infalibilidad, sin que se pueda pretender por Iglesia otra cosa que su principio y fundamento, la Piedra de Pedro.

    La clave está precisamente ahí: No en que el Concilio defina que el Papa es infalible, cosa que da por supuesta, como muestran las citas precedentes, sino en contestar a la siguiente pregunta: ¿De donde le viene al Papa esa infalibilidad? ¿Mediatamente, a través del colegio de sucesores de los Apóstoles, y sujeto a su consentimiento (ex consensu Ecclesiae), o inmediatamente de Dios, siendo esa infalibilidad una consecuencia más de su poder soberano, y siendo por ende, y por propia definición del concepto de soberanía, independiente del consenso del resto de pastores, y a fortiori, del resto de los fieles cristianos? (Ex sese)?

    Con una consecuencia derivada: Que todo lo que se dijera de la infalibilidad del Papa en las definiciones solemnes, se predicaba también, implícitamente, del origen, carácter y naturaleza del poder de jurisdicción, puesto que también este último es usado, en su grado máximo, en duchas definiciones solemnes.

    En esa definición conciliar, nos jugábamos todos el ser o no ser de la Iglesia, tal como la quiso Nuestro Señor JesuCristo.

    Y más ampliamente, estaba implícitamente en juego el recto entendimiento de la constitución, origen, carácter y naturaleza de toda autoridad social, bien sea la del padre en la familia, la del gobernante legítimo intermedio o soberano, o la del Papa en sus responsabilidades temporales, además de espirituales.

    Una vez sentado el principio fundamental, el Concilio tenía previsto abordar explícitamente todas esas consecuencias eclesiológicas, políticas, sociales y filosóficas.

    Evidentemente, esto constituía un peligro absolutamente intolerable, no sólo para los subversivos alojados en el seno de la Iglesia, también para el enorme movimiento de rebelión y apostasía que desde las logias masónicas, amenazaba con tiranizar el universo entero, mediante la imposición de una serie de principios ideológicos radicalmente opuestos a los definidos o por definir en el Concilio.

    Así que pusieron todos sus inmensos medios a contribución para impedir la continuación de ese Concilio, que amenazaba con ser más nefasto para sus intereses, que aquél otro de Trento, que odiaban (y siguen odiando) con toda su alma.

    Se entiende que el Seudo-concilio Vaticano II haya sido concebido precisamente como un anti-concilio Vaticano I, como una verdadera inversión luciferiana. Todos los amplísimos temas que el Concilio no pudo tocar, los toca el Vaticano II, pero para retorcerlos horriblemente, lo mismo que la cruz torcida de Pablo VI…

    Eso se aprecia especialmente bien en la Constitución conciliar “Lumen gentium”, verdadero prontuario de galicanismo redivivo, que reduce al Papa a menos que un Dux de Venecia, y cuyas últimas consecuencias estamos apreciando en nuestros días, con un Francisco que muestra claramente sus intenciones de dinamitar lo poco que pueda quedar del Primado Romano en la actual falsa iglesia conciliar.

    ¿Entiende ahora por qué la Pastor Aeternus se expresa de la manera en que lo hace, y por qué, desde antes del l apertura del Concilio, la inmensa batería mediática masónica-liberal intentó por todos los medios ocultar el verdadero significado y alcance de toda esa constitución, aislar y sacar fuera de su contexto su conclusión, para pretender que únicamente se pretendía definir sobre la infalibilidad del Papa, siendo todo lo demás poco más que “obiter dicta”, que la mayor pare podía perfectamente dispensarse de leer, y mucho más, de estudiar concienzudamente, no fuera a ser que acabaran entendiendo el significado real de lo que tenían delante?

    ¿Entiende el inmenso interés que tenían en que los teólogos se focalizaran sobre la infalibilidad, y volvieran a ganar con la malinterpretación de su significado lo que objetivamente habían perdido con la aprobación de ese documento?

    ¿Pueden interpretarse de otra manera las citas que le he puesto arriba, en negrita?

    En cuanto al libre albedrío, no voy a desarrollar aquí toda la doctrina sobre la verdadera libertad, únicamente recordar que hasta el Catecismo recuerda que el mismo Dios, no por no poder hacer el mal, es menos libre, puesto que esa posibilidad de hacer el mal, no es verdadera libertad, sino esclavitud. De no ser así, tendríamos que afirmar que Nuestro Señor era menos libre que nosotros, o Nuestra Señora, o los ángeles confirmados en gracia, o aquellos santos viadores, como san Juan de la Cruz, que fueron confirmados en gracia, es decir, que ésta les impedía pecar mortalmente. ¿Tenían menos o más libre arbitrio que nosotros? Evidentemente, eran más verdaderamente libres que nosotros.

    A la vez que un electo no inhabilitado acepta el Pontificado, acepta junta e inseparablemente que su mente sea ilustrada de manera especialísima por la luz del Espíritu Santo, y que su voluntad sea gobernada por ese mismo Espíritu Santo e impedida de creer el error.
    Se ha entregado libremente a la acción contínua y perpetua de Dios, hasta que acabe su Pontificado. ¿Dónde está ahí la disminución del libre albedrío de la persona del Papa?

    El Papa no puede equivocarse en su contemplación de la verdad dogmática o moral (otra cosa es que se le conceda verla con más o menos extensión o distinción).

    No puede querer abrazar el error, por mínimo que sea.

    Y una especialísima Providencia divina impide que en la enseñanza del Papa, ordinaria o extraordinaria, se pueda hallar el más leve error en todo lo que diga relación con el depósito revelado.

    Espero se me perdone la insistencia, pero es necesario dejar bien claro que es totalmente imposible que el Papa crea el error, aun como simple persona particular, sentado él solito en su escritorio, se lo impide el Espíritu Santo, y ya no está en su poder hacer un movimiento del alma en esa dirección.

    Como dice el Papa san León Magno, “Es el Espíritu Santo el que los enseña”.

    Menos aun se puede afirmar que puedan alguna vez tener la intención y voluntad de enseñar el error a la Iglesia, también se lo impide el mismo Espíritu.

    Por eso no cabe decir, como algunos, que un Papa válidamente designado pueda alguna vez no tener la intención objetiva de procurar el Bien Común de la Iglesia. (y perder por esa razón su legitimidad de ejercicio).

    Y todo esto, como corresponde al los carismas, “gratis data”, no principalmente a favor de su propio bien, independientemente de ello, y de su propia santidad, sino a favor de la Iglesia.

    Acerca de los dos textos que nos apunta, decir que el hecho de que los teólogos discutan sobre unas u otras hipótesis no implica que las tengan por realizables algún día. El mismo san Roberto Belarmino, y otros, ya apuntan a que se trata únicamente de un ejercicio deductivo, que es totalmente imposible se traduzca en realidad.

    Lo mismo que san Pablo, suponiendo que alguna vez pudiera un ángel del Cielo enseñar otro Evangelio, o él mismo, que tenía, además del don de infalibilidad, el de inspiración, por lo que en modo alguno podía ser capaz de apartarse ni un momento de la verdad.

    Espero que con estas mal pergeñadas líneas, haya podido serle de ayuda. Si a pesar de ellas, no se encontrase convencido, me gustaría que me explicara cómo interpreta las citas conciliares referentes a la infalibilidad e indefectibilidad incondicionadas del Papa, puestas en negrita, semejantes a muchas otras ya publicadas en los últimos posts.

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  9. Sr. Eusebio de Lugo:
    Aunque sin participar, he venido siguiendo desde hace tiempo este tema, con las diferentes opiniones y comentarios sobre el mismo, y lamento tener que decirle, con perdón del señor director, que hasta el día de hoy ha demostrado Ud. largamente ser un verdadero émulo de Pedro Abelardo, con todos sus atributos y con todo lo que eso significa; mas, con una suerte que él no tuvo, ya que no existe hoy un San Bernardo que lo enfrente como sería de desear, y lo obligue a hacer “mutis por el foro” como tuvo que hacer su famoso antecesor.
    Sin duda alguna, mientras eso no ocurra, continuará Ud. en libertad de seguir eternamente “enseñando” y “dictando cátedra infalible” a sus anchas, como es su costumbre, y sin aceptar jamás que nadie ose contrariarlo ni hacerle sombra, y menos aun quedarse con la última palabra. Por el contrario, ésta debe ser siempre la suya, aunque para ello deba echar mano a cuanto sofisma encuentre a mano.
    Me alegro por Ud., Sr. Eusebio de Lugo, pero no por la Iglesia Católica ni por el blog que tan generosamente lo ha acogido y le ha dado el espacio suficiente para que Ud. publique a diario en él sus exposiciones “ex cathedra” en cuanto tema se presente y con la arrogancia y la insolencia que lo caracterizan.

    Joaquín

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  10. Estimado contradictor:

    Me hace demasiado honor, comparándome con Abelardo, a quién espero parecerme, al menos en la penitencia que hizo, y santa vida en mi admirada abadía de Cluny, bajo el sabio consejo de dos santos abades como Bernardo de Claraval y Pedro de Cluny, con razón llamado “el Venerable”.

    Las respuestas que doy a todos los que a mí se dirigen son testimonio abonado y suficiente de la inexactitud de sus reproches.

    Creo que siempre he procurado contestar honestamente a mis contradictores, con razones y argumentos, y sin faltar a sus personas, ni suponerles mala intención. Si alguna vez ha sido algo más enérgica o menos conveniente la contestación, lo deploro, y conforme a la política sentada por el honorable director, será corregida en el futuro.

    Una vez acabadas las alegaciones ad hominem, que sin embargo le agradezco, porque son ocasión de corrección y merecimiento, ¿Tendría la bondad de precisar alguno de esos sofismas?

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  11. Sr. Eusebio de Lugo:
    Por respeto al blog, a su director y a todos los que -de una manera u otra- en él participan, no tengo la más mínima intención ni gusto de seguir polemizando con Ud., razón por la cual, lamentablemente, no podré satisfacer su curiosidad del final.
    Así, pues, tome Ud. como mejor quiera y le convenga, tanto la comparación que dice dignificarlo, como todo el resto, quédese tranquilo con la última palabra y continúe su camino como más le plazca, mientras yo hago lo propio con el mío.
    Por lo demás, le aclaro que esto es lo último que aquí escriba, como también la última vez que abra esta página.
    Lo saluda.

    Joaquín

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