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¡ GALICANOS !


Subo el comentario de Fray Eusebio Para enriquecer el debate. Advierto que  lo subo tal como puede verse en el post anterior. Yo no hubiera hecho uso de algunos términos  propios de un asceta castellano de las tierras del pan  del vino. Más bien hubiera eliminado cualquier atisbo de confrontación de acuerdo con el temperamento propio de las dulces y amables tierras galaicas, donde se oye la gaita quejumbrosa y se esgrimen pareceres contrapuestos mediante la ironía y el amigable compadreo. Espero que el interesado a quien no falta virtud cristiana sepa disculpar.
Fray Eusebio de Lugo dice :
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De las ocasiones en que estuvimos comiendo juntos, conservo un grato recuerdo del estimado P. Méramo, y de su amena y erudita charla, de la que siempre se podía aprender algo. Por eso me resulta más penoso tener que disentir una vez más de sus opiniones. No parece haber comprendido ajustadamente qué es lo que realmente definió el Concilio Vaticano I. Por eso dice:“De lo contrario habría que afirmar que la definición fue mal formulada o deficiente, pues debió decir en vez de ex cathedra, que el Papa (el solo) es siempre infalible en materia revelada y sería, así, infalible en todo su magisterio, tanto extraordinario como ordinario.”Tendría razón, si el Concilio se hubiera propuesto elaborar una definición que cubriera todos los aspectos de la infalibilidad del Papa. Pero no es así. La Constitución Pastor Aeternus está hablando únicamente de lo que toca a las definiciones solemnes de la Iglesia, es decir, un juicio sobre una doctrina de fe y costumbres, que el Papa, haciendo uso de su poder soberano, va a imponer como creencia de obligada tenencia y profesión, a toda la Iglesia.En los siglos previos a la definición, los enemigos de la Iglesia conocidos como galicanos y jansenistas habían elevado dos tipos de dificultades:Primero, parecía exorbitante que el Papa pretendiera imponer una doctrina de fe o moral a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, cisma o herejía, y condenación eterna, a no ser que estuviera totalmente excluida la posibilidad de equivocarse, e inducir al error a toda la Iglesia. Lo contrario hubiera sido intolerable tiranía.Ahí estaba la primera cuestión: ¿Era infalible por sí mismo, sin necesidad de la asistencia del resto de los obispos, en Concilio, o al menos separadamente, pero con consenso unánime o casi de todos ellos, como representantes de sus respectivas Iglesias?

Segundo, ese poder de obligar a todos los cristianos, como acto caracterizado de soberanía, ¿Lo tenía el Papa por sí mismo, como verdadero monarca absoluto de la Iglesia, o más bien, actuaba como representante del Colegio episcopal, en el que realmente residía el poder soberano de la Iglesia? Lo que los galicanos llamaban “cabeza ministerial”.

Conviene desligar claramente esos dos aspectos, porque esa distinción es capital a la hora de entender la definición, contexto, alcance y límites.

La Constitución Pastor Aeternus procede en primer lugar a precisar el Primado del Papa, y va deshaciendo sistemáticamente todos los argumentos amontonados por galicanos y jansenistas a lo largo de los últimos siglos, dejando bien claro que primero a Pedro le ha sido dado poder soberano de jurisdicción, y que es éste, libremente, el que concede a los demás pastores de la Iglesia el participar ocasionalmente de ese poder soberano.

“A esta enseñanza tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre ha sido entendido por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las opiniones distorsionadas de quienes falsifican la forma de gobierno que Cristo el Señor estableció en su Iglesia y niegan que solamente Pedro, en preferencia al resto de los apóstoles, tomados singular o colectivamente, fue dotado por Cristo con un verdadero y propio primado de jurisdicción. Lo mismo debe ser dicho de aquellos que afirman que este primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino que lo fue a la Iglesia y que a través de ésta fue transmitido a él como ministro de la misma Iglesia. “

Deja claro que todo el orden de jurisdicción, en la Iglesia, fluye del Papa.

Y no sólo para casos extraordinarios, sino también, para todo el gobierno ordinario de la Iglesia:

“Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor[16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.”

Una vez que ha sentado claramente que el Papa tiene poder de imponer definiciones de fe por sí mismo, por su propia autoridad, sin necesitar del consenso de nadie más, pasa a resolver la primera objeción: ¿Cómo se puede hacer eso sin tiranía, salvo que la posibilidad de error esté totalmente excluida?

Por eso va aprobar, que así como el Papa posee en propio la plenitud de potestad, paralelamente, también posee la plenitud de verdad. Lo mismo que es incondicionadamente soberano en el orden jurídico, también es incondicionadamente infalible en el orden doctrinal. Y estos dos aspectos se deducen ambos dos, simétricamente, del Primado conferido a Pedro, y a ningún otro a favor de la Iglesia.

“Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión:

«La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»[24]. “

Y lo que sienta el Concilio como regla general, es la infalibilidad perpetua de la Sede petrina:

“Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella 

Está claro: “Donde la fe no puede sufrir mella”

Y no dice que el Papa alguna vez tenga la posibilidad de apartarse del depósito de la fe apostólica, más bien dice que el Papa no puede decir otra cosa, ni siquiera por revelación directa del Espíritu Santo, y que la Sede permanece SIEMPRE libre de todo error.

Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»”

¿Acaso no queda claro que la regla general sentada por el Concilio es la infalibilidad perpetua e incondicionada, de la que luego hará una aplicación especial y concreta, en lo que toca a las definiciones solemnes, que es lo que estaba siendo más combatido?

“Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.”

Carisma de una verdadera y NUNCA DEFICIENTE FE

Esa es la ley general en la que se apoyan para declarar que el Papa no necesita de nadie para ser infalible, sino que lo es siempre por sí mismo, incluso cuando por un acto jurídico, obliga a toda la Iglesia bajo pena de excomunión y condenación.

Y si lo afirman ahora, una vez más, y de manera solemne, es porque:

Ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.”

¿Qué más habría tenido que decir el Concilio para dejar claro que un Papa no puede desfallecer en la fe, ni como persona particular, (tema que el Concilio no toca ex profeso, pero que  se transparenta por la elección de las citas), ni sobre todo, como Doctor Universal de los cristianos, que enseña siempre sin posibilidad de error, y como Soberano común de los mismos, que tiene verdadero poder de imponer lo que en ningún caso puede ser erróneo o perjudicial para la Iglesia?

Pero como Pío IX y los Padres del Concilio ya preveían las siguientes tretas del enemigo por entonces derrotado, estaba previsto que en las siguientes sesiones del Concilio, se trataría ex profeso de la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario. Una vez sentada la argumentación precedente, y atendido el principio de que “quien puede lo más, puede lo menos”, no les habría sido nada difícil reducir a la nada los argumentos del enemigo, y dejar en claro que si el error aparece en la cátedra de Pedro, es señal infalible de la ilegitimidad de origen de su ocupante, conforme a la definición ex cathedra de Paulo IV.

Claro que entonces, el plan de los Carbonari, que sobre orden de León XII y Gregorio XIII había sido publicado por Crétineau-Joly, en que planeaban llegar a hacer aprobar la Revolución en todos los órdenes, por parte de la Iglesia, con la ayuda de un falso Papa elegido gracias a sus influencias, habría quedado completamente frustrado.

Así que por una parte, hicieron estallar la guerra franco-prusiana, y por otra, hicieron que Roma fuera sacrílegamente ocupada por las tropas piamontesas, con lo que el Concilio debió suspenderse, y en ese estado sigue, esperando que otro verdadero Papa lo reanude, y condene para siempre teorías tan contrarias a la perenne doctrina de la Iglesia.

Lo mismo que los obispos reciben su jurisdicción inmediatamente del Papa, y no del sacramento del Orden, ni de ninguna otra instancia, paralelamente, reciben su infalibilidad docente del mismo Papa, inmediatamente, tanto si están reunidos en Concilio, como si están dispersos por el Orbe.

Eso de la divinización del Papa, ya lo vomitaban los galicanos y jansenistas, que bien en sus obras, y sobre todo en su correspondencia privada, no se sonrojaban de llamarlo “ídolo papal”, “Faraón”, “déspota religioso”,Bonzo obtuso”, “tirano de las conciencias”, “Oráculo del Vaticano” “arúspice romano” (en alusión a los sacerdotes paganos que hacían adivinación examinando las entrañas de animales sacrificados)., “César papal”

Así que  dicen que el Parlamento episcopal es divino, puesto que infalible, pero el soberano, que es el que forma, llama, dirige y disuelve ese Parlamento eclesiástico, no lo sería… 

Eso lo decían los puritanos, no los católicos.

Y eso lo dice uno que ¡todos los días hace bajar a ¡Dios humanado sobre el altar, que perdona los pecados, que se inserta directamente en el Oficio Divino de alabanza intratrinitaria!  pero que sin embargo, está muy lejos de ser Dios.

Lo mismo que no somos meramólatras, tampoco somos papólatras…

Por las citas que hemos colocado en otras entregas precedentes, habría debido quedar claro que la Iglesia está como resumida en su Cabeza, que habla por su boca, y que siempre ha sido reconocido que la Iglesia Romana, es decir su Obispo, representa a toda la iglesia Universal.

Tanto en el orden jurídico, como en el doctrinal, Pío IX podría haber dicho, “L’Église, c’est moi”, con tanto acierto como el rey Luis XIV, cuando recordaba que todo el poder del Estado provenía de él, como emanación de su soberanía, y no necesitaba ni dependía de ningún otro para poder ejercitarse.

Verdad natural y sobrenatural insoportable para mentes inficionadas de liberalismo, pero evidente para quien conozca la constitución natural de la autoridad.

Y suponiendo que san Alfonso María de Ligorio hubiera pensado como el P. Méramo, (quod est demonstrandum), debería saber que se debe hacer más caso de una palabra del Papa, que de cualesquiera otro doctor. Y con la cantidad de citas aportadas, me parece claro cuál ha sido siempre el pensamiento de los Papas sobre su propia infalibilidad.

Espero que por fin nos explique cómo interpreta el “Doctor Architectonicus” las siguientes citas no nuestras, sino de dos eminentes y santos Papas:

San León I el Grande (440 – 461)

ÉL dejaba entender que San Pedro vivía y enseñaba por la boca de sus sucesores: “El bienaventurado Pedro, conservando siempre esta consistencia de piedra ecibida por él, no ha abandonado el gobierno de la Iglesia (…) Si nosotros hacemos alguna cosa buena, si nosotros penetramos con precisión en las cuestiones, (…) es la obra, es el mérito de aquél cuyo poder vive y cuya autoridad manda en su Sede” (In anniversario assumptionis suae, sermón 3).
Pedro y sus sucesores estaban asegurados de una rectitud doctrinal inquebrantable: “El Mesías es anunciado comopiedra elegida, angular, fundamental (Isaías XXVIII, 16). Por eso Jesús da a Simón si propio nombre de piedra, como si le dijera: “Yo soy la piedra inviolable, la piedra angular, que reúne en uno dos cosas; yo soy el fundamento al cual nadie puede substituir; mas tú también, tú eres piedra, pues mi fuerza deviene el principio de tu solidez, de suerte que lo que me era propio y personal de mi poder, te deviene común conmigo por participación. (In anniversario Assunptionis suae, sermón 4). 

Este papa dice todavía:

“En el curso de tantos siglos, ninguna herejía podía manchar a aquéllos que estaban sentados en la cátedra de Pedro, pues es el Espíritu Santo quién les enseña” (Sermón 98).
Los Padres del concilio de Calcedonia declararon formalmente sobre San León:

“Dios, en su providencia, ha elegido, en la persona del pontífice romano un atleta invencible, impenetrable por cualquier error, el que viene de exponer la verdad con la última evidencia”.”

San León IX (1049 – 1054),

Después de haber dicho que la Iglesia construida sobre Pedro no podía absolutamente “ser dominada por las puertas del infierno, es decir por las disputas heréticas” (cf Mateo XVI, 18) y luego citado la promesa de Cristo a Pedro (Lucas XXII, 32), amonesta a los cismáticos griegos Miguel Cerulario y León de Acrida en su carta In terra pax de 2 de septiembre de 1053:

“¿ALGUIEN SERÁ LO BASTANTE LOCO PARA ATREVERSE A PENSAR QUE LA PLEGARIA DE AQUÉL PARA QUIEN QUERER ES PODER PUEDA QUEDAR SIN EFECTO SOBRE UN PUNTO CUALQUIERA?

La Sede del príncipe de los apóstoles, la Iglesia romana, ¿no ha CONDENADO , sea por Pedro mismo, sea por sus sucesores, refutado y vencido todos los errores del los herejes? ¿No ha confirmado los corazones de los hermanos en la fe de Pedro, que hasta ahora no ha fallado y que hasta el fin no fallará?”

¿Se atreverá, como lo ha hecho últimamente con Pío XII, a acusarlos de herejía?

¿O es que acaso esos también, lo mismo que santo Tomás de Aquino, eran unos pobres ignorantes sin sapiencia ni intelección o sindéresis, a los que había que devolver a sus zapatos?

Esperamos ansiosamente la contestación del  Doctor Meramo

Por último, hablando de galicanos, el Doctor Sorbonicus redivivus nos vuelve a servir un refrito de doctrina galicana:

La de la Sedes, y el Sedens. Según ellos, la Sede Romana era siempre infalible, aunque el Sedens, el Papa que se sentaba en ella, pudiera errar y enseñar el error a la Iglesia….
Siempre habría una sanior pars, aunque minoritaria, que denunciaría los errores de ese Papa, por lo que nunca se podría decir que había desfallecido…¡del todo!

Siempre se podría apelar a un Concilio General futuro, o a un Papa mejor inspirado, que con toda seguridad, corregiría los errores de sus predecesores, aunque para eso, tuvieran que pasar siglos quizás, y todo el mundo viviera pacíficamente sumido en el error, como vemos hoy día con la falsa iglesia conciliar.

Que esto se pudiera decir hace siglos, cuando costaba imaginar algo parecido a la debacle conciliar, ya era escandaloso, pero seguir sosteniendo lo mismo hoy, como lo hace la FSSPX, o nuestro estimado Doctor, tiene delito…

“¡Claro que un Papa se puede equivocar!, porque no es divino, pero para eso están también los cardenales y obispos para que inmediatamente reaccionen ante el error y aún más ante la herejía que un Papa se atreviera a esbozar; y cuando hablo del Papa, estoy hablando del Papa solo, porque queda claro que el magisterio ordinario universal de la Iglesia ejercido por el cuerpo episcopal con el Papa a la cabeza, es infalible y no el Papa solo, ni ningún Obispo aislado, sino coadunados, concordes, unánimes.”

Si esto no es galicanismo puro, que venga Dios y lo vea

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