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LO QUE VA DE AYER HOY


[Escrito en 1976, el siguiente artículo nos da una pequeña idea de la terrible disyuntiva ante la que se encontraban muchas almas rectas que aún no habían abierto los ojos a la trágica realidad de la Sede usurpada por verdaderos herejes.]

Por  Juan  M. Bonelli

Según la edad que tengan quienes nos lean, podrán dar testimonio de la verdad que encierra lo que más adelante se dirá, o pensarán, quizá, que una vez más vamos a incurrir en el tópico de decir: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Y no acertarán, porque no pretendemos discutir o aclarar si el ayer fue mejor o peor que el hoy; sólo vamos a poner de manifiesto que son diferentes, que las cosas no eran “ayer” como son “hoy” y que, en su consecuencia, la actitud y el comportamiento de los seglares católicos no pueden ser “hoy” exactamente iguales a como fueron “ayer”.

“Ayer” —un ayer que apenas si cuenta unos pocos años— los fieles católicos vivían en una dulce y sosegada calma. Los pastores de la Iglesia ejercían su oficio de pastor; quienes tenían cura de almas, velaban porque se conservaran limpias y sanas; los sacerdotes hablaban al pueblo de la única fe verdadera, de la fealdad del pecado y de la hermosura de la virtud. Esas “venas” del Cuerpo Místico de Cristo a través de las cuales llegan hasta nosotros la gracia y el perdón estaban intactas y los fieles no necesitaba esforzarse para sentirse dichosamente inmersos en la sangre de Cristo que fluía abundante por aquellas “venas”. No faltaban calumnias, inquietudes, asechanzas y persecuciones contra la Iglesia, pero venían de fuera y en su interior reinaba la paz… aunque por nuestra mísera condición, por nuestra naturaleza caída, seguíamos siendo pecadores, pese a que debiéramos ser santos. Pero entonces, nos arrodillábamos espiritualmente al pie de la Cruz, junto a María al lado de Juan, y nos consolaba saber que el sacramento de la penitencia nos abría las puertas de la reconciliación y dábamos gracias al Señor por habernos admitido como hijos adoptivos suyos en el seno de la una Iglesia “contra la que las puertas del infierno no prevalecerán”. Palabras que eran nuestra garantía de que pertenecíamos a la verdadera Iglesia, a la verdadera fe y a la verdadera enseñanza.

Pero llegó un momento, cuando todavía se andaba en los preparativos del Concilio, en el que comenzó a levantarse en el propio seno de esa Iglesia una tempestad demoníaca que pretendía destruirla. Por largo tiempo esperamos confiadamente en que, al igual que había ocurrido en otras ocasiones, los perturbadores, los levantiscos, serían arrojados fuera de la Iglesia por quienes tienen facultades para ello y han de velar por el rebaño que apacientan. Mas no fue así, y con pena y con asombro, hemos podido contemplar cómo la podredumbre crece día tras día y cómo de donde teníamos derecho a esperar el auxilio, o nos llega el silencio, o recibimos palabras ambiguas, plurivalentes, que sólo sirven para aumentar nuestra tristeza sembrar la confusión. La Iglesia sigue siendo santa, la Fe sigue siendo única, el Magisterio sigue siendo Infalible y verdadero, pero el número de los desertores» el de los que parecen dormidos, el de los cobardes y el de los traidores, crece y crece en proporciones tan inquietantes como desoladoras.

Ayer era sencillo el papel del seglar en el seno de aquella Iglesia. Hoy no podemos decir lo mismo. Ya los últimos Papas —que barruntaban la tormenta— habían exhortado a los seglares a que colaboraran en el apostolado jerárquico, pero ayer bastaba con ser humilde, sencillo y obediente; en cambio hoy uno se ve impelido a adentrarse por los difíciles y peligrosos terrenos de las ciencias de la religión que, además —¡oh signo de los tiempos!— vienen adornadas con ribetes de sociología, psicología y política con más daño que provecho.

¡Qué hermoso y qué fácil era para el católico seglar escuchar, callar y trabajar!. .. Ya esto no es hoy posible… Si aquello era mejor, o es mejor esto, no lo sabemos. Pero así es. Y pensamos que Dios se vale muchas veces —por no decir siempre— de los débiles para llevar a cabo las más grandes empresas. Por si así fuera, bueno será que los seglares estemos “con los lomos ceñidos” y prestos a ser instrumentos dóciles en manos de Aquel que, desde la Cruz, nos está señalando el Camino, la Verdad y la Vida.

Ayer teníamos lucecitas que nos iban jalonando el sendero hacia la Cruz. Hoy sólo nos queda ese inextinguible y luminoso faro. ¡Por amor de Dios; no apartemos de El nuestra mirada!…

Ayer, como hoy, la Iglesia ha sido siempre perseguida y su historia está jalonada por las crueldades que contra ella se cometieron. Pero ayer, en medio de las asechanzas y de las traiciones, la Iglesia fue impregnando de su espíritu a ese mundo, a esa civilización que hoy llamamos occidental y fue dejando su huella en las catedrales, iglesias, monasterios, cruceros y hasta en las más hermosas manifestaciones de la pintura o la escultura. Perseguida, combatida y calumniada, la Iglesia reinaba sobre los pueblos porque era perseguida con la espada y con el fuego, y la sangre de los mártires era siempre semilla de nuevos mártires y de nuevos santos.

Hoy suceden las cosas de distinta manera. Consciente el diablo que, por aquel camino, salía siempre la Iglesia triunfante y él derrotado y maltrecho, ni emplea el fuego o la espada, ni quiere que se vierta una gota de sangre. El arma que utiliza es la perversión y, para pervertir, nada de amenazas, sino palabras halagadoras y sutiles de coexistencias más o menos pacíficas y de paraísos materiales. Para alcanzar ese fin, preciso es que se vayan sembrando en atinadas y prudentes dosis las más perniciosas ideas en el cine, la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, los centros de esparcimiento, las instituciones familiares, la escuela y la universidad. Y cuando, poco a poco, suave, pero tenazmente, se llegue a conseguir que la jerarquía eclesiástica duerma plácidamente en no sabemos qué delicias de una Capua errónea, o abandone la misión que Cristo le tiene confiada para distraerse entregándose a la confección de utópicos pastoralismos pseudo-científicos, y cuando en un país católico pueda ser ministro quien afirma que el Estado no tiene que ser maestro de ética alguna, el diablo podrá pensar, frotándose las manos y relamiéndose de gusto, que la nave de la Iglesia se va a hundir vergonzosamente en un mar asqueroso de vicios, drogas, sexo, traiciones, errores y herejías. No será así, porque la Iglesia cuenta con la promesa de Cristo; y ni siquiera la cobardía de sus más señalados hijos puede dar al traste con aquella promesa, pero ¡ay de quienes callaron cuando debieron hablar!, ¡ay de aquellos que no se atrevieron a decir Si, sí o No, no, como Cristo nos ha enseñado, sino que dijeron: “distingo”!, ¡ay de los tibios!, porque el Señor los vomitará, según tienen ya anunciado.

Ayer la Iglesia levantaba su voz y moría proclamando su Fe. Hoy los que se dicen católicos se callan y esconden su fe para que no les llamen intolerantes y viven en contubernio con los tres enemigos del alma. Dan asco, pero viven… y ¡cómo viven algunos!

Ayer la Iglesia tenía como principal objetivo conseguir que sus hijos, los fieles católicos, tuvieran una Fe cada día más recia y vigorosa. Hoy, parece que anda en busca de una fe más blandengue y tan “comprensiva”, tan “inundada de amor”, que no se atreve a decir al que vive en el error que está equivocado. ¿Cómo puede explicarse esta “conversión”?. . . Porque conversión es, desde el momento en que constituye un cambio de rumbo, pero con la diferencia de que“ayer” la conversión consistía en abandonar el sendero del pecado para seguir el camino de Cristo, y “hoy” la conversión parece consistir en detenerse en el camino de Dios, declararse neutral en cuestiones de navegación y dejar que cada cual siga el rumbo que mejor la parezca. Los “derechos del hombre” han dejado en la sombra los derechos de Dios.

Semejante “conversión” es hija de la ignorancia. Una ignorancia básica supina que se pasea arrogante y soberbia por el mundo vestida con los vistosos ropajes de la ciencia. Con trémolos en la voz y palabras altisonantes —”sesquipedalia verba”, que diría Fray Lope Félix— enuncian jubilosos “los derechos del hombre”, desdichados hijos del maridaje monstruoso del orgullo y la ignorancia, pero si se les pregunta qué cosa sea ese hombre, cuyos derechos proclaman, nos dejan sin respuesta… tras haber agotado el más moderno diccionario de términos científicos.

Los más —y éstos abundan y están de moda—, apenas si van más allá de la pura biología. Estos tales suelen ser “evolucionistas”, y hacen bien porque, desde su punto de vista —dañado por una insuperable miopía metafísica— apenas si hay diferencia entre un “rhesus” —aunque sea un “malaca mullata”— y un “homo sapiens”. Cuando los “sabios” de turno no son tan menguados de seso, admiten que el hombre es una mezcla inseparable de cuerpo y alma, materia y espíritu, y que, en su virtud, existe una inmensa diferencia de nivel entre el hombre y la bestia, pero sostienen que esa diferencia de nivel se salva en virtud de una extraña “evolución” que consiste en que la materia proporcione lo que no tiene: el espíritu.

Pese a que el filósofo está más cerca de la verdad que el biólogo, ni uno ni otro han llegado a enterarse de lo que es ese “hombre” cuyos derechos dicen defender. Porque el hombre, el auténtico y verdadero hombre, está llamado por Dios, su Creador, a ser heredero de su Reino y a gozar de su Gloria, y a eso no se llega quedándose tan sólo en esa misteriosa mezcla de carne y espíritu; hace falta algo más: la Gracia. El hombre natural es ciertamente cuerpo y alma. El hombre sobrenatural —el verdadero Hombre— es Cristo, y en Cristo coexisten inseparablemente el cuerpo, el alma… y el Espíritu Santo. Por eso el hombre no llega a ser “verdadero hombre” hasta que, inundado por la Gracia, se ha transformado en “otro Cristo”.

Ayer, esto lo sabía muy bien la Iglesia. Hoy, a juzgar por lo que dicen y hacen ciertos prelados, sacerdotes y seglares “católicos”, lo ignora, o lo tiene olvidado.  ¡Y A ESO LE LLAMAN “PROGRESO”!

Revista “Roma” N° 45, Pg. 26

ÍNDICE DEL N° 45

Visto en Católicos Alerta

1 reply »

  1. Hoy, a juzgar por lo que dicen y hacen ciertos prelados, sacerdotes y seglares “católicos”, lo ignora, o lo tiene olvidado. ¡Y A ESO LE LLAMAN “PROGRESO”!
    Faltó poner en mayúsculas SIGUIENDO A LOS PAPAS CONCILIARES ciertos prelados….

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