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SAN IGNACIO Y NUESTRA SEÑORA


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SAN IGNACIO DE LOYOLA, MODELO Y MAESTRO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Roberto Cayuela, S. J.
Revista Roma N° 52 – Mayo de 1978
 

El auténtico cristiano, consciente de su dignidad de hijo adoptivo de Dios, por Jesucristo, y heredero, con El, del Reino de los Cielos; y sabedor de lo mucho que debe a su amantísimo Redentor y Divino Rey, considera que su principal deber y su gran dicha es pertenecer de veras al Reino de Cristo, “viviendo de una manera digna de Dios, que le ha llamado a su Reino y Gloria”, como dice San Pablo (1 Thess., 2, 23).

Por eso, al sentirse llamado por Cristo-Rey a su Reino, a su Reino interior de la Gracia, a su Reino visible de la Iglesia, y a su Reino eterno de la Gloria, quiere vivir como subdito fiel y como vasallo leal de tan gran Rey; y por eso, ofrece toda su persona y todo su trabajo a la empresa de la conquista, por de pronto de sí mismo, luchando contra los enemigos de ese Reino y de su propia alma; y después a la dilatación del Reino de Cristo.

Y estos ofrecimientos son un propósito y voluntad liberada de imitar en todo a Cristo, siguiéndole animosamente en el camino de su Cruz, y con la participación de su santa Cruz que El se digne disponer para su fiel vasallo en su alma y en su cuerpo, en su vida y en su muerte.

Vida ciertamente excelsa y elevada; pero difícil a la humana naturaleza y a la flaqueza e inconstancia de nuestra voluntad. ¿Qué hacer, pues, para vivir en esa santidad cristiana de vasallos más adictos y más semejantes a su Divino Rey?

Tenemos dos medios eficacísimos, y que aun siendo dos, son en cierta manera uno sólo, por estar unidos con los más estrechos e íntimos vínculos. Son la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María.

“Al Reino de Cristo por la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María”.

Ciñámonos ahora a la verdadera devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra, la Bienaventurada Virgen María.

Muchos y grandes modelos, muchos eximios maestros de esta devoción, tan santa y sabrosa como útil y provechosa para la vida cristiana, nos propone la Historia de la Iglesia en todas sus edades; y nos los presenta, como ante los ojos, el conocimiento y experiencia de nuestros mismos tiempos, en almas privilegiadas, que hemos tratado, o de las que hemos oído hablar.

Tal es San Ignacio de Loyola, con toda la reciedumbre de su alma, con su gran espíritu, enteramente ajeno a todo lo que es imaginativo y sentimental, como perfecto Modelo y como segurísimo Maestro de la verdadera devoción a la Virgen María.

I. Modelo

Fue San Ignacio devotísimo de la Madre de Dios, y Madre nuestra; con lo cual correspondió de la manera más generosa, a la misma Soberana Señora, que fue la que tomó la iniciativa y escogió a Ignacio para que viviese bajo su protección, favoreciéndole con gracias singularmente extraordinarias, desde los comienzos de su conversión. Porque estando convaleciente en Loyola, de su herida de Pamplona, y deseando imitar a los Santos y al Santo de los Santos, Jesucristo, se le apareció la Virgen, y le animó y confirmó en sus grandes deseos de santidad cristiana, y sobre todo en su propósito de perpetua castidad.

He aquí cómo lo refiere su primero y más insigne biógrafo, el P. Pedro de Ribadeneira: “Estando en este estado, quiso el Rey y Señor que le llamaba, abrir los senos de su misericordia para con él, y confortarle y animarle más con una nueva luz y visitación celestial. Y fue así que estando él velando una noche, se le apareció la esclarecida y soberana Reina, que traía en sus brazos a su preciosísimo Hijo; y con el resplandor de su claridad lo alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión; la cual causó en él tan gran aborrecimiento de su vida pasada, y especialmente de todo torpe y deshonesto deleite, que parecía que quitaban y raían de su ánima, como con la mano, todas las imágenes y representaciones feas. Y bien se vio que no fue sueño, sino verdadera y provechosa esta visitación divina, pues con ella le infundía el Señor tanta gracia, y le trocó de manera que desde aquel punto hasta el último de su vida, guardó la limpieza y castidad sin mancilla, con gran entereza y puridad de su ánima” (Vida de San Ignacio, BAC, vol. 7-8, pág. 49).

Correspondió Ignacio a esta prueba extraordinaria con que la Virgen María le demostraba su predilección para con él, y le recibía bajo su protección; y le correspondió a su espíritu noble, generoso y magnánimo, dándose por completo a la devoción y servicio de María, a la que solía llamar “Nuestra Señora”, porque en realidad era Ella la Señora de sus pensamientos, de su corazón y de toda su vida.

Advierte el P. Antonio Astrain, que es un hecho constante y de capital importancia de la Virgen María en la santificación de él, y la mutua correspondencia de amor y de obsequios que se establece, desde su conversión, entre la Madre de Dios, y le confirma en sus propósitos. Cuando puede salir de casa, va Ignacio a rezar una Salve a la vista de Nuestra Señora de Olaz. Al despedirse de su casa, los primeros pasos de Ignacio se enderezan a Nuestra Señora de Aránzazu; el primer dinero de que puede disponer en Navarrete lo emplea Ignacio en adornar una imagen de María; en el camino de Montserrat defiende la pureza de María contra las blasfemias de un moro; en ese mismo camino hace voto de castidad, ofreciéndolo al Señor por manos de María; y llegado al Santuario de Montserrat, deseando armarse caballero de Cristo, vela sus armas ante el Altar de María”, Este último suceso, tan trascendental en la vida de San Ignacio, lo relata mismo en su Autobiografía :”La víspera de Nuestra Señora de Marzo, en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre; y despojándose de todos sus vestidos, los dio al pobre, y se vistió de su deseado vestido (sayal de saco); y se fue a hincar de rodillas delante del Altar de Nuestra Sñora; y unas veces de esta manera y otras de pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche”.

Es que como nuevo caballero de Cristo-Rey, quiso velar sus nuevas armas; y lo hizo toda la noche del 24 al 25 de marzo, Fiesta de la Anunciación, delante de la imagen de la Virgen, en el cual dejó colgadas la espada y la daga de que había usado en los años de su milicia terrena; todo ello señal clara de que la Virgen María había de ser en adelante la celestial Madrina y Señora del nuevo caballero del Divino Rey.

Y si en la santificación de Iñigo de Loyola resplandece tan clara y amorosa la mano virginal y amorosa de María, no menos providente y maternal se le mostró después, con una intervención singularísima, en la fundación que hizo de la Compañía de Jesús. De aquellos primeros principios de Loyola y Montserrat creció tanto en Ignacio el amor y devoción a la Virgen María, que, de su parte, ninguna cosa intentaba y emprendía, grande o menor, que no fuese debajo de su amparo; ninguna cosa pedía al Señor que no fuese por medio de su intercesión de su Madre y Señora, Abogada y Medianera. Y de parte de la Virgen recibía tan continuos favores y tenía tan frecuentes visitaciones celestiales que recibía cada día, cuando escribía las Constituciones de la Compañía.

Solía pedir incesantemente a Nuestra Señora que no sólo le llevase a Jesús, y le acercase a Jesús, sino que le pusiese con su Divino Hijo; expresión ésta de una muy alta y segura Mística Mariana y Cristológica.

Rogaba humilde y confiadamente al Padre Celestial que le diese la luz y acierto que necesitaba en cada ocasión; y siempre lo hacía “por los Mediadores”; es decir, por María para con Cristo, y por Cristo para con el Padre.

Desde su conversión hasta su muerte llevó sobre su corazón una devota imagen de Nuestra Señora de los Dolores; de la cual se hizo una copia muy exacta, que todavía se conserva con gran veneración en la ciudad de Brujas (Bélgica).

¡Qué Modelo de auténtica y perfecta devoción a la Virgen María, Modelo apropiadísimo de un modo singular para nuestros tiempos, por su vivo enraizamento en el Evangelio, por su consonancia con la más pura Tradición cristiana, por su verdad dogmática, y porque es en todo conforme con las enseñanzas de laIglesia!

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II. Maestro

1° Conocimiento, estima, amor

Este conocimiento ha de ser de fe; y a él nos lleva San Ignacio, como por la mano, para que lleguemos a conocer verdadera e íntimamente a la Virgen María en su estrecha e indisoluble unión con la persona y la obra redentora de su Divino Hijo. Y por eso, acude San Ignacio continuamente al Santo Evangelio; tiene en cuenta los datos y recuerdos de la Tradición cristiana: y siente por completo con la Iglesia. Así, y auxiliados con la gracia divina, llegamos a conocer a la Virgen, tal como fue en los designios de Dios, en su vida santísima y en sus virtudes perfectas.

De este conocimiento nace el altísimo concepto, la gran estima y aprecio, en que hemos de tener a la Virgen. Y este concepto, estima y aprecio crecerá en nuestro corazón, cuanto creciere el conocimiento de sus grandezas; las cuales son de dos clases: las que puso el Señor en Ella con sobreabundante largueza; y las que Ella alcanzó; asistida para eso mismo por el Señor, con su fidelísima y generosísima correspondencia a los dones divinos.

Un modo práctico nos sugiere San Ignacio para rastrear estas grandezas; y es considerar las excelencias y privilegios, las gracias, dones y carismas que Dios ha concedido a los demás Santos; y deducir, teniéndolo por cierto, que todas estaban recogidas y aun acumuladas con grandes ventajas, en la Virgen María.

Por vía de ejemplo, podemos recordar lo que dice San Ignacio sobre la primera aparición de Cristo Resucitado, que fue a su Madre benditísima; pues escribe el Santo Autor de los Ejercicios: “Primero, apareció a la Virgen María; lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, diciendo que se apareció a tantos otros”.

La segunda clase de grandezas de María, que Ella atesoró asistida con el favor celestial, al corresponder como nadie a los dones divinos, las reduce San Ignacio a estas dos cosas: se humilló y se entregó como Esclava a la voluntad del Señor.

Recordemos antes que del conocimiento de fe de las grandezas de María, procede no tan sólo una gran estima de Ella, sino también, y como fruto propio del conocimiento interno de María, un amor filial a la que siendo la Madre de Dios, es también nuestra Madre; y lo es en nuestra vida sobrenatural de la Gracia; la cual debemos a María, como le debemos la vida natural humana a la mujer amadísima, que Dios nos dio a cada uno por madre.

2° Imitación

El deseo de imitar a la Virgen nace del conocimiento, estima y amor con que el Señor nos haya favorecido para con María, poniendo nosotros los medios adecuados para alcanzarlos, como son: oír o leer la Palabra de Dios, en todo lo que El nos ha revelado de la Virgen, y meditar todo ello con fervientes afectos de piedad y devoción. Siempre deseamos tener lo que estimamos, y siempre queremos hacernos semejantes a los que amamos. Y así, los que conociendo bien a la Virgen, la estiman como deben, desean aprender de Ella, y los que la aman con verdadero amor, desean parecerse a Ella.

Por lo cual, dice San Ambrosio: “Fue tal María, que su sola vida es para todos una clara enseñanza y un perfecto ejemplo de vida santa”. Y añade: “Traed siempre delante de los ojos, como pintada en una imagen, la virginidad y la maternidad y la vida toda de la Bienaventurada Virgen María, en la cual, como en un espejo, resplandece la hermosura de la perfecta pureza, y la forma y modo de ejercitar todas las virtudes. De Ella habéis de tomar los ejemplos de bien vivir; donde, como en dechado, hallaréis magisterios expresos de toda santidad; y que os enseñarán lo que habéis de corregir y huir, y, sobre todo, lo que habéis de abrazar y poner en práctica. Lo primero con que se enciende el deseo de aprender es la excelencia del Maestro. Y ¿qué Maestro más excelente que la Madre de Dios?” (De virg., L. 1).

Pues bien; para imitar fielmente a la Virgen María, nos propone San Ignacio dos maneras de proceder, o dos clases de ejercicios prácticos.

Primeramente, considerar y contemplar a María en todas las contemplaciones de los misterios de la Vida, Pasión y Muerte, y Resurrección de su Divino Hijo, mirándola siempre estrechamente unida a El e identificada a El; y poner los ojos del alma en la persona de la Virgen, y en lo que Ella dice y hace, sufre y goza en cada misterio; cómo agradecerle, cómo habla, cómo calla, cómo camina y cómo trabaja, y qué misterios se obran en Ella, la cual siempre se muestra “la Esclava del Señor”, entregada a la persona y a la obra de Redención de su Divino Hijo. Y después de todo esto, reflexionar cada uno para ver en qué la podemos imitar. Singularmente, en la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús, considerar cómo la Virgen, más que nadie, sufre en su Corazón maternal todo lo que su Hijo Redentor sufre en su Cuerpo y en su Alma. Y al contemplar la Resurrección de Jesús, cómo la Virgen “se alegra intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo, Nuestro Señor”.

En segundo lugar, nos propone San Ignacio otro modo, muy fácil y muy práctico, para imitar a la Virgen. Y es pensar en las potencias y sentidos que Dios nos ha dado, y considerar cómo la Virgen usó de su entendimiento y de su voluntad, de su imaginación y de su apetito sensitivo, y lo mismo de los cinco sentidos corporales. Ni tan sólo cómo usó de sus potencias espirituales, las superiores y las inferiores, sino también cómo las cultivó y enriqueció, para que habiéndoselas dado Dios tan privilegiadas y tan fecundas, como tierra riquísima, fuesen más fecundas por el laboreo de Ella, y así produjese el ciento por uno, y aún más, en buenas obras de santidad.

También en el uso de los sentidos corporales hemos de imitar a la Virgen, pues Ella no sólo los guardó y apartó aun del más mínimo desorden, sino que usó de ellos conforme a los planes del Señor. En especial la Virgen usó de sus ojos corporales para ver la creación; y contemplando en ella la obra magnífica de la sabiduría, el poder y de la bondad de Dios, de la vista de las creaturas se elevase al conocimiento y amor de Dios.

Con no menor perfección usó María de sus oídos corporales, para escuchar y cumplir la palabra de Dios. Por eso, su prima Santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, la alabó más que nada, por la fe con que había oído y creído las palabras del Ángel San Gabriel, mensajero de Dios; y su mismo Hijo la proclamó bienaventurada, porque siempre escuchaba la palabra de Dios, y la ponía por obra.

Y ¿qué decir del uso que hizo de su lengua? Tenía muy presente lo que sobre el hablar y el callar se dice en los Libros sagrados del Antiguo Testamento; y así es que sus palabras eran siempre prudentes y acertadas, ceñidas y bien consideradas, y dichas con reposo, dulzura y suavidad. A nadie lastimó ni molestó con su lengua; a todos edificó siempre con su hablar santo; consoló a muchos afligidos con su conversación, portadora de paz y de consolación espiritual; y era su lengua como un surtidor de la más sana y pura alegría. Pero, sobre todo, empleó su lengua en proclamar las grandezas del Señor, como lo atestigua el Evangelio, en el “Magníficat”.

En una palabra, potencias y sentidos los empleó como San Lucas lo consigna dos veces, en recordar todas las cosas de su Divino Hijo, “meditándolas en su Corazón”.
Lo mismo enseña San Ignacio para imitar a la Virgen en todas las acciones de nuestra vida; tales como el andar y caminar, el comer y el dormir, el tratar con diversas clases de personas, en darse al trabajo de Ama de casa; y siempre como la Esclava del Señor. Y mirando todo esto con esmerada atención en la vida de la Virgen, nos aconseja San Ignacio que nos examinemos con todo cuidado y con sincero corazón, en qué nos desviamos y apartamos de los ejemplos de la Virgen; y en qué manera la podemos imitar, con la gracia divina, obtenida por su intercesión.

3° Invocación

Lo tercero en que consiste la verdadera devoción a la Virgen María es valemos siempre de su poderosa y como omnipotente intercesión, acudiendo a Ella con ilimitada e inquebrantable confianza, para conseguir por Ella todas las gracias de Cristo, que necesitamos y deseamos; y esto, a pesar de nuestras miserias, sobre todo las de nuestros pecados, faltas e infidelidades; pues Cristo la ha constituido Reina y Madre de misericordia; la misericordia se muestra y se ejercita en remediar las miserias.

En esto se muestra San Ignacio Maestro consumado; pues promovió, como pocos, y muy eficaz y prácticamente, la fe en la verdad de la mediación de intercesión de María; y nos enseñó la práctica de recurrir a esa mediación intercesora de la Virgen para alcanzar todas las gracias del Divino Redentor, su Hijo amantísimo. En lo cual no hay absolutamente nada que se oponga a la verdad revelada de que Cristo, como afirma San Pablo, es “el único Mediador”. Lo es ciertamente; pero para con el Padre celestial. Mas también necesitamos de mediación para con el mismo Jesucristo; pues, como dice Santo Tomás de Villanueva, “con nuestros pecados no sólo es ofendido Dios Padre, cuyos preceptos violamos, sino también el Hijo de Dios, Cristo Jesús, cuya Sangre, al pecar, conculcamos, crucificando de nuevo a Cristo. Y por lo mismo, como ante el Padre interpela el Hijo, como único Medianero nuestro para con El; así para con el Hijo intercede como Abogada y Medianera principal, la Virgen María”. Y el gran Doctor de la Virgen, San Bernardo, recogiendo la Tradición de la Iglesia, afirma: “Esta es la voluntad de Cristo: que todos los bienes de su Redención nos vengan por medio de María, su Madre y Maestra nuestra”.

Con tanto mayor afecto y segura confianza recurrimos para todo a la intercesión de María, cuanto con el conocimiento, la estima y la imitación de Ella crece más el amor filial; y de todo ello nace la confianza; la cual crece y se aumenta cada día más y más con la suave y grata experiencia de lo mucho que puede esta gran Señora, Madre y Medianera nuestra para con su Divino Hijo, y de las gracias y favores que por su medio alcanzamos.

Y siendo así que a la intercesión de María hemos de acudir, invocándola para todo; nos enseña San Ignacio de una manera más expresa y concreta que la hemos de invocar pidiéndole las cuatro gracias fundamentales de la vida cotidiana.

a) En primer lugar, la gracia en que consiste la verdadera y total conversión. Dice así el Santo en el tercer ejercicio de la primera semana de sus Ejercicios: “El primer coloquio a Nuestra Señora, para que nos alcance gracia de su Hijo y Señor para tres cosas: la primera, que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento de ellos; la segunda, para que sienta el desorden de mis operaciones, para que, aborreciendo, me enmiende y me ordene; la tercera, pedir conocimiento del mundo, para que, aborreciendo aparte de mí las cosas mundanas y vanas. Y con esto, una Ave María”.

b) La segunda gracia fundamental es ya la propia de la auténtica vida cristlana. Y la expresa así San Ignacio: “Conocimiento interno del Señor que por mi se ha hecho Hombre, para que más le ame y le siga”. Y al resumir todo esto y su pleno significado en una frase muy propia del espíritu caballeresco y militar de San Ignacio, guía al ejercitante para que pida así a la Virgen: “Un coloquio a Nuestra Señora para que me alcance gracia de su Hijo y Señor para que yo sea recibido debajo de su Bandera”. Y vivir debajo de la Bandera de Cristo es pelear contra las tentaciones, engaños y acechanzas de nuestro principal enemigo, Lucifer; y así, libres de sus engaños, imitar animosamente a Cristo, aun en lo que es más contrario al espíritu de Lucifer y del mundo; a la luz del interno conocimiento de Cristo, y con la fuerza de un amor entrañable a El; siguiéndole en su camino de la Cruz, y eligiendo en todas nuestras deliberaciones y resoluciones, a imitación de Cristo, lo que es más conforme a la divina voluntad; lo que es del mayor servicio y gloria de Dios.

c) Gran gracia es la tercera, que también hemos de pedir nos la alcance la Virgen; y es cooperar, como Ella, a la obra de Redención de Cristo, participando de su Cruz redentora.

d) Y la cuarta, suplicar a la Virgen que, a semejanza de Ella, participemos, aun en esta presente vida, y con intensa alegría, “de tanta gloria y gozo de Cristo Resucitado”; viviendo en una perpetua resurrección espiritual, la que nos dio el Señor Jesús, con la acción directa del Espíritu Santo, en el Bautismo; y que recobramos cuando la hemos perdido, en el Sacramento de la Penitencia. Así vivimos para Cristo, y no para nosotros mismos, como vivió la Virgen María.

Para todo esto, y para que mantengamos siempre viva la llama de nuestra devoción a la Virgen María, y aun crezcamos en esta santa y saludable devoción del rezo del Santo Rosario; y de manera que en él juntemos la oración vocal con la oración mental, y demos la primacía a la contemplación de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos que recordamos; los cuales son en verdad los misterios también del amor maternal del Corazón Purísimo de María, unida íntimamente en esos misterios, con el Corazón de su Divino Hijo, e identificado totalmente con El. Si así rezamos el Santo Rosario, en él tenemos la manera práctica y diaria de ir y llegar por la devoción de los Sagrados Corazones de Jesús y de María al Reino de Cristo.

Revista “Roma” N° 52, Pg. 3

RECEMOS EL ROSARIO

Desde que la Santísima Virgen ha dado una eficacia tan grande al Rosario, no existe ningún problema, material, espiritual, nacional o internacional, que no pueda ser resuelto por el Santo Rosario y por nues¬tros sacrificios”. Lucía de Fátima.

Visto en Católicos Alerta

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