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LOS ESTADOS GENERALES DE LA IGLESIA CONCILIAR


concilio-vaticano-ii-4

[ Mensaje enviado por la hermana María de un post  de nuestro amigo Sofronio al que hace preceder un título suyo y un par de comentarios para poner las cosas en su punto. Nuestra óptica respecto del “concilio” Vaticano II es que no es un concilio de la Iglesia porque no fue convocado ni  aprobado por un verdadero papa. Si se acepta que lo fue sería ecuménico e infalible. Las advertencias previas o posteriores hechas por “papas” no anulan ni se sobreponen a la infalibilidad propia de los concilios ecuménicos. Además las fórmulas de aprobación de sus documentos necesariamente conllevan la infalibilidad. Fue después cuando alarmado por las contradicciones de sus documentos con muchas declaraciones del magisterio ordinario y solemne de papas y concilios, llevó a Pablo Vi, temiendo que se pusiera en cuestión su legitimidad como papa, a hacer una declaración en un angelus desde el balcón acostumbrado (al que por lo visto si conceden los de la línea media infalibilidad) a declararlo como de magisterio meramente auténtico que se ha de acoger sumisamente por los fieles ( con lo que se pide que se acojan sumisamente errores contra la Fe) y después a Benedicto XVI a hacer lo mismo. Pero si este último relativizó el Syllabus y la Pascendi como magisterio restringido a los tiempos en que se dio ¿Cómo se pretende que nosotros le demos valor a manifestaciones de este “papa”, que además es famoso por sus constantes “variaciones” o por mejor decir contradicciones afectadas de engaño y mentiras (por ejemplo en sus múltiples declaraciones sobre el tercer Secreto de Fátima, que confiesa haberlo leído, perfectamente opuestas entre sí desde aquel lejano 1984 hasta el 2000, e incluso más tarde en su viaje a Fátima) ?

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La posición del blog respecto del concilio V.II puede verse en los posts agrupados bajo la pestaña superior “Vaticano II. Son particularmente interesantes a este respecto Vaticano II meramente pastoral y los engaños del Concilio Pastoral
Los lectores están invitados a ofrecer sus propios juicios sobre los extremos del artículo en cuestión]

Dice la Hna. María

Interesante post, aunque equilibrista y sin conclusión completa… Y dos comentarios.

29 de diciembre de 2013:

comentando el siguiente artículo de Sofronio:

23 diciembre, 2013 | 

¿Concilio Ecuménico o convocatoria de los Estados Generales?

Muchos piensan que un concilio es ecuménico porque lo convoca el papa. Nada más ajeno a la realidad; varios concilios fueron convocados por el emperador: Constantino convocó Nicea; Teodosio el I de Constantinopla…, Irene, madre del emperador, convocó el II de Nicea, por citar sólo unos ejemplos; otros, equivocadamente, piensan que la ecumenicidad del concilio deviene de la presencia del papa, una especie de refrendo, sentado en el concilio. Sin embargo, en muchos no estuvo presente el Vicario de Cristo, sino que fue representado por legados: Nicea, I de Constantinopla, etc.; hay también quienes caen el engaño de señalar la ecumenicidad del concilio, por el hecho de que haya, al menos, representantes enviados por el papa; sin embargo, al I Concilio ecuménico de Constantinopla, El papa Dámaso (366-384) no asistió, ni envió a nadie en su nombre, y ni siquiera asistieron obispos de Occidente.
Ergo, ni la convocatoria por el papa, ni la presencia de éste por sí mismo o por legados, es esencial a la ecumenicidad de un concilio.
Así es, dirán al unísono algunos sorprendidos, para proseguir afirmando: ‘pero no cabe duda de que de inmediato es aprobado por el papa para gozar de la nota de ecumenicidad’. Pues tampoco; v.g.: el I de Constantinopla donde se condena la doctrina de Pelagio y Celestio y se define la doctrina de la transmisión del pecado de Adán, etc. no fue declarado ecuménico hasta 70 años más tarde, en el 451 por el Concilio de Calcedonia; al igual aconteció en otros. Ni siquiera, para más inri, todas las sesiones de ciertos concilios son consideradas ecuménicas, no gozando por ende de la infalibilidad tales partes.
¿Pero, entonces, cómo se ha determinado que hay 21 concilios ecuménicos? La respuesta es la siguiente: La Iglesia católica nunca ha declarado de manera definitiva el número de concilios generales o ecuménicos. Tampoco hubo al principio una reflexión de los concilios acerca de sí mismos y de su ecumenicidad. Sólo en Nicea II se comenzó a discutir sobre lo que constituía el carácter ecuménico de los concilios anteriores. Y era lo siguiente: 1) concordancia y homogeneidad respecto de concilios previos reconocidos como ecuménicos; 2) la participación de autoridades competentes, de manera particular la Iglesia de Roma. Pero como hemos dicho más arriba, en el I  Constantinopla no hubo representación de la Iglesia de Roma, por lo que en lo que atañe a este punto, sólo se puede entender de la siguiente manera: que, incluso con bastante posterioridad, Roma los reciba como divinamente guiados, considerándolos contenedores de la verdadera doctrina.
En general, la mayoría de los teólogos han seguido a San Belarmino, y están concordes en cifrar un total de 20 Concilios generales ecuménicos, desde Nicea I al Vaticano I, aunque algunos hay que hablan de 19 y hasta de 22.
La razón, en fin, de determinar si un concilio es ecuménico viene urgida porque sus definiciones en materia de fe y de costumbres, son infalibles.
Sobre el denominado Concilio Vaticano II, lo primero a distinguir es que el concilio es una institución apostólica, pero no es absolutamente necesaria (1). Porque la doctrina uniforme del cuerpo docente disperso tiene el mismo carácter infalible y hace prescindible el magisterio extraordinario de los obispos. Este fue el argumento esgrimido por el papa para afirmar que no era necesaria la convocatoria de un concilio para condenar la herejía de Pelagio. Sin embargo este método no es inmediato, puesto que requiere la sanción de la Sede de Pedro, que es la única que puede dar testimonio de ese consenso. Por eso los concilios ecuménicos son aconsejables para definir infaliblemente en materia de fe o de costumbres, o para condenar las contrarias o contradictorias a la verdad que envenenan a la grey o para salvar  la amenaza de un cisma. Salvo en esas circunstancias, suele ser mayor el riesgo que las ventajas. De ahí que los papas, en general, sean remisos a las convocatorias de concilios generales y se muestren muy prudentes ante tal perspectiva; prudencia que tuvo Pío XII y no pareció seguir Juan XXIII.
Los Concilios pueden clasificarse en eclesiásticos puros y eclesiásticos políticos o mixtos, a los cuales asisten dignatarios eclesiásticos y civiles, como ocurrió  algunas veces en España, Alemania durante la Edad Media. Los eclesiásticos puros se dividen en particulares y generales (universale, plenarium, generale); a los primeros asisten los eclesiásticos de una diócesis, si es un Sínodo diocesano o los obispos de una provincia eclesiástica, de un reino, de un patriarcado, de oriente o de occidente (pueden ser infalibles o no; pero no es este artículo el lugar para el desarrollo de las condiciones de infalibilidad de los mismos).
El carácter del concilio general puede ser actione, cuando reúne todos los requisitos por la parte convocante, directa o indirectamente, de suerte que convocado asisten todos los obispos o una mayoría, entendida moralmente.
Ex parte celebrationis. Debe haber una participación del papa, ya en persona, bien por representantes, gozando de la completa libertad que corresponde a los que forman parte de la asamblea; ex parte confirmationis, es decir, si habiendo suscrito los obispos las actas, el papa las ha confirmado.  Muchos de los primeros concilios fueron, no obstante, ecuménicos acceptatione, porque habiendo faltado una de las dos condiciones, bien en su convocatoria o en la celebración, se legaliza por el consentimiento, incluso tardío, expreso o tácito del Papa y de los obispos.
Conclusión I: Respecto a la convocatoria, actione, que reúne todos los requisitos y la participación, y ex parte celebrationisdel papa Juan XXIII y Pablo VI y recepción, parte confirmationinis, el Concilio Vaticano II no ofrece ninguna dificultad por esta nota para ser considerado ecuménico.
En la autoridad de un Concilio cabe distinguir una parte esencial y otra accidental. Aquélla es inherente al Concilio ecuménico, ésta proviene de la santidad, erudición y cualidades intelectuales de los padres asistentes al concilio.
Conclusión II: Respecto a la autoridad esencial el Concilio Vaticano II no debería tener dificultades.
 El relación a la autoridad accidental existen graves inconvenientes, porque desde finales del siglo XIX :
  • “El “modernismo” ganaba los seminarios donde se organizaba clandestinamente. En 1901, el padre Maignen publicó en La Vérité Française una serie de artículos denunciando una organización oculta “que abarcaba unos cincuenta seminarios y que afiliaba cerca de un millar de alumnos”. Además de las correspondencias confidenciales, se incitaba a los seminaristas a leer los periódicos modernistas: la Justice Sociale y La Voix du Siècle que se les enviaba por un precio irrisorio. Al obispo de Quimper le impresionaron las facilidades dadas para la lectura de estos dos periódicos “funestos para la disciplina eclesiástica” y el padre Naudet ofreció, por toda respuesta, un abono gratuito de tres meses a la Justice Sociale, a cualquier sacerdote que acabase de ser ordenado y que le enviase simplemente su tarjeta haciéndolo constar.” (2)
  • …Se guardó tan bien el secreto que jamás se pudo saber el nombre de la que circulaba en la diócesis de París. Cinco publicaciones diferentes eran difundidas en los Seminarios, divididos en cinco grupos: Le Trait d’Union, impreso en Lyon, comprendía dieciocho Seminarios; Le Lien, redactado en Orléans e impreso en Lyon, comprendía diez Seminarios; La Chaine de Auch, comprendía catorce Seminarios, Caritas para el norte, comprendía cinco. Una caja común era alimentada por los fondos que un misterioso “Nicodemo” traíada de los frecuentes viajes a través de Francia. “A estas pequeñas hojas sociológicas se añadía otra, la más secreta de todas, que circulaba bajo capa, o más bien bajo la sotana”. En ella se encontraban artículos prohibidos como los del padre [apóstata] Loisy.(3)
Cabe preguntarse, a tenor de este ambiente en los seminarios ya a principios de siglo e incluso antes y luego de 60 años transcurridos desde esta denuncia hasta el comienzo del Concilio Vaticano II ¿Cuántos obispos habían sido influidos por estas ideas desde sus épocas del seminario, y con más libertad después de haber sido ordenados? Por los frutos, es legítimo pensar que muchos padres conciliares estaban ya contaminados de modernismo. Otros estaban claramente en esa línea profresista-liberal: Cardenales Döpfner, Suenens, Cardenal Bea, etc. Al igual ocurría con los teólogos modernistas y/o progresistas, peritos del concilio unos, y otros asentando golpes indirectamente, verdaderos factótum del concilio: Marie-Dominique Chenu, Henric de Lubac, Rhaner,  Schillebceckx , Küng, Daniélou,  Congar, [Ratzinger, también, pero aquí no se lo menciona…] etc.; todos desviados de la doctrina católica.
Conclusión III: La autoridad accidental del Concilio Vaticano II es impugnable porque, por una parte, cierto espíritu modernista había empapado la mentalidad de los padres del concilio, asesorados por una pléyade de teólogos modernistas, algunos condenados en la época de Pío XII, pero luego rehabilitados por Juan XXIII y Pablo VI; no obstante la autoridad esencial no se pone en cuestión. En definitiva, estamos ante un concilio debidamente convocado, [¿?] cuyas riendas fueron manejadas por la parte más progresista y modernistas de la Iglesia, controlando todas las comisiones con el apoyo de los papas; aspecto sobre el que no cabe ninguna duda y  cuyo testimonio más objetivo es la estupenda obra El Rhin desemboca en el Tiber, de Ralph Wiltgen, que recomiendo leer.
La calificación de la autoridad del concilio ecuménico es suprema en la Iglesia para asuntos espirituales, de manera que sus definiciones en materia de fe y de costumbres son infalibles. Las condiciones para distinguir el carácter dogmático de las decisiones de un concilio son, según el consenso común de los teólogos y apartando aquello en que divergen: 1) Es infalible y dogmática una decisión de un concilio ecuménico cuando, al exponerla, se condenan como herejes a los defensores de proposiciones contrarias. 2) Cuando se lanza el anatema contras los que se opusieren a dicha definición. 3) Cuando se intima con la excomunión latae sententiae; hay que distinguir que esta pena también se puede proponer por sostener una proposición escandalosa 4) Y por supuesto, cuando se declara como dogma de fe una doctrina para que como tal la acepten y crean los fieles católicos.
Es aquí, verdaderamente, donde radica el problema del Concilio vaticano II. Sus documentos no son infalibles porque, aunque el objeto material era dogmático, es decir, las discusiones de los conciliares versaron, en parte, sobre lo que ya era antes del CV2 doctrina infalible, ni el papa que lo convocó, ni quién lo cerró, quisieron que fueran infalibles sus textos, renunciando, expresamente, a hacer definiciones y a condenar errores:
Afirmación , repetida por Pablo VI en el discurso de inauguración de la sesión del concilio, el 29 de septiembre de 1963, según la cual la santa Iglesia renuncia a condenar los errores:
  •  «Siempre se opuso la Iglesia a estos errores [las opiniones falsas de los hombres; n. de la r.]. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo  prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a  los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos». 
Reafirmación de la renuncia a la infalibilidad del concilio:
  •  El Concilio “ha evitado promulgar definiciones dogmáticas solemnes que comprometan la infalibilidad del magisterio eclesiástico”, sino que quiso tener “la autoridad del magisterio ordinario supremo, manifiestamente auténtico” (Pablo VI: discurso de clausura del concilio, 7/12/65, audiencia de 12/01/66).
Confirmación de no implicación de la infalibilidad en los textos del Concilio:
  • “La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún dogma, y ha querido conscientemente expresarse en un nivel más modesto, simplemente como un Concilio pastoral” (card. Ratzinger. Prefecto de la C.D.F a la C.E de Chile).
El propio Secretariado niega la infalibilidad. Los padres conciliares habían remitido la siguiente pregunta al Secretariado General del Concilio:
  • “..Cuál deba ser la calificación teológica de la doctrina expuesta en el esquema de Ecclesia y que se somete a votación”.
El secretario General del Concilio responde, 16 noviembre 1964,  en una notificación que se incorpora a la Constitución Lumen Gentium, formando parte de dicha Constitución sobre la Iglesia, diciendo lo siguiente:
  • “Teniendo en cuenta la costumbre conciliar y el fin pastoral del presente Concilio, este santo sínodo define que deben mantenerse por la Iglesia como materias de fe o de moralsolamente aquellas que como tales declare abiertamente”.
La exposición muestra que Juan XXIII convocó el concilio con  intención de discontinuidadPero el Concilio no declaró ni definió nada en materia de fe o de moral abiertamente. El concilio se quiso degradar a sí mismo, apertis verbis, a «magisterio ordinario sumo y manifiestamente auténtico» (Pablo VI), figura insólita e inadecuada para un concilio ecuménico, que encarna desde siempre un ejercicio extraordinario del magisterio. Por otra parte, El magisterio mere authenticum no es infalible, mientras que sí lo es el “magisterio ordinario infalible”.
Esa falibilidad es evidente, como en parte hemos visto, por el  discurso de apertura de Juan XXIII, la notificación del Secretariado del Concilio (16 de noviembre de 1964), los actos mismos del Concilio, las repetidas afirmaciones de Pablo VI desde la clausura del Concilio ; el mismo Juan Pablo II, en varios textos que hemos considerado para este artículo, habla solamente de“Magisterio auténtico.
La forma “extraordinaria” en la que este acto del Magisterio auténtico se ejerció, a saber la de un sínodo universal, no acrecienta su autoridad, puesto que ésta depende del grado (infalible o “simplemente” auténtico), y no de la forma de ejercicio del Magisterio ni del número de obispos. El Concilio Vaticano segundo es un acto del Magisterio auténtico no infalible, aprobado, por añadidura, por una masa de obispos, probablemente, no eminentes“amore et studio doctrina ab Apostolis traditae ac pari detestatione omnis novitatis”. El número en sí mismo nada significa. Recuerden que Cristo, vida nuestra, perdió las elecciones o si prefieren el plebiscito frente a Barrabás, donde los ‘electores’ deicidas, el pueblo judío, gritó: “¡Crucifícale, crucifícale!”.
Exigir para el Concilio Vaticano II,  que es un Magisterio auténtico pero no infalible y además lleno de graves errores, el asentimiento ciego que se debe sólo al Magisterio infalible, constituye -hay que decirlo- un abuso al que hay que resistir porque contiene yerros doctrinales gravísimos que conducen a las ovejas por el camino del infierno, si siguen sus directrices; véanse los frutos; significaría atribuir al último Concilio una autoridad que la misma Iglesia no le reconoce y que los mismos hombres de Iglesia no se arriesgaron nunca a reconocerle, apertis verbis. Como ejemplo, véase también la Nota Previa a “Lumen Gentium” que en la misma página del Vaticano aparece al final de la Constitución en vez de al principio como correspondería: previa; en el mismo lugar se coloca en las frecuentes ediciones del concilio. Dicha ‘Nota’ reconoce el error doctrinal de Lumen Gentium sobre la participación ontológica en la consagración de ministerios sagrados, sobre la necesidad de la comunión jerárquica del colegio episcopal con la Cabeza…, y trata de darle una interpretación en sentido recto, pero tales errores doctrinales continúan en el texto tal como fue redactado y aprobado, contradiciendo la doctrina de siempre ¿Será necesario poner en paralelo, v.g.,  la muchísima doctrina unánime de la Tradición sobre la Libertad religiosa absolutamente contraria a la de la Declaración de la Dignitatis Humanae? Sea suficiente señalar los títulos afectados de la perversa doctrina y los errores en general: Errores concernientes a la noción de tradición y de verdad católica, a la santa Iglesia y a la beatísima Virgen. a la santa Misa y a la Liturgia sagrada, al sacerdocio, a la Encarnación, a la Redención, al concepto del hombre, al Reino de Dios, al matrimonio y a la condición de la mujer, a sectarios, herejes, cismáticos (los denominados “hermanos separados”), a las religiones acristianas, a la política, a la comunidad política, a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, a la libertad religiosa y el papel de la conciencia moral y a la interpretación del significado del mundo contemporáneo.
Conclusión IV: Que un concilio tenga concordia con las doctrinas de los anteriores ecuménicos es una nota necesaria para su ecumenicidad, ya reconocida desde el I Nicea, (325) . Luego el Concilio Vaticano II no puede gozar de esa nota de ecumenicidad toda vez en él no sólo hay ambigüedades, las más, sino también contradicciones con la doctrina precedente y errores. He aquí una lista más exhaustiva de yerros.
El Concilio que goza de la nota de ecumenicidad, necesaria para determinar la infalibilidad de su doctrina respecto a la fe y costumbres, debe condenar los errores contrarios que amenazan a la grey. Esta es una de las características constantes de los 20 Concilios señalados, los cuales han lanzado anatemas sobre las doctrina perniciosas del momento. En aras de la brevedad, consideraremos cómo el Concilio Vaticano II se negó, a pesar de haberlo pedido más de 450 padres conciliares, a condenar el intrínsecamente perverso comunismo. Veamos sólo la historia de una terrible traición.
Papa Pío XI de 1937, en su Encíclica Divini Redemptoris, había condenado el comunismo:
  •  “el comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana.” 
  • “El Concilio se negó a condenar el comunismo, debido al infame Pacto de Metz, la ciudad francesa donde se reunieron en agosto de 1962 (dos meses antes de la apertura del Concilio) el Cardenal Tisserant, enviado por Juan XXIII, y Nikodim, el patriarca ortodoxo de Moscú, un títere del Politburo soviético Allí acordaron que la Unión Soviética permitiría que varios miembros de la Iglesia Ortodoxa Rusa aceptaran la invitación del Papa para asistir como observadores en el Concilio (¡las barbaridades que se cometen en nombre del ecumenismo!), y a cambio el Vaticano se comprometió a que no habría ninguna condena explícita del comunismo. Para que no piense el lector que me adentro en una oscura teoría de la conspiración, debo aclarar que este pacto, lejos de ser un secreto, fue anunciado en conferencia de prensa por el entonces obispo de Metz, Monseñor Schitt; fue detallado en el diario católico francés, La Croix; y ha sido confirmado públicamente por el que era entonces el secretario del Cardenal Tisserant, Monseñor Roche”. (5)
  • “La petición de condena al comunismo, redactada por el Coetus Internationalis Patrum , obtuvo la firma de 454 obispos, representando 86 países. Monseñor Lefebvre entregó personalmente esta petición, dentro del plazo previsto, el 9 de noviembre de 1965, al secretario del Concilio. Monseñor Tissier de Mallerais comenta en detalle cómo el Pacto de Metz fue rigurosamente respetado por Pablo VI. Creo que cualquier católico debería saber esto, por lo que a continuación ofrezco un extracto de lo que ocurrió (6)
  • ¿Qué pasó entonces? El 13 de noviembre, la nueva redacción del esquema no tomó en cuenta los deseos de los solicitantes; el comunismo seguía sin ser mencionado. Por eso, Monseñor Carli protestó el mismo día ante la presidencia del Concilio y presentó un recurso dirigido al tribunal administrativo… El Cardenal Tisserant ordenó una investigación que reveló… que, por desgracia, la petición se había “extraviado” en un cajón. En realidad, lo que pasó fue que Monseñor Achille Glorieux, Secretario de la comisión competente, después de recibir el documento, no lo hizo llegar a la comisión.
  • El “olvido” de Monseñor Glorieux fue objeto de disculpas públicas por parte de Monseñor Garrone, pero, como quiera que sea, el plazo concedido para introducir el párrafo sobre el comunismo ya había caducado. Por otro lado, una condena del comunismo habría discrepado demasiado con la intención del Papa Juan, que había decidido que el Concilio no condenaría ningún error; y además, en su encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963, Juan XXIII había evitado toda reprobación del comunismo, y aceptaba incluso que se pudiera “reconocer en él algunos elementos buenos y laudables.”
  • Eso era negar el carácter “intrínsicamente perverso” del comunismo, según el Papa Pio XI y aceptar la colaboración de los católicos con el comunismo…. Como árbitro del debate, pero heredero de Juan XXIII, Pablo VI mantuvo el silencio sobre la palabra “comunismo”, y se contentó con añadir el 2 de diciembre una mención de las “reprobaciones del ateísmo hechas en el pasado”, lo que era falsificar la doctrina de Pio XI, que condenaba el comunismo en cuanto organización y método de acción social perversos (una técnica de esclavitud de masas y una práctica de la dialéctica, en palabras de Jean Madiran), y no sólo en cuanto atea.

Una carta del card. Bea confirma las concesiones  hechas en el Pacto de Metz

Sobre la carta del card. Bea, que confirma las concesiones en Metz
Conclusión V: Los obispos reunidos en concilio con el papa ejercen su ministerio de jueces en materia de fe y costumbres, respecto a la materia,  si se dan tres conceptos: a) Examinando minuciosamente las decisiones dogmáticas de Concilios anteriores, confirmándolas al propio tiempo- objeto que no quiso asumir el concilio- b) Publicando, después de un maduro examen las verdades de fe cuya declaración ha anunciado. En este sentido, según lo que el Concilio Vaticano I  nos dice respecto a  la intención: “la sentencia debe ser propuesta para que los fieles la reciban como infaliblemente cierta: con fe divina, si el objeto es Revelado; o excluyendo la posibilidad de error si sólo es materia conexa con el Depósito de la fe. Esta intención debe ser manifiesta, ya por el texto, ya por el contexto”-Sin embargo, el concilio Vaticano II renuncia a esa intención-c) emitir un juicio definitivo que pone de manifiesto los sofismas de la herejía y errores. Pero el Concilio Vaticano II no sólo se niega a condenar y a confirmar la condena de los errores ya juzgados, sino que usa de acuerdos indignos, tal como el pacto de Metz, para evitar anatematizar al comunismo, ideología intrínsecamente perversa, culpable de decenas de millones de asesinatos y perseguidora de la fe con odio implacable. Lo mismo se puede decir de la negativa a condenar la masonería. Ergo, el Concilio Vaticano II no goza de la ecumenicidad, porque es tan sólo una asamblea general que versa sobre asuntos pastorales y disciplinarios. De este tipo de Concilios huían todos los papas y por eso dice San Gregorio Nacianceno “que huye de todas las asambleas de obispos, porque no ha conocido una sola que haya tenido un resultado feliz y satisfactorio”. Alude el Nacianceno a los concilios celebrados en su tiempo en que casi siempre se encontraban en mayoría los arrianos- en nuestro caso los modernistas-, como sucedió en los de Milán, Sirmium, Rímini, Seleúcida, etc.; por cuya razón se excusó de acudir al concilio proyectado por el Emperador, a pesar de las insinuaciones de Procopio. Por el contrario le vemos acudir al de Constantinopla, reconociendo la importancia del de  Nicea (7).   
En fin, repasando los 20 concilios (lista y resumen de los 20 al final de las notas) que, mayoritariamente, se reconocen como ecuménicos, desde I Nicea a I Vaticano,  encontramos que en ninguno de ellos se ha renunciado jamás a definir doctrina ni a condenar los sofismas heréticos o a resolver un peligro de cisma, fin principal de un concilio ecuménico, porque el Concilio Ecuménico es el órgano colegial del magisterio extraordinario con autoridad infalible para el objeto de definir la  verdadera doctrina, condenar los errores contrarios a la fe y las costumbres y dar leyes para toda la Iglesia Universal (8). Al carecer por deseo expreso de definiciones y condenas y por su intención explicita de renunciar a la infalibilidad del magisterio extraordinario de los obispos, no goza de la infalibilidad de un concilio ecuménico. Luego si no es un Concilio Ecuménico en el sentido dogmático ¿Qué es?:
CALIFICACIÓN DEL CONCILIO VATICANO II
Una asamblea general de obispos de carácter pastoral y disciplinariocon expresa renuncia a la infalibilidad intrínseca propia de un Concilio Ecuménico respecto a las definiciones de fe y moral.
Acoger las enseñanzas conciliares “con docilidad y sinceridad”propio del magisterio auténtico, pero no infalible, como pidió Pablo VI, sólo sería posible si no hubiera graves errores y ambigüedades, de los cuales sus textos están repletos y son más evidentes a medida que se adhieren nuevos estudiosos a la nobilísima causa de defender la fe católica¿Qué debe hacer, pues, un católico? Resistir a los errores de la Asamblea General de obispos, más conocida como Concilio Vaticano II, porque “No resistir al error es aprobarlo, no defender la verdad, es sofocarla” (San Pío X)
 Aunque vistas las consecuencias, más que de asamblea hubiera sido mejor declarar al concilio, tal vez, la reunión de los Estados Generales. No parece exagerado, pues algún cardenal progresista, antes que nosotros, ya comparó a este evento eclesial con 1789; las desgracias  venidas tras 1789 no son mayores que las sobrevenidas al evento que culminaba  1965.
Gozosa Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
 Sofronio
(1)      Zaccaria. Cfr. Francisco Hettinger. Tratado de Teología fundamental o Apologética. Madrid, 1883
(2)      La Iglesia ocupada cap. 17
(3)      Ibid.
(4)      SISINONO, 31 de marzo del 2001, edición italiana, págs. 4 ss
(5)      Este acontecimiento está también relatado en dos magníficos libros: Iota Unum de Romano Amerio, Angelus Press 1996 (p.65-66), y The Jesuits – The Society of Jesus and the Betrayal of the Roman Catholic Church de Malachi Martin, New York: Simon Schuster, 1987 (p.85-86).
(6)      La Biografía de Bernard Tissier de Mallerais, sobre Marcel Lefebvre d. Actas, 2012.
(7)      Tratado de Teología fundamental o Apologética. Madrid, 1883, pag.332
(8)      Vizmanos & Riudor; Teología Fundamental
 
 
RESUMEN DELOS CONCILIOS ECUMÉNICOS
1/I de Nicea: año 325, contra el arrianismo, definió la consubstancialidad del Verbo. El Credo. Anatemas
2/I de  Constantinopla: año 381, contra los macedonianos, Pelagio y Celestino. Define la unidad del Espíritu Santo en el seno de Dios, como el Padre y el Hijo. Defendió la transmisión del pecado de Adán a su descendencia. Anatemas.
3/Éfeso: año 431. Contra el nestorianismo. Cristo, Dios-hombre es un sólo sujeto (=Persona); la unión hipostática es substancial, no accidental, física ni moral. Anatemas
4/Calcedonia. Año 451. Contra los monofisistas. Las dos naturalezas en Cristo está unidas (personalmente), no confundidas ni mudadas ni alteradas de ninguna manera. Anatemas
5/II de Constantinopla: año 553. Ratifica el sentido genérico de las definiciones conciliares. Reafirma las definiciones anteriores sobre el trinitarismo y la cristología y define que en Cristo, aun en una sola persona (la del Verbo), hay dos voluntades. Anatemas
6/III de Constantinopla: año 680-681. Contra el monotelismo y condena de Honorio. Anatemas
7/II de Nicea: año 787. Contra los iconoclastas. Regula la querella de los iconoclastas, pronunciándose por el culto de las imágenes, pero distinguiendo cuidadosamente el culto de veneración del culto de adoración, que sólo es debido a Dios. Anatemas
8/IV de Constantinopla: año 869-970. Contra el cisma del emperador Focio. Confirma el culto a las imágenes y afirma el primado romano sobre cualquier otro patriarca. Anatemas
9/I de Letrán: año 1123. Contra las investiduras. Reivindicó el derecho de la Iglesia para la elección y consagración de Obispos, contra la investidura de los laicos. Condenó la simonía y el concubiato de los eclesiásticos. Anatemas
10/II de Letrán: año 1139. Condenó los amaños cismáticos de varios antipapas y los errores de Arnaldo de Crescia y publicó medidas destinadas a que reinara la continencia en el clero. Anatemas
11/III de Letrán: año 1179. Contra los albigenses, cátaros y valdenses. Regularizó la elección del Papa, declarando válidamente elegido al candidato que hubiera obtenido los dos tercios de los votos de los cardenales. Nuevas leyes contra la simonía. Anatemas
12/IV de Letrán: año 1215. Definiciones sobre la fe y la moral. Organizó una cruzada. Revisó y fijó la legislación eclesiástica sobre los impedimentos matrimoniales, impuso a los fieles la obligación de la confesión anual y la comunión pascual. Anatemas
13/I de Lyon: año 1245. Contra el Emperador Federico II y por la reforma del clero. Reguló el proceso de los juicios eclesiásticos. Declaraciones rituales y definiciones  doctrinales para los griegos. Anatemas
14/II de Lyon: año 1274. Por la unión de las iglesias. Definición de que El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio. Definición sobre la suerte de las almas después de la muerte. Sobre los siete sacramentos y sobre el Primado del Romano Pontífice. Anatemas
15/De Vienne: año 1311. Decidió la supresión de la Orden de los Templarios. Definición de que el alma es verdadera y esencialmente forma del cuerpo. Anatemas
16/De Constanza: año 1414-1418. Fin del cisma occidental. Se condenan los errores de Wickleff sobre los sacramentos y la constitución de la Iglesia y los de Juan Huss sobre la Iglesia invisible de los predestinados. Anatemas
17/De Ferrara – Florencia: año 1438-1442. Reforma de la Iglesia y nuevo intento de reconciliación con los griegos de Constantinopla. Definiciones para griegos y armenios sobre dogmas. Anatemas
18/V de Letrán: año 1512-1517. Normas para las instituciones religiosas y condenó las herejías contrarias a la inmortalidad del alma. Definiciones sobre el alma humana, que no es única para todos, sino propia de cada hombre, forma del cuerpo e inmortal. Anatemas
19/De Trento: año 1545-1563. Contra los errores del protestantismo y por la disciplina eclesiástica. Defensa de la Sagrada Escritura, doctrina sobre el pecado original, la santificación y la gracia, sobre los sacramentos, especialmente sobre la Eucaristía y la Misa, sobre el culto de las imágenes y las indulgencias. Condenación de los errores de Lutero. Anatemas
20/Vaticano I:año 1869-1870. Contra el racionalismo y el galicanismo. Definió la infalibilidad pontifica como dogma de fe cuando habla “ex-cathedra” (en calidad de pastor y maestro de todos los cristianos). La Iglesia es monarquía de derecho divino y el Papa recibe potestad directamente de Dios. Define el Dogma de la Inmaculada Concepción. Anatemas.

4 Respuestas a ¿Concilio Ecuménico o convocatoria de los Estados Generales?

  1. Excelente elucidación. No bastó introducir fórmulas ambiguas y aun erróneas en los textos conciliares, sino que se pretendió dotar de carácter vinculante a esos mismos documentos preñados de fallas. Finalmente, y para degradar al máximo el sentido de la fe, se ofreció al Concilio como tótem o fetiche, un módico oráculo celestial para los tiempos presentes que exime de remitirse al Magisterio perenne.
    Es menester resistir. Nos va la salvación en ello.
  2. Hna. María de Luján Responder
    Se debe resistir, sí… pero diciendo la Verdad completa, que es la única que nos hace libres, la única capaz de disipar toda duda, timidez o indecisión en el alma de los fieles: la sede de Pedro está usurpada.
    Nuestro Señor, que declaró sin ambages “el que a vosotros escucha, a Mí me escucha”, y que mandó a Pedro “Confirma a tus hermanos”, jamás podría estar autorizando a quienes han deformado el contenido de la Fe y su sacra expresión a través de la Liturgia, que de “divina” ha venido a ser manufactura de pastores protestantes.
    Aquéllos que tienen alguna autoridad todavía, tienen la obligación de aplicar la Ley de la Iglesia que manda la destitución del hereje que ocupa un oficio eclesiástico, porque ha perdido toda jurisdicción.
    Ya no caigan en la trampa que exime al Supremo Pontífice de ser juzgado: Pablo IV y San Pío V establecieron ex-cathedra lo contrario, declarando que quien manifieste herejía (en palabras o actos) está demostrando que su elevación no ha sido canónica por existir un vicio oculto.
    Apliquen la Ley de una buena vez, y háganse dignos de sus hermanos, los Santos Apóstoles y todos los verdaderos hijos de Dios que no dudaron en entregar la propia vida por la Confesión de la Fe, y hicieron lo que tenían que hacer…
  3. Hna. María de Luján Responder
    Perdón por la involuntaria duplicación del comentario anterior, pero agrego algo más, para quienes insisten en que esas Bulas fueron abrogadas por el CIC 1917.
    La Bula de Pablo IV fue usada en numerosos artículos. Enumero los artículos en cuestión, que tomo del trabajo publicado en el blog “Amor de la Verdad” (pueden ver el facsímil allí):
    “El canon más importante es sin duda el canon 188 (…), en referencia al pie a los § 3 y 6 de Paulo IV: “En virtud de una renunciación tácita admitida por el derecho mismo, no importa qué oficio es vacante por el hecho mismo y sin ninguna declaración, si el clérigo (…) se separa públicamente de la fe católica”. (1)
    Canon 167 (referencia en pie de página al § 5 de la bula de Paulo IV): “No están habilitados a elegir (…) 4º aquéllos que han dado su nombre a una secta hereje o cismática o que han adherido a ella públicamente”.
    Canon 218, § 1 (referencia al § 1 de Paulo IV): “El pontífice romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un primado de honor, sino también el supremo y pleno poder de jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo”.
    Canon 373, § 4 (referencia al § 5 de Paulo IV): “El canciller y los notarios deben tener una reputación sin tacha y por encima de toda sospecha”.
    Canon 1435 (§ 4 y 6 de Paulo IV): (concierne a la privación de los beneficios eclesiásticos o todavía a la nulidad de las elecciones de los beneficios).
    Canon 1556 (§ 1 de Paulo IV): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.
    Canon 1657, § 1 (§ 5 de Paulo IV): “El procurador y el abogado deben ser católicos, mayores y de buen nombre; los no católicos no son admitidos, salvo caso excepcional y por necesidad”.
    Canon 1757, § 2 (§ 5 de Paulo IV): “Son recusables como siendo testigos sospechosos. 1º los excomulgados, perjuros, infames, después de sentencia declaratoria o condenatoria”.
    Canon 2198 (§ 7 de Paulo IV): “Sólo la autoridad eclesiástica, requiriendo a veces la ayuda del brazo secular, donde ella lo juzgue necesario y oportuno, persigue el delito que, por su naturaleza, lesiona únicamente la ley de la Iglesia; estando a salvo las disposiciones del canon 120, la autoridad civil pune, por derecho propio, el delito que lesiona únicamente la ley civil, bien que la Iglesia permanece competente en lo que le toca en razón del pecado; el delito que lesiona la ley de las dos sociedades puede ser punido por los dos poderes”.
    Canon 2207 (ningún parágrafo de Paulo IV en nota del Codex (¿olvido?), pero sin embargo una mención en el índice de Fontes; este canon corresponde, a nuestro entender, al § 1 de Paulo IV): “El delito es agravado entre otras causas: 1º por la dignidad de la persona que comete el delito o que es la víctima; 2º por el abuso de la autoridad o del oficio del cual se serviría para cometer el delito”.
    Canon 2209, § 7 (§ 5 de Paulo IV): “El elogio del delito cometido, la participación del provecho obtenido, el hecho de ocultar y encubrir al delincuente, y otros actos posteriores al delito ya plenamente consumado pueden constituir nuevos delitos, si la ley los castiga con una pena; pero a menos de que haya un acuerdo culpable antes del delito, ellos no entrañan la imputabilidad de ese delito”. Nuestro comentario: el código pune como delitos especiales el favor manifestado al excomulgado (canon 2338, § 2), el hecho de defender libros heréticos (canon 2318, § 1) o ayudar a la propagación de una herejía (cánones 2315 y 2316).
    Canon 2264 (§ 5 de Paulo IV): “Todo acto de jurisdicción, tanto de fuero interno como de fuero externo, hecho por un excomulgado, es ilícito; y si ha habido una sentencia declaratoria o condenatoria, el acto es inválido…”.
    Canon 2294 (§ 5 de Paulo IV): “Quién es golpeado de una infamia de derecho es irregular, conforme al canon 984, 5º; además es inhábil para obtener beneficios, pensiones, oficios y dignidades eclesiásticas, a ejercer los actos legítimos eclesiásticos, un derecho o un empleo eclesiástico, y en fin, debe ser descartado de todo ejercicio de las funciones sagradas”. Nuestro comentario: La adhesión pública a una secta no católica comporta automáticamente la infamia de derecho (ver canon 2314 citado debajo).
    Canon 2314, § 1 (§ 2. 3 y 6 de Paulo IV): “Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados”.
    Canon 2316 (§ 5 de Paulo IV): “Aquél que, de cualquier manera que sea, ayuda espontáneamente y conscientemente a propagar la herejía, o bien que comunica in divinis (= que asiste al culto de una secta no católica) con los herejes contrariamente a la prescripción del canon 1258, es sospechoso de herejía”. Nuestro comentario: Si no se enmienda, el sospechoso de herejía, al cabo de seis meses, debe ser tenido por hereje, sujeto a las penas de los herejes (canon 2315).
    (1) Canon 188 – CIC 1917

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  1. Este mensaje tiene sobre los Concilios Ecuménicos varias ideas inexactas, que iré apuntando siguiendo el desarrollo de su autor.

    En primer lugar, es realmente desagradable observar cómo se nos intenta hacer creer que hay una gran diversidad de opiniones sobre la condición esencial de ecumenicidad de los Concilios generales.

    Como si la inmensa mayoría de los autores, tanto antiguos como modernos, no supieran y declararan claramente que lo único absolutamente necesario para esa ecumenicidad es la sanción, aprobación y promulgación de los documentos conciliares por parte de un Papa verdadero.
    – La convocación por parte del Papa, aunque sea la vía más normal y ajustada a los derechos soberanos del Papa, puede haber sido realizada materialmente por otra autoridad, incluso civil, aunque siempre presumiendo la aprobación, al menos tácita, del Papa, y nunca en contra de su voluntad claramente expresada.

    – Ni la presencia del mismo o sus legados es estrictamente requerida, aunque sí es muy conveniente y necesaria, puesto que el Papa es siempre el jefe nato del Concilio, en cualquiera de sus procedimientos.

    – Es verdad que un Concilio puede esperar bastante tiempo hasta recibir la sanción papal que lo convertirá en ecuménico, es decir, en obligatorio para la ecumene, la entera comunidad cristiana repartida por todo el Orbe, y ello, para siempre.

    Incluso es posible que el Papa sólo apruebe una parte de los documentos de un concilio, o que excluya claramente alguna de sus partes, entendiéndose entonces que sólo las partes explícitamente aprobadas y promulgadas por el Papa son generalmente obligatorias.

    Como se puede comprobar, el criterio primario, y determinante de los demás, reside únicamente en la sanción de un Papa verdadero.

    Los demás criterios enunciados por el autor sólo son derivaciones de este primero y principal.

    1) Porque la concordancia y homogeneidad respecto de concilios previos reconocidos como ecuménicos, ¿Quién podrá asegurarla con total certeza, más que aquél que es infalible, también en la declaración de los hechos dogmáticos? Porque cuando los Apóstoles se reunieron en el Concilio de Jerusalén, ¿Había acaso algún Concilio precedente? Y cuando se reunieron en el de Nicea, ¿Había acaso algún precedente conciliar? Muchas doctrinas tuvieron que ser analizadas, sin que existiera un precedente conciliar con el que compararlas. Lo que siempre existió, fue la sentencia definitiva e infalible de los Pontífices Romanos.
    Además, si no estuviera el sello del Pescador garantizando esa homogeneidad, siempre podría haber gentes que se empeñarían, por motivos más o menos nobles, en sostener la no-homogeneidad del concilio en cuestión, o al revés, como pasa en nuestros días, que se empeñarían en imposibles “hermenéuticas de la continuidad para afirmar una homogeneidad allí donde la heterogeneidad y contradicción de doctrinas es más que palmaria.

    2) En cuanto a la participación de autoridades competentes, ¿Cuáles serían éstas? En verdad, la decisión de un número reducido de obispos, ni siquiera presididos por legado papal alguno, es susceptible de convertirse en decisión ecuménica por mandato papal.

    El principio, pues se enuncia así: Un Concilio, incluso si ha sido concebido, convocado y celebrado desde el mismo principio como Ecuménico, sólo adquiere la cualidad de tal, así como la infalibilidad, en el momento y medida en que el Papa legítimo hace suyos sus decretos, y los aprueba, confirma y promulga por su propia autoridad.

    En corto: Porque son Ecuménicos, son infalibles, y no al revés, porque son infalibles, son ecuménicos.

    Sin embargo, es exactamente esa última afirmación la que encontramos bajo la tecla de nuestro autor, que declara:

    “La razón, en fin, de determinar si un Concilio es ecuménico viene urgida porque sus definiciones en materia de fe y de costumbres son infalibles.

    Es decir, siempre ver las cosas al revés de cómo funcionan realmente. Porque pueden existir, por ejemplo, muchos concilios particulares, aprobados en forma específica por el Papa, y por ende, de los que podemos tener la completa certeza de que no contienen error alguno acerca de fe o moral, sin que por ese hecho se conviertan en ecuménicos, aunque sí revistan gran importancia para el desarrollo teológico.

    La forma de pensar subyacente bajo las palabras reseñadas más arriba es la típica de los cismáticos “ortodoxos” o de los galicanos de por aquí: Primero decidía cada una de las iglesias particulares si las Actas de un Concilio era a su juicio coincidentes con la doctrina precedente, y si al final todo el mundo estaba de acuerdo, entonces se reconocía que era ecuménico…Y como desde hace ya más de un milenio, siempre ha habido listos que se las han arreglado para “poner pegas”, resulta que ni siquiera de ponen de acuerdo en aceptar como Ecuménicos 7, 8, o 9 Concilios como ecuménicos. (Eso, por no mencionar siquiera la posibilidad de que un Concilio abordase asuntos de fe, y sobre todo de moral, inéditos hasta ahora en el magisterio conciliar, como ciertos casos de bioética, impensables hace sólo 50 años, y hoy, de candente actualidad. ¿Quién nos garantizará que la doctrina sentada por ese Concilio no contiene error, así como sus mandamientos prácticos? Sólo la específica sanción papal.)

    Es también la forma de pensar de la FSSPX: Como según ellos, el Papa junto a todo un Concilio pueden equivocarse, y enseñar el error, le toca a los mandamases de la dicha Fraternidad decidir si es o no ecuménico un Concilio, a pesar de que varios Papas reconocidos por ellos como legítimos los hayan declarado Ecuménicos. No es de extrañar que cierto obispo ortodoxo ruso se presentase en Écône, proponiendo una especie de asociación, dando por explicación a un sorprendido rector: “¡Pero si pensáis como nosotros!”.

    Luego nos entretiene sobre una cuestionable autoridad accidental del Concilio Vaticano II, lo cual, se supone, podría haber afectado la ecumenicidad de la dicha asamblea.

    Debería haber recordado que la sanción papal tiene un efecto sanante de todos los defectos ocurridos en el desarrollo de las sesiones y discusiones conciliares, de modo que, aunque las Actas finales sean más o menos claras, perfectas, mejor o peor elaboradas, una vez confirmadas, su autoridad esencial es la misma que la de cualquier otra, la mejor que quepa suponer. Ya vimos otros concilios rodeados de todo tipo de triquiñuelas y golpes bajos dignos de “La vida de Brian”, y cuyas Actas, una vez confirmadas, no son menos ecuménicas que las de Nicea o Trento.

    Así que los lefebvrianos se ven reducidos a utilizar las tretas que otros ya utilizaron cuando quedó claro que el Concilio de Trento iba a ser aceptado por las principales naciones cristianas: Pretender que sólo eran dogmáticos-obligatorios-infalibles los decretos doctrinales, o bien, que sólo eran tales los cánones y anatematismos finales.

    Cuando lo cierto es que la Iglesia siempre ha creído y enseñado que las Actas de un Concilio, en conjunto y en cada una de sus partes, son absolutamente inerrantes, es decir, que no pueden contener el más mínimo error contra la fe o la moral, no importa si el documento es un decreto dogmático, como el decreto tridentino sobre la justificación, o la Pastor Aeternus de 1870, si es un decreto disciplinar, una constitución expositiva, o una simple declaración o exhortación. Sabemos que el Espíritu Santo no permitirá nunca que toda la Iglesia reunida en Concilio enseñe el más mínimo error.

    Por lo tanto, es un vano intento buscar si un Concilio realiza alguna definición sobre fe y costumbres, y pretender que solamente éstas serían infalibles, mientras que lo demás podría contener error.

    Ni se puede argumentar tampoco que el Concilio y/o el Papa no quisieron ser infalibles, porque eso no es algo que puedan decidir. Desde el momento en que Papa y Padres conciliares promulgan un documento, es automáticamente infalible desde el punto de la rectitud doctrinal, y estricta y universalmente obligatorio desde el punto de vista jurídico.

    Se ve que los lefebvrianos no sólo se han convertido en papoclastas, sino también en Concilioclastas. Han ido todavía más lejos que sus predecesores ideológicos galicanos y jansenistas. Estos, por lo menos, sostuvieron siempre que un Concilio Ecuménico no podía enseñar el error, tanto porque sostenían que la comunalidad de los obispos reunidos no podían equivocarse, como porque el Vicario de Cristo, sostenido y fortalecido por sus hermanos obispos, expresaba a través de su boca el pensamiento de toda la Iglesia representada en el Concilio, por lo que en modo alguno era posible que toda la Iglesia enseñara el error, y menos posible todavía, que lo convirtiera en estrictamente obligatorio.

    Aunque nos apuntásemos a la escuela minimalista, y aceptáramos que el Concilio no quiso ser más que una catequesis de los domingos, extendida sobre centenares de mamotréticas páginas, sin intención alguna de obligar a la conciencia de los fieles, más que a lo que ya estaban previamente obligados por decisiones anteriores, seguiría siendo incuestionablemente cierto y verdadero que ningún error hubiera tenido acceso a las Actas de esa gran homilía, si hubiera cumplido al menos con la condición primaria que asentábamos al principio: Si hubiera habido un Papa legítimo para convocar y dirigir, o al menos, aprobar, confirmar y promulgar esas Actas.

    Actas, que por la propia naturaleza de los Concilios Ecuménicos, son magisterio extraordinario, por lo que por mucho que se empeñe Montini, no podían ser sólo magisterio ordinario, y menos aún, ese invento teológico llamado magisterio simplemente auténtico.

    Vuelve la burra al trigo, y el perro a su vómito…

    Pretendiendo que puede haber algún tipo de magisterio papal susceptible de contener error en fe o moral…

    Los lefebvrianos no sólo han olvidado lo que es un Papa, sino que también han perdido la noción auténtica de lo que es un Concilio Ecuménico. Hasta Bossuet los vomitaría…

    Y desde luego, se van pareciendo cada día más a Lutero, que declaraba estar por encima de los Concilios Ecuménicos, según él falibles, por lo que fue condenado por el Papa León X.

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  2. un Concilio……
    obligatorio para la ecumene,….., para siempre.”

    ¿y si un concilio no respeta lo que otros papas les impusieron como obligatorio en otros concilios que pasa??
    pues ese es el caso del v 2—

    vomitivo es usted fray lugo….

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  3. qué craso error el de este Sofronio, dice que debido a la pertinente participación “del papa Juan XXIII y Pablo VI (…) el Concilio Vaticano II no ofrece ninguna dificultad por esa nota para ser considerado ecuménico”, pero esto sería así en todo caso si esos señores fueran verdaderos papas, cosa que al doctoral comentarista no parece importarle un pimiento dilucidar, por otra parte incurre en el torpísimo dislate, propio de la FSSPX, de creer que los papas y concilios son infalibles ad libitum, hala, si les da la gana, con eso que dicen tan ridículo de no comprometer su infalibilidad (no vaya a ser que se les gaste con esa manada de borregos, je je), no comprende el sabio que eso es intrínseco a su condición (si son verdaderos) y no depende de que ellos decidan serlo o no, “ni el papa que lo convocó, ni quien lo cerró, quisieron que fueran infalibles sus textos”, dice el experto, ¿no ve el flaco favor que les hace y que se hacen a sí mismos esos ‘papas’ renunciando, según dice, a regalar a la Iglesia tan precioso don y unos tan valiosos y vitales documentos? pero la infalibilidad es inalienable del papa que enseña la doctrina a la Iglesia, no puede desprenderse de ella mientras sea el Vicario de Cristo, aunque parece que esto no les entra en la cabeza a estos mixtificadores que ya no saben qué hacer ni qué decir para cohonestar a la presente camada de antipapas que por sus pecados sufre el mundo y temen que con su legitimidad se vaya también al garete toda su propia vida clerical al servicio de la Iglesia, que parece que les importa más que servir a la verdad

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