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RESPUESTA AL P. IGLESIAS OLIVA 2


[Esta es la respuesta que nos envía Fray Eusebio de Lugo al artículo  del P. Iglesias Oliva publicado íntegro en este blog,  titulado “El Sedevacantismo y sus exageraciones” y que puede leerse en

P. Juan Antonio Iglesias Oliva FSSPX

P. Juan Antonio Iglesias Oliva FSSPX

el post de este blog La Voz de Mons. Williamson en España, Naturalmente el P. Iglesias tiene el blog abierto para contestar a estos argumentos y a los del anterior post sobe el mismo tema y con el mismo título. A nosotros nos encantaría mantener una controversia fructífera sobre todo en lo que respecta a la validez/invalidez de los ritos conciliares, de lo que existen numerosas entradas bajo la categoría “Ritos conciliares”. También hemos dado importancia a sustentar la legitimidad y obligatoriedad del sedevacantismo- sedevacantismo dogmático lo llama él- y a sensu contrario la ilegitimidad de la posición sedevacantista opinionista. A los que asistan por primera vez a este debate, les recomendamos que revisen en el blog- que hemos llamado infalibilista, y tridentino-ritualista- los artículos pertinentes, y  cuyos ejes fundamentales de su desarrollo son precisamente los dos temas que al parecer tanto molestan a nuestro estimado P. Iglesias. Doy la voz a Fray Eusebio, de la orden jerónima por lo menos in voto, que rasgos tan parecidos tiene al Santo Padre y Doctor,  el gran San Jerónimo, y al profeta que anunció el despertar del león jerónimo en España,  el Beato Tomasuccio de Siena de quien tanto hemos hablado en el blog]

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Por Fray Eusebio de Lugo
No siendo posible contestar al artículo en el lugar en que originariamente se publicó, lo hago aquí:

Interesante texto, proveniente de una persona de no menos interesante trayectoria, con la que en buena parte puedo identificarme, y comprender las motivaciones más profundas que animan al autor de este escrito.

Iré comentando lo que se ofreciere, siguiendo el orden observado por el estimado D. Juan Antonio Iglesias Oliva.

Debo decir en primer lugar, que buena parte de los “errores” expuestos aquí no son ni mucho menos patrimonio exclusivo o predominante de los sedevacantistas.

En segundo lugar, muchos de los que sí pueden ser encuadrados en el epígrafe sedevacantista no comparten unas u otras de las afirmaciones aquí criticadas, y en algunos casos, como el de las reformas litúrgicas, ni siquiera se han planteado el problema.

Por ello, el título del artículo es especialmente desafortunado.

Luego, resulta curioso que para el autor, algunas opiniones pueden no ser en sí erróneas, si se las considera como opiniones teológicas particulares, pero se vuelven inaceptables, cuando se las tiene por verdades católicas obligatorias. Tendería más bien a pensar que si no son erróneas, serán aceptables, aunque sus partidarios se equivoquen en darles una obligatoriedad que tal vez no tengan, mientras que si son erróneas, serán inaceptables, aunque se presenten como simples opiniones particulares.

  1. Juan XXIII, masón y hereje.

Lo dicho, no todos los que afirman la vacancia de la Sede Apostólica han sostenido o sostienen en la actualidad la ilegitimidad de Juan XXIII, y mucho menos basados en una hipotética pertenencia a la masonería.

Conviene apuntar aquí que esa pertenencia es un problema secundario, porque la mera pertenencia a la masonería no impediría recibir legítimamente el Pontificado, si las condiciones de eligibilidad se hallan presentes en el electo.

Sin embargo, los que sostienen la plausibilidad de esa membresía se apoyan sobre algo más que “vagos comentarios, interesadas suposiciones y meras habladurías”. Supongo entendido que, por la misma naturaleza secreta de la institución, no cabe esperar que vaya a surgir una prueba documental apodíctica de esa adhesión, ni que el propio aludido la fuera a confesar. Nos queda pues únicamente el camino de la convicción sobre numerosos indicios, que cada uno suelto de por sí, no prueba suficientemente, pero que reunidos todos ellos en un haz común, suponen una fortísima probabilidad que no puede ser tan fácilmente apartada.

Otros mejores que yo se han dedicado a investigar y pesar esos indicios, a los cuales remito, para los que estuvieran interesados en el particular, sobre todo ahora que se apresuran en “canonizarlo”
Categoría JUAN XXIIIEl papa del concilioJuan XXIII,  Quién era Nikita RoncalliJuan XXIII y la prehistoria del sedevacantismo

Estos y otros textos ayudan además a entender que Juan XXIII era demasiado inteligente como para habernos dejado el trabajo hecho dejando traslucir con excesiva evidencia el pensamiento herético que lo animaba. Precisamente para pasar más convincentemente por lo que no era, es decir, católico, puso en marcha muchas iniciativas especialmente gratas a los ojos de los más decididos partidarios de la Tradición, como fueron la restauración de numerosos elementos ceremoniales caídos en desuso inmediatamente antes de él, la promulgación de la Constitución Apostólica “Veterum Sapientia”, que volvía a urgir enérgicamente la obligación del conocimiento y uso del latín por parte del clero, las irreprochables conclusiones del Sínodo Romano, o unos documentos preparatorios del Concilio muy alejados de lo que sería su resultado final.

Él sabía perfectamente que todo ello sería barrido por el Concilio que estaba poniendo en marcha, soñado por todos los subversivos desde hacía por lo menos dos siglos, y cuyos textos preparatorios reales, los que sí iban a ser la base de los documentos conciliares actuales, estaban siendo preparados desde hacía por lo menos 20 años antes en centros como la Universidad de Lovaina, o la abadía de Maria Laach, con la intención de verificar una verdadera revolución en la Iglesia.

Recomiendo que lea por ejemplo a Romano Amerio, (que no era sedevacantista) en su “Iota Unum”, y me diga si en el discurso “Gaudet Mater Ecclesia” Juan XXIII resplandecía por su “pública y clara ortodoxia”. O si más bien estaba inaugurando la revolución por la que sus correligionarios venían suspirando desde hacía tanto tiempo.

Si tan ortodoxo era, que nos expliquen cómo toleró, él, el soberano, que en otros muchos momentos mostró un rigor de gobierno rayano en la crueldad, a pesar de la leyenda rosa, que se le insubordinaran los moderadores, echaran a la papelera casi todos los documentos elaborados durante años, y le fueran ilegalmente impuestos unos documentos salidos como por ensalmo Dios (o el diablo) sabe de dónde.

Esto, Señor mío, sí que está in actis, patente a la faz del mundo, e indica claramente de qué parte estaba Roncalli, y no precisamente a favor de los partidarios fieles de la Iglesia Romana. Deeds speak louder than words. Cualquiera que conozca un poco cómo funciona la gestión de los asuntos de gobierno consideraría ese sólo acto como prueba más que suficiente de alta traición. Si otros no son capaces de verlo, es porque quizás les falte esa ciencia de lo práctico, que sí poseía, y muy profundamente, Juan XXIII, que era cualquier cosa menos un inocente y apolítico párroco de pueblo, como aún hoy lo presentan algunos cuando quieren disculparlo.

  1. No se pueden aceptar las reformas litúrgicas de Pío XII y Juan XXIII.

Digo aquí lo mismo que al principio: Probablemente la mayor parte de los sedevacantistas no adoptan esa postura, y algunos de ellos hasta usan la incantable versión piana de los salmos. Por lo que su relación con el sedevacantismo es más bien lejana.

Tendría que precisarnos el P. Iglesias qué es lo que entiende por uso legítimo de los libros inmediatamente anteriores al Concilio.

Si entiende por ahí que esos libros todavía no han sido inficionados por un claro error doctrinal, puede ser cierto y aceptable.

Si entiende con ese concepto que pueden ser tenidos como la expresión auténtica del culto de la Iglesia Romana, ya es mucho más dudoso.

Deseando no extender excesivamente esta respuesta, no me detendré en analizar cada una de las reformas aludidas, aunque es probable que sí lo haga en un próximo futuro.

Pero no me es posible pasar sin advertir la increíble minusvaloración a la que sistemáticamente somete el P. Iglesias las reformas preconciliares. Según él, por ejemplo, la espantosa mutilación a la que fue sometida la parte más sacra del Año Litúrgico no le produce especial impresión, cuando esa misma venerabilidad había hecho que todas las generaciones anteriores hubiesen evitado modificarla, con lo que conservaba muchos elementos que habían caído en desuso en el resto del año.

Tampoco parece advertir los muchos cambios rubriciales que marcan una pronunciadísima tendencia a la “pastoralidad” mal entendida, con los celebrantes vueltos a los fieles y de espaldas al altar, con la introducción de la lengua vernácula, con una simplificación infame que es en verdad la puerta abierta a todo tipo de abusos y creatividad, una reducción del culto de los santos y de la Virgen de palmaria raigambre protestante y jansenista, con una concepción del culto divino que llega hasta plantear una reforma general de la liturgia, concepto absolutamente antitradicional donde los haya, y un sin fin de síntomas de mal entendimiento de la esencia del culto divino que comentaré en escrito aparte.

Estamos ante un caso parecido al ocurrido en el S. XVI con el Breviario del Cardenal Quiñones. Una completa mutación de la forma litúrgica auténtica, provocada por una grave deformación de la concepción de la esencia y función del culto divino, y de los deberes de los clérigos, que fue autorizada por los Papas, Breviario que en cuánto tal, no contenía ningún error doctrinal, pero que desde luego, ni constituía ni hubiera podido constituir nunca la representación autorizada de la oración pública de la Madre y Maestra de todas las Iglesias. Por todas esas razones, el sensus fidei de clero y pueblo lo tuvo como indeseable, y así vemos cómo el gran san Francisco Javier, en medio de las más absorbentes ocupaciones, se obligaba estrictamente a rezar el largo Oficio tradicional, cómo los fieles de Zaragoza organizaron auténticos motines cuando se dieron cuenta de que los canónigos de la Seo pretendían utilizar ese breviario en el coro, o cómo el santo Cura de Ars deseó toda su vida poder rezar el Oficio tradicional, sin que le fuera concedido por su obispo. No es de extrañar que san Pío V hiciera mención expresa del Breviario de Quiñones, a la hora de suprimirlo totalmente. Y eso que había sido aprobado por sus antecesores.

Esa inautenticidad de origen implica que los Papas pueden autorizar su uso, pero nunca imponer a los obligados a la liturgia romana el dejar la expresión auténtica y consagrada por la espúrea y moderna.

Por ello, es derecho de todo católico de rito romano el poder atenerse a los libros postridentinos, que son los que marcan la regla y tipo definitivo del rito romano, de modo que si alguien pregunta, ¿Cuál es el rito de la Iglesia Romana?, se le pueda contestar breve y sencillamente: ¡Aquí está! Sin perderse en discusiones y versiones más o menos actualizadas o modernizadas.

No se condenará a quién crea que debe observar los ritos modernizados, puesto que los autorizó un Papa verdadero (Pío XII, que no Juan XXIII), pero desde luego, nadie puede condenar a quien ejerce su derecho más seguro y bien asentado, cosa que sí hacía y sigue haciendo la FSSPX con todos los que no comulgan con sus costumbres litúrgicas. Todavía se acordarán muchos de los fundadores de capillas tradicionales independientes (o sus descendientes), a qué presiones más o menos mafiosas fueron sometidos por la dicha Fraternidad para obligarlos a conformarse con esos ritos deformados, aunque el P. Iglesias, por ser un recién llegado a la “Tradición” sin duda no lo sabe.

¿Por qué esa insistencia de la FSSPX en la adopción de los libros de Juan XXIII? Con evidencia, para facilitar la “vuelta a Roma”, es decir, la traición de los católicos fieles mediante el reconocimiento de las actuales autoridades vaticanas como legítimas, de sus reformas como aceptables, y abrir el camino hacia la imposición lenta pero segura de los falsos principios litúrgicos que dieron origen a la desolación litúrgica presente.

El paso siguiente era el conocido como la “reforma de la reforma”, en que se fundirían rito tradicional ya modernizado (conocido como forma extraordinaria), y Novus Ordo, en uno sólo, con la subsiguiente prohibición del verdadero rito tradicional.

La liturgia de Juan XXIII ya había servido como preludio necesario que acostumbrara las mentes a los grandes cambios que ya se anunciaban, y en la mente de los jerarcas vaticanos, sirve ahora para que los católicos se alejen del verdadero rito romano, y se vayan preparando a más cambios.

Desde luego, si la comparamos con la de Pablo VI, o con las payasadas bergoglianas, es catolicísima, pero ya lleva en sí la huella de los orcos litúrgicos, por lo que es desaconsejable, si queremos ofrecer a Dios un culto inmaculado.

Por cierto, ¿A qué viene mezclar liturgia con disciplina, cual es la del ayuno? Hay que tener mucha mala fe para reprochar estas cosas, sobre todo conociendo las condiciones en que tienen que recibir los sacramentos muchos fieles sedevacantistas, y teniendo en cuenta cómo siguen las prescripciones litúrgicas los mismos sacerdotes de la FSSPX.

Del Breviario hablaremos en otro momento, que hay mucho de qué…

  1. Consagraciones de 1968 inválidas.

Así que “se han conservado sustancialmente las fórmulas tradicionales, al menos en lo que toca a la sustancia de los sacramentos”…

Pues el P. Iglesias tendría que hacérselo mirar, a ver si en Santander entienden por sustancia otra cosa diferente que en Palencia, por ejemplo.

Porque se contradice a sí mismo, cuando afirma que lo que causa la ordenación es la entera forma, y no sólo la fórmula esencial. Si se examina la forma total de diaconado y presbiterado, observará cambios notables, que dudosamente conservan la sustancia.

Han conservado tanto la sustancia que ha tenido que ser reordenado por Mons. Williamson hace unos meses, palmaria confesión de la invalidez de su ordenación presbiteral, aunque pretenda que ha sido sub conditione.

Pero puesto que con buen criterio, se concentra en el episcopado, vamos a seguir sus pasos: En primer lugar, para observar que la apostolicidad de la Iglesia no queda en cuestión, puesto que la falsa iglesia conciliar, en modo alguno puede ser considerada la Iglesia Católica, a quién sola se hicieron las Promesas de indefectibilidad, y no al pésimo sucedáneo que hoy okupa Roma.

Pero aún si la considerásemos verdadera Iglesia, tampoco se pondría en peligro la existencia del episcopado, puesto que aparte de la existencia de un puñado de obispos católicos de rito latino, están todos los de los ritos orientales.

Menos mal que reconoce en el pseudo papa Pablo VI un error: como si éste último no hubiera sabido perfectamente que estaba sustituyendo una fórmula de venerabilísima antigüedad por otra semi-inventada, y que en su parte antigua, no se sabe muy bien ni cuál es su procedencia ¿Hipólito Romano, el primer antipapa?, ni si llegó siquiera a ser usada alguna vez, o sea, el exacto contrario de algo tradicional.

Luego, ahí tenemos el típico error lefebvriano consistente en declarar campanudamente que el Papa puede equivocarse cuando señala autoritativamente cuál es la fórmula esencial en cada forma sacramental, cosa que sin duda un Juan Antonio Iglesias está mucho mejor preparado para saber, ya que tiene el Espíritu Santo que los galicanos lefebvrianos le niegan al Papa.

Quizás tendría que recordar lo que le pasó a Mons. Lefebvre cuando se presentó ante la Congregación para la doctrina de la Fe, y el “card” Seper le preguntó si sostenía que un Papa podía enseñar el error a toda la Iglesia, y aprobar un rito litúrgico herético, inválido, cismático, bastardo, y que llevaba a la herejía a los fieles. A lo que, no sabiendo qué contestar el prelado francés, dijo que lo pensaría, y contestaría.

En los meses o años siguientes, tres veces se renovó la pregunta, y otras tres veces calló el interesado, porque sabía perfectamente que es imposible que un Papa se equivoque en estas cosas, lo mismo que es imposible que se equivoque en una canonización, ahora que Bergoglio prepara la canonización de Juan XXIII y JPII.

El P. Iglesias, reconoce que si se pretendiera conferir el episcopado únicamente con esa fórmula, la validez sería dudosa, puesto que no aparece claramente qué es lo que se intenta conferir, pero pretende salir del paso con el argumento de la indefectibilidad de la Iglesia. Ese es el gran argumento que ha permitido a muchos dormirse en los laureles, y evitarse la molestia de estudiar concienzudamente y por sí mismos este gravísimo problema, reposándose en la seguridad de que al fin y al cabo, por las Promesas de Cristo, Dios no permitiría tal cosa. Olvidando un pequeño detalle: Que la pseudo-iglesia salida del Concilio no es en modo alguno, y no goza de las Promesas hechas a la Única y Casta Esposa de Cristo.

Lo que no deja de ser notable, es que primero reconoce él mismo que la fórmula es cuando menos dudosa, para, unas pocas líneas más tarde, calificar de ignorantes totales a los que se atrevieran a dudar de la validez de esa oración, cuando va acompañada de su continuación, que sin embargo, no es más clara sobre el poder de Orden episcopal, que es lo que esencialmente se confiere.

Porque el período siguiente del prefacio, que supuestamente suprime toda ambigüedad y equívoco, se refiere al poder de jurisdicción episcopal, igual que el resto de la forma sacramental.

En efecto, habla de pastor de su grey, que ya ha recibido el episcopado, (no lo presenta como recibiéndolo en ese instante), ofrece los dones de la Iglesia, perdona los pecados, y distribuye cargas y oficios. Nada hay aquí que se refiera inequívocamente al sólo poder de Orden, con lo que el problema persiste.

Lo que D. Juan Antonio parece ignorar, es que los revolucionarios litúrgicos que forjaron los libros posconciliares tomaron su inspiración y argumentación, no tanto de una reconstrucción arqueológica y dudosamente fidedigna de una fórmula atribuida al primer antipapa, que ni siquiera sabemos si llegó a ser usada alguna vez, sino del rito siríaco, que efectivamente contiene una fórmula oracional parecida cuyo uso multisecular está perfectamente atestiguado, lo mismo que su utilización actual. Ése es el gran argumento que el mismo Pablo VI, da en su promulgación Pontificalis Romani, y que convenció demasiado fácilmente a la inmensa mayoría de los prelados y teólogos de aquél tiempo. ¿Cómo iban a dudar de la validez de una venerable y antiquísima fórmula usada ininterrumpidamente por los no menos venerables hermanos maronitas católicos, con lo cuidadosos que son de sus ritos litúrgicos propios?

Ese es también el argumento que convenció a Mons. Lefebvre en los años ’80.

Porque a pesar de que el P. Iglesias nos abrume con su ignorancia, afirmando que hasta el año 2005, nadie había dudado de la validez del ritual del año 68, lo cierto es que hubo desde el momento mismo de su aparición figuras bien señaladas de la naciente “Tradición” que pusieron el grito en el Cielo y sonaron la alarma. Entre éstos, el fundador de la CRC, P. Georges de Nantes, el P. Barbara, el entonces P. Guérard des Lauriers, autor entre otras del “Breve examen crítico del Novus Ordo”, y que luego aceptó ser consagrado obispo, precisamente porque era consciente de ese gravísimo problema, el P. Moureaux, el P. Omlor, el P, Coomasrawamy, y los que entonces eran todavía seminaristas, hoy día Mons. Sanborn y el P. Cekada.

Y si no me cree, puede preguntarle a su nuevo superior, Mons. Williamson, que ha tenido un papel muy destacado en este tema, incluso desde sus tiempos de seminarista, y que en 2007, cuando ya sale a plena luz pública el problema, por las publicaciones del comité Rore Sanctifica ordenó a los frailes dominicos de Avrillé que publicaran un trabajo en que se defendiera la validez de las consagraciones posconciliares.

Virgo-Maria,  moimunan

Mons. Sanborn, en sus tiempos de seminarista, fue testigo de cómo Mons. Lefebvre, al principio de los años ’80, estaba muy preocupado por este asunto, y que pesaba mucho en su ánimo a la hora de decidir si consagrar obispos que continuaran su obra o no.

Encargó por ello en el año ’81 a los Padres Bisig y Baumann, que luego dejarían la FSSPX para fundar la Fraternidad San Pedro, que estudiaran el problema, y le dieran una respuesta: ¿Sí eran o no eran válidas las consagraciones conferidas por el rito de 1968?

A lo que los referidos clérigos contestaron con un informe de dos paginas, en que básicamente repetían el argumento ofrecido por Pablo VI. Habiéndose visto precisado Mons. Lefebvre en contestar a una pregunta pública, en presencia del P. Schmidberger, gran patrocinador de esa “solución”, contestó: Al parecer se trata de un rito oriental, en principio, es válido”.

La cosa, es que a Mons. Lefebvre, igual que a la mayor parte de los prelados y los fieles, los engañaron vilmente, porque omitieron a ciencia y conciencia mencionar este pequeño detalle: Que la dicha fórmula oriental estaba y estuvo siempre en uso. Sí, pero no como oración para la consagración de un Obispo, sino para la entronización del Patriarca maronita, que YA era obispo previamente.

Así se entiende que se refiera a las tareas jurisdiccionales, de gobierno, de ese Patriarca nuevamente entronizado, y no a las facultades propiamente sacramentales que le vienen conferidas por la consagración.

La sana tradición y la enseñanza constante de la Iglesia Romana sostienen que aunque normalmente vayan juntos en la misma persona, poder de Orden y poder de jurisdicción son separables, ya que el primero se confiere con la consagración, el poder de jurisdicción NO se confiere por esa ceremonia, sino por la colación realizada por el Sumo Pontífice.

Así, siempre ha habido obispos sin jurisdicción, consagrados pero sin misión canónica, mientras que también siempre ha habido clérigos que gobernaron diócesis con jurisdicción episcopal ordinaria, como verdaderos prelados de ellas, sin haber recibido la consagración.

Por esa razón, es tan necesario que la forma, y especialmente, dentro de ella, la fórmula esencial que aseguran la validez del rito, mencionen específicamente y sin ambigüedad ni equivocidad qué poder se entrega ahí. Si sólo se menciona el poder de jurisdicción, como es esperable en una bendición de entronización, pero nunca se menciona algo exclusivamente propio del Orden episcopal, la forma es per se inválida, porque falla en determinar el significado esencial del rito (imposición de manos).

Tampoco menciona Father Iglesias el otro gran problema de esa fórmula: La Teología sacramental de la que él tanto presume nos enseña que en la misma fórmula esencial no sólo debe ser claramente mencionado lo que se confiere, sino también quién lo confiere, es decir, el Espíritu Santo. Aquí aludido con ese Spiritum Principalem, cuyo significado exacto uno de los mismos elaboradores del rito nuevo. Dom Botte, reconocía con preocupación ser muy poco preciso, poniendo de ese modo en serias dudas la validez de la nueva oración. Y es que esa expresión se ha traducido de muy diversas maneras, muy pocas de ellas refiriéndose claramente al Espíritu Santo, pero eso sí, coincidiendo buena parte de ellas en utilizarlo para indicar un espíritu de gobierno, espíritu que hace a los jefes, espíritu de firmeza, etc…muy propias de la bendición de un oficio de gobierno y jurisdicción, pero para nada adecuado cuando se quiera designar al Espíritu de santidad que confiere el Sacerdocio de primer Orden, con todos los poderes espirituales de bendición y consagración que sólo posee un obispo, y no los sacerdotes de segundo orden, o presbíteros, y ello, independientemente de que el neo-consagrado vaya a recibir o no un poder de jurisdicción, por mínimo que sea.

Como pueden ver, ni la fórmula, ni la forma en la que ésta se inserta expresan apropiadamente las dos cosas que se le exigen a toda oración sacramental: Ni el Espíritu Santo, ni el poder que se confiere a través del rito. La materia por sí misma, sin adecuada determinación, es totalmente incapaz de conferir el sacramento.

Cabe ahora preguntarse brevemente cómo ha podido darse una confusión tan grave, en que el poder de jurisdicción ha sido capaz de ocupar el lugar del poder de Orden dentro de la forma, sin que toda la Iglesia (aun la conciliar) se pusiera en seguida de pie.

Como suele suceder, detrás de una modificación de los ritos, suele esconderse un error doctrinal. En este caso, la doctrina, aceptada por el Concilio, que afirma que a través de la consagración episcopal, el recipiendario recibe no sólo el poder de Orden, sino TAMBIÉN el poder de jurisdicción. Error galicano muchas veces condenado por Roma, pero redivivo en las Actas de un supuesto Concilio Ecuménico.

Una vez se considera que el poder de jurisdicción es tan propio de la consagración episcopal como el poder de Orden, es perfectamente lógico deducir que es suficiente con mencionar el poder jurisdiccional del obispo para que la fórmula exprese claramente lo que se recibe, implicando por concomitancia el poder de Orden, puesto que según la nueva doctrina conciliar, van siempre juntos, y son inseparables.

He aquí la razón por la que se da en el rito reformado no sólo una falta de forma, sino también una falta de intención, semejante a la que llevó a los teólogos anglicanos a modificar su rito de Ordenación y consagración, haciéndolo por lo mismo inválido, como así lo declaró León XIII a fines del S. XIX.

Muy desacertadamente, M. l’abbé Iglesias supone que si a partir del año 2005 se va haciendo más conocida esta problemática hasta entonces cuidadosamente ocultada y ninguneada, es porque si se llegaba a probar que Ratzinger, consagrado por el nuevo rito, no era verdadero obispo, tampoco podía ser obispo de Roma, y por ende, era un argumento más a favor de la posición sedevacantista.

Con lo que demuestra una vez más su ignorancia, puesto que aun siendo cierto que alguna vez se ha pretendido utilizar ese argumento, la inmensa mayoría de los sedevacantistas no lo han hecho, sabedores de que no es necesario que un legítimo Papa electo sea obispo para que pueda recibir inmediatamente después de su aceptación canónica el pleno poder papal, por lo que si Ratzinger hubiese sido legítimamente elegido, aun siendo un simple sacerdote,-o laico- habría recibido indudablemente todos los poderes de un verdadero Vicario de Cristo.

Por último, yerra cuando afirma que los que sostienen la invalidez de la nueva forma se basan únicamente en la fórmula designada por Pablo VI como esencial. Si hubiera tenido el valor de enfrentarse a trabajos tan bien documentados como los del P. Cekada, o los del comité Rore Sanctifica, sabría que han sido estudiados no sólo la forma entera, sino todo el organismo de palabras y ritos que los rodean, ayudan a precisar el significado de la forma esencial, siendo conocidos como ex adjunctis, estudio que refuerzan las conclusiones ya emitidas en cuanto a la fórmula esencial.

Traditional Mass,    Traditional Mass,      Traditional Mass

No reconocemos ningún poder a Pablo VI, con lo cuál es difícil caer en contradicción alguna. Si se argumenta a partir de la fórmula esencial, es precisamente para contestar a gentes como él, que según les conviene, se fijan únicamente en la fórmula esencial, cuando aparentemente ha sufrido pocos cambios, como es el caso en la ordenación de presbíteros, y se cuidan muy mucho de examinar las importantes modificaciones llevadas a cabo en el resto del rito, y cuando les viene bien, olvidan lo de la fórmula esencial para solicitar la ayuda del resto del rito, aventura en la que no quedan bien parados, todo sea dicho.

¿No estará la contradicción más bien de su lado, que reconoce a los pontífices conciliares como verdaderos Papas, para a continuación negarles su infalibilidad en la determinación de cuál es la fórmula esencial de cada uno de los sacramentos, es decir, qué es lo estricto mínimo requerido, se supone, en una situación extraordinaria como de persecución, por ejemplo, para consagrar a un obispo. Es evidente que si Pablo VI señala algún miembro de esa oración como esencial, debe contener en sí todo lo necesario para ser capaz de hacer un obispo, con ausencia del resto. Si necesita imperiosamente del resto, entonces, ¿A qué vendría señalar fórmula sustancial?

Como hemos visto antes, en ningún momento ni de la fórmula ni de toda la oración se designa claramente lo que en teoría se pretende conferir. Y digo en teoría, porque cada vez aparece más claro que los conciliares entienden por obispo algo diferente de aquello que siempre ha sido enseñado por la Iglesia.

  1. Los sedevacantistas disfrutan de un grado de infalibilidad en todo equivalente al del Papa.

Para empezar, la infalibilidad (al menos en su fuente, que es el Papa) no tiene grados: O se tiene, y entonces se está preservado de enseñar el error en su magisterio auténtico, o no se tiene, y entonces es posible caer en él. O se está embarazado, o no se está, pero no se está “sólo un poquito” como decía aquél otro figura…

Aquí, D. Juan Antonio actúa como Juan Palomo, “Yo me lo guiso, yo me lo como”. Porque directamente se inventa a unos sedevacantistas que pretenderían ser infalibles en algo que sería de por sí de libre opinión, y no declarado por la Santa Madre Iglesia.

Evidentemente, ninguno de los sedevacantistas más o menos sensatos ha pretendido detentar tal infalibilidad, ni imponer lo que serían puras opiniones personales a nadie, y menos como condición para ser tenido por católico.

Lo que sí han hecho y procuran hacer, es permanecer fiel a lo que la Santa Sede SÍ HA DECLARADO INFALIBLEMENTE acerca de la eventualidad de que sucediera lo que hoy vemos cumplido: Que un hereje fuera elegido inválidamente al Papado, fuera reconocido unánimemente durante mucho tiempo, y sólo más tarde se hiciera patente ese vicio de origen que inhabilita para recibir legítimamente el Pontificado.
Tal vez sea oportuno recordar que los fieles, pertenecientes a la Iglesia enseñada, son infalibles, con infalibilidad meramente pasiva, cuando adhieren con sencilla obediencia de fe a lo que los pastores de la Iglesia han establecido.

Me estoy refiriendo, claro está, a la Constitución Apostólica en forma de Bula “Cum ex Apostolatus Officio” del Papa Pablo IV, en que de antemano, previendo que la Iglesia podía llegar a encontrarse en una situación como la que hoy conocemos, tomó las medidas necesarias y nos enseñó tanto lo que debíamos creer acerca de un ocupante del trono que se revelara hereje, como lo que teníamos que obrar, hasta ser posible volver a tener otro sumo pastor legítimo.

Lo mismo ocurre con la invalidez de los nuevos sacramentos conciliares, no es por nuestra propia opinión, sino por la enseñanza y práctica de la Iglesia, señaladamente de León XIII en el tema de las órdenes anglicanas, que afirmamos con certeza que esas órdenes conciliares son inválidas.

Cuando volvamos a tener un Papa, y éste declare autoritativamente, se le obedecerá, mientras tanto, que no se nos diga que estas materias son de libre discusión, cuando la Santa Sede ya ha hecho oír suficientemente su voz.

Ahí tiene quién ha contestado infinitamente mejor que yo a esa pretensión:

https://moimunanblog.wordpress.com/2013/08/30/el-opnionismo/

Tampoco puede presentar la posición de la FSSPX como una opinión de valor equivalente, porque en primer lugar, la propia Fraternidad la impone como la única verdadera, con medios frecuentemente dictatoriales, entre los que se incluyen la exclusión de la comunión, o la expulsión tout court, calificando sistemáticamente a los demás, sobre todo a los sedevacantistas, de cismáticos, herejes, y otras lindezas como locos, fanáticos y demás.

Si había alguien que pretendía tener infalibilidad, juzgaba y actuaba como teniéndola, y así lo consideran sus devotos partidarios, ese era Mons. Lefebvre, siempre diciendo hemos decidido esto, no hemos decidido lo otro, como si él fuera la misma Roma en persona. Actitud que se perpetúa en la actual FSSPX, y que motiva la expulsión sistemática de su seno de todo aquél que muestre alguna proclividad sedevacantista.

Y es un neo-adepto de la misma FSSPX, sector duro, el que nos viene dando lecciones…

En segundo lugar, porque la postura de la FSSPX es irreconciliable con la doctrina y praxis católicas. Es falso que se pueda reconocer a un Papa como legítimo y resistirle sistemáticamente.

Es falso que un Papa verdadero pueda equivocarse en fe o moral, enseñar el error y la herejía, incluso durante decenios a toda la Iglesia, imponerla como regla de fe, imponer ritos litúrgicos, sacramentales, erróneos e inválidos, canonizar a personas que no lo merezcan, y cosí via. La Fraternidad se ha inventado una caricatura de Papa que en modo alguno se ajusta a lo que la doctrina católica nos enseña que es un Papa.

La iglesia conciliar NO es la Iglesia Católica, sus obispos no son verdaderos pastores de ella, y no se debe solicitar nada de ellos. Si La FSSPX sector duro sigue insistiendo en que pertenecen a esa iglesia, estará demostrando que no pertenece a la Iglesia Visible.

Que yo sepa, D. Juan Antonio no ha renunciado a ninguno de esos errores, más bien tiende a agravarlos todavía más.

  1. Los sedevacantistas tienen derecho a faltar al respeto a todo el que no piense como ellos.

Estoy completamente de acuerdo en que los sedevacantistas son hijos de Adán como todos los demás, con sus pecados, fallas, debilidades y demás carencias. Y que sin duda pueden hallarse entre ellos y sus blogs o sitios internet y demás publicaciones defectos como los que señala el autor.

Ahora bien, la impresión que intenta crear el autor, como si ésa fuera la tónica general, es francamente injusta. Se han hecho y se siguen haciendo notables intentos de discutir serenamente estas cosas, con el resultado de que los sedeplenistas, entre los que él se cuenta, casi sin excepción se niegan a todo debate, o lo aceptan con cartas marcadas: En cuanto los argumentos les vienen demasiado grandes, sistemáticamente los censuran, o procuran usar técnicas de evasión como la que él está usando aquí, lloriqueando de que los sedevacantistas son unos monstruos muy malos y perversos, con nula caridad y mucho odio, al tiempo que todo el mundo conoce lo ejemplares que en esto se muestran los integrantes de la FSSPX, y adláteres.

Eso, cuando no ocurre que a los viejos argumentos galicanos y jansenistas condenados una y otra vez por los Papas, y reciclados por los lefebvrianos, se aportan por enésima vez los argumentos pertinentes, y los aludidos siguen impertérritos propalando todas esas viejísimas calumnias en contra de los Papas, y de su infalibilidad e indefectibilidad en la fe.

Resulta realmente admirable el modo en que se pone la venda antes de tener la herida. Primero nos insulta y nos escupe a la cara, y luego gimotea preventivamente por las respuestas más que previsiblemente agrias que pueda recibir.

Más bien parece que está actuando como el típico agent provocateur…

Me temo que por ese camino, poco fruto podrá cosechar.

Una última pregunta: Cuando, según sus palabras, vuelva a sentarse en la Sede de Pedro un digno y verdadero Pontífice, ¿Pretenderá, como en el caso de Pablo VI equivocado en la determinación de la fórmula esencial, que ese nuevo y digno Papa también se equivoca, cuando al (por entonces, seguro que meritísimo Cardenal) Juan Antonio Iglesias Oliva le parezca?

Bien, dicho todo esto, si de verdad está dispuesto el P. Iglesias Oliva a considerarnos católicos, y a discutir serenamente y en ambiente de verdadera fraternidad cristiana, estoy plenamente dispuesto a aceptar esas relaciones con la mejor gana del mundo.

Que sepa que tiene abiertas de par en par las puertas de nuestros corazones y que será bien recibido, si en son de paz viniere…

1 reply »

  1. ATAXIA: Descoordinación entre los miembros del cuerpo. Suele ocurrir a los intoxicados antes de la muerte. Eso es lo que está ocurriendo a la vieja Iglesia Católica. Ha de morir para que resucite nueva.
    Como decía el Señor: quien tenga entendimiento que entienda.

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