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DEMOLEDOR WILLIAMSON


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Labor de demolición de msr. Williamson

Abbé Hervé Belmont
En cinco artículos recientes en su blog Kyrie eleison (dinoscopus ), Msr. Richard Williamson ha emprendido una tarea que va claramente más allá de su competencia teológica y da que pensar sobre su adhesión a la doctrina católica, de hecho lleva al clímax los  falsos principios profesados ​​y aplicados en la Sociedad de San Pío X. Deliberadamente refuta a los sedevacantistas – lo cual es un derecho que nadie le discute – pero ni siquiera parece darse cuenta de que el original separatismo de  su episcopado es mil veces más problemático, ya que su comienzo está condenado explícitamente por la Iglesia y  como “atentado contra la unidad de la Iglesia” dixit Pío XII. De todos modos, independientemente de esto, la diatriba williamsoniana falla por completo, por la sencilla razón de que al negar la doctrina católica y vaciar el significado de los textos dogmáticos haciéndolos ineficaces,  sólo puede ser falsa y perjudicial.*
Como se sabe a mí me gusta poco el término sedevacantismo,  ya que su idea sugiere algunas características originales que sus partidarios quieren que se promuevan y que permanezcan. Pero lo opuesto a esto es lo cierto: la afirmación de que la Santa Sede está vacante de cualquier autoridad papal es una conclusión (conclusión que está dentro de la luz de la fe) que los sedevacantistas  quieren que acabe cuanto antes (sobre todo por medios sobrenaturales, según  la constitución de la Iglesia); es una conclusión que entristece pero creemos que es necesario reconocer para profesar la fe católica en su integridad y no deformar la doctrina de Iglesia.
Si Msr. Williamson hubiera hubiera tenido esto en cuenta, se habría colocado en la perspectiva de la fe y de la doctrina que la Iglesia profesa sobre ella misma, en lugar de caer en un naturalismo que le hace multiplicar los sofismas (es decir, argumentos que tienen una apariencia de sabiduría, pero que son mendaces e incorrectos). Pasemos a mencionar tan sólo algunos.
Él dice“La cuestión [de los Papas conciliares] no es de importancia primordial . Si no han sido papas, con todo, la fe y la moral católicas,  por las  que obtengo “mi salvación con temor y temblor” (Fil. II, 12) no han cambiado ni un ápice . Y si han sido  papas, de todos modos no puedo obedecerles en la medida que se han alejado  de la fe y la moral, porque “hay que obedecer a Dios antes que  a los hombres” (Hechos . V, 29). “
He aquí un párrafo que no dejará indiferente a nadie que se preocupe por la salvación de su alma … pero  que en realidad es sólo un sofisma grosero.  Porque la Fe católica nos dice: “Por ello, declaramos, decimos, definimos, que es absolutamente necesario para la salvación de toda criatura humana que esté sujeta al Romano Pontífice” (Papa Bonifacio VIII, bula Unam Sanctam , 18 de noviembre 1302). Disociar la salvación eterna de la sumisión al Romano Pontífice es injuriar a  Jesucristo que  fundó la Iglesia sobre San Pedro y sus sucesores, y es llevar las almas a la perdición.
Invocar los Hechos de los Apóstoles (” es mejor obedecer a Dios antes que a los hombres ) contra el Soberano Pontífice no dejará de impresionar a quienes quieren obedecer a Dios por encima de todo, pero en realidad es un sofisma grosero. Porque ésta es la Fe católica: ” Por el contrario, el Redentor divino gobierna su  Cuerpo místico, visiblemente y de ordinario por su Vicario en la tierra . Disociar la autoridad del soberano pontífice de la autoridad de Jesucristo, o pretender que obedecer al Papa es simplemente “obedecer a los hombres,”  es un insulto a Jesucristo, que ha comunicado su propia autoridad a San Pedro y sus sucesores, y es llevar las almas a la perdición. (“Pío XII Mystici Corporis , 29 de junio de 1943).
Pero Msr. Williamson recurre, para su justificación, a la supuesta sentencia de san Agustín in dubiis libertas. No sólo la atribución de esta cita es falsa [1], sino que hay que decir que San Agustín, en realidad, mantendría que la duda en materia de doctrina y de acción, no engendra  libertad, sino la necesidad de intensificar la búsqueda de la verdad. La duda no es una propiedad deseable (lo que podría justificar la libertad que concede), sino un defecto del espíritu, que debe ser corregido – y  debe ser el objeto de una búsqueda virtuosa.
Lejos de ello, Msr. Williamson emprende  una demolición sistemática del Magisterio de la Iglesia: el Magisterio ordinario y universal deja ya de existir, porque él entiende el término ordinario en un sentido trivial, y porque usa el de  universal, en un sentido rechazado explícitamente por el (primer) Concilio Vaticano y adoptado por el Magisterio post-conciliar. [2] Las declaraciones ex cathedra del Soberano Pontífice en su concepción ya no existirían, deberían estar fundadas (según él) en el magisterio ordinario y universal (que ya no existe); él sostiene esta afirmación que contradice la definición del (primer) Concilio Vaticano  que afirma que “dichas definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia.”
La demolición continúa por la confusión del orden del conocimiento con el orden del ser, por la confusión entre infalibilidad e inerrancia [3] por la pretensión de hacer de la conformidad con la Tradición una condición de  la infalibilidad del Magisterio, siendo así que es el resultado  [4], etc.
Ya no hay magisterio, no hay obediencia, no hay  unidad de la jerarquía …ya no hay nada. El vaciar el dogma católico desde el interior mediante la alteración de las nociones que Dios y el Magisterio de la Iglesia utilizan para dirigirse a la  inteligencia humana, tiene un nombre en la historia de las doctrinas: se llama modernismo. Modernismo en el sentido preciso del término, tal como lo crea San Pío X. Yo no uso el término en el sentido mundano o en el sentido que hallamos en las polémicas de ignorantes: sino en  el sentido de  destrucción de la inteligencia de la fe . (5)
Ya no hay Iglesia Católica tampoco. Porque, como guinda final, declarando “mirar la altura y la profundidad del mismo Dios infinito“, es como Msr. Williamson nos abre el fondo de su mente al decir: desde hace siete siglos, la Iglesia católica camina a remolque de la humanidad que dio la espalda a Dios, la Iglesia se ha puesto en una pendiente resbaladiza, y para compensar o camuflar este hecho, ha  reforzado la infalibilidad del Magisterio.
He aquí una fina teología y un profundo amor a la Iglesia. El caballero Williamson aparece en soledad, a través de los siglos, batallando denodada y eficazmente contra la “herejía universal del liberalismo.” Pero ¡a qué precio!
Henos aquí colocados en un triste nivel,  Kyrie eleison. Hay que decir y repetir de nuevo: Señor, ten piedad de nosotros.(5)
Fuente: Quicumque
[1] A menudo se la ve aquí y allá, atribuida a San Agustín : “In necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus caritas” Unidad en las cosas necesarias, libertad  en las dudosas, caridad en todas las cosas. Pero esta sentencia no se encuentra en San Agustín. De hecho, se debe al protestante Peter Meiderlin (Rupertus Meldenius) (22 marzo 1582-1 junio 1651) en las controversias entre protestantes. Referencia: Joseph Leclerc sj en investigación de los estudios religiosos , XLIX Volumen, diciembre de 1961, p. 549-560. Nota adicional en el Volumen LII-3 página 432 (1964). Véase Espíritu y Vida (ex Ami-du-Clergé ), de 20 marzo de 1973, página 98 (portada).
Hipótesis: es el título de la obra [ paréntesis votiva pro ritmo ecclesiae ad theologos Augustanæ confesiones ] en donde está la frase que se han atribuido a San Agustín – pero lo es por una burda confusión  porque  la « Augustanæ Confessionis » ”  o designa las Confesiones de San Agustín sino la “Confesión de Ausburgo”  manifiesto doctrinal  del protestantismo luterano.
Digamos que también es difícil, haciendo una pequeña reflexión, atribuir este texto a San Agustín. No habría, por supuesto, ninguna dificultad en la parte “In caritas ómnibus”, bien al contrario.

Pero la distinción entre “dubiis” y “necessariis” cae dentro absolutamente que descartar: No sólo son dos conceptos que no son de la misma clase (uno se inscribe en el orden del conocimiento, y el otro en del  ser), sino también que entre los dos, existe todo lo probable y lo cierto contingente. Y luego están las cosas dudosas que se puede (o incluso que se debe) dejar en el estado de la duda, mientras que hay dudas que tenemos el deber de despejar:  cuando se trata del honor de Dios, la validez de los sacramentos, conducta a seguir en toda justicia, de lo que es necesario para la comprensión de la fe y del Magisterio.

De hecho, esta distinción no tiene sentido más que en el contexto del libre examen protestante: donde la Biblia no sufre ninguna divergencia en la interpretación, necesidad y  unidad.  El resto es dejado al campo de lo dudoso y lo libre, siendo cada uno juez de lo que es necesario y lo que es dudoso.

[2]   Concilio Vaticano, Dei Filius , Denzinger 1792: “Debemos creer con fe divina y católica, lo que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y  lo que la Iglesia, ya sea en juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal propone para creer como verdad revelada.” El significado del Magisterio ordinario y universal se especifica en las intervenciones y los informes oficiales de la Delegación de la Fe, responsable de explicar a los Padres antes de la votación el significado exacto de lo que  se iban a definir. La Delegación se refirió a la Carta Apostólica del Papa Pío IX Tuas Libenter 21 de diciembre de 1863:

“Aun cuando  no se tratase más que de la sumisión que debe manifestarse por el acto de fe divina, no podríamos restringirla a los solos puntos definidos por los Decretos de los Concilios Ecuménicos o Pontífices romanos y por esta Sede Apostólica; habría que extenderla a todo lo que enseña, como divinamente revelado, el cuerpo docente ordinario de la Iglesia dispersa por todo el universo. Denzinger  1683 .
 Universal indica, en esta expresión, la universalidad de la enseñanza de la Iglesia, ejercida por el Papa y los obispos subordinados. El magisterio universal, así pues, es el magisterio de la Iglesia enseñante ejercido por el Papa y todos los obispos que ahora viven. Es  ordinario, ya que se lleva a cabo mediante el modo de presentación, y no a modo de juicio solemne.

He aquí que el obispo Williamson entiende ordinario en el sentido en que se utiliza en la expresión trivial: ¡Eso no es lo ordinario !  y que él utiliza en el sentido post-conciliar de la palabra universal, es decir la universalidad en el tiempo y no simplemente en el espacio – diacrónica y no simplemente sincrónica (Véase la Nota doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe adjunta a la Carta apostólica Ad fidem tuendam, Juan Pablo II, 18 de mayo de 1998).

[3] Esta confusión ya le había sido señalada en 1979 por el RP Guérard des Lauriers ( Cassiciacum Papers , N º 2, noviembre 1979, p. 88-91) y  yo mismo se la había mostrado cómo algo que vuelve inútil la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia,  tanto la del  Papa como la de la Iglesia docente  en toda su extensión: fue durante un retiro en el momento de despedirnos, el 20 (o 21?) Noviembre 1979 en Ecône.

[4] Esta pretensión no sólo destruye la infalibilidad del Magisterio, sino que vuelve imposible la propia fe católica. Ver  La foi est infrangible  y también La sainte eucharistie et le nouveau jansenisme .

[5] A lo largo de estos cinco artículos, ha habido una invocación repetida, como un encantamiento, de la lucha contra el liberalismo. Pero despreciando la doctrina, despreciando el Magisterio, despreciando el ser histórico de la Iglesia. Todo esto no deja de ser inquietante.

Ya era conocido  un “anti-liberalismo” con el que se podía juzgar y denigrar al prójimo. Era conocido un “anti-liberalismo” que permitía inmiscuirse en todos los asuntos del prójimo, Era conocido un “anti-liberalismo”, que permite ocultar situaciones matrimoniales irregulares, borrar serias desviaciones morales o hacer como si fueran absueltas pesadas censuras ​​(“este antiliberalismo cubre una multitud de pecados “). Ahora tenemos un “anti-liberalismo” que alimenta el modernismo … La característica común de estos “antiliberalismos” es que nunca definen lo que es el liberalismo. Sin embargo, habría que comenzar por ahí si queremos preservarnos de él y combatirlo de verdad.

2 replies »

  1. Esta entrada me ha parecido tan importante, que paso a traducir los textos enlazados en el comentario del P. Belmont, luego comentaré brevemente.

    EL ERROR SOBRE LA INFALIBILIDAD SUPONE LA RUINA DE LA FE.

    Extraído de un hilo del “ForumCatholique”.

    Acerca del error que consiste en pretender que la conformidad con la doctrina tradicional es una condición de la infalibilidad del Magisterio ordinario y universal de la Iglesia.

    Téngase en cuenta el género literario exigido por este tipo de foros, que produce unas notas muy instructivas, escritas en caliente, en cursiva. Son especialmente vivas y persuasivas, aun cuando no se encuentren en ellas todas las precisiones, justificaciones e ilustraciones que exigiríamos en un tratado más formal.

    ¿Encontrará el Hijo de Dios Fe en la tierra (cuando vuelva)?

    Gracias, estimado N.M., por haber desarbolado definitivamente ese error consistente en añadir a las condiciones de la infalibilidad lo que realmente es su resultado.

    Me parece que todavía es ud. demasiado moderado en la siguiente cita: “Queriendo sostener lo contrario, arruinamos “tranquilamente” no sólo el magisterio ordinario y universal, sino la mismísima infalibilidad.”

    Efectivamente, ese error no sólo supone la ruina del magisterio y de la infalibilidad, es además y sobre todo la ruina de la fe divina y católica.

    Por una razón muy simple: Condición absoluta de nuestra propia salvación es creer con certeza en la divina revelación. Nos ha sido revelada para poder ser conocida y utilizada, y no sólo para poner a prueba la docilidad de nuestra inteligencia.

    Y se da el caso de que para creer con certeza en la revelación de Dios, es necesario saber en primer lugar lo que Dios, efectivamente ha revelado. Todo el mundo sabe que esa revelación ha sido confiada por Dios a la Iglesia Católica Romana para que la guardara y la transmitiera a los fieles. Los fieles vienen pues obligados a creer en todo lo que les enseñe la Santa Madre Iglesia.

    Pero la dificultad que se nos plantea entonces, es ésta: ¿Cómo saber con certeza lo que enseña la Iglesia? En la misma medida en que la doctrina católica es nuestra regla de fe, tenemos necesidad de una regla próxima de fe que nos permita saber cuál es exactamente esa doctrina. Esa regla próxima de fe es necesariamente los modos utilizados por la Iglesia en el ejercicio de su ministerio de enseñanza a los fieles.

    Y cae de su peso que esa regla próxima de fe, estrictamente obligatoria para todo católico, debe ser necesariamente infalible, sin lo cual, no podría engendrar un acto de verdadera fe sobrenatural, único que es agradable a Dios y causa nuestra salvación, sino todo lo más, un acto de asentimiento natural y condicional, que sustituye el inquebrantable acto de fe divina por una opinión perfectamente incapaz de causar nuestra justificación, como la que propone el protestantismo.

    Así que en el mundillo de la “tradición” de nuestros días, nos encontramos con dos errores opuestos el uno al otro, y ambos, opuestos a la infalibilidad de la regla próxima de la fe.

    La primera es aquella que exige, entre las condiciones requeridas para la verificación de todo acto infalible de la Iglesia, su conformidad con la doctrina tradicional. Esa conformidad, como lo ha mostrado ud. tan acertadamente, es precisamente lo que viene garantizado por la misma infalibilidad. De ahí se deduce que si esa conformidad fuera una condición que hubiera que verificar antes de saber si esa enseñanza está garantizada o no por el Espíritu Santo, el fiel ya no podría creer simpliciter en lo que le dice la Iglesia. Ningún acto de la iglesia, por solemne que fuera, podría bastar para autorizar ese “credo” de todo fiel. Antes de creer, se supondría entonces que el fiel tendría que controlar la doctrina del magisterio para asegurarse de que la regla próxima de la fe, así como por casualidad no se habría equivocado.

    Pero ese control jamás podría ser otra cosa que el acto de su propia inteligencia, al menos tan falible como el juicio del Papa sobre el mismo asunto. En el mejor de los casos, únicamente un grandísimo teólogo poseedor de un conocimiento detallado de todos los aspectos de la tradición sería eventualmente capaz de realizar ese acto de fe. El simple fiel se vería reducido a salvarse por simple opinión – que no es una virtud teologal, y jamás ha salvado a nadie.

    El error opuesto a este primero es aquél que impone al fiel el deber de adherir a las doctrinas que emanan del “magisterio vivo” sin ocuparse de aparentes contradicciones entre el objeto de la fe tal y como se presenta actualmente, y el mismo objeto de la fe, tal y como se presentaba en tiempos pasados. Afirman, muy acertadamente, que el Magisterio es el único competente para esclarecer con autoridad las dudas que puedan surgir acerca del sentido de su contenido, pero de ahí deducen que un cambio radical de doctrina (ecumenismo, libertad religiosa) no presenta ninguna dificultad para la conciencia católica, que no tendría más que asentir ciegamente. Es irónico constatar cómo el Commonitorium de san Vicente de Lérins, invocado por los partidarios de uno y otro error, fue escrito precisamente para oponerse a ellas y para inculcar los sanos principios aplicables en cada caso, como puede comprobar todo el que se moleste en leerlo.

    Ese segundo error destruye la fe haciendo que su acto propio consista en la adhesión a una fórmula, pero no a la verdad necesariamente inmutable expresada por esa fórmula. El acto por el que hemos creído, gracias a la enseñanza del magisterio, que la Iglesia Católica Romana tiene exactamente las mismas connotaciones que el Cuerpo Místico de Cristo, (por ejemplo), jamás podría haber sido un acto de fe si hubiese existido la más mínima posibilidad de volver tanto sobre la doctrina creída, como sobre el asentimiento que nosotros le debemos.

    He aquí por qué frente a cada uno de esos errores, la doctrina católica opone por suficiente respuesta un sonoro “CREDO”, y no un miserable “opino”, o “suscribo”.

    John Daly.

    Respuesta:

    Su mensaje expresa estas cosas felizmente, con precisión, justicia y pleno acierto.

    La divina Revelación nos es conocida a través de la operación del Magisterio (por el testimonio siempre infaliblemente garantizado de ese Magisterio) y por la operación de la inteligencia (el acto de fe sobrenatural realizado por la inteligencia humana).

    El atestiguamiento infalible del Magisterio es necesario y necesitante, bajo pena de volver imposible la realización de un verdadero acto de fe.

    La no-contradicción con la enseñanza anterior de la fe es necesario y necesitante, bajo de volver igualmente imposible ese acto de fe sobrenatural.

    Esos dos aspectos de la misma realidad son simultáneamente necesarios. Si abandonamos cualquiera de los dos, convertimos la fe:

    – Bien, en un simple juicio humano (en materia no-evidente, lo reducimos a una simple opinión),
    – Bien, un acto de no-inteligencia, y entonces, estaríamos ante un acto inhumano.

    Pues bien, la Fe no es ni una cosa, ni la otra: Es la luz divina dentro de una inteligencia humana.

    Supongo que para mucha gente, las líneas anteriores, aunque perfectamente diáfanas para los entendidos, serán de difícil comprensión para muchos.

    Así que intentaré resumir en dos palabras lo esencial:

    El Concilio Vaticano I define la fe como: “una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por El ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de¡mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos” (Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c. 3, Dz. 1789).

    Para salvarnos, necesitamos absolutamente hacer un acto de Fe sobrenatural.

    Pero los lefebvrianos ponen en peligro nuestra salvación, porque nos empujan a no creer con certeza lo dicho por el magisterio, porque Dios lo dice a través de Su Iglesia, que no puede enseñar el error, porque Él lo ha prometido,

    Sino a creer, por pura opinión que no salva, lo que nosotros, a través de un examen privado, creemos que dice la Revelación. Ya no creo a Dios a través de la Iglesia siempre infalible., sino a mi propia opinión.

    Y los modernistas nos dicen: Tenéis que creer, aunque os digamos cosas que son contradictorias con lo que la Iglesia ya ha enseñado. Cosa que nunca puede engendrar un acto de Fe sobrenatural, porque el ser humano no puede creer lo contradictorio.

    Así que tanto unos como otros dejan de ser católicos, aunque crean que lo siguen siendo, y ponen en gravísimo peligro su salvación, porque sin Fe, es imposible agradar a Dios. (Heb. 11,6)

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  2. la pretensión de Williamson de que la conformidad con la doctrina tradicional es condición necesaria para la existencia de la infalibilidad, con ser de perogrullo, es tan torpe y grosera que no merecería ni comentarse, sirve como evidencia y característica, como condición, sí, pero no como explicación y excusa para hacer de tu capa un sayo, pues en efecto, ¿de dónde viene esa doctrina tradicional sino de una Iglesia que por singular don de Dios la ha conservado con todo celo y fidelidad, que ha preservado sin mancha, constante, cabal e infaliblemente el sagrado depósito de la fe? si la Iglesia a lo largo de los siglos hubiera atrevidamente erigido y enseñado todo un magisterio nuevo, acomodaticio y erróneo, como el de estos que el heteróclito obispo y sus falsos tradicionalistas reconocen legítimos papas conciliares, ¿dónde podría él conocer otro magisterio que pudiera decir fiable y verdadero para esgrimirlo contra nadie? hace como los protestantes, que se acogen a la biblia y rechazan la tradición y autoridad de la Iglesia, sin darse cuenta de que también la biblia es tradición, que si tenemos la biblia es porque la tradición de la Iglesia la ha procurado guardar fielmente, escrupulosamente, sin cambiar un punto, no como los ruidosos herejes que hoy dominan que han llegado al extremo inconcebible, como los judíos, que es peor que matar a los profetas, al decir de San Justino, de alterar las Escrituras para encubrir y justificar sus errores, lo del inglés es poner el carro delante de los bueyes, pero no le falta razón a Williamson en ese ver en la conformidad con la tradición una regla certísima para juzgar a la Iglesia y sus jerarcas, particularmente y sobre todo al que desempeña el supremo pontificado, de manera que el apartamiento de esa tradición es suficiente para concluir no ya que ese tal no es infalible sino que ni siquiera es papa, con la infalibilidad así denegada se va también al garete su misma condición de papa, esto es lo que lúcida y oportunísimamente vino a fijar como dogma el concilio Vaticano bajo Pío Nono, y es lo que Williamson y sus muchachos, por lamentable incapacidad intelectual o por oscuras e inconfesables obediencias, no acaba de comprender y de admitir, y para el comentario de James Stuart o Fray Eusebio o como se llame el proteico e ilustrado colaborador, en lo que viene a ser el meollo de su disertación antilefebvriana: “Ya no creo a Dios a través de la Iglesia siempre infalible., sino a mi propia opinión.”, lo que parece un fuerte reproche y pintura protestante, ahora bien, ¿no necesito la opinión, mi propia opinión, el juicio, para determinar y sopesar cuál es y dónde se encuentra la Iglesia, para creer en ella, especialmente en tiempos de apostasía donde no es fácil de identificar sin que te den gato por liebre? que como decía Chesterton, cuando entro en la iglesia me quito el sombrero, no la cabeza

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