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UNA LITURGIA SUSTANCIALMENTE ADULTERADA


 

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[Comentario al post Responsabilidad de Pío XII en los cambios litúrgico.]

Por Fray Eusebio de Lugo
La verdad es que para enjuiciar correctamente esa responsabilidad, habría que entregarse a desarrollos que superan la extensión de un simple comentario.

Sólo apuntaré aquí algunas de las adulteraciones que alteraron sustancialmente la concepción de la liturgia presente en las almas de los fieles, y sobre todo de los clérigos, antes de hacerlo con la liturgia misma.

Para ello, nada mejor que el testimonio vivo de una persona que conoció desde dentro todo el proceso de cambio, el antiguo maestro de capilla de la Sixtina, Mons. Bertolucci, del que pongo aquí la entrevista que le hicieron no hace tanto, y que no tiene precio:

Maestro resista

Por supuesto, no puedo estar de acuerdo con todas sus afirmaciones, pero en lo que acierta, acierta mucho.

Primero, deshace una calumnia que los modernistas dirigían y aún dirigen contra cualquier rito tradicional, y no sólo el romano: Que no es “participado”. Lo cual, incluso refiriéndonos sólo a la participación externa, visible y audible, es falso, porque los fieles cristianos siempre cantaban en los Oficios, no cualquier cancioncilla insulsa, sino los textos y melodías en canto llano, tal como venían en los libros oficiales, y que se habían convertido en un verdadero patrimonio sonoro de transmisión oral, que pasaba de padres a hijos desde hacía muchas generaciones.

Segundo, dos enseñanzas de extrema importancia: “La liturgia es del clero para el pueblo” y “La liturgia desciende arriba, nos viene dada como reflejo del culto eterno de los Cielos”.

La celebración externa, visible, audible del culto público y oficial de la Iglesia ha sido encomendada por Dios mismo no directamente al “pueblo”, sino al diezmo que Él se ha reservado para sí, al clero, siendo ésta precisamente su función principal y más esencial.

Por esa razón, el derecho-deber de unir sus voces a la alabanza eterna y perpetua de los Cielos en los Oficios Divinos de la tierra no pertenece como tal a cualquier fiel cristiano, sino al clero.

Para ser más preciso, el deber está del lado de los clérigos, para quienes el canto solemne de la Misa y el Oficio Divino debería ser el pan cotidiano, ordinario y evidente, y la falta de ello, resentida como la privación de un bien esencial que trae consigo pésimas consecuencias para las almas.

Mientras que para los fieles, no es un deber estricto, sino más bien una posibilidad y dulce invitación, es decir, no se les debe obligar nunca a cantar, contestar en alta voz, pero en la medida en que pueden unir sus voces de manera armónica con las de los clérigos que cantan en el coro, y ello les sirva para edificación y bien de sus almas, y de las de sus prójimos, se les invita a hacerlo.

Lo cual quiere decir, que si no son capaces de cantar con edificación, o esa participación externa sirve de distracción a su participación interna, deben abstenerse de cantar.

Como ven, no es un deber, tampoco estrictamente un derecho, sí una invitación condicionada.

Mientras existió una mentalidad tradicional en la que cada uno conocía su sitio y su papel, esto no supuso ningún problema. Lo malo empezó cuando la nueva mentalidad moderna revolucionaria empezó a cundir también entre los católicos, como siempre, a través de clérigos pervertidos. Poco a poco, se fueron convenciendo de que todos eran iguales, y de que por ende todo el mundo tenía derecho a hacer oír su voz en la Iglesia, lo mismo que tenían derecho a hacerla oír, supuestamente, en la política, a través del voto.

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Y como toda verdadera liturgia no es democrática, sino jerárquica, y no sólo eso, sino directamente, en muchas de sus partes, aristocrática, en el sentido de que sólo una pequeña minoría de personas eran capaces de ejecutar las ceremonias y cantos de mayor complejidad, era necesario plantear una reforma completa de toda la liturgia de la Iglesia, que suprimiera despiadadamente todas esas complejidades, y la pusiera a tono con la nueva mentalidad democrática.

La historia nos enseña que a partir de los años 20-30′, las altas autoridades romanas ya habían abandonado definitivamente la antigua concepción de las relaciones humanas como un organismo jerárquicamente constituido, en favor de una democracia cristiana con la que esperaban reconquistar su perdida influencia en los gobernantes y en las sociedades.

Esa influencia ya no vendría de arriba hacia abajo, desde las testas coronadas y las élites, sino al revés, desde abajo, “desde la base”, como ya empezaban a decir en aquellos tiempos.

Y el instrumento diseñado para ello era la llamada Acción Católica, que empezó a considerar la liturgia del mismo modo en que los escenógrafos alemanes concibieron las celebraciones de Nuremberg.

Estaba claro que estorbaban un montón de cosas, y que para conseguir el efecto-masa requerido para impresionar las mentes y sobre todo las sensibilidades de los fieles, había que obligarlos a cambiar radicalmente sus mentalidades, sus costumbres y la disposición misma de las iglesias.

Éstas últimas se “liberaron” de todo lo que podía estorbar la vista de lo que ocurría en el “escenario”, fuera rejas, sillerías de coro, excesivas distancias con el “pueblo”, fuera cantos elaborados, fuera lengua litúrgica, fuera altares laterales que distraigan de la acción común, fuera retablos que distraigan de lo que pasa en ese escenario que debe ocupar y focalizar toda atención, había que obligar a los fieles, casi domarlos y amaestrarlos, para que se sentaran, se levantaran, contestaran al mismo tiempo, para que las bóvedas de las iglesias resonaran con un canto unánime en que forzosamente tuvieran que participar todos.

Todo esto tenía ya muy poco que ver con la verdadera liturgia, y sólo era cuestión de tiempo que se planteara una reforma general de la liturgia, que por desarrollo natural de esos presupuestos ideológicos, llevarían a las mega-concelebraciones y otras JMJ…

Otra raiz, que él apunta muy acertadamente:

La introducción del sentimentalismo romántico en la música de Iglesia

En primer lugar, por una abolición del severo, solemne y masculino canto llano, ejecutado en voz grave y gruesa por varones de cierta edad, siguiendo tradiciones inmemoriales que eran patrimonio celosamente defendido por clero y pueblo, en favor de un afeminado, tenue y susurrado canto, llamado gregoriano, que se suponía la reviviscencia del primitivo canto de la Iglesia Romana, cuando de hecho no era más que un invento antimusical destinado a volver posible que grandes masas de gentes cantaran al unísono, sin preparación previa, y ausencia total de tradición anterior, en cualquier parte del mundo, gracias al sistema del un dos, un dos tres…

Resultado: Que de un plumazo, los guardianes del canto eclesiástico, canónigos de catedrales y colegiatas, demás clérigos y venerables padres de familia que cantaban junto con ellos en las parroquias, y aseguraban su transmisión, se vieron desautorizados, imposibilitados de cantar el etéreo e inhumano canto “gregoriano”, en favor de unos monjecillos llovidos de ayer, pero llenos de presunción y petulancia, en favor de unas corales compuestas básicamente de féminas y niños, para quienes se compusieron, no ya las rigurosas y verticales obras de un Morales, Vitoria, Guerrero o Palestrina, sino las dulzonerías de un Perosi, o de otros todavía mucho peores que él.

De ahí a las cancioncillas modernas, no quedaba mucho trecho, y la evolución fue sin duda más rápida de lo que esperaban sus promotores.

En Pío XII, como en buena parte de los clérigos contemporáneos, se daba una lucha entre, por una parte, la concepción antigua y tradicional, que aún se encontraba viva en muchas iglesias, y las nuevas concepciones del Movimiento Litúrgico, la mentalidad moderna, y la facilidad siempre tentadora para ciertos clérigos.

Como en otros terrenos, sin llegar a ser heterodoxas, sus concepciones se acercaron peligrosamente al borde del precipicio, haciendo realidad lo profetizado por los papeles de la Alta Venta: Que llegaría un día en que las generaciones de clérigos deformadas por sus agentes llegarían a los puestos más altos de la Iglesia, formarían el Consejo del papa, y ese mismo, aún siendo católico, experimentaría una enorme dificultad en distinguir lo útil de lo nefasto, las modificaciones legítimas de aquellas otras que abrirían la incontrolable espita de la revolución dentro de la Iglesia.

Difícil, muy difícil evaluar con justicia la responsabilidad de Pío XII en esos cambios, pero una cosa debería quedar clara: El camino de una posible beatificación o canonización debería estarle cerrado para siempre, sin importar cuál haya podido ser sus santidad personal.

Como Pontífice, esas reformas son un anti-ejemplo para todos sus sucesores, cuando Dios se digne señalar alguno para su Iglesia, es decir, cuando nos hayamos convertido de los errores que nos han llevado a esta situación…

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