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¿OPTIMISMO O PESIMISMO?


Desengaño del mundo, Sueño del caballero.Autor: Antonio Pereda Fecha:1670. Museo:Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

Desengaño del mundo, Sueño del caballero.Autor: Antonio Pereda Fecha:1670. Museo:Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

[La siguiente reflexión sobre el optimismo cristiano o el pesimismo que algunos observan en algunos cristianos a los que se moteja de “avinagrados”, ” tristes”, de “tener cara de estar en funeral” como recientemente advirtió nada menos que el presidente de la CEE, etc. Incluso alguien importante en la iglesia española ha dicho la solemne sandez de que “el peor pecado de un cristiano es el estar triste” …como sí no existieran los pecados directamente contra Dios, el pecado contra el Espíritu Santo, los pecados que claman venganza al cielo (entre los cuales la pederastia, o incluso los pecados de homosexualidad), y los castigos anunciados en la Biblia contra esos pecados.

En el siguiente texto se razonan los motivos de la alegría cristiana pero también los motivos para la penitencia, y la seria preocupación por nuestro destino eterno.

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En la religiosidad de la época barroca era común la meditación sobre el desengaño y era habitual el tratamiento preferente de temas como la fugacidad de la vida, la presencia inexorable de la muerte, el pasoimage irremisible del tiempo, la vanidad de pompas y honores y, en fin, la inestabilidad de todas las cosas. El existir humano se concibe como un camino hacia la muerte. La vida es sueño, apariencia, fugacidad. Por la misma razón, habrá una gran floración de temas religiosos y morales. Símbolos repetidos en este tipo de literatura serán: las flores que se marchitan, los árboles caídos, las cenizas, las mariposas, el fuego, la llama, la espuma, el humo, los relojes, etc. Exponente acabado de esto fueron los magníficos libros del obispo de Osma (anteriormente de Puebla) Venerable Juan de Palafox y Mendoza.  Otro personaje que incluso llegó a la literatura, el caballero Don Luis de Mañara (similar al del venerable Don Bernardino de Obregón) también encarna los motivos dichos, bien que  el tema principal de su espiritualidad fuera la gratitud exaltada a la Misericordia divina.
Sin embargo, incluso entonces, en los cristianos existía la veta interior de la alegría y la confianza en Dios. La segura confianza con que meditaban en los premios eternos y la gratitud por la salvación, les hacía estar agradecidos a la Bondad y Misericordia divina, y permanentemente alegres en medio de sus penitencias.]

¿PESIMISMO U OPTIMISMO CRISTIANO?

     Muchos católicos no comparten el pesimismo de San Agustín y creen en un cristianismo lineal, sin pesadumbre y te­mores de caer. ¿Ese optimismo no es acaso señal de un cristianis­mo mediocre, superficial y alejado de la verdad del mundo y de la sociedad? En cambio, no da muestras el que es cristianamente pesimista, de madurez espiritual y de humildad interior? (E. V.Módena.) 
 
     Ahí tenemos otra antinomia aparente, otra doble faceta del cristianismo.
Entre los muchos aspectos del problema me limitaré al psicológico, en relación con el significado de la vida humana y con la predestinación eterna.
Tomado entonces el pesimismo y el optimismo respectiva­mente como visión del sólo aspecto negativo o positivo de la existencia, evidentemente hay que excluir a ambos, por de­masiado unilaterales. En su lugar hay que adoptar en cam­bio el sano realismo cristiano: síntesis de santo temor y de ilimitada esperanza. El temor evitará el adormecimiento y es­timulará a la lucha. La esperanza animará a combatir con la perspectiva de la victoria.
Realmente es imposible cerrar los ojos ante el peligro real de la condenación eterna, cuandse piensa en hechos histó­ricos, como la caída de Lucifer y de la muchedumbre de ángeles rebeldes, la caída de Adán y Eva y de toda la Humanidad del estado de justicia original, la ceguedad diabólica de aquel mundo del que Satanás pudo ser llamado«príncipe» (Juan, XII, 31) y falso «dios» (2 Corintios, IV, 4), la caida, en fin, de uno de los doce Apóstoles, etc.; y piénsese también que la moderna incredulidad e inmoralidad parece hecha de intento para producir una amplia mortalidad espiritual, como el antiguo paganismo, del que constituye una especie de re­torno.
Pero es igualmente imposible no abrir los ojos jubilosos ante la revelación dei infinito amor misericordioso de Dios cada uno de nosotros, que llegó hasta pagar con toda su sangre el precio de nuestra salvación; y esto por todos sin excepción, incluso por Judas—como afirma además San Agustín, citado inexactamente como pesimista en la consulta (inPs. 68, n. 11)—, el cual sólo por haber resistido a ese amor misericor­dioso, se perdió. El mistério del divino Crucificado empapa la atmosfera de la existencia de la más vibrante esperanza y del más fundado optimismo. Todos nos podemos perder, es verdad, pero también todos —si quieren— se pueden salvar: «Y cuando Yo sea levantado en la tierra —esto es, crucificadotodo lo atraeré a Mí» (Juan, XII, 32). Es más: después de cualquier caída temporal, quien ha comprendido el secreto de la divina misericórdia tiene motivo para renovar la santa lucha, en cierto sentido con más esperanza que antes. El secreto de la divina misericórdia es realmente inclinarse sobre la miséria del pecador, para lograr del alma arrepentida un mayordesquite victorioso. Lo cual entra en el principio general de que Dios no permite el mal sino para un bien mayor.
Se necesitan las lentes deformadoras de Schopenhauer para achacar calumniosamente al cristianismo la característica dei pesimismo.
Y vuelven las dos caras de la realidad: tanta infinita mise­ricórdia incendia de esperanza al corazón, y la posibilidad de hacer resistencia a ella lo mantiene temblando de temor: sentimientos ambos preciosos para la salvación y la santificación.
Ese doble aspecto de la realidad se presenta asimismo en la consideración de las relaciones entre sentidos, razón y gracia. No se puede admitir ningún vano optimismo de espontâ­nea armonía entre ellos, mientras, como prueba la experiencia más elemental,«cuando el hombre llega a la actividad de la razón mediante la operación del sentido, sonmás los que siguen las inclinaciones de la naturaleza sensitiva que las del orden racional»(Summa Theol., I-II, 71, 2 ad 3). La dura ley de la negación de uno mismo para la ordenada subordinación de los sentidos a la razón y de la razón a la gracia es, pues, cierta.
Pero subordinación no quiere decir aniquilación; e inferioridad respecto a la gracia no quiere decir naturaleza intrinsecamente mala, aunque esté decaída. Asi, pues, con la ley de la negación propia vuelve de lleno el optimismo realista, mirando al fin de la «renuncia», que es el divino aprecio de la vida; tal que nos hace «herederos de Dios, y coherederos con Cristo, con tal, no obstante, que padezcamos con Él a fin de que seamos con Él glorificados» (Romanos, VIII, 17).
BIBLIOGRAFIA
Bibliografia de las consultas 5, 15 y 30.
P. Gaetani: La Provvidenza divina, Roma, 1941, cap. VIII;
P. Garrigou-Lagrange : Predestinazicme, EC., IX, págs. 1.907-12.

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