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TRES CLASES DE LIBERALES


image[Don Félix Sardá y Salvany, en su célebre libro “El Liberalismo es Pecado”, (1884) habló en su tiempo de tres clases de liberales, en el capítulo 18. Hoy diríamos más bien en algunos supuestos, de Progresistas, Modernistas o izquierdistas. Su descripción es tan certera como actual en nuestros días. Se ve que el hombre no cambia y es el mismo en todas las épocas. La clase mejor descrita es la tercera que él llama “los resabiados”. Quizás nos haga reír la descripción colorista que hace de ellos. El libro puede descargarse en la barra lateral izquierda.]
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Dividiremos para esto los liberales (sean personas, sean
escritos) en tres clases.
-Liberales fieros.
-Liberales mansos.
-Liberales impropiamente dichos o solamente resabiados de
Liberalismo.
Ensayemos una descripción semi-fisiológica de cada uno de
estos tipos. Es estudio que no carece de interés.
El liberal fiero se conoce, desde luego, porque no trata de
negar ni de encubrir su maldad Es enemigo formal del Papa
y de los Curas y de la gente toda de Iglesia; bástale sea
sagrada cualquier cosa para excitar su desapoderado
rencor. Busca entre los periódicos los más encandilados;
vota entre los candidatos los más abiertamente impíos; de
su funesto sistema acepta hasta las últimas consecuencias.
Hace gala de vivir sin práctica alguna de religión, y a duras
penas la tolera en su mujer e hijos. Suele pertenecer a
sectas secretas, y muere por lo regular sin consuelo alguno
de la Iglesia.
El liberal manso suele ser tan malo como el anterior, pero
cuida bastante de no parecerlo. Las buenas formas y las
conveniencias sociales lo son todo para él; salvado este
punto no le importa gran cosa lo demás. Incendiar un
convento no le parece bien; apoderarse del solar del
convento incendiado, es cosa para él ya más regular y
tolerable. Que un periodicucho cualquiera de esos de burdel
venda sus blasfemias en prosa, verso o grabado a dos
cuartos ejemplar, es un exceso que él prohibiría y hasta
lamenta no lo prohíba un Gobierno conservador; pero que
se diga todo lo mismo en frases cultas, en un libro de
buena impresión o en un drama de sonoros versos, sobre
todo si el autor es académico o cosa así, ya no ofrece
inconveniente. Oír hablar de clubs le da escalofríos y
calentura, porque allí, dice él, se seduce a las masas y se
subvierten los fundamentos del orden social. Pero ateneos
libres se pueden muy bien consentir porque la discusión
científica de todos los problemas sociales ¿quién los va a
condenar? Escuela sin Catecismo es un insulto al católico
país que la paga. Mas universidad católica, es decir, con
sujeción entera al Catecismo, o sea al criterio de la fe, debe
dejarse para los tiempos de la Inquisición El liberal manso
no aborrece al Papa, sólo no encuentra bien ciertas
pretensiones de la Curia romana y ciertos extremos del
ultramontanismo que no dicen bien con las ideas de hoy.
Ama a los Curas, sobre todo a los ilustrados, es decir, a los
que piensan a la moderna como él; en cuanto a los
fanáticos y reaccionarios, los evita o los compadece. Va a la
iglesia, y tal vez hasta a los Sacramentos; pero su máxima
es, que en la iglesia se debe vivir como cristiano, mas fuera
de ella conviene vivir con el siglo en que se ha nacido, y no
obstinarse en remar contra la corriente. Navega así entre
dos aguas, y suelen morir con el sacerdote al lado, pero
llena de libros prohibidos la librería.
El católico simplemente resabiado de Liberalismo se conoce
en que, siendo hombre de bien y de prácticas sinceramente
religiosas, huelen no obstante a Liberalismo en cuanto
habla o escribe o trae entre manos. Podría decir a su modo,
como Mad. Sevigné: “No soy la rosa, pero estuve cerca de ella,
y tomé algo de su olor”. El buen resabiado discurre y
habla y obra como liberal de veras, sin que él mismo,
pobrecito, lo eche de ver. Su fuerte es la caridad: este 
hombre es la caridad misma. ¡Cómo aborrece él las 
exageraciones de la prensa ultramontana! Llamarle malo a 
un hombre que difunde malas ideas, parécele a ese singular 
teólogo pecado contra el Espíritu Santo. Para el no hay más 
que extraviados. No se deba resistir ni combatir; lo que se 
debe procurar siempre es atraer. “Ahogar el mal con la 
abundancia del bien”, esta es su fórmula favorita, que leyó
un día en Balmes por casualidad, -y fue lo único que del
gran filósofo catalán se le quedó en la memoria. Del 
Evangelio aduce únicamente los textos que saben a miel y 
almíbar. Las invectivas espantosas contra el fariseísmo
diríase que las tiene él por genialidades e intemperancias
del divino Salvador. Bien  que sabe usarlas él mismo muy
reciamente contra los irritables ultramontanos, que con sus
exageraciones comprometen cada día la causa de una
Religión que toda es paz v amor. Contra éstos anda acerbo 
y duro el buen resabiado, contra éstos es amargo su celo y 
agria su polémica y agresiva su caridad. Por él exclamó el
P. Félix en un discurso célebre, a propósito de las
acusaciones de que era objeto en persona del gran Veuillot:
“Señores, amemos y respetemos hasta a nuestros amigos”.
Pero no; el buen resabiado no lo hace así: guarda todos sus 
tesoros de tolerancia y de caridad liberal para los enemigos 
jurados de su fe. ¡Es claro, como que el infeliz los ha de
atraer! En cambio, no tiene más que el sarcasmo y la 
intolerancia cruel para sus más heroicos defensores. En
suma. al buen resabiado, aquello de la oposición per
diametrum del Padre San Ignacio en sus Ejercicios
espirituales, nunca le pudo entrar. No conoce más táctica
que la de atacar por los flancos, que en religión suele ser la
más cómoda, pero no la más decisiva. Bien quisiera él
vencer, pero a trueque de no herir al enemigo ni causarle
mortificación o enfado. El nombre de guerra le alborota los
nervios; mas le acomoda la pacífica discusión. Está por los
Círculos liberales en que se perora y delibera, no por las
Asociaciones ultramontanas en que se dogmatiza e increpa.
En una palabra, si por sus frutos se conoce al liberal fiero y
al manso, por sus acciones principalmente es como al
resabiado de liberalismo se le ha de conocer.
Por estos rasgos mal perfilados, que no llegan a diseños o
bocetos, cuando menos a verdaderos y acabados retratos,
será fácil conocer muy luego a cualquiera de los tipos de la
familia en sus diversas gradaciones. Resumiendo en pocas
palabras el rasgo más característico de su respectiva
fisonomía, diremos que el liberal fiero ruge su Liberalismo;
el liberal manso lo perora; el pobre resabiado lo suspira y 
gimotea.  
Todos son peores, como decía de su padre y madre aquel
pillete del cuento; pero al primero le paraliza muchas veces
su propio furor; al tercero su condición híbrida, de suyo
infecunda y estéril. El segundo es el tipo satánico por
excelencia, y el que en nuestros tiempos produce el
verdadero estrago liberal.

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