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EL VALOR Y ALCANCE DE LAS PALABRAS



[Enviado por Alejandro Sosa Laprida]

PALABRAS EN GUERRA
 

“¡Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas!”:
“Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
…que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas”

(Juan Ramón Jiménez)

.

Por Juan Carlos Monedero
1. Cómo hablamos y cómo discutimos
2. Cada palabra, una llama. Criminalización de los términos
3. La confusión instalada. Cuatro ejemplos
4. Cómo se nos confunde
5. Un momento: ¿no estamos exagerando?
6. Eliminar toda palabra que remita a un “en sí”
7. Conclusión
 “Mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios
mientras sigamos creyendo en la gramática”.
Nietzsche, El ocaso de los ídolos
“Hay mentiras expresas que corren el mundo,
mentiras completas en cuanto a su fórmula;
pero hay también mentiras que forman parte de lo sobreentendido”.
Ernest Hello, El hombre
“Quien considere debidamente estas cuestiones,
encontrará que hay una cierta brujería o fascinación en las palabras,
que las hace actuar como una fuerza que va más allá de lo que podemos explicar”.
South
1
–“Cuando yo uso una palabra”, dice Humpty Dumpty en tono de desprecio,
 “significa justamente que yo entiendo darle ese significado, ni más ni menos”.
–“La cuestión es saber”, contesta Alicia,
“si usted puede hacer escribir a las palabras tantos significados diversos”.
–“La cuestión es quién debe ser el amo. Eso es todo”.
Lewis Carroll, Alicia en el país de las Maravillas
1. Cómo hablamos y cómo discutimos
La  palabra  humana,  como todas  las  cosas  hechas  por  Dios,  posee  una
determinada naturaleza.  No podemos tratarla de cualquier  manera so pena de
inhabilitarla para el fin que fue pensada. Ella es la moneda de intercambio más
usada por nosotros: todos los días la pronunciamos, se encuentra en todas partes;
en los diarios, en los locales, en los programas de televisión, en los libros, en los
apuntes de estudio, en las revistas de entretenimiento, en la radio, en las marcas
de ropa,  en los nombres comerciales;  cada vez que conversamos,  que pedimos
un favor, que damos una clase, que redactamos algo. No terminaríamos nunca de
enumerar las cosas que portan palabras.
Por  lo general,  tanto una conversación pero,  sobre todo,  una discusión
estaba caracterizada por la confrontación de posturas que se disputaban el trofeo
–tener o estar en la razón– apelando a distintos argumentos,  luego de haberse
enunciado.  Todo debate veía la realidad como  medida de las tesis:  aquélla las
juzgaba  y las  tesis  eran  comparadas  con la  realidad,  ya  para  confirmarlas  o
desecharlas,  con el  fin de conducir  a nuestro oyente ocasional  hasta el  borde
mismo de la contradicción.  Éste  era y sigue  siendo el  presupuesto natural  –
frecuentemente implícito– de toda polémica.  La contradicción siempre tuvo un
enorme valor aleccionador porque
“cuando  la  inteligencia  se  percata  de  que  no  es  posible  afirmar  una  cosa  y  su
contradictoria, atisba con ello la existencia de lo verdadero y lo falso. Y, por allí, se da cuenta
del ser”
Sin  embargo,  los  rumbos  del  pensamiento  actual  introducen  un
imperceptible pero fundamental viraje en este punto. Porque esta evidencia –una
realidad  objetiva  e independiente  del  pensamiento,  una  realidad  que  juzga
nuestras ideas y frente a la cual nosotros debemos adecuarnos– es cuestionada
justamente  por  el  relativismo,  que  es  como  sabemos  una  ideología
absolutamente  dominante.  Dominación  que  no sólo  genera  un descreimiento
respecto  de  la  verdad  de  las  cosas  sino  también  una  incapacidad  para  que
posiciones encontradas se escuchen mutuamente.  ¿Cómo podría importarme lo
que otro puede decirme si mis opiniones valen únicamente porque “emanan” de
mi subjetividad?
El  sólo hecho de  comparar  una con la otra  –buscando la  correcta– se
convierte en odioso. Han convertido a la verdad y, por ende, a la palabra verdad
en algo odioso.  La  Verdad,  uno de los  Nombres  de Dios,  causa  escozor  en
muchos oídos. Permanecer callado ante quien desea transmitirnos algo equivale
a restringir nuestra libertad de expresión. Se olvida que sólo es posible percibir
la realidad –es decir, filosofar– guardando silencio:
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