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LA PERSPECTIVA ESCATOLÓGICA


 

estudios bíblicos

[Republicación]

[Este excelente trabajo quizás ayude a responder a algunas cuestiones relativas al Reino Milenario. Da algunas precisiones verdaderamente sorprendentes. Sin que tengamos que asentir a la “Hipótesis milenaria” sin embargo enriquecerá al lector por sus exégesis del A.T. Y del N.T. y al mismo tiempo abrirá la mente a previsiones escatológicas, tanto como si tengamos que ser un día testigos de esos ultimísimos tiempos como si no. Es una lectura en verdad sugerente. He juntado catorce capítulos en posts aparecidos en el blog“En gloria y Majestad”  y les ofrezco un documento PDF para una más cómoda lectura.]

león 2

La Perspectiva Escatológica

por Ramos García

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[Nota del Blog “En gloria y Majestad”: Sin dudas este gran trabajo del P. Ramos García fue para nosotros un feliz hallazgo. Cuando publicamos hacia fines de 2013 su estudio sobre La Restauración de Israel (ver AQUI la I Parte) desconocíamos por completo este estudio. En aquel entonces ya le habíamos criticado su teoría (bastante extraña, por cierto) donde distinguía entre el mero Advenimiento de Nuestro Señor, en contraposición a su Presencia o Parusía. Para nuestra sorpresa (y alegría, por supuesto) hemos visto que el autor modificó, varios años después, su posición anterior en consonancia con lo que criticábamos y en plena conformidad con Lacunza, a quien sin dudas ha leído y estudiado. En este nuevo estudio deja de lado su distinción entre el mero “Advenimiento” y “Presencia”, y simplemente distingue entre una doble presencia: la Visible y la Invisible. Rechazando con muy sólidos argumentos escriturísticos (y en particular con un texto delicioso de Isaías) la presencia visible de Cristo (en consonancia con el famoso decreto del ´44 y con el mismo Lacunza), el P. Ramos García va más lejos aún y nos da como cierta la presencia física pero invisible de Cristo y sus Santos durante el Milenio. De más está decir que seguir criticando el Milenarismo (sin hacer ningún tipo de distinciones) basado en el decreto del ´44 arguye un desconocimiento absoluto del tema, y trabajos como éste son una refutación al respecto.] Autor: José Ramos García, C.M.F. Fuente: XVI Semana Bíblica Española,(Sept. 1955), publicado el año 1956, pp. 228-272 ss.

SUMARIO

Introducción. I. — Estampa del reino mesiánico. 1. El sistema teológico y el bíblico. 2. Los dos aspectos del juicio universal. 3. El carácter social del juicio universal. 4. El misterio de la iniquidad. 5. El aherrojamiento de Satán. 6. El reinado de Cristo con sus santos. 7. Las dos resurrecciones. 8. Presencia de los resucitados en el reino. Conclusión. II. — La presencia de Israel en el reino mesiánico. 1. La solución histórica. 2. La solución alegórica. 3. La solución homológica. 4. La solución sincrética, 5. La solución escatológica. 6. La teoría antioquena. 7. Los artífices de la restauración. 8. El tsémah y el pontífice. 9. La gesta del tsémah en las profecías. 10. Los testigos de Cristo contra el Anticristo. 11. La misión particular de Elías en la Escritura. Conclusión.

INTRODUCCION

El objeto universal de las profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento es el Mesías y su obra, donde podemos distinguir dos clases de profecías, unas que llamaremos, siquiera provisionalmente, históricas, y otras escatológicas. Llamamos profecía histórica a la que gira en torno a la primera venida del Mesías, y en Él y en su obra, la Iglesia histórica, se cumplió ya, o se va cumpliendo. Llamamos, en cambio, profecía escatológica, a la que está abocada a su segunda venida, antecedentes inmediatos, y obras que la acompañan y siguen en maravillosa perspectiva. Esta distinción es poco más o menos la que hace San Pedro en su primera canónica, cuando hablando de la salud mesiana, dice así[1]: “Sobre esta salvación inquirieron y escudriñaron los profetas, cuando vaticinaron acerca de la gracia reservada a vosotros, averiguando a qué época o cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que profetizaba en ellos, al dar anticipado testimonio de los padecimientos de Cristo y de sus glorias posteriores. A ellos fue revelado que no para sí mismos sino para vosotros, administraban estas cosas que ahora os han sido anunciadas…” (I Ped. I, 10 ss). Es precioso este texto del Apóstol, porque nos da una indicación neta del doble objeto de las profecías paleotestamentarias. Son por un lado los padecimientos de Cristo, y consiguientemente los de su Iglesia, que es su prolongación y complemento (τὰ εἰς Χριστὸν παθήματα), y por otro lado las glorias postrimeras (τὰς μετὰ ταῦτα δόξα), es decir, escatológicas. Concretando un poco más la distinción, aun a riesgo de adelantar conceptos, esas profecías hablarían del Mesías y de sus gestas, referentes de una parte a la primera venida en humildad, y de otra a la segunda venida en majestad y gloria; primero en atuendo de sacerdote y víctima, y luego en atuendo de rey, como le aguardan los judíos, o de juez, como le esperan los cristianos, dos palabras que encierran un mismo concepto. A propósito de este texto son bien de notar dos cosas: 1. La afirmación general de que todas las profecías miran a Cristo, contra lo que se dan fácilmente por satisfechos del cumplimiento de ciertos vaticinios en la historia de Israel, sin preocuparse más de su ulterior cumplimiento mesiano. 2. El cumplimiento tan literal de los vaticinios referentes a las humillaciones del Mesías, contra los que no ven nada concreto en lo referente a sus glorias posteriores para afirmarse su sentir, invocan tal vez los géneros literarios, y nos dicen de los profetas, que además de profetas son poetas, poetas orientales que es cuanto decir exagerados e idealistas, como si los profetas de Israel fueran poetas orientales sólo en la descripción de las glorias del Mesías y no en la de sus dolores. Una exégesis que no quiera ser arbitraria, ha de comenzar por tener sumo respeto a la letra, dejándola hablar libremente en cualquier género literario, tomando las palabras, ahora en sentido propio, ahora en el metafórico o figurado, según las exigencias del contexto, sin otras restricciones extrínsecas, y menos, prejudiciales. Es la lógica viril de la hermenéutica. Dando de mano a las profecías referentes a la primera venida del Mesías, aquí nos ceñiremos a las que nos hablan de su segunda venida “a juzgar a los vivos y a los muertos”, fórmula dogmática, cuyo complejo contenido coincide con el de “las glorias postrimeras”. A las pasiones del Mesías no nos vamos a referir, si no es tal vez incidentalmente como introducción a sus gloriosas gestas, cuya cronología, u orden de sucesión en el tiempo, quisiéramos determinar posiblemente. Determinado en líneas generales el campo escatológico, había que descender seguidamente a señalar los particulares acontecimientos y después de ordenarlos pacientemente con orden de sucesión, tratar de investigar la naturaleza íntima de cada uno. Lo que aquí más nos interesa es la existencia futura de tales acontecimientos, y el orden en que se producirán. La investigación de su naturaleza íntima no cabe en los lindes de un artículo y está preñada de dificultades. Estas se irán disipando paulatinamente, una vez conseguida la disposición orgánica de hechos tan complejos, pues ordenados como en un esquema por sus coyunturas naturales, mutuamente se han de iluminar y esclarecer, como acontece con los hechos de la historia, una vez establecida su cronología. Como base previa, indispensable, para poner un poco de orden en el caos de tantas visiones y descripciones proféticas del último porvenir, hemos tenido que hacer un minucioso estudio comparativo de todos los vaticinios de asunto escatológico, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, recorriendo muchas veces un campo tan extenso y tan poco cultivado. Mas pronto nos dimos cuenta que era imposible poner orden en ese caos sin la ayuda de San Juan, que nos dió la clave en el Apocalipsis, recogiendo, completando y ordenando los vaticinios anteriores sobre la gloriosa vuelta del Mesías, en una obra de sistematización, semejante a la que hará luego en su Evangelio con respecto a los Sinópticos. Sin el IV Evangelio es imposible cronizar los Sinópticos y sin el Apocalipsis, imposible cronizar las profecías. No se ha reparado lo bastante en el esfuerzo consciente de San Juan, el último de los autores inspirados, para completar y poner orden, no sólo en el campo de la historia evangélica, sino primero y principalmente en el de la profecía escatológica. De ahí el trato tan desigual que se ha dado al genial autor del Apocalipsis. Como resultado del esfuerzo personal, sostenido con tales adminículos, damos en nuestro trabajo un esquema razonado de los acontecimientos que señalan el desenlace final de la historia humana, bajo la acción poderosa del Mesías redivivo, puesto al servicio de sus escogidos. Si logramos asentar bien la futuridad y sucesión de tales acontecimientos, nos daremos por muy satisfechos, sin meternos en muchas honduras acerca de su naturaleza, que puede ser el objeto de una investigación ulterior hecha sobre el esquema. No citamos autores. Ni aludimos a nadie determinadamente. Nos mantenemos en el orden de las ideas, que pueden ser, y serán muchas veces históricas, pero las presentamos deliberadamente en una abstracción casi absoluta de sus patrocinadores, lo mismo cuando las admitimos que cuando las rechazamos. No queremos hacer un status quaestionis detallado, aunque habrá algo de eso en nuestro estudio. El intento es dar, analizar, clasificar ideas, vengan de donde vinieren, en orden a una inteligencia más cumplida de los vaticinios sobre el reino mesiano, superando dos tendencias extremas, la de los que todo lo quieren ver cumplido en Israel sin la Iglesia, o todo en la Iglesia sin Israel, que es a quien directamente se hacen las promesas. Creemos sinceramente, que la plena inteligencia está en verlas cumplidas a la vez en Israel y en la Iglesia, cuando aquel se incorpore a ésta según la perspectiva de San Pablo en Rom. XI[2]. Como a tenor de la sentencia del Apóstol, ellos no habían de llegar a la consumación sin nosotros (Heb. XI, 40), así nosotros no llegaremos a la consumación sin ellos. Y eso no se puede realizar si no es en un reino mesiano, por fuerza escatológico, como veremos oportunamente. Establecer y dibujar ese reino es el asunto de la primera parte, y explicar la presencia de Israel en ese reino es el asunto de la segunda.

[1] El autor cita casi siempre el texto latino de la Vulgata. Por comodidad del lector damos, por lo general, la traducción de Straubinger.
[2] ¿Realmente dice San Pablo en Rom. XI que Israel va a entrar en la Iglesia?

PRIMERA PARTE

II ESTAMPA DEL REINO MESIANO

Una lectura de conjunto, aún superficial, de los profetas nos presenta los últimos tiempos de la humanidad, como el desenlace del drama de la historia, bajo su aspecto social e individual, tanto en la vertiente política como en la religiosa, otras tantas dimensiones que era preciso estudiar conjuntamente, pues sobre todas ellas hay indicaciones múltiples en ambos Testamentos, con interferencias frecuentes de unos aspectos en otros, y una mayor acentuación del aspecto individual en el Nuevo.

1. EL SISTEMA TEOLÓGICO Y EL BÍBLICO

Sobre esos eventos finales se ha hecho corriente entre los cristianos un sistema muy sencillo, que podemos llamar teológico, por ser el que interesa a la teología, y que podría expresarse así: Sesión del Señor a la diestra del Padre; su vuelta al juicio final; universal resurrección muertos; celebración del juicio final en que se hace la separación entre buenos y malos, y cada uno va a ocupar su puesto en la eternidad feliz o desgraciada. Todo esto es verdad pero no toda la verdad. La Escritura Profética en su conjunto es mucho más rica y puntual, así acerca del juicio como de la resurrección. El juicio que en ese esquema brevísimo se nos da, no es el juicio escatológico en su totalidad, sino sólo el último acto de ese juicio, que por eso se llama justamente juicio final, y del que hay en la Escritora sólo dos descripciones ciertas (Mt. XXV, 31-46[1] y Ap. XX, 11-15), y una o dos alusiones inequívocas (II Cor. V, 10; cf. Rom. XIV, 10[2]). Como se ve por las citas, el juicio final así descrito, nos es conocido por una revelación estrictamente cristiana. En vano se buscaría en los profetas de Israel la expresión de creencia semejante: la perspectiva de los antiguos profetas es indefinidamente terrestre, y si acaso introduce la resurrección (Sal. CIX, 3[3]; Is. 26, 19; Dn. XII, 2 s.; Sab. VII, 8; Lc. XIV, 14; XX, 33 ss.), sería en orden al subsiguiente Reino mesiano, en que desemboca la dicha perspectiva y conforme a este modo de ver habría que interpretar la fe en la resurrección de los mártires Macabeos (II Mac. VII). En otras palabras, la resurrección, según la antigua fe judaica, tendría más bien los caracteres de la resurrección primera, previa al reinado milenario (Apoc. XX, 4 s.), que no los de la segunda, previa al juicio final (Ap. XX, 12 s.). La consideración del acto final, en que se cierra el orden temporal y se inicia el eterno invadió de tal manera la conciencia cristiana, que ante él llegaron a eclipsarse los demás actos escatológicos del juicio. Pero eclipse no es negación. Así como los antiguos profetas con su perspectiva terrestre indefinida, mostraban ignorar, mas no negaban la solución cristiana; así tampoco la dicha solución cristiana ha de negar los anticipos proféticos que la ilustran. Las varias revelaciones acerca del juicio divino escatológico no son contradictorias, sino complementarias, y se acoplan perfectamente en el siguiente esquema: Según las fuentes de la revelación el juicio divino es de dos maneras, social una e individual otra, y una y otra tienen dos momentos: el histórico y el escatológico. Llamamos momento histórico del juicio individual al que sigue a la muerte de cada uno, según aquello: “fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Heb. IX, 27), y momento escatológico al del juicio final (Mat. y Ap. l. c.) tan familiar a los fieles cristianos. Y a semejanza de estos dos momentos del juicio individual hay otros dos para el juicio social o de naciones, el histórico, que es cuando en el curso de la historia el Señor liquida o poco menos, ahora a esta nación, ahora a la otra, ahora a aquella, ahora a la otra ciudad; y el escatológico que es cuando el Señor hará eso mismo, no ya con esta o la otra nación, sino con todas las naciones juntas, destruyendo en masa a los impíos, para dar paz y descanso a los justos, “si es que Dios encuentra justo dar en retorno tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, los atribulados, descanso, juntamente con nosotros, en la revelación del Señor Jesús, etc” (II Tes. I, 6 ss.). Nada más frecuente que esta perspectiva en los profetas de Israel, perspectiva que recoge nuestro Señor en el discurso escatológico (Mateo, XXIV y par.), acá y allá los Apóstoles en sus cartas, y sobre todo San Juan en el Apocalipsis, al abrir del sexto sello, sonar de la séptima trompeta y derramar de la séptima copa, etc., etc.[4] A ese juicio escatológico de las naciones hostiles le llamaremos también juicio de los vivos, o simplemente juicio universal, en oposición al juicio final, que es el juicio de los muertos (Ap. XX, 12 s.), aunque más que dos juicios diferentes tendríamos aquí distintos actos del gran juicio escatológico, en que se realiza plenamente la letra de la fórmula dogmática: “Y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, a los vivos en el juicio universal y a los muertos en el juicio final.

2. LOS DOS ASPECTOS DEL JUICIO UNIVERSAL

A tenor de las descripciones, el juicio final sería instantáneo o de muy corta duración. En cambio, el juicio universal implica sucesión, y desde luego hay que distinguir en él dos aspectos complementarios muy diversos, el de la ira contra los malvados, y el de la misericordia en favor de los justos, aspectos que Habacuc compendia en esta nerviosa expresión: “En tu ira no te olvides de la misericordia” (Hab. III, 2). De esa ira escatológica hablan frecuentemente los profetas y los apóstoles (cf. II Thes. I, 5 ss.; II Pet. III, 7 ss. etc.), y San Juan en el Apocalipsis sorprende el momento en que al abrir del sexto sello, estalla imponente sobre los hombres de aquel tiempo, que llenos de terror apostrofan así a los montes y a las rocas: “Caed sobre nosotros y escondednos de la faz del Sedente en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el día, el grande, de la ira de ellos y ¿quién puede estar de pie?” (Ap. VI, 16 s. = Is. II, 10-22). Este día grande de la ira del Señor no es ciertamente un día de 24 horas (cf. Zac. XIV, 7 y II Pet. III, 8). Hay sobre él una literatura inmensa, y de ella se desprende que no será una manifestación momentánea de terror, sino que la actuación o intervención divina se desarrolla en varios actos sucesivos que podrían titularse así: La hecatombe de Idumea (Is. XXXIV, 1-8 = Ap. VI, 12 ss.; cf. Abd. 15 ss.), la del valle de Josafat (Joel III, 12 s.= Ap. 14 fin; cf. Zac. XIV, 4 s.), y la de Armagedón contra el Anticristo y sus huestes (Ap. XVI, 16; XVII, 14; XIX, 11 ss.; cf. Is. LXIII, 1-6), por no citar más que las más salientes. El que Edom, Josafat y Armagedón sean todos nombres simbólicos no empece a la verdad del evento[5]. El vulgo, al confundir el acto del valle de Josafat con el juicio final, confunde el juicio de vivos con el de muertos, y tantas otras cosas que lleva consigo esa primordial confusión, y es la primera y principal la de cerrar en ese punto el horizonte terrestre, cuando tanto Joel, autor de la denominación, como los demás profetas y el propio Evangelio lo dejan abierto al reino mesiano (cf. Joel III, 17 ss.; Sap. III, 7 s. = Mt. XIII, 41 ss.), el mismo al que real o simbólicamente concede San Juan un lapso de tiempo de mil años antes del juicio final (Ap. XX). Este sería el segundo aspecto del juicio universal: la misericordia tras la ira; una como continuación del mismo juicio de vivos, según la consabida ecuación hebraica entre “rey” y “juez”, “reinar” y “juzgar”, “reinado” y “juicio”. Nada, en efecto, más averiguado que la finalidad funcional del juicio social y universal de vivos, que es la de hacer limpieza general de los impíos, para que los justos puedan campear libremente: Compendiosamente lo dice el Señor en la moraleja de la parábola de la cizaña:

“El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos, y a los que cometen la iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. ¡Quien tiene oídos, oiga!” (Mt. XIII, 41 ss.)

Este reino de Dios, en que se hace esa limpieza general, es todavía hujus temporis Ecclesia, como nos advierte San Gregorio a propósito de este texto, o lo que es lo mismo, estamos todavía en el juicio universal de vivos, pues no se comprende qué significación ni finalidad podría tener el acto de quitar escándalos en un juicio final de muertos. De los tres enemigos del hombre, aquí se da jaque mate al mundo, que esto y no otro sería el finis saeculi de que ahí se trata, eliminando los grandes escándalos públicos, en que el mundo tiene toda su fuerza maléfica, que por eso dice de él el Señor en otra parte “¡Ay del mundo por los escándalos!” (Mt. XVIII, 7). A seguida del mundo (Ap. XVIII y XIX) se le quita la fuerza seductora al demonio su aliado (I Jn. V, 19; cf. Ap. XII), porque se le aherroja en el abismo, “para que no engañase más a las naciones” (Ap. XX, 3). Y libre así el hombre de sus dos grandes enemigos externos gozará en consecuencia de esa paz externa y bienestar social envidiable, que tanto ponderan los profetas, y que no hay por qué desdeñar, pues será un don del Mesías, muy de procurar y agradecer después de tantas guerras y persecuciones. Continuará todavía como antes la lucha interna por la adquisición de la virtud en cada hombre, aunque muy facilitada por la eliminación de los dos grandes enemigos externos, que tanta parte tenían en sus determinaciones; con lo que el camino del bien y la justicia quedará llano y expedito para todos, aun los menos dotados, de modo que pudo decir el profeta: “Y habrá allí una senda, una calzada, que se llamará camino santo. Ningún inmundo lo pisará, será solamente para ellos; los que siguen este camino, aún los sencillos, no se extraviarán” (Is. XXXV, 8), fruto sazonado todo ello de la limpieza general de maleantes (Is. ib.; cf. Ap. XI, 18, etc.) ¡Cuán bien se presagia y celebra este deseable cambio de la vida social en el precioso y alentador Salmo XXXVI (XXXVII)!

[1] En su momento aplicábamos este pasaje a la Parusía y decíamos que correspondía al Juicio de las Naciones, mientras que ahora, por el contrario, creemos se trata de un juicio a la Iglesia, es decir, a los católicos que estén vivos al momento de la Parusía. Este juicio parece ser el mismo que vemos en la parábola del trigo y la cizaña (Mt. XIII, 24-30.36-43) y en el juicio de Apoc. XIV, 14-20. Cfr. también Mt. XXIV, 30-31 y Mc. XIII, 26-27; Mt. XXV, 1-30, etc.
[2] No tanto.
En cuanto a Rom. XIV, 10 notemos que se habla de “el tribunal de Cristo”, mientras que el de Apoc. XX, 11-15 parece referirse a Dios Padre “el sedente en el trono”, como es llamado siempre en el Apocalipsis. Cfr. IV, 2-3.9-10; V, 1-7.13; VI, 16; VII, 10.15; XIX, 4; XXI, 5, en varias de las cuales se distingue claramente entre “el Sedente en el trono” y “el Cordero”.
Y por lo que respecta a II Cor. V, 10, Straubinger lo aplica sin más a la Parusía.
[3] No entendemos qué tienen que ver ni esta cita ni la de la Sabiduría con la resurrección.
[4] Ni en el abrir del sexto sello, ni en el sonar de la séptima trompeta, ni en el derramar de la séptima copa…
El autor parecería indicar con esta observación que defiende la teoría de la recapitulación. Teoría que es preciso desterrar de la exégesis de una vez por todas.
[5] Nuestra visión de los sucesos, por orden cronológico, es la siguiente:
a) Castigo a la Idumea: Hab. III, 3, y lo suponen Is. LXIII, 1-6 y Apoc. XIX, 13.
b) Armagedón: contra la Bestia y el Falso Profeta, Apoc. XIX, 20. Cfr. Mt. XXIV, 29 y Mc. XIII, 24.
c) Juicio a las Naciones e Israel. Aquí los pasajes son numerosos: Is. XXIV, 19 ss; XXXIV, 1-4; LXIII, 1-6; Joel II, 30-31; III, 12-16; Mt. XXIV, 29.32-34; Mc. XIII, 24-25.28-29; Lc. XXI, 25-26.29-31; Apoc. VI, 12-17, etc. Cfr. Apoc. II, 26; XI, 18; XII, 5; XVI, 19.
d) Juicio a la Iglesia: solamente se encuentra en el N.T.: Mt. XIII, 24-30.36-43.47-50; XXIV, 31.36-51; todo el capítulo XXV; Mc. XIII, 26-27.32-37; Lc. XVII, 26-29.34-37. Cfr. I Cor. XV, 51 ss; I Tes. IV, 15 ss.
3. EL CARÁCTER SOCIAL DEL JUICIO UNIVERSAL

Pero con lo hasta aquí expuesto no aparece suficientemente claro el carácter social del juicio universal de vivos. No basta, en efecto, establecer la eliminación de los impíos en masa, con el fin de que campeen los justos libremente. Hay que expresar además lo que ya se sobreentendía, y es que esos impíos estaban organizados en sociedad, la sociedad del último anticristo, y es esa sociedad escatológica de los impíos, infieles, incrédulos y apóstatas, la que se hará desaparecer en el juicio universal, para que pueda campear libremente la sociedad de Cristo, que es la Iglesia. No se trata ya de la fundación de la Iglesia, o implantación del reino de Cristo entre los hombres, sino de quitar de en medio el reino del anticristo, para que campee libremente el reino de Cristo ya existente. Este es en sustancia el fin y el desenlace de todas las Profecías (cf. Hab. II, 3), y a él se refiere San Pablo, cuando escribe compendiosamente: “Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya evacuado todo principado y toda potestad y toda virtud”. Es necesario, pues (así el griego), que Él reine (I Cor. XV, 24-25). Lo que antes llamábamos limpieza general de los impíos, es ahora evacuación, o quite de en medio, que importa aniquilamiento, no mero aplastamiento, de toda otra potestad que se supone hostil a la regia potestad de Cristo, porque es necesario que Cristo, sólo Cristo, reine. Esa es la perspectiva escatológica de los profetas de Israel, a comenzar desde David (Sal. II y CIX [CX]: cf. Heb. X, 13), los cuales al juicio y exterminio universal de las naciones hostiles al pueblo de Dios, hacen seguir el pacífico reinado mesiano. “Y reinará Yahvé, que concluye Abdías; Y Yahvé será Rey sobre la tierra entera “, que explica Zac. XIV, 9 (cf. XIV, 5), y así una multitud de equivalentes lugares paralelos. Mas en este particular es singularmente expresivo el profeta Daniel, cuando tras el reinado de las cuatro bestias y quema del cuerpo de la cuarta y última, quitado en juicio el poder también a ésta, el ejercicio de toda potestad y la grandeza del reino subceleste se trasfiere al Hijo del hombre, que viene sobre las nubes (= Ap. I, 7; Mat. XXIV, 30; XXVI, 64 y par.) y al pueblo de los santos del Altísimo (Dn. VII, 11 ss.). La venida del Señor sobre las nubes nos traslada de un vuelo al plano escatológico, o de su segunda venida. El Señor volverá de la manera que se fué (Act. I, 11). En una nube subió al cielo, y entre nubes volverá a juzgar a los hombres; y precisando más, en los torbellinos del Austro, como se le reveló a Zac. IX, 14 (cf. Hab. III, 3)[1]. Suponer que esa venida del Señor, cabalgando sobre las nubes, es ambivalente de la primera y segunda venida no lleva camino, pues en cuantos lugares habla de tal venida la Escritura, que son unos seis o siete, constantemente se refiere a la segunda, y sólo a la segunda. Y por con-siguiente, el reinado del Señor y de los santos, que a esa venida con las nubes se sigue, es de un carácter manifiestamente escatológico. No se trata, pues, ahí del establecimiento del reino mesiano entre los hombres con la fundación de la Iglesia histórica, sino de dar a ese mismo reino, ya fundado, libertad y grandeza única (“la magnificencia de los reinos que hay debajo de todo el cielo”, de Dn. VII, 27), en una Iglesia escatológica, que no puede ser sino continuación de la Iglesia histórica, pero en mejores condiciones, por la eliminación de todo otro poder adverso. Cada vez que se hace más evidente el paralelismo entre las antiguas profecías y el Apocalipsis, que las sintetiza sistematizándolas (cf. Ap. X, 7), en hacer seguir al juicio universal de las naciones, el tan traído y llevado reinado mesiano, allí con una perspectiva terrestre indefinida, aquí con un margen concreto, real o simbólico, de mil años. Ni es difícil dar con la razón de esa diferencia, como ya insinuábamos, y es que los antiguos profetas no conocían el juicio final subsiguiente, que es el tope obligado de la historia humana. Por lo demás el reino apocalíptico de Cristo, superada esa barrera, meramente extrínseca, será no sólo indefinido sino eterno, según se anuncia en Ap. XI, 18, en consonancia con Dn. VII, 27; Is. IX, 7 (cf. Lc. I, 32 s. etc.).

4. EL MISTERIO DE LA INIQUIDAD

El bloque de las potestades hostiles a Cristo, que serán quitadas de en medio en su parusía, no es más que la prolongación y organización de las potestades humanas, que penetradas de espíritu satánico, más contradicción hicieron en el curso de la historia al reino de Dios entre los hombres, representado éste primero en Israel y luego en la Iglesia de Cristo. Daniel vió figurado ese bloque nefasto en la estatua que en sueños se le mostró al rey de Babilonia (Dn. II) la cual en sus partes mayores, señaladas da arriba abajo, representaba a los cuatro grandes imperios por venir, antecesores del reino mesiano. Último de ellos, el de Roma, dividido luego en occidental y oriental, estaba adecuadamente figurado en las dos piernas de donde salieron los varios estados modernos, significados en número redondo en los diez dedos de entrambos pies[2]. Roma, el derecho romano y su cultura, es el signo de toda nuestra civilización, que lleva camino de hacerse universal; y cuando los estados que en número simbólico de diez, integran esa unidad, se mancomunen contra la Iglesia de Cristo habrá llegado el reinado del dragón rojo (Ap. XII), provisto de siete cabezas y diez cuernos, animados todos del mismo espíritu, y con ello la humanidad habrá entrado de lleno en los tiempos apocalípticos. Es el misterio de la iniquidad (I Thes. II, 7), que grabado como un estigma en la frente de Babilonia-Roma llegará a su culminación cuando la rija el último anticristo (Ap. XVII, 3 ss.). No nos convencen los que quieren ver ya cumplido todo esto en la Roma de los Césares, o en los Césares de Roma pagana; y las mismas dificultades con que tropiezan al intentar hacer la aplicación, son una señal evidente de que no han dado de lleno en el blanco[3]. Una cosa es el que el misterio de la iniquidad se dibujara ya en la Roma pagana, perseguidora de la Iglesia naciente, y otra muy diferente el que ese misterio se manifestara allí entonces, ni nunca, en todo su desarrollo, y no más bien en otra ciudad, imperio o nación, que mejor recogiera su herencia de hegemonía universal, juntamente con su espíritu adverso al Cristianismo. La Babilonia apocalíptica sería así, no la Roma cesárea, ni menos la papal, sino el mundo civilizado en general, todo él de signo romano, con una organización política colosal, fundamentada primero a espaldas del Evangelio — el dragón rojo (Ap. XII) —, y luego directamente contra él — la bestia, su heredera (Ap. XIII)—. Sería esto por otras palabras, la general apostasía de las naciones, abocada a la venida del hijo de pecado (II Thes. II, 3; cf. Rom. XI, 19 s.), el último de una serie de anticristos (I Jn. II, 18.22; IV, 3; II Jn. 7), que regirá algún día los destinos de esa Babilonia (Ap. XVII, 3), centro y complejo a la vez del mundo anticristiano. Ni el cuadro de sus crímenes (Ap. XVII), ni menos el de su castigo (Ap. XVIII), como acto que es de juicio inexorable, puede convenir a la Roma pagana. Sabemos, en efecto, que Cristo en su primera venida, no vino a juzgar sino a salvar el mundo (Jn. III, 17). El mundo pagano había justamente excitado la ira de Dios (Rom. I, 18 ss.), mas por esta vez se determinó a perdonar al mundo sus pasados extravíos (Rom. III, 25), haciendo la vista gorda (despiciens) sobre los tiempos de ignorancia de la paganía, e invitando a todos a que hagan penitencia, antes que venga el juicio que hará en su día el Resucitado (Act. XVII, 20 s.). Ese día no es ciertamente aquel en que Nerón incendió a Roma, o en que Roma pagana cayó bajo las armas de Constantino, ni menos la Roma, ya cristiana, a manos de los bárbaros del norte. A nada de eso se parece el incendio de la Roma apocalíptica, que es sin duda uno de los actos más característicos del juicio universal de las naciones o de vivos. San Pedro en su segunda canónica abunda en los mismos sentimientos. Piensan algunos impacientes, que el Señor tarda en volver a cumplir sus promesas de destruir la impiedad y establecer la justicia en la tierra — común enseñanza profética del Antiguo Testamento, injertada en el Nuevo—. No hay tal. Lo que hay es que el Señor es longánimo, y ha dado un plazo de salud al mundo: “Y creed que la longanimidad de nuestro Señor es para salvación, según os lo escribió igualmente nuestro amado hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido concedida” (II Ped. III, 15).

Para concluir, diciendo mucho en pocas palabras, la Babilonia apocalíptica no es el mundo pagano, sino el mundo apóstata, o renuente, en una palabra, el anticristiano: es la anti-iglesia que tendrá por cabeza al anticristo; es el cuerpo de la cuarta y última bestia[4], destinado al fuego (Dn. VII, 11); es la gran ramera, o la esposa infiel[5], que ha de ser quemada y aventada (Ap. XVIII), para dar libertad y holgura a la fiel esposa de Cristo, que es la Iglesia, y ante el castigo de su rival se prepara próximamente a celebrar sus bodas con el Cordero divino (Ap. XIX, 7 ss.) en el pacifico reinado subsiguiente (Ap. XX).

La articulación entre el reinado mesiano y el inicio punitivo de la gran ramera, no puede ser más estrecha, y creemos que con ello queda bien probada la futuridad escatológica así del juicio como del reinado, que se presenta como su natural continuación. Cabalmente se quita del medio a la ramera, para que campee libremente la esposa, engalanada con las obras santas de los justos (Ap. XIX, 18; cf. Mt. XIII, 43).

Con esto tenemos fuera de combate a uno de los grandes enemigos del hombre, que es el mundo. Vamos a ver, si a la sazón, corre igual suerte su aliado el demonio.

[1] Como ya lo dijimos más arriba, creemos que esta cita de Habacuc (y por lo tanto la de Zacarías, que parece ser paralela) se refiere al juicio sobre Idumea, anterior incluso a la batalla contra el Anticristo.
[2] No nos parece, ni de cerca, que el último sea Roma; por otra parte, creemos que los diez dedos significan los diez cuernos de la Bestia, pero no es éste el lugar ni el momento de dar nuestra visión desta profecía.
[3] Interesante observación.
[4] Nos parece mejor decir: es la cabeza de la cuarta y última bestia, etc.

5. EL AHERROJAMIENTO DE SATÁN

Se han empleado tantas palabras y gastado tanta tinta y papel, para probar que estamos ya en el mejor de los mundos, porque va a hacer veinte siglos que Satán fué arrojado al abismo y aherrojado allí tan fuertemente, que no puede dañar sino al que se le acerca.

Del aherrojamiento de Satán en los abismos habla San Juan en Ap. XX, 3. Pero antes había escrito en su primera epístola estas palabras: “El mundo todo está asentado sobre el maligno” (I Jn. V, 19). Y San Pablo a su vez precisa: “Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial” (Ef. VI, 12). Y San Pedro remacha con viveza: “Vuestroadversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar” (I Ped. V, 8 s.). El arma de la fe contra el diablo, es la misma que San Juan nos manda esgrimir contra su aliado el mundo: “Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (I Jn. V, 4).

Por los textos aducidos, y otros que se podrían aducir, aparece manifiesta la fuerza seductora que para los Apóstoles conserva el demonio, aun después de establecida en el mundo la nueva economía. Mas para que no se juzgue pasajero ese estado de cosas, y que con el desarrollo posterior del cristianismo cesó automáticamente el maleante vagabundeo de Satán, véase el uso tan frecuente que de los textos alegados hace la Iglesia en su liturgia; y en lo que atañe al momento actual, nada mejor para mostrar su fe y esperanza en este punto, que la oración ordenada por León XIII al sacerdote para después de la misa rezada:

“Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. “Imperet illi Deus” supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarumpervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude”.

Aquí la Iglesia, con manifiesta alusión al citado texto de San Pablo y al discutido capítulo XX del Apocalipsis, nos enseña abiertamente, dos cosas:

  1. Que Satán no está aherrojado ni mucho menos, de manera que no seduzca (Ap. XX, 3).
  1. Que algún día, sin embargo, lo estará, pues ella no puede ser desoída.

No negamos que con la primera venida de Cristo, Satán fuera ya ligado de alguna manera, y aun de muchas maneras, pero no fué ligado y aherrojado en el abismo de la manera que expresa el texto apocalíptico, para que no engañase más a las naciones. Y tal manera es cabalmente la que pide la Iglesia con la oración litúrgica “Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, in infernum detrude”. Y de aquí nuestro argumento: Tal aherrojamiento está aún por venir. Pero tal aherrojamiento vendrá infaliblemente, en fuerza de la oración y de la profecía, y con él el reinado de los mil años que a él va vinculado (Ap. XX, 3 s.). No negamos tampoco la identidad por todos reconocida del reino de los mil años con el reino fundado por Cristo en su primera venida. Como es, o puede ser, el mismo, el soldado que lucha en la guerra y el que goza luego del triunfo, así la Iglesia inmortal que ahora lucha con las armas de la fe, es la que luego, en el mismo campo de batalla, gozará del triunfo obtenido sobre sus dos grandes enemigos, el mundo y, su aliado el demonio. ¡Oh, si entendiera de una vez el mundo lo que el Espíritu Santo proclama constantemente por la Iglesia, es a saber, “que el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado” (Jn. XVI, 11), y sólo falta ejecutar de lleno esa sentencia, que alcanzará asimismo al mundo, si no deja de conspirar con Satán! ¿Cuándo vendrá esa ejecución? Cuando, al sonar de la séptima trompeta, haya cambio de guardia, es decir, el mundo cambie de soberano, para quedar de hecho, que de derecho ya lo está, a las órdenes de Cristo, según suenan estas voces: “Se hizo el reino del mundo de Nuestro Señor y de su Cristo” (Ap. XI, 15)[1], que es el hito y ápice final hacia el que hay que colimar los grandes vaticinios de los antiguos profetas sobre reino mesiano, según se dice expresamente en Ap. X, 7: “En los días de la voz del séptimo ángel, cuando vaya a tocar la trompeta, se consumó el misterio de Dios como lo evangelizó a sus siervos los profetas”. Esas profecías no miran tanto al establecimiento de la Iglesia en el siglo presente, cuanto a su consumación en el siglo futuro, o tercer mundo de San Pedro (II Pet. III, 7 ss.). De aquel había dicho San Pablo que pasa: “la apariencia de este mundo pasa” (I Cor. VII, 31), y aquí el ángel dice que está para terminar, “tiempo ya no habrá” (Ap. X, 6) pues un nuevo mundo está para alborear con el dicho cambio de guardia, o transferencia de poderes, al sonar de la séptima y última trompeta (Ap. XI, 15 ss.). Cuanto a seguida se estampa en el Apocalipsis, desde el capítulo XII al XX, no son más que los trámites de esa trasferencia forzosa, con la eliminación sucesiva de sus adversarios en el juicio universal de las naciones o de vivos; y una vez apresado e inutilizado también Satán, el primero (Ap. XII) y último adversario (Ap. XX), comienza el reinado efectivo de Cristo y sus santos a tenor de estas palabras sacramentales: “Y ví tronos y sentáronse en ellos y les fue dado juicio” (Ap. XX, 4; cf. Dn. VII, 27), con esa ecuación de los vocablos “juicio” “reinado”, que ya conocemos, y que San Pablo consagra, cuando conjura a Timoteo por Jesucristo, “el cual juzgará a vivos y a muertos, tanto en su aparición como en su reino” (II Tim. IV, 1).

6. EL REINADO DE CRISTO CON SUS SANTOS

La destrucción de Babilonia-Roma y los terribles golpes de mano de Edón, Josafat y Armagedón, con el subsiguiente aherrojamiento de Satán, constituyen los actos capitales, para la limpieza de los maleantes en el gran juicio escatológico de vivos, de carácter francamente social. Preparado así el terreno, el reinado pacífico de Cristo con sus santos que es el reverso de ese juicio, puede comenzar. Muchos, sin atender a la articulación inmediata de tales acontecimientos, trasladan a la historia de la Iglesia ese reinado, haciéndole comenzar bien en la fundación de la Iglesia, bien en la paz constantiniana, bien en la institución del Sacro Romano Imperio. Mas para la solución de los problemas que suscita este extraño reinado, poco o nada aprovecha hacer histórico ese período, pues el asunto primariamente es cuestión de naturaleza y no de tiempo, y la naturaleza subsiste la misma, lo mismo en un tiempo que en otro. ¿Qué es en realidad lo que en Ap. XX se quiso significar con ese singular reinado? He ahí el problema. La solución al problema así planteado, no es fácil captarla en todos sus extremos, pero bien se deja captar en algunos de ellos, siempre que no se disloque el evento del ambiente escatológico, en que aparece enclavado, pues aquí todo cuanto prepara, acompaña y sigue a ese reinado, todo reviste ese carácter… Y comenzamos por notar que preferimos aquí el nombre de “reinado” al de “reino”, porque eso hay aquí realmente, un reinado especial de Cristo dentro de su único reino que es la Iglesia, ya que es cosa averiguada que dentro de un mismo reino puede haber varios reinados o maneras de reinar. Así se comprende por qué los santos correinantes no parecen ser todos, sino algunos escogidos (Ap. XX, 4; cf. XVII, 14)[2], ni se dicen constituir el reino, sino reinar con Cristo (Ap. XX, 4. 6). Lo que se supone in recto es el reinado; el reino solo está in obliquo. Apurando más el concepto de reinado, según la ecuación varias veces apuntada, reinado es aquí un equivalente de juicio, que por eso se dice al constituir los correinantes: “Y les fue dado juicio” (Ap. XX, 4), una verdadera continuación del juicio universal de vivos, antes dirigido contra los impíos (la ira), y ahora en favor de los justos (la misericordia). Tomados, pues, específicamente “juicio” y “reinado” son el anverso y el reverso de un mismo juicio universal, tomado en sentido genérico. Es el que todos esperamos, cuando decimos “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos”. Con esto habríamos dado una explicación cómoda a la promesa del céntuplo en la palingenesia (Mt. XIX, 28 s. y par.); cuya inteligencia sigue fluctuante hasta el presente. Según la promesa, los Apóstoles y cuantos sigan sus huellas, serán asesores (= correinantes) de Cristo en el juzgar. Mas ¿en cuál acto judicial? No ciertamente en el final de muertos, pues ni rastro de ello se descubre en la descripción que de él se hace, lo mismo en Mt. XXV, 31 ss., que en Ap. XX, 11 ss. Será por tanto en el universal de vivos. Y esta conclusión, que por exclusión sacamos aquí, nos la da en términos San Pablo, cuando dice: “¿No sabéis acaso que los santos juzgarán al mundo?” (I Cor. VI, 2). Y porque nadie pensase que una tal palingenesia judiciaria había comenzado ya, según la acepción que a esa palabra da el Apóstol en Tit. III, 5 (cf. Jn. III, 3 ss.), se dejó decir poco antes: “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor” (I Cor. IV, 5). La palingenesia judiciaria coincide, pues, con la parusía, o venida del Señor a juzgar, en primer término con el juicio de vivos, en que el Señor tendrá asesores, a diferencia del final de muertos, donde no aparecen los asesores por ninguna parte, sino que todos, justos y pecadores, nos presentaremos ante el tribunal de Cristo para ser juzgados[3], hecho éste al que aludiría el Apóstol cuando escribe: “Pues todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, a fin de que en el cuerpo reciba cada uno según lo bueno o lo malo que haya hecho” (II Cor. V, 10). No obstante la distinción bíblica entre el juicio de vivos y el de muertos Cristo no vendrá dos veces a juzgar sino que en una misma venida y parusía continuada el Señor juzgará primero a los vivos en un juicio-reinado harto complejo, y luego a los muertos en el juicio final harto sencillo, con que acaba el orden temporal y comienza el  eterno.

[1] Tema en extremo interesante. Para comprender bien ciertas expresiones del Nuevo Testamento es preciso distinguirla sentencia de su ejecución, cosa que muchos pasan por alto, y a su vez, en esta última, hay que tener en cuenta las diversas y sucesivas ejecuciones (sellos, trompetas, copas), pues no se trata de un solo acto sino de varios. No está del todo claro si el autor distingue esto último, aunque por lo que sigue parecería que sí.
[2] Ya hemos dicho AQUI que, en nuestra opinión, son todos los santos los que tienen parte en la primera resurrección y consiguiente reinado de mil años.
[3] No creemos que ese juicio ante el tribunal de Cristo sea el mismo que el juicio final de Ap. XX, 11-15y tampoco que todos se presenten ante el tribunal del juicio narrado en el cap. XX, sino todos los que no han tenido parte en la primera resurrección.
7. LAS DOS RESURRECCIONES

En función de los dos juicios San Juan pone dos resurrecciones. Los de la primera resucitan para juzgar, o sea reinar, en el juicio de vivos, y los de la segunda para ser juzgados en el juicio final de muertos. La primera es propia de algunos felices privilegiados; la segunda es común a buenos y a malos, no exclusiva de los malos como sostuvo el error de Nepote[1]. A la resurrección primera, o de privilegio, parece aludir el divino Maestro, hablando de aquellos, “los que hayan sido juzgados dignos de alcanzar el siglo aquel y la resurrección de entre los muertos” (Lc. XX, 35). Eco de estas palabras del Señor serían las expresiones apocalípticas: “¡Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor desde ahora!” (Ap. XIV, 13 gr.); “¡Bienaventurados los llamados al banquete nupcial del Cordero!” (Ap. XIX, 9; cf. III, 20); “Bienaventurado y Santo el que tiene parte en la resurrección” (Ap. XX, 6).No es de extrañar que en antiguas liturgias se pidiese el tener parte en la resurrección primera. Admitido sin mayor dificultad todo esto, pues la Escritura no puede ser anulada (Jn. X, 35), surge la cuestión batallona sobre si la primera resurrección es o no corporal, ni más ni menos que la resurrección final de buenos y malos. Nosotros nos podríamos ahorrar en meternos en esta cuestión, pues según el plan que aquí nos hemos propuesto, no nos interesa tanto investigar la naturaleza íntima de las cosas, cuanto su futuridad escatológica. Una vez establecida ésta, y articulado el acontecimiento en la serie de los del mismo plano, nos debíamos dar por satisfechos. Como no podía ser menos, ante la evidencia del sagrado texto, a la resurrección primera todos la articulan con el reinado de los mil años, pero a tenor del puesto y significación que a ese reinado se concede, así es la significación mínima que se da a la resurrección primera. ¿Comienza el milenio con el cristianismo? Pues esa resurrección significaría el paso de las almas a la vida nueva. ¿Comienza con la paz constantiniana? Entonces esa resurrección sería el culto tributado a los mártires tras las persecuciones sangrientas. ¿Comienza con la institución del Sacro Romano Imperio y destrucción de la herejía iconoclasta? Pues la tal resurrección significaría el triunfo del culto de los santos en la liturgia cristiana. ¿Comienza, en fin, el milenio, según los escatologistas con el reinado de Cristo con sus santos como una continuación necesaria del juicio universal de vivos? Entonces la significación mínima que se concede a la resurrección primera, es la exaltación de las almas de los mártires, confesores, etc. (cf. Ap. XX, 4) en la participación de la potestad real y judicial de Cristo en el juicio-reinado universal de vivos, según promesas muchas veces repetidas: “En la regeneración (gr. palingenesia), cuando el Hijo del hombre se siente sobre su trono glorioso, os sentaréis, vosotros también…” (Mt. XIX, 28 y par); “Y al vencedor, esto es, al que guardare hasta el fin mis obras, le daré autoridad sobre las naciones” (Ap. II, 26); “Al vencedor le daré sentarse conmigo en mi trono” (Ap. III, 21); “¿No sabéis acaso que los santos juzgarán al mundo?” (I Cor. VI, 2). Es cuanto dice San Juan: “Y les fue dado juicio… y reinaron con Cristo mil años”. Y antes había dicho el Maestro: “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt. XIII, 43). Y antes el autor de la Sabiduría, recogiendo toda la tradición profética: “Brillarán los justos y discurrirán como centellas por un cañaveral. Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos. El Señor reinará sobre ellos eternamente” (Sab. III, 7 s.), etc. La significación mínima de resurrección, dicha también espiritual en oposición a la corporal, se salva en todas las explicaciones del milenio, lo mismo en las históricas que en la escatológica. Para nuestro objeto esto debería bastar. Si insistimos, pues, en mover la cuestión de la significación máxima, es decir, de la corporalidad de los resucitados, no es por exigencias del milenio, nótese bien, sino por otra razón más poderosa, que nosotros no acertamos a eludir. Es el caso que San Juan presenta las dos resurrecciones, como complementarias la una de la otra (Ap. XX, 5). En la primera resucitan los dichos, y en la otra, al cabo de los mil años, “los demás”, “los restantes” (coeteri, οἱ λοιποὶ). O se admite, pues, que es corporal la  primera resurrección, o se niega la universalidad de la resurrección corporal, pues en la general no resucitan más que “los restantes”. Según el sentido obvio del  sagrado texto, solo admitiendo que la primera resurrección es corporal, se salva el dogma de la universal resurrección de la carne, resucitando parte en la primera (Ap. XX, 4s.) y los demás en la final (Ap. XX, 5.12 s.) y entre ambas todos, y no hay más que pedir. Objétase contra la resurrección corporal bipartida, que los muertos han de resucitar todossimul, o como dice la Escritura, “en el último día” (Job. XIX, 25; Jn. VI, 39 ss.; XI, 24), “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final” (I Cor. XV, 52). Es probado que la resurrección será simul, pero no con simultaneidad absoluta, sino relativa, lo que implica el “in novissimo die”, que es de una latitud indefinida. Se trata del día grande y terrible del Señor, por otro nombre la palingenesia, que más que un día de veinticuatro horas (cf. Zac. XIV, 7), se parece a uno de aquellos días genesíacos, proporcionado a la grandeza del obrero y de las obras que en él se realizan, de las cuales hemos expuesto algunas. La misma amplitud tiene el “in novissima tuba” que es la séptima y última trompeta apocalíptica (Ap. XI, 15 ss.), con que se anuncia ese día grande y terrible del Señor, el día del juicio-reinado, que ya anunciaron antes los profetas (Ap. X, 7) y que luego se describe por menor desde el cap. XII al XX del Apocalipsis. Ambas resurrecciones, pues, la primera y la final tendrán lugar en ese grande y terrible día novísimo. Lo de “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos“, más que a la simultaneidad miraría a la instantaneidad de la resurrección, sea la primera sea la segunda, como se dió ya una vez en la de Cristo y su Madre y hubo de darse tal vez en la de otros santos resucitados (cf. Mt. XXVII, 52 s.). Las expresiones claras y terminantes de Ap. XX sobre ambas resurrecciones no pueden ceder ante otras menos matizadas del sagrado texto, salvo siempre el juicio inapelable de la Madre Iglesia, al cual nos remitimos en ésto como en todo.

[1] Notemos solamente que junto con los santos también resucitarán algunos malvados para ser arrojados a la gehena antes del juicio final. Nos remitimos a lo que ya dijimos en otra oportunidad AQUI.

8. PRESENCIA DE LOS RESUCITADOS EN EL REINO

Es evidente que si Cristo ha de venir a juzgar y reinar entre los vivos, que ha de estar entre los hombres con una presencia diferente de la que antes tenía. Esa será la parusía. Pero una cosa es la presencia, todo lo real y eficaz que se quiera y otra la visibilidad[1]. Según la respuesta del S. O. del 12 de julio de 1944, ésta no se puede enseñar seguramente: “vendrá visiblemente a esta tierra para reinar… no puede enseñarse sin peligro”, al menos por lo que atañe al reinado de los mil años, que es el objeto directo del decreto. Y nosotros, algunos años antes en nuestra Summa isagogico-exegetica in libros [N.T.][2], Romae, 1940, pág. 280/281, haciendo extensiva la doctrina a los santos correinantes, escribíamos: “Cristo y los santos que han de resucitar, que serán dignos de aquel siglo y de la resurrección, no permanecerán en la tierra como sostuvieron los quiliastas insanos (Cerinto, Montano, Nepos, Apolinario), y tal vez también los sanos (Justino, Ireneo, Hipólito, Tertuliano, Lactancio y otros), sino más bien invisibles, como corresponde a los cuerpos incorruptibles. En efecto, el descenso [del Señor] destruirá el efecto de la Ascensión; por lo cual Cristo y los santos estarán en el reino futuro de los mil años entre los hombres [viadores], pero casi en el mismo estado en el que estaba Cristo resucitado durante los 40 días antes de su Ascensión[3]. En sustitución de dos llamadas, no tan acertadas según nuestro modo de ver actual, se han entreverado esas dos palabras, que van entre corchetes. Lo demás está como en la Summa, que puede así considerarse como un feliz antecedente del decreto del S.O. Hoy nos atreveríamos a precisar más la doctrina invisibilista tomándola no sólo por más segura, sino por cierta[4]. El Señor tras su espectacular Descenso (Script. pass.),bien diferente de su primera aparición y la de su obra entre los hombres (cf. Lc. XVII, 20), se hace “el Dios escondido”, de que nos habla Is. XLV, 15. Lugar de su escondimiento, desde donde hará sentir fuertemente su presencia invisible, el novísimo Templo de Jerusalén, dedicado al culto cristiano, y no al mosaico pese a ciertas apariencias y de cuya futura existencia apenas es posible dudar, dado que el último anticristo se lo disputará temerariamente al mismo Cristo, según II Thes. II, 4; Ap. XI, 1 ss.; XIII, 6; cf. Ez. XLIII, 7; Ag. II, 7-10; Mal. III, 1 etc. etc.[5] El nombre que al tenor se le dará en ese nuevo estado es el de “Señor de toda la tierra”, como es de ver en Miq. IV, 13; Zac. IV, 14; Ap. XI, 4, etc., con relación manifiesta al novísimo templo. La nueva denominación rima bien con la doctrina de San Pablo sobre la sujeción a Cristo Jesús del futuro orbe de la tierra, sujeción que todavía no es un hecho, pero que lo será algún día (Hebr. II, 5 ss.; cf. X, 13). Ni son estos los únicos textos que ilustran tales atisbos. La misma invisibilidad que a Cristo Rey hay que atribuir a los santos correinantes. Aun suponiendo que su resurrección es corporal, los santos han de estar en estado de invisibilidad respecto a los hombres viadores lo mismo que Cristo, de cuya gloria y poder participan, y al parecer ni si quiera se establecerán en nuestro suelo sino que quedarán con Cristo en la región del aire, a donde subirán a encontrarle en su venida. A ellos se unirán no pocos de los que aún vivan, pasando de un vuelo de la vida mortal a la inmortal: “Porque el mismo Señor, dada la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitaran primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. (I Tes. IV, 16-17)”. Es bien de notar esa asunción a la vida inmortal de los que aún viven la vida terrestre, tan en conformidad con estas palabras del Maestro: “Entonces, estarán dos en el campo, el uno será tomado y el otro dejado; dos estarán moliendo en el molino, la una será tomada y la otra dejada”. (Mateo XXIV, 40 s. y par). Los que quedan aquí, naturalmente continúan su vida de viadores. Los que son arrebatados, comienzan a vivir su vida inmortal con Cristo, y con El juzgan a los sobrevivientes, y reinan sobre los hombres por mil años. Si tras todo lo alegado, y serenamente expuesto, alguno exclamara todavía, como los cafarnaítas: “Dura es esta doctrina: ¿Quién puede escucharla?” (Jn. VI, 60), sin quitar una jota ni una tilde de lo dicho les podríamos responder con el Maestro: “Las palabras que Yo os he dicho, son espíritu y son vida” (Jn. VI, 63). Quitad de una vez para siempre de la imaginativa el espectro milenarista del visibilismo condenado. Trasformad, si os place, ese reinado de Cristo con sus santos en una peculiar protección y mimo (cf. Is. LXVI, 12 ss.; al. pass.) de Cristo y de los santos para con su Iglesia, la dulce esposa y madre dolorida. ¿Es que no ha de tener también ella su respiro en este suelo? ¿No lo tuvo Cristo su Maestro durante los 40 días que permaneció con sus discípulos, hablándoles cabalmente del reino de Dios? Lo de que la iglesia, es y será siempre militante en este suelo, tiene su más y su menos. Así lo pensaba el profeta Isaías, cuando cantaba alborozado: “Loquimini ad cor Jerusalem et advocate eam, quoniam completa est militia ejus” (Is. XL, 2). Dice que ha dejado de ser militante, completa est militia ejus, que así hay que leer con el hebr. tsabá, y no malitia que se introdujo en la Vulgata. La razón de esa afirmación es clara. No hay militia, sin enemigos que vencer, normalmente externos, y los dos grandes enemigos que la Iglesia tenía, el mundo y el demonio, están o van a estar muy pronto fuera de combate. He ahí la razón de las albricias del profeta cien veces repetidas en esta segunda parte de su profecía que es la consolatoria[6]. Queda, es verdad, el enemigo doméstico del fomes peccati, que seguirá moviendo guerra al hombre hasta su muerte, mas por ser de carácter personal, no afecta directamente a la sociedad, ni aun casi indirectamente, sin los otros dos. Dadme una sociedad donde se repriman eficazmente los escándalos públicos y no se dejen aflorar las sugestiones infernales, y yo os la doy pacífica y sosegada, no sólo con esa paz y seguridad interna, que siempre tuvo y tendrá la Iglesia, sino con esotra externa y social, que le hacía falta, y de que hablan en primer término con profusión de figuras, los profetas. ¿Garantía de todo este orden de cosas? Cristo y los santos entre bastidores, en plan de protección perenne. [1] Este ha sido un feliz cambio en la exégesis del gran sacerdote español. Antes de haber podido leer este artículo, ya le habíamos criticado su distinción entre el mero “advenimiento” de Cristo y su “presencia” o Parusía. Aquí el autor modifica su postura anterior y simplemente distingue entre Presencia “visible” e “invisible”, ni más ni menos que lo que hicimos nosotros, siguiendo la huella del famoso decreto del ´44 y al mismísimo Lacunza. Ver AQUI. [2] Libro inhallable. Si el lector amable nos podría ayudar a conseguirlo, se lo agradeceríamos eternamente. [3] “Christus vero et sancti suscitandi, qui digni habebuntur saeculo illo et resurrectione, non remanebunt in terra ut tenuerunt chiliastae insani (Cerinthus, Montanus, Nepos, Apolinaris), forsitan et chiliastae sani (Justin., Iren., Hipol., Tertull., Lactant., alii), sed potius invisibiles, ut decet corpora incorruptibilia. Nimirum Descensio [Domini] destruet effectum Ascensionis; quare Christus et sancti in futuro regno mille annorum, erunt quidem inter homines [viatores], sed in eo ferme statu, in quo erat Christus suscitatus per 40 dies ante Ascensionem suam.” [4] Como se vé, el cambio ha sido bastante radical, pero para quien sigue la letra de las Escrituras la certeza de un reino presente, aunque invisible, de Cristo con sus Santos se impone necesariamente.

[5] Muchísimas cosas para decir en este párrafo que, junto con los siguientes, nos parecen lo mejor de todo este trabajo y nos recuerdan por momentos a Lacunza. Digamos aunque más no sean tres palabras: a)La exégesis de Isaías sobre el “Dios escondido” es simplemente sublime. No la habíamos visto en ningún otro autor y nos parece un hallazgo felicísimo de Ramos García. El contexto muestra a las claras que la referencia es posterior a la liberación y fin del cautiverio de Israel y que coincide con la conversión de las Naciones. b)El autor afirma claramente que el Anticristo profanará el Templo de Salomón reconstruído. Esto nos parece bastante obvio pero lamentablemente son muchos, y entre ellos algunos milenaristas, los que alegorizan todos esos pasajes. c) El tema de los sacrificios judíos en el Templo es demasiado complejo como para decir algo definitivo al respecto. Nosotros seguimos a Lacunzaen este escabroso tema pero aquí, sin entrar en disputas, nos basta con que el autor reconozca que “en apariencia”, léase: “según la letra del Texto”, el nuevo Templo va a ser consagrado al culto mosaico. A la afirmación del autor nos parece que le faltan dos pequeñas precisiones: por un lado que el culto mosaico no solo que no sería exclusivo sino que será totalmente secundario del culto Cristiano, es decir de la Misa; y por otro lado no volverían todos los ritos, ceremonias y sacrificios sino sólamente algunos. [6] Independientemente de la traducción que corresponda, creemos que yerra aquí el autor, y por las siguientes razones: 1) Isaías no está hablando de la Iglesia sino de Israel: a) El misterio del Cuerpo Místico es una revelación del Nuevo Testamento ( III, 8 s; Col. I, 25 s.). b) Sin salirnos del capítulo XL, vemos que le habla a Jerusalén ( 1), a Sión-Jerusalén-ciudades de Judá (v. 9) y a Jacob-Israel (v. 27). c) Al pueblo de Dios se le consuela porque ha sido expiada su culpa y porque ha recibido el doble por sus pecados. Nada ésto se puede decir de la Iglesia. 2) Comparemos el texto de Isaías con el del Eclesiástico y veremos que son como un eco el uno del otro: Is. XL, 1: “Consolad, consolad a mi pueblo dice Dios, etc.”. Eccli. XLVIII, 27: “Isaías vio la gloria de Dios y consoló a los que lloraban en Sión, etc.”.

CONCLUSIÓN DE LA PRIMERA PARTE

Como colofón a todo lo expuesto pongamos de resalto el nudo central de todo este drama y su desenlace fulminante. El mundo todo estaba en poder de Satán, a quien por eso se llama repetidas veces el “Príncipe de este mundo” (Jn. XII, 31; XIV, 30; XVI, 11; cf. Ef. VI, 12), y por vivir con él en infame contubernio, especifica San Juan que “el mundo entero está bajo el Maligno” (I Jn. V, 19). Vino Cristo a deshacer ese contubernio infame: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (I Jn. III, 8). Pudo condenar a ambos igualmente, mas optó por separarlos, dando al diablo sentencia de expulsión del mundo, y al mundo un plazo de salud (II Pet. III, 15; II Corintios VI, 2 etc.), para que volviera a su Hacedor y Salvador: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será expulsado y Yo, una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí” (Jn. XII, 31 s.; cf. Heb. II, 14). En el depósito de la fe hay, pues, un hecho indubitable, y es la sentencia de reclusión que pesa sobre el diablo, y la amenaza consiguiente contra el mundo si no se da por entendido (cf. Jn. XVI, 8-11). Desde la aparición de Cristo entre los hombres, el diablo no tiene sobre el mundo más que un dominio precario, que se irá restringiendo poco a poco con la acción constante de la Iglesia, mientras dura el pazo de gracia concedido al mundo[1]. Pasado este plazo, a la obralenta de la Iglesia sucederá la obra violenta del Señor en su parusía, “en llamas de fuego, tomando venganza en los que no conocen a Dios y en los que no obedecen al Evangelio” (II Tes. I, 8), juicio inter vivos, de un carácter eminentemente social, que según expusimos oportunamente, se desdobla en varios actos sucesivos. Paralelos a éstos hay una serie de actos misteriosos, ordenados a la expulsión efectiva del demonio, con que se le arroja primero del cielo a la tierra (Ap. XII, 7-17) y luego de la tierra al abismo (Ap. XX, 1-3), como actualmente pide la Iglesia de continuo, y su oración no puede quedar defraudada. El cielo de que es arrojado primeramente Satán, es el lugar simbólico de la Iglesia[2], donde aparece a San Juan la simbólica mujer apocalíptica (Ap. XII), “mas la Jerusalén de arriba… que es nuestra madre” (Gal. IV, 26), a tenor de estas otras palabras del Apóstol “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. III, 20). Ahí vienen variamente connotados los hijos de la libre. En la tierra, por el contrario, se simbolizan los hijos de la esclava, “los hijos de Agar, que van en busca de la prudencia que procede de la tierra” (Bar. III, 23), o sea los poderes mundanos, más o menos hostiles a la Iglesia. Pero aun de ahí será excluido Satán, cuando aniquilados los estados apóstatas, o renuentes, en el inicio universal de las naciones, se le hunda, por modo de decir, la tierra bajo los pies, se le precipite en el abismo, que es su propio lugar bien merecido. Excluido Satán del cielo y de la tierra, ocupan felizmente su lugar el Cristo vencedor y los santos vencedores (cf. Ap. II, 26 ss.; III, 21). A la atmósfera maléfica, invisible, pero eficaz, del demonio y sus satélites (Ef. VI, 12), se sustituye esta vez la atmósfera benéfica, invisible también y mucho más eficaz, de Cristo Rey y de los santos correinantes, en un reinado, que por razón de los vasallos, es aún de condición terrestre, limitado en el tiempo y sujeto a ciertas vicisitudes humanas (Ap. XX, 7 ss.), para continuar después del juicio final (Ap. XX, 11 ss.) en un orden inmutable y eterno (Ap. XXI-XXII[3]).

[1] Énfasis nuestro. Realmente es increíble encontrar semejante afirmación en este autor. [2] ¿Hasta cuándo seguirán los exégetas aplicando literalmente el capítulo XII del Apocalipsis a la Iglesia o a la Virgen? [3] En realidad los capítulos XXI-XXII no son posteriores al Milenio sino su descripción.

SEGUNDA PARTE

LA PRESENCIA DE ISRAEL EN EL REINO MESIANO

La presencia de Israel en las grandes profecías del Antiguo Testamento, como sujeto de las promesas divinas y aun como protagonista de las grandes empresas mesianas, es un hecho a todas luces evidente. Basta abrir, v. gr., cualquier página de Isaías, para ver queIsrael llena el pensamiento del profeta, y ha de llenar algún día el mundo entero (cf. Is. XXVII, 6), cuando Jerusalén, antes desolada y desierta, vuelva a ser el centro de atracción e irradiación universales. La exégesis fluctúa al hacer la aplicación y dar la explicación de tales vaticinios[1].

1. LA SOLUCIÓN HISTÓRICA

Leyendo aquellas afirmaciones en los profetas anteriores al cautiverio babilónico, se pudo pensar que tales promesas tuvieron su cumplimiento a la vuelta del dicho cautiverio bajo la égida de Zorobabel y Esdras. Y esa es en el fondo la explicación de ciertos exegetas. Se advierte, es verdad, un gran contraste entre la magnificencia de los vaticinios y la mezquindad de aquella restauración postbabilónica. No hay adecuación perfecta entre la profecía y su cumplimiento histórico, pero eso se debería, según dicen, al modo de expresarse los profetas, de un idealismo y patriotismo a toda prueba. Sin embargo, esta solución no pasa de ser especiosa en tantos casos. Efectivamente, los autores postexílicos, que eran naturalmente los llamados a aplicar esos vaticinios a su tiempo, proyectan su cumplimiento a un tiempo posterior, como es de ver en la oración del autor del Eclesiástico, donde con alusión perpetua a los profetas anteriores se expresa así en el capítulo XXXVI:

“Renueva los prodigios, y haz nuevas maravillas. Glorifica tu mano, y tu brazo derecho. Despierta la cólera, y derrama la ira. Destruye al adversario, y abate al enemigo. Acelera el tiempo, no te olvides del fin; para que sean celebradas tus maravillas. Devorados sean por el fuego de la ira aquellos que escapan; y hallen su perdición los que tanto maltratan a tu pueblo. Quebranta las cabezas de los príncipes enemigos, los cuales dicen: “No hay otro fuera de nosotros”. Reúne todas las tribus de Jacob; para que conozcan que no hay más Dios que Tú, y publiquen tu grandeza, y sean herencia tuya, como lo fueron desde el principio. Apiádate de tu pueblo que lleva tu nombre, y de Israel a quien has tratado como a primogénito tuyo.Apiádate de Jerusalén, ciudad que has santificado, ciudad de tu reposo. Llena a Sion de tus palabras inefables, y a tu pueblo de tu gloria. Declárate a favor de aquellos que desde el principio son creaturas tuyas y verifica las predicciones que anunciaron en tu nombre los antiguos profetas. Remunera a los que esperan en Ti, para que se vea la veracidad de tus profetas; y oye las oraciones de tus siervos, según la bendición que dio Aarón a tu pueblo, y enderézanos por el sendero de la justicia. Sepan los moradores todos de la tierra, que Tú eres el Dios que dispone los siglos”. (Eccli. XXXVI, 6-19).

Nótese la razón, tan significativa, que da de lo que pide a Dios, que es el haberlo prometido en su nombre los profetas anteriores, y en ellos y por ellos el mismo Dios, que contemplando sin celajes la serie de los siglos, no se puede engañar al revelarnos lo futuro. A tenor del contexto de los aludidos vaticinios, pudo pensar que su horizonte profético era la vuelta del cautiverio, pero Él sabe muy bien que no es así, sino que hay que retroceder ese horizonte hasta otro tiempo (cf. Dn. X, 14; Hab. II, 3); y por eso pide al Señor que acorte las distancias, y le cumpla cuanto antes a su pueblo lo que tantas veces le tiene prometido, y ante todo la vuelta de las tribus, que por lo visto no quedó cumplida con la vuelta de aquella cautividad. Alguien tal vez se inclinará a pensar que una tal interpretación de los antiguos vaticinios surgió en la mente del Sirácida a última hora, en vista de la decepción producida por la restauración postbabilónica. Pero la verdad no es esa. Ya a primera hora Zacarías, vuelto del cautiverio entre los primeros repatriados, en la recapitulación de vaticinios de los profetas anteriores, que hizo con ocasión de una consulta de Israel sobre el ayuno (Zac. VII-VIII), toma los dichos vaticinios con la misma proyección hacia un futuro indefinido; y antes había establecido el principio en que se funda esa proyección, y es que Jesús, Zorobabel y demás artífices de aquella restauración eran varones de presagio (Zac. III, 8), y consiguientemente, toda aquella restauración histórica presagiaba una restauración ulterior.

2. LA SOLUCIÓN ALEGÓRICA

La manera más corriente de explicar tales vaticinios, es que en su sentido más profundo no miran a Israel, sino a Cristo y a su Iglesia, en quienes se concentra y sublima la obra de liberación y salvación, que en esos vaticinios se dibuja. Es verdad que allí suena Israel, y a Israel se hacen, según la letra, tan magníficas promesas, pero el espíritu de esos vaticinios trasciende evidentemente todos los lindes de la historia de Israel, y sólo en la redención mesiana, obra de Cristo y de su Iglesia, tienen explicación y aplicación cumplida. Ni sería otro el pensamiento de San Pablo, cuando en oposición al Israel carnal introduce el Israel de Dios, al final de la epístola a los Gálatas, como expresión de los hijos de Abrahán según la promesa, en oposición a los hijos de Abrahán según la carne, de los hijos de la libre en oposición a los hijos de la esclava (Rom. IV; Gal. IV). Como hijos de la promesa, los fieles cristianos, y no otros, serían el sujeto adecuado de las magníficas promesas mesianas, contenidas en los antiguos vaticinios, particularmente en los de signo babilónico. Ni sería otra la restauración ulterior, presagiada en aquella restauración histórica, que la fundación de la Iglesia y establecimiento del cristianismo, o ley perfecta de la libertad (Sant. I, 25), en todo el mundo. Sepamos ver el espíritu que libera y vivifica a través de la letra que mata (II Cor. III, 6.17), la realidad a través de la figura, y eso es todo. Hay aquí un gran fondo de verdad, pero rezuma todo ello alegorismo alejandrino, y no es ciertamente este carácter la mejor recomendación de esta manera de exégesis. Desde luego, la letra que mata, en oposición al espíritu que vivifica, de que habla San Pablo (II Cor. l. c.), no es, como quieren los alegoristas, la Escritura tomada en sentido literal, sino la ley mosaica de las obras en oposición a la justificación por la fe (II Cor. ib.; cf. Rom. III, 27 s.)[2]. El alegorismo alejandrino, expulsado ya en buena hora de los libros históricos y didácticos de la Biblia, se ha refugiado como en un reducto inexpugnable, en un sector importante de los libros proféticos, y desde aquí impone todavía sus leyes, y las impondrá aún por algún tiempo. Pero desde el momento que en el sentido literal se ad-mite universalmente la distinción de propio y traslaticio, que no percibió nunca bien la alegoría, no hay por qué mantener ese sistema de interpretación en los profetas. En ellos, como en el resto de la Escritura, ha de dominar en jefe el sentido literal, cuando propio, propio, y cuando trasladado, trasladado, siempre dentro de la unidad dialéctica del discurso. Esa unidad dialéctica del discurso es cabalmente la que rompe la susodicha interpretación alegórica o espiritual, pues que suele aplicar una parte del vaticinio al Israel carnal y otra al Israel de Dios. Al Israel carnal la apostasía del pueblo, la conminación del largo cautiverio en castigo de sus extravíos y un retorno cualquiera a su tierra con no sé qué restauración anodina. Al Israel de Dios, en cambio, se le aplica la parte gloriosa del vaticinio, con una restauración específica en el reino mesiano y toda clase de bienes espirituales, los mismos, nótese bien, que a vuelta de otros muchos bienes materiales, le vienen prometidos al Israel carnal en desquite de tanto peregrinaje, humillación y servidumbre. Es típico, entre otros, el caso de la claudicante (Miq. IV, 6; Sof. III, 19), prefigurada en la misteriosa cojera de Jacob (Gen. XXXII, 31)[3], la cual como tal sería la Sinagoga, mas como recogida y colmada de favores sería la Iglesia. Es evidente que una interpretación así, con esa vivisección del sujeto del discurso, no podía sostenerse en buena lógica, y ha comenzado a ser suplantada por otra, al parecer más racional, en que se cree salvar la unidad del vaticinio.

[1] ¿Pero no es esto exactamente lo mismo que hace el autor, tal como vimos más arriba? [2] Para profundizar este tema nada mejor que el primer capítulo de la obra de Lacunza. No tenemos duda que Ramos García ha sido grandemente influenciado por el genial exégeta chileno en esta parte. [3] ¡Bellísimo! No recordamos haber leído esta hermosa tipología en ningún otro autor. La cojera de Jacob, producto de su lucha contra el ángel, es tipo de Israel, llamada “la que cojea” por Miqueas y Sofonías.

3. LA SOLUCIÓN HOMOLÓGICA

Los partidarios de esta solución discurren una manera de continuidad entre el neomosaísmo y el cristianismo. Entienden por neomosaísmo el mosaísmo renovado durante la restauración postbabilónica, informado de un espíritu de piedad más acendrado que nunca, y de una diametral repugnancia a la idolatría, nunca hasta entonces sentida en Israel. Una tal renovación del mosaísmo, con un espíritu nuevo, que constituye ciertamente el alma de aquella restauración, se presenta a la mente de estos exégetas como un avance del cristianismo en el que históricamente habría de culminar, según el orden de la providencia. Esa providencial ordenación del mosaísmo al cristianismo salvaría la unidad dialéctica del vaticinio en ese espíritu nuevo, que es el meollo de las grandes profecías mesianas, puesdepositado como un germen del seno del mosaísmo Esdrino, había de florecer luego en el cristianismo integral, que sería así como su natural culminación. Y ese y no otro sería también aquí el pensamiento de San Pablo, plastificado en la figura del niño y del adulto en I Cor. XIII y Gal. IV. La verdad es que en I Cor., con la figura del niño y del adulto no quiere plastificar la diferencia del judío al cristiano, sino el diferente grado de desarrollo en la vida misma del cristiano como tal, y así no hay caso. En la epístola a los Gálatas ya quiere con tal figura significar el diferente modo de ser del judío y del cristiano, pero estos diferentes modos de ser, si externamente tienen alguna analogía, lo cual basta para justificar la figura, en realidad son dos modos antitéticos y no homólogos, cual es el del siervo y el del hijo, según este otro texto más explicito de Rom. VIII: “No recibisteis el espíritu de esclavitud, para obrar de nuevo por temor, sino que recibisteis el espíritu de filiación, en virtud del cual clamamos: ¡Abba! (esto es), Padre”. (Rom. VIII, 15). En esa adopción de hijos tenemos, a no dudarlo, el espíritu nuevo de las profecías mesianas, con que se excluye a todas luces el espíritu mosaico en la mente del Apóstol. La supuesta culminación del mosaísmo en el cristianismo, sin solución de continuidad del uno al otro, es ciertamente contraria al pensamiento de San Pablo, así como al de San Juan, cuando razona, “porque la Ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad han venido por Jesucristo” (Jn. I, 17). A la verdad, en uno y otro Testamento hay elementos indiferentes y elementos característicos de uno o de otro. Al negar aquí el desarrollo vital del Viejo al Nuevo Testamento, no nos referimos a los elementos comunes o indiferentes, sino a los peculiares y característicos de cada uno, que son cabalmente los que entran en juego en los vaticinios de signo babilónico. A menudo se nos anuncia en ellos, particularmente en los tres primeros grandes profetas el establecimiento de un nuevo pacto que ha de suplantar al antiguo, y si otras veces se nos promete con la vuelta del cautiverio la vuelta de realidades anteriores, con los incisos tantas veces repetidos “de nuevo”, “como antes”, “como al principio”, etc., eso no es más que la expresión de la parte corporal, pero ese cuerpo ha de ser vivificado por la infusión de un espíritu nuevo, que no es por cierto una renovación o intensificación del antiguo; y bajo este aspecto, que es el característico, ha de resultar necesariamente una realidad nueva (Rom. VI, 4; VII, 6; XII, 2; II Cor. V, 7; Gal. VI, 5; Ef. IV, 24; Col. III, 10) y no el desarrollo gradual de la antigua. Cuando Cristo Nuestro Señor, en el sermón de la montaña, establece que no vino a destruir la Ley, sino a cumplirla puntualmente (Mt. V, 17 s.), esto debe entenderse en primer lugar de los elementos comunes a ambos Testamentos, como se ve en el desarrollo que de su afirmación hace inmediatamente; y en un sentido más profundo, sin duda quiso decir que a la sombra de la Ley sucede la luz del Evangelio, que es una realidad viviente (Jn. I, 4), presagiada en tantos signos. Como a la idea del artífice corresponde la obra, en que aquella se consuma, así lo que Dios planeó y de tantos modos y maneras nos manifestó en el Antiguo Testamento (Hebr. I), por palabras proféticas, y aun por hechos e instituciones históricas, pronósticos del porvenir, eso es lo que Cristo vino a cumplir y a hacer cumplir en todos sus pormenores. Pero entre la revelación y su cumplimiento, por más adecuados que ellos sean, no hay más que relación de analogía, que nunca se podrá traducir en identidad o sucesión continua, como parece suponer el modo de ver que combatimos. El signo y lo significado pertenecen a dos órdenes diferentes, sin posible transición gradual del uno al otro. El viejo y el nuevo Testamento, como realidades de dos órdenes distintos, hubieron de tener una formulación conceptual también distinta, y por consiguiente, no pudieron caer bajo una misma expresión profética unitaria. Un tal homologismo es imposible. Si el alegorismo rompía la unidad dialéctica del discurso, el homologismo, en cambio, nos brinda una unidad absurda de conceptos.

4. LA SOLUCIÓN SINCRÉTICA

Aquí hemos dado desglosados varios sistemas de interpretación, pero en realidad a menudo se entrecruzan en un mismo intérprete y en una misma exposición. Tal vez no formulan en términos precisos esas distintas posiciones, pero ahora la una, ahora la otra, están presentes y palpitantes en la exégesis de muchos vaticinios, como una especie decómodo achicadero por donde desaguar el desbordante contenido de los mismos. Si bien o mal se encuentra la ecuación de la profecía con la historia de Israel, ahí se paran, sin más averiguaciones; pero si aquella rebasa, que es lo normal, la mezquindad de la historia, entonces se pone en juego uno de los otros dos sistemas, con puerta abierta hacia el mensaje evangélico, en que coincidirían y se darían la mano la profecía y la realidad, sin preocuparse mayormente de la unidad dialéctica del discurso, ya que el uno rompe la unidad del sujeto y el otro bastardea la del objeto. Resultado: el menoscabo de los grandes vaticinios sobre el reino, y tras ese menoscabo el descrédito de la profecía. Como por tales sistemas de interpretación no se lograba una adecuación satisfactoria entre la profecía y la historia, es decir, entre el vaticinio y su cumplimiento, se ha ido asentando en la mente de muchos que tales vaticinios hay que tomarlos así, cum mica salis, sin esa precisión, concreción y  determinación, que arrojan las palabras, y que a vueltas de infinitos ditirambos idealistas y rasgos nacionalistas de poetas orientales, sería arbitrario el pretender descubrir en esos vaticinios algo más que  un común vago fondo mesiano, como unsubstratum, nada más que un substratum, de la nueva economía. Es pacífico que se llegue a esa conclusión, no discurrimiento, a priori partiendo de algún principio cierto de hermenéutica, que no existe, sino a posteriori, en vista del incumplimiento, o cumplimiento inadecuado, de tales vaticinios según la letra, sin sospechar siquiera, que se pudo errar en la aplicación de ellos a un tiempo que no era el suyo, y que lo que no se ha cumplido hasta hoy, se podría cumplir algún día. “Distingue tempora et concordabis jura”, decían los juristas romanos: “Distingue tempora et concordabis vaticina”, decimos y repetimos nosotros. Lo que no se ha cumplido aún, se cumplirá algún día, lo cual no quiere decir que no se haya de cumplir en Cristo y su Iglesia, pues “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebreos XIII, 18)[1]. Admitida la vigencia del sentido literal en toda la Escritura Santa, lo mismo en la profecía que en la historia, y en vista del cumplimiento exacto de tantos vaticinios, según es dado comprobar por las citas del Nuevo Testamento, nosotros a la letra del sagrado texto nos atenemos universalmente, según el principio básico de hermenéutica. Eso sí, a esa letra veneranda, unas veces la tomamos en sentido propio y otras en sentido trasladado según las exigencias del texto y del contexto, pero de una o de otra manera, en evitación de arbitrariedades, hay que salvaguardar las exigencias de la letra, ya gramaticales, ya retoricas, ya sobre todo lógicas, dentro siempre de la analogía de la fe y de las orientaciones de la Iglesia. Ninguna de las cuatro soluciones dadas responde bien a tales exigencias. De ahí la necesidad de excogitar otra.

[1] Completamente de acuerdo con lo que dice el autor. Agreguemos de nuestra parte una pequeña observación. Básicamente hay dos modos, además del literal crudo, de interpretar las profecías no cumplidas: a) La primera dice: “ésto no se ha cumplido literalmente en Israel (v. gr. las promesas de liberación), ergo, se cumplieron alegóricamente de otra manera (v. gr. en la Iglesia)”. Lacunza dirige prácticamente toda su obra para refutar este tan extendido modo de pensar, diciendo que el raciocinio debe ser: “ésto no se ha cumplido literalmente, ergo se cumplirá literalmente”. Sentido común. b) El segundo, y un tanto más sutil, dice: “ésto no se ha cumplido ni hay posibilidad que se cumplaliteralmente (v. gr. la destrucción de Babilonia), ergo se cumplirá de otra manera (v. gr. con la destrucción de Roma o alguna otra urbe dominadora de los pueblos)”. Decimos que es más sutil porque en el primer caso es fácil probar que las profecías que miran a Israel tampoco se han cumplido en la Iglesia tal como está profetizado puesto que las mismas la rebasan por completo; en cambio el segundo razonamiento, del cual no está exento Lacunza, tiene a su favor que admite la literalidad de los vaticinios pero la aplica a otra realidad, más ajustada con el presente y por lo tanto, el único recurso que queda para rebatir ese argumento es negar absolutamente la imposibilidaddel suceso y apelar a la letra de la Revelación a expensas de lo que ven nuestro ojos. Sin dudas esto equivale casi un salto al vacío, pero el estudio de las Escrituras nos ha convencido de una rigurosa exactitud y literalidad en las palabras, y no solamente en lo que concierne a las profecías, ¿por qué, pues, habremos de cambiar en esta ocasión?

LA SOLUCIÓN ESCATOLÓGICA

Casi todos los grandes vaticinios mesianos, por no decir todos, tienen por sujeto a Israel y por objeto final su liberación y restauración definitiva en el nuevo pacto. Luego, so pena de ser falsos, al menos parcialmente, se han de cumplir concretamente en él. Si no se han cumplido, o no se han cumplido de lleno hasta el presente, hay que esperar que se cumplan algún día, como prevé San Pablo en el capítulo XI de la epístola a los Romanos, y ahí es todo[1]. Con eso los vaticinios no se achican, reduciendo las promesas al círculo del pueblo de Israel, pues no excluyen las demás naciones, antes positivamente se incluyen en la participación de los bienes mesianos, con un acrecimiento de bienestar social en todos; “pues si su repudio es reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión sino vida de entre muertos?” (Rom. XI, 15). Por eso los dichos vaticinios no dejan de ser mesianos, pues al cumplirse finalmente en Israel, “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom. XI, 29), no dejan de cumplirse en Cristo y en su Iglesia, antes entonces se cumplirán en ésta con toda su plenitud, cuando se incorpore a ella Israel, que es el primero y principal destinatario de ellos[2]. Incorporado Israel a la Iglesia, automáticamente ocupará en ella el lugar de preferencia. Es un convidado de primera calidad, que retardó su entrada en el festín, pero una vez entrado en él, se le dará el puesto que le corresponde y que nadie podría disputarle[3]. Este es el punto culminante, que por regla general, el ojo del profeta sorprende el cinerama de la nueva economía, y desde ese punto de vista contempla el panorama de la salud mesiana, es decir, no desde su establecimiento en el mundo, sino desde la entrada de Israel en ella. Entre tanto se le espera. Esa es la actitud del Señor (Os. III; cf. Hebr. X, 13), y ésa ha de ser también la de sus fieles. El Espíritu Santo, con delicadeza suma, de ese retardo de Israel reveló muy poco a los profetas. En cambio les prodigó visiones y revelaciones sobre su puesto central en el festín, de manera que a la sazón no es él que aparece incorporado a los demás comensales sino ellos a él (cf. Miq. V, 3; Zac. VIII, 23, etc.)[4]. Y es así que en los profetas de Israel la perspectiva mesiana es Sionocéntrica, en el sentido que Jerusalén, no es tanto el punto de origen de la nueva economía cuanto el centro estable y permanente de atracción e irradiación universales. Se trata de una situación privilegiada y duradera de ese pueblo, vuelto a su país y a su Mesías, después de su secular peregrinaje y abandono.

6. LA TEORÍA ANTIOQUENA

Con la solución escatológica, que es la nuestra, se da la mano la llamada teoría antioquena, para entender lo cual hay que hacer una excursión a la hermenéutica. Es corriente en hermenéutica que el Espíritu Santo anuncia en la Escritura los futuros eventos, no sólo por palabras directas (sentido literal) sino también por medio de las cosas, personas, instituciones, acontecimientos, etc., de que trata, y que toma como signos, tipos, figuras, símbolos, presagios de otros mayores por venir, siempre en el orden de la salud mesiana (sentido real). Esa significación de una cosa por otra depende de la libre voluntad de Dios, y así no podemos certificarnos de ella, si no es por una revelación directa literal, contenida en el texto mismo, o en otro diferente. En este segundo caso tenemos el sentido literal por un lado y el real por otro. Hecha, en cambio, la revelación por el texto mismo, se da propiamente un solo sentido, y ese literal, pero con dos objetos, no dispares, sino en la misma línea; de modo que con una misma letra se signifique el primero, y a través de él el segundo y principal. Tenemos así todos los elementos de la llamada teoría antioquena, o contemplación de los grandes acontecimientos futuros del reino mesiano, vistos a través de otros de mucho menor importancia en la historia de Israel, y expresados unos y otros por una misma letra, que comenzando por referirse directamente al acontecimiento próximo, o tal vez ya presente, se va elevando poco a poco, hasta casi perderle de vista, y fijarse cada vez con más precisión en el objeto remoto. La relación entre ambos objetos es la de presagiante y presagiado, o cosa semejante, siendo siempre lo menos lo que presagia lo más. El criterio para descubrir la presencia del presagiado a través del presagiante, es la exageración misma, con que se describe a éste, y que es una hipérbole sui generis. Y como unas y otras indicaciones, las referentes al presagiante y al presagiado, se hacen en un mismo texto, con una misma letra, de ahí que ambos objetos sean literales, o lo que es lo mismo, tenemos no dos sentidos literales, sino un sentido literal con dos objetos. Los exégetas antioquenos apreciaron ya este fenómeno literario, particularmente en algunos salmos, que según la numeración de nuestra Vulgata son el XV (“Conserva me Domine”), el XLIV (“Eructavit cor meum”), el LXXI (“Deus judicium tuum regi da”) y elLXXXVIII (“Misericordias Domini in aeternum cantabo”), donde se habla directamente de David o Salomón, pero con tal exageración en ciertos pasos, que la letra no tiene ya cabal sentido, si no es en el Mesías, a quien ahí presagian entrambos personajes. El mismo fenómeno literario se advierte por todo el Protoisaías, en las repetidas descripciones que hace de la incursión y destrucción del ejército asirio en Palestina, en tiempo del piadoso rey Exequias, de un color escatológico tan subido, que sin esa proyección ulterior de la invasión y liberación histórica, sería el caso de exclamar con el poeta: “Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus“. Mas, ¿quién se atreverá a poner esa tacha en el príncipe de los profetas, el grande y clarividente Isaías? Pero en ninguna parte se ve tan claro y repetido ese fenómeno, como en el Deuteroisaías, donde casi por todo él se describe anticipadamente la liberación y restauración de Israel, con un alcance y trascendencia francamente escatológicos en el futuro reino mesiano, aunque tomando siempre como punto de partida el célebre cautiverio babilónico, con la vuelta del pueblo a su país y su restablecimiento en él, pero con frase tan ponderativa que para decirlo con expresión vulgar, parece como si el profeta lo contemplara todo con cristales de aumento[5]. Y es que toda aquella mínima realidad histórica era el presagio de otra realidad, incomparablemente mayor, en el cautiverio secular de aquel pueblo, todo él de signo babilónico, porque sería Babilonia-Roma la que lo había de consumar (cf. Lc. XXI, 20-24 y par.), y sólo cuando a la vuelta de todo Israel de ese secular cautiverio, en busca de su tierra y de su natural Señor, el prometido Mesías, se incorpore definitivamente a la Iglesia “al fin de los días” (Os. III), será cuando se cumpla en toda su espléndida magnificencia la restauración prevista y predicada por el gran profeta de Israel, que “vió con su grande espíritu los últimos tiempos” (Eccli. XLVIII, 27). A Isaías y su contemporáneo Miqueas siguen en este punto importantísimo, que es el eje de las profecías, todos los profetas posteriores, los cuales vinculan a la caída de Babilonia y vuelta de su cautividad, no cualquier restauración, sino la restauración definitiva de aquel pueblo, que no abandonará ya más a su tierra ni a su Dios. Y esta perspectiva se perpetúa en el Apocalipsis de San Juan, donde el triunfo de la Iglesia, y en ella el del Israel (cf. Ap. VII; XXI, 12 ss.), viene igualmente vinculado a la caída de la infame Babilonia (Ap. XVII-XVIII), cuyo simbolismo trascendente ya se explicó en la primera parte.

[1] Ver la nota anterior. [2] Tema un tanto complejo, pero la verdad que todo esto no nos termina de convencer, pues entre otras cosas habría que probar antes que nada que Israel entrará en la Iglesia cuando se convierta, que habrá Iglesia Católica en la tierra durante el Milenio, etc. Además, el hecho de que las promesas de los Profetas se extiendan hasta las naciones no quiere decir que se extienda al Cuerpo Místico de Cristo, es más, la distinción que traen los Profetas (y el mismo Apocalipsis) entre Israel y los gentiles al describir el Milenio, parece ser un signo de que no están hablando de la Iglesia Católica. No ignoramos que todo esto presenta sus dificultades, pero solamente lo indicamos para que se tengan en cuenta otros aspectos a la hora de estudiar estos complejos temas. [3] No hay dudas, aunque les pese a algunos, que el rol de Israel, una vez convertido, va a ser clave y primordial, el tema es desde qué lugar. [4] Y entonces, ¿en qué quedamos? [5] Por aquí comenzamos a ver que la posición del autor es un tanto endeble. Nos explicamos mejor: Aceptamos gustosos la distinción entre sentido literal (lo que dice la letra del texto) y típico (personas o sucesos que prefiguran otra futura), pero negamos que la letra de una profecía tenga dos ópticas: una inmediata (tipo) y otra lejana (antitipo). Por caso, en el ejemplo que da el autor hay que tener en cuenta lo que dice Lacunza en su Fenómeno V, aspecto III, párrafo V: “… sólo quisiera hacer advertir o hacer reparar una cosa, que me parece clarísima en Isaías, sin la cual no alcanzo cómo pueda entenderse esta profecía de un modo seguido y natural. Lo que deseo hacer reparar es que desde el cap. XLIX (cuando menos hasta el LXVI que es el último) se nota clara y distintamente que todo es una conversación o una especie de diálogo, en que se ven hablar tres personas, esto es: Dios, el Mesías y Sión. Y todo cuanto hablan parece que es sobre un mismo asunto, o interés, sin salir de él, ni divertir la atención a otra cosa. La primera persona que habla es Dios; y es bien fácil observar que siempre que habla (que es pocas veces y pocas palabras) o habla con el Mesías o habla con Sión. La segunda es el Mesías mismo; Él es el que abre la conversación y hace en toda ella como el papel principal… la tercera persona que habla es la misma Sión, con quien se habla, en la cual se ve una grande y prodigiosa variedad de afectos, todos buenos, todos santos, todos conducentes para la salud o que ya la suponen…”. Esos últimos capítulos hablan, exclusivamente, de los últimos tiempos y si bien es cierto que el Deuteroisaías comienza en el cap. XL, no es muy difícil extender lo que dice Lacunza a esos nueve capítulos restantes. Sobre el tan afamado tema del cautiverio de Babilonia nos remitimos al Fenómeno VII de LacunzaBabilonia y sus Cautivos.

LOS ARTÍFICES DE LA RESTAURACIÓN

El alcance ulterior de los vaticinios de signo babilónico, al menos por lo que se refiere a la restauración de Israel, es afirmado en términos precisos por Zacarías, cuando hablando al sumo sacerdote Jesús, le dice: “¡Oye, pues, oh Jesús, Sumo Sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan en tu presencia! pues son varones de presagio; porque he aquí que haré venir a mi Siervo, el Pimpollo” (Zac. III, 8). Cuantos activamente intervienen en aquella restauración histórica son varones de presagio, viri portendentes. Es la revelación positiva de que aquella restauración, tantas veces anunciada y celebrada por los profetas[1], no es más que un presagio de la verdadera restauración, que tendrá lugar bajo la égida del tsémah (Vulg. “oriens”), o retoño de la dinastía davídica. Esa revelación positiva, normalmente necesaria para dar a conocer la ulterior significación, puesta a veces por Dios en ciertos hechos, aquí se la pudo excusar, pues la letra misma que los vaticina, con su hiperbólica exageración característica estaba indicando suficientemente esa proyección hacia una restauración mucho más gloriosa, que no aquella modestísima (Esd. III, 12; cf. Ag. II, 4; Zac. IV, 10), incapaz de satisfacer a las esperanzas concebidas en la lectura de tales vaticinios, no ya por los judíos carnales, sino aun por espíritus tan selectos como el autor del Eclesiástico (Eccl. XXXVI). Asegurados en este punto cardinal, vamos a investigar uno por uno los factores de esa ulterior restauración de Israel, presagiada en aquella restauración histórica, discurriendo de los artífices de la una a los artífices de la otra. Zacarías, I, 18 ss. tiene una visión en que ve aparecer cuatro astas y luego cuatro artesanos. En las cuatro astas — número que implica universalidad — vienen significadas las naciones que aventaron de su tierra a Judá e Israel, o ayudaron a sus aventadores. En los cuatro artesanos vienen significados los artífices de la restauración, que Isaías viera anteriormente, cuando exclama: “Ya vienen aprisa los que levantarán tus ruinas y tus asoladores huirán lejos de ti” (Is. XLIX, 17). Aunque el número de cuatro indique universalidad, aquí nos resulta muy cómodo ver concretamente en los cuatro artesanos de la visión a los cuatro grandes artífices de la restauración postbabilónica, que son los dos caudillos Zorobabel y Jesús, y los dos profetas Ageo y Zacarías; y en ellos, y a través de ellos, a otros tantos grandes artífices de la ulterior restauración, que son asimismo dos caudillos, el tsémah y un misterioso pontífice, y dos profetas, Elías y Henok redivivos, o quien por ellos.

8. EL TSÉMAH Y EL PONTÍFICE

Como legitimo heredero y representante de la dinastía davídica, el Zorobabel histórico concentraba en sí todas las esperanzas mesianas, vinculadas por un lado a la vuelta del cautiverio y por otro al restablecimiento de la dinastía davídica, según estas expresivas palabras de Miqueas:

“En aquel día, dice Yahvé, recogeré a la que cojea, y congregaré a la desechada y a la que he afligido, y haré de la que cojea un resto, y de la arrojada una nación fuerte; y reinará sobre ellos Yahvé en el monte Sión, desde ahora y para siempre. Y tú, torre del rebaño, collado de la hija de Sion, a tí llegará y volverá el antiguo poderío, la realeza de la hija de Jerusalén” (Miq. IV, 6-8)[2].

Pero Zorobabel no pasó de gobernador de Judea, humilde vasallo de los reyes de Persia. No podía ser él el verdadero tsémah, retoño o vástago real, en quien según la promesa se reintegrara la dinastía davídica. Y para que el pueblo no se llamara a engaño, los dos profetas de la restauración, Ageo y Zacarías, éste con su formal declaración que ya conocemos, y aquel con su manera de hablar, claramente significaron que el Zorobabel que tenían presente no era más que un presagio del verdadero, el cual estaba por venir, aunque vendría sin falta a su tiempo como asegura ahí el Señor: “porque he aquí que haré venir a mi Siervo, el Pimpollo (tsémah)” (Zac. l. c.). Tras la declaración de Zacarías cumple alegar el vaticinio de Ageo, que dice así:

“Habló Yahve a Ageo por segunda vez, el día veinte y cuatro del mes, diciendo: “Habla a Zorobabel, gobernador de Juda, y dile: Yo conmoveré el cielo y la tierra; trastornaré el trono de los reinos y destruiré el poder de los reinos de los gentiles y volcaré los carros y sus ocupantes, y caerán los caballos y los que en ellos cabalgan, los unos por la espada de los otros. En aquel día, dice Yahvé de los ejércitos, te tomaré, oh Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío, dice Yahvé, y te haré como anillo de sellar, porque Yo te he escogido, dice Yahvé de los ejércitos” (Ag. II, 21-24).

Tenemos aquí un caso flamante de la teoría antioquena. Ageo habla ciertamente alZorobabel presente pero sus palabras exceden tanto el modo de ser de su persona, que es imposible no ver cómo en ella y a través de ella, se nos quiere mostrar a un Zorobabelfuturo de mucha mayor envergadura y trascendencia. Ante tamaño personaje el Zorobabelhistórico es ahí poco más que una pantalla, un presagio del verdadero Zorobabel, a quien el Señor revestirá de su autoridad real, significada en el signaculum o anillo de sellar. Zacarías expresará luego también lo mismo por medio de una acción simbólica, donde a vuelta de algunas incorrecciones textuales, aparece la orden de hacer una corona de oro que, guardada en el templo, ha de remembrar aquella que ceñirá el tsémah, porque:

“Así dice Yahve de los ejércitos: “He aquí el hombre cuyo nombre es Pimpollo, el cual germinará en su lugar (“bajo su égida se hará el resurgimiento”) y edificará el Templo de Yahvé”. Él edificará el Templo de Yahvé, y será revestido de gloria; y se sentará para reinar sobre su trono. Él será sacerdote sobre su solio, y habrá espíritu de paz entre ambos” (Zac. VI, 12 s.).

A tenor de estas palabras hemos de concluir que el tsémah o retoño de la dinastía davídica, no es el Mesías en persona, como muchos piensan, y eso por dos razones: Porque el Mesías es Rey y Sacerdote, Sal. CIX (hebr. CX), mientras ahí se reparte la realeza del sacerdocio entre dos personas distintas, quedándose el tsémah con sólo la realeza, y su parigual con sólo el sacerdocio. Esa paridad entre ambos personajes, mientras el Mesías, como tal, no puede tener parejo. En vista de tales textos lo único que cabe pensar es que se trata de sendos vicarios o lugartenientes del Mesías, el uno en lo espiritual, el pontífice, y el otro en lo temporal, eltsémah, ambos de derecho positivo cristiano. Como un día el Señor dió a Pedro las llaves del reino de los cielos, así algún día el mismo Señor dará al vástago de la dinastía davídica la llave de David que ahora guarda en su poder (Ap. III, 7), y así es como por medio de él y de sus sucesores (cf. Jer. XXXIII, 1) “reinará en la casa de Jacob para siempre” (Luc. I, 32), según las profecías (Is. IX, 7; Miq. IV, 7 s.; Dn. VII, 14.27; cf. Am. IX, 11 etc.). En todo caso, estos y otros vaticinios semejantes, aun cuando algunos no miren directamente al Mesías en persona, no dejan de ser estrictamente mesianos. Y ahora, haciendo una excepción a nuestra práctica inveterada de no mezclar las profecías privadas a las públicas, queremos citar unas palabras de la visión que tuvo Don Bosco en 1870, víspera de la Epifanía, pues nos parecen la mejor plastificación de aquel misterioso pacto “Y habrá espíritu de paz entre ambos“. Tras una sombría descripción del próximo porvenir, filtra un rayo de luz y esperanza con estas sugestivas palabras: “Mas he aquí un gran guerrero del norte, que lleva una bandera, y sobre la diestra que la sostiene, está escrito: “Invencible mano del Señor”. En aquel instante el venerable anciano del Lacio le sale al encuentro, agitando al viento una antorcha ardentísima. Entonces la bandera se desplegó, y de negra que era, se tornó blanca como la nieve. En el medio de la bandera, con caracteres de oro, el nombre del que todo lo puede. El guerrero con los suyos hizo una profunda inclinación al anciano, y ambos se estrecharon la mano”. A mis oyentes, o lectores, el hacer los comentarios[3].

[1] Si no nos equivocamos cada vez que los Profetas hablan de restauración, no lo hacen de la vuelta del cautiverio de Nabucodonosor, sino de la que tendrá lugar al fin de los tiempos. [2] Digámoslo de una vez y para siempre en lo que resta de este trabajo: el autor confunde muy a menudo la restauración precaria y parcial que se operará en Israel con la venida de Elías y que incluirá la conversión de muchos, la reedificación del Templo y la restauración del Trono de David, con la restauración total que será obra del Mesías. La restauración parcial será destruída por el Anticristo (muerte de los dos Testigos, profanación del Templo, toma de posesión de Jerusalén, etc.). Por caso, el texto citado de Miqueas se refiere sin dudas a la restauración final ya que Israel es recogida(fin del cautiverio) y Yahvé reina sobre ella desde el monte Sión para siempre. [3] Ay, ay, ay…

9. LA GESTA DEL TSÉMAH EN LAS PROFECÍAS

Uno de los personajes de la futura restauración mejor definidos en las profecías, es el tsémah, germen, vástago, retoño o renuevo de la dinastía davídica, presagiado en el Zorobabel histórico y en quien se hará a su tiempo la restauración de esa misma dinastía, y con ella de todo el pueblo de Dios y del sagrado templo, en unas circunstancias sociales, políticas y religiosas, de gravedad extraordinaria, que él con la ayuda del Señor sabrá superar garbosamente. Muerto en lucha desigual por la justicia, le suplanta, según todos los indicios, el último anticristo. Los términos tsémah, y tsamáh se usan unas cuarenta veces en la Biblia, mitad en los libros proféticos y mitad en los históricos y didácticos. Fuera de los profetas esos vocablos guardan la significación común de “germen” o “germinar”, pero en los libros proféticos, salvo dos o tres excepciones (Os., Ez.), siempre se refieren a la obra escatológica de la gran restauración. Artífice principal de esa obra es el tsémah, personaje ciertamente mesiano, aunque no el Mesías en persona, según lo dicho. Es sólo un vicario o lugarteniente suyo en lo temporal, parejo de su vicario en lo espiritual, prefigurados ambos en el Zorobabel y el Jesús del ciclo babilónico. Para entender esto de raíz, es de saber que Cristo tiene dos tronos, el uno como sacerdote, que es el de Melquisedec, y el otro como rey, que es el de David su padre. Por su vicario en lo espiritual hace siglos que se sienta en el trono de Melquisedec. Algún día se sentará también en el de David por su lugarteniente en lo temporal, al tiempo de la universal restauración prometida y esperada (Hech. III, 20 s.: cf. I, 6 s.), de que no fué más que un rasguño la restauración histórica. A ese gran lugarteniente del Cristo en lo temporal, se le dan varios otros nombres en la Escritura. Y sea el primero y principal el de hijo varón (filius masculus) de Ap. XII, 5 ss., quien con la ayuda de San Miguel (cf. Dn. XII = Is. IV), da la batalla al dragón rojo, y salva a su madre la Iglesia del asedio infernal. Este varón del Ap. XII sería el varón (masculus) deIs. LXVI, 7 s., señal de triunfo y bienandanza, que implica en sí la final rehabilitación de Sión (Is. ib.). Ni sería otro aquel misterioso personaje, a quien el Señor llama “el varón (virum) de mi sociedad”, a cuya muerte se sigue la dispersión de la grey humana, lo mismo en Zac. XIII, 7 s., que en Ap. XII, 5 ss. (cf. Miq. V, 1 y el discreto simbolismo de Is. XXII, 25). Este héroe es, a no dudarlo, el gran caudillo (caput unum) y el pastor único (pastorunus), a quien Os. I, 11; III, 4 s., y Ez. XXXIV, 23; XXXVII, 24, respectivamente atribuyen la reunión de Judá e Israel en un solo reino (cf. Is. XI, 11 ss.), empresa ésta que según Zacarías les ha de costar mucha sangre, así propia como de sus adversarios (Zac. IX, 11-XI, 3). Es el rey justo que celebra Is. XXXII (“Ecce in iustitia, regnavit rex”), y el guerrero irresistible que canta Is. XLI (“Quis suscitavit ab oriente justum?”), que no hay por qué confundir con Ciro, pues trata de un caudillo de Israel, cuyas hazañas se ensalzan a continuación en Is. XLI, 8-16 (= Is. XXIV, 16; Abd. 17 ss.; Miq. IV, 13; V, 8 s.; Ag. II, 21-24; Zac. IX, 13 ss.; X, 5 ss.; XII, 6 ss.; Mal. IV, 2 s.). Como lugarteniente de Cristo Rey, su misión peculiar es hacer justicia y de ella recibe el nombre de justo o justiciero, según hemos podido apreciar ya en varios vaticinios (Is. XXIV, 16; XXXII, 1; XLI, 2), y veremos todavía en otros muchos, a comenzar por el salmo LXXXIV (LXXXV), 9-14:

“Quiero escuchar lo que dirá Yahvé mi Dios; sus palabras serán de paz para su pueblo y para sus santos, y para los que de corazón se vuelvan a Él. Sí, cercana esta su salvación para los que le temen; y la Gloria fijará su morada en nuestro país. La misericordia y la fidelidad se saldrán al encuentro; se darán el ósculo la justicia y la paz. La fidelidad germinará de la tierra y la justicia se asomará desde el cielo. El mismo Yahvé dará el bien y nuestra tierra dará su fruto (yebul). La justicia marchara ante Él y la salud sobre la huella de sus pasos”.

Ese fruto (yebul) que la tierra produce, es el fruto (peri) de la tierra en Isaías, donde es un sucedáneo de tsémah. Véase: “En aquel día el Pimpollo (tsémah) de Yahvé será la magnificencia y la gloria, el fruto (peri) de la tierra, la grandeza y el orgullo de los de Israel que se salvaren (Is. IV, 2)”. Y al tsémah le compete la justicia: “He aquí que vienen días, dice Yahvé, en que suscitaré a David un Vástago (tsémah) justo, que reinará como rey, y será sabio, y ejecutará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días Judá será salvo, e Israel habitará en paz (Jer. XXIII, 5-6. Cfr. XXXIII, 14-17)”.

“Saltad de gozo, hijos de Sión, y regocijaos en Yahvé, vuestro Dios; porque Él os dará al Maestro (dictatorem) de la justicia (Jl. II, 23)”. “Mas para vosotros que teméis mi Nombre, se levantará el Sol de justicia, que en sus alas traerá la salvación; y saldréis vosotros, y saltaréis como terneros (que salen) del establo. Y pisotearéis a los impíos, pues serán como ceniza debajo de las plantas de vuestros pies, en aquel día que Yo preparo, dice Yahvé de los ejércitos (Mal. IV, 2 s.)”.

En virtud de los varios paralelismos, en este texto de Malaquías, hay tres cosas principales que notar, como otras tantas articulaciones que sincronizan el acontecimiento: El protagonista es el sol de justicia (Mal.) = el dictador de la justicia (Joel), el rey justo, o simplemente el justo (Is.) = el tsémah, justo o justiciero (Jer.). La hazaña es la misma que ya notamos en Is. XLI, 8-16, flanqueada con más de media docena de lugares paralelos. El tiempo del evento es “el día que hizo el Señor”, que no sería otro que el de su parusía. En confirmación de esta tercera notación, en el lugar paralelo de Zac. IX, 14 se dice expresamente: “Aparecerá sobre ellos Yahvé, y saldrán como rayos sus saetas; Yahvé, el Señor, tocará la trompeta, y marchará entre los torbellinos del austro”. Y en Hab. III, 3: “Viene Dios desde Temán, y el Santo del monte Farán”. Y luego en III, 13: “Saliste para la salvación de tu pueblo, para salvación de tu ungido”. Cfr. Salmos IIy XCVI (XCVII). A juzgar por estos y otros lugares paralelos (cf. Is. XLII, 13 ss.), tendríamos aquí el primer acto del juicio universal de las naciones (Ap. VI, 12-17); es decir, la llamada hecatombe de Idumea (Is. XXXIV, 1-8 [+ II, 10-22]; Abd. 15 ss.; Joel II, 20 etc.), según lo expuesto en la primera parte, n.° 2. A una acción tan memorable, en que el Señor mismo quiso tomar parte activa, no le pudo faltar el epinicio, y lo tiene muy cumplido en el Salmo CXVII (CXVIII), que comienza así: “Alabad a Yahvé porque es bueno, porque su misericordia permanece para siempre. Diga ahora la casa de Israel: “Su misericordia permanece para siempre, etc.” (léase y medítese todo entero), y el v. 24, con manifiesta indicación de tan gran día, repite con el profeta: “Este es el día que hizo Yahvé, alegrémonos por él y celebrémoslo”. Las múltiples descripciones de esa acción (Is., Miq., Abd., Ag., Zac., Mal., Joel, Hab., Sal. XCVI [XCVII], Ap. XI cc.) todas son horripilantes, y los enemigos del Señor han de quedar aplastados, mas no deshechos, pues a la muerte del gran caudillo reaccionan con ventaja (Ap. XII, 7.13 ss. = Zac. XIII, 7 – XIV, 2; cf. Is. XXXII, 19 – XXXIII, 1 ss.), y bajo la égida del último anticristo triunfan por doquier irresistiblemente (Ap. XIII ss.), de manera que el Señor, ya sin la colaboración del héroe desaparecido (Ap. XII, 15; Zac. XIII, 7; Miq. V, 1; Is. XXII, 25), vese como obligado a intervenir de nuevo (Is. LIX, 16 ss.; LXIII, 1-6; LXVI, 15 ss.; Sal. CIX [CX]; Joel III, 9 ss.; Zac. XIV, 3 ss.; = I Thes. I, 7 ss.; II, 8; Ap. XIV fin; XIX, 11 ss.), para defender su causa y la de su Ungido (Ap. XI, 15-18; cf. Sal. II; Hab. III, 13). Bien se echa de ver por esta rapidísima reseña la trascendencia del Zorobabel escatológico. De mucha menor importancia es la acción del Zorobabel histórico, pues fuera de ser caudillo nada belicoso (cf. Zac. IV, 6) de los judíos repatriados, la profecía sólo le atribuye la reedificación del templo de Jerusalén. Mas no se olvide tampoco aquí que a través de este modesto templo, obra del Zorobabel pacífico, hay que contemplar otro templo, inmensamente más glorioso (Ag. II, 6-9), que levantará el futuro Zorobabel guerrero (Zac. VI, 12-13), o masculus de Is. LXVI, 1.7 s. (cf. Is. XLV, 13; Jer. XXX, 18-24). En efecto, el proyecto de este último templo, diseñado por Ezequiel, cc. XL y ss., aún está por realizarse, pero se habrá de realizar algún día, pues las huestes del último anticristo han de hollar sus atrios (Ap. XI, 2), y el propio anticristo acabará por instalarse en él (Mt. XXIV, 15 y par.), para hacerse adorar como Dios, hasta que “el Señor de toda la tierra” le desplace (II Thes. II, 1 ss.) y llene de gloria el profanado templo (Mal. III, 1 ss.)[1].

[1] Ni una palabra más para agregar. Sólamente observemos una vez más que el futuro (y próximo) Templo no será obra de los enemigos de Dios sino, muy por el contrario, de sus elegidos. Nada hay que temer en este sentido.

10. LOS TESTIGOS DE CRISTO CONTRA EL ANTICRISTO

Tenemos los dos primeros artífices de la restauración escatológica en dos grandes caudillos, el pontífice y el tsémah. Vamos a ver los otros dos, que son dos insignes profetas,Henok y Elías redivivos, según una tradición no despreciable. Aquí no haremos más que resumir lo que en otra parte (La restauración de Israel, en “Est. Bibl.”, año 1949, pág. 75-133) dijimos sobre estos dos profetas. Aparecen juntos en su lucha postrera contra el anticristo o bestia rediviva (Ap. XI, 3.7; cf. XIII, 3; XVII, 11) pero debieron aparecer bastante antes, y por lo que a Elías se refiere es cosa cierta, como veremos oportunamente[1]. San Juan, después de decir de ellos que profetizarán vestidos de saco durante los postreros días del último anticristo, añade: “Estos son los dos olivos y los dos candelabros, los que están de pie delante del Señor de la tierra (Ap. XI, 4 = Zac. IV, 14). Serían, pues, dos pacificadores de primer orden, los mensajeros de la paz, en tiempos los más calamitosos, de que nos habla Isaías XXXIII, 7 (cf. Zac. XIII, 7-9). No vemos la ventaja de ver con Nostradamus[2] (carta a Enrique II) designados en esos dos testigos el Viejo y el Nuevo Testamento, ni tampoco la de sustituir a Henok por Moisés, sin negar por eso el color egipcíaco (cf. Ap. XI, 8) de la gran tribulación del anticristo, la cual habrán de soportar los dos testigos, como Moisés y Aarón hubieron de soportar la del soberbio Faraón. Nos parece mucho más acertado ver ahí, no una representación del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de la Ley natural y la escrita, ambas dando testimonio de Cristo contra el anticristo. Lo que fué Elías en la Ley mosaica, eso fué Henok en la Ley natural, un celador insuperable de los divinos intereses. De los ocho pregoneros de la justicia, a partir de Enós, quien fué “el que comenzó a clamar en el nombre de Yavé” (Gen. IV, 26), hasta Noé, que hace así el octavo de la serie, y lo consigna San Pedro en su canónica (II Pet. II, 5), Henok es sin disputa el que mayor renombre dejó como profeta. En el comienzo del libro apócrifo de Henok se nos da un spécimen de la valiente predicación de este profeta, donde se nos advierte expresamente que sus palabras trascienden con mucho los lindes de aquel tiempo: “y no pensaban en aquella generación que ahora está, sino que hablo de la que está lejos” (Hen. I, 2); y de ella recoge San Judas Tadeo en su carta la parte más interesante: “He aquí que ha venido el Señor con las miríadas de sus santos a hacer juicio contra todos y redargüir a todos los impíos de todas las obras inicuas que consintió su impiedad y de todo lo duro que ellos, impíos pecadores, profirieron contra Él” (Jud. 14 s = Hen. I, 9). Un pasaje de la II Pet. III, 5 ss., que parece un comentario de la carta de San Judas, puede darnos mucha luz acerca de este punto. Tendríamos aquí otra vez un caso flamante de la teoría antioquena. A través de los hombres corrompidos del mundo antiguo (“el mundo de entonces: cielos desde antiguo y tierra“), que iba a quedar sumergido en un  diluvio de agua, el profeta amonesta a los hombres no menos corrompidos del mundo actual (“los cielos de hoy y la tierra“), destinado a ser anegado en un diluvio de fuego para que de sus cenizas nazca un tercer mundo renovado y mejorado : “Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia” (II Ped. III, 13 = Ap. XXI, 1; cf. Is. LXV, 17; LXVI, 22). Henok, pues, que previno con tiempo a los mortales sobre la catástrofe impensada del diluvio, reaparecerá de nuevo con Elías, para  prevenirles sobre el torbellino de fuego que los amenaza desde entonces, en el día grande y terrible de la postrer venida del Señor,  que tal la columbran los videntes:

“Delante de Él va fuego y abrasa en derredor a sus enemigos” (Sal. XCVI [XCVII],3); “Pues he aquí que Yahvé viene en medio del fuego… Yahvé va a ejercer el juicio con fuego” (Is. LXVI, 15 s.); “En llamas de fuego, tomando venganza en los que no conocen a Dios y en los que no obedecen al Evangelio” (II Tes. I, 8), etc. etc.

Alguien pensará tal vez que esta misión de Henok y Elías, para resistir al anticristo más que obra de restauración es obra de defensa, y no deja de tener visos de verdad la observación. Y es que en la misión de Elías, sino también en la de Henok, habrá que distinguir dos períodos. El primero es cuando Elías, como auxiliar extraordinario de entrambas potestades, promueve más propiamente la obra de la restauración, y el segundo, cuando juntamente con Henok, continúa y sostiene hasta donde puede su obra restauradora de frente al anticristo; y cuando éste logra apoderarse de ambos profetas y les da muerte, no resta sino esperar que Cristo haga sentir una vez más su personal intervención, aniquilando al anticristo y a sus fanáticos seguidores (Is. LIX, 16 ss.; LXIII, 1-6; LXVI, 15 ss., etc., arriba citados)[3]. Sin insistir más sobre esta misión conjunta de Henok y Elías, o de quienes por ellos, vamos a describir un poco más por menor la misión anterior de sólo Elías, acerca de la cual hay muchas referencias y muy precisas en la Escritura.

11. LA MISIÓN PARTICULAR DE ELÍAS EN LA ESCRITURA

San Pedro en un discurso a los judíos menciona la restauración universal, como el tiempo límite a la quedada del Señor en el cielo:A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas” (Hech. III, 21). Y a su vez el Señor dice de Elías por San Mateo: “Ciertamente, Elías vendrá y restaurará todo” (Mt. XVII, 1), y por san Marcos: “Elías, en efecto, vendrá primero y lo restaurará todo” (Mc. IX, 12). Ahí tenéis la restitutio omnium atribuida en términos formales a Elías por el mismo Cristo. Lo del “primo” de la respuesta se explica por el “primum” de la pregunta, igual en ambos evangelistas: Antes de venir el Mesías, no había de venir primero (primum) Elías? Pues bien, cuando venga primero, ha de restablecer todas las cosas. Elías, pues, entenderá en la obra de la restauración universal, que tendrá lugar antes que venga, es decir antes que vuelva, el Mesías; y el Mesías no se tardará mucho una vez puesta en marcha esa restauración, pues se pone ahí como término de su quedada en el cielo. Hoy, empero, ha comenzado a cundir la idea de que Elías ya vino en la persona delBautista, y que por consiguiente no hay más que esperar en este punto. Y en confirmación de esa sentencia se alegan dos declaraciones del Maestro. La primera son las palabras, que a manera de explicación dió a los discípulos, y que suenan así en San Mateo: ” Os declaro, empero, que Elías ya vino, pero no lo conocieron, etc. Entonces los discípulos cayeron en la cuenta que les hablaba con relación a Juan el Bautista” (Mt. XVII, 12 s.). Pero en San Marcos dice con más explicitud: “Yo os declaro: en realidad también Elías vino” (Mc. IX, 12). Nótese bien la copulativa “et” (también), que es la clave de la solución. Elias veniet y Elias venit. Vino en la persona del Bautista de quien se dijo que precedería al Señor in spiritu et virtute Eliae (Lc. I, 17), y vendrá en su propia persona, a impulsar la esperada restauración de todas las cosas en Cristo. La otra declaración parece más apremiante en favor del Bautista, mas eso es sólo una parcial inteligencia de las sentencias del Maestro. Termina así el panegírico del Bautista: “Si queréis creerlo, él mismo es Elías, el que debía venir” (Mt. XI, 14). Pero en seguida agrega: “¡Quién tiene oídos oiga!” (Mt. XI, 15). Ahora bien, según un principio hermenéutico de San Jerónimo, que era preciso tener en cuenta, “quando ad intelligentiam provocamur, mysticum monstratur esse quod dictum est” (in Mt. XXIV), es decir que en tales casos, bajo el velo de la letra hay otro sentido oculto que se nos invita a escudriñar. Así, v. gr., en el discurso escatológico del Señor, según la redacción de Mt. yMc. (Mt. XXIV, 15; Mc. XIII, 14), para señalar bajo la desolación histórica de Jerusalén por los romanos, la desolación escatológica, por obra del último anticristo, que es la que luego allí se desarrolla. Por eso Lucas XXI, que se limita a la desolación histórica, omite ese toque de atención[4]. El caso se repite más de una docena de veces en los Evangelios y el Apocalipsis. Según esto en la expresión “ipse est Elias”, bajo la letra que alude al gran profeta, tenemos indicado al gran Bautista, que es un Elías en Espíritu. Es solución que, como sabemos, dió ya San Gregorio (hom. 7 in Ev.), y no hay por qué enmendarle la plana en este punto. La tradición sobre la vuelta de Elías tiene fundamentos excelentes. El autor delEclesiástico, aludiendo a su traslación misteriosa (IV Reg. II, 11) y resumiendo la tradición profética (Is. XLIX, 6; Mal. IV, 5 s.), dice de él:

“Tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego sobre una carroza tirada de caballos de fuego. Tú estás escrito en los decretos de los tiempos, para aplacar el enojo del Señor, reconciliar el corazón de los padres con los hijos, y restablecer las tribus de Jacob” (Eccli. XLVIII, 9 s.).

Las variantes del texto hebreo, modernamente descubierto, no tienen importancia desde el punto de vista exegético, salvo el inciso “in judiciis temporum”, que en el dicho texto es “paratus ad tempus”, con una significación más transparente. Nótese ante todo la expresión “restituere tribus Jacob”, que nos pone en la pista de la gran restauración atribuida a Elíasdesde Is. XLIX hasta Ap. VII. Según ésto, el personaje que se celebra en Isaías, cc. XLIX-LII, no sería otro que Elías redivivo. Así su escondimiento temporal en la frase “me escondió bajo la sombra de su mano” (Is. XLIX, 2); su obra de restauración universal en Is. XLIX, 6.9 ss.; sus ardientespalabras de aliento en Is. L, 4 (cf. cc. LILII); su intrepidez característica en Is. L, 6-9. Extraño empeño el de tantos modernos exégetas por incluir estas perícopas entre las del siervo de Yavé por excelencia, es decir el Mesías paciente, para luego no acertar a armonizarlas con las exigencias del contexto (v. Vaccari, La Redenzione, Roma, 1933, pág. 7 ss.). Malaquías le llama por su nombre, cuando escribe:

He aquí que os enviaré al profeta Elías, antes que venga el día grande y tremendo de Yahve. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que Yo viniendo hiera la tierra con el anatema” (Mal. IV, 5 s.)”.

Ese día grande y horrible, en que el Señor viene dispuesto a exterminarlo todo de sobre la tierra, no es ciertamente el de su primera venida, en que se presentó manso y humilde, como cordero preparado al sacrificio, como que no fué enviado a juzgar, sino a salvar el mundo (Jn. III, 17), sino el día de su segunda venida, en que se presentará como león (Ap. V, 5) para los impíos, sin dejar de ser cordero (Ap. VI, 17) para los justos (Ap. VII, 17). Que no se nos diga, pues, que Elías vino ya, y en consecuencia que no hay más que esperar. Vino en la imagen viva de Juan el Bautista, a preparar los senderos del Mesías Sacerdote y víctima expiatoria: falta que venga en persona, a preparar los caminos del Mesías Rey y juez de todos los mortales. Y ¿quién, si no, es ese ángel que San Juan ve surgir del oriente y que imprime la señal del Dios vivo en la frente de los escogidos, en prenda de inmunidad (Ap. VII)[5]? A juzgar por las varias alusiones de todo ese capítulo al XLIX de Isaías, no puede ser otro que Elíasredivivo, quien desapareció por el oriente y del oriente volverá; y esa señal del Dios vivo no sería otra que el carácter bautismal, con que Elías contraseña a los de su pueblo (Ap. VII, 4 ss.), al convertirse al cristianismo, y a cuantos (Ap. VII, 9 ss.), vueltos por su ministerio de la apostasía o la infidelidad, se le agregarán sucesivamente, para formar de hecho en adelante un solo rebaño bajo el cayado de un solo pastor (Ap. ib). Elías, pues, como Juan, será un gran Bautista, pero mejorado.

[1] ¿Por qué sólo Elías? Ambos aparecen juntos y tres años y medio antes, como lo dice el texto: “Y daré a mis dos testigos y profetizarán mil doscientos sesenta días vestidos con sacos, etc”. [2] ¡¿Nostradamus!? [3] No. No hay distinción de períodos sino uno solo de 1260 días de restauración. Tras ese lapso comienza a reinar el Anticristo dando muerte a los dos Testigos y profanando el Templo. Cfr. Dan. XII, 11. [4] Sin dudas el principio es correcto, pero la aplicación concreta falla, pues como hemos dicho en otras oportunidades, creemos que se trata de dos Discursos: el de Mt. XXIV-Mc. XIII y el de Lc. XXI. [5] Según nuestra opinión no es otro que el ángel San Gabriel. Ver AQUI

CONCLUSIÓN DE LA SEGUNDA PARTE

La presencia de Israel en el reino mesiano nos parece incuestionable por muchísimos vaticinios del Antiguo Testamento y no pocos del Nuevo. Fijándose demasiado exclusivamente en los del A. T., cargados de promesas para el pueblo de Israel, y los más de ellos de signo babilónico, algunos quisieran verlos ya cumplidos, sin más, a la vuelta del histórico cautiverio. Es la solución histórica. Pero las expresiones del sagrado texto aparecen casi siempre inadecuadas con la historia de Israel. Por eso ya desde muy antiguo se buscó un sujeto más acomodado para su cumplimiento, que sería la Iglesia, o sea el Israel de Dios (Gal. VI, 16). Es la soluciónalegórica. Mas este punto de vista tiene el grave inconveniente de dejar al margen al primero y principal destinatario de tales promesas, que es el Israel carnal, a pesar de sus defecciones y extravíos. En consecuencia, se ha comenzado a pensar que no es tanta la oposición entre el un Israel y el otro, que no se pueden reducir ambos a un común denominador, cual sería el espíritu nuevo que penetró al mosaísmo Esdrino, y que podría ser considerado como un avance del espíritu cristiano. Es la solución homológica. Pero esta nueva manera de ver no satisface más que las primeras, por la absurda amalgama de conceptos que implica; y así son muchos los que prefieren una solución sincrética, siguiendo una especie de hermenéutica oportunista, con todos los inconvenientes del oportunismo en cualquier orden. El inconveniente de todas estas soluciones está en que no explican adecuadamente el cumplimiento de las grandes promesas mesianas, es decir la presencia de Israel en el reino mesiano, sujeto y objeto principal de tales profecías. Y en buena lógica, profecía inadecuadamente cumplida en cuanto tal, es profecía incumplida, y profecía incumplida es profecía falsa, a menos que se le dé otra dimensión, en que se cumpla adecuadamente en todas y cada una de sus partes. Para nosotros esa dimensión existe, y es por fuerza escatológica, o en relación más o menos directa con la segunda venida del Señor, según hemos podido concluir de las varias coincidencias y articulaciones de los futuros acontecimientos. Efectivamente, el tiempo tope de la quedada del Señor en el cielo es la restauración universal, restitutioomnium (Act. III, 21). Autor principal de esa restauración universal es Elías redivivo, que restituet omnia (Mt. XVII, 11; Mc. IX, 11), precursor del Señor en su segunda venida (Mal. IV, 5 s.). Parte principal de la restauración universal es la restauración de Israel, que justamente se atribuye también a Elías (Is. XLIX, 6; Eccli. XLVIII, 10 = Ap. VII). Cuanto, pues, esta restauración implica en sí, que es la liberación de ese pueblo, la vuelta a su país y el levantamiento de sus ruinas, la restitución de la realeza a Israel y la conversión a su natural dueño y señor el Mesías, extremos todos que desarrollan los profetas en sus grandes vaticinios mesianos, se le cumplirán a Israel en vísperas de la segunda venida del Señor. Es verdad que esas grandes promesas, contenidas en tales vaticinios, van generalmente vinculadas de una manera misteriosa a la vuelta del cautiverio babilónico, pero ese cautiverio no es más que un presagio del cautiverio secular de ese pueblo (Os. III), que aún perdura, todo él de signo babilónico por ser Babilonia-Roma la que lo consumó y luego lo perpetuó por sus epígonos, los Estados que de ella procedieron. A ese tenor, la restauración subsiguiente al cautiverio histórico era presagio de esotra restauración definitiva de Israel, y los artífices de la restauración histórica, presagio de los de la escatológica, según se expuso largamente. No negamos con eso que los vaticinios del reino mesiano tengan su cumplimiento en la Iglesia. Lo que negamos es que tales vaticinios se cumplieran ya adecuadamente en la Iglesia histórica, o se cumplan en la Iglesia, sin más, abstrayendo de todo tiempo y circunstancia, sino que miran a la Iglesia en un momento dado, y ése es aquel en que Israel habrá entrado ya a formar un cuerpo con ella, y aun a constituir su parte central, y de ese modo cuanto se diga de él se dice también de ella.

5 replies »

  1. Y al empezar 1960 vino un pacto con muchos, entre cardenales y obispos para un Concilio, para vestir a una Mujer Ramera de morado y escarlata, para fornicar con los reyes y embriagarse de la sangre de los Santos, y la mitad de la semana vino la Abominación desoladora con Juan Pablo II y el Sacrificio quedó oculto en lugares inhóspitos, y se vienen desde entonces muchedumbre de abominaciones, la iniquidad aumenta, la caridad se enfría, la Fe se apaga, hasta la llegada del Inicuo, que poco tiempo ha de durar. “Os aseguro que no pasará esta generación sin que venga el Hijo del Hombre”.
    Ven Señor Jesús, venga a nosotros tu Reino, sálvanos de esta gran tribulación, salva tu pueblo aparentemente vencido, salva tu heredad y ven pronto sobre las nubes.
    – Jesús: “HE AQUÍ QUE VENGO PRONTO”.

    Ay de la Babilonia, qué poco tiempo le queda. Ay de los hombres, que la Tentación Universal les viene encima. Ay de la Mujer, de la Esposa del Cordero, abandonada en el desierto con un pequeño resto fiel.

    Las estrellas cayeron, la luna enrrojeció, he aquí que el Universo está estremecido y que pronto se viene la condenación.

    Y cayó el Ajenjo, y la doctrina fue envenenada, que es el río del que beben los hombres, ¡ay Señor! que una tercera parte de los hombres ha perecido por estas aguas contaminadas.

    Y viene un tiempo de angustia, el cual nunca hubo y nunca jamás habrá, lloran los santos vencidos, su paciencia es probada, como oro acrisolado.

    “He aquí que vuelvo pronto”, nos dice Jesús de nuevo, “mirad la abominación de Daniel” nos dice ahora, “huid a las montañas” dice el Amén, el que fue, es y SE VIENE.

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  2. Y te diré una cosa, oh alma, creada a imagen de Dios y amada por Él desde que es Dios, y es que las montañas son la verdadera doctrina, elevada por la acumulación de verdaderos tesoros de la Fe en dos milenios, querida alma, cuando veas pues la abominación ¡huye a la Tradición! porque se habrá levantado entonces la Anti-Iglesia de la Bestia que cabalga sobre siete colinas, que son nuevos montes elevados por acumulación de errores por siete reyes, que también son siete montes de una ciudad.
    Entiende pues a las montañas que has de huir para dejar aquellas que sobre tus pies se levantan.

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  3. Sí los dos testigos son de la Nueva Alianza y Eterna. Lo que veo imposible es la conversión cuando no leen (no les permiten) ni los evangelios ni el libro del apocalipsis. Y si encuentro a varias tribus del Señor apostadas ya, en todo el planeta. Creo que pasa por unificar una palabra para hacer creer que son lo que no son. Una cosa son las tribus de DIOS (puros sellados, sale dan y entra Manases) , y otra cultos del mundo y el hacer creer. Y en cuanto al tercer templo de Jerusalen San Ireneo dice que ahi se sentara el esperado por las naciones (anticristo para nosotros) y segun analistas serán tres años y medio. Porque gracias a Nuestro Señor Jesucristo, la ROCA, se acortaran los tiempos. ¿Cuantos años tiene la Iglesia? en comparación es nada. y cuando se den cuenta del engaño del satanas, lo lamentarán.

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  4. Servidor, ¿De donde sacas lo que nos escribes? Palabras de Sabiduría verdaderamente.

    Volvemos al Gran Monarca y el Pastor Digno, prefigurados escriturísticamente en Zorobabel Rey, y Jesús Pontífice después del cautiverio de Babilonia, he leído eso durante estos tiempos después de mi afirmación Yo si creo… intuía que se refería a esto, pero mi entendimiento no daba forma acabada de ello hasta este maravilloso escrito.

    El Tsemah y el Pontífice

    Tenemos aquí un caso flamante de la teoría antioquena. Ageo habla ciertamente al Zorobabel presente pero sus palabras exceden tanto el modo de ser de su persona, que es imposible no ver cómo en ella y a través de ella, se nos quiere mostrar a un Zorobabel futuro de mucha mayor envergadura y trascendencia. Ante tamaño personaje el Zorobabel histórico es ahí poco más que una pantalla, un presagio del verdadero Zorobabel, a quien el Señor revestirá de su autoridad real, significada en el signaculum o anillo de sellar. Zacarías expresará luego también lo mismo por medio de una acción simbólica, donde a vuelta de algunas incorrecciones textuales, aparece la orden de hacer una corona de oro que, guardada en el templo, ha de remembrar aquella que ceñirá el tsémah, porque:

    “Así dice Yahve de los ejércitos: “He aquí el hombre cuyo nombre es Pimpollo, el cual germinará en su lugar (“bajo su égida se hará el resurgimiento”) y edificará el Templo de Yahvé”. Él edificará el Templo de Yahvé, y será revestido de gloria; y se sentará para reinar sobre su trono. Él será sacerdote sobre su solio, y habrá espíritu de paz entre ambos” (Zac. VI, 12 s.).

    A tenor de estas palabras hemos de concluir que el tsémah o retoño de la dinastía davídica, no es el Mesías en persona, como muchos piensan, y eso por dos razones: 1°Porque el Mesías es Rey y Sacerdote, Sal. CIX (hebr. CX), mientras ahí se reparte la realeza del sacerdocio entre dos personas distintas, quedándose el tsémah con sólo la realeza, y su parigual con sólo el sacerdocio…

    A ese gran lugarteniente del Cristo en lo temporal, se le dan varios otros nombres en la Escritura. Y sea el primero y principal el de hijo varón (filius masculus) de Ap. XII, 5 ss., quien con la ayuda de San Miguel (cf. Dn. XII = Is. IV), da la batalla al dragón rojo, y salva a su madre la Iglesia del asedio infernal.

    Visión de San Juan Bosco: “Mas he aquí un gran guerrero del norte, que lleva una bandera, y sobre la diestra que la sostiene, está escrito: “Invencible mano del Señor”. En aquel instante el venerable anciano del Lacio le sale al encuentro, agitando al viento una antorcha ardentísima. Entonces la bandera se desplegó, y de negra que era, se tornó blanca como la nieve. En el medio de la bandera, con caracteres de oro, el nombre del que todo lo puede. El guerrero con los suyos hizo una profunda inclinación al anciano, y ambos se estrecharon la mano”.

    ES importante recalcar, como Dios le dice al Rey Zorobabel, que le hará anillo de sellar, y tanto a él como a Jesús, les llama : Mis dos ungidos, los dos olivos que están en presencia de Dios en Zacarías.

    Vino de nuevo el ángel que había hablado conmigo y me despertó como a un hombre que se despierta del sueño. Y me dijo: “¿Qué es lo que ves?” Respondí: “Miré y vi un candelabro todo de oro, y encima de él su recipiente, y sus 7 tubos para las lámparas que hay en el candelabro, y junto a él dos olivos, uno a la derecha del recipiente, y el otro a su izquierda.” Entonces dirigiéndome al ángel que hablaba conmigo, le pregunté: “¿Qué es esto?, señor mío”, dije yo. Tomó, pues, el ángel la palabra y me dio así: “Esta es la palabra de Yahvé a Zorobabel: No por medio de un ejército ni por la fuerza, sino por mi Espíritu, dice Yahvé de los ejércitos… Y pregunté de nuevo al ángel y dije: “Qué significan las dos ramas de olivo que por medio de los dos tubos de oro vierten de sí el dorado aceite? Me contestó diciendo: “Pues que, ¿no sabes tú qué son estos?” A lo cual respondí: “No señor mío.” Entonces dijo: “Estos son los dos ungidos que están ante el Señor de toda la tierra.”

    Explicación de Straubinger resumida: Los dos Ungidos:literalmente: los dos hijos de aceite, a saber: el Sumo Sacerdote Jesús y Zorobabel (v.3; 3:1; 6:12 ss) San Jerónimo y con él varios modernos piensan que éstos son los 2 testigos del Apocalipsis, de los cuales, “con manifiesta alusión a este pasaje”, se dice allí que son los dos olivos y los dos candeleros que están de pie delante del Dominador de toda la tierra (Apoc. 11:4). es decir que “LE ASISTEN COMO MINISTROS DE LA POTESTAD CIVIL Y DE LA POTESTAD RELIGIOSA”… En 6:12 s. vemos de nuevo a Zorobabel y a Jesús ben Josedec como testigos del Mesías que resume en sí el sacerdocio y el Reino. véase 6:5

    Hay que estar alertas, pues nuestras propias elucubraciones nos pueden hacer perder de vista aquello, que Dios, por su infinita bondad y misericordia nos ha develado a través de las profecías de Sus Santos en lo concerniente a los pasajes no muy claros de las Sagradas Escrituras.

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  5. Levantemos las miradas al mundo APÓSTATA Y SATÁNICO de hoy y que más por venir, y muchos piensan que un hombre o alguien, Un Santo Padre Católico resolverá esto .No pueden imaginar el triunfo definitivo de Cristo, si no es del mismo modo en que los Fariseos y Saduceos imaginaban el triunfo del Mesías que esperaban (¡y todavía esperan!) un triunfo en términos humanos. Restauraciones y reconquistas… ilusiones inmanentes, al fin y al cabo. YA NO DEJES QUE EL ENEMIGO NOS ENGAÑE, VEN SEÑOR YA NO TARDES PREPARANOS PARA TU PRONTA VENIDA, TODOS LOS DE BUENA VOLUNTAD JUNTOS, PIDAMOS POR SU PRONTA VENIDA, que se haga su voluntad no la nuestra.

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