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REHABILITACIÓN DEL PAPA JUAN XXII


[Es republicación de un post de 2o12]
A continuación traemos un detallado estudio con referencias precisas documentales  que refuta con aparato crítico impresionante la opinión común que puede leerse en muchos sitios de internet, sobre el papa Juan XXII,  y su supuesta herejía. Creemos que esta opinión ha sido popularizada por la escuela lefebvriana, que a su vez la toma de historiadores anticatólicos del pasado.  Herejes como Calvino y  escritores falsarios arrianos, monotelitas, cismáticos griegos, protestantes, galicanos, febronianos, antiinfalibilistas la mantuvieron en vigor.

Este estudio, que sepamos, no ha sido refutado por nadie, lo que no quita  para que se sigan propalando  infundios sobre el ejemplar papa ( sobre todo en la pureza de la Fe) Juan XXII.

No nos resistimos a traer la siguiente cita que quizás despojada de los trenos que acusan de perversidad, pueda ser aplicada al caso:

La terquedad de los perversos
El hombre perverso, incluso cuando se enfrenta a la evidencia de la verdad, no se rinde, y se obstina sin razón, por despecho, por ira, o por un sentimiento íntimo. Él no discute,  porque ya ha sido derrotado, pero no cede, porque la verdad y la luz de las pruebas ¡le enfurecen todavía más![ Extracto del libro  “Sagrada Escritura”, Tomo II, Éxodo – Levítico, de Don Dolindo Ruotolo,  editorial Apostolado]

Un ejemplo inocente paradigmático de estas opiniones tomado del ambiente, pero coincidente en los detalles  con la opinión en cuestión es la que nos ofrece un comentarista y que se reproduce en el post anterior.  Hela aquí.

Así vemos, como un papa, Juan XXII, sostuvo durante su pontific ado una posición adversa a a lo que fue definido infaliblemente por su sucesor, Benedicto XII respecto a la visión beatífica de las almas bienaventuradas antes de la resurrección de los cuerpos. Aunque se arrepintió de su error en los últimos días, yaciendo ya en el lecho de muerte, no sólo la Universidad de París, sino la cristiandad gala lo resistió, sin que por tal causa dejará de reconocer jamás a Juan XII como legítimo Papa.

De lo que se concluye, que el Sumo Pontífice puede errar en materia de fe no definida infaliblemente, como en el presente ejemplo, o como doctor privado, si hemos de responder a quienes así presentan las opiniones equivocadas de Juan XXII, pretendiendo rebajar el grado de su yerro.

Pues bien tal prejuicio no  debería ser mantenido por más tiempo por lo menos sin ser capaz de refutar el estudio siguiente.

He aquí el capítulo del libro cuya fuente se cita al final:

“El papa Juan XXII (1316-1334) habría enseñado una herejía sobre la visión beatífica durante años y se habría retractado sólo en su lecho de muerte. Se reprocha a Juan XXII haber predicado que las almas de los justos, separadas de sus cuerpos, no verán la esencia y las personas divinas más que después de la resurrección general; y que en la espera, no gozarán más que de la vista de la humanidad santa del Salvador.

En verdad, este papa creía exactamente lo opuesto de la opinión que se le reprochaba. He aquí su profesión de fe: “Nos, declaramos como sigue, el pensamiento que ES y que ERA el nuestro. (…) Nos, creemos que las almas purificadas separadas de los cuerpos son reunidas en el cielo (…) y que, siguiendo la ley común, ellas ven a Dios y a la esencia divina cara a cara” (Juan XXII: bula Ne super his de diciembre 3 de
1334, redactada poco antes de su muerte). La expresión “que es y que era” prueba que él creyó esto durante toda su vida.

Este papa fue un defensor intrépido de la fe, pues refuta sin descanso a los herejes de diversos países, sin temor de hacerse de los peores enemigos. Entre ellos figuraba el monarca bávaro Luis IV, que había puesto en Roma un antipapa. El monarca fue excomulgado por Juan XXII. Los cismáticos de Baviera se vengaron entonces de forma innoble: atribuyeron al papa propósitos que él jamás había tenido y difundieron por todas partes que se habría desviado de la fe. Esto llevó al rey de Francia, Felipe VI de Valois a ordenar una investigación. Los teólogos de La Sorbona, mandados por el rey, examinaron este asunto con le más grande cuidado. Concluyeron en la inocencia de Juan XXII.

Para comprender bien el origen de las calumnias proferidas contra Juan XXII, es conveniente conocer mejor a sus enemigos: los “fraticelli” y su protector Luis de Baviera.

Los Fraticelli eran frailes franciscanos herejes y cismáticos. En 1294, los franciscanos se habían escindido en dos órdenes: los “conventuales” que admitían la propiedad común, a saber los ingresos y los bienes inmobiliarios y los “fraticelli” (o “ermitaños pobres” o “espirituales”) que la recusaban.

Los fraticelli se entusiasmaban con los sueños apocalípticos de Olivi y de Casale, salidos de las herejías de Joaquín de Fiore. Según Joaquín de Fiore, retomado por los fraticelli, la era de la Iglesia estaba terminada. Con el fin de la Iglesia comenzaba la era del Espíritu Santo. La Iglesia era la gran prostituta, librada a los placeres de la carne, el orgullo, y la avaricia: los fraticelli, representaban la nueva Iglesia, casta, humilde y, sobre todo, absolutamente pobre. Juan XXII los reprendió severamente: “El primer error que sale de su laboratorio colmado de tinieblas inventa dos Iglesias, la una carnal, agobiada por las riquezas, desbordando de riquezas y manchada de fechorías, sobre la cual reinan, dicen ellos, el pontífice romano y los prelados inferiores; la otra espiritual, pura por su frugalidad, ornada de virtudes, ceñida por la pobreza, en la cual ellos se encuentran solos con sus pares, y  la cual presiden ellos mismos por el mérito de una vida espiritual, si vamos a dar crédito a sus mentiras” (Constitución Gloriosam Ecclesiam, enero 23 de 1318).
Identificando su regla y su interpretación con el Evangelio mismo, los fraticelli rehusaron reunificar su orden con los conventuales (exigida por Clemente V y por Juan XXII). Cuando Juan XXII demanda algunos cambios a su regla monástica, le declaran enemigo del Evangelio y privado de toda autoridad. El papa condena muchas proposiciones absurdas de los fraticelli (constitución Gloriosam Ecclesiam, enero 23 de1318), lo que le valió un odio tenaz de su parte. Por su bula Cum inter nonnullos del 12 de noviembre de 1323, el papa condena especialmente como herética la opinión según la cual Cristo y los apóstoles no habrían poseído nada, sea individualmente, sea en común. Buen número de franciscanos se rebelaron abiertamente. Se refugiaron en la corte de Luis de Baviera, que estaba en lucha con la Santa Sede. Desde allí inundaron Europa de panfletos contra quién ellos llamaban desdeñosamente “Juan de Cahors”, porque lo consideraban como caído del soberano pontificado en razón de su (supuesta) “herejía”.

El monarca Luis IV de Baviera (1287- 1347) quiso estar por encima del papado, ser una suerte de superior del papa. Su loca pretensión correspondía bastante bien a una tesis enunciada por un filósofo de la época, pero tachada de herética por Juan XXII. El maestro parisino Marsilio de Padua fue, en efecto, condenado por el papa (constitución Licet iuxta doctrinam, octubre 23 de 1327) por haber sostenido muchas herejías, entre las cuales ésta: “corresponde al emperador corregir al papa y castigarlo, instituirlo y destituirlo”.

Durante la elección del emperador del santo imperio romano germánico en 1314, los príncipes electores no pudieron ponerse de acuerdo. Unos designaron al austríaco Federico el Hermoso, otros a Luis el Bávaro. Luis gana la batalla de Mühldorf (septiembre 28 de 1322) y encarcela a Federico el Hermoso. Mas el papa rehúsa la corona imperial a Luis el Bávaro, pues quería guardar neutralidad entre los dos rivales: El papa se reserva la gerencia de los territorios italianos del Imperio, conforme a la decretal Pastoralis cura de Clemente V, que decía: No siendo posible el recurso al poder secular, el gobierno, la administración y  la jurisdicción suprema del Imperio, corresponden al soberano pontífice, a quién Dios, en la persona de San Pedro, ha entregado el derecho de comandar todo a la vez en el cielo y en la tierra”.

A pesar de esto, Luis no duda en ejercer su (pretendida) soberanía imperial en Italia y, como añadidura, recibe a los fraticelli herejes. Fue excomulgado el 23 de marzo de 1324. Replica, haciéndose redactar por los fraticelli, la apelación de Sachsenhausen (22 de mayo de 1324), que declaraba a Juan XXII hereje y caído del soberano pontificado. El papa a su vez decreta el 11 de julio de 1324, que Luis había perdido todo derecho a la corona.

Luis emprende entonces una expedición militar en Italia (1327-1330). Encuentra apoyo entre los herejes italianos y pudo tomar Roma. Se hizo coronar en la ciudad eterna el 17 de enero de 1328, por cuatro romanos (en violación flagrante del derecho:
¡sólo el papa podía coronar a un emperador!). el 18 de abril de 1328, declara la caída [en herejía]] de Juan XXII y el 12 de mayo, impone el antipapa Pietro Rainallucci, que toma  el nombre de “Nicolás V” (1328-1330), El antipapa era originario de Corvara, villa situada en la región de L’Aquila, la patria del jefe de los fraticelli, Pedro de Morrone.
El papa legítimo residía en Avignon. El “cónclave” de los cismáticos tuvo lugar en Roma. El candidato designado por Luis de Baviera era uno de sus cortesanos. “Este antipapa agregaba la herejía al cisma, sosteniendo que Jesucristo y sus discípulos nada habían poseído como propio, ni en común, ni en particular” (Mons. Paul Guérin: Los concilios generales y particulares, Bar-le-Duc 1872, t. III, p. 5). Igualmente, había una concepción exagerada de la pobreza monástica.

El “cónclave” viola todas las reglas más elementales del derecho. “El pueblo de Roma se reunirá delante de San Pedro, hombres y mujeres, todos aquellos que lo quisieran“. Ese era el sacro colegio que entraba en cónclave. El sedicente emperador Luis apareció sobre el estrado que estaba en lo alto de las gradas de la iglesia. (… ). Llama a un cierto monje y levantándose de su silla, le hizo sentar bajo el palio. Era un franciscano cismático, Pedro de Corvara, de  los Abruzos, que sostenía que los religiosos mendicantes no podían  tener ni aun la propiedad de la sopa que comían y que sostener lo contrario era una herejía. Y era por esto que “Luis de Baviera lo hizo sentar a su costado” para crearlo antipapa (P. René François Rohrbacher: Historia universal de la Iglesia católica, 1842-1849, t. VIII. p. 483). Pues Pedro de Corvara y Luis de Baviera tenían la misma concepción falsa de la pobreza evangélica. Se propuso al pretendido sacro colegio, compuesto de hombres, mujeres y niños (¡!), la cuestión ritual “¿Queréis por papa al hermano Pedro de Corvara?”. Las pobres gentes tuvieron tanto temor del emperador y de sus soldados, que accedieron. Juan XXII renueva la excomunión del emperador: Este último preparaba su revancha. Esperando ésta, recibe en su corte a los filósofos tristemente célebres por sus herejías: Marsilio de Padua, Ockham, Cesena y Bonagratia.

Marsilio de Padua (1290-1343 (?)) fue rector de la universidad de París en 1312. En 1324 publica su libro Defensor pacis, lo que le valió en 1326, una cita para comparecer ante el inquisidor del arzobispado de París. Marsilio prefiere huir a Baviera. Muchas proposiciones extraídas del Defensor pacis fueron calificadas de heréticas por Juan XXII. Marsilio había sostenido que el emperador estaba por encima del papa; la separación de la Iglesia y del Estado estaba contenida en germen en su libro. Luis de Baviera lo nombra su director espiritual. (“vicarius in spiritualibus”). Se piensa que fue Marsilio quién empuja a Luis a hacerse coronar en Roma sin el consentimiento del papa.

Guillermo Ockham (1285-1347) es considerado como uno de los más importantes filósofos (herejes) de la Edad Media. Este franciscano inglés quebranta la filosofía medieval e influye en la doctrina de Lutero. Su enseñanza naturalista lo lleva a poner en duda la transubstanciación: Fue convocado a Aviñón, donde residía el papa. Desde 1324 hasta 1328, Ockham residió en un convento de Aviñón, mientras la Inquisición examinaba sus escritos. Trabó conocimiento con los fraticelli Cesena y Bonagratia, y adopta sus ideas.

Miguel de Cesena (muerto en 1342) era el antiguo superior general de los fraticelli. Había sido convocado a Aviñón en razón de su herejía.

Bonagratia de Bérgamo (1265-1340) había sido convocado también ante el tribunal aviñonés.

En la noche del 26 al 27 de mayo de 1328, los tres compadres huyeron y se reunieron con Luis de Baveria en Pisa. Después lo acompañaron a Baviera y allí permanecieron hasta sus muertes. Los tres excomulgados, cismáticos y herejes, llevaron una guerra de pluma pérfida contra la Santa Sede, despotricaron contra la autoridad del papa, las riquezas de la Iglesia oficial, etc. etc

En el tiempo de Juan XXII, la cuestión de la naturaleza de la “visión beatífica no había sido zanjada todavía por la Iglesia. Los teólogos tenían libertad para discutir sobre esa cuestión. Una corriente mayoritaria sostenía que las almas de los difuntos en el cielo veían la esencia de Dios, mientras que una minoría de teólogos pensaba que verían la esencia de Dios solamente después del juicio final, y que debían contentarse, en la espera, con la vista de la humanidad de Nuestro Señor.

En esta disputa entre teólogos, Juan XXII pensaba muy bien que la opinión mayoritaria era correcta (como lo atestiguan su bula citada arriba y el testimonio de su sucesor Benedicto XII citado abajo), pero aun así quiso examinar los argumentos contrarios. Reunió a este efecto testimonios variados de los Padres de la Iglesia e invitó a los doctores a discutir los pro y los contra.

Entonces sus enemigos aprovecharon la ocasión propicia para deformar sus intenciones. “En ese momento, (en 1331), por malevolencia, los Bávaros que habían seguramente seguido el cisma (de Luis IV de Baviera) y los pseudo hermanos menores condenados por herejía (los fraticelli), de los cuales los conductores eran Miguel de Cesena, Guillermo de Ockham y Bonagratia (…), atacaron con calumnias la reputación pontificia, afirmando que Juan habría pronunciado una definición (ex cathedra) de que las almas no veían la esencia divina antes del juicio final. Es por eso que, poco tiempo después movidos por un celo perverso, comenzaron a formular demandas de convocatoria a un concilio ecuménico contra él en tanto que hereje” (Odoric Raynald: Annales ecclesiastici ab anno MCXVIII ubi desinit cardinales Baroniuis, anotado y editado por Jean Dominique Mansi, Lucae 1750, anno 1331, nº 44).

“Los enemigos calumniaron al pontífice. Un insigne doctor alemán, Ulrich, los refuta. (…) Demuestra, hacia el fin de su obra (libro IV, último capítulo, manuscrito nº
4005 de la Biblioteca del Vaticano, p. 136), contra los calumniadores del pontífice,escribiendo  que los propósitos criticados por los enemigos, el papa los había tenido en tanto que moderador de un debate escolástico(Raynald, anno 1331, nº 44).

¿Qué debe entenderse por un “debate escolástico”? Hay que comprenderlo como una “disputatio”, es decir un debate contradictorio en el que los adversarios hacen valer argumentos a favor y en contra de tal o cual punto de la doctrina. Santo Tomás de Aquino, en la Summa theologiae, procede así: enumera sistemáticamente toda una retahíla de argumentos a favor de la tesis errónea, y enseguida la refuta por los argumentos opuestos. Sería deshonesto decir que santo Tomás es hereje, bajo epretexto de que cita también argumentos falsos. Y, sin embargo, es exactamente lo que hicieron los cismáticos bávaros respecto al papa: lo acusaron de herejía, siendo que Juan XXII había simplemente citado, sin adherirse de ninguna manera a algunos textos de los Padres que iban en contra de la opinión predominante. El papa mismo dice haber evocado estas palabras patrísticas “citando y repitiendo, pero de ninguna manera determinando o adhiriendo” (Juan XXII: bula Ne super his del 3 de diciembre de 1334).

El  contemporáneo“insigne doctor” en teología Ulrich explica: “ verdaderamente si se comprende piadosamente y santamente el estilo Pontificio, se descubrirá, sopesando cuidadosamente las cosas, que no se trata, propiamente hablando, de un sermón, ni de una definición, ni de una determinación, ni de una predicación, sino más bien de un debate contradictorio (scholastica disputatio) o de una confrontación de opiniones disputadas” (Ulrich, in: Raynald, anno 1333, nº 44).

El papa, prosigue Ulrich, “evita la forma y el modo y la costumbre de la predicación de un sermón; asume la forma y el modo y la costumbre de las disputas escolásticas: citas de autoridades, razonamientos, analogías, argumentos, glosas, silogismos y muchas otras sutilezas verbales, mostrando por eso que él habla no como predicador, sino como disputador” (ibídem).

La intervención de Ulrich calma los espíritus por un tiempo. Pero la cuestión de la visión beatífica no estaba todavía zanjada.

La controversia prosigue con más fuerza dos años más tarde, en 1333. “Deseando ardientemente clausurar ese debate, Juan (XXII) pone ante los ojos de los cardenales sus recopilaciones de los oráculos de las Santas Escrituras y de las sentencias de los Padres de la Iglesia, que podían ser invocados sea por una u otra parte. Fue dada orden a los cardenales, a los superiores y a otros doctores (…) de examinar con cuidado y solicitud la controversia y de aportar de todas partes las palabras pronunciadas por los santos Padres que hubieran localizado. El pontífice reunió todos estos datos en un libro, que transmite a Pedro, arzobispo de Ruan (futuro Clemente VI). En este libro, nada era suyo, sino que todas las palabras eran extraídas de la Santa Escritura y de los Padres” (Raynald, anno 1333, Nº 45).

Los doctores de París estaban divididos entre ellos. Una minoría pensaba que las almas de los difuntos salvados no verían la esencia divina hasta después del juicio final. “Se difundió la calumnia de que el pontífice era el autor y abanderado (jefe) de su opinión (…) Pero el pontífice, a fin de contrarrestar esta calumnia, escribió muchas cartas al rey y a la reina de Francia; se quejaba en ellas de que esta cosa le era atribuida por los malintencionados, que él jamás había estatuído cualquier cosa que fuera, en esta cuestión, sino que había coleccionado las palabras de los padres únicamente para que eso se pusiera al estudio en vista de buscar la verdad. (…) Ruega al rey no silenciar uno u otro partido para que la discusión arrojara la verdad” (Raynald, anno 1333, nº 45).

Nos no hemos proferido ninguna palabra de nuestra propia cosecha”, escribía Juan XXII al rey, “sino solamente las palabras de la Santa Escritura y de los santos (aquellos cuyos escritos son aceptados por la Iglesia). Muchas personas –los cardenales y otros prelados, próximos o lejos de Nos- han hablado a favor y en contra sobre esta materia en sus discursos. En los discursos, aun los públicos, los prelados y maestros en teología disputan sobre esta cuestión de muchas maneras, a fin de que la verdad pueda ser encontrada más completamente” (Juan XXII: carta Regalem notitiam, diciembre 14 de 1333, dirigida al rey de Francia Felipe VI de Valois, in Raynald, anno1333, nº 46).

Los rumores con los que fue inundada Francia venían de los cismáticos bávaros. En Baviera, los fraticelli aguzaron sus plumas contra el soberano pontífice. Bonagratia publica un comentario mentiroso: como verdadero falsario, hacía creer que Juan XXII pretendía imponer la opinión minoritaria. Ockham y Nicolás de tendencia minoritaria publicaron sermones de Juan XXII totalmente ficticios. Miguel de Cesena recorrió reinos y provincias en vista de organizar un conciliábulo en Alemania contra “Juan de Cahors”, antes papa. El director de orquesta del complot era, bien entendido el sedicente emperador Luis IV de Baviera.

El 28 de diciembre de 1333, Juan XXII reúne un consistorio e informa a la reina de Francia: “Nos ordenamos a los cardenales, prelados, doctores en teología y canonistas presentes en la curia que hagan un estudio con diligencia y nos expongan su sentimiento; y para que puedan hacerlo más rápidamente, hemos hecho una copia de las colecciones de los santos, de las autoridades y de los cánones que pueden ser invocados por una u otra parte” (Juan XXII: carta Quid circa, 1334, in: Raynard, anno 1334,

El papa ordena la lectura de las autoridades que había reunido. Esta lectura dura cinco días (admiremos la erudición del papa, dicho sea de paso).

Un año más tarde, en su bula, declara que siempre había creído la opinión mayoritaria y que había solamente expuesto, a título de hipótesis contestable, la opinión minoritaria: “Nos, creemos que las almas purificadas separadas de los cuerpos (…) ven a Dios en la esencia divina cara a cara (…). Pero si de forma cualquiera sobre esta materia otra cosa hubiera sido dicha por Nos. (…) afirmamos haberla dicho así citando, reportando, pero no determinando, menos aún adhiriendo a ello ‘recitando dicta sacrae scripturae et sanctórum et conferendo, et non determinando, nec etiam tenendo’ ” (Juan XXII: bula Ne super his de diciembre 3 de 1334). Los términos “recitando et conferendo” empleados por el papa, se traducen así: recitare significa “leer en alta voz (una ley, un acta, una carta), producir, citar” (Plauto: Persa 500 y 528; Cicerón: In Verrem actio II, 23): el papa no hace más que citar las opiniones de otro; conferre quiere decir “aportar en conjunto, aportar de todos lados, acopiar” (Cicerón: In Verrem actio IV, 121; César De bello gallico VII, 18, 4 etc.): el papa no hace más que reunir los documentos sobre esta materia. Conferre puede tener el sentido de “poner en conjunto para comparar” (Cicerón: De Oratore I, 197: “comparar nuestras leyes a las de Licurgo y Solón”): el papa hace una disputatio, que consiste en comparar los argumentos antes de pronunciarse.

Los términos empleados por el papa corresponden perfectamente a los términos de un juicio dado por los doctores de París, encargados de examinar la ortodoxia del papa. El rey Felipe VI de Valois había ordenado un examen, que comienza el 19 de diciembre de 1333. Los teólogos de la Sorbona, luego de una investigación minuciosa, dieron su veredicto, que contenía esta frase clave: “nosotros por cierto considerando lo que hemos oído y conocido por la relación de muchos testigos dignos de fe, que todo lo
 que Su Santidad ha dicho en esta materia, lo ha dicho no asegurándolo o aun opinando, sino solamente citando” (in: Constant, t. II, p. 423; Constant traduce por “recitando”).

El papa Benedicto XII, que sucede a Juan XXII, procede con la misma prudencia que su predecesor. Como había sido persuadido de lo bien fundado de la opinión mayoritaria, el nuevo papa continúa no obstante el examen de la cuestión, comenzado bajo su predecesor. El 7 de febrero de 1335, tuvo un consistorio donde convocó a quiénes habían predicado la opinión minoritaria y les ruega exponer sus argumentos. El
17 de marzo, designa una comisión de una veintena de expertos encargados de preparar la definición ex cathedra. Ahora bien, entre los expertos figuraba Gérard Eudes, partidario de la opinión minoritaria. El papa se retira durante cuatro meses al castillo de Pont-de-Sorgues, cerca de Aviñón, estudiando largamente el documento. Finalmente, el 29 de enero de 1336, define ex cathedra que la opinión mayoritaria debía en lo sucesivo ser tenida como un dogma (constitución Benedictus Deus).

En el preámbulo de esta constitución Benedictus Deus, Benedicto XII toma gran cuidado en defender a su predecesor atacado injustamente por los calumniadores bávaros. Sobre la cuestión de la visión beatífica, muchas cosas fueron escritas y dichas, y especialmente “por nuestro predecesor DE FELIZ MEMORIA (felicis recordationis) el papa Juan XXII y por muchos otros en su presencia. (…) Queriendo hacer frente a las palabras y dichos de los MALVADOS (malignantium)” y deseando precisar sus “sus intenciones”.  Aquí cita lo queJuan XXII había preparado su profesión de fe, la bula Ne super his, que Benedicto XII cita en su totalidad. Luego el nuevo papa prosiguió, definiendo ex cathedra la verdad.

Esta verdad definida solemnemente por Benedicto XII, Juan XXII la había creído desde siempre. Tenemos por pruebas no solamente su bula de 1334, sino además ciertos textos escritos anteriormente por el santo papa Juan XXII:  las bulas de canonización de San Luis de Tolosa (1317), de santo Tomás de Hereford (1320) y de santo Tomás de Aquino (1323). Especialmente sobre San Luis de Tolosa, el papa Juan XXII había, en efecto, mostrado a este joven santo entrando en el cielo en su inocencia, para contemplar en éxtasis  y al descubierto la esencia divina: “ad Deum suum contemplandum in gaudio, facie revelata” (bula de canonización, § 18).

Desgraciadamente, las imposturas de Ockham, Bonagratia y Cesena fueron sin embargo exhumadas por los herejes de los siglos posteriores, que embellecieron sus fábulas. Uno de estos “historiadores” posteriores fue el heresiarca genovés Juan Calvino  “Institution de la religión chrestienne, 1536, libro IV, c. 7, § 28). San Roberto Belarmino, después de citar las palabras de Calvino contra Juan XXII, exclama: “Yo digo a Calvino: tú has proferido, en muy pocas palabras, cinco mentiras desvergonzadísimas [impudentissimas]” (De romano pontífice, libro IV, c. 14). En seguida, refuta con mucha soltura al pseudo historiador genovés.

Los herejes de todas las épocas han acusado a muchos otros papas, pero ¿a qué recordar todos sus fraudes? Antes que nosotros, el sabio y santo cardenal Belarmino ha rehabilitado, él solo, una cuarentena de acusados, de los cuales el nº 36 fue el papa Juan XXII.

La historia eclesiástica no conoce NINGÚN caso en el que un papa hubiera errado en la fe o hubiera enseñado un error. Escritores falsarios arrianos, monotelitas, cismáticos griegos, protestantes, galicanos, febronianos, antiinfalibilistas han acusado a los papas, porque ellos odiaban al papado que los anatematizaba, Es de ellos que el papa León XIII decía: “El arte del historiador parece ser una conspiración contra la verdad”.

Martín Lutero rehúsa obedecer al papado (Apelación contra el papa en el concilio,
28 de noviembre de 1518). Bajo el pretexto pretencioso de que San Pedro habría errado en la fe luego de su estancia en Antioquía, Lutero afirma que el papa León X se equivocaba en toda la línea y que era luego legítimo a todo cristiano seguir su propia iluminación mucho más que la voz del papado.

 El francmasón Voltaire, enemigo encarnizado del cristianismo, se dio el maligno placer de poner en valor las (supuestas) caídas de Honorio y de Juan XXII, en su Ensayo sobre las costumbres (1756). ¿Qué valor dar a este escrito? ¡Ninguno! Pues este mismo Voltaire había escrito a su confidente Thiriot, el 21 de octubre de 1736: “Es necesario mentir como un diablo, no tímidamente, no por un tiempo, sino audazmente y siempre”.

Las pretendidas caídas de ciertos papas ponen de relieve la pseudo-ciencia histórica. Esta falsa ciencia es directamente opuesta a la fe católica. “Repruebo también el error de aquéllos que pretenden que la fe propuesta por la Iglesia puede estar en contradicción con la historia (…). Condeno y rechazo también la opinión de aquéllos que dicen que el cristiano erudito reviste una doble personalidad, la del creyente y la del historiador, como si estuviera permitido al historiador sostener lo que contradice la fe del creyente o proponer premisas de las que se seguiría que los dogmas son falsos o dudosos, aunque estos dogmas no sean negados directamente” (San Pío X: juramento antimodernista).

Canon 2. Si alguno dijere que las disciplinas humanas deben ser desarrolladas con tal grado de libertad que sus aserciones puedan ser sostenidas como verdaderas incluso cuando se oponen a la revelación divina, y que estas no pueden ser prohibidas por la Iglesia: sea anatema.

Canon 3. Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema.

“Toda teoría o doctrina filosófica, moral, teológica o científica, que está en contradicción con la fe cristiana, es para nosotros necesariamente falsa y mentirosa. Un católico que la profese y se ligue a ella (…) es un no-católico, un apóstata y un sectario del Anticristo” (Clemente XII: carta secreta contra los francmasones, anexada a su bula In eminenti, mayo 4 de 1738).

RESUMIDO: La historia eclesiástica no conoce ningún caso en el que un papa hubiera desviado de la fe o hubiera enseñado una herejía.

Ya en el curso de los años ’30, el cardenal Pacelli (futuro papa Pío XII) se inquietaba: “Oigo alrededor de mí a los innovadores que quieren (…) dar (a la Iglesia) el remordimiento de su pasado histórico” (in: Padre Daniel Leroux: Pedro, ¿tu me amas?, Escurolles 1988, p.1)

Fuente Misterio de iniquidad pp. 55 ss. (Barra lateral 1 en pdf)

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7 replies »

  1. Excelente artículo. Ahí es cómo se puede ver que la malicia de los enemigos del Pontificado siempre han procurado inventar todo tipo de fábulas que aún corren por todas partes y son universalmente creídas, incluso por parte de buenos, pero indoctos católicos, y lo que es peor, eclesiásticos y Doctores.

    Y pueden ver la maña y el arte que se dan estos enemigos en pintar con hermosos colores sus desvaríos, mientras plasman de la manera más calumniosa a los buenos católicos y a los Papas que los condenan, leyendo la famosa novela “el nombre de la rosa”, de Humberto Eco. Se sitúa precisamente en esta época, y menciona la controversia con Juan XXII, desde el lado de los herejes, claro.

    Lo más interesante de la novela, y en lo que menos reparan los lectores, está en las disquisiciones filosóficas, científicas, teológicas y políticas del protagonista principal, Fray Guillermo de Baskerville, prototipo de lo que hoy llamaríamos un teólogo progresista, siguiendo las cuales, podemos darnos cuenta de que los gérmenes de la apostasía universal que vivimos ya estaban siendo sembrados a manos llenas en el siglo XIV.

    Especialmente interesante su discurso ante los enviados aviñoneses, donde desarrolla todas las doctrinas nefandas que nos han llevado a la supresión del poder político sagrado cristiano, sustituido por una doctrina liberal-democrática verdaderamente aberrante.

    Y puesto que estamos en el sexto centenario de santa Juana de Arco, sería bueno recordar que va a morir mártir por Cristo-Rey, precisamente a manos de esos eclesiásticos herejes, antipapales, y ya demócrata-cristianos, que sabían perfectamente que toda la gesta divina de Juana los condenaba, y que jamás accedieron a su apelación a la jurisdicción pontificia, porque eso hubiera supuesto reconocer la autoridad del Papa, además de la liberación de la Doncella de Orléans.

    Sus actuales sucesores no son mejores…

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  2. 3 observaciones, mientras leo detenidamente su fuente.

    La primera es sobre la misma fuente. ‘Misterio de Iniquidad’, ni siquiera dice quienes son sus autores, salvo señalar a ciertos sacerdotes de distintos países , y eso ya hace a la obra, al menos, una fuente dudosa aunque no por eso pueda estar exenta de veracidad.

    La segunda sobre el prefacio de la misma obra. Mons. Daniel L. Dolan es, según parece, un ‘obispo’ sedevacantista ¿Quién lo consagró? ¿ Conserva la sucesión apostólica? Tampoco esa circunstancia retiraría veracidad a la obra, si la tuviese, pero si todos los argumentos que puede presentar son los de sujetos cuya concepción sobre la infalibilidad beneficia su posición sedevacantista el avalista pierde peso. Más de consideración serían las opiniones de teólogos, historiadores, et. que no defiendan el sedevacantismo hasta 1962. Pero seleccionar teólogos anteriores a 1962 y posteriores a 1970 con plena comunión con el Vicario de Cristo, favorables a su interpretación de infalibilidad aboslouta, en la práctica, le será muy difícil. No los hay. En la actualidad si los encontrará, porque hay muchos que se niegan a aceptar el ‘error’ en los papas conciliares.

    Tercera. Mal podría tomar la escuela lefebvriana, que a su vez la toma de historiadores anticatólicos del pasado argumentos para decir que Juan XXII erró en el magisterio ordinario de escritores falsarios arrianos, monotelitas, cismáticos griegos, toda vez que faltaban unos cuantos siglos para que llegara al pontificado Juan XXII.

    Por lo demás ‘Ministerio de Iniquidad’ usa de una erudición exhaustiva, imposible de contrastar en poco tiempo, por lo que casi queda en un acto de ‘fe’ ¿creer a esa investigación o no creerla? Pero si la creo y rechazo otras tesis, también eruditas, o si no la creo y acepto éstas ¿ resolvería la cuestión? No está en manos de historiadores, ni de teólogos la resolución, sino, como siempre, en manos del magisterio. Y el Magisterio del Concilio Vaticano I dice bien claro que el Papa es infalible sólo cuando habla ex cathedra, y además señala cuando habla o no de esta manera, ante la cual sólo cabe el asentimiento incondicional; y salvo que no se tenga en cuenta el principio filosófico sobre la contradicción en lógica, lo que no es infalible,cabe en la sentencia la posibliidad de errar, es decir, puede ser falible. Y así lo quiso enseñar el Magisterio Infalible de la Iglesia en dicho Concilio.

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  3. Estimado Sofronio:

    Decía santo Tomás de Aquino: “No mires quién lo dice, sino lo que dice.” Lo que nos objeta suele ser lo común en obras colectivas, sin que ello desmerezca su calidad.

    El obispo Dolan, (sin comillas), fue consagrado por Mons. Pivarunas, éste a su vez por Mons. Moisés Carmona, y éste a su vez, por Mons. Ngo Din Thuc, antiguo Arzobispo de Hué (Vietnam) y legado de la Santa Sede, por lo que su sucesión apostólica no es dudosa. Pero como bien dice, ni quita ni pone veracidad a la obra.

    Los argumentos aducidos ya fueron apuntados hace más de un siglo, cuando ni se imaginaba una posición “sedevacantista”. Perdone mi espesura, pero no entiendo muy bien su exigencia de encontrar teólogos anteriores a 1962 y a la vez posteriores a 1970, que reconozcan a los “papas” conciliares, y a la vez sostengan la infalibilidad que Ud. llama absoluta. Sería difícil porque exigiría que éstos sostuvieran una posición contradictoria.

    Me atrevería a sugerir que ésta no es principalmente una cuestión de autoridad de unos teólogos contra otros, lo que nos conduciría a una especie de “tradicionalismo teológico”, sino de conclusividad en los argumentos, por lo que la cronología tiene aquí una importancia harto relativa.

    El caso de Juan XXII es ante todo de hechos históricos deformados, que algunos discípulos de Mons. Lefebvre han querido tomar como apoyo para su postura, sin duda porque aún no conocían las importantes investigaciones históricas realizadas, así como las declaraciones del propio interesado y su inmediato sucesor; puede pasar a veces en ciertas polémicas, pero retomar el argumento ahora sería mucho menos disculpable.

    El Magisterio ya se ha pronunciado en infinitas ocasiones, entre otras al condenar diversos errores, en el sentido de que la Iglesia no podía errar en la enseñanza de la Fe y moral, y aún en bastantes otras cosas, como tendremos ocasión de mostrar. Es absolutamente falso que el Concilio Vaticano I enseñe que el Papa SÓLO es infalible cuando habla Ex cathedra, entendiendo por ello únicamente pronunciamientos más solemnes como los de 1950 por ejemplo. Le rogaría me mostrase en qué lugar del texto sitúa esa limitación. Dígame lo que le parecen estas citas:

    “¿Alguien se mostrará bastante loco como para pensar que la oración de Aquél para quién querer es poder, pueda quedar sin efecto en un punto aunque sea? ¿ La Sede de Pedro, acaso, por Pedro o sus sucesores, no ha condenado, refutado y vencido todos los errores de los herejes? ¿Acaso no ha confirmado a los hermanos en la Fe de Pedro, que hasta ahora no ha fallado, Y QUE HASTA EL FIN, NO FALLARÁ? San León IX, contra las pretensiones de los ortodoxos, que todavía siguen pretendiendo que los Papas de Roma llevan caídos en la herejía desde el S. XI.

    San Gregorio VII: “Insinuaba (El Señor) manifiestamente que los sucesores de Pedro NO DESVIARÍAN UN SÓLO INSTANTE DE LA FE CATÓLICA…Al Patriarca de Constantinopla.

    San León Magno: “En el curso de tantos siglos, NINGUNA HEREJÍA PODÍA MANCHAR LOS QUE SE SENTABAN EN EL TRONO DE PEDRO, PORQUE EL MISMO ESPÍRITU SANTO LOS ENSEÑA.”

    ¿Es ésto Magisterio, o no?

    Le pongo aquí una pequeña biografía de buenos y acreditados historiadores y teólogos no sospechosos de “sedevacantismo”, que escribieron con ocasión de la definición de 1870.

    El Cardenal Bégin, en “Primacía e infalibilidad de los Sumos Pontífices” 1873.

    El abbé Constant: “la historia e infalibilidad de los Papas” de 1869.

    Dom Guéranger, “La monarquía pontificia”

    Como habrá podido observar, Misterio de iniquidad trae no sólo testimonios de teólogos o historiadores, sino también de papas, doctores, y relatores del Concilio.
    Habla también de lo declarado en la Constitución sobre la Iglesia, y su perpetua infalibilidad cuando utiliza el modo ordinario de su enseñanza.

    ¿También se negará a creerlos a ellos, so pretexto de tener que hacer un acto de Fe?

    Aquí quedo, esperando que me enseñe ese famoso SÓLO que acotaría lo infalible de lo falible…

    In pace et caritate, ándese la paz por el coro…

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  4. Ay, ay, ay, ruego que Nuestro Señor Jesus desee oirte cuando intentes rendir cuentas de tu pequeña vida terrena dedicada a la corrupción, no te veo ante EL con valor de seguir quemando inocentes como lo haces en tu hoguera digital donde solo ensalzas a Satán. Das pena hermano. Pobre alma, solo a los seres como tu se les ocurre insultar a ¡¡¡Juan Pablo II y Francisco!!!.

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  5. Así que “Mi pequeña vida dedicada a la corrupción”. Me habrán dedicado muchas lindezas, pero esta, todavía no. Y esto, ¿Quién lo dice? ¿Un fraticello, un protestante, o un falso católico y verdadero conciliar?

    Al parecer, quemo inocentes, ya que no físicamente, porque no puedo, al menos digitalmente…

    ¡Qué típico de todos los herejes! Según ellos, todo lo que siempre fue la Iglesia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, era del demonio, hasta que por fin, el Nuevo Pentecostés del Vaticano II lo renovó todo, y dio la razón a los que antes condenaba y quemaba la verdadera Iglesia de Cristo.

    Se cumplía hasta literalmente lo que le dijo el obispo san Remigio al Rey Clodoveo el día de su Bautismo y consagración real: “Quema lo que has adorado, y adora lo que has quemado”

    ¡Y me llama hermano! Como si todavía perteneciéramos a la misma Iglesia…

    De verdad, de verdad, osea, ¿Cómo se me ocurre insultar a JP alias el turbomagno, encubridor de los sacrílegos profanadores de lo más puro y sagrado que tenemos, o al Bergoglione, que se niega a que lo llamen siquiera Papa?

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  6. En relacion a este tema publiqué lo que continua, hace año y medio en Infovaticana, que por supuesto no me publicaron, supongo que por lo que digo de Juan XXIII, algo insoportable para un opusiano. Estos son los textos

    Sobre el Padre Fortea
    El padre Fortea habla bien de los degenerados Simpson, los dibujos mas apropiados para idiotizar a las ultimas generaciones. Ademas Fortea piensa que Dios no condena a nadie. Si se condenan algunos, Dios no lo puede evitar porque es todo amor. De solo condenarse alguien sería una inmensa tragedia, es el “misericordiosismo” de nuestros aciagos dias. Fortea también piensa que actualmente no hay señales del apocalipsis. Estos tres puntos que señalo nos dan una idea de lo necio que es este señor. ¿de que le sirven tantos exorcismos? Por favor desenmascaremos a quien sea, que estamos en la hora de verdad.
    Penthos 11-XII- 2014

    Estoy de acuerdo con usted que Fortea predica la necesidad de la salvación, pero si también predica que todos se salvan (dice que el solo pensar que solo un ser humano se condenara, sería una grandísima tragedia, algo que formalmente no se atreve a afirmar, pero que implícitamente está juzgando a Dios) de que sirve esa salvación, de que sirven la expulsión de los demonios. Este sacerdote dignamente vestido de sotana y de aspecto grave y espiritual en realidad está en la linea de Von Balthasar (bien refutado junto a Rahner por el padre Sayés en España), Kasper (muy bien refutado por algunos teólogos de la universidad de Navarra desde hace décadas) y su seguidor Jorge Bergoglio. A este ultimo señor (¿quien será?) lo refutaré yo públicamente cuando me parezca oportuno. Su pensamiento se parece mucho al de los fratticeli medievales (los de la interpretación herética del franciscanismo medieval) y que llamaron anticristo al Papa entonces reinante, Juan XXII (grandes adelantados sobre los protestantes en llamar anticristo al Papa). A su vez Juan XXII condenó estos grupos.
    Curiosamente Bergoglio es un buen continuador del papa Juan XXIII, gran protagonista en la destrucción de la Iglesia, que se puso el nombre que continuaba al que condenó y se enfrentó con los fratticeli, auténticos precursores del comunismo y de la teología de la liberación. Mas tarde vino Juan XXIII que fue antipapa en el cisma de Avignon. Impresionantes y curiosos contrastes para un culebrón teológico. Bergoglio no tiene nada de original, lo nuevo es que se ha sentado en la silla vaticana un señor que piensa de esta manera y que no le da vergüenza, pues Juan XXIII también era así, pero sabia disimular pues aprendió a disimular su modernismo ante el papado de San Pío X, del que era una antitesis y con el que tenia los cables cruzados. Bergoglio no es más que una versión bastante ruda del modernismo del siglo XIX y XX. Pero uno de los que más se le parece es su admirado y ya difunto el Cardenal Martini que era profundamente hereje y con cara de amargado, la misma expresión de Bergoglio, cuando no está haciendo teatro.
    Pero no nos perdamos, estábamos con Fortea: hay una gran contradicción entre su talante grave y espiritual y su pensamiento light, necio y poco informado. La primera versión de su demonología (tesis doctoral) me pareció de lo más superficial y de ningún interés. Posteriormente ha ido ampliándola, pero copiándole a Santo Tomas y por tanto no tiene nada de original. Últimamente lo vemos de novelista y jugando a ser un tipo interesante, pero Fortea es de muy pocas luces. Sobre quien realmente es, Dios lo juzgará, pero este señor, con su sotana y todo, me huele a “chamusquina”.
    Penthos 11-XII-2014

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