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JUAN PABLO II: LA PROFUNDA RELIGIOSIDAD DE LUTERO


 

Discurso en el encuentro con los obispos de la Iglesia nacional danesa, en la residencia del obispo luterano de Roskilde, martes 6 de junio 1989

SUPERAR LOS OBSTÁCULOS

   A partir del Concilio Vaticano II comenzaron importantes diálogos ecuménicos. El primero de los coloquios bilaterales marcó el inicio del diálogo entre la Iglesia católica y la Federación mundial luterana. El profesor danés Kristen Skydsgaard, que había participado en el Concilio Vaticano II en calidad de observador, fue uno de los promotores de este diálogo.   Esos coloquios han incrementado de varios modos la colaboración entre nuestras Iglesias. Sin embargo, existen todavía, en tiempos de diálogo ecuménico, grandes obstáculos. Muchos señalan uno de ellos en la persona de Martín Lutero y en la condena de algunas de sus enseñanzas que la Iglesia católica pronunció en aquellos tiempos. Los resultados de su excomunión han producido heridas profundas que después de 450 años no han cicatrizado todavía y que tampoco pueden curarse mediante un acto jurídico. Después de que la Iglesia católica ha comprendido que la excomunión termina con la muerte de cada hombre, este tipo de procedimiento se ve como medida que afecta a alguien mientras Vive. Hoy ante todo necesitamos una valoración nueva y común de muchos interrogantes que han surgido de Lutero y de su mensaje. Por este motivo he podido afirmar en el curso del 500 aniversario del nacimiento de Martín Lutero: “En la práctica, los esfuerzos científicos de los investigadores evangélicos y de los católicos, que han logrado resultados excelentes, han conducido a un panorama pleno y diferenciado de la personalidad de Lutero y a una complicada conexión de los acontecimientos históricos en la sociedad, en la política y en la Iglesia de la primera mitad del siglo XVI. De todos modos, lo que ha salido a la luz de modo convincente es la profunda religiosidad de Lutero(1), que ardía de ansia abrasadora por el problema del la salvación eterna” (Carta al cardenal Willebrands, 31 de octubre, 1983: A AS 77, 1985, págs. 716-717).

BUSQUEMOS REALIZAR LA VOLUNTAD DE JESUCRISTO  

 Algunas peticiones de Lutero relativas a una reforma y a una renovación han hallado eco en los católicos desde diversos puntos de vista: así, cuando el Concilio Vaticano II habla de la necesidad de una reforma y de una renovación permanente:

 “La Iglesia peregrina en este mundo está llamada por Cristo a esta perenne reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana., necesita permanente mente; tanto que si algunas cosas, por circunstancias de lugar y tiempo, decayeren de su debida observancia en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina -el cual debe distinguirse con sumo cuidado del depósito mismo de la fe-, deberán restaurarse a tiempo en la forma y orden debidos” (Unitatis redintegratio, 6). 

  El deseo de escuchar nuevamente la palabra del Evangelio, y de convencerse de su veracidad que animaba también a Lutero, debe guiarnos a buscar el bien en los otros, a perdonar, a renunciar a visiones que están en contraste o son enemigas de la fe.   A propósito de la historia de nuestra separación, deseo repetir las palabras que pronuncié con ocasión de mi visita pastoral a Alemania Federal: “No nos juzguemos, pues, ya más los unos a los otros (Rom. 14, 13). Por el contrario, nosotros queremos admitir recíprocamente nuestras culpas, Aún en relación a la gracia de la unidad vale la, frase: ‘Todos pecaron’ (Rom. 3, 23). Deberíamos reconocer y decir esto con toda seriedad y extraer las consecuencias pertinentes” (Discurso a los representantes del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania, Maguncia, 17 de noviembre, 1980: A AS 73, 1981, pág. 72). (“L’Osservatore Romano”, 25-6-89, pp. 13-14).

   “Cuando el Sumo Pontífice llegó a la catedral, fue acogido por un volteo general de campanas. Unas 1.300 personas llenaban la catedral. El peregrino de la Unidad fue acogido en el atrio por el obispo del lugar Bertil Wiberg, revestido con capa, y por otras dignidades luteranas. Ya dentro del templo colocaron al Romano Pontífice en el lado izquierdo del coro. Detrás de él estaban los cardenales y obispos católicos, y enfrente los obispos protestantes y algunos familiares de la Reina. Dos grandes cirios ardían en el altar, delante del gran tríptico en escultura, del Renacimiento, que representa la vida de Jesús. EL SERVICIO RELIGIOSO LUTERANO fue presidido por el obispo local, y se desarrolló en un ambiente de solemne recogimiento entre himnos lecturas católicos, y plegarias. El Sumo Pontífice asistió en silencio y recogimiento a la ceremonia: REZANDO profundamente CON TODOS Y POR TODOS. Al final RECIBIÓ LA BENDICIÓN DEL CELEBRANTE”. (“L’Osservatore Romano”, edición española, 25-6,89, p. 16, col. 2″).
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  • (*) Fuente: Revista “Roma” Nº 125, Navidad de 1992. 
     

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