[Es Republicación]
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LEÓN XIII SOBRE EL PROSELITISMO PROTESTANTE EN ROMA
 

 

Carta Apostólica en la que lamenta y condena las prédicas y el proselitismo de los Protestantes en la ciudad de Roma, Italia.
19 de Agosto de 1900
 
 

A M. Pedro Cardenal Respighi, Nuestro Vicario General

Señor Cardenal:

Ya desde los primeros momentos de Nuestro Pontificado tuvimos que señalar como uno de los daños más deplorables el cambio del orden de las cosas en ésta capital del mundo católico, el ardiente proselitismo de la herejía y consecuentemente, el peligro al que la Fe de Nuestra gente fue expuesta,

Y en este tema, Nosotros, habiendo puesto al frente a Nuestro Cardenal Vicario[1], hemos impartido exhortaciones, consejos y avisos a los fieles en numerosas ocasiones para advertirles contra los intentos que bajo la protección de leyes públicas, hacen sectas de todas clases venidas del extranjero, con el fin de verter en las almas de los fieles el veneno de la negación [de la Fe]  y el error.

No obstante,  si por un lado estamos felices de reconocer que Nuestro mundo, asistido por atención ininterrumpida, no falló  en producir buenos resultados; por otro lado, estamos forzados a confesar que el mal, lejos de disminuir ha aumentado, especialmente en estos últimos tiempos, debido al descaro de los enemigos de la religión Católica que se ha redoblado gracias al apoyo económico que viene de afuera. Por ello es necesario, Señor Cardenal, volver a este tema desagradabilísimo e importante, que tan íntimamente está vinculado a los deberes y a los derechos de Nuestro Ministerio Apostólico y al amoroso y paternal afecto que Nosotros sentimos hacia Nuestro pueblo de Roma.

Es ahora bien conocido a todos, por la evidencia de los hechos, que el plan concebido por las sectas heréticas  (emanaciones multiformes del Protestantismo)  es levantar el nivel de discordia y de rebelión religiosa en la península [de Italia], pero más que todo en esta noble ciudad [de Roma] que Dios mismo  (admirable en el modo de ordenar los hechos)  estableció como el centro de esta unidad fecunda y sublime. Esta unidad fue el objeto de la  oración dirigida por Nuestro Divino Salvador a Su Padre Celestial (S. Juan 17:11, 21) y fue guardada celosamente por los Papas, incluso al punto de entregar sus vidas por ella, a pesar de las oposiciones humanas y las vicisitudes de los tiempos.

Luego de haber destruido en sus respectivos países las creencias venerables y  antiguas que eran parte del sagrado depósito de la revelación por medio de sistemas opuestos y discordantes; luego de haber desparramado el aliento helado de la duda, de la división y de la incredulidad en las almas de sus espectadores (inmensa ruina que Nosotros deploramos y por la cual estamos llenos de compasión en el fondo de Nuestro corazón ya que  vemos en cada una de esas criaturas a los hijos del mismo Padre, redimidos por la misma Sangre), esas sectas se han introducido de este modo en el viñedo elegido del  Señor, con el objetivo de proseguir con su obra desastrosa.

No siendo capaces de contar con la fuerza de la verdad,  en orden a extinguir, o al menos reducir, la Fe católica en las almas, ellos recogen el beneficio entre los jóvenes e indefensos, entre aquellos sin preparación cultural suficiente, entre los  angustiados y necesitados, gente simple que recibe fácilmente adulaciones,  engaños y seducciones.  

Habiendo sido informados de este hecho, ante todo Nosotros tenemos la necesidad de confesar, como lo hemos hecho en muchas ocasiones,  cuán exasperante es esta condición impuesta sobre la cabeza de la Iglesia Católica, la cual se ve  forzada a observar el desarrollo libre y progresivo de la herejía en ésta ciudad santa en la que debe reflejarse la luz de la verdad  y del buen ejemplo sobre el mundo y la cual debería ser la respetada Sede del Vicario de Jesucristo.

Como si no fuera suficiente el torrente de doctrinas enfermas y depravaciones que nacen con impunidad todos los días desde las sillas de profesores, desde los teatros o diarios [periódicos] para corromper las mentes y los corazones de las gentes, hay que agregar a todas esas causas de perversión la labor insidiosa de hombres herejes, que luchan entre ellos, pero que están de acuerdo en vituperar al Supremo Magisterio Pontificio, al clero católico y a los dogmas de nuestra santa religión, de los cuales no conocen el significado y mucho menos aprecian su augusta belleza.  

De ésto se sigue que los fieles, que vienen en peregrinaje a Roma para encontrar consuelo en su piedad y en su Fe desde todas regiones, incluso de las más remotas, son profundamente entristecidos al ver el suelo empapado de la sangre de los mártires invadido por sectas de todas clases, cuya única preocupación es arrancar del alma de la gente esta religión que fue declarada la religión del estado y que es el objeto principal de su amor y de su devoción.

De este modo fácilmente comprenderá, Señor Cardenal, cuán doloroso es para Nuestro corazón este triste estado de los hechos y qué  intenso es Nuestro deseo de ver los remedios apropiados que, si no arrancan este mal completamente, al menos disminuirán severamente su gravedad y su amargura. Es por esto que Nosotros somos reconfortados grandemente por la fundación de una organización distinguida a la que Nosotros mismos dimos inspiración e ímpetu, y la cual es llamada Preservación de la Fe. Más aún, por los  resultados satisfactorios que ha comenzado a ganar, gracias al celo inextinguible tanto de aquellos que la guían como de los que son parte de ésta.

Es nuestro deseo, Señor cardenal, contando con su usual y bien conocida actividad, que este trabajo saludable, tan bien adaptado a las necesidades presentes,  se sostenga, refuerce  y propague hasta el punto de constituir una defensa eficiente y poderosa contra el peligro antes mencionado.  Ante todo, un apoyo firme y constante tendrá que ser suplido por el clero trabajador, celoso y modesto de las parroquias de Roma; sobre el cual recae principalmente el cuidado y responsabilidad de las almas. Además se agregarán vitalidad, fuerza y expansión gracias a los laicos católicos de esta ciudad que siempre están dispuestos a brindar su inteligencia y sus contribuciones caritativas a donde sea que se encuentren los intereses de la religión y a donde esté en peligro el bienestar  material y moral de sus vecinos.

Que para todos  la principal preocupación sea fortalecer el carácter del pueblo Católico, inspirando nobles y santas intenciones, al mismo tiempo previniendo descuidos en los que bajo apariencia de inocencentes reuniones para jóvenes, conferencias para mujeres jóvenes, clases de idiomas, crecimiento cultural y subsidios para familias pobres, se ocultan propósitos criminales de insinuar en las mentes y corazones las máximas réprobas de la herejía.

Que todos los fieles estén completamente imbuidos con la verdad de que nada debe ser más precioso para ellos que el tesoro de su Fe, por la cual sus antepasados confrontaron sin miedo no sólo las miserias de privaciones sino también persecuciones violentas y hasta la muerte.

Tal sentido de fuerza no puede más que ser natural y profundo en Nuestra población que conoce muy bien que  la Iglesia Católica no sólo posee el sello divino que la distingue como la única verdadera, la única que recibió las promesas de vida inmortal, sino que también ha diseminado en todos  los tiempos sus bendiciones incomparables en Roma, en Italia y en el mundo entero, sojuzgando las embestidas del barbarismo con la justicia de sus leyes y la mansedumbre de sus costumbres, extendiendo, como tan bien lo dice San León el Grande – Serm. I, in Natali SS. Petri et Pauli-  el dominio de la paz Cristiana mas allá de los confines explorados por las águilas Romanas, salvando la literatura, las bibliotecas, la cultura intelectual, los monumentos; inspirando todo orden de ciencia y de arte, viniendo en ayuda de los débiles, de los pobres, de los oprimidos, con la generosidad del amor [caridad] y con la magnanimidad del sacrificio y del heroísmo.

Es por esto que Nosotros alimentamos la confianza de que ninguno de los Romanos, que son los hijos más privilegiados de la Iglesia Católica, querrá  nunca, por ningún interés por humano que sea, separarse de su más tierna Madre [la Iglesia católica], que,  luego de haberle dado a luz a la gracia, nunca ha cesado de rodearlo de sus solicitudes más llenas de afecto: de las cuales estamos también igualmente persuadidos que esos Católicos generosos que fundaron y propagaron la antes mencionada organización llamada Preservación de la Fe, nunca se darán respiro ni descanso mientras que la salvación eterna, aunque sea  de una sola  alma, esté en peligro, mostrando de este modo que si los enemigos de la religión son más fuertes por la cantidad de sus riquezas,  los  hijos de la Iglesia Católica vencerán por la plenitud de su caridad.  

Como muestra del favor divino por llevar esta seria tarea a un final feliz, concedemos con todo Nuestro corazón, la Bendición Apostólica, a los promotores de este esfuerzo piadoso, y a todos los que lo favorezcan.

León XIII, Papa. 
Desde el Vaticano, 19 de Agosto de 1900.

De Católicos Alerta

MAGISTERIO DE LEÓN XIII

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[*] Traducción: Gentileza de la Hermana María Trinidad Caballero. – Traducido de una traducción al inglés hecha por Novus Ordo Watch, la que a su vez fue traducida al inglés de la siguiente FUENTE en francés: “Lettre de S.S. Léon XIII sur le prosélytisme protestant à Rome”, August 19, 1900. [“Carta de su Santidad Leon XIII sobre el Proselitismo Protestante en Roma.”] Sacada de las Lettres Apostoliques de S.S. Léon XIII: Encycliques, Brefs, etc., Book VI – Paris: Maison de la Bonne Presse, n.d., pp. 142-145. (Cartas Apostólicas, Breves, etc Libro VI, Paris, Maison de la Bonne Presse, n.d. páginas 142-145) 
[1] Referencia hecha a Cartas Pontificias dirigidas a el Cardenal Vicario en Junio 26, 1878 y en Marzo 25, 1879.

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