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SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA, MADRE DE JESÚS


San José. Jean-Baptiste Bérangier. Chambery. Savoie. XVIII.

San José. Jean-Baptiste Bérangier. Chambery. Savoie. XVIII.

19 de marzo, San José , esposo de la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Del primer siglo.

Emperador romano Tiberio .

“Si buscas a José, encontrarás Jesús y María.”
Orígenes. Homil. In Lucam.

“El justo florecerá como el lirio, como está flor conservará su brillo y perfume para siempre ante el Señor.”
Brev. rom., 19 de marzo, Oficio de San José.

“Podrás saber quién fue San José si interpretas su nombre, que significa aumento.”
San Juan Crisóstomo.

Natividad. Caravaggio. S. XVI

Natividad. Caravaggio. S. XVI

[Santoral de marzo] 19 de marzo. SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

Emprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmullo de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones.

San José y Nuestro Señor Jesucristo. Georges de La Tour. XVII.

San José y Nuestro Señor Jesucristo.
Georges de La Tour. XVII.

No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

Desde que San Lucas y San Mateo nos delinearon los trazos definidores de la figura del Patriarca, los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los predicadores se han ido acercando paulatinamente al Santo con un afán cada vez más firme de intuir el misterio de su vida sencilla. Los primeros siglos dejaron un tanto en la penumbra el nombre de San José, atraídos por la luz irradiante de Jesús y de su Madre. Así lo exigía la realidad de entonces. Pero a medida que avanzaba el tiempo, la semilla de las Escrituras, las lecciones de San Jerónimo, de San Ambrosio, de San Agustín y de otros santos fructificaron de tal suerte a través de San Bernardo, de San Alberto Magno, de Santo Tomás de Aquino, que las generaciones de fines de la Edad Media y de las épocas siguientes pudieron entregarnos el valioso depósito de sus enseñanzas en libros llenos de entusiasmo y de doctrina. Así empezó a cobrar la vida de San José nuevo color y calor nuevo. Por momentos se iba interpretando más y mejor el río de su alma y día a día se agigantaba su personalidad adquiriendo dimensiones de amplitud teológica que sobrepasaban los límites de una simple hagiografía. De este modo surgió una literatura josefina prestigiada con los nombres de Gersar, Holano, San Francisco de Sales, Bossuet, el cardenal Vives, Lépicier, Sauvé, Renard, Michel y tantos más que descubrieron en la vida del Patriarca facetas de una magnitud insospechada. Por su parte Faber, verdadero poeta en prosa, supo extraer, con profundidad y maestría, un exquisito panal de belleza escondido entre los pliegues de Belén, centro de la humildad más encantadora y humana.

En este concierto de voces jubilosas, la aportación de España tuvo una especial trascendencia. Los dominicos con San Vicente Ferrer, los franciscanos con fray Bernardino de Laredo, los jesuitas con los padres Suárez y Rivadeneyra, los sacerdotes seculares como elBeato Juan de Avila ensalzaron las virtudes sobrenaturales del Santo en un .alarde de confortadora agudeza. Y esto sin olvidar a los poetas, sin dar de lado el lirismo de Valdivielso, de Lope, de Antonio de Mendoza, de González Carvajal, ni el valor dramático de Guillén de Castro en su comedia ennoblecida con el título de El mejor esposo.

El arrepentimiento de San José. Alessandro Tiarini. XVII.

El arrepentimiento de San José. Alessandro Tiarini. XVII.

¿Cómo iban a callar quienes podían oír en la vida del santo artesano las notas estremecidas de un celeste poema? Todo se renovaba gradualmente en torno suyo. Fue, sin embargo, la espiritualidad carmelitana la que dio el toque definitivo, la que hizo triunfar, dentro y fuera de nuestras fronteras, la devoción al humilde Patriarca. Santa Teresa fue la moldeadora del prodigio. Ella tomó a San José por abogado, cantó sus excelencias, comenzó bajo su protección las Fundaciones y puso al cobijo de su nombre los primeros portalitos. Belén resplandecía. Los conventos teresianos aprendieron de su fundadora a confiar en el patrocinio del santo más bondadoso. ¡Está tan cerca de la fuente de la bondad! A partir de este instante los escritores carmelitas aquilataron hasta lo más fino su juicio y ganaron en penetración y en altura al analizar con moroso y amoroso detalle las prerrogativas del padre nutricio de Jesús. Díganlo, si no, las idílicas descripciones de fray José de Jesús María y el acabado estudio del padre Jerónimo Gracián, digno de conservarse como un precioso legado.

No podía detenerse en nuestros días este impulso ascensional. Una trayectoria tan fecunda en trabajos de primera línea necesitaba conservar indemne su juventud, su vigor teológico. Así ha sucedido. La bibliografía se ha visto incrementada con las obras del obispo de Oviedo Luis Pérez, del padre Bover y de otros especialistas hispánicos cuyas investigaciones han venido a enriquecer con valores nuevos y nuevos eslabones la cadena áurea de tratados aderezada con el broche singular de la Teología de San José escrita por el padre Llamera.

Pero no es esto todo. Aún podemos agregar, como síntoma esclarecedor de este grato clima, el ejemplo del fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, colocando sus instituciones a la sombra del Santo de Nazaret, y la aparición de la revista de Estudios Josefinos, mantenedora del fuego de un amor siempre en hoguera.

Con tales antecedentes no es extraño que el culto de San José haya llegado a alcanzar proporciones inusitadas. Lo pedía el clamor de las naciones. Pronto recogieron y encauzaron con sabia mano esta devoción los Romanos Pontífices, nombrando a San José Patrono de la Iglesia universal por el decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, proclamándole abogado de los hogares cristianos en la jubilosa encíclica Quamquam pluries de León XIII y presentando al Patriarca como modelo de las familias pobres y trabajadoras en el “Motu proprio” Bonum sane de Benedicto XV. Fijémonos en que siglos antes Nueva España se había visto favorecida con una bula pontificia dirigida a premiar el buen espíritu de los vecinos del Yucatán y que, en 1679, Inocencio XI confirmaba sus letras apostólicas al patronazgo de San José sobre todos los dominios españoles. Esta España nuestra ha tenido la virtualidad de entronizar a San José en lo más entrañable de los hogares con el cariño de quien forma parte de la misma familia.

Natividad. Francesco Di Giorgio Martini. XV.

Natividad. Francesco Di Giorgio Martini. XV.

Una tradición tan amplia y persistente debía responder a un hondo fermento y afirmarse en sólidos motivos. No se explicaría de otro modo su universalidad. Algo bulle en San José que lo acerca a nosotros, que lo humaniza, que nos permite gustar como una golosina el sabroso regalo de los santos. Algo vive también en el fondo de su alma que lo eleva, que nos arrastra hasta regiones donde no llega el planear de las águilas. Dispongámonos a seguir el hilo de su vida en el tiempo y el ritmo de su alma allí donde calla el rumor de las cosas. Penetremos en el Sancta Sanctorum de una existencia tejida por entero con copos blancos. Preparémonos, en suma, a aprender con San José, en su silencio, un idioma ecuménico, idioma ultraceleste, formado por una palabra única, la Palabra, pronunciada junto a una cuna la noche inenarrable de Belén.

Las dos únicas fuentes inspiradas, canónicas, que nos dan a conocer con veracidad absoluta la persona y la vida del Santo Patriarca son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Dirigido el primero a convertir el alma de los judíos, y el segundo, discípulo de San Pablo, a atraer el corazón de los gentiles, ambos se presentan constelados por narraciones de insólita belleza. San Mateo parece que siente una llamada especial por los episodios dramáticos, movidos, a veces suntuosos. Es el evangelista de la congoja de San José, de los Magos cargados de ofrendas, de la huida a Egipto en medio de asechanzas. Pero en San Lucas encontramos la escena más esencial, la que puede calificarse como piedra clave del Evangelio de la Infancia, informado por testigos presenciales, habiendo oído probablemente de labios de la misma Madre de Jesús el relato conmovedor de los misterios de Dios hecho Niño, sólo en las páginas de San Lucas podemos saborear el celeste cuadro de la noche navideña. San Lucas es como el pintor de las pinceladas luminosas, líricas, musicales. Su evangelio de los días niños es una eclosión de cánticos, de himnos, de cromatismo translúcido. Nos alucina con la escena de la Anunciación, blanca como el ala de un ángel. Nos mece con la luz indefinible de la noche santa. Nos transporta con la himnodia del Magnificat, del Gloria in excelsis, del Nunc dimittis, del Benedictus. Nos lleva de la mano al templo los días de la Circuncisión, de la Purificación de Nuestra Señora, del Niño gozosamente encontrado. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita de Nazaret, recostada al pie de una colina? Alma de poeta y de artista, San Lucas ha inmortalizado las dos aldeas más familiares, la que sirvió de cuna al Rey de los Reyes y aquella otra en la que fue creciendo, como hombre, en gracia y en sabiduría delante de Dios. Al socaire de su relato, Belén y Nazaret adquieren una luminosidad ultraterrena. En el fondo de estas estampas evangélicas plenas de delicia, no falta nunca la noble presencia del Patriarca bienaventurado.

Veamos ahora lo que nos dice el acendrado poema de su vida. Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret, que tenía nombre y aroma de flor. Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas, es la prosapia y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella. Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario. ¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina. Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje.

La aparición del Ángel a San José. Georges de La Tour. XVII.

La aparición del Ángel a San José. Georges de La Tour. XVII.

Un ángel trajo el anuncio: “No temas recibir a María… porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo”. La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan! Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días. Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas. Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina. Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo. ¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

La huida a Egipto. Cosimo di Domenico di Bonaventura Tura. XV.

La huida a Egipto. Cosimo di Domenico di Bonaventura Tura. XV.

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca. El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto. Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva. Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar. Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Nuestro Señor Jesucristo en el taller de San José. Saint-Paul Iglesia Saint-Louis. París.

Nuestro Señor Jesucristo en el taller de San José.
Saint-Paul Iglesia Saint-Louis. París.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo?

San José y Nuestro Señor Jesucristo. Georges de La Tour. XVII.

San José y Nuestro Señor Jesucristo.
Georges de La Tour. XVII.

Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años. No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada. Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño. ¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.

¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel entendimiento arrebatado por la consideración de los misterios divinos, aquel corazón que se adelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José. Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa. Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre. Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

LUÍS MORALES OLIVER

[Sigue el texto de “Vidas de Santos”, de A. Butler]
Según el Martirologio Romano, el 19 de marzo es la festividad del “nacimiento (para el cielo) de San José, esposo de la Santísima Virgen María y confesor, a quien el Sumo Pontífice Pío IX, conforme a los deseos y oraciones de todo el mundo católico, proclamó patrono de la Iglesia Universal. La historia de su vida, dice Butler, no ha sido escrita por los hombres, pero sus acciones principales las relata el mismo Espíritu Santo por medio de los evangelistas inspirados. Lo que de él se dice en los Evangelios es tan conocido, que no necesita comentario. San José era de ascendencia real y su genealogía nos la dan tanto San Mateo como San Lucas. Fue el custodio del buen nombre de Nuestra Señora y con ese motivo, necesariamente confidente de los secretos celestiales; fue el padre adoptivo de Jesús, el encargado de guiar y sostener a la Sagrada Familia y el responsable, en cierto sentido, de la educación de aquel que siendo Dios, se complacía en llamarse “hijo del hombre.” Fue el oficio de José el que Jesús aprendió, su modo de hablar el que el Niño habrá imitado; fue José a quien la misma Santísima Virgen pareció investir con los plenos derechos paternales, cuando dijo sin restricción alguna: “Tu padre y yo, apenados, te buscábamos”. No es de admirar que el evangelista hiciera suya esta frase y nos diga, refiriéndose a los incidentes ocurridos durante la presentación del Niño en el Templo, que “Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de El”.

De todos modos, nuestros conocimientos positivos referentes a la vida de san José son muy limitados; a la «tradición» conservada en los evangelios apócrifos, hay que considerarla completamente inútil, por provenir de la fantasía, más que de una auténtica transmisión de hechos. Podemos suponer que se desposó con María, su prometida, de acuerdo con las ceremonias prescritas por el ritual judío, pero no se conoce claramente la naturaleza de este ceremonial, especialmente tratándose de gente humilde, y que José y María eran de esa condición se comprueba por el hecho de que durante la purificación de María en el templo sólo pudieron hacer la ofrenda de dos tórtolas. Esta misma pobreza muestra que es enteramente improbable la historia de la rivalidad de doce pretendientes a la mano de María, los que depositaron sus varas con el Sumo Sacerdote y los portentos que distinguieron de las demás, la vara de José, que fue la única en florecer. Los detalles proporcionados por el llamado «Protoevangelio», por el «Evangelio del pseudo-Mateo», por la «Historia de José, el Carpintero», etc., son, en muchos aspectos, extravagantes y contradictorios entre sí.

Debemos contentarnos con los simples hechos que relatan los Evangelios de que, después de la Anunciación, cuando el embarazo de María entristeció a su esposo, sus temores fueron disipados por una visión angélica; que recibió otros avisos del mismo ángel, primero para que buscara refugio en Egipto y después, para que regresara a Palestina; que estuvo presente en Belén cuando Nuestro Señor fue recostado en el pesebre y cuando los pastores acudieron a adorarle; que también acompañaba a María cuando ésta puso al Niño en los brazos del santo Simeón y, finalmente, que compartió el dolor de su esposa por la pérdida de su Hijo en Jerusalén y su gozo cuando lo encontraron discutiendo con los doctores en el Templo. El mérito de san José se resume en la frase evangélica: «fue un varón justo». Éste es el elogio que hace de él la Sagrada Escritura.

Aunque ahora se venera especialmente a san José con oraciones que se ofrecen para obtener la gracia de una buena muerte, este aspecto de la devoción popular al santo tardó en ser reconocido. El Rituale Romanum, publicado con autorización en 1614, a pesar de que incluye amplios y antiguos formularios para ayudar a los enfermos y moribundos, no menciona en ninguna parte, incluyendo las letanías, el nombre de san José, y sólo en tiempos recientes se ha reparado esta omisión. Lo que hace este silencio más notable, es el hecho de que la relación que se da de la muerte de san José en la «Historia de José el Carpintero», apócrifa, parece haber sido muy popular en la Iglesia oriental y que esa historia fue el verdadero punto de partida del interés por el santo. Más aún, ahí es donde encontramos el primer indicio de algo relacionado con una celebración litúrgica. El reconocimiento que ahora se le otorga a san José en el Occidente, según opinión general, se derivó de fuentes orientales, pero el asunto es muy oscuro.

De cualquier modo, debe tenerse en cuenta que la «Historia de José, el Carpintero» se escribió originalmente en griego, aunque ahora sólo la conocemos por las traducciones copta y arábiga. En este documento se hace una narración muy completa de la última enfermedad de san José, de su temor a los juicios de Dios, de sus autoreproches y de los esfuerzos que hicieron Nuestro Señor y su Madre para consolarlo y facilitarle su paso a la otra vida, así como de las promesas que hizo Jesús de proteger, en la vida y en la muerte, a los que hagan el bien en nombre de José. Es fácil comprender que esas supuestas promesas debieron haber causado honda impresión en la gente sencilla; la mayoría, sin duda, creyó que incluían una garantía divina de su cumplimiento. En todas las épocas de la historia del mundo, nos encontramos parecidas extravagancias, que se desarrollan a la par de los grandes movimientos de devoción popular. Lo maravilloso es que, en casi mil años, según parece, no encontramos rasgos reconocibles ni en el Oriente ni en el Occidente, de que tales promesas hayan despertado mucho interés. El Dr. L. Stern, persona altamente autorizada que se interesó mucho por este documento, creía que el original en griego de la “Historia de José, el Carpintero” podía remontarse al siglo IV, pero esta estimación de su antigüedad, en opinión del padre Paul Peeters, es quizás excesiva.

Por lo que se refiere al occidente y a ciertas referencias irlandesas, el padre Paul Grosjean saca la conclusión (véase la bibliografía, abajo) de que la mención explícita más antigua que tenemos sobre San José, relacionada con el 19 de marzo, está en un manuscrito conservado en Zurich (Rh. 30, 3); este martirologio, de Rheinau, es del siglo VIII y tuvo su origen en el norte de Francia o en Bélgica. Escribe el padre Grosjean que las referencias en el Martirologio de Tallaght y en el Félire de Oengus, son testimonios concordantes de la tradición continental que se conserva en la copia o resumen del Martirologio Jeronimiano utilizado por los escritores; y esa tradición se comprueba aun más, por dos compendios del Hieronymianum de Richenau y otro de Reims, que aparecieron poco después. La idea de que los irlandeses “culdee” celebraban una fiesta de San José el 19 de marzo, es un error. El Félire es ciertamente obra de un “culdee”, pero no es un calendario: es un poema devoto que conmemora a ciertos santos, cuyos nombres se toman arbitrariamente, día por día, de un martirologio abreviado de origen continental, con suplemento para Irlanda. El testimonio de Oengus es muy valioso, porque comprueba la presencia de los nombres de santos que él menciona en el documento que usó; pero un martirologio no es un calendario litúrgico y no nos permite concluir que tal o cual santo fuera celebrado en tal o nuil fecha en Tallaght o en algún otro monasterio irlandés.

Estas alusiones primitivas fueron un punto de partida pura futuros acontecimientos, aunque se desarrollaron lentamente. En el primer Misal Romano impreso (1474), no se encuentra ninguna conmemoración de San José, ni aparece su nombre en el calendario. En Roma encontramos por primera vez, en 1505, una misa en honor de San José, aunque un breviario romano de 1482 le dedica una fiesta con nueve lecciones. Pero en ciertas localidades y bajo la influencia de maestros individuales, había comenzado un culto notable, mucho antes de esto. Probablemente las representaciones de autos sacramentales en los que, con frecuencia, se asignaba a San José un papel prominente, contribuyeron en parte a este resultado. El Beato Hermán, premonstratense que vivió en la segunda mitad del siglo XII, tomó el nombre de José y creía que se le había concedido la seguridad de obtener su protección especial. Parece que Santa Margarita de Cortona, la Beata Margarita de Cittá di Castello, Santa Brígida de Suecia y San Vicente Ferrer, honraron particularmente a San José en sus devociones privadas. A principios del siglo XV, algunos escritores influyentes, como el cardenal Pedro D’Ailly, Juan Gerson y San Bernardino de Siena, abogaron calurosamente por su causa y sin duda, debido sobre todo a su influencia, antes de finalizar el mismo siglo, la fiesta de San José comenzó a celebrarse litúrgicamente en muchas partes de Europa occidental. La pretensión de que los carmelitas introdujeron la devoción del oriente está completamente desprovista de fundamento; el nombre de San José no se menciona en ninguna parte del Ordinarium de Sibert de Beka y, aunque el primer Breviario carmelita que fue impreso (1480), reconoce su fiesta, esto parece haber sido fruto de la costumbre, ya aceptada en Bélgica, en donde se imprimió el mencionado Breviario. El capítulo carmelita celebrado en Nimes en 1498, fue el primero que autorizó formalmente este agregado al calendario de la orden. Pero de ahí en adelante, la devoción se extendió rápidamente y es indudable que el celo y el entusiasmo desplegados por la gran Santa Teresa en la causa de San José produjeron una honda impresión en la Iglesia. En 1621, el Papa Gregorio XV declaró la celebración de San José fiesta de precepto y, aunque después se anuló esta obligación en Inglaterra y otras partes, no por eso ha disminuido, aún en nuestros días, el fervor y confianza de sus innumerables devotos. Testimonio elocuente de este hecho es el gran número de iglesias dedicadas en su honor y las muchas congregaciones religiosas, tanto de hombres como de mujeres, que llevan su nombre.

La amplia literatura piadosa sobre el culto a San José no tiene lugar aquí. Desde el punto de vista histórico, hemos de contentarnos con referirnos al Acta Sanctorum, marzo, vol. III, y a una pequeña selección de ensayos modernos, de los cuales el mejor parece ser el de J. Seitz, Die Verehrung des hl. Joseph in ihrer geschichtlichen Entwicklung bis zum Konzil von Trent dargestelh (1908). Véanse también tres artículos de la Revue Bénédictine de 1897; del canónigo Lucot, St. Joseph; Etude historique sur son caite (1875); de Pfülf en el Stimmen aus María Laach (1890), pp. 137-161, 282-302; Leclercq en DAC, vol. VII, y del cardenal L. E. Dubois, St. Joseph (1927) en la serie Les Saínts. Sobre las festividades celebradas en honor del santo, véase especialmente de F. G. Holweck, Calendarium FestoTum. Dei et Dei Matris (1925), p. 448. The Man Nearest lo Christ (1944), por el P. F. L. Filias, es una excelente obra popular, bien documentada. De sancto Ioseph quaestiones biblicae (1945) por U. Holzmeister es un resumen muy útil de historia y tradición. La última palabra, a la fecha, sobre el asunto de las referencias litúrgicas más antiguas, es la del P. Grosjean, en Analecta Bollandiana, vol. XXII (1954), fase. 4, Notes d’hagiographie céltique, n. 26.

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5 replies »

  1. Al final de los tiempos la intención de la hydra y su simiente, es confundir y adulterar el Genesis DIVINO, se puede leer en cada versículo modificado, que detallarlos sería extenso, como tambien en las partes convenientes que quitaron, en la Oración de S.S. León XIII. Sacaron a San José. y la sede de san Pedro.

    Y en cuanto a responsabilidades es claro quienes han sido, porque un nueva religión no puede ser creada con la Palabra de Dios verdadera , pero si adulterando, disminuyendo, confundiendo para de esa manera atentar gravermente sobre lo que pesa como alta condena, y se encuentra escrito en el libro de Apocalipsis.

    La nueva versión internacional del sr. Murdoch, inspirado por sus demonios y su amor al mamon, es visible, como asi tambien en las llamadas nueva versión o revisadas, como la pechita de murdoch, que tiene poco y nada que ver con el aramaico.No hay caso, en ese genesi demoniaco, lo primero es la mentira.y vender mentiras es su negocio.y el Vaticano anticristico, no dice nada.Tiempos de las bestias.

    Si nuestro Señor no es el único Hijo Bendito del Dios Vivo, da lugar a la llegada del otro que es es del otro.Intentar, para hacer otro ,con el único Verdadero.
    Lo mismo que no creyeron en esos tiempos, es lo que intentarán imponer al fin de los tiempos, el tercer milenio no es de Dios que nos salvó a todos, y si de falsos cultos anticrísticos que no salvaran a nadie. Tiempos de anti-papas.con el peligro que ello representa, de lo cual ellos son los mayores responsables ante Dios.
    Hasta el Credo ha sido modificado por los conciliares segundo, y esto ha sido reconocido por el clero fiel.
    Tanto el santo Patrono de lglesia, padre legal de Nuestro Señor san José, como la siempre virgen María santisima eran de la casa del rey David, ambos genesis eran de esa casa Bendita como fue la promesa, y los evangelios nos cuentan que cuando el DEICIDIO, Nuestro Señor la deja a su Madre, al cuidado de su discípulo más amado san Juan, y esta presente junto a sus apóstoles en los primeros tienpos y los más importantes de la Iglesia, porque santa María es la Madre de Dios que estaría junto, a sus doce fundamentos.con san Matías.
    Mas aun que san Lucas era el medico, y sirio, de san Pablo, lo cual es entendible que santa María le haya contado los detalles y toda la iglesia conocía. Es quien nos brinda, más detalles del Rey de reyes y Señor de señores.. Y san Ireneo de Lyon, explica claramente el por que María santísima es abogada de Eva, y vence al adversario que no pudo concluir su plan, ni nunca podra ganar ninguna batalla contra Dios.El cordero siempre los vencerá. Amén.

    Felicidades en el día del Patriarca más importante de todos los tiempos, porque fue quien cuidó a la Sagrada Familia., al Hijo Bendito de Dios Viviente que es Dios hijo de Dios y de María santísima. Benditos sean para siempre. Amén.

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  2. Hoy es posible verificar cada versículo modificado especialmente del Evangelio de san Lucas, quien era medico y según confirma, el P. Leonardo Castellani era el medico de san Pablo, y además María santísima dio detalles, muy importantes.

    Versículos modificados, o quitados del Evangelio de san Lucas.

    I, 28 – “Bendita tú entre las mujeres” ” fue quitado.(Cuando el arcángel san Gabriel anuncia a su Madre La virgen María, profecía dada a Isaías)

    II, 33 – “José” fue cambiado por “su padre”
    II:43 – “José y su Madre ” es cambiado por “padres”

    IV, 4 – “sino de toda palabra de Dios” fue quitado
    Es: “Jesús, respondiéndole, dijo: — Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre,
    sino de toda palabra de Dios”.

    IV :8 – “Apártate de detrás de mí Satanás” Fue quitado
    .
    VI, :48 – “fundada sobre la roca ” fue quitado.
    VI:31 – “Agregó el Señor” fue quitado.
    IIX:54 – “Como hizo Elías” fue quitado.
    IX:55 – “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” fue quitado.

    El texto mutilado y cambiado queda: “Entonces, Jesús volviéndose los
    reprendió.
    Cuando debe leerse: “Entonces, volviéndose él, los reprendió diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois”

    IX:56 – “porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas.” Fue quitado.

    XI:2-4 – La oración de nuestro Señor fue modificada, por omisiones.
    La oración es: Él les dijo: — Cuando oréis, decid:

    “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 3 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 4 Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos
    del mal”. Fue quitado: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. “Más líbranos del mal”

    XI:29 – “el profeta ” fue quitado (Respecto de Jonás)
    [Esta generación es mala; demanda señal, pero señal no le será dada, sino la señal de Jonás el profeta”

    XVII:36 – Todo el verso fue quitado: “Dos estarán en el campo: el uno será
    tomado y el otro dejado”

    IXXI:4 – “echaron para las ofrendas de Dios” fue quitado.
    Es: Porque todos aquellos echaron en las ofrendas de Dios de su abundancia, pero ella de su penuria ha echado todo sustento que tenía

    XXIV:49 – “de Jerusalem” fue quitada.
    Es: “Ciertamente, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalem, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”.

    Lo cierto que el responsable, por la Iglesia católica, es el cardenal Carlo Martini, quien fue arzobispo de Milán y uno de los grandes enemigos del Padre Luigi Villa, que luego de sufrir casi siete intentos de asesinato, merece nuevamente nuestro infinito reconocimiento y agradecimiento en el día del sancto Patriarca de la casa de David, san José y esposo de María santisima, ambos de esa casa divina. 19 de marzo, para siempre y nunca aceptaré la fecha modificada y colocado en el día de la secta Iluminati del 1-5.la fiesta de la ramera de babilonia, es de babilonia la grande que va a perdición y que además se han ocupado, sirvientes del diablo mundiales, de modificar la sancta escritura sobre los cuales pesa la máxima, condena de Dios . Gracias y FElicidades.

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  3. Leí en una noticia un comentario en el artículo titulado Papa Francisco anima a los jóvenes a asumir grandes retos ,como hizo San José, un comentario que quiero transcribir aquí:

    joseh
    Según ACIPRENSA Francisco dijo:
    “Que dé a los jóvenes, porque también él era joven, la capacidad de soñar, de asumir riesgos y tareas difíciles que hayan visto en sueños. Y que nos dé a todos nosotros la fidelidad que generalmente crece en una actitud justa, él era justo, crece en el silencio, en las pocas palabras, y crece en la ternura que es capaz de custodiar su propia debilidad y las de los demás”, exhortó el Pontífice.
    “Me gusta pensar en San José como el custodio de las debilidades, de nuestras debilidades: es capaz de hacer nacer muchas cosas buenas de nuestras debilidades, de nuestros pecados”

    Si esta noticia es textual de lo que dijo Francisco, Yo me la juego ahora, porque no me gusta este comentario sutil pero cargado de doble sentido, ¿cual debilidad de los demás custodió San José?, ¿cuales cosas buenas hizo nacer de cuales pecados?, NO,NO y NO , San José custodió a la Siempre Virgen María, inmaculada desde su concepción, perpetuamente virgen y llevando en sus entrañas al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, además a San José le habló un ángel en sueños, no fue un sueño nacido de San José, fue una revelación divina , de parte de Dios.
    Qué más debemos aguantar, qué más debemos esperar, qué Dios se encargue, ven Señor Jesús!

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