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SAN LEÓN I MAGNO



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SAN LEÓN I MAGNO (461)

Papa, confesor y Doctor de la Iglesia

León nació en una fecha que permanece incierta, probablemente en Toscana, aunque él reivindica a Roma por “patria” suya. Romano, en todo caso, por su educación y su carácter, formó parte del clero de la ciudad, donde muy pronto gozó de una gran autoridad. Simple acólito, fue encargado en el año de 4l8 de llevar un mensaje de Sixto (el futuro Papa) al obispo de Cartago, Aurelio. En el año de 430, el célebre monje Juan Casiano, obedeciendo la orden que se le había dado de escribir un tratado sobre la Encarnación contra la doctrina de Nestorio, se dirigía a León como al archidiácono de Roma, calificándolo ya de “ornamento de la Iglesia y del santo Ministerio”. Encargado de misiones importantes, tanto diplomáticas como religiosas, por los Papas Celestino l y Sixto lll, durante una de ellas, en las Galias, fue donde supo de la muerte de este último Pontífice, y aunque ausente, ¿fue aclamado por el pueblo para sucederle (440)?

En su entronización, León pronunció estas palabras: “Vuestro afecto quiso tener como presente al que un largo viaje tenía ausente. Doy gracias a Nuestro Dios por todos los beneficios que le debo; y os doy gracias a vosotros que por vuestro sufragio habéis dado sobre mí un juicio tan honorífico que no merezco. Por lo tanto os conjuro a que por la misericordia del Señor ayudéis con vuestras oraciones al que habéis llamado por vuestros deseos, a fin de que el Espíritu de Dios permanezca sobre mí y que no tengáis que arrepentiros de los sufragios que me habéis concedido. Que nos conceda a todos el bien de la paz Aquel que ha puesto en vuestros corazones el celo de la unanimidad”.

Y cada año, el 29 de septiembre, fecha de este acontecimiento, el Pontífice reunía un concilio en el curso del cual rendía homenaje a sus hermanos en el Episcopado, pero también afirmaba el Primado de sucesor de Pedro, y concluía así: “Pedidle a Dios —-que ha querido que yo presida el gobierno de la Iglesia—- que haga capaz de tan gran tarea y útil para vuestra edificación a este su humilde siervo”. –“Pedro persevera en la solidez de roca que le ha sido conferida; no abandona el gobernalle de la Iglesia que ha sido puesto en sus manos”.—“En su sede es siempre su poder el que sobrevive, y su autoridad la que domina. . . El sigue siendo el primero de todos los obispos, y el Jefe de la Iglesia” (Sermón lll, 3). La prueba práctica de ello está en que todos los obispos de la cristiandad recurren constantemente a la Sede de Pedro (Sermón V, 2-4).

El obispo de Roma enseñaba personalmente a su pueblo. Dejó numerosos sermones, homilías con ocasión de las fiestas litúrgicas, refutaciones de las herejías, exhortaciones morales y serias advertencias contra los abusos y peligros de la época: diversiones del circo, astrología, etc. . .

Restauró y quizá reconstruyó totalmente las basílicas de Letrán, de San Pedro, de San Pablo; y luego las diversas Iglesias destruidas o dañadas durante el saco de Roma por los vándalos (año 455).

En el curso de sus 2l años de pontificado, San León consagró a l85 obispos para unos 200 obispos de provincias suburvicarias, regiones de Italia o islas directamente dependientes de la Sede romana sin la mediación de un metropolitano. Por lo demás prohibió elevar al episcopado a hombres indignos, ora de condición servil, ora varias veces casados o casados con viudas. Y tomó medidas para evitar la dilapidación de los bienes de la Iglesia o su empleo en fines extraños al culto divino. 

A los obispos de otras provincias les ordenaba, llegado el caso, el celebrar concilios, condenar a los herejes, en particular a los pelagianos y los maniqueos, contra los cuales pidió y obtuvo el apoyo del “brazo secular” para la represión de sacrilegios y diversos crímenes que solían cometer los sectarios; y más de una vez reprochó a algunos el “dejar adormecer su vigilancia”, recordándoles que debían conformarse a “la autoridad de los cánones y a los decretos del Romano Pontífice”.—-En el año 449, San Pedro Crisólogo, a la sazón obispo de Ravena, escribió a un monje rebelde, Eutiques, “que aceptara dócilmente lo que ha escrito el bienaventurado Pedro, quien a su propia Sede sobrevive y preside a fin de asegurar a las almas leales la Verdad de la Fe, y sin cuyo consentimiento ningún obispo puede conocer de las causas de la Iglesia y de la Fe” (Carta 25).

En el año 452, Atila y sus Hunos, después de haber devastado la región de Venecia y la Liguria, se disponían a marchar ssobre Roma. Incapaz de rechazar las hordas bárbaras, el Emperador Valentino lll prefirió negociar. Tres embajadores fueron encargados de ello: el Cónsul Avenio, el exprefecto Trigecio y el Papa León. Episodio sobre el cual la leyenda y el arte han bordado a placer para acentuar su carácter maravilloso y sobrenatural. Lo cierto es que el Pontífice, verdadero jefe de la delegación, al cabo de una conversación cuyos argumentos no se conservaron, obtuvo de Atila que renunciara a proseguir la campaña y retirara sus tropas del otro lado del Danubio: “Demos gracias a Dios —-dijo simplemente el Papa al emperador, al darle cuenta de su misión—-, porque El nos ha salvado de un gran peligro”.

Tres años más tarde, San León tuvo que repetir esa misma gestión ante Genserico, rey de los Vándalos, que a su vez amenazaba a Roma. Menos feliz que anteriormente, el Papa obtuvo tan sólo que la ciudad no fuese quemada ni sus habitantes asesinados; no pudo impedir el pillaje de templos, palacios e iglesias (con excepción quizá de las basílicas de San Pedro y de San Pablo y de Letrán), ni la deportación de millares de hombres y mujeres, entre las cuales estuvieron la viuda y las dos hijas del emperador Valentiniano; y fue testigo del hundimiento del Imperio Romano en Africa del Norte.

A continuación de las invasiones bárbaras en la Galia a principios del siglo V, los territorios imperiales se habían reducido y la sede de la prefectura romana era Arlés. El obispo de esta ciudad, Hilario, exprexó entonces la pretensión de extender su autoridad a todas las provincias galo-romanas. San León le reprochó enérgicamente sus abusos de poder, sus tentativas de asurpación ruinosa para el primado de la Sede apostólica: “Dios, que dio a los Apóstoles la misión de predeicar el Evangelio, establició a Pedro, el jefede todos ellos, a fin de que de Pedro como de la cabeza pudieran extenderse sus dones divinos en todo el cuerpo; y quien ose separarse de la unidad de Pedro no participa en la economía divina” (Carta ll). Y cuando diecinueve obispos de Provenza y de la Galia narbonense pidieron el reconocimiento del Primado de Arlés, se toparon con una negativa categórica, no pudieron sufrir el Papa ni siquiera una apariencia de rivalidad estre la Iglesia de Roma y la Iglesia de las Galias. Y cada año era Roma la que fijaba para todas las diócesis la fecha de la fiesta de Pascua, viniendo a ser esta unanimidad enla gran solemnidad litúrgica algo así como el símbolo de la unidad de doctrina y de gobierno.

Resplandece la misma afirmación del Primado de la Sede de Roma en las soluciones y directivas dirigidas por San León a los obispos de España y de Africa, regiones en las que las invasiones de Godos y Vándalos implantaron el arrianismo. Se le somete tanto cuestiones doctrinales como disciplinasrias, y sus respuestas se reciben como “reglas de la Fe”. Y cuando relaga a un “vicario provincial”, como el obispo de Tesalólica, para estudiar ciertas estipulaciones o dirimir determinados conflictos, el Papa hace ver que se reserva exclusivamente la plena jurisdicción y el poder supremo: “Aunque todos los obispos están revestidos de una dignidad igual por el sacerdocio, no por eso deja de existir entre ellos una jerarquía en el gobierno: por encima del obispo del lugar, el metropolitano; por encima de los metropolitanos, el vicario para una región; y por encima de todos los vicarios, el Romano Pontífice.

En sus relaciones con los obispos de Alejandría San León tiene en alta estima a los sucesores de San Marcos, pero jamás deja de subrayar el Primario de Pedro.

Aparte de su “ministerio en el gobierno de la Iglesia” San León ejerció su “magisterio” en la enseñanza de la Sagrada doctrina. A propósito de los errores monofisitas expresados por Nestorio y luego por Eutiques, y con ocasión de los concilios que habían condenado a los dos heresiarcas, se le pidió a San León que ratificara y publicara las sentencias. Su carta a Flaviono, obispo de Constantinopla, contiene toda una exposición doctrinal sobre el misterio de la Encarnación, la unidad de Persona y la dualidad de naturalezas en Cristo.aunque no fuera ésta una definición “ex-cathedra” ni una argumentación teológica, es al menos una recordación clarísima de la creencia tradicional sobre ese punto, apoyándose en el testimonio de los Padres menos discutibles. Un cronista refiere que después de haber redactado esta carta, San León la depositó sobre la tumba del Apóstol Pedro, pidiéndole que la corrigiera si hallaba en ella la menor enexactitud; según esa crónica, cuarenta días más tarde recibió el Papa una advertencia del Cielo asegurándole que la corrección estaba hecha, y que encontró su carta efectivamente corregida del puño y letra del Apóstol. Aunque este relato no sea más que una leyenda, al menos expresa el pensamiento constante del Papa: obrar como sucesor de San Pedro y no apartarse en nada de la Verdad legada por el Jefe de los Apóstoles.

Al día siguiente del seudoconcilio que guarda en la historia el sobrenombre de “latrocinio de Efeso” (año de 449), porque con desprecio de toda equidad, un grupo de obispos bajo la dirección de Dióscoro de Alejandría, con el objeto de justificar y de rehabilitar al hereje Eutiques no había temido eliminar a los prelados oponentes y aun a los propios legasos del Papa, San León exige que la causa sea llevada ante él, porque sólo él tiene autoridad para resolver el conflicto. A petición suya, el emperador Valentiniano lll escribe a Teodosio ll de Constantinopla: “Debemos defender la Fe que hemos recibido de nuestros abuelos y conservar intacta la dignidad del bienaventurado apóstol Pedro. El obispo de Roma, en quien la antigüedad ha reconocido al Jefe de todo el sacerdocio, posee las prerrogativas de juez de la Fe y de los obispos”. Teodosio so niega, por suparte, a convocar un nuevo concilio para revisar las decisiones del de Efeso, y finge no ver en el Romano Pontífice sino a un patriarca del mismo rango que los de Constantinopla o de otras partes. Pero habiendo muerto accidentalmente Teodosio, su sucesor Marciano invita al Papa a reunir el concilio deseado y a venir a presidirlo en persona en la propia Constantinopla, o bien, si esto no fuera posible, se propone convocar a los obispos de Oriente que se reunirán bajo la presidencia de los legados pontificios. Severas sanciones se tomarían contra los instigadores y cómplices del latrocinio de Efeso; los obispos despuestos en él serían reintegrados en sus sedes, y la memoria de aquellos que como Flaviano de Constantinopla había muerto en el desierro, sería rehabilitada.

Planeando para Nicea, el Concilio se tuvo en realidad en Calcedonia (año 45l). el orgulloso y obstinado Dióscoro de Alejandría fue el primero en llegar allí, acompañado de l0 obispos egipcios, y tuvo la pretensión de excomulgar al “obispo de Roma” León. Por su parte los legados del Papa declararon que Dióscoro no sería admitido sino como acusado; y luego, tras de la recitación del Símbolo de Nicea, dieron lectura de la carta de San León a Flaviano, la cual fue reconocida como la fórmula de la verdadera Fe. Y Dióscoro fue condenado.

Pero surgió un desacuerdo entre los miembros del concilio a propósito del Primado de la Sede de Constantinopla, desacuerdo, a decir verdad, entre los obispos orientales por una parte y los legados Pontificados por otra. En una carta insinuamente al Papa los Padres del concilio intentaron arrancarle lo que sus legados habían rechazado: “Tú has venido hasta nosotros, tú has sido para nosotros el intérprete de la voz del bienaventurado Pedro. . . Nosotros éramos allí 500 obispos que tú conducías como la cabeza conduce a los miembros. . . Dióscoro, en su locura, se había enderezado contra aquel a quien el Salvador ha encomendado la guarda de su viña y quiso excomulgar al que tiene el cargo de unir el cuerpo de la Iglesia. . . A la sede de la antigua Roma, por ser soberana esa ciudad, nuestros Padres han atribuido rectamente el Primado. Pero, con el mismo pensamiento l50 piadosos obispos de Constantinopla (38l) concedieron el mismo promado a la sede de la nueva Roma, estimando con razón que la Ciudad que se honra con la presencia del Basileus y del Senado y que tiene los mismos privilegios que la antigua Roma real es tan grande como ella en las cosas eclesiásticas. . . Brillando en vos con todo su esplendor la luz apostólica, haréis beneficiar con ella repetidamente a la Iglesia de Constantinopla con vuestra habitual solicitud” (Carta 98).

Una carta del emperador Marciano apoyaba esta petición de los obispos. El obispo de Constantinopla, Anatolio, escribía en el mismo sentido y confiaba su misiva a los legados que volvían a Roma.

A la vez que acogía con entusiasmo las definiciones doctrinales del concilio sobre la Encarnación y la condenación de Dióscoro de Alejandría, San León deploró y reprobó la ambición de Anatolio y la tendencia del episcopado oriental a querer hacer de la sede de Constantinopla la igual y muy pronto la rival de la de Roma. Y estableció a su legado Juliano de Fos como representante suyo permanente en Constantinopla, con misión de velar por la pureza de la Fe y de conjurar decididamente las herejías nestoriana y eutiquiana, y luego impedir toda usurpación del patriarca de Constantinopla de la autoridad y primado del Pontífice de Roma.

Monjes partidarios de Nestorio o de Eutiques siembran la perturbación en Palestina y llegan hasta expulsar al obispo de Jerusalén, Juvenal. San León le ordena a su delegado Julian de Kos que pida la ayuda de la policía imperial para reprimir a los sediciosos, con una severidad eficaz, sin efusión de sangre sin embargo (año 453).

A la muerte del emperador Marciano, el poder estaba de hecho en manos de un general bárbaro y arriano, Aspar, quien designó emperador a León el Tracio y le hizo coronar por el patriarca de Constantinopla, Anatolio, feliz de aprovechar la ocasión para afirmar su prestigio. Al nuevo emperador recurrió San León para restablecer la paz y salvaguardar la verdadera Fe en Egipto y especialmente en Alejandría, donde la herejóa había levantado la cabeza, donde Prótero, que había reemplazado a Dióscoro, había sido asesinado. Y para apoyar su exhortación invocaba la conformidad de su enseñanza con la doctrina de los Santos Padres: “A fin de que tu piedad reconozca que estamos de acuerdo con los venerables Padres, he creído útil agregar a esta carta algunas de sus sentencias. Si te dignas recorrerlas, verás que no profesamos otra cosa que lo que nuestros Santos Padres han enseñado en elmundo entero y que sólo los herejes impíos se separan de ellos”.

Y cuando el emperador, usurpando un poco las prerrogativas del Jefe de la Iglesia, organizó una especie de plebiscito para saber si habría de mantener las deficiones del Concilio de Calcedonia, y luego aprobar el acceso de Timoteo Elurio a la sede de Alejandría, la casi unanimedad de metropolitanos y de obispos apoyó las decisiones del Papa San León sobre los dos puntos.

En Occidente solemos ver a los obispos, a los galo-romanos en particular, recurrir a la Sede Apostólica para obtener la solución de problemas doctrinales o disciplinarios, de “casos de conciencia”. Y San León les hace notar a veces que ciertos casos dependían simplemente del metropolitano. Responde siempre sin embargo y sus respuestas tienen el sello de la sabiduría y de la indulgencia.

Al obispo de Narbona, Rústico, que abrumado por las dificultades y los escándalos piensa en renunciar a su cargo para retirarse a la soledad, el Papa le hace notar paternalmente que la hora no es propia para el reposo sino para la lucha, que de debe persistir en amar a los hombres aunque detestando sus vicios y que Cristo no deja jamás de ser nuestro consejo y nuestro aliento.

San León murió el año 46l el ll de noviembre. La fecha del ll de abril, señalaba en el calendario litúrgico como la de su “dies natalis”, corresponde sin duda a la traslación de sus restos. Fue inhumado en la basílica de San Pedro. Fue proclamado Doctor de la Iglesia por Benedicto XlV el año de l754. 

Un epitafio en versoslatinos, compuestos por el Papa Sergio, subraya la ingridad doctrinal de San León. “Sus escritos, sus cartas atestiguan la rectitud del dogma; las almas piadosas los veneran, la turba impía les teme. Refugió este león, y los corazones de los venados temblaron de miedo; pero las ovejas siguen las órdenes de su Pastor”.

En cuanto a los historiadores, rinden homenaje sobre todo al incomparable jefe de la Iglesia, uno de los más eminentes artesanos de su unidad y del Pimado del Romano Pontífice: “León vio a Italia presa de los terrores de Atila, a Roma ultrajada por Genserico. Con esos dos azotes de Dios tuvo que ir a parlamentar, a tratar de imponerles algún respeto a la majestad del Imperio agonizante. Bajo sus ojos la casa de Teodosio se hundió en espatables catástofres. Y en medio de las convulsiones del Estado tenía que poner el pensamiento hacia el Oriente, donde la fe peligraba sin cesar, luchar allá abajo contra los potentados eclesiásticos, la violencia de los monjes, los motines de Jerusalén y de Alejandría, contra la vulgaridad de los concilios, a veces contra el soberano mismo. Sus admirables cartas, sin hablar de los demás documentos, son una prueba de su actividad y de su sabiduría. Sus sermones, de una verdadera elocuencia de Pontífice, tranquila, sencilla, majestuosa, nos lo muestran en medio de su pueblo, en el ejercicio ordinario de su deber pastoral. Las conmociones de afuera no dejaron en él sino débiles huellas: inquebrantable en la serinidad de su alma, León habla tal como escribe, como no deja jamás de pensar, de sentir, y de obrar, ¡como romano! Al oirlo, al verlo en plena acción, los senadores de Valentiniano lll debieron pensar a menudo en sus colegas de la antigua República, en aquellas almas invencibles que ninguna prueba doblegaba (Mons. Duchesne, Histoire ancienne de l’Eglese).

“Elevación y severidad de la vida y de miras, rigor y vigor para mantener las reglas de la disciplina eclesiástica, dotado con esto de una energía indomable, de entusiasmo, de perseverancia, capaz de abrazar de una mirada varios campos de acción muy distantes, inspirado por una aceptación sin vacilaciones y una admirable comprensión de la Fe de la Iglesia que quiso mantener en todas partes a toda costa, penetrado y sin respiro al servicio de un sentimiento soberano de la indefectible autoridad de la Iglesia de Roma como centro divinamente designado de todas las obras y de toda la vida de la Iglesia de Cristo, San León es representativo, en cuanto cristiano, de la dignidad imperial y de la severidad de la antigua Roma; y es el fundador del Papado medieval, en toda su magnificencia de concepción y su fuerza intransigente. Es un carácter sencillo, si se le mira com simpatía, fácil de comprender y de apreciar. Representa vigorosamente el elemento de la vida creciente de la Iglesia que se identifica especialmente con Roma: la autoridad y la unidad” (C. Gore, Dictionnaire de biographie chrétienne).

Desdeñoso de la cultura profana, San León no es tampoco un exégeta que trate de profundizar el sentido de la Escritura. Muy alejado igualmente de las especulaciones teológicas de un San Agustín por ejemplo, el santo Pontífice se asigna por tarea el recordar e inculcar la doctrina católica tradicional: “Que se guarde la regla de la antigüedad”. Sin temor de no enunciar más que principios elementales y lugares comunes, o de repetirse, no sin cuidar su forma sin embargo, a fin de conmover la sensibilidad para tocar los corazones y abrirlos así a verdades a menudo austeras, habla sobre todo como moralista. Se ha conservado de él un centenar de sermones, cuyo tema y ocación se los proporcionaba el ciclo litúrgico: diez para Navidad, ocho para la Epifanía, doce para la Cuaresma, diecinueve sobre la Pasión del Salvador, dos para Pascuas, dos para la Ascensión, tres para Pentecostés, etc.

Sin otra consideración filosófica que el espectáculo del universo que atestigua la existencia de un Dios creador todopoderoso y bueno (Sermón 44), San León sabe por la fe que el hombre ha sido creado a la imagen de Dios, imagen transformada por el pecado de Adán, y restaurada por la Redención de Cristo: “En este punto, el fiel sabe más cuando ve en el fondo de su corazón que cuando contempla las maravillas del cielo” (Sermón 27, 6). Oráculos de los profetas, milagros del Salvador, testimonios de los Apóstoles ¿no son motivos suficientes para fundar nuestra Fe sobre una certeza? Sermones 5l, 52, 53, 54, 56, 57, 59, 60, 6l, 7l, 73). El plan de Dios para la salvación del mundo no aparece solamente en los acontecimientos históricos revelados por las Escrituras: es visible también en la Iglesia que en el curso de los siglos aumenta la multitud de los hijos de Dios (Sermón 63).—La Iglesia, santificada por el Espíritu Santo, es el Cuerpo místico de Cristo de la que todos los miembros son todos los hombres penetrados de la Gracia (Sermones 25, 46, 75, 76, 82, 89). Su cohesión está asegurada por la unidad de la De, que a su vez descansa sobre “la autoridad del inmutable Símbolo” (Carta l02).—La Fe católica es una: nada se le puede agregar ni se le puede qutar (Carta l24). Tiene a Dios por Maestro, y con la asistencia del Espíritu Santo da una interpretación auténtica de la Escritura, y así refuta los errores y se refuerza ella misma, obligándola las herejías a afirmar más claramente la Verdad Sermón 30). (Carta l65).—El Símbolo de los Apóstoles que recitan los nuevos bautizados es el formulario ideal de la Fe católica (Carta 31, sermón 34). 

¿Para qué discutir, por ejemplo, el misterio de la Encarnación o aun permitir, como lo hacen algunos, el oponer dificultades a ese designio de Dios? La Encarnación es obra del poder y de la misericordia de Dios, ambos infinitos: ¿qué tiene que ver en esto la pretendida sabiduría del mundo? (Sermones 26, 27, 58, 69). Para extender la Verdad revelada, Cristo no recurrió a filósofos ni a oradores, sino a humildes pescadores, “a fin de que la celestial doctrina dotada de poder divino, no perezca necesitar de la palabra humana” (Carta l64).

En la lucha con Nestorio y Eutiques, San León es llevado, sin hacer sin embargo una exposición didáctica, a precisar el pensamiento católico sobre la Encarnación y sobre todos los puntos del dogma que se le relacionan: necesidad de un Hombre-Dios, para realizar una Redención eficaz del género humano perdido por el pecado de Adán; unidad de Persona y dualidad de naturaleza en Cristo; Virginidad perpetua y Maternidad divina de María. Esta doctrina, esparcida en sus sermones y en su correspondencia, es más explícita y más concentrada en su famosa Carta a Flaviano, que de cierta manera hacía oír la voz del Papa enel concilio de Calcedonia.

Moralista, San León afirma con San Agustín la prioridad de la acción divina y de la Gracia en la obra de nuestra salvación, porque “Dios es el autor de este templo que somos nosotros; es el quien lo comienza y quien lo termina” (Sermón 48). Pero insiste enla cooperación del alma humana, el ejercicio de la libertad y el esfuerzo constante de ascesis para luchar contra los vicios inherentes a la naturaaleza corrompida y observar los preceptos del Decálogo siempre en vigor, para venir luego a seguir los consejos y los ejemplos de Cristo, que dice a todos: “Haced lo que yo amo, amad lo que yo hago” (Sermones 38, 99).

Tampoco sobre los Sacramentos haytratados de la pluma de San León, sino descripciiiones y exhortaciones para recordarnos su noción y su eficacia, al mismo tiempo que nos enseñan los ritos propios de su administración en aquella época.

El Bautismo tiene por objeto devolverle al hombre la inocencia perdida por el pecado (Sermones 24-26; Carta l24).

Precedido y preparado por un período de enseñanza, el catecúmeno requiere, antes de la absolusión del agua, la profesión de la Fe mediante la recitación del Símbolo de los Apóstoles, la renuncia a Satanás, y luego, tras de la ablusión, la unción del Santo Crisma en forma de cruz, enla frante, por el obispo, con exorcismos e instrucciones. Es conferido solamente, ante la asamblea de los fieles, en las vigilias de Pascua y de Pentecostés (Sermón 76, Carta l6), salvo el caso de peligro de muerte, pues entonces se confiere el Bautismo enprivado y en cualquier tiempo. Se les concede a las personas de los dos sexos, y de todas las edades: ancianos, jóvenes, niños. En todos borra el pecado original y también los pecados personales (Sermón 49, Carta 59).

No debe ser reiterado el Bautismo aun cuando haya sido conferido por los herejes, salvo cuando su realidad o su validez es dusa como sucede con los niños deportados en tierna edad (Respuesta al Obispo de Revena, Sermón 49). Los ayunos y las oraciones públicas prescritas por la Iglesia, en las Témporas por ejemplo, son igualmente obras de penitencia (Sermón 88). Finalmente, son los jefes de la Iglesia, obispos y sacerdotes,quienes tienen el “poder de las llaves” para reconciliar a los pecadores con la Iglesia y con Dios (Carta l08, al Obispo de Frejus, Sermón 5). Ciertos pecadores, por la intensidad del arrepentimiento y por un exceso de humildad, creían deber hacer una declaración escrita de sus faltas cuando pedian la penitencia. San León prohibe primeramente el publicar esas confesiones, porque para el pueblo cristiano es más provechoso el no conocer ciertos crímenes.reprueba en seguida tal práctica porque podría alejar de la penitencia a los culpables que carecian de ánimo para hacer tales confesiones, y basta que el ministro de Dios las escuche, puesto que sólo él está autorizado para pronunciar el juicio. La Penitencia es siempre posible en esta vida.pero que el pecador no espere la última hora, porque en el otro mundo ya no hay enmienda, ni remedio, ni satisfacción, puesto que tampoco hay deliberación de la voluntad (Carta l08, Sermones 9, 35).

La Eucaristía es a la vez la “comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo” (Sermón 54) y el verdadero holocausto ofrecido a Dios (Sermón 58), el Sacramento, o signo sensible de la Pasión y de la muerte del divino Salvador Sermones 59, 9l; Carta 9).

El Sacramento del Orden tiene tres grados: el episcopado, el sacerdocio, el diaconado. Nadie puede ser promovido a un grado superior sin haber pasado por los inferiores (Carta l2, a los Obispos de Mauritania). Las ordenaciones se harán en Domingo; las precederá una vigilia de oración y de ayuno (Carta a los Obispos de Viena). La ordenación requiere que los sujetos sean dignos, de costumbres honestas, idóneos para ejercer el santo ministerio, de condición libre. San León condena como un abuso la elevación a las sagradas órdenes de esclavos aún no liberados (Carta 4, a los Obispos de Campania y de Toscana).—Al subdiaconado lo llama “cuarto Orden”: exige, como las órdenes superiores, la práctica de la continencia absoluta (Carta l4, al Obispo de Tesalónica).

“La Iglesia universal”: tal es el objetivo de la política de San León: y él sabe que él mismo es el Obispo de la Iglesia universal, no por ambición personal, sino para el mayor bien de la Iglesia misma, bien que se identifica con la unidad, condicionada a la vez por la estrecha cohesión y la entera subordinación de todos los obispos del mundo al Obispo de Roma,como natural es que el cuerpo obedezca a la cabeza (Cartas 86, l04, ll2, l24, l49). Se siente él tan responsible de la Iglesia entera como lo era San Pedro (Sermones 2, 3). Por esta razón él está presente mediante sus legados en el Concilio de Calcedonia, condena a Eutiques y exige que Dióscoro sea juzgado (Carta l20). Y el Concilio, lejos de oponerse a admitir tal primado, felicita a San León por haber sido, en medio de los Padres, “el intérprete de la voz del bienaventurado Pedro y por haberlos conducido como la cabeza conduce a los miembros” (Carta 98). Y luego una relación con el concilio agrega: “León, el santo y muy venerado Papa de la Iglesia universal, revestido de la dignidad del Apóstol Pedro, que es el fundador de la Iglesia, la roca de la De, el portero del reino celelstial” (Carta l03, a los obispos galo-romanos).

Prosiguiendo y completando la idea de algunos de sus predecesores, los Papas Inocencio y Bonifacio entre otros, San León, no contento con centralizar en Roma la autoridad de la Iglesia entera, organizó la jerarquía Episcopal. Aunque los obispos están dotados del mismo poder y gozan de prerrogativas idénticas en virtud del Sacramento de la Orden; aunque tienen una cierta autonomía en el gobierno de sus respectivas diócesis, la administración de una Iglesia extendida ya en regiones alejadas y pueblos diversos, exige una repartición en provincias y en distritos, algo así como en el Imperio Romano. Los obispos de una región están sometidos a la autoridad de un arzobispo o metropolitano; y las regiones dependen de la sede primacial o patriarcal de la provincia. Esta división nunca es en detrimento de la unidad, la cual está asegurada por la comunión de la fe y la subordinación al Jefe supremo: de todos los puntos de la tierra, y en todos los grados de la jerarquía, las iglesias y sus obispos están “en comunión” con Roma y el Papa (Carta 80, l30). Por lo demás, una correspondencia regular y confidencial alimenta la unión: los obispos dan cuenta de su gestión, del estado de las almas y de las vicisitudes de la Fe en sus diócesis: el Papa dirime los conflictos y da las directivas (Cartas 4, 5, 6, l2, l9).—Además, para las circunstancias más graves, se envían legados apostólicos a diversos lugares para obrar en nombre del Papa (Carta 79).

Respecto a los monjes que gozan de un estatuto particular adaptado a su género de vida, San León da prueba de una gran solicitud, pero “a condición de que sean fieles a su profesión y de que concuerden sus costumbres con la vida a la que están consagrados”.—Por el contrario, es severísimo con los “orgullosos y agitados que hacen gala de despreciar a los obispos. . . y con los abades que arrastran a una multitud ignorante para hacer triunfar sus perversidades” (Cartas ll7, ll9).

En la época de San León, el poder imperial era católico, favorable a la expansión de la Iglesia, celoso a menudo por la defensa de la verdadera Fe, pero con una tendencia más o menos marcada a irrumpir en el dominio espiritual, a confundir los dos poderes, a veces a acapararlos y a poner a la Iglesia en tutela. Cuando él veía a los príncipes sinceramente dedicados a la causa de la Verdad, San León no ahorra elogios que los asimilan a los auxiliares del sacerdocio y de la santidad (Cartas ll5, ll6 al Emperador Marciano; ll7, l34, l43, l54, a Juliano de Kos). 

Pero, a la menor tentativa de abuso de poder, San León sabe, aunque observando en la forma la deferencia debida a la autoridad legítima, resistir con firmeza y reprender al emperador mismo (Cartas 36, 37, 43, 45, 54, 59, a Teodosio ll).

En suma, sin apartarse jamás de la política que domina todo su reinado, San León concreta la idea ya latente en sus predecesores y fundada en las promesas de Cristo: la unidad de la Iglesia por la unidad de la Fe y de gobierno.

De Mercaba

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