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JESÚS ANTE CAIFÁS


JESÚS ANTE CAIFÁS. NEGACIÓN DE PEDRO Y ARREPENTIMIENTO


CAPÍTULO 16 DE LA “MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

 

Sor María de Jesús de Ágreda 

JESÚS ANTE CAIFÁS

Fue llevado Cristo nuestro Salvador a casa del Pontífice Caifás, donde fue acusado y preguntado si era Hijo de Dios; y San Pedro le negó otras dos veces; lo que María santísima hizo en este paso y otros misterios ocultos.

1268. Luego que nuestro Salvador Jesús recibió en casa de Anás las contumelias y bofetada, le remitió este pontífice, atado y preso como estaba, al Pontífice Caifás, que era su suegro y aquel año hacía el oficio de Príncipe y Sumo Sacerdote; y con él estaban congregados los escribas y señores del pueblo, para sustanciar la causa del inocentísimo Cordero. Con la invencible paciencia y mansedum­bre que mostraba el Señor de las virtudes (Sal 23, 10) en las injurias que recibía, estaban como atónitos los demonios y llenos de confusión y furor grande, que no se puede explicar con palabras; y como no penetraban las  obras interiores  de la santísima humanidad, y en las exteriores, por donde en los demás hombres rastrean el corazón, no hallaban movimiento alguno desigual, ni el mansísimo Señor se quejaba, ni suspiraba, ni daba este pequeño alivio a su humanidad, de toda esta grandeza de ánimo se admiraba y atormentaba el dragón como de cosa nueva y nunca vista entre los hombres de condición pasible y flaca. Y con este furor irritaba el enemigo a todos  los príncipes, escribas y ministros  de los  sacerdotes, para que ofendiesen y maltratasen al Señor con abominables oprobios, y en todo lo que el demonio les administraba estaban prontos para ejecutarlo, si la divina voluntad lo permitía.

1269.  Partió de casa de Anás toda aquella canalla de ministros infernales y de hombres inhumanos, y llevaron por las  calles  a nuestro Salvador a casa de Caifás, tratándole con su  implacable crueldad ignominiosamente. Y entrando con escandaloso tumulto en casa del Sumo Sacerdote, él y todo el concilio recibieron al Criador y Señor de todo el universo con grande risa y mofa de verle sujeto y rendido a su poder y jurisdicción, de quien les parecía que ya no se podría defender. ¡Oh secreto de la altísima sabiduría del cielo! ¡Oh estulticia de la ignorancia diabólica y cieguísima torpeza de los mortales! ¡Qué distancia tan inmensa veo entre vosotros y las obras del Altísimo! Cuando el Rey de la gloria poderoso en las batallas (Sal 28) está venciendo a los vicios, a la muerte y al pecado con las virtudes de paciencia, humildad y caridad, como Señor de todas ellas, entonces piensa el mundo que le tiene vencido y sujeto con su arrogante soberbia y presunción. ¡Qué distancia de pensamientos eran los que tenía Cristo nuestro Señor, de los que poseían aquellos ministros operarios de la maldad! Ofrecía el autor de la vida a su Eterno Padre aquel triunfo que su mansedumbre y humildad ganaba del pecado, rogaba por los sacerdotes, escribas y ministros que le perseguían, presentando su misma paciencia y dolores y la ignorancia de los ofensores.  Y la misma petición y oración hizo en aquel mismo punto su beatísima Madre, rogando por sus enemigos y de su Hijo santísimo, acompañándole e imitándole en todo lo que Su Majestad iba obrando, porque le era patente, como muchas veces he repetido (Cf. supra n. 481, 990, etc.). Y entre Hijo y Madre había una dulcísima y admirable consonancia y correspondencia agradable a los ojos del Eterno Padre.

1270. El pontífice Caifás estaba en su cátedra o silla sacerdotal encendido en mortal envidia y furor contra el Maestro de la vida. Asistíale Lucifer con todos los demonios que vinieron a casa de Anás. Y los escribas y fariseos estaban como sangrientos lobos con la presa del manso corderillo, y todos juntos se alegraban como lo hace el envidioso cuando ve deshecho y confundido a quien se le adelanta. Y de común acuerdo buscaron testigos que sobornados con dádivas y promesas dijesen algún falso testimonio contra Jesús nuestro Salvador. Vinieron los que estaban prevenidos, y los testimonios que dijeron ni convenían entre sí mismos, ni menos podían ajustarse con el que por naturaleza era la misma inocencia y santidad. Y para no hallarse confusos trajeron otros dos testigos falsos que depusieron contra Jesús, testificando haberle oído decir que era poderoso para destruir aquel Templo de Dios hecho por manos de hombres y edificar otro en tres días (Mc 14, 58) que no fuese fabricado por ellas. Y tampoco pareció conveniente este falso testimonio, aunque por él pretendían hacer cargo a nuestro Salvador que usurpaba el poder divino y se lo apropiaba a sí mismo. Pero cuando esto fuera así, era verdad infalible y nunca podía ser falso ni presuntuoso, pues Su Majestad era Dios verdadero. Pero el testimonio era falso, porque no había dicho el Señor las palabras como los testigos las referían, entendiéndolas del templo material de Dios; y lo que había dicho en cierta ocasión que expelió del templo a los compradores y vendedores, preguntándole ellos en qué virtud lo hacía, respondió (Jn 2, 19) y fue decirles que desatasen aquel templo, entendiendo el de su santísima humanidad, y que al tercero día resucitaría, como lo hizo en testimonio de su poder divino. 
                                               
1271.  No  respondió  nuestro   Salvador  Jesús   palabra  alguna  a todas las calumnias y falsedades que contra su inocencia testificaban. Y viendo Caifás el silencio y paciencia del Señor se levantó de la silla y le dijo:   ¿Cómo no respondes a lo que tantos  testifican contra ti? (Mc 14, 60-61) Tampoco a esta pregunta respondió Su Majestad, porque Caifás y los demás, no sólo estaban indispuestos  para darle crédito, pero  su  duplicado  intento  era  que  respondiese  el  Señor alguna razón que le pudiesen calumniar, para satisfacer al pueblo en lo que intentaban contra el Señor y que no conociese le condenaban a muerte sin justa causa. Con este humilde silencio de Cristo nuestro Señor, que podía ablandar el corazón del mal sacerdote, enfurecióse éste mucho más, porque se le frustraba su malicia. Y Lucifer, que movía a Caifás y a todos los demás, estaba muy atento a todo lo que el Salvador del mundo obraba; aunque el intento de este Dragón era diferente que el del Pontífice, y sólo pretendía irritar la paciencia del  Señor, o que hablase alguna palabra por donde pudiera conocer si era Dios verdadero.

1272. Con este intento Lucifer movió la imaginación de Caifás para que con grande saña e imperio hiciese a Cristo nuestro bien aquella nueva pregunta: Yo te conjuro por Dios vivo, que nos digas si tú eres Cristo Hijo de Dios bendito (Mt 26, 63). Esta pregunta de parte del Pontífice fue arrojada y llena de temeridad e insipiencia; porque en duda si Cristo era o no era Dios verdadero, tenerle preso como  reo  en  su  presencia,  era  formidable  crimen  y  temeridad, pues aquel examen se debiera hacer por otro modo, conforme a razón y justicia. Pero Cristo nuestro bien, oyéndose conjurar por Dios vivo, le adoró y reverenció, aunque pronunciado por tan sacrílega lengua. Y en virtud de esta reverencia respondió y dijo:  Tú lo dijiste, y yo lo soy. Pero yo os aseguro que desde ahora veréis al Hijo del Hombre, que soy yo, asentado a la diestra del mismo Dios y que vendrá en las nubes del cielo (Mt 26, 64). Con esta divina respuesta se turbaron los  demonios y los hombres  con diversos accidentes. Porque Lucifer y sus ministros no la pudieron sufrir, antes bien sintieron una fuerza en ella que los arrojó hasta el profundo, sin­tiendo gravísimo tormento de aquella verdad que los  oprimía. Y no  se atreviera a volver a la presencia  de  Cristo nuestro  Salvador, si no dispusiera su altísima providencia que Lucifer volviera a dudar si aquel Hombre Cristo había dicho verdad o no la había dicho para librarse de los judíos. Y con esta duda se esforzaron de nuevo y salieron otra vez a la estacada, porque se reservaba para la cruz el último triunfo, que de ellos y de la muerte había de ganar el  Salvador,  como  adelante veremos (Cf. infra n. 1423),  y según la profecía de Habacuc (Hab 3, 2-5).

1273. Pero el pontífice Caifás, indignado con la respuesta  del Señor, que debía ser su verdadero desengaño, se levantó otra vez y, rompiendo sus vestiduras en testimonio de que celaba la honra de Dios, dijo a voces: Blasfemado ha, ¿qué necesidad hay de más testigos? ¿No habéis oído la blasfemia que ha dicho? ¿Qué os parece de esto? (Mt 26, 65) Esta osadía loca y abominable de Caifás fue verdaderamente blasfemia, porque negó a Cristo el ser Hijo de Dios, que por naturaleza le convenía, y le atribuyó el pecado, que por naturaleza repugnaba a su divina persona. Tal fue la estulticia de aquel inicuo sacerdote, a quien por oficio tocaba conocer la verdad católica y enseñarla, que se hizo execrable blasfemo, cuando dijo que blasfemaba el que era la misma santidad. Y habiendo profetizado poco antes con instinto del Espíritu Santo, en virtud de su dignidad, que convenía muriese un hombre para que toda la gente no pereciese (Jn 11, 50), no mereció por sus pecados entender la misma verdad que profetizaba. Pero como el ejemplo y juicio de los Príncipes y Prelados es tan poderoso para mover a los inferiores y al pueblo, inclinado a la lisonja y adulación de los poderosos, todo aquel concilio de maldad se irritó contra el Salvador Jesús y respondiendo a Caifás dijeron en altas voces: Digno es de muerte (Mt 26, 66); muera, muera. Y a un mismo tiempo irritados del demonio arremetieron contra el mansísimo Maestro y descargaron sobre él su furor diabólico: unos le dieron de bofetadas, otros le hirieron con puntillazos, otros le mesaron los cabellos, otros le escupieron en su venerable rostro, otros le daban golpes o pescozones en el cuello, que era un linaje de afrenta vil con que los judíos trataban a los hombres que reputaban por muy viles.

1274. Jamás entre los hombres se intentaron ignominias tan afrentosas y desmedidas como las que en esta ocasión se hicieron contra el Redentor del mundo. Y dicen San Lucas (Lc 22, 64) y San Marcos (Mc 14, 65) que le cubrieron el rostro y así cubierto le herían con bofetadas y pescozones y le decían: Profetiza ahora, profetízanos, pues eres profeta, di quién es el que te hirió. La causa de cubrirle el rostro fue misteriosa; porque del júbilo con que nuestro Salvador padecía aquellos oprobios y blasfemias —como luego diré— le redundó en su venerable rostro una hermosura y resplandor extraordinario, que a todos aquellos operarios de maldad los llenó de admiración y confusión muy penosa, y para disimularla atribuyeron aquel resplandor a hechicería y arte mágica y tomaron por arbitrio cubrirle al Señor la cara con paño inmundo, como indignos de mirarla, y porque aquella luz divina los atormentaba y debilitaba las fuerzas de su diabólica indignación. Todas estas afrentas, baldones y abominables oprobios que padecía el Salvador, los miraba y sentía su santísima Madre con el dolor de los golpes y de las heridas en las mismas partes y al mismo tiempo que nuestro Redentor las recibía. Sólo había diferencia, que en Cristo nuestro Señor los dolores eran causados de los golpes y tormentos que le daban los verdugos y en su Madre purísima los obraba la mano del Altísimo por voluntad de la misma Señora. Y aunque naturalmente con la fuerza de los dolores y angustias interiores llegaba a querer desfallecer la vida, pero luego era confortada con la virtud divina, para continuar en el padecer con su amado Hijo y Señor.

1275.  Las obras interiores que el  Salvador hacía en esta ocasión de tan inhumanas y nuevas afrentas, no pueden caer debajo de razones y capacidad humana. Sólo María santísima las conoció con plenitud, para imitarlas  con  suma  perfección.  Pero  como  el divino Maestro en la escuela de la experiencia de sus dolores iba deprendiendo la compasión de los que habían de imitarle y seguir su doctrina (Heb 5, 8), convirtióse más a santificarlos y bendecirlos en la misma ocasión que con su ejemplo les enseñaba el camino estrecho de la perfección. Y en medio de aquellos oprobios y tormentos, y en los que después se siguieron, renovó Su Majestad sobre sus escogidos y perfectos las bienaventuranzas que antes les había ofrecido  y prometido (Mt 5, 3ss).  Miró  a los  pobres  de  espíritu,  que  en  esta virtud le habían de imitar, y dijo:  Bienaventurados seréis en vuestra desnudez de las cosas terrenas, porque con mi pasión y muerte he de vincular el reino de los cielos como posesión segura y cierta de la pobreza voluntaria. Bienaventurados serán los que con mansedumbre sufrieren y llevaren las adversidades y tribulaciones, porque, a más del derecho que adquieren a mi gozo por haberme imitado,  poseerán  la  tierra  de  las  voluntades  y  corazones  humanos con la apacible conversación y suavidad de la virtud. Bienaven­turados los que sembrando con lágrimas lloraren (Sal 125, 5), porque en ellas recibirán   el  pan  de  entendimiento  y  vida  y  cogerán después el fruto de la alegría y gozo sempiterno.

1276. Benditos  serán también los  que tuvieron hambre y  sed de la justicia y verdad, porque yo les merezco satisfacción y hartura que excederá a todos sus deseos, así en la gracia como en el premio de la gloria. Benditos serán los que se compadecieren con misericordia de aquellos que los ofenden y persiguen, como yo lo hago,  perdonándolos  y   ofreciéndoles   mi   amistad  y  gracia,   si   la quieren admitir,  que yo les prometo en nombre de mi Padre larga  misericordia. Sean benditos los limpios de corazón, que me imitan y crucifican su carne para conservar la pureza del espíritu; yo les prometo la visión de paz y que lleguen a la de mi divinidad por mi semejanza y participación. Benditos sean los pacíficos, que sin buscar su derecho no resisten a los malos y los reciben con corazón sencillo y quieto sin venganza; ellos  serán llamados  hijos míos, porque imitaron la condición de su Padre celestial y yo los concibo y escribo en mi memoria y en mi mente para adoptarlos por míos. Y los que padecieren persecución por la justicia, sean bienaventurados y herederos de mi reino celestial, porque padecieron conmigo, y donde yo estaré quiero que estén eternamente conmigo (Jn 12, 26). Alegraos, pobres; recibid consolación los que estáis y estaréis tristes; celebrad vuestra dicha los pequeñuelos y despreciados del mundo; los que padecéis con humildad y sufrimiento, padeced con interior regocijo; pues todos me seguís por las sendas de la verdad. Renunciad la vanidad, despreciad el fausto y arrogancia de la soberbia de Babilonia falsa y mentirosa, pasad por el fuego y las aguas de la tribulación hasta llegar a mí, que soy luz, verdad y vuestra guía para el eterno descanso y refrigerio.

1277. En estas obras tan divinas y otras peticiones por los pecadores, estaba ocupado nuestro Salvador Jesús, mientras  el concilio de los malignantes le rodeaba, y como rabiosos canes —según dijo Santo Rey y Profeta David (Sal 21, 17)— le embestían y cargaban de afrentas, oprobios, heridas y blasfemias. Y la Madre Virgen, que a todo estaba atenta, le acompañaba en lo que hacía y padecía; porque en las peticiones hizo la misma oración por los enemigos, y en las bendiciones que dio su Hijo santísimo a los justos y predestinados se constituyó la divina Reina por su Madre, amparo y protectora, y en nombre de todos hizo cánticos de alabanza y agradecimiento porque a los despreciados del mundo y pobres les dejaba el Señor tan alto lugar de su divina aceptación y agrado. Y por esta causa y las que conoció en estas obras interiores de Cristo nuestro Señor, hizo con incomparable fervor nueva elección de los trabajos y desprecios, tribulaciones y penas para lo restante de la pasión y de su vida santísima.

1278. A nuestro Salvador Jesús había seguido San Pedro desde la casa de Anás a la de Caifás, aunque algo de lejos, porque siempre le tenía acobardado el miedo de los judíos, pero vencíale en parte con el amor que a su Maestro tenía y con el esfuerzo connatural de su corazón. Y entre la multitud que entraba y salía en casa de Caifás, no fue dificultoso introducirse el Apóstol, abrigado también de la oscuridad de la noche. En las puertas del zaguán le miró otra criada, que era portera como la de la casa de Anás, y acercándose a los soldados, que también allí estaban al fuego, les dijo: Este hombre es uno de los que acompañaban a Jesús Nazareno. Y uno de los circunstantes le dijo: Tú verdaderamente eres galileo y uno de ellos (Mc 14, 67.71; Lc 22, 48). Nególo San Pedro, afirmando con juramento que no era discípulo de Jesús, y con esto se desvió del fuego y conversación. Pero aunque salió fuera del zaguán, no se fue ni se pudo apartar hasta ver el fin del Salvador, porque lo detenía el amor y compasión natural de los trabajos en que le dejaba. Y andando el Apóstol rodeando y acechando por espacio o tiempo de una hora en la misma casa de Caifás, le conoció un pariente de Malco, a quien él había cortado la oreja, y le dijo:  Tú eres galileo y discípulo de Jesús, y yo te vi con él en el huerto (Lc 22, 59; Jn 18, 26). Entonces San Pedro cobró mayor miedo viéndose conocido y comenzó a negar y maldecirse de que no conocía aquel Hombre. Y luego cantó el gallo segunda vez y se cumplió puntualmente la sentencia y prevención que su divino Maestro había hecho, de que le negaría aquella noche tres veces antes que cantase el gallo dos veces.

1279.  Anduvo el Dragón infernal muy codicioso contra San Pedro para destruirle, y el mismo Lucifer movió a las criadas de los pontífices primero, como más livianas, y después a los soldados, para que unos y otros afligiesen al Apóstol con su atención y preguntas, y a él le turbó con grandes imaginaciones y crueldad, después que le vio en el peligro, y más cuando comenzaba a blandear. Y con esta vehemente tentación, la primera negación fue simple, la segunda con juramento y a la tercera añadió anatemas y execraciones contra sí mismo; que por este modo, de un pecado menor se viene a otro mayor, oyendo a la crueldad de nuestros enemigos. Pero San Pedro oyendo el canto del gallo se acordó del aviso de su divino Maestro, porque Su Majestad le miró con su liberal misericordia. Y para que le mirase intervino la piedad de la gran Reina del mundo, porque en el cenáculo, donde estuvo, conoció las negaciones y el modo y causas con que el Apóstol las había hecho, afligido del temor natural y mucho más de la crueldad de Lucifer. Postróse luego en tierra la divina Señora y con lágrimas pidió por San Pedro, representando su fragilidad con los méritos de su Hijo santísimo. El mismo Señor despertó el corazón de Pedro y le reprendió benignamente, mediante la luz que le envió para que conociese su culpa y la llorase. Al punto se salió el Apóstol de la casa del Pontífice, rompiendo su corazón con íntimo dolor y lágrimas por su caída, y para llorarla con amargura se fue a una cueva, que ahora llaman del Gallicanto, donde lloró con confusión y dolor vivo; y dentro de tres horas volvió a la gracia y alcanzó perdón de sus delitos, aunque los impulsos y santas inspiraciones se continuaron siempre. Y la purísima Madre y Reina del cielo envió uno de sus Ángeles que ocultamente le consolase y moviese con esperanza al perdón, porque con el desmayo de esta virtud no se le retardase. Fue el Santo Ángel con orden de que no se le manifestase, por haber tan poco que el Apóstol había cometido su pecado. Todo lo ejecutó el Ángel sin que San Pedro le viese, y quedó el gran penitente confortado y consolado con las inspiraciones del Ángel y perdonado por intercesión de María santísima.

Doctrina que me dio la gran Reina y Señora.

1280.  Hija mía, el sacramento misterioso de los oprobios, afrentas y desprecios que padeció mi Hijo santísimo, es un libro cerrado que sólo se puede abrir y entender con la divina luz, como tú lo has conocido y en parte se te ha manifestado, aunque escribes mucho menos de lo que entiendes, porque no lo puedes todo declarar. Pero como se te desplega y hace patente en el secreto de tu corazón, quiero que quede en él escrito y que en la noticia de este ejemplar vivo y verdadero estudies la divina ciencia que la carne ni la sangre no te pueden enseñar, porque ni la conoce el mundo ni merece conocerla. Esta filosofía divina consiste en aprender y amar la felicísima suerte de los pobres, de los humildes, de los afligidos, despreciados y no conocidos entre los hijos de la vanidad. Esta escuela estableció mi Hijo santísimo y amantísimo en su Iglesia, cuando en el monte predicó y propuso a todos las ocho bienaventuranzas. Y después, como catedrático que ejecuta la doctrina que enseña, la puso en práctica, cuando en la pasión y oprobios renovó los capítulos de esta ciencia que en sí mismo ejecutaba, como lo has escrito (Cf. supra n. 1275). Pero con todo eso, aunque la tienen presente los católicos y está pendiente ante ellos este libro de la vida, son muy pocos y contados los que entran en esta escuela y estudian en este libro, e infinitos los estultos y necios que ignoran esta ciencia, porque no se disponen para ser enseñados en ella.

1281 Todos aborrecen la pobreza y están sedientos de las riquezas, sin que les desengañe su falacia. Infinitos son los que siguen a la ira y la venganza y desprecian la mansedumbre. Pocos lloran sus miserias verdaderas, y trabajan muchos por la consolación terrena; apenas hay quien ame la justicia y quien no sea injusto y desleal con sus prójimos. La misericordia  está extinguida, la limpieza de  los corazones violada y oscurecida, la paz estragada: nadie perdona, ni quiere padecer, no sólo por la justicia, pero mereciendo de justicia padecer muchas penas y tormentos huyen  todos injustamente de ellos. Con  esto,  carísima, hay pocos  bienaventurados  a quien  les alcancen las bendiciones de mi Hijo santísimo y las mías. Y muchas veces se te ha manifestado el enojo y justa indignación del Altísimo contra los profesores de la fe, porque, a vista de su ejemplar y Maestro de la vida, viven casi como infieles; y muchos son más aborrecibles porque ellos son los que de verdad desprecian el fruto de la redención que confiesan y conocen y en la tierra de los santos obran la maldad con impiedad y se hacen indignos del remedio que con mayor misericordia se les puso en las manos.

1282. De ti, hija mía, quiero trabajes por llegar a ser bienaventurada, siguiéndome por imitación perfecta, según las fuerzas de la gracia que recibes, para entender esta doctrina escondida de los prudentes y sabios del mundo. Cada día te manifiesto nuevos secretos de mi sabiduría, para que tu corazón se encienda y te alientes extendiendo tus manos a cosas fuertes. Y ahora te añado un ejercicio que yo hice, que en parte puedas imitarme. Ya sabes que desde el primer instante de mi concepción fui llena de gracia, sin la mácula del pecado original y sin participar sus efectos; y por este singular privilegio  fui  desde  entonces   bienaventurada  en  las  virtudes sin sentir la repugnancia ni contradicción que vencer, ni hallarme deudora de qué pagar ni satisfacer por culpas propias mías. Con todo esto, la divina ciencia me enseñó que por ser hija de Adán en la naturaleza que había pecado, aunque no en la culpa cometida, debía humillarme más  que el polvo.  Y porque yo  tenía sentidos  de la misma especie de aquellos con que se había cometido la inobediencia y sus malos efectos que entonces y después se sienten en la condición humana, debía yo por solo este parentesco mortificarlos, humillarlos y privarlos de la inclinación que en la misma naturaleza tenían. Y procedía como una hija fidelísima de familias, que la deuda de su padre y de sus hermanos, aunque a ella no la alcanza, la tiene por propia y procura pagarla y satisfacer por ella con tanto más diligencia, cuanto ama a su padre y hermanos y ellos menos pueden pagarla y desempeñarse, y nunca descansa hasta conseguirlo. Esto mismo hacía yo con todo el linaje humano, cuyas miserias y delitos lloraba; y porque era hija de Adán mortificaba en mí los sentidos y potencias con que él pecó y me humillaba como corrida y rea de su pecado e inobediencia, aunque no me tocaba, y lo mismo hacía por los demás que en la naturaleza son mis hermanos. No puedes tú imitarme en las condiciones dichas, porque eres participante de la culpa. Pero eso mismo te obliga a que me imites en lo demás que yo obraba sin ella, pues al tenerla, y la obligación de satisfacer a la divina justicia, te ha de compeler a trabajar sin cesar por ti y los prójimos y a humillarte hasta el polvo, porque el corazón contrito y humillado inclina a la verdadera piedad para usar de misericordia.

CAPITULO  17

Lo que padeció nuestro Salvador Jesús después de la negación de San Pedro hasta la mañana y el dolor grande de su Madre santísima. 

1283. Este paso dejaron en silencio los Sagrados Evangelistas sin haber declarado dónde y qué padeció el autor de la vida después de la negación de San Pedro y oprobios que Su Majestad recibió en casa de Caifás y en su presencia hasta la mañana, cuando todos refieren la nueva consulta que hicieron para presentarle a Pilatos, como se verá en el capítulo siguiente. Yo dudaba en proseguir este paso y manifestar lo que de él se me ha dado a entender, porque juntamente se me ha mostrado que no todo se conocerá en esta vida, ni conviene se diga a todos, porque el día del juicio se harán patentes a los hombres éste y otros sacramentos de la vida y pasión de nuestro Redentor. Y para lo que yo puedo manifestar, no hallo razones adecuadas a mi concepto, y menos al objeto que concibo, porque todo es inefable y sobre mi capacidad. Pero obedeciendo diré lo que alcanzo, para no ser reprendida porque callé la verdad, que tanto confunde y condena nuestra vanidad y olvido. Yo confieso en presencia del cielo mi dureza, pues no muero de confusión y dolor por haber cometido culpas que costaron tanto al mismo Dios que me dio el ser y vida que tengo. No podemos ya ignorar la fealdad y peso del pecado, pues hizo tal estrago en el mismo autor de la gracia y de la gloria. Yo seré la más ingrata de todos los nacidos, si desde hoy no aborreciere la culpa más que a la muerte y como al mismo demonio, y esta deuda intimo y amonesto a todos los católicos hijos de la Iglesia Santa.

1284. Con los oprobios que recibió Cristo nuestro bien en presencia de Caifás quedó la envidia del ambicioso pontífice y la ira de sus coligados y ministros muy cansada aunque no saciada. Pero, como ya era pasada la media noche, determinaron los del concilio, que mientras dormían quedase nuestro Salvador a buen recado y seguro de que no huyese hasta la mañana. Para esto le mandaron encerrar atado como estaba en un sótano que servía de calabozo para los mayores ladrones y facinerosos de la república. Era esta cárcel tan oscura que casi no tenía luz y tan inmunda y de mal olor que pudiera infestar la casa, si no estuviera tan tapada y cubierta, porque había muchos años que no la habían limpiado ni purificado, así por estar muy profunda como porque las veces que servía para encerrar tan malos hombres no reparaban en meterlos en aquel horrible calabozo, como a gente indigna de toda piedad y bestias indómitas y fieras.

1285.  Ejecutóse lo que mandó el concilio de maldad, y los ministros llevaron y encarcelaron al Criador del cielo y de la tierra en aquel  inmundo y profundo  calabozo.  Y  como  siempre  estaba aprisionado en la forma que vino del huerto, pudieron estos obradores de la iniquidad continuar a su salvo la indignación que siempre el príncipe de las tinieblas les administraba, porque llevaron a Su Majestad tirando de las sogas y casi arrastrándole con inhumano furor y cargándole de golpes y blasfemias execrables. En un ángulo de lo profundo de este sótano salía del suelo un escollo o punta de un peñasco tan duro, que por eso no le habían podido romper. Y en esta peña, que era como un pedazo de columna, ataron y amarraron a Cristo nuestro bien con los extremos de las sogas, pero con un modo desapiadado; porque dejándole en pie, le pusieron de manera que estuviese amarrado y juntamente inclinado el cuerpo, sin que pudiera estar sentado, ni tampoco levantado derecho el cuerpo para aliviarse, de manera que la postura vino a ser nuevo tormento y en extremo penoso. Con esta forma de prisión le dejaron y le cerraron las puertas  con  llave, entregándola a uno de aquellos  pésimos  ministros que cuidase de ella.

1286. Pero el Dragón infernal en su antigua soberbia no sosegaba y siempre deseaba saber quién era Cristo, e irritando su inmutable paciencia inventó otra nueva maldad, revistiéndose en aquel depravado ministro y en otros. Puso en la imaginación del que tenía la llave del divino preso y del mayor tesoro que posee el cielo y la tierra, que convidase a otros de sus amigos de semejantes costumbres que él, para que todos juntos bajasen al calabozo donde estaba el Maestro de la vida a tener con él un rato de entretenimiento, obligándole a que hablase y profetizase, o hiciese alguna cosa inaudita, porque tenían a Su Majestad por mágico y adivino. Y con esta diabólica sugestión convidó a otros soldados y ministros, y determinaron ejecutarlo. Pero en el ínterin que se juntaron, sucedió que la multitud de Ángeles que asistían al Redentor en su pasión, luego que le vieron amarrado en aquella postura tan dolorosa y en lugar tan indigno e inmundo, se postraron ante su acatamiento, adorándole por su Dios y Señor verdadero, y dieron a Su Majestad tanto más profunda reverencia y culto cuanto era más admirable en dejarse tratar con tales oprobios por el amor que tenía a los mismos hombres. Cantáronle algunos himnos y cánticos de los que su Madre purísima había hecho en alabanza suya, como arriba dije (Cf. supra n. 1277). Y todos los espíritus celestiales le pidieron en nombre de la misma Señora que, pues no quería mostrar el poder de su diestra en aliviar su humanidad santísima, les diese a ellos licencia para que le desatasen y aliviasen de aquel tormento y le defendiesen de aquella cuadrilla de ministros que instigados del demonio se prevenían para ofen­derle de nuevo.

1287. No admitió Su Majestad este obsequio de los Ángeles y les respondió diciendo:  Espíritus y ministros de mi Eterno Padre, no es mi voluntad recibir ahora alivio en mi pasión, y quiero padecer estos oprobios y tormentos, para satisfacer a la caridad ardiente con que amo a los hombres y dejar a mis escogidos y amigos este ejemplo, para que me imiten y en la tribulación no desfallezcan, y para que todos estimen los tesoros de la gracia, que les merecí con abundancia por medio de estas penas. Y quiero asimismo justificar mi causa, para que el día de mi indignación sea patente a los réprobos la justicia con que son condenados por haber despreciado mi acerbísima pasión, que recibí para buscarles el remedio. A mi Madre diréis que se consuele en esta tribulación, mientras llega el día de la alegría y descanso, que me acompañe ahora en el obrar y padecer por los hombres, que de su afecto compasivo y de todo lo que hace recibo agrado y complacencia.—Con esta respuesta fueron los Santos Ángeles a su gran Reina y Señora y con la embajada sensible la consolaron, aunque por otra noticia no ignoraba la voluntad de su Hijo santísimo y todo lo que sucedía en casa del pontífice Caifás. Y cuando conoció la nueva crueldad con que dejaron amarrado al Cordero del Señor y la postura de su cuerpo santísimo tan penosa  y  dura,  sintió  la  purísima  Madre  el  mismo  dolor  en  su purísima persona, como también sintió el de los golpes, bofetadas y oprobios que hicieron contra el autor de la vida; porque todo resonaba como un milagroso eco en el virginal cuerpo de la candidísima paloma, y un mismo dolor y pena hería al Hijo y a la Madre, y un cuchillo los traspasaba, diferenciándose en que padecía Cristo como Hombre-Dios y Redentor único de los hombres y María santísima como pura criatura y coadjutora de su Hijo santísimo.

1288. Cuando conoció que Su Majestad daba permiso para que entrase en la cárcel aquella vilísima canalla de ministros, incitados por el demonio, hizo la amorosa Madre amargo llanto por lo que había de suceder. Y previniendo los intentos sacrílegos de Lucifer, estuvo muy atenta para usar de la potestad de Reina y no consentir se ejecutase contra la persona de Cristo nuestro bien acción alguna indecente, como la intentaba el Dragón por medio de la crueldad de aquellos infelices hombres. Porque si bien todas eran indignas y de suma irreverencia para la persona divina de nuestro Salvador, pero en algunas podía haber menos decencia, y éstas las procuraba introducir el enemigo para provocar la indignación del Señor, cuando con las demás que había intentado no podía irritar su mansedumbre. Fueron tan raras y admirables, heroicas y extraordinarias las obras que hizo la gran Señora en esta ocasión y en todo el discurso de la pasión, que ni se pueden dignamente referir ni alabar, aunque se escribieran muchos libros de solo este argumento, y es fuerza remitirlo a la visión de la divinidad, porque en esta vida es inefable para decirlo.

1289. Entraron, pues, en el calabozo aquellos ministros del pecado, solemnizando con blasfemias la fiesta que se prometían con las ilusiones  y  escarnios   que  determinaban  ejecutar contra el  Señor de las criaturas. Y llegándose a él comenzaron a escupirle asquerosamente y darle de bofetadas con increíble mofa y desacato. No respondió Su Majestad ni abrió su boca, no alzó sus soberanos ojos, guardando siempre humilde serenidad en su semblante. Deseaban aquellos ministros sacrílegos obligarle a que hablase o hiciese alguna acción ridícula o extraordinaria, para tener más ocasión de celebrarle por hechicero y burlarse de él, y como vieron aquella mansedumbre inmutable se dejaron irritar más de los demonios que asistían con ellos. Desataron al divino Maestro de la peña donde estaba amarrado y le pusieron en medio del calabozo, vendándole los sagrados ojos con un paño, y puesto en medio de todos le herían con puñadas, pescozones y bofetadas, uno a uno, cada cual a porfía, con mayor escarnio y blasfemia, mandándole que adivinase y dijese quién era el que le daba. Este linaje de blasfemias replicaron los ministros en esta ocasión, más que en presencia de Anás, cuando refieren San Mateo (Mt 26, 67), San Marcos (Mc 14, 65) y San Lucas (Lc 2264) este caso, comprendiendo tácitamente lo que sucedió después.

1290.  Callaba el Cordero mansísimo a esta lluvia de oprobios y blasfemias, y Lucifer, que estaba sediento de que hiciese algún movimiento contra la paciencia, se atormentaba de verla tan inmutable en Cristo nuestro Señor, y con infernal consejo puso en la imaginación de aquellos sus esclavos y amigos que le desnudasen de todas sus vestiduras y le tratasen con palabras  y acciones  fraguadas en el pecho de tan execrable demonio. No resistieron los soldados a esta sugestión y quisieron ejecutarla. Este abominable sacrilegio estorbó la prudentísima Señora con oraciones, lágrimas y suspiros y usando del imperio de Reina, porque pedía al Eterno Padre no concurriese con aquellas causas segundas para tales obras, y a las mismas potencias de los ministros mandó no usasen de la virtud natural que tenían para obrar. Con este imperio sucedió que nada pudieron ejecutar aquellos sayones de cuanto el demonio y su malicia en esto les administraba, porque muchas cosas se les olvidaban luego, otras que deseaban no tenían fuerzas para ejecutarlas, porque quedaban como helados y pasmados los brazos hasta que retrataban su inicua determinación. Y en mudándola volvían a su natural estado, porque aquel milagro no era entonces para castigarlos, sino para sólo impedir las acciones más indecentes y consentir las que menos lo eran, o las de otra especie de irreverencia que el Señor quería permitir.

1291. Mandó también la poderosa Reina a los demonios que enmudeciesen y no incitasen a los ministros en aquellas  maldades indecentes que Lucifer intentaba y quería proseguir. Y con este imperio quedó el Dragón quebrantado en cuanto a lo que se extendía la voluntad de María santísima y no pudo irritar más la indignación estulta de aquellos depravados hombres, ni ellos pudieron hablar ni hacer cosa indecente, más de en la materia que se les permitió. Pero con  experimentar en  sí  mismos aquellos efectos tan admirables como  desacostumbrados, no merecieron  desengañarse  ni  conocer el  poder divino, aunque unas  veces  se  sentían como baldados  y otras libres y sanos, y todo de improviso, y lo atribuían a que el Maestro de la verdad y de la vida era hechicero y mágico. Y con este error diabólico perseveraron en hacer otros géneros de burlas injuriosas y tormentos a la persona de Cristo, hasta que conocieron corría ya muy adelante la noche y entonces volvieron a amarrarle de nuevo al peñasco y dejándole atado se salieron ellos y los demonios. Fue orden de la divina Sabiduría cometer a la virtud de María santísima la defensa de la honestidad y decencia de su Hijo purísimo en aquellas cosas que no convenía ser ofendida del consejo de Lucifer y sus ministros.

1292. Quedó solo otra vez nuestro Salvador en aquel calabozo, asistido de los espíritus angélicos, llenos de admiración de las obras y secretos juicios de Su Majestad en lo que había querido padecer, y por todo le dieron profundísima adoración y le alabaron magnificando y exaltando su santo nombre. Y el Redentor del mundo hizo una larga oración a su Eterno Padre, pidiendo por los hijos futuros de su Iglesia evangélica y dilatación de la fe y por los Apóstoles, especialmente por San Pedro, que estaba llorando su pecado. Pidió también por los que le habían injuriado y escarnecido, y sobre todo convirtió su petición para su Madre santísima y por los que a su imitación fuesen afligidos y despreciados del mundo y por todos estos fines ofreció su pasión y muerte que esperaba. Al mismo tiempo le acompañó la dolorosa Madre con otra larga oración y con las mismas peticiones por los hijos de la Iglesia y por sus enemigos, y sin turbarse ni recibir indignación ni aborrecimiento contra ellos; sólo contra el demonio le tuvo, como incapaz de la gracia por su irreparable obstinación. Y con llanto doloroso habló con el Señor y le dijo:

1293. Amor y bien de mi alma, Hijo y Señor mío, digno sois de que todas las criaturas os reverencien, honren y alaben, que todo os lo deben, porque sois imagen del Eterno Padre y figura de su sustancia, infinito en vuestro ser y perfecciones, sois principio y fin de toda santidad. Si ellas sirven a vuestra voluntad con rendimiento, ¿cómo ahora, Señor y bien eterno, desprecian, vituperan, afrentan y atormentan vuestra persona digna de supremo culto y adoración?, ¿cómo se ha levantado tanto la malicia de los hombres?, ¿cómo se ha desmandado la soberbia hasta poner su boca en el cielo?, ¿cómo ha sido tan poderosa la envidia? Vos sois el único y claro sol de justicia que alumbra y destierra las tinieblas del pecado. Sois la fuente de la gracia, que a ninguno se niega si la quiere. Sois el que por liberal amor dais el ser y movimiento a los que le tienen en la vida y conservación a las criaturas, y todo pende y necesita de Vos sin que nada hayáis menester. Pues ¿qué han visto en vuestras obras? ¿Qué han hallado en vuestra persona, para que así la maltraten y vituperen? ¡Oh fealdad atrocísima del pecado, que así has podido desfigurar la hermosura del cielo y oscurecer los claros soles de su venerable rostro! ¡Oh cruenta fiera que tan sin humanidad tratas al mismo Reparador de tus daños! Pero ya, Hijo y Dueño mío, conozco que sois Vos el Artífice del verdadero amor, el Autor de la salvación humana, el Maestro y Señor de las virtudes, que en Vos mismo ponéis en práctica la doctrina que enseñáis a los humildes discípulos de Vuestra escuela. Humilláis la soberbia, confundís la arrogancia y para todos sois ejemplo de salvación eterna. Y si queréis que todos imiten Vuestra inefable paciencia, a mí me toca la primera, que administré la materia y Os vestí de carne pasible en que sois herido, escupido y abofeteado. ¡Oh si yo sola padeciera tantas penas y Vos, inocentísimo Hijo mío, estuvierais sin ellas! Y si esto no es posible, padezca yo con Vos hasta la muerte. Y vosotros, espíritus so­beranos, que admirados de la paciencia de mi amado conocéis su deidad inconmutable y la inocencia y dignidad de su verdadera humanidad, recompensad las injurias y blasfemias que recibe de los hombres. Dadle testimonio de su magnificencia y gloria, sabiduría, honor, virtud y fortaleza (Ap 5, 12). Convidad a los cielos, planetas, estrellas y elementos para que todos le conozcan y confiesen; y ved si por ventura hay otro dolor que se iguale al mío (Lam 1, 12).—Estas razones tan dolorosas y otras semejantes decía la purísima Señora, con que descansaba algún tanto en la amargura de su pena y dolor.

1294. Fue incomparable la paciencia de la divina Princesa en la muerte y pasión de su amantísimo Hijo y Señor, porque jamás le pareció mucho lo que padecía, ni la balanza de los trabajos igualaba a la de su afecto, que medía con el amor y con la dignidad de su Hijo santísimo y sus tormentos, ni en todas las injurias y desacatos que se hacían contra el mismo Señor se hizo parte para sentirlos por sí misma, ni los reputó por propios, aunque todos los conoció y lloró en cuanto eran contra la Divina Persona y en daño de los agresores, y por todos oró y rogó, para que el Muy Alto los perdonase y apartase de pecado y de todo mal y los ilustrase con su divina luz para conseguir el fruto de la Redención.

Doctrina de la Reina del cielo María santisima.

1295.  Hija mía, escrito está en el evangelio (Jn 5, 27) que el Padre Eterno dio a su Unigénito y mío la potestad para juzgar y condenar a los réprobos el último día del juicio universal. Y esto fue muy conveniente, no sólo para que entonces vean todos los juzgados y reos al Juez supremo que conforme a la voluntad y rectitud divina los condenará, sino también para que vean y conozcan aquella misma forma de su humanidad santísima en que fueron redimidos y se le manifiesten en ella los tormentos y oprobios que padeció para rescatarlos de la eterna condenación; y el mismo Señor y Juez que los ha de juzgar les hará este cargo. Al cual así como no podrán responder ni satisfacer, así será esta confusión el principio de la pena eterna  que  merecieron con su  ingratitud  obstinada, porque entonces se hará notoria y patente la grandeza de la misericordia piadosísima con que fueron redimidos y la razón de la justicia con que son condenados. Grande fue el dolor, acerbísimas las penas y amarguras que había padecido mi Hijo santísimo, porque no habían de lograr todos el fruto de la Redención, y esto traspasó mi corazón al tiempo que le atormentaban, juntamente el verle escupido, abofeteado, blasfemado y afligido con tan impíos tormentos, que no se pueden conocer en la vida presente y mortal. Yo lo conocí digna y claramente, y a la medida de esta ciencia fue mi dolor, como lo era el amor y reverencia de la persona de Cristo, mi Señor y mi Hijo. Pero después de estas penas fueron las mayores por conocer que, con haber padecido Su Majestad tal muerte y pasión por los hombres, se habían de condenar tantos a vista de aquel infinito valor.

1296. En este dolor también quiero que me acompañes y me imites  y  te  lastimes  de  esta  lamentable  desdicha,  que  entre  los mortales  no hay otra  digna  de  ser  llorada  con  llanto  lastimoso, ni dolor que se compare a éste. Pocos hay en el mundo que advier tan en esta verdad con la ponderación que se debe. Pero mi Hijo y yo admitimos  con  especial agrado  a los  que nos  imitan en este dolor y se afligen por la perdición  de  tantas almas. Procura tú, carísima, señalarte en este ejercicio y pide, que no sabes cómo lo aceptará el Altísimo. Pero has de saber sus promesas, que al que pidiere le darán y a quien llamare le abrirán la puerta de sus tesoros infinitos. Y para que tengas qué ofrecerle, escribe en tu memoria lo que padeció mi Hijo santísimo y tu Esposo por mano de aquellos ministros viles y depravados hombres y la invencible paciencia, mansedumbre y silencio con que se sujetó a su inicua voluntad. Y con este dechado, desde hoy trabaja para que en ti no reine la irascible, ni otra pasión de hija de Adán, y se engendre en tu pecho un aborrecimiento eficaz del pecado de la soberbia, de despreciar y ofender al prójimo. Y pide y solicita con el Señor la paciencia, mansedumbre, apacibilidad y amor a los trabajos y cruz del Señor. Abrázate con ella, tómala con piadoso afecto y sigue a Cristo tu esposo, para que le alcances.

 

Sor María de Jesús de Agreda: Mística Ciudad de Dios – Vida de María. Texto conforme al autógrafo original, 2ª Parte, Libro VI, Cap. 16, y 17, Pgs. 967 a 981.

Visto en Catølicos Alerta 


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