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JESÚS ANTE PILATOS



ENCUENTRO CON SU SANTÍSIMA MADRE. JESÚS ANTE PILATOS



CAPÍTULO 18 DE LA MÍSTICA CIUDAD DE DIOS 


Sor María de Jesús de Agreda 


Júntase el concilio viernes por la mañana, para sustanciar la causa contra nuestro Salvador Jesús, remítenle a Pilatos y sale al encuentro María santísima con San Juan Evangelista y las tres Marías. 

1297. El viernes por la mañana en amaneciendo, dicen los Evangelistas (Mt 27, 1; Mc 15, 1; Lc 22, 66; Jn 18, 28)se juntaron los más ancianos del gobierno con los príncipes  de los sacerdotes y escribas, que por la doctrina de la ley eran más respetados  del pueblo, para que  de común  acuerdo se sustanciara la causa de Cristo y fuera condenado a muerte como todos deseaban, dándole algún color de justicia para cumplir con el pueblo. Este concilio se hizo en casa del Pontífice Caifás, donde Su Majestad estaba preso. Y para examinarle de nuevo mandaron que le subiesen del calabozo a la sala del concilio. Bajaron luego a traerle atado y preso aquellos ministros de justicia y, llegando a soltarle de aquel peñasco que queda dicho (Cf. supra n. 1285), le dijeron con gran risa y escarnio:  Ea, Jesús Nazareno, y qué poco te han valido tus milagros para defenderte. No fueran buenos ahora para escaparte aquellos artes con que decías que en tres días edificarías el templo, mas aquí pagarás ahora tus vanidades, y se humillarán tus altos pensamientos; ven, ven, que te aguardan los príncipes de los sacerdotes y escribas para dar fin a tus embustes y entregarte a Pilatos, que acabe de una vez contigo.—Desataron al Señor y subiéronle al concilio, sin que Su Majestad desplegase su boca. Pero de los tormentos, bofetadas y salivas de que, como estaba, atadas las manos, no se había podido limpiar, estaba  tan desfigurado y flaco,  que causó espanto, pero no compasión, a los del concilio. Tal era la ira que contra el Señor habían contraído y concebido.

1298. Preguntáronle de nuevo que les dijese si él era Cristo, que quiere decir el ungido. Y esta segunda pregunta fue con intención maliciosa, como las demás, no para oír la verdad y admitirla, sino para calumniarla y ponérsela por acusación. Pero el Señor, que así quería morir por la verdad, no quiso negarla, ni  tampoco confesarla de manera que la despreciasen y tomase la calumnia algún color aparente, porque aun éste no podía caber en su inocencia y sabiduría. Y así templó la respuesta de tal suerte, que si tuvieran los fariseos alguna piedad tuvieran también ocasión de inquirir con buen celo el sacramento escondido en sus razones, y si no la tenían se entendiese que la culpa estaba en su mala intención y no en la respuesta del Salvador. Respondióles y dijo: Si yo afirmo que soy el que me preguntáis, no daréis crédito a lo que dijere, y si os preguntare algo tampoco me responderéis ni me soltaréis. Pero digo que el Hijo del Hombre, después de esto, se asentará a la diestra de  la  virtud  de  Dios.—Replicaron  los  pontífices:   ¿Luego  tú  eres Hijo de Dios?—Respondió el Señor: Vosotros decís que yo soy (Lc 22, 67-70).— Y fue lo mismo que decirles: Muy legítima es la consecuencia que habéis hecho, que yo soy Hijo de Dios, porque mis obras y doctrina y vuestras Escrituras y todo lo que ahora hacéis conmigo testifican que yo soy Cristo, el prometido en la ley.

1299. Pero como aquel concilio de malignantes no estaba dispuesto para dar asenso a la verdad divina, aunque ellos mismos la colegían por buenas consecuencias y la podían creer, ni la entendieron  ni  le  dieron  crédito,  antes  la  juzgaron  por  blasfemia digna de muerte. Y viendo que se ratificaba el Señor en lo que antes había confesado, respondieron todos:  ¿Qué necesidad tenemos de más testigos, pues él mismo nos lo confiesa por su boca? (Lc 22, 71)—Y luego  de  común  acuerdo decretaron, que como  digno de  muerte fuese llevado y presentado a Poncio Pilatos, que gobernaba la provincia de Judea en nombre del emperador romano, como señor de Palestina en lo temporal.  Y  según las leyes  del  imperio romano, las causas de sangre o de muerte estaban reservadas al senado o emperador, o a sus ministros que gobernaban las provincias remotas, y no se las dejaban a los mismos naturales; porque negocios tan graves, como quitar la vida, querían que se mirase con mayor atención y que ningún reo fuese condenado sin ser oído y darle tiempo y lugar para su defensa y descargo, porque en este orden de justicia se ajustaban los romanos más que otras naciones a la ley natural de la razón. Y en la causa de Cristo nuestro bien se holgaron los pontífices y escribas de que la muerte que deseaban darle fuese por sentencia de Pilatos, que era gentil, para cumplir con el pueblo con  decir que el gobernador romano le había condenado y que no lo hiciera si no fuera digno de muerte. Tanto como esto les  oscurecía el pecado y la hipocresía, como si ellos no  fueran los autores de toda la maldad y más sacrílegos que el juez de los gentiles; y así ordenó el Señor que se manifestase a todos con lo mismo que hicieron con Pilatos, como luego veremos.

1300.    Llevaron los ministros a nuestro Salvador Jesús de casa de Caifás a la de Pilatos, para presentársele atado, como digno de muerte, con las cadenas y sogas que le prendieron. Estaba la ciudad de Jerusalén llena de gente de toda Palestina, que había concurrido a celebrar la gran Pascua del cordero y de los Ázimos, y con el rumor que ya corría en el pueblo y la noticia que todos tenían del Maestro de la vida concurrió innumerable multitud a verle llevar preso por las calles, dividiéndose todo el vulgo en varias opiniones. Unos  a grandes voces  decían:  Muera,  muera este mal  hombre y embustero que tiene engañado al mundo; otros respondían, no parecían sus doctrinas tan malas ni sus obras, porque hacía muchas buenas a todos; otros, de los que habían creído, se afligían y lloraban; y toda la ciudad estaba confusa y alterada. Estaba Lucifer muy atento y sus demonios también a cuanto pasaba, y con insaciable furor, viéndose ocultamente vencido y atormentado de la invencible paciencia y mansedumbre de Cristo nuestro Señor, desatinábale su misma soberbia e indignación, sospechando que aquellas virtudes que tanto le atormentaban no podían ser de puro hombre. Por otra parte, presumía que dejarse maltratar y despreciar con tanto extremo y padecer tanta flaqueza y como desmayo en el cuerpo no podía ajustarse con Dios verdadero, porque si lo fuera —decía el Dragón— la virtud divina y su naturaleza comunicada a la humana le influyera grandes efectos para que no desfalleciera, ni consintiera lo que en ella se hace. Esto decía Lucifer, como quien ignoraba el divino secreto de haber suspendido Cristo nuestro Señor los efectos que pudieran redundar de la divinidad en la naturaleza humana, para que el padecer fuese en sumo grado, como queda dicho arriba (Cf. supra n. 1209). Pero con estos recelos se enfurecía más el soberbio Dragón en perseguir al Señor, para probar quién era el que así sufría los tormentos.

1301. Era ya salido el sol cuando esto sucedía;  y la dolorosa Madre, que todo lo miraba, determinó salir de su retiro para seguir a su Hijo santísimo a casa de Pilatos y acompañarle hasta la cruz. Y cuando la gran Reina y Señora salía del cenáculo, llegó San Juan a darle cuenta de todo lo que pasaba, porque ignoraba entonces el amado discípulo la ciencia y visión que María santísima tenía de todas las obras y sucesos de su amantísimo Hijo. Y después de la negación de San Pedro, se había retirado San Juan Evangelista, atalayando más de lejos lo que pasaba. Reconociendo también la culpa de haber huido en el huerto y llegando a la presencia de la Reina, la confesó por Madre de Dios con lágrimas y le pidió perdón y luego le dio cuenta de todo lo que pasaba en su corazón, había hecho y visto siguiendo a su divino Maestro. Parecióle a San Juan Evangelista era bien prevenir a la afligida Madre, para que llegando a la vista de su Hijo santísimo no se hallase tan lastimada con el nuevo espectáculo. Y para representársele desde luego, le dijo estas palabras: ¡Oh Señora mía, qué afligido queda nuestro divino Maestro!  No es posible mirarle sin romper el corazón de quien le viere, porque de las bofetadas, golpes y salivas está su hermosísimo rostro tan afeado y desfigurado,  que  apenas  le  conoceréis  por la vista.—Oyó  la  prudentísima Madre esta relación con tanta espera, como si estuviera ignorante del suceso, pero estaba toda convertida en llanto y transformada en amargura y dolor. Oyéronlo también las mujeres santas que salían en compañía de la gran Señora y todas quedaron traspasados los corazones del  mismo  dolor y asombro que  recibieron.  Mandó  la Reina del cielo al Apóstol San Juan que fuese acompañándola con las devotas mujeres, y hablando con todas las dijo: Apresuremos el paso, para que vean mis ojos al Hijo del Eterno Padre, que tomó la forma de hombre en mis entrañas; y veréis, carísimas, lo que con mi Señor y Dios pudo el amor que tiene a los hombres, lo que le cuesta redimirlos del pecado y de la muerte y abrirles las puertas del cielo.

1302. Salió la Reina del cielo por las calles de Jerusalén acompañada de San Juan Evangelista y otras mujeres santas, aunque no  todas la asistieron siempre, fuera de las tres Marías y algunas otras muy piadosas, y los Ángeles de su guarda, a los cuales pidió que obrasen de manera que el tropel de la gente no la impidiese para llegar a donde estaba su Hijo santísimo. Obedeciéronla los Santos Ángeles y la fueron guardando. Por las calles donde pasaba oía varias razones y sentires de tan lastimoso caso que unos a otros se decían, contando la novedad que había sucedido a Jesús Nazareno. Los más piadosos se lamentaban, y éstos eran los menos, otros decían cómo le querían crucificar, otros contaban dónde iba y que le llevaban pre­so como hombre facineroso, otros que iba maltratado; otros preguntaban qué maldades había cometido, que tan cruel castigo le daban. Y finalmente muchos con admiración o con poca fe decían: ¿En esto han venido a parar sus milagros? Sin duda que todos eran embustes, pues no se ha sabido defender ni librar. Y todas las calles y plazas estaban llenas de corrillos y murmuraciones. Pero en me­dio de tanta turbación de los hombres estaba la invencible Reina, aunque llena de incomparable amargura, constante y sin turbarse, pidiendo por los incrédulos y malhechores, como si no tuviera otro cuidado más que solicitarles la gracia y el perdón de sus pecados, y los amaba con tan íntima caridad, como si recibiera de ellos grandes favores y beneficios. No se indignó ni airó contra aquellos sacrílegos ministros de la pasión y muerte de su amantísimo Hijo, ni tuvo señal de enojo. A todos miraba con caridad y les hacía bien.

1303. Algunos de los que la encontraban por las calles la conocían por Madre de Jesús Nazareno y movidos de natural compasión la decían:   ¡Oh triste Madre!  ¿Qué desdicha te ha sucedido?  ¡Qué lastimado y herido de dolor estará tu corazón!  ¿Qué mala cuenta has dado de tu Hijo? ¿Por qué le consentías que intentase tantas novedades en el pueblo? Mejor fuera haberle recogido y detenido; pero será escarmiento para otras madres, que aprendan en tu desdicha  cómo han  de  enseñar  a  sus  hijos.—Estas  razones  y otras más terribles oía la candidísima paloma, y a todas daba en su ardiente caridad el lugar que convenía admitiendo la compasión de los piadosos y sufriendo la impiedad de los incrédulos, no maravillándose de los ignorantes y rogando respectivamente al Muy Alto por los unos y los otros.

1304.  Entre ésta variedad y confusión de gentes encaminaron los Santos Ángeles a la Emperatriz del cielo a la vuelta de una calle, donde encontró a su Hijo santísimo, y con profunda reverencia se postró ante su Real persona y le adoró y con la más alta y fervorosa veneración que jamás  le  dieron ni le darán todas  las  criaturas. Levantóse luego, y con incomparable ternura se miraron Hijo y Madre;  habláronse  con los  interiores  traspasados  de  inefable  dolor. Retiróse luego un poco atrás la prudentísima Señora y fue siguiendo a Cristo nuestro Señor, hablando con Su Majestad en su secreto y también con el Eterno Padre tales razones, que no caben en lengua mortal y corruptible. Decía la afligida Madre: Dios altísimo e Hijo mío, conozco el amoroso fuego de vuestra caridad con los hombres, que os obliga a ocultar el infinito poder de vuestra divinidad en la carne y forma pasible que de mis entrañas habéis recibido. Confieso vuestra sabiduría incomprensible en admitir tales afrentas y tormentos y en entregaros a Vos mismo, que sois el Señor de todo lo criado, para rescate del hombre, que es siervo, polvo y ceniza. Digno sois de que todas las criaturas Os alaben y bendigan, confie­sen y engrandezcan vuestra bondad inmensa; pero yo, que soy Vuestra Madre, ¿cómo dejaré de querer que sola en mí se ejecutaran Vuestros oprobios y no en Vuestra Divina Persona, que sois hermosura de los ángeles y resplandor de la gloria de Vuestro Padre Eterno? ¿Cómo no desearé Vuestros alivios en tales penas? ¿Cómo sufrirá mi corazón veros tan afligido, y afeado vuestro hermosísimo rostro, y que sólo con el Criador y Redentor falte la compasión y la piedad en tan amarga pasión? Pero si no es posible que yo os alivie como Madre, recibid mi dolor y sacrificio de no hacerlo, como Hijo y Dios santo y verdadero.

1305.  Quedó en el interior de nuestra Reina del cielo tan fija y estampada la imagen de su Hijo santísimo, así lastimado y afeado, encadenado y preso, que jamás en lo que vivió se le borraron de la imaginación  aquellas  especies, más que si le estuviera mirando. Llegó Cristo nuestro bien a la casa de Pilatos, siguiéndole muchos del concilio de los judíos y gente innumerable de todo el pueblo. Y presentándole al juez, se quedaron los judíos fuera del pretorio o tribunal, fingiéndose muy religiosos por no quedar irregulares e inmundos para celebrar la Pascua de los panes ceremoniales, para la cual habían de estar muy limpios de las inmundicias cometidas contra la ley; y como hipócritas estultísimos no reparaban en el inmundo sacrilegio que les contaminaba las almas, homicidas del Inocente. Pilatos, aunque era gentil, condescendió  con la ceremonia de los judíos y, viendo que reparaban en entrar en su pretorio, salió fuera y, conforme al estilo de los romanos, les preguntó:  ¿Qué acusación es la que tenéis contra este hombre? Respondieron los judíos:  Si no fuera grande malhechor, no te le trajéramos (Jn 18, 29-30) así atado y preso como te le entregamos. Y fue decir: Nosotros tenemos averiguadas sus maldades y somos tan atentos a la justicia y a nuestras obligaciones, que a menos de ser muy facineroso no procediéramos contra él. Con todo eso les replicó Pilatos:  Pues ¿qué delitos son los que ha cometido? Está convencido, respondieron los judíos, que inquieta a la república y se quiere hacer nuestro rey y prohíbe que se le paguen al César los tributos, se hace Hijo de Dios y ha predicado nueva  doctrina, comenzando por Galilea y prosiguiendo por toda Judea hasta Jerusalén (Lc 23, 2-5).—Pues  tomadle allá vosotros, dijo Pilatos, y juzgadle conforme a vuestras leyes; que yo no hallo causa justa para juzgarle.—Replicaron los judíos: A nosotros no se nos permite condenar a alguno con pena de muerte, ni tampoco dársela (Jn 18, 31).

1306.    A todas estas y otras demandas y respuestas estaba pre­sente María santísima con San Juan Evangelista y las mujeres que la seguían, porque los Santos Ángeles la acercaron a donde todo lo pudiese ver y oír; y cubierta con su manto lloraba sangre en vez de lágrimas con la fuerza del dolor que dividía su virginal corazón, y en los actos de las virtudes era un espejo clarísimo en que se retrataba el alma santísima de su Hijo, y los dolores y penas se retrataban en el sentimiento del cuerpo. Pidió al Padre Eterno la concediese no perder a su Hijo de vista, cuanto fuese posible, por el orden común, hasta la muerte, y así lo consiguió mientras el Señor no estuvo preso. Y considerando la prudentísima Señora que convenía se conociese la inocencia de nuestro Salvador Jesús entre las falsas acusaciones y calumnias de los judíos y que le condenaban a muerte sin culpa, pidió con fervorosa oración que no fuese engañado el juez y que tuviese verdadera luz de que Cristo era entregado a él por envidia de los sacerdotes y escribas. En virtud de esta oración de María santísima tuvo Poncio Pilatos claro conocimiento de la verdad y alcanzó que Cristo era inculpable y que le habían entregado por envidia, como dice San Mateo (Mt 27, 18); y por esta razón el mismo Señor se declaró más con él, aunque no cooperó Pilatos a la verdad que conoció, y así no fue de provecho para él sino para nosotros y para convencer la perfidia de los pontífices y fariseos.

1307. Deseaba la indignación de los judíos hallar a Pilatos muy propicio, para que luego pronunciara la sentencia de muerte contra el Salvador Jesús; y como reconocieron que reparaba tanto en ello, comenzaron a levantar las voces con ferocidad, acusándole y repitiendo que se quería alzar con el reino de Judea y para esto engañaba y conmovía los pueblos y se llamaba Cristo, que quiere decir ungido Rey. Esta maliciosa acusación propusieron a Pilatos, por­que se moviese más con el celo del reino temporal, que debía conser­var debajo del imperio romano. Y porque entre los judíos eran los reyes ungidos, por eso añadieron que Jesús se llamaba Cristo, que es ungido como rey, y porque Pilatos, como gentil, cuyos reyes no se ungían, entendiese que llamarse Cristo era lo mismo que llamarse rey ungido de los judíos. Preguntóle Pilatos al Señor: ¿Qué respondes a estas acusaciones que te oponen?  (Mc 15, 4-5) No respondió Su Majestad palabra en presencia de los acusadores, y se admiró Pilatos de ver tal silencio y paciencia. Pero deseando examinar más si era verdaderamente rey, se retiró el mismo juez con el Señor adentro del pretorio, desviándose de la vocería de los judíos. Y allí a solas le preguntó Pilatos: Díme, ¿eres tú Rey de los judíos? (Jn 18, 33ss) No pudo pensar Pilatos que Cristo era rey de hecho, pues conocía que no reinaba, y así lo preguntaba para saber si era rey de derecho y si le tenía al reino. Respondióle nuestro Salvador: Esto que me preguntas ¿ha salido de ti mismo, o te lo ha dicho alguno hablando te de mí?— Replicó Pilatos: ¿Yo acaso soy judío para saberlo? Tu gente y tus pontífices te han entregado a mi tribunal; dime lo que has hecho y qué hay en esto.—Entonces respondió el Señor: Mi reino no es de este mundo, porque si lo fuera, cierto es que mis vasallos me defendieran, para que no fuera entregado a los judíos, mas ahora no tengo aquí mi reino.—Creyó el juez en parte esta respuesta del Señor y así le replicó: ¿Luego tú eres rey, pues tienes reino? No lo negó Cristo y añadió diciendo: Tú dices que yo soy rey; y para dar testimonio de la verdad nací yo en el mundo; y todos los que son nacidos de la verdad oyen mis palabras.—Admiróse Pilatos de esta respuesta del Señor, y volvióle a preguntar: ¿Qué cosa es la verdad?—Y sin aguardar más respuesta salió otra vez del pretorio y dijo a los judíos: Yo no hallo culpa en este hombre para condenarle. Ya sabéis que tenéis costumbre de que por la fiesta de la Pascua dais libertad a un preso; decidme si gustáis que sea Jesús o Barrabás; que era un ladrón y homicida, que a la sazón tenían en la cárcel por haber muerto a otro en una pendencia. Levantaron todos la voz y dijeron: A Barrabás pedimos que sueltes, y a Jesús que crucifiques.—Y en esta petición se ratificaron, hasta que se ejecutó como lo pedían.

1308. Quedó Pilatos muy turbado con las respuestas de nuestro Salvador Jesús y obstinación de los judíos; porque por una parte deseaba no desgraciarse con ellos, y esto era dificultosa cosa, viéndolos tan embarcados en la muerte del Señor, si no consentía con ellos;  por otra parte  conocía claramente  que  le  perseguían por envidia mortal que le tenían y que las acusaciones de que turbaba al pueblo eran falsas y ridículas. Y en lo que le imputaban de que pretendía ser rey, había quedado satisfecho con la respuesta  del mismo Cristo y verle tan pobre, tan humilde y sufrido a las calumnias que le oponían. Y con la luz y auxilios que recibió, conoció la verdadera inocencia del Señor, aunque esto fue por mayor, ignorando siempre el misterio y la dignidad de la persona divina. Y aunque la fuerza de sus vivas palabras movió a Pilatos  para hacer concepto grande de Cristo y pensar que en él se encerraba algún particular secreto y por esto deseaba soltarle y le envió a Herodes, como diré en el capítulo siguiente, pero no llegaron a ser eficaces los auxilios porque lo desmereció su pecado y se convirtió a fines temporales, gobernándose por ellos y no por la justicia, más por sugestión de Lucifer, como arriba dije (Cf. supra n. 1134), que por la noticia de la verdad que conocía con claridad. Y habiéndola entendido, procedió como mal juez en consultar más la causa del inocente con los que eran enemigos suyos declarados y le acusaban falsamente. Y mayor delito fue obrar contra el dictamen de la conciencia, condenándole a muerte y primero a que le azotasen tan inhumanamente, como veremos, sin otra causa más de para contentar a los judíos.

1309. Pero aunque Pilatos por estas y otras razones fue iniquísimo e injusto juez condenando a Cristo, a quien tenía por puro hombre, aunque inocente y  bueno, con todo fue menor su delito en comparación de los sacerdotes y fariseos. Y esto no sólo porque ellos obraban con envidia, crueldad y otros fines execrables, sino también porque fue gran culpa el no conocer a Cristo por verdadero Mesías y Redentor, hombre y Dios, prometido en la ley que los hebreos  profesaban y creían. Y para su  condenación permitió el Señor que, cuando acusaban a nuestro Salvador, le llamasen Cristo y Rey ungido, confesando en las palabras la misma verdad que negaban y descreían. Pero debíanlas creer, para entender que Cristo nuestro Señor era verdaderamente ungido, no con la unción figurativa de los reyes y sacerdotes antiguos, sino con la unción que dijo Santo Rey y Profeta David (Sal 44, 8), diferente de todos los demás, como lo era la unción de la divinidad unida a la humana naturaleza, que la levantó a ser Cristo Dios y hombre verdadero, y ungida su alma santísima con los dones de gracia y gloria correspondientes a la unión hipostática. Toda esta verdad misteriosa significaba la acusación de los judíos, aunque ellos por su perfidia no la creían y con envidia la interpretaban falsamente, acumulándole al Señor que se quería hacer rey y no lo era; siendo verdad lo contrario, y no lo quería mostrar, ni usar de la potestad de rey temporal, aunque de todo era Señor; pero no había venido al mundo a mandar a los hombres, sino a obedecer (Mt 20, 28). Y era mayor la ceguedad judaica, porque esperaban al Mesías como a rey temporal y con todo eso calumniaban a Cristo de que lo era, y parece que sólo querían un Mesías tan poderoso rey que no le pudiesen resistir, y aun entonces le recibirían por fuerza y no con la voluntad piadosa que pide el Señor.

1310. La grandeza de estos sacramentos ocultos entendía profundamente nuestra gran Reina y Señora y los confería en la sabiduría de su castísimo pecho, ejercitando heroicos actos de todas las virtudes. Y como los demás hijos de Adán, concebidos y manchados con pecados, cuando más crecen las tribulaciones y dolores tanto más suelen conturbarlos y oprimirlos, despertando la ira con otras desordenadas pasiones, por el contrario sucedía en María santísima, donde no obraba el pecado, ni sus efectos, ni la naturaleza, tanto como la excelente gracia. Porque las grandes persecuciones y muchas aguas de los dolores y trabajos no extinguían el fuego de su inflamado corazón en el amor divino (Cant 8, 7), antes eran como fomentos que más le alimentaban y encendían aquella divina alma, para pedir por los pecadores, cuando la necesidad era suma por haber llegado a su punto la malicia de los hombres. ¡Oh Reina de las virtudes, Señora de las criaturas y dulcísima Madre de Misericordia! ¡Qué dura soy de corazón, qué tarda y qué insensible, pues no le divide y le deshace el dolor de lo que conoce mi entendimiento de vuestras penas y de vuestro único y amantísimo Hijo! Si en presencia de lo que conozco tengo vida, razón será que me humille hasta la muerte. Delito es contra el amor y la piedad ver padecer tormentos al inocente y pedirle mercedes sin entrar a la parte de sus penas. ¿Con qué cara o con qué verdad diremos las criaturas que tenemos amor de Dios, de nuestro Redentor y a Vos, Reina mía, que sois su Madre, si, cuando entrambos bebéis el cáliz amarguísimo de tan acerbos dolores y pasión, nosotros nos recreamos con el cáliz de los deleites de Babilonia? ¡Oh si yo entendiese esta verdad! ¡Oh si la sintiese y penetrase, y ella penetrase también lo íntimo de mis entrañas a la vista de mi Señor y de su dolorosa Madre, padeciendo inhumanos tormentos! ¿Cómo pensaré yo que me hacen injusticia en perseguirme, que me agravian en despreciarme, que me ofenden en aborrecerme? ¿Cómo me querellaré de que padezco, aunque sea vituperada, despreciada y aborrecida del mundo? ¡Oh gran Capitana de los mártires, Reina de los esforzados, Maestra de los imitadores de vuestro Hijo!, si soy vuestra hija y discípula, como vuestra dignación me lo asegura y mi Señor me lo quiso merecer, no me neguéis mis deseos de seguir vuestras pisadas en el camino de la cruz. Y si como flaca he desfallecido, alcanzadme Vos, Señora y Madre mía, la fortaleza y corazón contrito y humillado por las culpas de mi pesada ingratitud. Granjeadme y pedidme el amor a Dios eterno, que es don tan precioso, que sola vuestra poderosa intercesión le puede alcanzar y mi Señor y Redentor merecérmele.

Doctrina que me dio la gran Reina del cielo.

1311. Hija mía, grande es el descuido y la inadvertencia de los mortales en ponderar las obras  de mi Hijo santísimo y penetrar con humilde reverencia los misterios que encerró en ellas para el remedio y salvación de todos. Por esto ignoran muchos, y se admiran otros, de que Su Majestad consintiese ser traído como reo ante los inicuos jueces y ser examinado por ellos como malhechor y criminoso, que le tratasen y reputasen por hombre estulto e ignorante y que con su divina sabiduría no respondiera por su inocencia y convenciera la malicia de los judíos y todos sus adversarios, pues con tanta facilidad lo pudiera hacer. En esta admiración lo primero se han de venerar los altísimos juicios del Señor, que así dispuso la  Redención humana obrando con equidad y bondad,  rectitud y como convenía a todos sus atributos, sin negar a cada uno de sus enemigos los auxilios suficientes para bien obrar, si quisieran cooperar con ellos, usando de los fueros de su libertad para el bien; porque todos quiso que fuesen salvos, y ninguno tiene justicia para querellarse de la piedad divina, que fue superabundante.

1312.    Pero a más de esto quiero, carísima, que entiendas la enseñanza que contienen estas obras, porque ninguna hizo mi Hijo santísimo que no fuese como de Redentor y Maestro de los hombres. Y en el silencio y paciencia que guardó en su pasión, sufriendo ser reputado por inicuo y estulto, dejó a los hombres una doctrina  tan  importante,  cuanto  poco  advertida y  menos  practicada de los hijos de Adán. Y porque no consideran el contagio que les comunicó Lucifer por el pecado y que le continúa siempre en el mundo, por esto no buscan en el médico la medicina de su dolencia, pero Su Majestad por su inmensa caridad dejó el remedio en sus palabras y en sus obras. Considérense, pues, los hombres concebidos en pecado y vean cuán apoderada está hoy de sus corazones la semilla que sembró el Dragón, de soberbia, de presunción, vanidad y estimación propia, de codicia, hipocresía y mentira, y así de los otros vicios. Todos comúnmente quieren adelantarse en honra y vanagloria: quieren ser preferidos y estimados los doctos y que se reputan por sabios, quieren ser aplaudidos y celebrados y jactarse de la ciencia; los indoctos quieren parecer sabios; los ricos se glorían de las riquezas y por ellas quieren ser venerados; los pobres quieren ser ricos y parecerlo y ganar su estimación; los poderosos quieren ser temidos, adorados y obedecidos; todos se adelantan en este error y procuran parecer lo que no son en la virtud y no son lo que quieren parecer; disculpan sus vicios, desean encarecer sus virtudes y calidades, atribúyense los bienes y beneficios, como si no los hubieran recibido, recíbenlos como si no fueran ajenos y se los dieran de gracia; en vez de agradecerlos, hacen de ellos armas contra Dios y contra sí mismos; y generalmente todos están entumecidos con el mortal veneno de la antigua serpiente y más sedientos de beberle, cuanto más heridos y dolientes de este lamentable achaque; y el camino de la cruz y la imitación de Cristo por la humildad y sinceridad cristiana está desierto, porque pocos son los que caminan por él.

1313. Para quebrantar esta cabeza de Lucifer y vencer la soberbia de su arrogancia fue la paciencia y silencio que tuvo mi Hijo en su pasión, consintiendo que le tratasen como a hombre ignorante y estulto malhechor. Y como Maestra de esta filosofía y Médico que venía a curar la dolencia del pecado, no quiso disculparse ni defenderse, justificarse, ni desmentir a los que le acusaban, dejando a los hombres este vivo ejemplo de proceder y obrar contra el intento de la serpiente. Y en Su Majestad se puso en práctica aquella doctrina del Sabio: Más preciosa es a su tiempo la pequeña estulticia, que la sabiduría y gloria (Ecl 10, 1), porque mejor le está a la fragilidad humana ser a tiempos reputado el hombre por ignorante y malo, que hacer ostentación vana de la virtud y sabiduría. Infinitos son los que están comprendidos en este peligroso error, y deseando parecer sabios hablan mucho y multiplican las palabras como estultos (Ecl 10, 14) y vienen a perder lo mismo que pretenden, porque son conocidos por ignorantes. Todos estos vicios nacen de la soberbia radicada en la naturaleza. Pero tú, hija, conserva en tu corazón la doctrina de mi Hijo y mía y aborrece la ostentación humana, sufre, calla y deja al mundo que te repute por ignorante, pues él no conoce en qué lugar vive la verdadera sabiduría (Bar 3, 15).

Sor María de Jesús de Agreda: Mística Ciudad de Dios – Vida de María. Texto conforme al autógrafo original, 2ª Parte, Libro VI, Cap. 18, Pgs. 982 a 991.

Visto en Católicos Alerta 

3 replies »

  1. Simón: la revelación privada no es Palabra de Dios. No tienes que creer en ella. Si encima te crea confusión y está en contra del magisterio de la Iglesia, considérala anatema.

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  2. Paco, se equivoca usted, aquí no hay nada contrario a las enseñanzas de la Iglesia. Y yo no estoy confundido. Me parece que usted está haciendo juicios sobre un libro que jamás ha sido considerado anatema por la Iglesia, tal como es la Mística Ciudad de Dios…Tendrá que reflexionar sobre sus escritos en los que confunde al Anticristo con el Falso Profeta. Jamás el Anticristo sederá sobre la silla de San Pedro. No le interesa!!!!!

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