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JESÚS EN CASA DE ANÁS


CAPÍTULO  15  DE LA “MÍSTICA  CIUDAD DE DIOS”

JESÚS EN CASA DE ANÁS 


Sor María de Jesús de Agreda

Llevan a nuestro Salvador Jesús atado y preso a casa del pontífice Anás; lo que sucedió en este paso y lo que padeció en él su beatí­sima Madre.

 

1256. Digna cosa fuera hablar de la pasión, afrentas y tormentos de nuestro Salvador Jesús con palabras  tan vivas y eficaces, que pudieran penetrar más que la espada de dos filos, hasta dividir con íntimo dolor lo más oculto de nuestros corazones (Heb 4, 12)No fueron comunes las penas que padeció, no se hallará dolor semejante como su dolor (Lam 1, 12), no era su persona como las demás de los hijos de los hombres, no padeció Su Majestad por sí mismo ni por sus culpas, sino por nosotros y por las nuestras; pues razón es que las palabras y términos con que tratamos de sus tormentos y dolores no sean comunes y ordinarios, sino con otros vivos y eficaces se la propongamos a nuestros sentidos. Pero ¡ay de mí, que ni puedo dar fuerza a mis palabras, ni hallo las que mi alma desea para manifestar este secreto! Diré lo que alcanzare, hablaré como pudiere y se me administrare, aunque la cortedad de mi talento coarte y limite la grandeza de la inteligencia y los improporcionados términos no alcancen a declarar el concepto escondido del corazón. Supla el defecto de las razones la fuerza y viveza de la fe que profesamos los hijos de la  Iglesia.  Y  si las  palabras  son  comunes,  sea  extraordinario  el dolor y el sentimiento, el dictamen altísimo, la comprensión vehemente,   la  ponderación  profunda,   el   agradecimiento   cordial   y   el amor fervoroso, pues  todo será menos  que  la verdad  del  objeto y de lo que nosotros  debemos  corresponder  como  siervos,  como amigos y como hijos adoptados por medio de su pasión y muerte santísima.

1257.    Atado y preso  el  mansísimo  cordero  Jesús,  fue  llevado desde el huerto a casa de los pontífices, y primero a la de Anás. Iba prevenido aquel turbulento escuadrón de soldados y ministros con las advertencias del traidor discípulo, que no se fiasen de su Maestro si no le llevaban muy amarrado y atado, porque era hechicero y se les podría salir de entre las manos. Lucifer y sus príncipes de tinieblas ocultamente los irritaban y provocaban, para que impía y sacrílegamente tratasen al Señor sin humanidad ni decoro. Y  como todos eran instrumentos obedientes a la voluntad de Lucifer, nada que se les permitió dejaron de ejecutar contra la persona de su mismo Criador. Atáronle con una cadena de grandes eslabones de hierro con tal artificio, que rodeándosela a la cintura y al cuello sobraban los dos extremos, y en ellos había unas argollas o esposas con que encadenaron también las manos del Señor que fabricó los cielos y los ángeles y todo el universo, y así argolladas y presas se las pusieron no al pecho sino a las espaldas. Esta cadena llevaron de la casa de Anás el Pontífice, donde servía de levantar la puerta de un calabozo que era levadiza, y para el intento de aprisionar a nuestro divino Maestro la quitaron y la acomodaron con aquellas argollas y cerraduras, como candados, con llaves de golpe. Y  con este modo de prisión nunca oída no quedaron satisfechos ni seguros, porque luego sobre la pesada cadena le ataron dos sogas harto largas:  la una echaron sobre la garganta de Cristo nuestro Señor y cruzándola por el pecho le rodearon el cuerpo, atándole con fuertes nudos, y dejaron dos extremos largos de la soga para que dos de los ministros o soldados fuesen tirando de ellos y arrastrando al Señor.  La segunda soga  sirvió para atarle  los  brazos, rodeándola también por la cintura y dejaron pendientes otros dos cabos largos a las espaldas donde llevaba las manos, para que otros dos tirasen de ellos.

1258. Con esta forma de ataduras se dejó aprisionar y rendir el Omnipotente y Santo, como si fuera el más facineroso de los hombres y el más flaco de los nacidos, porque había puesto sobre sí las iniquidades de todos nosotros (Is 53, 6) y la flaqueza o impotencia para el bien en que por ellas incurrimos. Atáronle en el huerto, atormentándole no sólo con las manos, con las sogas y cadenas, sino con las lenguas, porque como serpientes venenosas arrojaron la sacrílega ponzoña que tenían, con blasfemias, contumelias y nunca oídos oprobios contra la persona que adoraban los ángeles y los hombres y le magnifican en el cielo y en la tierra. Partieron todos del monte Olívete con gran tumulto y vocería, llevando en medio al Salvador del mundo, tirando unos de las sogas de adelante y otros de las que llevaba a las espaldas asidas de las muñecas, y con esta violencia nunca imaginada unas veces le hacían caminar aprisa atropellándole, otras le volvían atrás y le detenían, otras le arrastraban a un lado y a otro, a donde la fuerza diabólica los movía. Muchas veces le derribaban en tierra y, como llevaba las manos atadas, daba en ella con su venerable rostro, lastimándose y recibiendo en él heridas y mucho polvo. Y en estas caídas arremetían a él, dándole de puntillazos y coces, atropellando y pisándole, pasando sobre su real persona y hollándole la cara y la cabeza y, celebrando estas injurias con algazara y mofa, le hartaban de oprobios, como lo lloró antes San Jeremías (Lam 3, 30).

1259. En medio del furor tan impío que Lucifer encendía en aquellos sus ministros, estaba muy atento a las obras y acciones de nuestro Salvador, cuya paciencia pretendía irritar y conocer si era puro hombre, porque esta duda y perplejidad atormentaba su pésima soberbia sobre todas sus grandes penas. Y como reconoció la mansedumbre, tolerancia y suavidad que mostraba Cristo entre tantas injurias y tormentos y que los recibía con semblante sereno y de majestad, sin turbación ni mudanza alguna, con esto se enfureció más el infernal dragón y, como si fuera un hombre furioso y desatinado, pretendió tomar una vez las sogas que llevaban los sayones para tirar él y otros  demonios  con mayor violencia que lo hacían  ellos,  para provocar con más  crueldad la  mansedumbre   del   Señor.   Este   intento   impidió   María   santísima,   que desde el lugar donde   estaba   retirada miraba por visión clara todo lo que se iba ejecutando con la persona de su Hijo santísimo, y cuando vio el atrevimiento de Lucifer, usando de la autoridad y poder de Reina, le mandó no llegase a ofender a Cristo nuestro Salvador como intentaba. Y al punto desfallecieron las fuerzas de este enemigo y no pudo ejecutar su deseo, porque no era conveniente que su maldad se interpusiese por aquel modo en la pasión y muerte del Redentor. Pero diósele permiso para que provocase a sus demonios contra el Señor y todos ellos a los judíos fautores de la muerte del Salvador, porque tenían libre albedrío para consentir o disentir en ella. Así lo hizo Lucifer,  que volviéndose a sus demonios les dijo:  ¿Qué hombre es éste que ha nacido en el mundo, que con su paciencia y sus obras así nos atormenta y destruye? Ninguno hasta ahora tuvo tal igualdad y sufrimiento en los trabajos desde Adán acá. Nunca vimos entre los mortales semejante humildad  y mansedumbre.  ¿Cómo  sosegamos  viendo  en el mundo un ejemplo tan raro y poderoso para llevarle tras sí? Si éste es el Mesías, sin duda abrirá el cielo y cerrará el camino por donde llevamos a los hombres a nuestros eternos tormentos y quedaremos vencidos y frustrados nuestros intentos. Y cuando no sea más que puro hombre, no puedo sufrir que deje a los demás tan  fuerte  ejemplo  de  paciencia.   Venid,   pues,  ministros   de  mi altiva grandeza y persigámosle por medio de sus enemigos, que como obedientes a mi imperio han admitido contra él la furiosa envidia que les he comunicado.

1260. A toda la desapiadada indignación que Lucifer  despertó y fomentó en aquel escuadrón de los judíos se sujetó el autor de nuestra salud, ocultando el poder con que los pudiera aniquilar o reprimir, para que nuestra redención fuese más copiosa. Y llevándolo atado y maltratado, llegaron a casa del Pontífice Anás, ante quien le presentaron como malhechor y digno de muerte. Era costumbre de los judíos presentar así atados a los delincuentes que merecían castigo capital, y aquellas prisiones eran como testigos del delito que merecía la muerte, y así le llevaban como intimán­dole la sentencia antes que se la diese el juez. Salió el sacrílego sacerdote Anas a una gran sala, donde se asentó en el estrado o tribunal que tenía, muy lleno de soberbia y arrogancia. Y luego se puso a su lado el príncipe de las tinieblas Lucifer, rodeándole gran multitud de demonios, de los ministros y soldados. Le presentaron a Jesús atado y preso y le dijeron: Ya, señor, traemos aquí este mal hombre que con sus hechizos y maldades ha inquietado a toda Jerusalén y Judea, y esta vez no le ha valido su arte mágica para escaparse de nuestras manos y poder.

1261. Estaba nuestro Salvador Jesús asistido de innumerables Ángeles que le adoraban y confesaban, admirados de los incomprensibles juicios de su sabiduría, porque Su Majestad consentía  ser presentado como reo y pecador, y el inicuo sacerdote se manifestaba como  justo y celoso de la honra del Señor, a quien sacrílegamente pretendía quitarla con la vida. Callaba el amantísimo Cordero sin abrir su boca, como lo había dicho Isaías (Is 53, 7), y el Pontífice con imperiosa autoridad le preguntó por sus discípulos y qué doctrina era la que predicaba y enseñaba. Esta pregunta hizo para calumniar la respuesta, si decía alguna palabra que motivase acusarle. Pero el Maestro de la santidad, que encamina y enmienda a los más sabios (Sab 7, 15), ofreció al Eterno Padre aquella humillación de ser presentado como reo ante el Pontífice y preguntado por él como criminoso y autor de falsa doctrina. Y respondió nuestro Redentor con humilde y alegre semblante a la pregunta de su doctrina: Yo siempre he hablado en público, enseñando y predicando en el templo y sinagoga, donde concurren los judíos, y nada he di­cho en oculto. ¿Qué me preguntas a mí? Pues ellos te dirán, si les preguntas, lo que yo les he enseñado (Jn 18, 20-21). Porque la doctrina de Cristo nuestro Señor era de su Eterno Padre, respondió por ella y por su crédito, remitiéndose a sus oyentes, así porque a Su Majestad no le darían crédito, antes bien le calumniarían su testimonio, como también porque la verdad y la virtud ella misma se acredita y abona entre los mayores enemigos.

1262.    No respondió por los Apóstoles, porque no era entonces necesario, ni ellos estaban en disposición que podían ser alabados de su Maestro. Y con haber sido esta respuesta tan llena de sabiduría y tan conveniente a la pregunta, con todo eso uno de los ministros que asistían al Pontífice fue con formidable audacia, levantó la mano y dio una bofetada en el sagrado y venerable rostro del Salvador, y junto con herirle le reprendió diciendo:  ¿Así respondes al pontífice?(Jn 18, 22) Recibió el Señor esta desmedida injuria, rogando al Padre por quien así le había ofendido y estando preparado y con disposición de volver a ofrecer la otra mejilla, si fuera necesario, para recibir otra bofetada, cumpliendo en todo esto con la doctrina que Él mismo había enseñado (Mt 5, 39). Y para que el necio y atrevido ministro no quedase ufano y sin confusión por tan inaudita maldad, le replicó el Señor con grande serenidad y mansedumbre: Sí yo he hablado mal, da testimonio y di en qué está el mal que me atribuyes; y si hablé como debía, ¿por qué me has herido?  (Jn 18, 23) ¡Oh espectáculo de nueva admiración para los espíritus soberanos! ¡Cómo de solo oírte pueden y deben temblar las columnas del cielo y todo el firmamento estremecerse! (Job 26, 11) Este Señor es aquel de quien dijo Job (Job 9, 4ss) que es sabio de corazón y tan robusto y fuerte que nadie le puede resistir y con esto tendrá paz, que trasiega los montes con su furor antes que puedan ellos entenderlo, el que mueve la tierra en su lugar y sacude una con otra sus columnas, el que manda al sol que no nazca y cubre las estrellas con signáculo, el que hace cosas grandes e incomprensibles, el que a su ira nadie puede resistir y ante quien doblan la rodilla los que sustentan todo el orbe, y este mismo es el que por amor de los mismos hombres sufre de un impío ministro ser herido en el rostro de una bofetada.

1263.    Con la respuesta humilde y eficaz que dio Su Majestad al sacrílego siervo, quedó confuso en su maldad, pero ni esta confusión, ni la que pudo recibir el Pontífice de que  en  su presencia se cometiese tal crimen y desacato, le movió a él ni a los judíos para reprimirse en algo contra el autor de la vida. Y en el ínterin que se continuaban sus oprobios, llegaron a casa de Anás San Pedro y el otro discípulo, que era San Juan Evangelista. Y éste como muy conocido en ella entró fácilmente, quedando fuera San Pedro, hasta que la portera, que era una criada del Pontífice, a petición de San Juan le dejó entrar, para ver lo que sucedía con el Redentor. Entraron los dos Apóstoles en el zaguán de la casa antes de la sala del Pontífice, y San Pedro se llegó al fuego que allí tenían los soldados, porque hacía la noche fría. Y la portera miró y reconoció a San Pedro con algún cuidado como discípulo de Cristo y llegándose a él le dijo:  ¿No eres tú también  de los discípulos de este Hombre? (Jn 18, 17)Esta pregunta de la criada fue con algún desprecio y baldón, de que San Pedro se avergonzó con gran flaqueza y pusilanimidad. Y poseído del temor respondió y dijo: Yo no soy discípulo suyo. Y con esta respuesta se deslizó de la conversación y salió fuera de la casa de Anás, aunque luego siguiendo a su Maestro fue a la de Caifás, donde le negó otras dos veces, como adelante diré (Cf.infra n. 1278).

1264.  Mayor fue para el divino Maestro el dolor de la negación de San Pedro que el de la bofetada, porque a su inmensa caridad la culpa era contraria y aborrecible y las penas eran amables y dulces por vencer con ellas nuestros pecados. Hecha la primera negación, oró Cristo al Eterno Padre por su Apóstol y dispuso que por medio de la intercesión de María santísima se le previniese la gracia y el perdón para después de las tres negaciones. Estaba la gran Señora a la vista desde su oratorio a todo lo que iba sucediendo, como queda dicho (Cf. supra 1204). Y como en su pecho tenía el propiciatorio y el sacrificio, a su mismo Hijo y Señor sacramentado, convertíase a Él para sus peticiones y afectos amorosos, donde ejercitaba heroicos actos de compasión, agradecimiento, culto y adoración. Cuando la piadosísima Reina conoció la negación de San Pedro, lloró con amargura y nunca cesó en este llanto hasta que entendió no le negaría el Altísimo sus auxilios y que le levantaría de su caída. Sin­tió asimismo la purísima Madre todos los dolores de las heridas y tormentos de su Hijo, y en las mismas partes de su virginal cueRpo, donde el Señor era lastimado. Y cuando Su Majestad fue atado con las sogas y cadenas sintió ella en las muñecas tantos dolores, que saltó la sangre por las uñas en sus virginales manos, como si fueran atadas y apretadas, y lo mismo sucedió en las demás he­ridas. Y como a esta pena se juntaba la del corazón, de ver padecer a Cristo nuestro Señor, vino la amantísima Madre a llorar sangre viva, siendo el brazo del Señor el artífice de esta maravilla. Sintió también el golpe de la bofetada de su Hijo santísimo, como si a un mismo tiempo aquella mano sacrílega hubiera herido a Hijo y Madre juntos. Y en esta injuriosa contumelia y en las blasfemias y desacatos llamó a los Santos Ángeles para que con ella engrandecieran y adoraran a su Criador en recompensa de los oprobios que recibía de los pecadores, y con prudentísimas razones, pero muy lamentables y dolorosas, confería con los mismos Ángeles la causa de su amarga compasión y llanto.

Doctrina que me dio la gran Reina y Señora del cielo.

1265. Hija mía, a grandes cosas te llama y te convida la divina luz que recibes de los misterios de mi Hijo santísimo y míos, en lo que padecimos por el linaje humano y en el mal retorno que nos da desagradecido e ingrato a tantos beneficios. Tú vives en carne mortal y sujeta a estas ignorancias y flaquezas y, con la fuerza de la verdad que entiendes, se engendran en ti y despiertan muchos movimientos de admiración, de dolor, aflicción y compasión por el olvido, poca aplicación y atención de los mortales a tan grandes sacramentos y por los bienes que pierden en su flojedad y tibieza. Pues ¿cuál será la ponderación que de esto harán los Ángeles y Santos y la que yo tendré a la vista del Señor, de ver al mundo y el estado de los fieles en tan peligroso estado y formidable descuido, después que mi Hijo santísimo murió y padeció y después que me tienen por Madre, por intercesora y su vida purísima y mía por ejemplo? De verdad te digo, carísima, que sola mi intercesión y los méritos que represento al Eterno Padre de su Hijo y mío pueden suspender el castigo y aplacar su justa indignación, para que no destruya al mundo y azote rigurosamente a los hijos de la Iglesia que saben la voluntad del Señor y no la cumplen (Lc 12, 47). Pero yo estoy muy desobligada de hallar tan pocos que se contristen conmigo y consuelen a mi Hijo en sus penas, como dijo el Santo Rey y Profeta David (Sal 68, 21). Esta dureza será el cargo de mayor confusión contra los malos cristianos el día del juicio, porque conocerán entonces con irreparable dolor que no sólo fueron ingratos sino inhumanos y crueles con mi Hijo santísimo, conmigo y consigo mismos.

1266. Considera,  pues,  carísima,  tu  obligación  y  levántate  sobre todo lo terreno y sobre ti misma, porque yo te llamo y te elijo para que me imites y acompañes en lo que me dejan tan sola las criaturas, a quien mi Hijo santísimo y yo tenemos tan beneficiadas y obligadas. Pondera con todas tus fuerzas lo mucho que le costó a mi Señor el reconciliar con su Padre a los hombres y merecerles su amistad. Llora y aflígete de que tantos vivan en este olvido y que tantos trabajen con todo  su conato por destruir y perder lo que costó sangre y muerte del mismo Dios y lo que yo desde  mi  concepción les procuré y  procuro  solicitar  y  granjear para su remedio. Despierta en tu corazón lastimoso llanto de que en la Iglesia Santa tengan muchos sucesores los Pontífices hipócritas y sacrílegos que con título fingido de piedad condenaron a Cristo: estando la soberbia y fausto con otras graves culpas autorizada y entronizada, y la humildad, la verdad, la justicia y las virtudes tan oprimidas y abatidas, sólo prevalecen la codicia y la vanidad. La pobreza de Cristo pocos la conocen y menos son los que la abrazan; la santa fe está impedida y no se dilata, por la desmedida ambición de los poderosos del mundo, y en los católicos está muerta y ociosa, y todo lo que ha de tener vida está muerto y se dispone para la perdición; los Consejos del Evangelio están olvidados, los preceptos quebrantados, la caridad casi extinguida. Mi Hijo y Dios verdadero dio sus mejillas con paciencia y mansedumbre para ser herido (Lam 3, 30). ¿Quién perdona una injuria por imitarle? Al contrario ha hecho leyes el mundo, y no sólo los infieles sino los mismos hijos de la fe y de la luz.

1267. En la noticia de estos pecados, quiero que imites lo que hice en la pasión y toda mi vida, que por todos ejercitaba los actos de las virtudes contrarias:  por las blasfemias le bendecía, por los juramentos le alababa, por las infidelidades le creía y lo mismo por todas las demás ofensas. Esto quiero que tú hagas en el mundo que vives y conoces. Huye también de los peligros de las criaturas con el ejemplo de San Pedro, que no eres tú más fuerte que el Apóstol y discípulo de Cristo, y si alguna vez cayeres como flaca llora luego con él y busca mi intercesión. Recompensa tus faltas y culpas ordinarias con la paciencia en las adversidades, recíbelas con alegre semblante sin turbación y sin diferencia, sean las que fueren, así de enfermedades  como  de  molestias  de  criaturas,  y  también  las que siente el espíritu por la contradicción de las pasiones y por la lucha de los enemigos invisibles y espirituales. En todo esto puedes padecer y lo debes tolerar con fe, esperanza y magnanimidad de corazón y ánimo, y te advierto que no hay ejercicio más provechoso y útil para el alma que el del padecer, porque da luz, desengaña, aparta el corazón humano de las cosas terrenas y le lleva al Señor, y Su Majestad le sale al encuentro, porque está con el atribulado y le libra y ampara (Sal 90, 12).

CAPITULO  16

Fue llevado Cristo nuestro Salvador a casa del Pontífice Caifás, donde fue acusado y preguntado si era Hijo de Dios; y San Pedro le negó otras dos veces; lo que María santísima hizo en este paso y otros misterios ocultos.

1268.    Luego que nuestro Salvador Jesús recibió en casa de Anás las contumelias y bofetada, le remitió este pontífice, atado y preso como estaba, al Pontífice Caifás, que era su suegro y aquel año ha­cía el oficio de Príncipe y Sumo Sacerdote; y con él estaban congre­gados los escribas y señores del pueblo, para sustanciar la causa del inocentísimo Cordero. Con la invencible paciencia y mansedum­bre que mostraba el Señor de las virtudes (Sal 23, 10) en las injurias que re­cibía, estaban como atónitos los demonios y llenos de confusión y furor grande, que no se puede explicar con palabras; y como no penetraban las  obras interiores  de la santísima humanidad, y en las exteriores, por donde en los demás hombres rastrean el cora­zón, no hallaban movimiento alguno desigual, ni el mansísimo Señor se quejaba, ni suspiraba, ni daba este pequeño alivio a su huma­nidad, de toda esta grandeza de ánimo se admiraba y atormentaba el dragón como de cosa nueva y nunca vista entre los hombres de condición pasible y flaca. Y con este furor irritaba el enemigo a todos  los príncipes, escribas y ministros  de los  sacerdotes, para que ofendiesen y maltratasen al Señor con abominables oprobios, y en todo lo que el demonio les administraba estaban prontos para ejecutarlo, si la divina voluntad lo permitía.

1269.   Partió de casa de Anás toda aquella canalla de ministros infernales y de hombres inhumanos, y llevaron por las  calles  a nuestro Salvador a casa de Caifás, tratándole con su  implacable crueldad ignominiosamente. Y entrando con escandaloso tumulto en casa del Sumo Sacerdote, él y todo el concilio recibieron al Criador y Señor de todo el universo con grande risa y mofa de verle suje­to y rendido a su poder y jurisdicción, de quien les parecía que ya no se podría defender. ¡Oh secreto de la altísima sabiduría del cie­lo! ¡Oh estulticia de la ignorancia diabólica y cieguísima torpeza de los mortales! ¡Qué distancia tan inmensa veo entre vosotros y las obras del Altísimo! Cuando el Rey de la gloria poderoso en las ba­tallas (Sal 28) está venciendo a los vicios, a la muerte y al pecado con las virtudes de paciencia, humildad y caridad, como Señor de todas ellas, entonces piensa el mundo que le tiene vencido y sujeto con su arrogante soberbia y presunción. ¡Qué distancia de pensamien­tos eran los que tenía Cristo nuestro Señor, de los que poseían aque­llos ministros operarios de la maldad! Ofrecía el autor de la vida a su Eterno Padre aquel triunfo que su mansedumbre y humildad ganaba del pecado, rogaba por los sacerdotes, escribas y ministros que le perseguían, presentando su misma paciencia y dolores y la ignorancia de los ofensores.  Y la misma petición y oración hizo en aquel mismo punto su beatísima Madre, rogando por sus enemigos y de su Hijo santísimo, acompañándole e imitándole en todo lo que Su Majestad iba obrando, porque le era patente, como muchas veces he repetido (Cf. supra n. 481, 990, etc.). Y entre Hijo y Madre había una dulcí­sima y admirable consonancia y correspondencia agradable a los ojos del Eterno Padre.

1270. El pontífice Caifás estaba en su cátedra o silla sacerdotal encendido en mortal envidia y furor contra el Maestro de la vida. Asistíale Lucifer con todos los demonios que vinieron a casa de Anás. Y los escribas y fariseos estaban como sangrientos lobos con la presa del manso corderillo, y todos juntos se alegraban como lo hace el envidioso cuando ve deshecho y confundido a quien se le adelanta. Y de común acuerdo buscaron testigos que sobornados con dádivas y promesas dijesen algún falso testimonio contra Je­sús nuestro Salvador. Vinieron los que estaban prevenidos, y los testimonios que dijeron ni convenían entre sí mismos, ni menos podían ajustarse con el que por naturaleza era la misma inocencia y santidad. Y para no hallarse confusos trajeron otros dos testigos falsos que depusieron contra Jesús, testificando haberle oído decir que era poderoso para destruir aquel Templo de Dios hecho por manos de hombres y edificar otro en tres días (Mc 14, 58) que no fuese fabri­cado por ellas. Y tampoco pareció conveniente este falso testimo­nio, aunque por él pretendían hacer cargo a nuestro Salvador que usurpaba el poder divino y se lo apropiaba a sí mismo. Pero cuan­do esto fuera así, era verdad infalible y nunca podía ser falso ni presuntuoso, pues Su Majestad era Dios verdadero. Pero el testi­monio era falso, porque no había dicho el Señor las palabras como los testigos las referían, entendiéndolas del templo material de Dios; y lo que había dicho en cierta ocasión que expelió del templo a los compradores y vendedores, preguntándole ellos en qué virtud lo hacía, respondió (Jn 2, 19) y fue decirles que desatasen aquel templo, en­tendiendo el de su santísima humanidad, y que al tercero día resu­citaría, como lo hizo en testimonio de su poder divino. 
                                               
1271.    No  respondió  nuestro   Salvador  Jesús   palabra  alguna  a todas las calumnias y falsedades que contra su inocencia testifica­ban. Y viendo Caifás el silencio y paciencia del Señor se levantó de la silla y le dijo:   ¿Cómo no respondes a lo que tantos  testifican contra ti? (Mc 14, 60-61) Tampoco a esta pregunta respondió Su Majestad, por­que Caifás y los demás, no sólo estaban indispuestos  para darle crédito, pero  su  duplicado  intento  era  que  respondiese  el  Señor alguna razón que le pudiesen calumniar, para satisfacer al pueblo en lo que intentaban contra el Señor y que no conociese le conde­naban a muerte sin justa causa. Con este humilde silencio de Cris­to nuestro Señor, que podía ablandar el corazón del mal sacerdo­te, enfurecióse mucho más, porque se le frustraba su malicia. Y Lucifer, que movía a Caifás y a todos los demás, estaba muy aten­to a todo lo que el Salvador del mundo obraba; aunque el intento de este Dragón era diferente que el del Pontífice, y sólo pretendía irritar la paciencia del  Señor, o que hablase alguna palabra por donde pudiera conocer si era Dios verdadero.

1272.    Con este intento Lucifer movió la imaginación de Caifás para que con grande saña e imperio hiciese a Cristo nuestro bien aquella nueva pregunta:   Yo te conjuro por Dios vivo, que nos di­gas si tú eres Cristo Hijo de Dios bendito (Mt 26, 63). Esta pregunta de parte del Pontífice fue arrojada y llena de temeridad e insipiencia; por­que en duda si Cristo era o no era Dios verdadero, tenerle preso como  reo  en  su  presencia,  era  formidable  crimen  y  temeridad, pues aquel examen se debiera hacer por otro modo, conforme a razón y justicia. Pero Cristo nuestro bien, oyéndose conjurar por Dios vivo, le adoró y reverenció, aunque pronunciado por tan sacrílega lengua. Y en virtud de esta reverencia respondió y dijo:  Tú lo dijiste, y yo lo soy. Pero yo os aseguro que desde ahora veréis al Hijo del Hombre, que soy yo, asentado a la diestra del mismo Dios y que vendrá en las nubes del cielo (Mt 26, 64). Con esta divina respuesta se turbaron los  demonios y los hombres  con diversos accidentes. Porque Lucifer y sus ministros no la pudieron sufrir, antes bien sintieron una fuerza en ella que los arrojó hasta el profundo, sin­tiendo gravísimo tormento de aquella verdad que los  oprimía. Y no  se atreviera a volver a la presencia  de  Cristo nuestro  Salva­dor, si no dispusiera su altísima providencia que Lucifer volviera a dudar si aquel Hombre Cristo había dicho verdad o no la había dicho para librarse de los judíos. Y con esta duda se esforzaron de nuevo y salieron otra vez a la estacada, porque se reservaba para la cruz el último triunfo, que de ellos y de la muerte había de ganar el  Salvador,  como  adelante veremos (Cf. infra n. 1423),  y según la profecía de Habacuc (Hab 3, 2-5).

1273.    Pero el pontífice Caifás, indignado con la respuesta  del Señor, que debía ser su verdadero desengaño, se levantó otra vez y, rompiendo sus vestiduras en testimonio de que celaba la honra de Dios, dijo a voces: Blasfemado ha, ¿qué necesidad hay de más testigos? ¿No habéis oído la blasfemia que ha dicho? ¿Qué os pa­rece de esto? (Mt 26, 65) Esta osadía loca y abominable de Caifás fue verda­deramente blasfemia, porque negó a Cristo el ser Hijo de Dios, que por naturaleza le convenía, y le atribuyó el pecado, que por naturaleza repugnaba a su divina persona. Tal fue la estulticia de aquel inicuo sacerdote, a quien por oficio tocaba conocer la verdad católica y enseñarla, que se hizo execrable blasfemo, cuando dijo que blasfemaba el que era la misma santidad. Y habiendo profeti­zado poco antes con instinto del Espíritu Santo, en virtud de su dignidad, que convenía muriese un hombre para que toda la gente no pereciese (Jn 11, 50), no mereció por sus pecados entender la misma verdad que profetizaba. Pero como el ejemplo y juicio de los Prín­cipes y Prelados es tan poderoso para mover a los inferiores y al pueblo, inclinado a la lisonja y adulación de los poderosos, todo aquel concilio de maldad se irritó contra el Salvador Jesús y res­pondiendo a Caifás dijeron en altas voces: Digno es de muerte (Mt 26, 66); muera, muera. Y a un mismo tiempo irritados del demonio arreme­tieron contra el mansísimo Maestro y descargaron sobre él su furor diabólico: unos le dieron de bofetadas, otros le hirieron con pun­tillazos, otros le mesaron los cabellos, otros le escupieron en su venerable rostro, otros le daban golpes o pescozones en el cuello, que era un linaje de afrenta vil con que los judíos trataban a los hombres que reputaban por muy viles.

 

Sor María de Jesús de Agreda: Mística Ciudad de Dios – Vida de María. Texto conforme al autógrafo original, 2ª Parte, Libro VI, Cap. 11, Pgs. 960 a 967.

Visto en Católicos Alerta

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