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[Es republicación. La oportunidad de la entrada está en que en nuestros días con el nombramiento del actual prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz, muchos ha recordado “Las tres campanadas” que al parecer el actual Opus Dei pretende ignorar. La “tercera campanada” puede que sea desconocida para todo el mundo.

De Fernando Ocáriz Grave error teológico de Ocáriz y Contra Ocáriz y contra Silveira. También Ratzinger vs. Ocáriz.
Sobre el Opus Dei y su herejía liberal heredada de su fundador véase 20 herejías del Opus Dei]

[Sigue el post original de este blog]

Dejo aquí un comentario de Julio Olaf con un texto,al parecer, poco conocido y aun ocultado. Me refiero a las que llaman tres campanadas de Escribá de Balaguer. Según se desprende de lo que se dice, hay una  “campanada” inaccesible al común, incluso a los miembros de la Prelatura.
Yo creo que el escrito es muy descriptivo de la realidad que vivió el fundador en los últimos años de su vida. Agradan sus recomendaciones sobre la importancia de Santo Tomás y de la coincidencia de sus puntos de vista con el magisterio de San Pío X. Él llama neomodernismo, al modernismo redivivo en los años-según él- posteriores al concilio. En realidad el modernismo coleaba en los pontificados anteriores a los papas conciliares, no sin dejacion de autoridad y falta de valor o sabiduría de los  papas coetáneos, en mi opinión. El análisis, que es perfectamente descriptivo- como los de muchos otros que también los hicieron en aquellos años- peca a mi modo de ver de no ver o callarse respecto de lo que significó el concilio como ventilador que esparció a toda la Iglesia las ideas modernistas. Igualmente no ve o calla la trágica realidad de unos papas que ejerciendo de verdaderos modernistas apoyaron la invasión del cáncer en el cuerpo católico, al mismo tiempo que para compensar decían aquí y allá cosas perfectamente ortodoxas y santurronas, para compensar su labor destructora. Ésta es una observación de la que todo el mundo debe ser consciente si no quiere caer actualmente en las redes del error y de la herejía que al igual que en aquellos años todo lo inundaba, sigue inundándolo todo hoy día, con la disimulada actuación ambigua y doble de los papas y de la jerarquía por no hablar de la desistencia de las autoridades a todos los niveles.
En suma, yo encuentro la actuación de Escribá de Balaguer, poco valiente o alternativamente poco perspicaz. Fue igual a la de otros muchos que parecían muy buenos que “atacaban pero no remataban la faena” y que al final hicieron el juego a los enemigos de la Iglesia.
Me gustaría que alguien con más perspicacia que la mía comentara este texto que traigo al blog o completara o rebatiera lo que digo, acerca de esto texto de mucha importancia y actualidad, tanto más que es algo semisecreto o por lo menos no del público conocimiento.
Ojalá conociéramos también la “tercera campanada” que al parecer ocultan celosamente, aunque mucho me temo seguirá la misma pauta de las anteriores, quizás algo más atrevida. Pero que seguramente no lo sería tanto como para llegar, por supuesto- a obstaculizar su canonización por unos jueces que celebrarían la ” prudencia” del “santo” fundador.
Éste es el comentario de Julio Olaf:
Dejo aquí puesta otra visión de la Iglesia mundanizada . Es una visión profética de Escrivá de Balaguer sobre la Iglesia después del concilio que dejó en tres cartas a los fieles de la prelatura y que han pasado a denominarse estas tres cartas que dejó , como las tres campanadas . Cabe destacar que al final Escribá acaba dando la razón a S.Pío X. Me parece unas cartas proféticas y esclarecedoras a la par que interesantes de la actual Iglesia . Sé que habrá gente en este blog no partidaria del Opus Dei , pero ahí dejo caer estas cartas . Si no les parece importante pueden quitar el comentario .

LAS CARTAS PROFÉTICAS de Las TRES CAMPANADAS

De San Josemaría Escrivá.
Antes de morir el Fundador del Opus Dei envió tres cartas – entre 1972 y 1974 – a los fieles de la Prelatura que, por la importancia que el propio Fundador les dio, son conocidas en la Obra como las Tres Campanadas.
Estas cartas no han sido publicadas, quedando restringidas a algunos de los fieles numerarios de la Prelatura. Solamente se han filtrado dos de ellas, cuyos algunos párrafos se transcriben más abajo y con negrilla algunas frases que corren por nuestra cuenta. Una de ellas -según se comenta, mucho más dura que las otras dos- permanece inaccesible, incluso para la mayoría de los miembros numerarios de la Prelatura.

Más allá de lo que dicen las cartas, que tampoco sorprende, lo relevante de ellas pasa por el hecho de que fueron tenidas a la vista para el proceso de canonización del Fundador -que se centra en los últimos años de la vida de Escrivá de Balaguer – y ninguna objeción doctrinal o eclesial fue realizada por las autoridades vaticanas sobre estos escritos. Es decir, existe una aceptación por parte de la Autoridad Máxima de la Iglesia de estas opiniones del Fundador del Opus Dei como legítimas -más allá de ser opiniones- sobre el post-concilio y la situación interna de la Iglesia. Como se verá, algunos de los conceptos del Fundador van un poco más allá de la alegoría de SS Pablo VI -precisa y contundente pero limitada en su explicitación- sobre el “humo de Satanás” que se ha colado dentro de la Iglesia de Dios. Sólo se hace hincapié en el hecho de que estas cartas fueron escritas hace ¡35 años! ¡Lo que diría ahora!
En el 36 aniversario de su llegada al Cielo las publicamos.

Tiempo de prueba son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna.

Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora, cuando la Iglesia misma parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana.
Llevo años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la salvación de tantas almas…

Convenceos, y suscitad en los demás el convencimiento, de que los cristianos hemos de navegar contra corriente. No os dejéis llevar por falsas ilusiones. Pensadlo bien: contra corriente anduvo Jesús, contra corriente fueron Pedro y los otros primeros, y cuantos —a lo largo de los siglos— han querido ser constantes discípulos del Maestro. Tened, pues, la firme persuasión de que no es la doctrina de Jesús la que se debe adaptar a los tiempos, sino que son los tiempos los que han de abrirse a la luz del Salvador. Hoy, en la Iglesia, parece imperar el criterio contrario: y son fácilmente verificables los frutos ácidos de ese deslizamiento. Desde dentro y desde arriba se permite el acceso del diablo a la viña del Señor, por las, puertas que le abren, con increíble ligereza, quienes deberían ser los custodios celosos…

Es hora, pues, de rezar mucho y con amor, y de pedir al Señor que quiera poner fin al tiempo de la prueba.

No podemos dejar de insistir. No buscamos nada para cada uno de nosotros, por interés personal; buscamos la santidad, que es buscar a Dios. Y Él espera que se lo recordemos con insistencia. Se están causando voluntariamente heridas en su Cuerpo, que va a ser muy difícil restañar. Nos dirigimos a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino, para que se digne acortar cuanto antes esta época de prueba. Lo suplicamos por la mediación del Corazón Dulcísimo de María; por la intercesión de San José, nuestro Padre y Señor, Patrono de la Iglesia universal, a quien tanto amamos y veneramos; por la intercesión de todos los Ángeles y Santos, cuyo culto algunos intentan extirpar de la Iglesia Santa…

Resulta muy penoso observar que —cuando más urge al mundo una clara predicación— abunden eclesiásticos que ceden, ante los ídolos que fabrica el paganismo, y abandonan la lucha interior, tratando de justificar la propia infidelidad con falsos y engañosos motivos. Lo malo es que se quedan dentro de la Iglesia oficialmente, provocando la agitación. Por eso, es muy necesario que aumente el número de discípulos de Jesucristo que sientan la importancia de entregar la vida, día a día, por la salvación de las almas, decididos a no retroceder ante las exigencias de su vocación a la santidad…

La lucha interior —en lo poco de cada día— es asiento firme que nos prepara para esta otra vertiente del combate cristiano, que implica el cumplimiento en la tierra del mandato divino de ir y enseñar su verdad a todas las gentes y bautizarlas (cfr. Matth. XXVIII, 19), con el único bautismo en el que se nos confiere la nueva vida de hijos de Dios por la gracia.

Mi dolor es que esta lucha en estos años se hace más dura, precisamente por la confusión y por el deslizamiento que se tolera dentro de la Iglesia, al haberse cedido ante planteamientos y actitudes incompatibles con la enseñanza que ha predicado Jesucristo, y que la Iglesia ha custodiado durante siglos. Éste, hijos míos, es el gran dolor de vuestro Padre. Éste, el peso del que yo deseo que todos participéis, como hijos de Dios que sois. Resulta muy cómodo —y muy cobarde— ausentarse, callarse, diluidos en una ambigua actitud, alimentada por silencios culpables, para no complicarse la vida. Estos momentos son ocasión de urgente santidad, llamada al humilde heroísmo para perseverar en la buena doctrina, conscientes de nuestra responsabilidad de ser sal y luz.

Hemos de resistir a la disgregación, cuidando sobrenaturalmente nuestra propia entrega y sembrando sin desmayos, con decisión, con serenidad y con fortaleza, la doctrina y el espíritu de Jesucristo.

Considerad que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño; se habla de paz, y se introducen en la Iglesia —aun desde organismos centrales— las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que ninguna autoridad corte firmemente los abusos —a veces auténticos sacrilegios— en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones políticas.

Toda esa ambigüedad es camino abierto, para que el diablo cause fácilmente sus estragos, más cuando se ve que es corriente —en todas las categorías del clero— que muchos no prediquen a Jesucristo y, en cambio, parlotean siempre de asuntos políticos, sociales —dicen—, etc., ajenos a su vocación y a su misión sacerdotal, convirtiéndose en instrumentos de parte y logrando que no pocos abandonen la Iglesia…

No se puede imponer por la fuerza la verdad de Cristo, pero tampoco podemos permitir que, con la violencia de los hechos, nos dominen como ciertos y justos, criterios que son una patente deserción del mensaje de Jesucristo: esta violencia se comete por algunos, impunemente, dentro de la Iglesia. Sería una deslealtad y una falta de fraternidad con el pueblo fiel, no resistir al presuntuoso orgullo de unos pocos que han maleado ya a tantos, sobre todo en el ambiente eclesiástico y religioso.

Comprended que no exagero. Pensad en la violencia que sufren los niños: desde negarles o retrasarles el bautismo arbitrariamente, hasta ofrecerles como pan del alma catecismos llenos de herejías o de diabólicas omisiones; o en la que se actúa con la juventud, cuando —¡para atraerla!— se presentan principios morales equivocados, que destrozan las conciencias y pudren las costumbres. Violencia se hace, también diabólica, cuando se manipulan los textos de la Sagrada Escritura y se llevan al altar en ediciones equívocas, que cuentan con aprobaciones oficiales. Y no podemos dejar de ver el brutal atropello que se impone a los fieles, y en los fieles al mismo Jesucristo, cuando se oculta el carácter de sacrificio de la Santa Misa o cuando el dinero de las colectas se malgasta en propagar ideas ajenas al enseñamiento de Jesucristo. Hijos, míos, nunca se ha hablado tanto de justicia en la Iglesia y, a la vez, nunca se ha empleado tanta injusta opresión con las conciencias…

Nos sentimos obligados a resistir a estos nuevos modernistas —progresistas se llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados, porque tratan de resucitar las herejías de los tiempos pasados—, que ponen todo en discusión, desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas. Y si algún pastor habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin equívocos.

Parece como si algunos se empeñaran en no recordar que, a lo largo de toda la historia, los que guían el rebaño han tenido que asumir la defensa de la fe con entereza, pensando en el juicio de Dios y en el bien de las almas, y no en el halago de los hombres. No faltaría hoy quien tachara a San Pablo de extremista cuando decía a Tito cómo debería tratar a los que pervertían la verdad cristiana con falsa! doctrinas: increpa illos dure, ut sani sint in fide (Tit. I, 13); repréndelos con dureza —le escribía el Apóstol—, para que se mantengan sanos en la fe. Es de justicia y de caridad, obrar así.

Ahora, sin embargo, se facilita la agitación con un silencio que clama al cielo, cuando no se coloca a los saboteadores de la fe en puntos neurálgicos, desde los que pueden sembrar la confusión «con aprobación eclesiástica». Ahí están tantos nuevos catecismos y programas de «enseñanza religiosa» testimoniando la verdad de lo que afirmo.

Hijos de mi alma, pidamos a Nuestro Señor que ponga término a esta dura prueba…

No podemos dormirnos, ni tomarnos vacaciones, porque el diablo no tiene vacaciones nunca y ahora se demuestra bien activo. Satanás sigue su triste labor, incansable, induciendo al mal e invadiendo el mundo de indiferencia: de manera que muchas gentes que hubieran reaccionado, ya no reaccionan, se encogen de hombros o ni siquiera perciben la gravedad de la situación; poco a poco, se han ido acostumbrando.

Esta carta es como una tercera invitación, en menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia…

Os escribo para que estéis prevenidos ante los asaltos del diablo, que ataca a la hora undécima quizá, casi al fin de este caminar de aquí abajo…

No olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas, procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos: y aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo, lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia: un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo: y se aniquila el celo apostólico, que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás, defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas…

Se escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales…

En una palabra: el mal viene, en general, de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos mundanizados. Son individuos que han perdido, con la fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación— descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías, pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos, activistas políticos.
Hay, por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes causaban tantos destrozos en la viña del Señor.

Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso…

El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos para-eclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente.

Me sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base…

Por desgracia, se observan también en la Iglesia sitios —cátedras de teología, catequesis, predicación— que deberían alumbrar como focos de luz, y se aprovechan —en cambio— para despachar una visión de la Iglesia y de sus fines totalmente adulterados. Hijos míos, es un grave pecado contra el Espíritu Santo, porque precisamente el Paráclito vivifica con su gracia y sus dones a la Iglesia (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 143), establece allí el reinado de la verdad y del amor, y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino del cielo (ibid.).

Confundir a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas dañosas y graves omisiones…

Errores y desviaciones, debilidades y dejaciones he dicho ya: y ahora —como siempre— el mal se envuelve diabólicamente en paños de virtud y de autoridad: y así resulta más fácil que se fortalezca y que produzca más daño. Porque aparecen gentes con una falsa religiosidad, saturada de fanatismo, que se oponen desde dentro a la Iglesia de Jesucristo, dogmática y jurídica, haciendo resaltar —con increíble desorden, cambiando por los del Estado los fines de la Iglesia— lo político antes que lo religioso.

Todo coopera al desprestigio general de la autoridad eclesiástica y a que no se corrijan con oportunidad y energía los desórdenes: los desatinos heréticos, la inestabilidad, la confusión, la anarquía en asuntos de fe y de moral, de liturgia y de disciplina. A esta situación la llaman algunos —defendiéndola— aggiornamento, cuando es relajación y menoscabo del espíritu cristiano, que trae como consecuencia inmediata —entre otros efectos— la desaparición de la piedad, la carencia de vocaciones sacerdotales o religiosas, el apartar a los fieles en general — ya lo dije— de las prácticas espirituales. Y, por tanto, menos trabajo en servicio de las almas, al paso que los eclesiásticos —al verse ineficaces— se muestran desgraciados y abandonan el proselitismo, porque piensan que procurarán también la infelicidad a otros…

No se relee sin gran dolor lo que San Pío X describió en su encíclica Pascendi, cuando exponía las características del modernismo, que en ese documento definía como compendio de todas las herejías. Todo aquello que entonces el Magisterio universal de la Iglesia intentó atajar con penetrante visión y energía sobrenatural, aparecía ya con su enorme gravedad, pero era todavía un mal relativamente limitado a algunos sectores. En nuestros días ese mismo mal —idéntico en su inspiración de raíz y con frecuencia en sus formulaciones— ha resurgido violento y agresivo, con el nombre de neomodernismo, y en proporciones prácticamente universales. Aquella enfermedad mortal, antes localizada en unos pocos ambientes malsanos, y contenida dentro de esas fronteras por prudentes medidas de la Santa Sede, ha alcanzado aspectos de epidemia generalizada. Su extensión ha facilitado su virulencia y la manifestación de efectos monstruosos en cantidad y en calidad, que quizá ni siquiera hubiésemos podido imaginar ante los primeros brotes del modernismo.

Lo que inicialmente se mostraba sólo, aunque ya fuese muy grave, como la reducción de las Verdades dogmáticas a la simple experiencia subjetiva, conservando algún matiz espiritual, se ha degradado aún más: las hondas exigencias del alma —y aun las de la misma gracia divina— quedan disueltas en la horizontalidad sin relieve de lo mundano: identificando el amor de Dios con las aspiraciones o deseos más inmediatos del hombre-masa, sometido a los determinismos de la planificación materialista y atea, y a la de los instintos animales.

La soberbia de la vida (I Ioann. II, 16) presenta su vanidad total en la exteriorización de la concupiscencia de los ojos, ambición de poder y de bienes terrenos, sin mesura; y de la concupiscencia de la carne, sensualidad sin freno y degradación libertina. Es como la descomposición entera de un cuerpo, después de haber perdido el alma…

Si, para combatir eficazmente los males del modernismo, San Pío X —como de modo análogo había hecho antes León XIII— señalaba, entre los más importantes remedios que urgía poner, el fiel seguimiento de la filosofía y de la teología de Santo Tomás, es patente que ahora se impone como nunca el estricto cumplimiento de esa disposición. Con el Motu proprio Doctoris Angelici, San Pío X traducía, en normas disciplinares concretas, lo que había sido una constante recomendación de sus antecesores en la Sede de Pedro, desde el año 1325.

No me parece ocioso transcribir aquí algunas de las afirmaciones de ese documento pontificio: se deben conservar santa e inviolablemente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe, se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más, se ilustra con toda claridad la diversidad y la analogía existente entre Dios y sus obras.

Y añade: por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza.

Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras, con las que el Magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios. Por eso quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, será con gran detrimento.
Así, entre otras determinaciones, San Pío X exhortaba: pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les ha dado facultad de enseñar, para que expongan a sus alumnos las opiniones personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia. Concretamente, en lo que se refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo siempre a la luz de la filosofía que hemos citado.

¡Cuánto dolor se hubiese ahorrado a la Iglesia y cuánto daño se hubiese evitado a las almas, con la fiel obediencia a esos mandatos de San Pío X! Pido ahora a mis hijas y a mis hijos, precisamente en este año en el que se conmemora el VII centenario de la muerte del Doctor Angélico, que sigan delicadamente esas indicaciones de la Iglesia en el estudio y en la enseñanza de la doctrina filosófica y teológica, seguros de que también así contribuiremos a que, por la misericordia divina, las aguas vuelvan a su cauce…

9 thoughts on “LAS TRES CAMPANADAS DE ESCRIBÁ DE BALAGUER

  1. Fariseísmo puro.
    “Confundir a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas dañosas y graves omisiones…”
    Esto es precisamente lo que hizo el Padre (como se hace llamar José María Escriba quien se cambió 5 veces el nombre) con su Obra (Opus Diabolis) , en donde está prohibido hacer público sus catecismos internos y sus reglamentos son escondidos celosamente. Usted lo debe saber, Sr. Administrador , pues un su país incluso se lo ha denunciado sin descanso al ahora “santo” Escriba.Ejemplo: http://www.opuslibros.org/

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  2. Hace un lúcido relevamiento de los problemas, pero falta el diagnóstico de las causas. Es decir, no termina de enfocar en el centro del tumor. Claro que si hubiera hecho ese diagnóstico y sobre todo lo hubiera defendido donde había que defenderlo, probablemente no hubiera podido construir la obra que construyó. Lo digo sin querer juzgar a nadie, Dios sabrá.

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  3. Le faltó el arrojo y la osadía a dar la cara como la tuvo en su día Monseñor Lefebvre , y pecó de prudente o más bien diría yo de cobarde para no correr la misma suerte que él . Aunque no tiene que ver una persona con la otra . El tiempo está dando a Monseñor Lefebvre la razón , lo digo para los que no le conocíamos tanto , pues los que le conocían sabían desde un principio que estaba en la razón . E igual que algunos que visitan este blog ,yo soy un neófito en lo que se refiere a estos temas de la tradición y la historia de la Iglesia ,y hemos llegado hasta aquí huyendo de esta deformación tan patente de la doctrina católica que nos quieren vender. Como diría Monseñor Lefebvre , yo sería un católico perplejo ,que buscando la verdad se ha ido empapando de la persona de Monseñor Lefebvre , al principio un poco con miedo , pues parece que la palabra excomulgado suena muy fuerte , pero luego con la confianza de descubrir la verdad , y los acontecimientos como ya he dicho antes nada halagüeños dentro de la Iglesia , vas dando con blogs como este y también Dios te va poniendo personas en tu camino personas que te van abriendo los ojos y van enriqueciendo tu formación ( bien es cierto también que al principio receloso y dubitativo por la falta de formación , pues ya si es duro ir contra corriente más duro es ir a contracorriente de la Iglesia actual pues te ves solo y más en una ciudad como Valladolid que es la mía donde el clero es digamos progre , y no podemos disfrutar de una misa Tridentina ) , y vas viendo como a lo largo de la historia de la Iglesia ,santos como San Atanasio fueron en su día también excomulgados y años después canonizados . Estoy convencido que el tiempo acabará dando la razón a Monseñor Lefebvre , aunque estemos en tiempos apocalípticos , la verdadera Iglesia permanecerá . Dios siempre cumple sus promesas , y no me cabe la menor duda que Monseñor Lefebvre tendrá el sitio de honor que se merece dentro de la Iglesia .

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  4. No tienen más que consultar obras como el “Opus Judei”

    http://es.scribd.com/doc/59253544/Opus-Judei

    para darse cuenta de que el marqués de Peralta era un fino personaje, que a ciencia y conciencia, aparentaba ser conservador, incluso tradicional, en algunas cosas, como la liturgia, la moral sexual, cierto tomismo, etc…, mientras que en otras, se muestra partidario del más depurado liberalismo, como en su concepción del papel y misión de los laicos, de la relación de la Iglesia con el mundo , otras religiones, y muy especialmente, el judaismo, en su muy particular visión de los asuntos económicos, entre ellos, la función del dinero y la nefandez de la usura, etc…

    Está claro que el Opus Dei estaba destinado entre otros fines a engañar tras una fachada “conservadora” a los muchos católicos perplejos que se sentían tentados por el tradicionalismo y el sedevacantismo, y a quienes se les ofrecía una alternativa aparente mucho más cómoda y mejor vista.

    Si no me creen, examinen el comportamiento de las clases altas de la sociedad española desde los años 60 hasta hoy, y me cuentan.

    Siempre lo mismo, con los modernistas… Ya nos advertía san Pio X de que éstos procuran esconderse bajo una apariencia dubitativa e incierta, como si no supieran muy bien cómo enjuiciar la situación, estuvieran indecisos, amagar y no dar, cuando lo cierto es que saben perfectamente bien lo que ocurre, porque como en el caso de Escrivá, ellos mismos han fundado sus instituciones para propulsar el cambio, y se han dedicado a pilotar hábilmente a través de los cambios, para seducir a determinada clientela, target publicitario preferente de sus campañas publicitarias, de las que esas campanadas son un ejemplo notorio.

    La diferencia con Mons. Lefebvre, es que este último, hasta prueba de lo contrario, sí deseaba genuinamente defender la Tradición, aunque sus temores, cobardías y rechazo de la verdad conocida acabaran por sumirle a él y a su congregación en un marasmo de contradicciones, algunas verdaderamente heréticas.

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    1. En mi opinión era liberal pero conservador. Lo que es seguro es que él no tenía la posición católica sobre el liberalismo. O sea era un verdader hereje liberal
      Una posición parecida es la lefebvriana, se aparta de la pisición católica sobre la infalibilidad de los papa, y de la sumisión exigida a ellos, en nombre la tradición. Pero la verdadera tradición está a favor de los papas. Así que son herejes conservadores.
      Créame, no hay parte sana en la Iglesia conciliar, Lefebvristas incluidos.
      Pero lo mismo podría decirse de TODAS las capillas sedevacantistas.
      Lo único cierto es que sigue actual el magisterio de los papas hasta Pío XII y el Código de 1917. Y NADIE SE ATIRNE A ELLO. Se inventan epiqueyas y estados de necesidad. A mí ésta me parece la opinión más probable en incluso la “tutior” o sea la más segura. Que San Pedro arregle este desaguisado. Yo estoy seguro que lo hará.

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  5. “Y si algún pastor habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin equívocos.”

    Este fue el veneno que detuvo a la mitad la obra de Monseñor Lefebvre y de tantos otros que al ver que nadie se levantaba en contra y empuñaba la bandera de la Fe, cuando solo se sorprendían por el disidente, y todos callaban ante la agresión, hizo que su determinación dejara de ser clara y sin equívoco y por ello NO LO PODEMOS CULPAR.

    Que después de 50 años todo sea más claro y evidente, sí, claro que sí.
    Pero al inicio NO, y la falta de coraje de los buenos que se hicieron sordos y voltearon para otro lado cuando se dio el grito de batalla (primera locución de Monseñor Lefebvre) cuando la mayoría se volvieron contra él y contra todos los que defendían la fe, desmoralizo a los verdaderamente militantes no dejó que estos se unieran y así se les dividió en pequeños grupúsculos, como hasta hoy se sigue haciendo, además cabe decir, que para que eso sucediera parece haber sido infiltrada desde su inicio y con ese propósito, resquebrajarla cada tanto.

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  6. He transmitido lo que recibí, reza en su tumba Adri. Cumplió, pero ya era tarde.A todos les ocurrió lo mismo.Y la lista de mártires es tan grande, que a todos ellos debemos recordarlos y agradecerles por su valentía. Las armas que usan siempre son las mismas. Cuya única finalidad es hacer Dios, a su hijo de perdición, que además se jacta de afirmar que es nuestro dios padre madre y llega pronto, (ganaron dos guerra mundiales y un estado) hasta tiene tres nombres dados por su emerito en 2010, “autoridad financiera mundial”, con la bendición de los ocupas del vaticano desde 1958, la onu, .y la sinagoga de satanas, ahi donde está bien visible, la abominación desoladora. El fin o destino, de todo el plan secreto demoniaco, está escrito, por el Juez Supremo. II Tesal. II. Van a perdición. Así sea.

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