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27 de abril SAN PEDRO CANISIO, DOCTOR DE LA IGLESIA, APOSTOL DE ALEMANIA

VIDA

Holandés de origen, hijo de ricos burgueses de Nimega, Pedro Canisio nació en el año de l52l, cuando, por una parte, Lutero rompía abiertamente con Roma, y por otra parte Ignacio de Loyola, herido en el sitio de Pamplona, rompía definitivamente con el mundo: doble cincidencia providencial, si se observa que el recién nacido iba a ser a la vez el primer hijo de San Ignacio en Alemania y el más temible de los adversarios de Lutero.

La muerte prematura de su madre, Egidia, marcó el alma del niño con un recuerdo imborrable: antes de expiar, la piadosa mujer hizo que todos los suyos prometieran permanecer inviolablemente fieles a la religión catótica.

Después de una formación literaria y filosófica primeramente en Arnheim, luego en Colonia, desde la edad de l9 años, el joven conquistó el grado de Maestro en Artes. También a esa edad buscaba él su camino hacia el porvenir. Es entonces, como refiere él mismo en sus Confesiones, cuando una voz misteriosa se hizo oír en su oído: “Ve, enseña el Evangelio a toda creatura”. Resuelto, desde ese momento, a consagrarse al apostolado, comenzó por hacer voto de virginidad. Por condescender con los deseos de su padre, aceptó una canongía en Colonia, pero sin pretender ningún beneficio aclesiástico. Consintió en comenzar sus estudios de derecho, tanto civil como canónico; “pero —–agrega él mismo, la teología mística y la verdad espiritual tenían mayor atrractivo para mi corazón, pues mi alma encontraba allí más substancia, un alimento más rico”. Bajo la dirección de un sacerdote eminente, Nicolás van Esche, en relación con el prior de los cantujos Juan Laudsperge, el joven clérigo se empeño desde esta época en el camino de la perfección cristiana, entregándose a la vez a importantes trabajos, pues una edición de las obras de Taulero, publicada en ese momento, lleva la firma de Pedro de Nimega, que a pesar de ciertas objeciones, probablemente debe identificarse con Pedro Canisio.

Decisivo fue el encuentro, en Maguncia, con uno de los primeros compañeros de San Ignacio, Pedro Fabre. Al concluir los ejercicios espirituales que hizo entonces, Pedro Canisio pidió su admisión en la Compañia de Jesús. Ordenado diácono en l544, y bachiller en teología, se inició en el misterio apostólico simultáneamente bajo diversas formas: cursos en la Universidad, predicaciones, ediciones o traducciones de obras teológicas. Luego, sin esperar más, se vio en lucha con el protestantismo. El arzobispo de Colonia, Hernann de Wied, estaba secretamente comprometido con la herejía. El joven diácono de 24 años fue el encargado de hacer las debidas representaciones ante el emperador Carlos V y su tío Jorge de Austria, arzobispo de Lieja, para obtener la deposición del apóstata y su substitución por un prelado digno.

Ordenado sacerdote en l546, el Padre Canisio fue inmediatamente distinguido por el Cardenal Otón-Truchsess, obispo de Augsburgo, que quiso hacerlo su teólogo cuando se le convocó para el Concilio de Trento. Con varios de sus hermanos de religión -Laínez, Salmerón, Covillon y Le Jay- a Canisio se le encargó la preparación de las definiciones dogmáticas relativas a los Sacramentos. Transferido muy pronto el Concilio a Bolonia, y luego aplazado, Canisio fue llamado a Roma por San Ignacio de Loyola, impaciente de conocer al brillante súbdito en el que fundaba grandes esperanzas para el porvenir de su Orden en Alemania. Tras de algunas semanas de intimidad con el santo fundador, y luego de algunos meses en Mesina enseñando retórica, el religioso fue admitido a la profesión solemne: hora jubilosa cuyas impresiones él mismo anota: “Ocultando a mi vista, por algunos instantes, el abismo sin fondo de mi indignidad, Vos, oh Jesús, me habéis mostrado cómo en Vos y por Vos se operan tales prodigios de la Gracia que nadie se atreverá jamás a revelar si no quiere exponerse al reproche de presunción. ¿Quién osaría decir, aun teniendo de ello conciencia con toda humildad, que Vos lo habéis escogido como un vaso de elección para llevar vuestro nombre a los pueblos y a los reyes? . . . ¡Y Vos, oh Divino Redentor, me habéis entreabieto vuestro sagrado Corazón, y me habéis permitido hundir en él mis miradas; Vos me habéis invitado a abrevar allí las aguas de la salvación, y ordenado beber en esta sagrada fuente!”

El campo de apostolado que la obediencia le asignó era precisamente aquel al que lo llevaban sus secretas aspiraciones: Alemania. A fin de estar en mejores condiciones de luchar contra los predicadores de la Reforma, se armó, en Bolonia, con el grado de doctor en teología.

Fue en la Universidad de Ingolstadt donde, a petición del suque de Baviera, se estableció desde entonces Canisio con otros dos jesuitas, Le Jay y Salmerón. Muy pronto lo reclama Viena, donde el rey Fernando pensaba hacerlo obispo. Con la autorización de San Ignacio aceptó administrar la diócesis justamente durante un año. En Praga, en seguida, a pesar de la hostilidad de los husitas, fundó un gran colegio.

En l556 San Ignacio erigió la provincia de Alemania comprendiendo también los territorios de Austria y de Bohemia; y Canisio fue su primer titular: embrión de provincia que no contaba entonces sino con tres colegios —–Ingolstadt, Viena, Praga—–, pero que bajo el impulso de su provincial adquirió tal ímpetu que al cabo de catorce años, en el mismo territorio, la Compañia comprendía tres provincias, cada una con su noviciado, su escolasticado, muchos colegios y numerosas casas de misioneros.

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En el coloquio de Worms (l557), donde se enfrentaron protestantes y católicos, Canisio supo muy hábilmente poner en contraste las variaciones y las divisiones que caracterizaban al protestantismo con la unidad de doctrina y de disciplina que seguía siendo la regla del catolicismo. Luego, en la Dieta de Augsburgo (l566) se dedicó con gran éxito a resolver el conflicto entre el Papa Pío IV y el Emperador Fernando.

Habiendo ido a Roma para la elección del sucesor de San Ignacio a la cabeza de la Compañia de Jesús, Pío IV le confió a Canisio el cargo de Nuncio Apostólico con misión especial de promulgar y de hacer aplicar los decretos del Concilio de Trento en Alemanis y en los Países Bajos. (l565-l566).

Sin embargo, el gobierno le pesaba. Después de trece años de provincialato obtuvo por fin que ser descaargado de él para poder consagrarse más enteramente a la obra que acababa de confiarle el Papa San Píio V: la refutación de las “Centurias de Magdeburgo”, historia eclesiástica tendenciosa y falcsificada, emprendida desde hacía algunos años por los protestantes (l567).

Retirado en el colegio de Dillengen, del que su propio hermano Thierry era el rector, dividió su actividad entre los trabajos de la predicación y los de escribir. Trabajo encarnizado, tanto más cuanto el autor, concienzudo y exigente hasta el exceso, se imponía la tarea de encontrar documentos y referencias y luego se dedicaba a recomponer constantemente sus escritos. A pesar de la ayuda que le proporcionaba todo un equipo de colaboradores, su salud se agotaba en tal batalla. Además, su provincial juzgó que el talento y el celo del santo religioso se emplearían más útilmente en publicaciones menos extensas y en lengua alemana que en la composición de obras doctrinales voluminosas y en latín (l578). Y cuando el obispo de Vercelli proyectó la fundación de un colegio en Friburgo, en Suiza, Canisio fue el designado para realizarlo (l580).

Una vez organizado el colegio y cedida a otro la dirección, Canisio se entregó a una vida totalmente apostólica: domingos y fiestas, predicaciones en la Catedral de San Nicolás; y entre semana, catecismo a los niños, instrucción a los pobres y a obreros, visitas a enfermos y encarcelados. Abrió escuelas para el pueblo y fundó bajo la invocaión de la Santísima Virgen dos Congregaciones, una de hombres y la otra de mujeres. La irradiación de su santidad hizo todavía más que su acción directa: consagraba a la oración cuatro horas y hasta siete diarias. Más de una vez sus superiores tuvieron que invitarlo a más moderación y prudencia en la penitencia y la mortificación. Gracias a él, el Cantón de Friburgo fue preservado de la herejía y aun hubo en él un verdadero renacimiento de la piedad católica.

Clavado por la enfermedad, seguía escribiendo, considerando esto como uno de los mejores instrumentos del apostolado. El superior general de la Compañia, el P. Aquaviva, le pidió que consignara por escrito los frutos de su experiencia, para que los alumnos del Colegio germánico la aprovecharan, tanto para su santificación personal como para prepararse al apostolado. Al Preboste del capítulo de Friburgo el santo religioso le comunicaba sus observaciones sobre el estudio de la teología y el joven Francisco de Sales recurrió a sus consejos.

El final de Pedro Canisio fue digno de una vida tan bien empleada y marcada con la más auténtica santidad: “Bendecid conmigo al Buen Dios, le escribía a uno de sus hermanos de religión. El visita a un pobre viejo para enseñarle a orar. La hidropesía me impide subir al altar y me retiene en mi cuarto, condenado a ser servido por mis hermanos: ¡heme aquí impotente e inútil en una casa en que el trabajo abunda!” Su agonía se prolongó durante cuatro meses sin cansar su paciencia: “Los dolores aumentaban: Dios sea alabado y dénsele gracias”. Y cuando el Padre Rector fue a decirle: “Padre Pedro, el tiempo ha pasado; he aquí que Jesús viene a vos”, “Presente”, respondió el moribundo. Expiró esa misma tarde, el 2l de diciembre de l597.

Venerado desde luego como un santo, su reputación que numerosos milagros obrados junto a su tumba acreditaron rápidamente, no fue, sin embargo, beatificado oficialmente antes de l864, y luego canonizado y puesto en el rango de Doctores de la Iglesia en l925.

OBRAS

La enseñanza de San Pedro Canisio ha revestido las formas más variadas por haberse dirigido a los más diversos medios. Y fue oral al mismo tiempo que escrita. Sin embargo, aparte de la cohesión impuesta por la exposición de la doctrina católica, la unidad de objetivo la marca también con un carácter particular: doctor y apóstol de su tiempo, San Pedro Canisio trató siempre de frenar la invasión del protestantismo y de promover la verdadera reforma católica. Con justicia se le ha llamado el campeón de la Contra-reforma.

Le escribía al Cardelal Truchsess: “Si Austria y Baviera, los dos más importantes países, si no los únicos, en que el catolicismo subsiste todavía, caen en el poder de los herejes, se acaba la Iglesia Alemana” (Epístolas, t. l). Ahora bien, fue a estos países a donde la Providencia lo envió; fue allí donde él desplegó todos los recursos de su genio y de su celo.primeramente acción sobre la juventud; porque “¡es de tan grande importancia una buena y cristiana educación!” decía él. Después de la muerte de Juan Eck, gran adversario de Lutero, el nivel de los estudios y de la disciplina habían bajado en la Universidad de Ingolstadt. Para levantar una y otra cosa, San Ignacio, a petición del duque de Baviera, envió a Pedro Canisio, quien en el curso de tres años despertó el amor por la teología y las otras ciencias y revivió la piedad, “la sinceridad de la vida junto a una sana erudición” (Ep., t. l). De Ingolstadt pasó a Viena, donde logró eso mismo. Y luego en Praga. Y a las Universidades que no contaban sino con una élite intelectual restringida agregó colegios más ampliamente abiertos a todos los jovenes, “porque, le escribía a San Ignacio, no conocemos ningún medio más apto para restablecer la Fe” (Ep., t. l). Se crearon “bolsas” para que la pobreza no fuese un obstáculo para la instrucción, y hogares para acoger a los niños indigentes, hogares adjuntos a los colegios. En Augsburgo el santo se hizo él mismo cuestor, a fin de poder albergar gratuitamente a docientos estudiantes. Atento a las directivas del Concilio de Trento, se esforzó en crear seminarios, “sin los cuales los obispos no llegarían jamás a remediar el mal actual”, decía él. Y colectaba dinero al mismo tiempo que reclutaba alumnos para el Colegio germánico fundado en Roma por San Ignacio.

Predicador tanto como profesor, misionero de masas populares tanto como educador de una juventud escogida, en dondequiera por donde pasó San Pedro Canisio dispensó la palabra de Dios, y esto durante un medio siglo. Instruido en la Sagrada Escritura y en la Tradició, claro sin ser agresivo respecto del error, con una elocuencia constituida sobre todo por la convicción, su predicación ganaba poco a poco las simpatías en los medios más recalcitrantes. En Augsburgo, donde se le oyó quizá con más frecuencia, no dudó en hablar primeramente ante unas cincuenta personas; luego, lentamente, el auditorio aumentó, y finalmente, retornos y conversiones se multiplicaron. Y los protestantes rabiaban: “Es un cínico ese Canisio, gritaba Malanchton; ese perro desgarra la Escrituras”.

Se ha representado a San Pedro Canisio con un catecismo enla mano y rodeado de niños: símbolo de una de sus preocupaciones mayores: la instrucción cristiana de los niños del pueblo. Y literalmente se hizo catequista, más allá de su país y de su siglo, con el “Resumen de la doctrina cristiana”, su obra capital, tan popular que se hicieron sinónimas estas dos expresiones: “Saber uno se catecismo es conocer a su Canisio”. Uno de sus contemporáneos, que fue también su hermano en religión y su émulo en santidad, el Cardenal San Roberto Belarmino, le rinde este homenaje: “Si yo hubiese conocido el pequeño catecismo de nuestro venerable y santo Padre Canisio cuando recibí de mis superiores la orden de componer un catecismo italiano, yo no me hubiera contentado ciertamente con hacer uno nuevo: simplemente habría traducido el de Canisio”.

Aunque nada tenía de un cortesano, el P. Canisio no ignoraba la influencia que ejercían la opinión y el ejemplo de los soberanos sobre la mentalidad de los puebos en una época en que la regla era el adagio que que “Cujus regio, illius religio”: “la religión de un país es la de su príncipe”. De aquí su acción junto a los soberanos, en particular los de Austria y Baviera: “Que por nuestros soberanos católicos se dissipen las pestes, se descarte a los fautores de herejías, se apaguen las causa de disensiones, se reconozca al Vicario de Cristo y pastor de la Iglesia, se restaure la tan deseada paz” (Ep., t. l). Después del fracaso del coloquio de Worms, en el que, a falta de argumentos había creído triunfar los herejes a fuerza de invectivas y de injurias, Canisio convencía a los príncipes de la inutilidad de tales discusiones y de la urgencia de hacer algo constructivo y de favorecer en todad partes la difusión de la doctrina católica.

Absolutamente respetuoso de la autoridad eclesiástica, honrando con la estimación y la amistad de muchos prelados, Pedro Canisio no temía sin embargo señalar los abusos y las deficiencias del clero y reclamar enérgicamente la reforma. Prueba de ello es el opúsculo que escribió en Ratisbona, por lo demás a instancias del Cardenal Truchsess: “El deber y la reforma del obispo”. Empresa dedicada cuyos resultados no siempre correspondieron a su celo: “Desesperante es la actitud de los clérigos cuando se trata de reforma: ven claramente el mal, pero rechazan el remedio”, escribía él desde Augsburgo (Ep. t. l). Por lo cual deseaba la reanudación del Concilio ecuménico como un “remedio necesario para la Iglesia”. Llamado él mismo como teólogo a Trento, allí presentó el Libelo de la reforma” que ya había dado a conocer al Nuncio apostólico en Viena. Después de la interrupción del Concilio, el emperador Fernando reunió en Innsbruck una comisión de teólogos a fin de estudiar ciertas cuestiones que habían quedado en suspenso. Canisio fue el alma de esta asamblea: partidario resuelto de reformas que se imponían en la Iglesia, no lo era menos de la independencia de ésta respecto de la autoridad civil. Sólo al Papa le correspondía el derecho de convocar el concilio así como de dirigir sus trabajos, de dictar medidas desciplinariar y de hacerlas aplicar por los legados de su elección; y si la Corte romana necesitaba de reformas, éstas no podían ser realizadas sino por la iniciativa del Soberano Pontífice mismo y no dictadas por una autoridad exterior, ni siquiera por el Concilio. Habiendo quedado en minoría en un punto particular, la comunión bajo las dos especies, Canisio tuvo que inclinarse ante la autorización arrebatada al Papa Pío lV. Momentáneamente, sin embargo, porque la experiencia le dio la razón: los abusos fueron tan inmediatos y tan flagrantes que tres años más tarde el Papa pío V tuvo que revocar la concesión hecha por su predecedor.

Entre los escritos que quedan como la acción póstuma de San Pedro Canisio, que aseguran su celebridad secular y hacen de él un Doctor de la Iglesia universal, están en primerísimo lugar sus catecismos. Porque no fue uno sino tres los catecismos que él compuso, denominados por él mismo “el mayor, el medio y el pequeño” (Ep., t. l). El Rey Fernando, deseoso de oponer un manual de la doctrina católica a las publicaciones protestantes que se repartían en sus estados, soñaba con una obra que comprendiera una suma teológica para la juventud de las universidades, un tratado de pastoral para el uso del clero y un catecismo al alcance del pueblo. Sólo la tercera parte, confiada a Pedro Canisio, pudo ser realizada. Fue publicada en latín bajo el título de “Suma de la doctrina cristiana bajo la forma de preguntas, para uso de la niñez cristiana, editada por orden y bajo la responsabilidad de su Majestad el Rey de Roma, de Hungría y de Bohemia, archiduque de Austria”. El l556 apareció en Viena una tradicción alemana. Diez años más tarde fue reeditada y considerablemente aumentada, mientras que se simplificaba su título: “Suma de la doctrina cristiana abundantemente expuesta en forma de preguntas”: este es el gran catecismo. La “Suma de la doctrina cristiana adaptada a la inteligencia de los sencillos” fue el pequeño catecismo publicado en Ingolstadt, en l565. En fin, el “Pequeño catecismo de los católicos”, llamado en otra edición “Catecismo católico necesario para la formación de la juventud en este siglo”, o también: “Instituciones de la piedad cristiana”, y el catecismo medio en la enumeración del autor mismo. Evidentemente es la misma doctrina en todas partes, pero más o menos desenvuelta según el púplico al que está destinado cada libro.

Conforme al Eclesiástico, l, 33, San Pedro Canisio concentra la doctrina cristiana alrededor de dos ideas fundamentales: la sabiduría y la justicia. La sabiduría comprende: l) la fe y el símbolo; 2) la Esperanza y la oración dominical; 3) la Caridad y el Decálogo; 4) la Iglesia y los Sacramentos. La justicia que consiste en evitar el mal y en hacer el bien, comprende a su vez: l) el pecado; 2) la virtud y las buenas obras; 3) los dones del Espíritu Santo y los consejos evangélicos. Todo está coronado por un tratado sobre las postrimerías. Un apéndice agrega además la doctrina del Concilio de Trento concerniente a la caída del hombre y la justificación; y de un cabo a otro domina el pensamiento de Cristo Redentor.

El método es el diálogo: preguntas cortas, incisivas, y respuestas más extensas. Nada de ataques directos contra las herejías, nada de polémica, sino una simple y clara exposición de la verdad católica.

Desde muy al principio (l569) el catecismo de San Pedro Canisio lo completó el P. Pedro Buys, quien agregó el texto íntegro de citas escriturarias y patrísticas a las que el autor había hecho tan sólo una referencia.

“Quizá ninguna obra, con exepción de la Biblia, ha tenido más reimpresiones y traducciones en todas las lenguas de Europa” (R. Rouffet, Encyclopédie des sciences religieuses, l88878). En efecto, desde l6l5, ese libro fue traducido, aparte de alemán, al francés al italiano, al etíope, al indio, al japonés; y en un siglo contaba ya con cuatrocientas ediciones. Aunque el Concilio de Trento no lo propuso como manual oficial de instrucción religiosa en la época contemporánea, los Papas, por su parte, lo han recomendado cálidamente: “Este pequeño libro está compuesto con tanta exactitud, claridad y precisión, que ninguna otra obra es tan propia para instruir a los pueblos en la Fe cristiana” (Pío lX, Breve de beatificación). . . “Esta obra, sólida y ceñida, escrita en un buen latín, es de una calidad digna de los Padres de la Iglesia” (León Xlll, Encíclica, l897).

Cuando aparecieron las “Centurias de Magdeburgo”, vasta compilación de textos pertenecientes a todos los siglos (de aquí el nombre de “centurias”) por el ilirio Flacio y todo un equipo de sabios, con el objeto de justificar mediante la historia las tesis esenciales de los reformadores luteranos: justificación por la Fe sola, predestinación, rechazo de las prerrogativas del Papado, indulgencias, etc. . . el Papa San Pío V le pidió a Pedro Canisio que emprendiera su refuración. Pero la falta de colaboradores competentes y la carencia de documentación sufuciente, y sobre todo el hecho de que ese trabajo ya lo había emprendido un religioso agustino, obligaron a Canisio a declinar tal compromiso. Contentóse con combatir los errores relativos a la misión del Precursor San Juan Bautista y de la Santísima Virgen María: dos obras reunidas en seguida en un solo volumen bajo el título de “Comentarios sobre las alteraciones de la palabra de Dios: l) San Juan Bautista, el venerable precursor del Señor Jesucristo; 2) la Santísima Virgen María, Madre de Dios”.

Diversas obras, de menor importancia, son prueba sin embargo del cuidado que tenía el Santo Doctor de poner la doctrina al alcance de todos, y revelan la extensión de su acción apostólica personal.

Un manual de piedad para el uso de estudiantes, conteniendo los textos de las epístolas y evangelios de domingos y fiestas, con breves notas explicativas; un librito de oraciones que primero había aparecido junto con el pequeño catecismo y del que se ha dicho que es “una flor póstuma de la mística alemana de la Edad Media”; una selección de oraciones latinas incluyendo siete meditaciones sobre las virtudes de Cristo, librito que fue utilizado por los legados pontificios mismos en el Concilio de Trento y cuya doctrina determinó, según se dice, la vocación de San Luis Gonzaga; un libro “para la consolación de los enfermos” destinado a los sacerdotes especialmente encargados de este delicado ministerio; “las instituciones y ejercicios de la piedad cristiana”, útil selección de textos escritutarios y patrísticos que oponen a los ataques de los herejes; un comentario muy piadoso del Salmo Miserere; “las exhortaciones del santo a los religiosos de su Orden”, relativas a los votos, las observancias y también a las fiestas del año.

Falta todavía agregar noticias biográficas publicadas en Suiza sobre San Nicolás de Flue, el apóstol de Suiza, con extensas citas de sus meditaciones, máximas y oraciones; sobre San Mauricio y los soldados de la legión tebana martirizados en el Valais, a los que proponía como modelos y protectores a los guerreros que partían en expedición contra los Turcos. Apóstol y no historiador, San Pedro Canisio se propone únicamente edificar: la crononogía y la exactitud de los hechos le preocupan muy poco, consiguientemente: “Yo quisiere que se publicaran las biografías de todos los santos que han trabajado en salcar almas, y en especial las de aquellos que más se han señalado por sus virtudes, a fin de que sus ejemplos sean más conocidos y más amados, si no por lor herejes, al menos por los católicos”.

Aparte de sus obras personales, San Pedro Canisio se esforzó, siempre con la misma finalidad apostólica, por traducir y programar las de grandes maestros de la doctrina católica.

Ya vimos cómo, ssiendo todavía estudiante muy joven, tradujo los sermones y los escritos ascéticos y místicos del célebre dominico Juan Taulero. Igualmente publicó una “edición de todas las obras de San Cirilo, arzobispo de Alejandría, enriquecidas, entre muchas cosas nuevas, con once libros sobre el Génesis todavía inéditos hasta esta fecha” (Epístolas, t. l-ll).

En seguida editó las “Obras de San León l, el Grande, cuyo texto mulitado y falsificado tuvo que restablecer” (Epístolas, t. l).

En tres libros reinió las “Cartas de San Jerónimo” a fin de oponerlas a las de Erasmo (Epístolas, t. lll).

En fin, patrocinó la publicación y la traducción de obras de varios autores, entre otras los diálogos del Cardenal Hosius sobre las cuestiones debatidas en el Concilio de Trento con la relación y la comunión bajo las dos especies y el matrimonio de los sacerdotes.

Finalmente, las “Confesiones de San Pedro Canisio”, un poco sobre el modelo de las de San Agustín, luego su testamento u sus cartas son preciosos documentos tanto para la historia de su propia vida, cronología y estados de alma, como para la de su época, lo mismo para el político que para el religioso. El conjunto y la publicación de esta correspondencia han sido calificados de “espléndido monumento de la historia eclesiástica, civil y literaria” (Analecta bollandina, l897). Trabajo todavía inconcluso, pero que basta para dar una idea de la prodigiosa actividad del Santo Doctor en el doble dominio del pensamiento católico y del apostolado.

Algunos autores han llamado a San Pedro Canisio el “Doctor práctico”. Aunque tal designación no es oficial, caracteriza muy bien al personaje y su obra. No se dedicó a las altas especulaciones. De él no se puede decir lo que de otros: que haya hecho “avanzar la Verdad”; y su doctrina no pide un estudio especial, simplemente porque es, ni más ni menos, la doctrina tradicional de la Iglesia. Su objeto era defender y propagar la verdad católica conocida más que descubrir en ella nuevos aspectos desconocidos. Intransigente como la Verdad misma, tenía confianza en su fuerza intrínseca; le bastaba con exponerla claramente sin entregarse a discusiones y polémicas que a veces son signos de debilidad. Apóstol de Cisto más que nada, sabía que la misericordia es la única arma eficaz para vencer a los extraviados: “La moderación, con la gravedad del lenguaje y la fuerza de los argumentos, es lo que todos aman y buscan. Abramos los ojos a los extraviados; no los exasperemos” (Carta a Guillermo Van der Lindt ).

¡Cuán significativo es el acuerdo de adversarios y partidarios, de protestantes y católicos, unánimes en ver en San Pedro Canisio el campeón de la verdadera Fe en Baviera, Austria y Bohemia, en el siglo XVl! Según el P. Drews, San Pedro Canisio “no sólo detuvo definitivamente el avance del protestantismo sino que preparó y en parte redondeó el triunfo del catolicismo en esas regiones. Se debe reconocer que desde el punto de vista romano merece el nombre del apóstol de Alemania”. Y precisamente el Romano Pontífice fue quien confirmó ese glorioso título: “Un hombre de una elevada santidad, otro Bonifacio, apóstol de Alemania” (León X lll, Encíclica, l897).

 

Cortesía de www.edoctusdigital.netfims.com para la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

Texto visto en mercaba.com

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