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SAN FELIPE NERI, CONFESOR


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26 de mayo SAN FELIPE NERI († 1595)

Para estudiar la figura de San Felipe Neri, y hasta la última época y la sociedad en que él vivió, poseemos hoy una documentación verdaderamente excepcional. El proceso de beatificación de San Felipe se abrió con rapidez increíble. Fallecido el 26 de mayo de 1595, nos encontramos con que ya el 2 de agosto empiezan a recogerse testimonios. Esto hace que, de una parte, los testigos sean abundantísimos (baste el dato de que en los cinco primeros meses se oye a ciento cuarenta y seis testigos), y, de otra parte, sus testimonios tengan una viveza, un colorido, una abundancia de detalles que no suelen ser frecuentes en esta clase de procesos, muchos de los cuales se redactan tardíamente, cuando ya el tiempo ha hecho perder brillantez a la contemplación de las cosas ocurridas. El mismo notario que intervino en la mayor parte de la declaración de los testigos tuvo el buen cuidado de recoger las declaraciones casi taquigráficamente. Se nota una diferencia abismal entre el lenguaje elegante, depurado, de unas declaraciones y el lenguaje popular, lleno de incorrecciones, abundante en frases sin terminar de otras. Incluso como documental de una época, el proceso, que ha sido recientemente editado, constituye un documento inapreciable.

 Aparece así el que con razón ha sido llamado “el más italiano de los santos” retratado por toda clase de gentes, tal y corno verdaderamente fue y como le vieron sus contemporáneos. Con sus extravagancias y sus aspectos admirablemente humanos, con su celo por las almas y su alegría desbordante, con su preocupación por los pobres y los más desamparados. Y de todo esto nos hablan gentileshombres y cortesanos, curiales y modestísimos artesanos, soldados y estudiantes, dependientes de comercio y empleados de banco. Es más: concurren al proceso no pocos artistas, músicos, pintores, con quienes tanto trató, y algunos médicos. No faltan tampoco las mujeres, desde las pertenecientes a la nobleza romana hasta las de las clases más humildes, pasando por religiosas claustradas. Las jerarquías eclesiásticas, desde los cardenales hasta los más sencillos sacerdotes, de oscuras iglesias de Roma, y religiosos pertenecientes a diversas Ordenes. Es un cuadro animadísimo que nos muestra la acción espiritual de aquel “gran hombre” que fue San Felipe, según reiteradamente le llaman los testigos. No hay duda de que él fue uno de los elementos que mas contribuyeron a resolver la crisis de civilización por la que atravesó la humanidad en el siglo XV. El desconsiderado humanismo que este siglo había entronizado a sus comienzos resultó barrido ante el huracán de la herejía protestante y la violenta reacción que provocó. Pero, superando la exasperación que algunas veces pudo llegar a revestir esta reacción, la segunda generación de la reforma católica restableció el equilibrio entre el espíritu religioso y un nuevo humanismo, entre la ortodoxia romana y las nuevas exigencias de la naturaleza y del hombre. El proceso demuestra cómo San Felipe fomentó y efectuó prácticamente esta obra de mediación y reconciliación, de la cual se originan, en último término, la moderna espiritualidad y la civilización cristiana.

 Poco sabemos de la niñez de Felipe Neri. Ya su padre debió de ser un tipo singular, que unía el ejercicio del notariado con las aficiones a la alquimia. Felipe había nacido el 21 de julio de 1515 y bien pronto perdió a su madre. Su madrastra, sin embargo, le educó con el mayor cariño. Uno de los testigos que mayor número de noticias aportó a los procesos, Fabricio Massimo, nos cuenta que ya desde niño le llamaban “el buen Pippo”, anticipándose al sobrenombre que habría de recibir en Roma años después: “Felipe el Bueno”.

 Nada sabemos de sus estudios. Ciertamente los tuvo, pues en su edad adulta se le verá en Roma conversando con los eruditos más distinguidos de su tiempo y orientando hacia los trabajos del espíritu a aquellos discípulos suyos que considera más capaces. Sabemos que tuvo una infancia feliz, alegre, de una pureza sin tacha. Que en su adolescencia gustó de la poesía, de la música y del entusiasmo por la naturaleza,

 Hacia 1532 abandonó su casa, por consejo de su padre, para irse a vivir a un lugar llamado San Germán, próximo a Montecasino, “donde estaba —nos dice un testigo de su proceso— un tío suyo rico con muchos miles de escudos y que era mercader”. Su padre le había enviado para que se ejercitase en la mercadería, y el muchacho, aunque no muy hábil para esas cosas, se mostró, en cambio, tan encantador, que su tío pensó dejarle heredero de toda su fortuna. Pero Felipe sentía otros deseos y se marchó a Roma, pese a todas las reconvenciones cariñosas, con un plan no muy definido de vivir en la Ciudad Santa a la manera de ermitaño laico. Esto ocurrió hacia el año 1536. Y ya no volverá a salir de Roma jamás. Uno de sus criados y confidentes cuenta que varias veces le preguntaba por qué no se iba a pasar unos días a su tierra natal. Y que él siempre contestaba con gracia: “Lo haré más adelante. Ahora estoy ocupado”.

 En Roma se encuentra en una situación de pobreza total. No quiere, sin embargo, recurrir a los suyos y se acoge a un compatriota, Galeotto Caccia, director de la Aduana pontificia, con quien vive durante catorce años entregado a los ayunos y a la oración. Hace sus estudios de filosofía en la Sapienza y de teología en los agustinos, y, una vez terminados aquéllos, inicia sus trabajos de apostolado. Iba a ser el apóstol de Roma, por excelencia.

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 Entregado sin límites a los pobres, a los humildes, a los jóvenes más abandonados, le corresponde trabajar en un ambiente particularmente difícil. Por aquellos mismos días el papa Adriano V escribía: “Sabemos bien que el mal se ha extendido de la cabeza a los pies, del Papa a los prelados… Todo está viciado“. San Felipe toma abiertamente partido entre los apóstoles de la reforma e inicia para ello una porción de curiosas empresas.

 Unas veces le encontramos en la célebre cofradía Oratorio del Divino Amor, esforzándose en restablecer la visita a los hospitales. Años después vemos cómo se une a una pequeña asociación fundada por su confesor con el nombre de La Santa Trinidad de los Peregrinos, para atender a los que se encontraban en necesidad. La asociación va tomando mayor auge, tiene que marchar de la iglesia de San Salvador a la de San Bernardo y va extendiendo sus actividades. San Felipe, con sus cofrades, visita las prisiones, ayuda a los estudiantes pobres, atiende a los convalecientes y parece llegar a todos con su espíritu y su caridad.

 Alguno de sus éxitos apostólicos llega a tener enorme resonancia. Así cuando, condenado a muerte el célebre hereje Paleólogo, antiguo dominico de una extraordinaria capacidad intelectual, sale Felipe a su encuentro cuando le conducían a la hoguera, y le habla con tal convicción y entusiasmo, que consigue su conversión. Así también en su intervención para obtener, gracias a su crédito ante la Santa Sede, la conversión del “buen rey Enrique IV”, que no olvida jamás, según se lee en la Vida de Morosini, “que fue potentemente ayudado por este santo hombre para recobrar la gracia de la que la herejía le había tenido alejado“.

Misa de San Felipe. Joan LLimona

Misa de San Felipe. Joan LLimona

 Por fin, en 1551, San Felipe se decide a recibir el sacerdocio. Tonsurado en marzo, cuando tenía treinta y seis años, recibe la ordenación sagrada en mayo. Deja entonces la casa de su bienhechor Caccia y se retira a la iglesia de San Jerónimo de la Caridad. Allí le esperaban las humillaciones y los sufrimientos. Uno de los testigos del proceso nos cuenta, por ejemplo, haber visto con sus propios ojos a San Felipe revestido de una vieja alba y de unos pobrísimos ornamentos, retirándose con lágrimas del altar porque se le impedía decir misa. Una de las novedades de que se le acusaba era precisamente ésa: la de exhortar a los sacerdotes a decir misa todos los días y a los fieles a comulgar frecuentemente.

 Sobreviene poco después, en 1555, en la vida de San Felipe un nuevo personaje verdaderamente singular: Bensignore Cassiaguerra, héroe de una novela que no desmerecía Las mil y una noches, a la que puso fin una visión de Jesucristo con la cuerda al cuello y llevando la cruz. Bonsignore es nombrado superior de la casa, participa plenamente de las “ideas avanzadas” de San Felipe y transforma aquella naciente comunidad de sacerdotes en un primer esquema de lo que habría de ser años después el Oratorio. A los dos amigos viene a unírseles Tarugi, senador de Roma y futuro arzobispo de Aviñón, que tanta influencia tuvo en la magnífica reforma pastoral que se obró en Francia en el siglo XVII. Se une también Baronio, al que, como el anterior, esperaba el cardenalato, y que logra una espléndida labor literaria, entre la que destacan sus Anales eclesiásticos.

 Se ha iniciado la que pudiéramos llamar “edad de oro” en la vida de San Felipe. Acompañado de aquel grupo de sacerdotes selectísimos, Felipe se lanza abiertamente al más intenso apostolado. Horas interminables de confesonario, visitas a enfermos y hospitales, organización de distracciones para la juventud… Y, sobre todo, aquellas procesiones populares de las que nos hablan tantos testigos. Sólo un hombre excepcional como San Felipe podía evitar que aquello degenerase en tumulto o en partida profana. Pero no era así: el cortejo se ponía en marcha muy de mañana, todos cantando y rezando, para visitar las siete iglesias romanas. Al mediodía se hacía un alto en una viña, propiedad de un amigo de San Felipe, donde los devotos peregrinos comían en pleno campo. Después se volvía a organizar la procesión, hasta que anochecía. Estas procesiones, que eran frecuentes, tenían, sin embargo, especial solemnidad durante el carnaval, tantas veces licencioso en la antigua Roma de los papas.

 No le faltaron sinsabores. En los tiempos duros del papa Paulo IV la Inquisición intervino para examinar las actividades de aquel singular sacerdote. Dicen los testigos que se presentó ante el tribunal con tal humildad y dulzura, que el mismo Papa quedó prendado de él, y hasta mostró alguna vez pena por no poder participar en las devotas peregrinaciones que él organizaba.

 En tiempos de San Pío V volvió de nuevo la persecución. Se le prohibió organizar procesiones y se le sometió a una estrecha vigilancia por lo que atañía a su predicación. Nuevo triunfo de San Felipe, que se vio rodeado en lo sucesivo de la simpatía del nuevo Pontífice.

 Por lo demás, el campo de apostolado de San Felipe continúa extendiéndose. De manera inesperada es llamado un día por los capellanes florentinos de la iglesia de San Juan Bautista, en la señorial vía Giulia, para ser rector de ella. San Felipe acepta tan sólo, y por intervención del Papa, una especie de dirección general. La nueva iglesia es complemento de la de San Jerónimo, y campo de actividad del grupo sacerdotal que durante esos años ha ido organizándose y consolidándose. Tanto que ha habido que pensar ya en darle una sencillísima regla.

 Y he aquí que el 15 de julio de 1575 una bula pontificia instituía una Congregación de sacerdotes y clérigos seculares bajo el nombre del Oratorio, encomendándoles la iglesia de la Vallicella. Pocos fundadores habrá habido que se hayan negado tan obstinadamente a serlo. Si aceptó el ponerse al frente de aquel sencillísimo grupo, para el que nunca quiso votos ni nada que pudiera asemejarlo a una Congregación religiosa propiamente dicha, rehusó rotundamente todo lo que pudiera parecer una extensión del Oratorio fuera de Roma. Pese a que la contradicción venía de personalidades como San Carlos Borromeo y los cardenal Tarugi Y Baronio, él se mantendrá siempre firme en su deseo de la absoluta independencia de unas casas respecto a otras.

 El Oratorio es su creación genial. Cada casa autónoma agrupa a unos cuantos sacerdotes, sin otro vínculo que el de la caridad. Viven vida común, bajo la autoridad del padre o prepósito, al que eligen trienalmente, y tratan de santificarse con la observancia libre de los consejos evangélicos. Con diferencias de matiz, el Oratorio, que en vida del Santo se extendió a Nápoles, escribiría páginas gloriosísimas en la historia de la Iglesia en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en España. Hoy mismo subsiste pujante, después de haberse confederado los diversos Oratorios el año 1942.

 Los papas bendicen el Oratorio. Es más, en repetidas ocasiones, y muy en especial en el pontificado de Gregorio XIV, ofrecen a su fundador el capelo cardenalicio. Pero él se mantiene firme en se deseo de continuar como hasta entonces, sin otro cuidado que el de ejercitar su apostolado con la mayor sencillez que le sea posible. A sus hijos, los oratorianos, les pondrá en la regla la prohibición de “osar bajo ningún pretexto cortejar o acompañar a cardenales u otros personajes, porque habrían de estar al servicio de Dios únicamente”.

 A su admirable actividad unió también un profundo espíritu de oración. Viviendo en la Vallicella, transformada después en la magnífica Chiesa Nuova, solía marcharse días enteros a su “asilo de soledad”, que era San Jerónimo. Durante largas horas se entrega a la oración, muy frecuentemente premiado con extraordinarias gracias místicas. Los testigos de su proceso de beatificación nos contarán cómo con frecuencia le costaba recobrarse después de los éxtasis y volver a atender a las cosas de este mundo. Sin embargo, todos a una confiesan que bastaba que se interpusiese en lo más mínimo el bien de las almas, para que San Felipe interrumpiera su oración. Incluso durante la acción de gracias después de la misa, hora por él preferida para el máximo recogimiento, se podía recurrir a él en la seguridad de que inmediatamente se ponía en el confesonario.

 Conocida es la anécdota, para unos milagrosa y para otros explicable de manera puramente humana, de su visión el día de Pentecostés de 1544, con la consiguiente dilatación de corazón y la deformación de dos costillas, curvadas fuertemente para liberar el mismo corazón. Una de ellas se conserva todavía en el Oratorio de Nápoles. Como decimos, hay discusión sobre el alcance exacto de este fenómeno. Pero en lo que no puede haberla es en el amor intensísimo que siempre sentía hacia Dios y hacia las almas.

 En alguna ocasión parece que la lucha entre su deseo de soledad y el apostolado se hizo particularmente dura. Una visión interior le aclaró su vocación, imprimiendo en lo más profundo de su alma estas palabras: “La voluntad de Dios es que marches por medio del mundo, pero como en un desierto”.

 Los ayunos, las penitencias, las largas horas de confesonario, fueron minando aquella naturaleza que, por otra parte, parecía sobrehumanamente fuerte. En 1593, alegando estas enfermedades, obtuvo, por fin, el verse libre del gobierno del Oratorio. Baronio le sucedió, designado unánimemente por todos los electores. San Felipe hubo de guardar cama. Se le oía murmurar: “¡Tú, oh Cristo, en la cruz, y yo en la cama, tan bien cuidado, tan atendido, rodeado de tantas personas que se desvelan por mí!”. Sus males se iban multiplicando, pero sin llegar nunca a borrar de su rostro aquella sonrisa que era su más destacada característica.

 En 1595 su salud se agravó más y más. Recibió la extremaunción y después comulgó de manos de San Carlos Borromeo. Pareció restablecerse; pero, por fin, el 26 de mayo de 1595, en la noche de la fiesta del Corpus, murió dulcemente.

 Su cuerpo fue transportado el 24 de mayo de 1602 a una capilla edificada por Nero de Neri y Tarugi.

 Como hemos dicho, su proceso de beatificación empezó dos meses después de su muerte y se prosiguió, de manera un tanto irregular, hasta el 22 de octubre de 1608. Estaba un tanto parada la causa, cuando Carlos Gonzaga, duque de Nevers y embajador extraordinario, de Francia, pidió al Papa que permitiese al Oratorio celebrar la misa y recitar el oficio de su fundador. El Papa pasó el asunto a la Congregación de Ritos, y ésta declaró que eso equivalía a una beatificación y que, por consiguiente, era necesario completar el proceso. Paulo V se decidió entonces, a la vista de esta contestación y de las peticiones que le llegaban de todas partes, a encomendar la causa a la Sagrada Congregación el 13 de abril de 1609.

 Tras no pocas vicisitudes, y la apertura de dos nuevos procesos, se consiguió por fin, gracias a las decisivas intervenciones del cardenal Belarmino, la beatificación el día 25 de mayo de 1615. Prosiguió bajo Gregorio XV el proceso de canonización. Una nueva intervención de San Roberto Belarmino determinó que el 13 de noviembre de 1621 se declarase que se podía proceder a la canonización. Y, por fin, el sábado 12 de marzo de 1622, juntamente con los cuatro santos españoles Isidro, Ignacio de Loyola, Francisco, Javier y Teresa de Jesús, era solemnísimamente canonizado.

 El Oratorio obtuvo su definitiva aprobación en 1612. Según hemos dicho, en 1942 fue aprobado de nuevo, estableciéndose una cierta confederación entre las diversas casas, al frente de la cual está un visitador general, asistido por una diputación permanente.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

San Felipe Neri 2

 

San Felipe Neri

Antonio Socci 

Lo han llamado el santo de la alegría. Nacido en Florencia, llegó muy joven a Roma, una ciudad disoluta y empobrecida. A su alrededor se reúne un grupo de amigos cuya sencilla vida cristiana era una ráfaga de frescor en la Ciudad Eterna.

            En el año de 1532, un joven florentino de 17 años recorre con paso airoso la Vía Cassia que a través de Toscana lleva a Roma y a San Germano, la actual Cassino. Probablemente durante todo el viaje, ante los ojos azules de Felipe, así se llama el joven, pasa el recuerdo de lo que deja a sus espaldas, los rostros queridos, las colinas de Fiesole y San Miniato, cubiertas de cipreses y olivos sobre las orillas del Arno. Pero en su mente se debaten muchos interrogantes sobre su futuro.

            Un muchacho tan inteligente podía aspirar, como sus coetáneos, a ser un artista de éxito yendo a trabajar al taller de uno de los maestros toscanos de aquellos años, como Miguel Ángel o Leonardo. O bien podía cultivar su pasión por la música, o la curiosidad intelectual para llegar a ser un pensador como Pico della Mirandola. O también, en aquella ciudad desgarrada por las luchas entre los seguidores de Savonarola y de los Médicis, podías meterse en política, aspirando, como muchos, al poder. Muchos jóvenes florentinos se dedicaban a las actividades comerciales. Mercaderes y banqueros de la ciudad de la flor de Lis se habían establecido en todas partes. Y Felipe iba precisamente a vivir con su tío Rómulo, que en San Germano se dedicaba al comercio y necesitaba un ayudante.

            También Felipe había respirado el sentimiento de la vida que dominaba en la Florencia de aquellos años. En el fondo, la idea humanista y renacentista tendía al logro humano, ponía el éxito como ideal ético. Pero no sabía tener en cuenta la incapacidad de conseguirlo, o la enfermedad, el dolor y la muerte. Por otra parte el éxito (al igual que la salud o la juventud) es lo más efímero que existe en el mundo. Como admitía el mismo Lorenzo el Magnífico cuando cantaba: “Quant´ è bella giovinezza/ che si fugge tuttavia/ chi vuo esser lieto sia, /di doman non c´ è certezaa” [Cuan bella es la juventud/aunque se escapa/quien feliz quiera ser que lo sea, / que del mañana no hay certeza]. Completamente diferente es el sentimiento de la vida que se esconde tras los pícaros ojos de Felipe, en su agudo humos florentino, en su gusto por la libertad.

            Bulle en su corazón una intuición de adolescente, aunque firme, aprendida de sus cristianísimos padres y de los frailes de San Marcos, donde había estudiado: que la vida cristiana es la única verdadera experiencia humana que vale la pena vivir, que Jesucristo es el tesoro de la vida, la única riqueza que dura. La personalidad de Felipe está construida sobre la decisión de no echarse a perder, de no derrochar su existencia en cosas que no valen la pena.

            Esta intuición, algunos años después, va a ser el himno de aquella multicolor compañía que se reúne en torno a Felipe. A menudo se podía ver por las calles de la Roma renacentista una cuadrilla de jóvenes cantar, al volver de sus giras por las basílicas romanas, con triunfal y sarcástica alegría, el más terrible versículo bíblico, el del Eclesiastés: “Vanitas vanitatum et ovni vanitas”. Por las calles de Roma retumbaba su canción: “Vanidad de vanidades, /todo es vanidad. /Todo el mundo es lo que ha, /todo es vanidad”. Decían las estrofas:

“Si del mundo sus favores /te elevarán a donde quieres, / ¿en qué la muerte qué será? /Todo es vanidad. /Si don de lenguas tuvieras, / y por sabio conocido, / ¿en la muerte qué será? / Todo es vanidad”.

            Volvamos a la Vía Cassi donde hemos dejado al joven Felipe que se encamina hacia San Germano, pero que todavía no sabe bien el camino de su vida. Llega a su destino y ayuda a su tío, pero  cuando dispone de tiempo busca la libertad. Pasa muchas noches en la Montaña Spaccata de Gaeta, frente al infinito del mar y del cielo estrellado. Muchas veces sube hasta Montecassino y siente el sabor infinito en la vida cotidiana de los monjes benedictinos.

            Después de pocas semanas toma una decisión: ir a Roma y allí, en el centro del mundo, buscar su camino. Cuando Felipe llega, en la Ciudad Eterna se ven todavía las secuelas del horrible saqueo de Roma: matanzas, violencias, profanaciones, estupros, habían reducido la población de Roma de 55,000 habitantes a 32,000. Pero ya había comenzado la vida disoluta de antes, en la corte pontificia y en los salones de los nobles.

            Roma es una pequeña ciudad, la población vive apiñada en dos kilómetros cuadrados. Dos tercios del territorio dentro de las murallas aurelianas está deshabitado. El Coliseo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor son zonas de campo. Los oficios del pueblo eran casi 116. Una de las actividades más florecientes era la prostitución  a la que se dedicaban –según el censo- diecisiete mujeres de cada mil.

            Felipe no se deja distraer por el jaleo de la ciudad. Alquila una habitación en casa de un florentino, Galeotto Del Caccia, y paga la pensión dando clases a los hijos del propietario. Asiste a las lecciones de la universidad y al Estudio de los agustinianos (estudio filosofía y teología). Nunca renuncia a su libertad. Es un joven muy inteligente, para nada taciturno, su alegría y gusto por las bromas conquistan la simpatía de sus compañeros universitarios, pero es diferente de todos. Visiblemente diverso.

            Es como si quisiera un amor secreto y buscase su recuerdo en las antiguas piedras de Roma. Durante días y noches visita las catacumbas, especialmente las de San Sebastián, y los lugares de los mártires cristianos, a menudo debe escapar del hampa que infesta aquellas zonas. Se inventa su peregrinación personal entre San Pedro, Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán, es decir, las basílicas que marcan los capítulos de los primeros siglos cristianos (una costumbre que luego, para miles de romanos, será la visita a las “siete iglesias”). Y va venciendo su repugnancia (era por instinto un higienista) yendo cada vez más a menudo a esas cloacas inmundas que eran los hospitales donde asiste a los enfermos más infectos y repugnantes. Probablemente es en el hospital de Santiago donde conoce por primera vez a un grupo de amigos de verdad especial. Son los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, que también han pasado de la “dolce vita” de estudiantes  de la Universidad de París a vivir una de las mayores aventuras de la época, la Compañía de Jesús. De Ignacio, que se queda en Roma como un general que dirige desde allí la batalla en todo el planeta, Felipe se hace muy amigo.

            Los historiadores hablan de inmoralidad de la Roma de aquellos años, de papas disolutos, casi todos con hijos o nietos, de vicios y obscenidades. Pero hay una paradoja: en la misma Roma de estos años, definidos como los años obscuros de la historia de la Iglesia, hallamos santos excepcionales, Ignacio, Francisco Javier, Felipe Neri, Carlos Borromeo y Camilo De Lellis (fuera de Roma, por ejemplo en España, nacía Teresa de Jesús el mismo año que en Florencia veía la luz san Felipe). Considerando esta clase de santidad hay que dudar que se trate verdaderamente de años obscuros para la Iglesia.

            Para los cristianos es la señal de que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. Por otra parte es asombroso ver que papas y cardenales tan hundidos públicamente en el pecado saben reconocer fácilmente a los santos y proteger el depositum fidei.

            Lutero, desde su punto de vista clerical, creía que a la Iglesia le hacían falta reformadores, mientras que también entonces lo que necesitaba eran santos. Creía el alemán que se debía cambiar al clero, los fieles sencillos desean cambiar su propia vida. Y junto a los santos la vida cotidiana cambia, precisamente esa vida donde todos los grandiosos proyectos humanos fracasan. Un gran escritor inglés, Gilbert Keith Chesterton, pone en boca de su padre Brown: “La vida cotidiana es la aventura más romántica y solamente el Aventurero la descubre”. Solamente los santos.

            Felipe en Roma recorre las calles, va a los mercados, a los bancos de los usureros florentinos, bromea con los banqueros, a menudo jóvenes arribistas (“¿Cuándo  empezamos a hacer algo bueno?”). Algunos sienten la llamada. En torno a él, que no es un sacerdote, comienzan a reunirse en San Jerónimo de la Caridad unas veinte personas. Se reúnen “con gran afecto” para hablar de la fe cristiana, rezar, cantar, confesarse y comulgar (cosa rara en aquellos tiempos). De aquí nace todo. Es imposible aludir a toda su historia (Rita Delacroix en su libro Felipe Neri, el santo de la alegría, narra decenas de episodios de la vida de san Felipe). De todos modos, él es, mucho más que Savonarola, la verdadera alternativa a la apostasía moderna.

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            La simple vida cristiana de un grupo de amigos trae un aire fresco que recorre toda Roma. La práctica de las Cuarenta horas (es decir, la adoración prolongada ante la Eucaristía) nace de la experiencia  del Oratorio (con este nombre se llamó desde el principio la comunidad que se reunió en torno a Felipe). Así como la visita a “las siete iglesias”, en la que participan miles de personas y que no es una peregrinación, sino un modo sencillo de estar juntos en alegría. Y también el canto de las laudes en lengua vulgar, con acompañamiento de laúd, viola, órgano, clarín y trompa (los autores más importantes de música sacra del siglo XVIII pasan casi todos por el Oratorio). Otro de los intereses que Felipe contagia  a sus amigos es la historia de la Iglesia: incitado por él Cesare Baronio se dedicará a esta tarea (Baronio llegará a cardenal y será el verdadero fundador de la historiografía eclesiástica).

            Una de las lecturas que Felipe y sus amigos preferían eran las cartas que los jesuitas, especialmente Francisco Javier, escribían desde la lejanísima Asia. En un momento dado fue tanto su entusiasmo que pensaron irse todos juntos a aquellas tierras de misión. Pero Felipe primero quiso pedir consejo a un anciano santo monje benedictino, el padre Ghettini, que le respondió: “No partas, tus Indias están en Roma”. Desde entonces Felipe comprendió que allí estaba su destino: con los años se convencerá cada vez más: “Atended a Roma, que quien hace bien a Roma, ¡hace bien a todos y por todo el mundo!”.

            En 1548 fundan una confraternidad, van a ayudar a los enfermos en los hospitales y sobre todo a los pobres que salían de los hospitales en condiciones penosas. Luego comienzan a ocuparse de los peregrinos, y en 1550, con ocasión del Año Santo, organizan la acogida de decenas de miles de peregrinos.

            En 1551, a los treinta y seis años, Felipe, por indicación de su confesor se hace sacerdote. Es inimaginable la cantidad de personas que se sienten atraídas por el Oratorio. Plebeyos y nobles, cortesanas (prostitutas de alto copete) y damas, holgazanes, criminales y gente sencilla, eclesiásticos y artistas se convierten siguiendo a Felipe. Y no era un espectáculo chico, especialmente en aquellos años, ver a cardenales y príncipes en los sucios hospitales romanos limpiar la yacija de pobres despojos humanos.

            Lo que no es posible narrar es la atmósfera de alegría, de simpatía que se respiraba en torno a Felipe. Era normal verlo jugando al tejo con los muchachos o en otras sorprendentes situaciones. Pero sobre todo no soportaba que lo veneraran como a un santo y cuando se presentaba alguien con esta actitud, se divertía desconcertándolo. Era un modo de quitarse de encima a los pesados. Debido a su pasión por la libertad no quiso nunca codificar reglas: todo lo gobernaba una alegre fraternidad que tenía “la bolsa en común, común la mesa y todos estaban dispuestos a cualquier tarea”.

            Él también, como todos los santos, tuvo en un momento determinado, su ración de persecuciones eclesiásticas. Lo acusaron de ser un “creador de sectas”, la acusación más terrible de aquella época. Pero luego, gracias a la ayuda del cardenal Carlos Borromeo, todo terminó. Gregorio XIV intentó por todos los medios de hacerle cardenal, Felipe siempre se negó, pero quiso tener consigo la birreta roja: se la ponía cuando retaba a los suyos a las carreras o al salto (a quien se asombraba le decía: “Estoy como una regadera, ¿no es verdad?”).

            En la Roma de aquellos años no hay miseria, dolor o pobreza que no socorran Felipe y sus amigos. Es increíble la serie de milagros que se le atribuyen. Milagros que, sin embargo, el vivía con la más completa naturalidad.

            Según las vidas del santo, el día de Pentecostés de 1554, mientras Felipe rezaba en las catacumbas de San Sebastián el Señor se le manifiesta en un globo de fuego que le penetra en el pecho. Pero él no quiso nunca hablar de los hechos sobrenaturales que le suceden, trata siempre de esconderlos o corta la cuestión con una ocurrencia.

            En estos años nacen como hongos sedicentes místicos y visionarios, y Roma está llena. Felipe los vio siempre con constante desconfianza. Según Giovanni Francesco Bordini, un sacerdote oratoriano, Felipe atribuía gran parte de estos casos “o a enfermedad natural de melancolía, o a estupidez de cerebro, o también por enfermedad y por algún fin no bueno”. También en los casos de “endemoniados” era muy escéptico. Una vez un padre apenado le llevó a su hija que tenía síntomas de endemoniada. Felipe la miró y le dijo al Padre: “Casad a vuestra hija, que no está endemoniada”.

            Durante toda su vida prefirió pasar los días en el confesionario antes que ocuparse de cuestiones políticas. Pero en un caso quiso “entrometerse” con cierta decisión. Cuando subió al trono de Francia Enrique IV de Navarra, que mil veces había renegado de la fe, el Papa no se decidía a admitirlo de nuevo en la Iglesia. Felipe lo intentó todo para convencerle: llegó a ordenar a Baronio, que era el confesor de Clemente VIII, que no diera la absolución al Papa si no escuchaba su consejo. Al final el pontífice escuchó el consejo, y, según muchos, así se salvó la Francia católica de la perspectiva trágica de un cisma. El sorprendente joven florentino que hemos visto llegar a Roma, vivirá en la Ciudad Eterna hasta una venerable edad: murió el 26 de mayo de 1596.

Fuente: Revista 30 Días en la Iglesia y el mundo. Revista mensual, Año IX, No. 92, 1995.

 

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