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¡¿PERO CÓMO PUDO SUCEDER?!


Pero, ¿cómo pudo suceder?

Hay un método casi infalible para distinguir a un tonto de un inteligente, y es observar sus respectivas reacciones frente a una derrota. El necio buscará al culpable por todo el mundo, echará la culpa a todo el mundo, pero nunca albergará la más mínima  duda de ser él mismo el responsable de su derrota; la persona inteligente, sin embargo, procede de otro modo. La persona inteligente reflexiona, evalúa, sopesa y se mide a sí misma con la misma medida que a los demás,  observándose con la misma atención que observa y evalúa a los demás. No disculpa nada ni a nadie y mucho menos su propio proceder. Se mantiene abierto a conocer la verdad, porque su propósito no es justificarse, explícita o implícitamente, mediante la búsqueda de algún chivo expiatorio sobre el que descargar toda la culpa, sino, de manera más práctica y mucho más honesta, quiere saber lo que pasó, para sacar lecciones para el futuro.

Una derrota militar es un ejemplo típico de la derrota sufrida en la Iglesia. Cuando sucedió la derrota de Caporetto, Cadorna, el gran perdedor, no había entendido nada de lo que había sucedido, por lo que echó la culpa, que era suya,  a la supuesta cobardía de los soldados, como se vio en la declaración emitida en las primeras horas después de la derrota. Al parecer no cambió su idea, ni siquiera más tarde. Para él, estaba claro que los responsables de la catástrofe había que buscarlos en cualquier sitio,  fuera de su propia persona. Bueno, incluso si esta comparación desagrade a  muchos, lo que sucedió en la Iglesia Católica después del Concilio Vaticano II puede ser comparado a la catástrofe de Caporetto. ¿A qué se puede atribuir si no, el que los seminarios repentinamente se hayan vaciado; el histérico transtorno litúrgico; la confusión de las directrices pastorales; la desobediencia abierta, la controversia y la contestación de muchos sacerdotes contra sus obispos; la separación dramática entre la masa de los fieles y las directivas  de la Iglesia, como se vio en cada referendum habido para abrogar el divorcio y el aborto; el desarrollo de la investigación teológica cada vez más divergente y cada vez más distante de la tradición; la gradual y obvia, infiltración modernista en la doctrina, tanto en los temas tratados como en los métodos, siempre  a remolque del  protestantismo; la cada vez más rápida secularización de la sociedad y una gran parte de la misma Iglesia; el abandono de la práctica cristiana activa de los jóvenes inmediatamente después de la confirmación; la pérdida de la autoridad del modelo tradicional católico; la proliferación de experimentos a menudo cuestionables o francamente de riesgo, en la vida de las parroquias; la difusión de una mentalidad altamente ideológica transida  de un resentimiento generalizado de clase, de una cada vez más amplia admiración y sumisión a la violencia psicológica de la cultura marxista y al psicoanálisis de Freud; el abandono de las formas de piedad popular, de la oración penitencial, del ayuno y el debilitamiento del sentido del pecado; la acentuación exagerada de la dimensión horizontal de la fe, a expensas de la vertical; y, por último pero no menos importante, la propagación de excesos morales cada vez más extravagantes, y cada vez más intolerables, que eliminan en gran parte el prestigio de la Iglesia, su credibilidad, su capacidad para erigirse en un modelo intrínsecamente superior al del mundo secular? 
Nosotros esperábamos una maravillosa primavera, pero vino un invierno; Con estas pocas dramáticas palabras, Pablo VI describió la decepción de los católicos más conscientes  en los años del Vaticano II. Faltó una reflexión, y sobre todo una autocrítica necesaria, de lo que había sucedido entre los años sesenta y los noventa del siglo XX, y ahora  ha llegado una nueva tormenta, incluso peor que la primera; una violenta tormenta, que, en pocos años, ha arrancado no sólo las pequeñas plantas más endebles, sino también los árboles más grandes, los aparentemente más robustos: los arrancó del suelo con una fuerza aterradora,  que ha dejado al descubierto sus raíces seculares, y finalmente los ha  arrojado al estercolero, dispersando sus troncos en mil direcciones. La Iglesia de hoy es lo que queda de unc bosque antes exuberante de plantas fuertes y vigorosas, cuya sombra generosa ha alimentado a innumerables generaciones: un paisaje devastado y desolado, como un campo de batalla tras el paso de ejércitos que  dejaron atrás una gran sima, con ruinas humeantes, y resíduos  de todo tipo. Y de nuevo ha faltado el análisis crítico, y especialmente la autocrítica de los responsables; de hecho, esta vez ha adquirido el cariz de un chiste: llaman a las ruinas una bella  floración; describen este increíble paisaje como si fuera un jardín, amenizado con preciosas flores y con las melodías de  cantos de pájaros; toda esta ruina,  se ha pregonado como si fuera algo de lo que enorgullecerse; y, si se proyecta sobre ella  una mirada crítica acerca de algo o alguien, se señala con el dedo a los pocos que han permanecido fieles a la verdadera doctrina y al Magisterio perenne, a aquellos raros  sacerdotes  y a los pequeños grupos de laicos que no se han dejado amedrentar por las diatribas de los progresistas, y han pedido perdón a Dios y a la Virgen por la desolación en la que la Iglesia ha caído, atribuyéndola a  su propia culpa. En realidad, no fueron  enemigos externos los que la redujeron a esta situación, sino fue un enemigo interno, salido de su propio seno: un clero infiel, laicos deseosos de novedades, y sobre todo con ganas de ver borrados todos los aspectos de la doctrina cristiana que clamaban con razón  la condena de su conducta inmoral. Fue una vasta operación de “normalización”, cuyo objetivo era eliminar lo que la doctrina católica tenía de específico, lo que desde siempre había atacado la lógica mundana, para construir otra doctrina por medio de un acuerdo con el espíritu del mundo. Y este indigno trabajo de pérfidos traidores, fue realizado por una minoría de “innovadores” que, aprovechando la apatía y la cobardía de la mayoría, dieron un verdadero golpe de Estado: se  apoderaron  de todos los puestos clave, en la enseñanza de los seminarios, y en el magisterio  episcopal, en las publicaciones  de la prensa, y, por último, en  la Silla de San Pedro, en la persona de Francisco.
En consecuencia, prácticamente se abolió todo lo que era el ideal y la practica de la vida cristiana: ahora el cristiano se asemeja en todos los aspectos a los ciudadanos del mundo, tiene los mismos gustos, los mismos deseos, los mismos ideales, la misma perspectiva: no mira al cielo, sino a la tierra; no le preocupa el pecado, ni la vida eterna, porque su visión del mundo  es naturalista e inmanente: lo que viene de la naturaleza es bueno, ¿por qué luchar contra ella? Y además, vida hay una sola: ¿por qué no disfrutarla? En cuanto a la vivencia católica, podemos decir que ahora está casi desaparecida en sus aspectos autónomos y bien definidos: no hay más que la práctica del “giro antropológico” en la teología, es decir, el catolico es un individuo que, aunque reserva un pequeño homenaje a la tradición católica, sin embargo, es puramente formal, confraterniza con luteranos y musulmanes, se enorgullece de su apertura y su capacidad de diálogo, se avergüenza de lo que es específicamente católico, se avergüenza y molesta de  lo que fueron sus padres, y de lo que debería ser él si tuviera  alguna coherencia y  honestidad. Francisco es el único que  ha expresado admirablemente – por así decirlo – ese estado de ánimo cuando, en la homilía del 19 de mayo de 2017, en la casa de Santa Marta, lo expresó  no sólo con palabras sino también con su porte, con la expresión  facial y  con los gestos, con sus miradas, con el tono de voz, de manera inequívoca: la doctrina católica es una cosa que le molesta, que le llena de aburrimiento, que le exaspera. De sus palabras y sus gestos se deduce un auténtico desprecio para aquellos que todavían se atreven a hablar de “doctrina católica”, y les acusa de haberla convertido en “ideología”. Ni una palabra de condena a los enemigos de la Iglesia, a los que riegan con  sangre las calles del mundo, y matan todos los días a los seguidores de Cristo, no por otra razón que por su fidelidad a la Iglesia; Ni siquiera se haya en él,  el más mínimo indicio de sus responsabilidades o sus errores, no habla del deber de los cristianos de pedir siempre la ayuda de Dios y hacer oración por los hermanos, sino que sigue su lucha sin cuartel contra los “fanáticos”, que no son los asesinos del terrorismo islámico, sino los  que están firmemente arraigados en la doctrina católica. Para él, ellos  son los verdaderos enemigos: ellos son el problema; ellos son los que difunden el enfrentamiento y siembran dudas y lo hace sin motivo, sólo por pura maldad, sin pensar que es  él el que escandaliza a las almas. En cuanto a él se refiere, no se debe  objetarle nada, ni siquiera el que no se arrodille,  ante el Santísimo Sacramento, y mucho menos el que no pida perdón si, tal vez, hubiera hecho algo mal, como sucede con todos los seres humanos normales. No: él nunca se equivoca; Nadie ha oído alguna vez que haya pronunciado una frase, o haya hecho alguna referencia a su propia falibilidad: cuando habla, sus palabras las acentúa con una dureza implacable, y cuanto más desconcertantes son sus palabras, cuanto  más provocativas son y  más  demoledoras de la tradición, tanto más las repite como  golpes de un martilleo, un día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro, desde el primer día que habló, en su saludo a los fieles, el 13 de marzo de 2013, cuando se presentó a la multitud sin el atuendo pontifical, y se despidió con un  buona sera, lo cual  fue todo un programa y una declaración de guerra contra su enemigo más odiado: “el clericalismo”. Desde entonces, esto es, desde el principio, quiso presentarse no como un Papa católico, sino como el obispo de Roma, un obispo modernista y progresista, que habla con todos, y que manifiesta su fuerte preferencia por los no católicos y por los anti-católicos: por  los protestantes, por los judíos y musulmanes seguidos por los masones, los radicales, los ateos, los defensores del divorcio y el aborto, la eutanasia, el sucio matrimonio homosexual, por los que piden libertad en el consumo de  drogas. Si habla bien de alguien  católico, entonces lo hace de personajes como Don Lorenzo Milani, uno de los sacerdotes que han hecho más daño a la Iglesia durante la gran desbandada, uno de los principales causantes del decaimiento de la Iglesia Católica. Él fue un maestro nocivo, por el espíritu profundamente no católico que le animaba; por la perspectiva puramente mundana que enseñaba a  “sus” chicos; por el ejemplo de desobediencia y de rebelión contra sus superiores y la jerarquía; por la facilidad con la que manipulaba  las palabras y el espíritu del Evangelio, según su particular visión semi-marxista, que no tenía nada de espiritual; y cuanto más se le hinchaba la boca con palabras como justicia social,  derechos humanos, libertad, democracia, tanto más permanecía  en silencio sobre el alma y  la gracia,  sobre el pecado, el juicio de Dios, la eternidad, la realidad del cielo y del ‘infierno.
Y los católicos han dejado hacer: escucharon, y no hallaron nada que decir; de hecho, la mayoría de ellos se despellejan las manos de tanto  aplaudir al falso pastor, al lobo con piel de cordero, a quien está transformando la Iglesia Católica en sinagoga de Satanás, en la que se celebran matrimonios del mismo sexo, en donde se cantan canciones profanas, en donde se dispara con pistolas  de plástico  ‘agua bendita’ sobre los fieles , en donde se ponen en escena  ‘misas’ delirantes con marionetas o con aperitivos, con  sermones improvisados, en donde  son bienvenidos  sacerdotes gays  y se ensalza a santos homosexuales,  como también monjas lesbianas y santas lesbianas; donde se idolatra al Papa hasta el punto que se deja en la penumbra a Dios, en iglesias en las que se esconde el Santísimo Sacramento en alguna capilla lateral, en las que se abandona y desalienta el culto de María, se banalizan los mensajes de Lourdes y Fátima, en donde se regaña a las mujeres piadosas  que se atreven a llevar flores frescas ante el altar de la Virgen; la que mira con desdén, casi con desprecio la práctica del ayuno, la recitación del Santo Rosario y la procesión del  Corpus Christi .
Así pues, surge la pregunta: ¿cómo ha sido  posible que se haya llegado a esto? Evidentemente, el mal comenzó muy atrás, pero no hemos sido capaces de verlo. Si el árbol hubiera estado sano, no hubiera enfermado tan rápidamente, no se hubiera echado a perder en tan poco tiempo.. Si el clero hubiese estado sano, no habría sido ganado por doctrinas no cristianas en tan  pocos años; Si la fe de los laicos hubiese sido profunda, no se habrían dejado seducir por los halagos del mundo. Sin  embargo, esto sucedió porque el espíritu del mundo penetró en la Esposa de Cristo y la convirtió en una prostituta descarada. Las contundentes  palabras de Jesús :  Tened valor : yo he vencido al mundo , han sido sustituidas por la blasfema  afirmación de muchos falsos pastores modernistas:  la iglesia se ha hecho una con el mundo . La obra de Cristo se ha frustrado; Su pasión, está carente de eficacia; la  Santa Iglesia fundada por él, ha sido adulterada y contaminada por obra del diablo. Las malas hierbas, plantadas durante la noche, han crecido espectacularmente  y han sofocado el buen trigo. Quien debía estar vigilante  y atento, se ha entregado a un plácido sueño: Y al llegar la mañana, ya era demasiado tarde para evitar el desastre. Esta es la situación actual. Vemos que, incluso antes del Concilio,  la salud que tenía la Iglesia era sólo aparente. El conformismo, la cobardía, la falta de valor personal, la falta de diligencia en la oración, el debilitamiento de la fe: todo ello hizo  más fácil el trabajo del enemigo. Ya en los años cincuenta, la Iglesia era como un gigante con un cuerpo debilitado que se mantenía en pie por la fuerza de la inercia, pero al primer embate,  una fuerza pequeña la pudo derribar de un solo golpe. Y así fue, de hecho. Aquel clero tibio y cobarde, ramplón y conformista, dijo que sí a todos los malos cambios introducidos después del Concilio, del mismo modo que años antes,  había obedecido siempre  y respetado el austero y severo estilo de Pío XII, Pío XI, y Pío X. Valga para todos el caso de los jesuitas: fueron  los defensores más feroces e inflexibles de la doctrina ortodoxa, hasta el Concilio [N. ?] pero  ahora son la vanguardia más avanzada de  la herejía y de la apostasía rampante. No, no va a ser un clero cobarde y conformista el que dé la pauta  para la liberación. Serán los laicos, con el apoyo de Jesús y de María …
Francesco Lamendola del 05/31/2017

Visto en Acta Aposticae Sedis