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SAN VICENTE DE PAUL


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19 de julio SAN VICENTE DE PAUL

 

Fuente: Anales españoles, 1899

«Cuando Dios formó el corazón del hombre, infundióle primero la bondad, dice Bossuet. En ningún otro hombre puede ser que se haya cumplido tan ostensiblemente esta verdad como en Vicente de Paúl, cuyo nombre es la per­sonificación de la caridad y del sacrificio. Este hombre grande, al par que Santo, es honra de su país, la Francia, y una de las más incontrastables glorias de laIglesia Ca­tólica.

PRELUDIOS DE SU SANTIDAD Y CARIDAD

San Vicente de Paúl nació el 24 de Abril de 1576 en Puy, pequeña aldea de las Landas, cerca de Dax. Como el ino­cente Abel y como David, guardó durante su infancia los corderos de su padre. Había recibido del Cielo un alma bella, y la misericordia crecía con él, según la expresión de los Libros Santos.

Siendo todavía joven, al volver del molino, trayendo la harina a la casa paterna, solía dar algunos puñados de ella a los pobres que le pedían; lo cual, añade la historia de su vida, no llevaba a mal su padre, hombre verdaderamente cristiano.

Refiérese también que a la edad de doce o trece años, habiendo reunido poco a poco hasta treinta sueldos de lo que iba ganando, cosa ciertamente muy estimable para un niño de poca edad, y de pobre fortuna como era entonces nuestro Vicentito, y en un país muy escaso en dinero, como encontrase a un pobre que parecía estar muy nece­sitado, movido a compasión, le entregó su pequeño tesoro.

Estas eran las primeras señales que este hijo de bendi­ción daba de la ardiente y copiosa caridad que, con el tiem­po, había de derramar en el mundo.

Tan bellas disposiciones movieron al padre de Vicente a hacer, según le permitía su humilde fortuna, algún sacrificio, dedicándole a la carrera eclesiástica. Hizo, al efecto, sus primeros estudios con los franciscanos de Dax; y más tarde vendió su padre un par de bueyes para que pudiera continuar sus estudios, cursando sucesivamente en las Universidades de Tolosa y Zaragoza, en donde tomó sus arados,

SAN VICENTE ES HECHO CAUTIVO Y LLEVADO A TÚNEZ

En el año 1605, época en que ya se había ordenado de Sacerdote, Vicente de Paúl, al regresar por mar, de Mar­sella, ¡adorables designios de Dios! cayó en poder de unos piratas. El mismo refiere cómo sucedió esto, en los siguien­tes términos: «Tres bergantines turcos—dice—que costea­ban el golfo de Lyón, para apoderarse de los barcos, venían de Bencaise, donde había una plaza de mercado, que se cree sea una de las más» bellas de la cristiandad: nos cogieron de improviso, atacándonos con tanto encarnizamiento , que murieron en la refriega dos o tres de los nuestros, quedando los demás heridos, entre los cuales me hallaba yo, que re­cibí un flechazo, que me servirá de reloj toda mi vida, vién­donos precisados a rendirnos a tan perversos malhechores. Los primeros ímpetus de su ira recayeron sobre nuestro piloto, a quien hicieron pedazos: después nos encadenaron, y habiendo curado a la ligera nuestras heridas, se dirigieron a Berbería; en donde, no bien llegaron, nos pusieron a la venta. Paseáronnos por la ciudad de Túnez, a donde habían venido con el fin expreso de vendernos. Después de haber dado cuatro o cinco vueltas por la población con una ca­dena al cuello, nos condujeron de nuevo al barco, donde fueron los mercaderes para examinarnos, del mismo modo que se hace cuando se compra un caballo o un buey: hacíannos abrir la boca para vernos los dientes; nos hacían caminar, trotar, correr, levantar cosas pesadas y luchar, para probar las fuerzas de cada uno, y hacer otras mil bar­baridades.»

Vicente fue vendido al momento a un pescador, después a un médico, viniendo, por fin, a poder de un renegado, que le dedicó a las faenas del campo. Una de las muje­res del renegado era turca. «Deseando saber ella—dice Vi­cente —nuestro modo de vida, venía a visitarme al campo, y un día me invitó a que cantara las alabanzas con que hon­rábamos a Dios. El recuerdo del Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel, cautivos en Babilonia, me hizo comenzar, con lágrimas en los ojos, el Salmo Super flumina Babylonis, y después la Salve Regina y algu­nas otras cosas, que fueron muy de su agrado, en tales términos que, no bien hubo llegado a casa, empezó a recon­venir a su marido por haber abandonado una Religión que le parecía muy buena, por lo que había oído de mí en orden a Dios y por las alabanzas que en su presencia había yo cantado».

Estas palabras, de tal suerte conmovieron el corazón del renegado, que algún tiempo después, acompañado de Vi­cente, embarcóse en un ligero esquife en dirección a Eu­ropa, dejando para siempre aquella tierra de infieles. En breve tiempo abordaron a Aguas-Muertas, y el renegado abjuró públicamente, en presencia del Vicedelegado del Papa en Aviñón, con gran consuelo de Vicente.

Así como Nuestro Señor Jesucristo, quien, según el Após­tol, quiso experimentar todos nuestros sufrimientos, a fin de que se compadeciera de nosotros y suministrase reme­dio a nuestros males, de la misma manera la divina Provi­dencia dispuso que Vicente conociese por propia experien­cia las desgracias que más adelante había de socorrer. En efecto, el futuro Capellán General de las galeras de Francia debía, según los designios de Dios, experimentar los dolo­res y sufrimientos de la cautividad.

SUS TENTACIONES: UN ACTO HEROICO DE CARIDAD

La divina Providencia condujo a París, centro de tantas miserias y sufrimientos, a Vicente de Paúl, quien, con mo­tivo de haber sido nombrado Capellán limosnero de la Reina Margarita, visitaba todos los hospitales. En una de sus visitas a estos establecimientos halló a un Sacerdote agitado de molestísimas tentaciones contra la fe. Ahora bien; después de haber dirigido a este Ministro del Señor algunas reflexiones, con las que quedó algún tanto conso­lado, sintióse movido Vicente a hacer en su obsequio un acto de caridad heroico: pidió a Dios que cesaran las ten­taciones contra la fe en dicho Sacerdote y pasaran a él; sacrificio y cambio que Dios aceptó. Vicente sufrió tan ruda prueba por espacio de tres años, hasta que, por fin, un día en que se hallaba ocupado en visitar los enfermos del Hos­pital de la Caridad, en el arrabal de San Germán, prometió a Nuestro Señor, a fin de confirmarse más y más en su santo servicio, consagrarse perpetuamente, y por su amor, al ali­vio de los pobres. Señal inequívoca de que esta oración y promesa fueron del agrado de Dios, es, que al punto cesa­ron las tentaciones, restableciéndose la más perfecta calma y paz en su corazón; y siendo su alma inundada de tales luces celestiales, que él mismo aseguró que contemplaba después las verdades defe con una claridad extraordinaria. En conformidad a lo prometido a Dios, se consagró sin re­serva a la práctica de las obras de caridad, pudiendo decirse sin temor, que toda su vida no fue sino un acto he­roico de caridad en obsequio de los pobres.

VICENTE DE PAÚL, CURA PÁRROCO

Dios concedió a Vicente la gracia de que pudiera servir a los pobres en cuantas condiciones es posible hallarlos. Desempeñó la cura de almas en humildes y pobres Parroquias: en Clichy, situado a los alrededores de París, y en Chatillón les Dombes. En breve tiempo, bendijo Dios tan visiblemente los trabajos de Vicente de Paúl, que se vió transformada la población de Clichy en la piedad, res­tablecida la iglesia, fundadas varias Cofradías, echadas las bases para una Escuela eclesiástica. Habíase ganado Vicente el afecto y cariño de todos los corazones. «Cier­to día — dice el mismo, — el primer Cardenal de Retz (a la sazón Obispo de París) me preguntó:—¿ Cómo le va a Ud , Señor. Vicente? — Excelentísimo Señor le res­pondí— tan bien, que no sé sí puedo estar mejor. —¿Cómo es esto? — Porque Clichy, pueblo confiado a mi solicitud pastoral, es tan dócil y obediente a mis mandatos y exhor­taciones, que creo que ni el Papa, ni V. E. mismo, son más dichosos que yo”. La explicación de esto, lo que consti­tuye el ideal de un excelente pastor «amar y ser amado», realizólo sin dificultad Vicente en el pueblo de Clichy.

En Chatillón, cuyo curato aceptó cediendo a las insinua­ciones del P. Berulle, en el corto intervalo de tres meses hizo iguales maravillas que en Clichy; redujo a una vida ejemplar a los varios Sacerdotes de dicha localidad, que eran piedra de escándalo; convirtió a varios herejes, y fundó las primeras asociaciones de caridad, que tan excelentes fru­tos producen aún en nuestros días.

COFRADÍA DE SEÑORAS DE LA CARIDAD

Un Domingo recomendó Vicente a sus feligreses desde el púlpito, a una familia que se hallaba enferma y necesitada en las cercanías de Chatillón. La palabra del hombre de Dios obtuvo el buen resultado que siempre; y apenas hubo terminado de hablar, cuando todos los oyentes em­prendieron el camino del cortijo en que se encontraba dicha familia, con el corazón henchido de caridad y pro­vistos de toda clase de provisiones para remediar su indi­gencia.

Después de las Vísperas se dirigió Vicente al mismo punto, quedando agradablemente sorprendido al contem­plar varios grupos de feligreses suyos, que, de regreso a Chatillon, estaban a la sombra de los árboles del camino para resguardarse del excesivo calor. «He ahí — dijo él— una obra de verdadera caridad, pero mal dirigida. Estos pobres enfermos, provistos de gran cantidad de víveres de una vez, se verán precisados a dejar perder gran parte de ellos, por no poder gastarlos todos presto, y muy en breve tornarán a su primera necesidad.

A raíz de este suceso, y animado del espíritu de orden, que dominaba en todas sus obras y acciones, compuso un reglamento para las mujeres y demás personas caritativas de Chatillón: así es como tuvieron principio las Cofradías y Asociaciones de caridad para mujeres. Unas semanas después reuniéronse los hombres, presididos por él, a los cuales dio un reglamento y programa semejantes. Tal es el origen de las Conferencias de San Vicente de Paúl. El Santo organizó desde entonces otras a su regreso a París en los pueblos de Macon, Trevoux, Foigny. Consérvase todavía un reglamento, escrito por él mismo, para la orga­nización de una fábrica cristiana con el fin de proveer a los pobres, y suministrarles el que pudieran ganar lo ne­cesario para sustentarse, y en el cual se hallan consig­nadas las obligaciones del maestro, oficial, aprendiz y la distribución del empleo del tiempo; he aquí los patro­natos y sociedades para el socorro de los obreros. Tan cierto es, que no hay ni siquiera una obra de caridad, que no reconozca en él su origen, y no haya sido orga­nizada por la bienhechora mano deVicente de Paúl.

VICENTE DE PAÚL EN CASA DE LOS SEÑORES DE GONDI

Como su caridad era universal, a ella apeló el P. Berulle para que se consagrara también al servicio de los grandes, colocándole en la noble familia de Gondí, que a la sazón daba Príncipes al Estado y Obispos a la Iglesia de París. Muy luego fue Vicente como el alma de esta familia. La señora de Gondí no sabía prescindir de él para la dirección de su conciencia y demás obras buenas, a que se dedicaba. Vi­cente con su virtud adquirió gran predominio sobre el mis­mo Sr. Duque de Gondí, quien era entonces Administrador general de las galeras de Francia. Aprovechando Vicente tan favorable ocasión de hacer bien, visitó las galeras, evan­gelizando en ellas, obtuvo que se mejorase la condición ma­terial de los forzados en las prisiones, a donde él iba con el objeto de someterlos, suavizar su penosa situación y proporcionarles cuantos socorros podía. Luis XIII nombró a Vicente Capellán general de las galeras de Francia, cargo muy grato a su bondadoso corazón; tanto más, cuanto que le ponía en condiciones de hacer un bien inmenso.

MISIONES A LAS GENTES DEL CAMPO

Una de las sentencias del sagrado Evangelio, más caras a Vicente de Paúl, fue sin duda la siguiente: «Los pobres son evangelizados», pues que fundó una Congregación de Misioneros para evangelizar a los pobres. Esto tuvo lugar con ocasión de este maravilloso suceso. A primeros del año 1617, hallábase con el General Gondí en su castillo de Folleville, cuando fue llamado a un pueblo cercano, denominado Gannes, a confesar a un labrador moribundo. Por todos era éste considerado como hombre honrado y de bien; mas, poseído de vergüenza, hacía largo tiempo que callaba volun­tariamente en la confesión pecados graves. Vicente, con su gran discreción, adivinó su peligroso estado, y al efecto, ex­hortó al moribundo a que hiciera confesión general; con lo que quedó tan tranquilo y consolado, que no cesaba de ala­bar y bendecir a Dios públicamente durante algún tiempo que todavía vivió «¡Ah, señora! — dijo en una ocasión a la Duquesa de Gondí en presencia de sus vecinos, — yo me hubiera condenado a no haber hecho confesión general, porque callaba en laconfesión graves pecados que no me atrevía a confesar». La piadosa señora invitó con este mo­tivo a Vicente a que diese Misiones en los pueblos circunve­cinos; cosa que fue muy del agrado del varón deDios. Uniéronsele algunos Sacerdotes, animados como él de un ar­diente celo por la salud de las almas, consagrándose con voto bajo la dirección de Vicente, a trabajar por toda su vida en beneficio de las pobres gentes del campo: este fue el principio de la Congregación de la Misión o de Sacerdotes Lazaristas, así llamados por la casa de San Lázaro en la que vivían en París; quedando así fundada una de las obras apos­tólicas más importantes, realizadas por Vicente de Paúl, y que en el día de hoy tan copiosos y abundantes frutos está produciendo. Vicente trabajó toda su vida en la evangelizaciónde los campesinos; a la edad de 80 años, todavía daba Misiones. «Cuando regreso a París—decía—y pienso en los pobres que están por misionar, paréceme que las murallas de la ciudad van a caer sobre mí para aplastarme».

SAN LÁZARO Y LAS OBRAS DE CARIDAD EN PARÍS

Multiplicábanse como por encanto las obras de caridad bajo la influencia de Vicente, adquiriendo con ellas fama universal. Luis XIII al morir llamó al siervo de Dios para que le preparase a comparecer ante el Soberano Juez. Vi­cente vivía entonces en el Colegio de los Buenos Hijos.

Cerca de San Lorenzo había una gran casa habitada por una comunidad de Canónigos Regulares, la que fue ofrecida a Vicente con gran instancia por el mismo Prior, quien conocía perfectamente el bien que hacía este hombre de Dios, la modestia y celo de sus compañeros; por esta causa la nueva Congregación recibió la denominación po­pular de Lazaristas; y San Lázaro, residencia de Vicente de Paúl, vino a ser el foco de la caridad tanto corporal como espiritual, en París.

Viviendo en San Lázaro organizó Vicente la obra de los Niños Expósitos, justamente ensalzada, y de la que se cuentan maravillas en los anales de la caridad; desde allí creó el Hospital del Nombre de Jesús en el arrabal de San Martín, el cual se consideraba como el modelo del Hospi­cio cristiano; desde allí organizó el Hospital General de Pa­rís, destinado a recibir los innumerables mendigos, que constituían una verdadera calamidad en la gran capital de Francia; a las puertas de San Lázaro, durante este tiempo, hacía igualmente innumerables limosnas.

san VICENTE Paul

El siervo de Dios prodigaba por doquier los socorros espirituales. Muchísimos paisanos, Sacerdotes y hasta sol­dados se retiraban a San Lázaro a hacer los ejercicios espi­rituales. El Clero de París asistía a dicha casa a las con­ferencias que se celebraban los Martes, presididas por Vi­cente; acerca de las cuales más tarde escribía Bossuet, que había sido miembro de ellas, en los siguientes términos: «En las palabras de este santo Sacerdote parecíanos oír hablar al mismo Dios”. En San Lázaro fue donde Vicente, íntimamente unido a la cátedra de San Pedro, organizó la lucha contra el jansenismo. La Asociación de las Damas de la Caridad, fundada por el santo Sacerdote, tenía tam­bién allí su centro. Las damas de la más alta nobleza, las Princesas mismas, que formaban parte de ella, celebraban allí sus reuniones y convenían en los medios de socorrer a los pobres de París y de las provincias. Los discursos del santo Sacerdote inflamaban al piadoso auditorio en tanto grado, que un día la Presidenta de Lamoignon, dirigiéndose a la Duquesa de Mantua, le dijo:—»Señora: ¿no podemos nosotras decir, como los discípulos de Emaús, que nuestros corazones ardían en el amor de Dioscuando nos hablaba el Sr. Vicente?» — «No es extraño — respondió María Gon­zaga, que más tarde fue Reina de Polonia;—él es el ángel del Señor; que lleva sobre sus labios carbones, encendidos del amordivino que arde en su pecho.»

VICENTE DE PAÚL SOCORRE A LAS PROVINCIAS

En el año 1639, durante el último período de la guerra de los treinta años, San Vicente hizo prodigios para socorrer las necesidades de la Lorena, asolada por la guerra. No había en dicho país ni mieses ni legumbres por los campos, pues todo lo habían talado los ejércitos; y como en tiempo de la guerra de los judíos, cuando fue destruída la ciudad de Jerusalén, extendióse el hambre, en tanto grado, que hasta se llegó a comer carne humana. Exhausta la Francia, por tener que sostener cinco ejércitos, no podía en manera alguna aliviar tantas y tales desgracias; apareció entonces un hombre providencial, y su corazón misericordioso y magnánimo logró socorrer a provincias enteras. Este fue Vicente de Paúl, quien hizo colectas en la Corte, organizó la caridad y envió Sacerdotes y hermanos de su Congregación a que llevasen a estas desgraciadas provincias socorros materiales y espirituales. Habiéndose unido la peste al hambre, hacía enterrar a los muertos, después de distribuir a los campesinos pan y granos. Consolaba a los señores y a los nobles, tan necesitados como los paisanos; proporcionó a los Sacerdotes ornamentos para las iglesias empobreci­das; recogió a las Religiosas arrojadas de sus conventos por la guerra y por la miseria, En Lorena, en Champaña, en Picardía y en otras provincias, por espacio de veinticinco años, fue considerado Vicente de Paúl como la per­sonificación de la Providencia, haciendo los mismos prodi­gios en la capital durante los desórdenes de París. Después de haber agotado todos los recursos de San Lázaro, recu­rrió a la caridad inagotable de la Señora Luisa de Mari­llac, cofundadora de las Hijas de la Caridad. Vicente no solamente daba limosnas, sino que además interesaba a otras personas para que hicieran lo mismo según sus facul­tades. El hijo de un pobre labrador distribuyó en el curso de su vida en limosnas, un total que pasa de un millón doscientos mil luises de oro (centines), y de doce millones de libras (pesetas): ¡Cuán justamente se le ha dado el nom­bre de salvador y padre de la Patria!

LAS MISIONES EXTRANJERAS

«Dios — decía Salomón — me ha dado un corazón cuyo amor no reconoce límites, inmenso como las playas del mar”. Vicente de Paúl, cuyo celo era ilimitado, podía decir otro tanto, como lo demostró muy bien mandando Misio­neros a las islas Hébridas, a Polonia y hasta a Berbería, con el fin de auxiliar a los cristianos, que estaban cautivos en las mazmorras turcas de Argel y Túnez. Llegó hasta idear la conquista de Argel para la Francia cristiana; indicando a Richelieu, y después a Luis XIV, que emprendiesen dicho pro­yecto en nombre de la Cristiandad. Entretanto, él aceptó para sus Misioneros los títulos de Cónsules en Argel y de Prefectos Apostólicos, lo cual le proporcionaba ocasión para favorecer a los pobres esclavos: en los presidios se catequizaba en secreto; más adelante se celebraba en ellos

– la Santa Misa y otras solemnidades: el día del Corpus fue llevada en procesión por los presidios la Hostia Santa, es­coltada por los cautivos, quienes, con sus cadenas y andra­jos, ofrecían a Jesucristo un espléndido triunfo. Los Mi­sioneros enviados por Vicente, unos viéronse presos, otros martirizados, otros murieron de la peste, que los atacaba asistiendo a los cautivos. Vicente no descansaba un ins­tante, ni se desanimaba. Sin pérdida de tiempo enviaba nuevos Sacerdotes para substituir a los que morían. Él mis­mo, en Francia, visitaba personalmente a las familias de los cautivos, ya para consolarlas, ya para procurar su rescate.

También envió Vicente Obreros evangélicos a la isla de Madagascar, recientemente conquistada por la nación fran­cesa. Cuantos apóstoles mandaba, otros tantos sucumbían a consecuencia del excesivotrabajo o por el clima malsano. Sentía la pérdida de sus hijos; mas «dichosos—decía—los que mueren por servir a Jesucristo; la muerte que nos sor­prende con las armas en la mano es la más envidiable y digna de ser deseada». Al momento reemplazaba a los que morían, diciendo: » ¿Dejan, por ventura, los mercaderes de embarcarse, o de ir a la guerra los soldados, por más que muchos mueran o estén expuestos a grandes peligros?» Poco antes de su muerte había resuelto enviar Misioneros a Marruecos, Babilonia y China: es que su caritativo corazón era a la vez el de un gran Apóstol.

LAS HIJAS DE LA CARIDAD

Una de las principales instituciones llevadas a cabo por Vicente de Paúl fue la de las Hijas de la Caridad. De acuer­do con una mujer de raro ingenio y de una fe ardiente, la Venerable Luisa de Marillac, emprendió esta institución con un valor admirable, todo inspirado por el genio de la caridad; porque hasta entonces, las personas consagradas a Dios, le servían únicamente en el claustro.Vicente de Paúl determinóse a lanzar sus hijas al medio del mundo, con­fiando que el generoso sacrificio que hacían sería la más se­gura garantía de un éxito feliz. Él les escribió en las Re­glas: «No tendréis más monasterio que las casas de los po­bres, ni otro claustro, que las calles de las poblaciones y las salas de los hospitales; vuestra clausura será la obediencia, y vuestro velo la santa modestia”. No bien llevó a efecto esta fundación, las hijas de Vicente fueron destinadas a cuidar de los niños expósitos y de los moribundos: su cari­tativo Padre las mandó hasta los campos de batalla, al sitio de Calais, a asistir a los apestados, excitando por doquier la justa admiración que sin cesar se conserva hacia ellas en el mundo entero. Estas humildes Hijas, por su parte, tenían a gran dicha poder prestar sus servicios a los po­bres, a quienes consideraban, según insinuación de Vicente, como a sus amos y superiores. Asistiendo Vicente a una de ellas al morir, le decía: » ¿Tiene alguna cosa que le cause pena?» «Nada, Padre mío, — le respondió, — a no ser el haber experimentado un gozo indecible sirviendo a los po­bres; cuando se me destinaba a servirles, yo no corría, yo volaba; ¡tanta era la alegría que experimentaba en ello!» «Muere en paz, hija mía, — replicaba el hombre de Dios, conmovido y consolado al contemplar tanto candor y tanta caridad».

Las hijas de San Vicente de Paúl están hoy extendidas por todo el mundo: en medio de las naciones católicas, en Constantinopla entre los turcos, en China y en Oceanía entre los infieles. Sus esfuerzos obtienen en todas partes celestiales bendiciones, contribuyendo a que sea alabado el nombre deVicente de Paúl y honrada la Iglesia Católica.

EL SECRETO DE SU VIDA; SU MUERTE

El móvil de todas estas y otras análogas maravillas que de Vicente de Paúl podríamos referir, era elamor de Dios práctico que abrigaba su tierno corazón. «Amemos a Dios, señores y hermanos míos,—decía a los miembros de su Co­munidad; — amémosle con el cansancio de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente”. En efecto, el varón de Dios levantóse todos los días a las cuatro de la mañana hasta su muerte. Frecuentemente tomaba, al levantarse, una disciplina, hasta derramar sangre. Consagraba las primeras horas del día a la oración y meditación, que siempre hacía de rodillas con los suyos en la capilla de su casa de San Lázaro. A continuación celebraba la Santa Misa con tal fervor, que conmovía a los circunstantes. — ¡Qué bien ce­lebra la Misa este Sacerdote!—exclamaba una vez uno de los testigos de tanta devoción y modestia.—En ella mereció ser favorecido con visiones celestiales. Un día, mientras celebraba, vio el alma de Santa Francisca de Chantal, que acababa de morir ; la cual, al subir hacia el Cielo, se unió a la de San Francisco de Sales, que salió a recibirla, y ambas a dos se engolfaron en el seno de la Divinidad. Después de la Misa, comenzaba el trabajoordinario sin tregua ni des­canso. Tratando con los Reyes y Príncipes, como también con los pobres, jamás perdía de vista su virtud siempre amada: la humildad. Decía con frecuencia que «un Sacer­dote debe tener más trabajo del que puede desempeñar» A un no interrumpido trabajo juntaba una penitencia espan­tosa. Oíase decir a este infatigable operario Evangélico, en su humildad, al entrar en el refectorio: «Infeliz, ¿has gana­do, por ventura, el pan que vas a comer?„ Sus tareas diarias se prolongaban hasta avanzadas horas de la noche, siendo siempre muy diligente en actuarse en la divina presencia, y preparándose humilde y afectuosamente para la muerte.

De este modo vivió hasta la edad de 84 años, llamándole, por fin, Dios así el día 27 de Septiembre de 1660, a reci­bir la recompensa merecida; día en que descansó dulce­mente en la paz del Señor, con gran sentimiento de los grandes y Príncipes, del Clero, de innumerables pobres y de sus dos Familias. Su nombre vive en la actual sociedad como la personificación de la caridad y del sacrificio. Sus reliquias se conservan en la iglesia de la Casa-Madre de la Congregación de la Misión en París; y León XIII le ha pro­clamado Patrón de todas las obras de caridad.

De Somos Vicencianos

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1 reply »

  1. Cuando S.S. san León XIII, recibió del Señor la Oración, contra babilonia la grande y madre de la rameras, hizo tanto bien al Clero y a la Iglesia. que hasta la babilonia, deicida, si bien no detalla bien recuerdan, y los países olvidan por tanta propaganda fariseo-masonica, y se intenta culpar de los males actuales a causas diseñadas por la abominación y malignidad extrema, para que nunca encontremos a los verdaderos responsables. y los ciertos, reales, y verdaderos enemigos de la Iglesia Fiel. del Cordero. .y León de Judah, único salvador, No hay razas en este mundo,ni pueblos superiores, ni tampoco la salvación universal es cierta, está muy equivocado este mundo, en el cual su diabolico principe reina, por un fallido concilio anticristico como el vaticano segundo,. la SANTA CRUZ es la que divide por un lado la marca de la bestia, que es muerte, tinieblas y es caos, lo que vemos diariamente, es su mundo y por el otro el Sello divino, la salud, salvación, la gracia y la Vida que además es Vida Eterna y único camino. San Juan IV.,
    Gracias al Señor por ese gran Papa Católico apostólico y romano, como S.S. LEÓN XIII, y a sus justos y santos. Gracias Señor Moinmunan.

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