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(Extraigo lo pertinente al tema del Capítulo XVI del libro VII y Capítulo II del libro VIII , de “La Mística Ciudad de Dios”)

319 Santiago el Mayor estaba más lejos que ninguno de los Apóstoles, porque fue el primero que salió de Jerusalén a predicar, como dije arriba (Cf. supra n. 236), y habiendo predicado algunos días en Judea vino a España. Para esta jornada se embarcó en el puerto de Jope, que ahora se llama Jafa. Y esto fue el año del Señor de treinta y cinco, por el mes de agosto, que se llamaba sextil, un año y cinco meses después de la pasión del mismo Señor, ocho meses después del martirio de San Esteban y cinco antes de la conversión de San Pablo, conforme a lo que he dicho en los capítulos 11 y 14 de esta tercera parte. De Jafa vino San Jacobo [Santiago] a Cerdeña y, sin detenerse en aquella isla llegó con brevedad a España y desembarcó en el puerto de Cartagena, donde comenzó su predicación en estos reinos. Detúvose pocos días en Cartagena, y gobernado por el Espíritu del Señor tomó el camino para Granada, donde conoció que la mies era copiosa y la ocasión oportuna para padecer trabajos por su Maestro, como en hecho de verdad sucedió.

320 Y antes de referirlo advierto que nuestro gran Apóstol Santiago fue de los carísimos y más privados de la gran Señora del mundo. Y aunque en las demostraciones exteriores no se señalaba mucho con él, por la igualdad con que prudentísimamente los trataba a todos, como dije en el capítulo 11(Cf. supra n. 180), y porque Santiago era su deudo; y aunque San Juan Evangelista, como hermano suyo, también tenía el mismo parentesco con María santísima, corrían diferentes razones, porque todo el colegio sabía que el mismo Señor en la Cruz le había señalado por hijo de su Madre purísima, y así con San Juan Evangelista no tenía el inconveniente para los Apóstoles, como si con su hermano Santiago o con otro se señalara en demostraciones exteriores la prudentísima Reina y Maestra; pero en el interior tenía especialísimo amor a Santiago, de que dije algo en la segunda parte (Cf. supra p. II n. 1084), y se le manifestó en singularísimos favores que le hizo en todo el tiempo que vivió hasta su martirio. Mereciólos Santiago con el singular y piadoso afecto que tenía a María santísima, señalándose mucho en su íntima devoción y veneración. Y tuvo necesidad del amparo de tan gran Reina, porque era de generoso y magnánimo corazón y de ferventísimo espíritu, con que se ofrecía a los trabajos y peligros con invencible esfuerzo. Y por esto fue el primero que salió a la predicación de la fe y padeció martirio antes que otro alguno de todos los Apóstoles. Y en el tiempo que anduvo peregrinando y predicando, fue verdaderamente un rayo, como Hijo del trueno, que por esto fue llamado y señalado con este prodigioso nombre (Mc 3, 17) cuando entró en el apostolado.

321 En la predicación de España se le ofrecieron increíbles trabajos y persecuciones que le movió el demonio por medio de los judíos incrédulos. Y no fueron pequeñas las que después tuvo en Italia y el Asia Menor, por donde volvió a predicar, y padecer martirio en Jerusalén, habiendo discurrido en pocos años por tan distantes provincias y diferentes naciones. Y porque no es de este intento referir todo lo que padeció Santiago en tan varias jornadas, sólo diré lo que conviene a esta Historia. Y en lo demás he entendido que la gran Reina del cielo tuvo especial atención y afecto a Santiago por las razones que he dicho (Cf. supra n. 320) y que por medio de sus Ángeles le defendió y rescató de grandes y muchos peligros y le consoló y confortó diversas veces, enviándole a visitar y a darle noticias y avisos particulares, como los había menester más que otros Apóstoles en tan breve tiempo como vivió. Y muchas veces el mismo Cristo nuestro Salvador le envió Ángeles de los cielos, para que defendiesen a su grande Apóstol y le llevasen de unas partes a otras guiándole en su peregrinación y predicación.
322 Pero mientras anduvo en estos reinos de España, entre los favores que recibió Santiago de María santísima fueron dos muy señalados, porque vino la gran Reina en persona a visitarle y defenderle en sus peligros y tribulaciones. La una de estas apariciones y venida de María santísima a España es la que hizo en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], tan cierta como celebrada en el mundo, y que no se pudiera negar hoy sin destruir una verdad tan piadosa, confirmada y asentada con grandes milagros y testimonios por mil seiscientos años y más; y de esta maravilla hablaré en el capítulo siguiente. De la otra, que fue primera, no sé que haya memoria en España, porque fue más oculta, y sucedió en Granada, como se me ha dado a entender. Fue de esta manera: Tenían los judíos en aquella ciudad algunas sinagogas desde los tiempos que pasaron de Palestina a España, donde por la fertilidad de la tierra y por estar más cerca de los puertos del mar Mediterráneo, vivían con mayor comodidad para la correspondencia de Jerusalén. Cuando Santiago llegó a predicar a Granada, ya tenían noticia de lo que en Jerusalén había sucedido con Cristo nuestro Redentor. Y aunque algunos deseaban ser informados de la doctrina que había predicado y saber qué fundamento tenía, pero a otros, y a los más, había ya prevenido el demonio con impía incredulidad, para que no la admitiesen ni permitiesen se predicase a los gentiles, porque era contraria a los ritos judaicos y a Moisés, y si los gentiles recibían aquella nueva ley destruirían a todo el judaísmo. Y con este diabólico engaño impedían los judíos la fe de Cristo en los gentiles, que sabían cómo Cristo nuestro Señor era judío, y viendo cómo los de su nación y de su ley le desechaban por falso y engañador, no tan fácilmente se inclinaban a seguirle en los principios de la Iglesia.

323 Llegó el Santo Apóstol a Granada, y comenzando la predicación salieron los judíos a resistirle, publicándole por hombre advenedizo, engañador y autor de falsas sectas, hechicero y encantador. Llevaba Santiago doce discípulos consigo, a imitación de su Maestro. Y como todos perseverasen en predicar, crecía contra ellos el odio de los judíos y de otros que los acompañaron, de manera que intentaron acabar con ellos, y de hecho quitaron luego la vida a uno de los discípulos de Santiago, que con ardiente celo se opuso a los judíos. Pero como el Santo Apóstol y sus discípulos no sólo no temían a la muerte, antes la deseaban padecer por el nombre de Cristo, continuaron la predicación de su santa fe con mayor esfuerzo. Y habiendo trabajado en ella muchos días y convertido gran número de infieles de aquella ciudad y comarca, el furor de los judíos se encendió más contra ellos. Prendieron a todos y para darles la muerte los sacaron fuera de la ciudad atados y encadenados y en el campo les ataron de nuevo los pies para que no huyesen, porque los tenían por magos y encantadores. Estando ya para degollarlos a todos juntos, el Santo Apóstol no cesaba de invocar el favor del Altísimo y de su Madre Virgen, y hablando con ella la dijo: Santísima María, Madre de mi Señor y Redentor Jesucristo, favoreced en esta hora a vuestro humilde siervo. Rogad, Madre dulcísima y clementísima por mí y por estos fieles profesores de la santa fe.Y si es voluntad del Altísimo que acabemos aquí las vidas por la gloria de su santo nombre, pedid, Señora, que reciba mi alma en la presencia de su divino rostro. Acordaos de mí, Madre piadosísima, y bendecidme en nombre del que os eligió entre todas las criaturas. Recibid el sacrificio de que no vea yo vuestros ojos misericordiosos ahora, si ha de ser aquí la última de mi vida. ¡Oh María, oh María!

324 Estas últimas palabras repitió muchas veces Santiago, pero todas las que dijo oyó la gran Reina desde el oratorio del cenáculo donde estaba mirando por visión muy expresa todo lo que pasaba por su amantísimo Apóstol San Jacobo [Santiago Mayor]. Y con esta inteligencia se conmovieron las maternas entrañas de María santísima en tierna compasión de la tribulación en que su siervo padecía y la llamaba. Tuvo mayor dolor por hallarse tan lejos, aunque, como sabía que nada era difícil al poder divino, se inclinó con algún afecto a desear ayudar y defender a su Apóstol en aquel trabajo. Y como conocía también que él había de ser el primero que diese la vida y sangre por su Hijo santísimo, creció más esta compasión en la clementísima Madre. Pero no pidió al Señor ni a los Ángeles que la llevasen a donde Santiago estaba, porque la detuvo en esta petición su admirable prudencia, con que conocía que nada negaría la Providencia divina ni faltaría si fuese necesario, y en pedir estos milagros regulaba su deseo con la voluntad del Señor, con suma discreción y medida, cuando vivía en carne mortal.

325 Pero su Hijo y Dios verdadero, que atendía a todos los deseos de tal Madre, como santos, justos y llenos de piedad, mandó al punto a los mil ángeles que la asistían ejecutasen el deseo de su Reina y Señora. Manifestáronsele todos en forma humana y la dijeron lo que el Altísimo les mandaba y sin dilación alguna la recibieron en un trono formado de una hermosa nube y la trajeron a España sobre el campo donde estaban Santiago y sus discípulos aprisionados. Y los enemigos que los habían preso tenían ya desnudas las cimitarras o alfanjes para degollarlos a todos. Vio sólo el Apóstol a la Reina del cielo en la nube, de donde le habló y con dulcísima caricia le dijo: Jacobo, hijo mío y carísimo de mi Señor Jesucristo, tened buen ánimo y sed bendito eternamente del que os crió y os llamó a su divina luz. Ea, siervo fiel del Altísimo, levantaos y sed libre de las prisiones.—A la presencia de María se había postrado el Apóstol en tierra, como le fue posible estando tan aprisionado. Y a la voz de la poderosa Reina se le desataron instantáneamente las prisiones a él y a sus discípulos, y se hallaron libres. Pero los judíos, que estaban con las armas en las manos, cayeron todos en tierra, donde sin sentidos estuvieron algunas horas. Y los demonios, que los asistían y provocaban, fueron arrojados al profundo, con que Santiago y sus discípulos pudieron libremente dar gracias al Todopoderoso por este beneficio. Y el mismo Apóstol singularmente las dio a la divina Madre con incomparable humildad y júbilo de su alma. Los discípulos de Santiago, aunque no vieron a la Reina ni a los Ángeles, del suceso conocieron el milagro, y su maestro les dio la noticia que convino para confirmarlos en la fe y esperanza y en la devoción de María santísima.

326 Fue mayor este raro beneficio de la Reina, porque no sólo defendió de la muerte a Santiago, para que gozara toda España de su predicación y doctrina, pero desde Granada le ordenó su peregrinación y mandó a cien Ángeles de los de su guarda que acompañasen al Apóstol y le fuesen encaminando y guiando de unos lugares a otros y en todos le defendiesen a él y a sus discípulos de todos los peligros que se les ofreciesen, y que habiendo rodeado a todo lo restante de España le encaminasen a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania]. Todo esto ejecutaron los cien ángeles, como su Reina se lo ordenaba, y los demás la volvieron a Jerusalén. Y con esta celestial compañía y guarda peregrinó Santiago por toda España, más seguro que los israelitas por el desierto. Dejó en Granada algunos discípulos de los que traía, que después padecieron allí martirio, y con los demás que tenía, y otros que iba recibiendo, prosiguió las jornadas predicando en muchos lugares de la Andalucía. Vino después a Toledo, y de allí pasó a Portugal y a Galicia, y por Astorga y divirtiéndose a diferentes lugares llegó a la Rioja y por Logroño pasó a Tudela y Zaragoza, donde sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. Por toda esta peregrinación fue Santiago dejando discípulos por Obispos en diferentes ciudades de España y plantando la fe y culto divino. Y fueron tantos y tan prodigiosos los milagros que hizo en este reino, que no han de parecer increíbles los que se saben, porque son muchos más los que se ignoran. El fruto que hizo con la predicación fue inmenso, respecto del tiempo que estuvo en España, y ha sido error decir o pensar que convirtió muy pocos, porque en todas las partes o lugares que anduvo dejó plantada la fe, y para eso ordenó tantos Obispos en este Reino, para el gobierno de los hijos que había engendrado en Cristo.

327 Y para dar fin a este capítulo quiero advertir aquí que por diferentes medios he conocido las muchas opiniones encontradas de los historiadores eclesiásticos sobre muchas cosas de las que voy escribiendo, como son, la salida de los Apóstoles de Jerusalén a predicar, el haberse repartido por suertes todo el mundo y ordenado el Símbolo de la fe, la salida de Santiago y su muerte. Sobre todos éstos y otros sucesos tengo entendido que varían mucho los escritores en señalar los años y tiempos en que sucedieron y en ajustarlo con el texto de los Libros Canónicos. Pero yo no tengo orden del Señor para satisfacer a todas estas y otras dudas ni componer estas controversias, antes desde el principio he declarado (Cf. p. I n. 10, etc.) que Su Majestad me ordenó y mandó escribir esta Historia sin opiniones, o para que no las hubiese con la noticia de la verdad. Y si lo que escribo va consiguiente y no se opone en cosa alguna al texto sagrado y corresponde a la dignidad de la materia que trato, no puedo darle mayor autoridad a la Historia, y tampoco pedirá más la piedad cristiana. También será posible que se concuerden por este orden algunas diferencias de los historiadores, y esto harán los que son leídos y doctos.

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima

328 Hija mía, la maravilla que has escrito en este capítulo de haberme levantado el poder infinito a su real trono para consultarme los decretos de su divina sabiduría y voluntad, es tan grande y singular, que excede a toda capacidad humana en la vida de los viadores y sólo en la patria y visión beatífica conocerán los hombres este sacramento con especialísimo júbilo de gloria accidental. Y porque este beneficio y admirable favor fue como efecto y premio de la caridad ardentísima con que amaba y amo al sumo bien y de la humildad con que me reconocía esclava suya, y estas virtudes me levantaron al trono de la divinidad y dieron lugar en él cuando vivía en carne mortal, quiero que tengas mayor noticia de este misterio, que sin duda fue de los más levantados que en mí obró la omnipotencia divina y de mayor admiración para los Ángeles y Santos. Y la que tú tienes quiero que la conviertas en un vigilantísimo cuidado y en vivos afectos de imitarme y seguirme en los que merecieron en mí tales favores.

329 Advierte, pues, carísima, que no fue sola una vez sino muchas las que fui levantada al trono de la Beatísima Trinidad en carne mortal, después de la venida del Espíritu Santo hasta que subí después de mi muerte para gozar eternamente de la gloria que tengo. Y en lo que te resta de escribir mi vida, entenderás otros secretos de este beneficio. Pero siempre que la diestra del Altísimo me le concedió, recibí copiosísimos efectos de gracia y dones por diferentes modos que caben en el poder infinito y en la capacidad que me dio para la inefable y casi inmensa participación de las divinas perfecciones. Y algunas veces en estos favores me dijo el Eterno Padre: Hija mía y esposa mía, tu amor y fidelidad sobre todas las criaturas nos obliga y nos da la plenitud de complacencia que nuestra voluntad santa desea. Asciende a nuestro lugar y trono, para que seas absorta en el abismo de nuestra divinidad y tengas en esta Trinidad el lugar cuarto, en cuanto es posible a pura criatura. Toma la posesión de nuestra gloria, cuyos tesoros ponemos en tus manos. Tuyo es el cielo, la tierra y todos los abismos. Goza en la vida mortal los privilegios de bienaventurada sobre todos los santos. Sírvanse todas las naciones y criaturas a quien dimos el ser que tienen, obedézcante las potestades de los cielos y estén a tu obediencia los supremos serafines, y todos nuestros bienes te sean comunes en nuestro eterno consistorio. Entiende el gran consejo de nuestra sabiduría y voluntad y ten parte en nuestros decretos, pues tu voluntad es rectísima y fidelísima. Penetra las razones que tenemos para lo que justa y santamente determinamos, y sea una tu voluntad y la nuestra y uno el motivo en lo que disponemos para nuestra Iglesia.

330 Con esta dignación tan inefable como singular gobernaba mi voluntad el Altísimo para conformarla con la suya y para que nada se ejecutase en la Iglesia que no fuese por mi disposición, y ésta fuese la del mismo Señor, cuyas razones, motivos y conveniencias conocía en su eterno consejo. En él vi que no era posible por ley común padecer yo todos los trabajos y tribulaciones de la Iglesia, y en especial de los Apóstoles, como deseaba. Y este afecto de caridad, aunque era imposible ejecutarle, no fue desviarme de la voluntad divina, que me le dio como en indicio y testimonio del amor sin medida con que le amaba, y por el mismo Señor tenía tanta caridad con los hombres que deseaba padecer yo los trabajos y penalidades de todos. Y porque de mi parte esta caridad era verdadera y estaba mi corazón aparejado para ejecutarla si fuera posible, por esto fue tan aceptable en los ojos del Señor y me la premió como si de hecho la hubiera ejecutado, porque padecí gran dolor de no padecer por todos. De aquí nacía en mí la compasión que tuve de los martirios y tormentos con que murieron los Apóstoles y los demás que padecieron por Cristo, porque en todos y con todos era afligida y atormentada y en algún modo moría con ellos. Tal fue el amor que tuve a mis hijos los fieles, y ahora, fuera del padecer, es el mismo, aunque ni ellos conocen ni saben hasta dónde les obliga mi caridad para ser agradecidos.

331 Estos inefables beneficios recibía a la diestra de mi Hijo santísimo, cuando era levantada del mundo y colocada en ella, gozando de sus preeminencias y glorias en el modo que era posible comunicarse a pura criatura. Y los decretos y sacramentos ocultos de la Sabiduría infinita se manifestaban en primer lugar a la humanidad santísima de mi Señor, con el orden admirable que tiene con la divinidad a quien está unida en el Verbo Eterno. Y luego, mediante mi Hijo santísimo, se me comunicaba a mí por otro modo. Porque la unión de su humanidad con la persona del Verbo es inmediata y sustancial, intrínseca para ella, y así participa de la divinidad y de sus decretos con modo correspondiente y proporcionado a la unión sustancial y personal. Pero yo recibía este favor por otro orden admirable y sin ejemplar, más de en ser con criatura pura y sin tener divinidad, pero como semejante a la humanidad santísima y después de ella la más inmediata a la misma divinidad. Y no podrás ahora entender más, ni penetrar este misterio, pero los Bienaventurados le conocieron cada uno en el grado de ciencia que le tocaba y todos entendieron esta conformidad y similitud mía con mi Hijo santísimo y también la diferencia; y todo les fue motivo, y lo es ahora, para hacer nuevos cánticos de gloria y alabanza del Omnipotente, porque esta maravilla fue una de las grandes obras que hizo conmigo su brazo poderoso.

332 Y para que más extiendas tus fuerzas y las de la gracia en afectos y deseos santos, aunque sea en lo que no puedes ejecutar, te declaro otro secreto. Este es que, cuando yo conocía los efectos de la Redención en la justificación de las almas y la gracia que se les comunicaba para limpiarlas y santificarlas por la contrición, o por el bautismo y otros sacramentos, hacía tanto aprecio de aquel beneficio, que tenía de él como una santa emulación y deseos. Y como yo no tenía culpas de qué justificarme y limpiarme, no podía recibir aquel favor en el grado que los pecadores le recibían. Mas porque lloré sus culpas más que todos y agradecí al Señor aquel beneficio hecho a las almas con tan liberal misericordia, alcancé con estos afectos y obras más gracia de la que fue necesaria para justificar a todos los hijos de Adán. Tanto como esto se dejaba obligar el Altísimo de mis obras y tanta fue la virtud que les dio el mismo Señor para que hallasen gracia en sus divinos ojos.

333 Considera ahora, hija mía, en qué obligación estás, dejándote informada e ilustrada de tan venerables secretos. No tengas ociosos los talentos, ni malogres y desprecies tantos bienes del Señor; sígueme por la imitación perfecta de todas las obras que de mí te manifiesto. Y para que más te enciendas en el amor divino, acuérdate continuamente de cómo mi Hijo santísimo y yo en la vida mortal estábamos anhelando siempre y suspirando por la salvación de las almas de todos los hijos de Adán y llorando la perdición eterna que tantos con alegría falsa y engañosa para sí mismos procuran. En esta caridad y celo quiero que te señales y ejercites mucho, como esposa fidelísima de mi Hijo, que por esta virtud se entregó a muerte de cruz, y como hija y discípula mía, que si no me quitó la vida la fuerza de esta caridad fue porque me la conservó el Señor por milagro, pero ella es la que me dio lugar en el trono y consejo de la Beatísima Trinidad. Y si tú, amiga, fueres tan diligente y fervorosa en imitarme y tan atenta para obedecerme como de ti lo quiero, te aseguro participarás de los favores que hice a mi siervo Jacobo, acudiré a tus tribulaciones y te gobernaré, como muchas veces te lo he prometido; y a más de esto el Altísimo será más liberal contigo de lo que tus deseos pueden extenderse.

399 Al mismo tiempo los Santos Ángeles recibieron a su gran Reina y Señora en un trono refulgentísimo, como en otras ocasiones he dicho (Cf. supra n. 165, 193, 325, 349), y la llevaron a Jerusalén al lugar donde llegaba Santiago [Mayor] para ser justiciado. Puso las rodillas en tierra el Santo Apóstol para ofrecer a Dios el sacrificio de su vida, y cuando levantó los ojos al cielo vio en el aire y en su presencia a la Reina de los mismos cielos, a quien estaba invocando en su corazón. Viola vestida de divinos resplandores y con grande hermosura, acompañada de la multitud de Ángeles que la asistían. Y con este divino espectáculo fue todo inflamado en ardores de nuevo júbilo y caridad, con cuyo ímpetu se movió todo el corazón y potencias de Jacobo [Santiago el Mayor]. Y quiso dar voces aclamando a María santísima por Madre del mismo Dios y Señora de todas las criaturas, pero uno de los espíritus soberanos le detuvo en aquel fervor y le dijo: Jacobo [Santiago el Mayor], siervo de nuestro Criador, tened en vuestro pecho estos preciosos afectos y no manifestéis a los judíos la presencia y favor de nuestra Reina, porque no son dignos ni capaces de entenderlo y antes le cobrarán odio que reverencia.— Con este aviso se reprimió el Apóstol y en silencio, moviendo los labios, habló a la divina Reina y la dijo:

400 Madre de mi Señor Jesucristo, Señora y amparo mío, consuelo de los afligidos, refugio de los necesitados, dadme, Señora, vuestra bendición tan deseada de mi alma en esta hora. Ofreced por mí a Vuestro Hijo y Redentor del mundo el sacrificio de mi vida en holocausto, encendido en el deseo de morir por la gloria de su santo nombre. Sean hoy vuestras manos purísimas y candidísimas el ara de mi sacrificio, para que le reciba aceptable el que por mí se ofreció en la Santa Cruz. En Vuestras manos, y por ellas en las de mi Criador, encomiendo mi espíritu.—Dichas estas palabras y siempre los ojos del Santo Apóstol levantados a María santísima, que le hablaba al corazón, le degolló el verdugo. Y la gran Señora y Reina del mundo —¡oh admirable dignación!— recibió el alma de su amantísimo Apóstol a su lado en el trono donde estaba y así la llevó al cielo empíreo y se la presentó a su Hijo santísimo. Entró María santísima en la corte celestial con esta nueva ofrenda, causando a todos los moradores del cielo nuevo júbilo y gloria accidental, y todos la dieron la enhorabuena con nuevos cánticos y loores. El Altísimo recibió el alma de Jacobo [Santiago el Mayor] y la colocó en lugar eminente de gloria entre los príncipes de su pueblo, y María santísima, postrada ante el trono de la infinita Majestad, hizo un cántico de alabanza, de hacimiento de gracias por el martirio y triunfo del primer Apóstol Mártir. No vio en esta ocasión la gran Señora a la divinidad con visión intuitiva, sino con la abstractiva que otras veces he dicho. Pero la Beatísima Trinidad la llenó de nuevas bendiciones y favores para sí y para la Santa Iglesia, por quien hizo grandes peticiones; bendijéronla también todos los santos y con esto la volvieron los ángeles a su oratorio en Efeso, donde, en el ínterin que sucedió todo esto, estuvo un Ángel representando su persona, y en llegando la divina Madre de las virtudes se postró en tierra como acostumbraba (Cf. supra n. 388), dando gracias de nuevo al Altísimo por todo lo referido.

401 Los discípulos de Santiago [Mayor] aquella noche recogieron su santo cuerpo y ocultamente le llevaron al puerto de Jope, donde por disposición divina se embarcaron con él y le trajeron a Galicia en España. Y esta Señora divina les envió un Ángel que los guiase y encaminase a donde era la voluntad de Dios que desembarcase. Y aunque ellos no vieron al Santo Ángel, pero experimentaron el favor, porque los defendió en todo el viaje, y muchas veces milagrosamente. De manera que también debe España a María santísima el tesoro del cuerpo sagrado de Santiago [el Mayor], que posee para su protección y defensa, como en su vida le tuvo para enseñanza y principio de la santa fe que tan arraigada dejó en los corazones de los españoles. Murió Santiago [Mayor] el año del Señor de cuarenta y uno, a veinte y cinco de marzo, cinco años y siete meses después que salió de Jerusalén para venir a predicar a España. Y conforme a este cómputo y los que arriba he declarado (Cf. supra n. 198, 376), fue el martirio de Santiago siete años cumplidos después de la muerte de Cristo nuestro Salvador.

402 Y que su martirio fuese por fin de marzo, consta del capítulo 12 de los Hechos apostólicos, donde San Lucas dice (Act 12, 3-1) que por el gusto que tuvieron los judíos de la muerte de Santiago, encarceló Herodes a San Pedro con intento de degollarle como a Santiago en pasando la Pascua, que era la del Cordero y de los Ázimos que celebraban los judíos a los catorce de la luna de marzo. De este lugar parece que la prisión de San Pedro fue en esta Pascua o muy cerca de ella, y que la muerte de Santiago [Mayor] había precedido pocos días antes; y aquel año de cuarenta y uno, los catorce de la luna de marzo concurrieron con los últimos días de este mes, según el cómputo solar de los años y meses que nosotros guardamos. Y según esto la muerte de Santiago [Mayor] sucedió a los veinte y cinco, antes de los catorce de la luna, y luego la prisión de San Pedro y la Pascua de los judíos. Pero la Iglesia Santa no celebra el martirio de Santiago [Mayor] en su día, porque ocurre con la Encarnación y de ordinario con los misterios de la pasión, y se trasladó a veinte y cinco de julio, que fue el día en que se trasladó en España el cuerpo del Santo Apóstol.

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