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6 de agosto, la Transfiguración del Señor

[Así vio  Sor María de Ágreda la Transfiguración del Señor]

CAPITULO 6 del Libro VI
Transfigúrase Cristo nuestro Señor en el Tabor, en presencia de su Madre santísima; suben de Galilea a Jerusalén,para acercarse a la pasión; lo que sucedió en Betania con la unción de la Magdalena.
(1099) Corrían ya más de dos años y medio de la predicación y maravillas de nuestro Redentor y Maestro Jesús, y se iba acercando el tiempo destinado por la eterna sabiduría para volverse al Padre por medio de su pasión y muerte y con ella dejar satisfecha la divina justicia y redimido el linaje humano. Y porque todas sus obras eran ordenadas a nuestra salvación y enseñanza, llenas de divina sabiduría, determinó Su Majestad prevenir algunos de sus Apóstoles para el escándalo que con su muerte habían de padecer (Mt 26, 31) y manifestárseles primero glorioso en el cuerpo pasible que habían de ver después azotado y crucificado, para que primero le viesen transfigurado con la gloria que desfigurado con las penas. Y esta promesa había hecho poco antes en presencia de todos, aunque no para todos sino para algunos, como lo refiere el Evangelista San Mateo (Mt 16, 21; 17, 1ss). Para esto eligió un monte alto, que fue el Tabor, en medio de Galilea y dos leguas de Nazaret hacia el Oriente, y subiendo a lo más alto de él con los tres Apóstoles Pedro, Jacobo y Juan su hermano, se transfiguró en su presencia, como lo cuentan los tres Evangelistas (San Mateo 17,1), San Marcos (Mc 9, 2-7) y San Lucas (Lc 9, 28-36); también se hallaron presentes a la transfiguración de Cristo nuestro Señor los dos profetas San Moisés y San Elías, hablando con Jesús de su pasión. Y estando transfigurado vino una voz del cielo en nombre del Eterno Padre, que dijo: Este es mi Hijo muy amado, en quien yo me agrado; a él debéis oír (Mt 17, 5).

(1100) No dicen los Evangelistas que se hallase María santísima a la maravilla de la Transfiguración, ni tampoco lo niegan, porque esto no pertenecía a su intento, ni convenía en los Evangelios manifestar el oculto milagro con que se hizo; pero la inteligencia que se me ha dado para escribir esta Historia es que la divina Señora, al mismo tiempo que algunos Ángeles fueron a traer el alma de San Moisés [día 4 de septiembre: In monte Nebo, terrae Moab, sancti Moisés, legislatoris et Prophétae] y a San Elías [día 20 de julio: In monte Carmélo sancti Elíae Prophétae] de donde estaban, fue llevada por mano de sus Santos Ángeles al monte Tabor, para que viese transfigurado a su Hijo santísimo, como sin duda le vio; y aunque no fue necesario confortar en la fe a la Madre santísima como a los Apóstoles, porque en ella estaba confirmada e invencible, pero tuvo el Señor muchos fines en esta maravilla de la Transfiguración, y en ella su Madre santísima había otras razones particulares para no celebrar Cristo nuestro Redentor tan gran misterio sin su presencia. Y lo que en los Apóstoles era gracia, en la Reina y Madre era como debido, por compañera y coadjutora de las obras de la Redención, y lo había de ser hasta la cruz; y convenía confortarla con este favor para los tormentos que su alma santísima había de padecer, y que habiendo de quedar por Maestra de la Iglesia Santa fuese testigo de este misterio y no le ocultase su Hijo santísimo lo que tan fácilmente le podía manifestar, pues le hacía patentes todas las operaciones de su alma santísima. Y no era el amor del Hijo para la divina Madre de condición que le negase este favor, cuando ninguno dejó de hacer con ella de los que manifestaban amarla con ternísimo afecto, y para la gran Reina era de excelencia y dignidad. Y por estas razones, y otras muchas que no es necesario referir ahora, se me ha dado a entender que María santísima asistió a la Transfiguración de su Hijo santísimo y Redentor nuestro.
(1101) Y no sólo vio transfigurada y gloriosa la humanidad de Cristo nuestro Señor, pero el tiempo que dura este misterio vio María santísima la divinidad intuitivamente y con claridad, porque el beneficio con ella no había de ser como con los Apóstoles, sino con mayor abundancia y plenitud. Y en la misma visión de la gloria del cuerpo, que a todos fue manifiesta, hubo gran diferencia entre la divina Señora y los Apóstoles; no sólo porque ellos al principio, cuando se retiró Cristo nuestro Señor a orar, estuvieron dormidos y somnolientos, como dice San Lucas Lc 9, 32), sino también porque con la voz del cielo fueron oprimidos de gran temor y cayeron los Apóstoles sobre sus caras en tierra, hasta que el mismo Señor les habló y levantó, como lo cuenta san Mateo (Mt 17, 6); pero la divina Madre estuvo a todo inmóvil, porque, a más de estar acostumbrada a tantos y tan grandes beneficios, estaba entonces llena de nuevas cualidades, iluminación y fortaleza para ver la divinidad, y así pudo mirar de hito en hito la gloria del cuerpo transfigurado, sin padecer el temor y defecto que los Apóstoles en la parte sensitiva. Otras veces había visto la beatífica Madre al cuerpo de su Hijo santísimo transfigurado, como arriba se ha dicho (Cf. supra n. 695, 851); pero en esta ocasión con nuevas circunstancias y de mayor admiración y con inteligencias y favores más particulares,y así lo fueron también los efectos que causó en su alma purísima esta visión, de que salió toda renovada, inflamada y deificada. Y mientras vivió en carne mortal, nunca perdió las especies de esta visión, que tocaba a la humanidad gloriosa de Cristo nuestro Señor; y aunque le sirvió de gran consuelo en la ausencia de su Hijo, mientras no se le renovó su imagen gloriosa con otros beneficios que en la tercera parte veremos, pero también fue causa de que sintiese más las afrentas de su pasión, habiéndole visto Señor de la gloria, como se le representaba.

(1102) Los efectos que causó en su alma santísima esta visión de todo Cristo glorioso no se pueden explicar con ninguna ponderación humana; y no sólo ver con tanta refulgencia aquella sustancia que había tomado el Verbo de su misma sangre y traído en su virginal vientre y alimentado a sus pechos, pero el oír la voz del Padre que le reconocía por Hijo, al que también lo era suyo y natural, y que le daba por Maestro a los hombres; todos estos misterios penetraba y ponderaba agradecida y alababa dignamente la prudentísima Madre al Todopoderoso, e hizo nuevos cánticos con sus Ángeles, celebrando aquel día tan festivo para su alma y para la humanidad de su Hijo santísimo. No me detengo en declarar otras cosas de este misterio y en qué consistió la Transfiguración del cuerpo sagrado de Jesús; basta saber que su cara resplandeció como el sol y sus vestiduras estuvieron más blancas que la nieve (Mt 17, 2), y esta gloria resultó en el cuerpo de la que siempre tenía el Salvador en su alma divinizada y gloriosa; porque el milagro que se hizo en la encarnación, suspendiendo los efectos gloriosos que de ella habían de resultar en el cuerpo permanentemente, cesó ahora de paso en la transfiguración y participó el cuerpo purísimo de aquella gloria del alma, y éste fue el resplandor y claridad que vieron los que asistían a ella, y luego se volvió a continuar el mismo milagro, suspendiéndose los efectos del alma gloriosa; y como ella estaba siempre beatificada, fue también maravilla que el cuerpo recibiese de paso lo que por orden común había de ser perpetuo en él como en el alma.

 

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3 thoughts on “LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR SEGÚN SOR MARÍA DE ÁGREDA

  1. El Verbo asumió la naturaleza entera de hombre: cuerpo y alma, convenía que fuera pasible y exenta de imperfección alguna. Nada repugna a la inteligencia que así fuera, nada agrega a la Divinidad del Verbo la asunción de una naturaleza humana, por el contrario.Pero convenía, como instrumento unido, que fuera pasible, que tuviera hambre, que tuviera frío, que llorara ante la muerte de su amigo Lázaro, que tuviera compasión por las gentes que lo seguían y se vieron beneficiados con la multiplicación de los panes, para que nadie dudara de la realidad de Su Humanidad, no era un fantasma, como se imaginaron los Apóstoles cuando lo vieron venir a la barca caminando sobre el agua, ni como negaron algunos herejes menoscabando la Redención diciendo que no podía sufrir y que Su Cuerpo no sentía los dolores porque era una condensación carnal aparente, tal como se aparecieron algunos Angeles a los humanos. Nada de eso convenía a la Sabiduría de Dios, que había dispuesto desde antes de la Creación del hombre, que el Verbo fuera el Centro, en cuanto Hombre de todo el Universo, y que la Encarnación de Su Hijo debía ser gloriosa, tal como se les mostró en la Transfiguración. Los Apóstoles vieron Su Gloria, para que creyeran en Su Sagrada Humanidad y no se escandalizaran en Su Pasión. La luz que lo cubrió y traspasó sus vestidos e hizo resplandecer Su Rostro más que el sol, provenía de El mismo, quiso enseñar que su Humanidad en ningún momento puede perder la visión beatífica, ni siquiera en el sepulcro, que a pesar de estar muerto, la divinidad del Verbo no se separó ni un instante de Su Cuerpo inerte, y en el momento de Su Resurrección -momento controlado inteligentemente: es decir, no podía estar en el sepulcro más de 36 horas, para que Su Sangre, recogida en la Santa Sábana que lo cubrió no sufriera ningún tipo de corrupción y quedara allí como testigo de la realidad de Su Encarnación para que los científicos -no los sencillos creyentes- dieran testimonio de Su realidad corporal: Sangre del grupo A B. La Santa Sábana manifiesta Su Gloria, tal como a los Apóstoles Su Transfiguración.

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  2. Tendría que agregar a mi comentario anterior, que la Transfiguración de Nuestro Señor, no solo manifiesta, previamente, el poder que tenía en Sí Mismo para resucitar sino el MODO de PRESENCIA que tendrá para siempre luego de la Resurrección. Ha querido quedarse CORPORALMENTE en la Eucaristía, junto con Su Divinidad, como alimento supersubstancial: :”el PAN nuestro de cada día dánosle hoy”: “Quien coma mi Carne y beba Mi Sangre tendrá vida en él”, por eso San Pablo recomienda discernir para no “comer la propia condenación”…
    Pero también manifiesta una PRESENCIA distinta, no visible pero real, en la Iglesia: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo”, que no se refiere a la Eucaristía, sino a que sin dejar de estar a la diestra del Padre, “allí donde dos o tres se junten en Mi Nombre Yo estaré en medio de ellos”, manifestando que aunque no visible está presente. Las pruebas las dio durante cuarenta días luego de la Resurrección apareciendo y desapareciendo, para que nadie dudara que “tiene todo poder en el cielo y en la tierra”, y que cuando Su Iglesia parezca estar al borde la extinción -en medio de la Apostasía y de la persecución del Anticristo- se manifestará en Su Parusía lleno de gloria y majestad – del mismo modo que en su Transfiguración-
    para llevar a Su Esposa a las Bodas. Así será el Milenio.

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