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SAN FELIPE BENICIO



23 de agosto SAN FELIPE BENICIO († 1285)

 

Al llegar el siglo XIII todas las rutas de Europa se llenan de rumores. El comercio, las peregrinaciones y las universidades lanzan a los hombres a los caminos. Hay un ir y venir de gentes, un entremezclarse de pueblos, un rebullir de ideas, una eclosión de fe.

 Superada la crisis del feudalismo, surgen pujantes y boyantes las ciudades libres, con su vida gremial y su activo comercio. La gente trabaja, rinde y gasta. Circulan los productos, se organizan las ferias, las naves surcan el Mediterráneo hay griterío en los puertos y mercados.

 Los hombres quieren conocer nuevas tierras, divisar otros horizontes, ponerse en contacto entre sí, organizarse.

 Se organizan los pequeños artesanos, y nacen los gremios; se organiza el comercio, y nace la Hansa; se organizan los estudios, y nacen las universidades; se organiza la piedad, y nacen las cofradías; se organizan las formas ascéticas, y surgen las órdenes religiosas.

 Hay un deseo indefinible de orden y agrupación. Piedra a piedra van elevándose, ágiles y airosas, las catedrales. Son obras anónimas, multitudinarias. No conocemos los arquitectos que las proyectaron, no conocemos los donantes que las costearon. Son obra de la ciudad entera, son fruto de la fe y de la situación próspera de que gozaba Europa.

 Las Ordenes mendicantes nacen cuando pueden vivir de las limosnas de unos países en cierto modo ricos. El monasterio se hace convento. No tiene que buscar el valle o la montaña. Se levanta en el mismo recinto urbano, junto a las casas y palacios. Los frailes no se ligan a un determinado lugar. Van y vienen, infatigables, de un sitio a otro. Predicando, catequizando, dirigiendo, enseñando en las universidades o estudiando en las mismas. Como ahora en las líneas aéreas, también en los siglos medios un buen contingente de viajeros vestían hábito.

 Las Ordenes mendicantes —fratres minores, fratres praedicatores— se entregan al apostolado popular y el pueblo los sostiene gustosamente con sus limosnas.

 La fe se renueva. Nacen las grandes devociones populares que todavía perduran: el oficio parvo, el rosario, el escapulario, el vía crucis, el Angelus, las devociones marianas, el culto a la Pasión del Señor.

 Dentro de esta línea están los servitas, aquellos piadosos caballeros florentinos que el día 15 de agosto de 1233 fundaban la Orden de la Santísima Virgen para dedicarse a la contemplación de sus dolores y consolarla con sus penitencias de lo mucho que sufrió acompañando a su Hijo en la cruz.

 Y ese mismo día, el 15 de agosto de 1233, nacía también en Florencia un niño, hijo de Jacobo, de la noble familia de los Benizi, que pertenecía a la corporación de los apothecarios, y de Albanda, de la rama de los Frescoboldi, una de las más ilustres de la ciudad.

 Los dos esposos, profundamente cristianos, vivieron durante largo tiempo con la tristeza de no tener hijos. Al fin el cielo les consoló concediéndoles a Felipe. El niño fue educado durante dos años por un preceptor, y oportunamente enviado a París para cursar estudios.

 París era entonces un hervidero de ideas. Jóvenes de todas partes coincidían en la bella capital del Sena. Los estudiantes se entendían en el “bajo latín”, una lengua ágil y flexible en la que los clérigos vagantes componían también bellas y expresivas canciones.

 Los catedráticos usaban este mismo lenguaje, que era el vehículo normal de la ciencia antigua.

 Felipe supo mantenerse honesto y piadoso, mérito grande en una urbe tan llena de peligros. Los Frescoboldi tenían relaciones comerciales con Francia y no perdían el contacto con el hijo amado.

 Debe creerse que, aun tratándose de una familia tan piadosa, la causa de enviar al hijo a la universidad de País, además de que siguiera la carrera del padre estudiando medicina, era apartarle de la naciente Orden de los siervos de María. El joven hubiera preferido hacer los estudios teológicos, pero se plegó a los deseos paternos.

 Volvió a su país, y en Padua continuó sus estudios, obteniendo el grado de doctor. En septiembre de 1253 regresaba a Florencia, y, lejos de dejarse deslumbrar por las brillantes esperanzas que le lisonjeaban, sus inclinaciones seguían siendo las mismas. Visitaba con asiduidad la capilla de los servitas del barrio florentino de Cafaggio, donde se venera una imagen de la Virgen que diríase pintada por manos de ángeles.

 El 16 de abril, jueves de Pascua, deliberando sobre el estado que debería tomar, penetró en la abadía de Fiésole, la pintoresca ciudad cercana a Florencia. Se celebraba la misa. La epístola del día estaba tomada del libro de los Hechos, donde se narra la conversión del mayordomo de la reina de Etiopía. La liturgia hace vivas las palabras de la Escritura al proclamarlas delante de la asamblea cristiana. Y así al llegar al texto: “El Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a este carro” (Act. 8, 29), parecióle, por la conformidad del nombre, que iban dirigidas a él. Obsesionado con tal pensamiento marchó a su casa y estuvo en oración hasta la medianoche. En sueños se vio abandonado en un paraje desierto, entre precipicios, rocas escarpadas, lodazales, serpientes y alimañas peligrosas. Atemorizado con tan espantosa representación, empezó a dar gritos, aunque sin volver del rapto. Entonces mostrósele la Virgen con el hábito de los servitas, sobre un carro resplandeciente, rodeada de ángeles y bienaventurados, que le repetía las palabras de la misa: “Felipe, acércate y júntate a este carro.” Comprendió entonces los deseos de la Señora y al día siguiente llamó al convento de Cafaggio, preguntando por el prior, que era Bonfiglio Bonaldi, uno de los siete fundadores de la Orden. El 17 de abril recibió el hábito negro de los hermanos conversos. El joven y brillante médico escogió el silencio y la humildad. Como las visitas no le dejaban en paz ni sosiego, fue trasladado al monte Senario, a 13 kilómetros de Florencia. Allí vivió desconocido de todos y, para entregarse con más libertad y sosiego a la oración, pidió residir en una gruta natural, que ahora se conoce con el nombre de “fuente de San Felipe”. Un día quiso tentar su virtud una mujer infame. El Santo la despidió con energía y después se tendió largo rato sobre la nieve. Desde entonces toda concupiscencia carnal desapareció de él.

 El Santo hubiera sido feliz en aquella vida de trabajo y obscuridad, ocupado solamente en sus deberes de lego y en la contemplación de los dolores de la Virgen. Pero a fines de 1259 fue destinado a Siena, para que atendiese al cuidado de una nueva fundación de la Orden. Por el camino tuvo un encuentro casual con dos padres dominicos, que bien pronto quedaron maravillados por la modestia del converso, tan docto y piadoso. Pareciéndoles que tener bajo el celemín tan gran lumbrera era daño que hacían a su propia Orden y aun a la misma Iglesia, dieron cuenta a sus superiores de las extraordinarias cualidades de Felipe, persuadiéndoles a que tratasen de elevarle al sacerdocio. Fácilmente descubrieron ellos mismos este tesoro después de examinarle, y, sin dar oídos a la resistencia del Santo, ni a sus lágrimas, ni a los ruegos, consiguieron dispensa de Roma y en el Sábado Santo 12 de abril de 1259 fue ordenado sacerdote. A fin de prepararse tranquilamente, hasta Pentecostés no dijo la primera misa.

 A partir de entonces la carrera del Santo conoció todos los ascensos. En 1262 fue nombrado maestro de novicios y definidor general. Al año siguiente llegó a socius o asistente del padre general y, por fin, el 5 de junio de 1267 fue elegido general de la Orden. Ninguno mereció mejor tales nombramientos y ninguno se tuvo por menos digno de ellos. Trató por todos los medios de eximirse de tales cargos, pero no fue oído. Conoció entonces que había otra voluntad superior a la suya, y se rindió a la disposición de la divina Providencia, a la que no era lícito oponerse.

 Cuando el Santo llegó a general de los servitas, la Congregación sólo llevaba treinta y cuatro años de existencia. El panorama político, por la lucha entre güelfos y gibelinos, era embrollado y la competencia entre las Ordenes mendicantes exacerbábase cada día, por todo lo cual la situación de los servitas era muy comprometida. Aunque ya en 1267 contaban con 15 casas en Italia y con fundaciones en Francia y Alemania. Los papas, impresionados con la floración de tantas Ordenes nuevas, mostrábanse indecisos respecto de ellos. Inocencio IV les retiró sus privilegios. Alejandro IV se mostró más benévolo. En mayo de 1268 las constituciones de la Orden tomaron por base la regla agustiniana. En agosto del mismo año, en el capítulo general de Pistoya, San Felipe intentó dimitir el generalato; pero le hicieron comprender el daño que causaría su dimisión. Y tan cierto es esto que, aun siendo el quinto de los generales, es considerado fundador de la Orden, por el impulso que le dio.

 Con sus portentos crecía la fama de santidad de Felipe, y no es extraño que cuando el largo cónclave de Viterbo, después de la muerte de Clemente IV, pensasen los cardenales en elegirle Papa. Mas él, que lo supo, huyó a las más ásperas montañas de Siena, estando escondido en las concavidades de los riscos hasta que se hizo pública la elección de Gregorio X. Por cierto que tal soledad fue gratísima a nuestro Santo, por dejarle tiempo abundante para la oración. Otro milagro acompañó su retiro. Habiéndose secado el manantial que le proveía de agua, dícese que dio tres golpes con su bastón en el suelo, brotando un chorro tan copioso que formó una especie de laguna, que aún lleva el nombre de “Baños de San Felipe”, en el monte de Montagrate, y se atribuyen a tales aguas virtudes milagrosas.

 En aquel retiro entendió que el Señor le llamaba a extender el culto y singular devoción que profesa su Orden a la Santísima Virgen por otros países.

 Durante los años 1270 y 1271 visitó las casas de Francia y Alemania. En 1272 volvió a Italia, donde logró apaciguar las disensiones políticas. Estuvo en el concilio de Lyón, terminado el 17 de julio de 1274, prosiguiendo su visita a los conventos franceses y alemanes. El papa Gregorio X había aprobado los servitas, pero no por escrito. Vuelto a Italia, en 1276 Felipe nuevamente ejerció su papel de pacificador en Bolonia, Florencia y Pistoya, gritando por todas partes: “Esto es una Babilonia maldita, donde no reina Jesucristo, sino el impío Nabucodonosor, el demonio, donde vuestras manos cada día sacrifican muchas vidas humanas.” El 18 de enero de 1280 la paz fue proclamada y ratificada con solemne juramento en Florencia.

 En 1276 la Orden estuvo amenazada de supresión por Inocencio V; pero Juan XXI, en 1277, la volvió a sostener. Nicolás III le concedió un cardenal protector en 1278.

 A fines de 1282 estuvo nuestro Santo en Forli, donde sus predicaciones no fueron del gusto de ciertos jóvenes depravados. Capitaneados por Peregrino Latiosi arremetieron contra él, le desnudaron vergonzosamente y le azotaron, arrojándole de la ciudad. Sin embargo, tanta paciencia alcanzaría su fruto, porque el propio Latiosi, arrepentido de su infame acción, volvió a buscar al Santo, pidiéndole con toda humildad que le admitiera en su Orden, donde, por cierto, llegó a ser religioso ejemplar.

 En 1284 San Felipe recibió en la tercera Orden de las “mantellatas” —así llamadas a causa de su vestido—, a Santa Juliana de Falconieri, acto que se celebró en la iglesia de la Anunciación de Florencia. A dicha Orden se agregó también una hermana del Santo.

 Por aquellos tiempos fundó una casa para arrepentidas en Todi, siendo las dos primeras novicias dos pobres mujeres que quisieron tentarle.

 Debilitada extraordinariamente su salud por el peso de su trabajo y el rigor de la penitencia, el Santo conoció que estaba cercana su muerte; pero, animoso hasta el final, no renunció a sus viajes, exigidos por lo numeroso de una congregación que contaba entonces diez mil religiosos. Mas, como no podía caminar a pie, hacíalo montado en un borriquillo que le compraron.

 Por entonces pasó de Florencia a Siena y de allí a Perusa, para recibir la bendición del papa Honorio IV, del que consiguió muchos privilegios para los suyos. Encaminóse a Todi, saliendo a recibirle sus habitantes con ramos de olivo y aclamaciones. Entró en la iglesia de su convento, y, postrado ante el altar de la Virgen, pronunció aquellas palabras de la Escritura, presintiendo su fin: “Este será para siempre el lugar de mi reposo.” Cayó con fiebre en el lecho el 15 de agosto de 1285, Asunción de Nuestra Señora, hacia las tres de la tarde, después de haber estado predicando toda la mañana. Pasó toda la octava en continuos actos de amor de Dios, de afectos a la Santísima Virgen y de dolor de sus pecados. El último día de la octava pidió que le administrasen los sacramentos, y después cayó en un desmayo en que perdió el sentido por tres horas. Vuelto en sí, rogó que le diesen su libro. Los asistentes le fueron ofreciendo el salterio, el oficio de la Virgen, las constituciones de los servitas… Al fin comprendieron que se trataba del pequeño crucifijo de marfil que él conservaba desde su juventud, como recuerdo de sus padres. Besándolo tiernamente dijo: “Este es mi libro. Aquí es donde yo he aprendido el camino del cielo.” Y aplicándolo al corazón murió en la noche del 22 de agosto de 1285, octava de la Asunción de la Virgen. Desde el primer momento se rechazó la idea de celebrar misa de negro. Se cantó la misa Gaudeamus (“alegrémonos”), de blanco, con Gloria y Credo. El responso fue sustituido por otros cánticos. Para satisfacer la devoción de los fieles su cuerpo estuvo expuesto hasta el día 28, incorrupto y como perfumado, a pesar del calor. Los florentinos hicieron dos tentativas para robar este cuerpo santo, aunque sin resultados.

 León X beatificó a Felipe Benicio. En 1586 el cardenal Baronio le incluyó en el martirologio romano con el título de “fundador” de los servitas, que no es totalmente exacto. Fue canonizado por Clemente X en 1671, aunque el acta de canonización no fue promulgada hasta Benedicto XIII en 1724. Inocencio XII, en 1694, le incluyó en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.

 

 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA
 

Visto en mercaba.com
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