CERRO DE LOS ÁNGELES, ALLÍ DONDE LA MUERTE DEL CUERPO FUE SOLO LA LIBERTAD DEL ALMA

Tanto amor despierta el Corazón de Jesús en las almas, tan importante es este Corazón sediento de amor, lugar perfecto, escondite seguro, bálsamo que cura y fuente de gracias, que los que no le aman, los que le desprecian, buscan por todos los medios su destrucción; como si eso fuera posible, como si se pudiese matar al Amor de los amores, como si las piedras, las balas, y hasta la dinamita podrían derrumbar al Rey de los Cielos y tierras; es como querer hacer desaparecer la luz con simplemente soplar un pequeñito pabilo encendido de una vela.

Así la historia de la humanidad ha ido recorriendo diferentes capítulos, que en su vueltas de páginas sólo hacen el que la devoción crezca en aquellos que conocen las bondades de este Sacratísimo Corazón, perseguido pero nunca derribado.

El Corazón de Jesús espera amorosamente a sus fieles: «Mi Corazón, dice el Señor, derramará con abundancia las riquezas de su divino amor sobre los que se consagran a Él por un culto especial».

Conozcamos o recordemos esta partecita de la historia donde Nuestro Amoroso Rey sufrió los ataques y la furia del enemigo, su odio infernal, su ferocidad sin límites; pero en esta historia veamos cuánto amor, cuánta fe y cuánta entrega hay en sus verdaderos devotos; dar la vida por Él, todo un honor, ese es el verdadero pensamiento y el deseo más grande del que sabe dónde están depositadas todas sus esperanzas, allí donde la muerte del cuerpo sólo es la libertad del alma.

El Cerro de los Ángeles es un cerro testigo, situado en el término municipal de Getafe, a unos 10 km al sur de Madrid, España.

Sobre la explanada situada en la cima del cerro se encuentran la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, del siglo XIV, y el Monumento al Sagrado Corazón, construido en 1919 e inaugurado por el Rey Alfonso XIII. También se hallan el Seminario Diocesano Nuestra Señora de los Apóstoles, lugar de formación para los sacerdotes que realizarán su labor apostólica en la diócesis de Getafe, y un convento de Carmelitas Descalzas.

En la Ermita del cerro está la Virgen patrona de Getafe, Nuestra Señora de los Ángeles. Este lugar fue escenario de algunas batallas de la Guerra Civil Española.

Las laderas del cerro están repobladas con pinos carrascos, en la parte izquierda del pie que sostiene la imagen del Sagrado Corazón, está el escudo de armas del Papa Benedicto XV (Giacomo della Chiesa), cuyo papado duró desde 1914 hasta 1922.

En 1919 se eligió este lugar para construir un enorme monumento en honor del Sagrado Corazón de Jesús. Fue una obra conjunta del arquitecto Carlos Maura Nadal y del escultor Aniceto Marinas. El monumento se edificó con las aportaciones de miles de españoles que colaboraron. La imagen de Jesús, de 9 metros de altura, fue donada individualmente por Don Juan Mariano de Goyeneche, Conde de Guaqui.

***

Detente, bala, detente

Que apague esta cruz tu ira,

Que no llegues a mi sangre.

Que la Virgen que me ampara

Para llevarte mi vida;

No quiere la muerte fría

Que sale de los fusiles

Para entrar en las heridas.

Detente, bala, detente,

Que rezo todos los días

Para que no vengas nunca

A dormir en mi guarida,

Para que pases de largo

Y que nunca seas mía,

Para que vuelvas intacta

A ese fusil que te tira.

Yo sé que existe una bala

Con mi nombre en las estrías

Y el fusil que la dispara

Me está viendo en su mirilla,

Por eso llevo el detente,

Para que pase, que siga

Volando al campo que guarda

Todas las balas perdidas.

(Poesía de D. Francisco Díaz Ansón de su libro “El árbol de los galgos”)

***

Los Mártires del Sagrado Corazón

Al inicio de la Cruzada Española, el 23 de julio de 1936, cinco jóvenes fueron asesinados por defender y guardar el monumento de posibles atentados.

El sábado 18 de julio, por la tarde, unos treinta congregantes de las Compañías de Obreros de San José y del Sagrado Corazón de Jesús, se habían dirigido al Cerro de los Ángeles para hacer su acostumbrada vigilia de adoración nocturna el Santísimo Sacramento.

Al acabar la Santa Misa, ya en la madrugada del domingo 19, Fidel de Pablo García, vocal de piedad y de aspirantes de la Acción Católica de la parroquia del Espíritu Santo, de 29 años de edad, se volvió a Madrid, acompañando al sacerdote que la había celebrado, don José María Vegas Pérez, capellán del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús; como también lo hizo la mayoría de los congregantes que habían participado en aquella última vela.

Pero cinco de ellos se quedaron ante el monumento, confiando en que la llegada de las tropas iba a ser inminente, y así no se interrumpía una «guardia de honor» al Sagrado Corazón de Jesús.

Mientras desde el cerro se contemplaba la quema de numerosas iglesias en la capital de España, cinco héroes tomaron el propósito de velar el cerro hasta lo que ellos creían inminente llegada de las tropas nacionales; sus nombres eran:

Pedro Justo Dorado Dellmans, de 31 años, nacido el 13 de mayo de 1904 miembro activo de la Acción Católica, entusiasta de la J.O.C. y miembro fervoroso y constante de la Adoración Nocturna Española;

Fidel Barrios Muñoz, de 21 años, nacido el día 26 de abril de 1915 en Revilla de Santillán (Palencia), trasladándose en 1927 a Madrid donde acude asiduamente al círculo de estudios de la J.O.C. de los que nos quedan varias crónicas escritas por él para el periódico “Siglo Futuro” y que firmaba con el seudónimo de “El Albañil”, pues este era su oficio. Perteneció a la Juventud Católica, al Círculo Tradicionalista, a la Adoración Nocturna, a la Juventud de la Medalla Milagrosa y a la Compañía de Obreros de San José en el Cerro de los Ángeles cuyo fichero lo llevó el mismo día 18 a su casa para esconderlo;

Elías Requejo Sorondo, el más joven de los mártires del Cerro de los Ángeles y de profesión ebanista, nació en Irún el 21 de febrero de 1917, trasladado con su familia a Madrid donde perteneció a la Asociación de Antiguos Alumnos de Santa Susana y a la Acción Católica de Ventas, al morir era adorador nocturno y requeté;

Blas Ciarreta Ibarrondo, de 40 años, casado con Ángela Pardo de la que tuvo cinco hijos, con la que se había desplazado a Madrid, procedente de Santurce (Vizcaya), de cuya Guardia Municipal había sido jefe Natural de Santurce, vio la luz el día 3 de noviembre de 1897. En su juventud trabajó en las minas de Ontón (Santander), en cuyo círculo católico adquirió la reciedumbre espiritual que caracterizó su vida;

Vicente de Pablo García, carpintero de 19 años, nacido en Vicálvaro (Madrid) el día 5 de febrero de 1915, educado por religiosas en el colegio de Santa Susana en Ventas, primero, y por los Hermanos de la Doctrina Cristiana, después; en la escuela adquirió su espíritu la rectitud en el obrar que siempre le distinguió. Pertenecía a la Juventud de la Milagrosa en su Basílica y era el tesorero de la Juventud de Acción Católica de Ventas.

Como el lector habrá podido ver dos de los cinco héroes eran de pertenencia carlista, pues Fidel Barrios perteneció al Círculo Tradicionalista y colaboró en numerosas ocasiones en el periódico carlista Siglo Futuro. Igualmente Elías Requejo se integró antes de la guerra en el requeté.

Para evitar ese olvido contemos la historia de estos cinco héroes, o mejor aún dejemos que Antonio Montero Moreno nos cuente la historia en su ya clásico texto (tomado de su libro Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1961):

“No ha podido pasar inadvertida en el inmenso conjunto de tanta muerte anónima la historia de cinco jóvenes madrileños ligada, en su último capítulo, al templo nacional del Cerro de los Ángeles. Eran congregantes de la Compañía de San José y del Sagrado Corazón, aneja al santuario. En la noche del 18 de julio de 1936 un turno de 30 adoradores asistía a la vigilia nocturna ante la sagrada custodia, expuesta solemnemente sobre el tabernáculo. Estaba tan cargada la atmósfera nacional, que toda oración, fuese individual o colectiva, llevaba hasta Dios las mismas preocupaciones.

Lápida en el exterior del templo

En los descansos de la adoración comentaban los congregantes todos los rumores bélicos caídos aquella tarde sobre la capital. La experiencia les decía que, en circunstancias parecidas, no habían faltado bandas de desalmados que escalaran el Cerro para incendiar el convento y destruir su monumento. Ello decidió a cinco de los presentes a montar guardia permanente al pie de la estatua hasta tanto se dilucidara de algún modo tan crítica situación. Reclamados los demás por sus atenciones familiares, volvieron a Madrid en la mañana del domingo día 19.

Hasta el día 20 por la noche no llegaron al Cerro las primeras olas de la marea. Veíanse, sí, desde la cima, las trágicas hogueras de los templos y se escuchaban los disparos del cuartel de la Montaña y otros choques callejeros. Subió esa noche al Cerro de los Ángeles un coche de milicianos, que merodeó en torno al edificio sin detenerse ni hacer demostración alguna. Era, con toda evidencia, un primer ensayo de observación. Al día siguiente por la tarde se hacían presentes en el santuario los guardias de Asalto, con orden de evacuar el convento de carmelitas y las dependencias anejas, ocupadas por las Obreras de la Santísima Virgen del Pilar. No venían en son de guerra y entablaron diálogo con los cinco congregantes. Digamos ya sus nombres: eran Justo Dorado, Elías Requejo, Fidel Barrio, Vicente de Pablo y Blas Ciarreta.

Aquella noche transcurrió sin novedad bajo el recelo muto de los de Asalto y los congregantes. Al amanecer se celebraron dos misas con asistencia de estos últimos, y en el ánimo de todos se masticaba el desenlace. Muy pronto se percibió por la ladera el ascenso anárquico de grupos armados, compuestos por hombres y mujeres de Getafe dispuestos a la peor. Ciertamente, los guardias de Asalto supusieron un freno a los abusos, pues aunque la evacuación se efectuó, algunos de ellos acompañaron a las mujeres hasta el convento de ursulinas de Getafe, en tanto que otros números escoltaban hasta Madrid a los capellanes y a algunas mujeres de las Obreras del Pilar.

Justo Dorado y sus compañeros se hurtaron a la vista de los milicianos, convencidos de que hacerles frente hubiera supuesto, a más de una derrota cierta, un peligro evidente para la comunidad de religiosas. Cuando vieron partir a éstas en las circunstancias indicadas, se decidieron a abandonar su escondite, empresa muy arriesgada por seguir los parajes infestados de milicianos. Con gran habilidad se descolgaron por una de las ventanas del edificio a la derecha de la iglesia, y bordeando las tapias del convento, subieron sigilosamente hasta la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles. De allí bajaron al pinar y se escaparon definitivamente por la vertiente oriental del Cerro.

Estamos en la tarde del 22 de julio. Llaman a la puerta del cortijo de Las Zorreras, en las inmediaciones de Getafe. Obtienen sin dificultad, mediante pago de dinero, que los criados les den de comer y acepten tenerlos allí hasta la llegada, que ellos creen inmediata, de las tropas nacionales. Pero ni estas tropas llegaron ni se cumplieron sus esperanzas de pasar allí la tormenta. No se sabe cómo, corrió por la comarca la noticia alarmante y confusa de que “unos frailes disfrazados” rondaban por la vecindad. Parece seguro que desayunaron el día 23 en una taberna de Perales del Río y que alguien que los vio santiguarse sobre los alimentos pasó aviso a los milicianos de La Marañosa, y desde allá se desplazó un grupo armado, dirigiendo sus pasos hasta Las Zorreras. La detención, la parodia de juicio (escasos minutos) y la descarga mortífera fueron tres planos sucesivos de una secuencia rapidísima. Sobre la era y frente a la fachada del cortijo de Las Zorreras cayeron exánimes los cinco.”

El “Informe de la Parroquia de Perales del Río” nos da algunos datos más sobre el martirio, pues según el mismo murieron dando vivas a Cristo Rey a la vez que arrojaban sangre por la boca, lo que contribuyó a incitar más a los verdugos, que fueron al pueblo como energúmenos, y entonces sacaron del templo todas las imágenes, ornamentos, etc. y lo quemaron una hora después, o sea, a las 10 de la mañana del 23 de julio de 1936. Según el citado informe, uno de ellos quedó muerto en cruz, y en manera alguna pudieron ponerle bien los brazos para meterle en la caja por lo que tuvieron que rompérselos.

No obstante, estos cinco héroes no fueron las únicas víctimas inocentes relacionadas con el Cerro de los Ángeles, pues el sacerdote Don José María Vega Pérez, que había celebrado la Misa en la última vigilia nocturna de oración, al igual que el congregante que le acompañó a Madrid, fueron posteriormente asesinados: el primero fue sacado de la cárcel de San Antón, en la que se había refugiado, creyéndose más seguro que en libertad, con destino a Paracuellos de Jarama el 27 de noviembre de 1936, y Fidel de Pablo (hermano de Vicente, uno de los cinco héroes muertos en el Cerro) era detenido el día 26 de Agosto por los milicianos del partido comunista, ingresando en la «checa» que había instalada en la calle de O’Donnell núm. 22, acusándole de sus ideales católicos y de ser un destacado Requeté. Desde esa «Checa» fue trasladado a la de la calle San Bernardo, donde permaneció hasta el día 8 de Septiembre, fecha en que fue sacado y fusilado en el kilómetro 7 de la Carretera de Valencia, término municipal de Vallecas.

Igualmente son numerosos los testimonios de testigos directos de los acontecimientos desarrollados en el Cerro de los Ángeles durante los primeros momentos del Alzamiento Nacional. Así Don Julio Sierra Blanco, uno de los miles de españoles que sufrió cautiverio en las cárceles rojas durante la Cruzada, escribió una breve confesión recordando un dramático episodio de su paso por la cárcel de Ventas. Aquel documento íntimo nos acerca en primera persona a la realidad de la España roja:

“Día 27 de noviembre de 1936. Diez de la mañana. Madrid. Cárcel de Ventas sita en la calle del Marqués de Mondejar.

En el pabellón denominado sótano tercero derecha de la cárcel citada anteriormente, nos encontramos 73 presos, hombres de toda condición social… militares, catedráticos, funcionarios públicos, médicos, soldados, campesinos, obreros, estudiantes, etc. Entre los 73 hombres se encuentra el que suscribe estas breves líneas, Julio Sierra Blanco, un chaval de 17 años recién cumplidos. Tenía éste chaval cierta experiencia en hacer quiebros a la muerte. El primero en el entierro de Don José Calvo Sotelo, cuatro meses antes; el segundo en el Cerro de los Ángeles en cuya cripta reposan los cinco mártires fusilados el día 23 de julio de 1936 (Justo, Fidel, Blas, Vicente y Elías).

Cuando tomaron la determinación de quedarse en el Cerro para prestar una relativa defensa a las monjas que residían en el Monasterio, yo di un paso al frente con los cinco, pero Dios no me admitió, y con cierto descontento, me vi obligado a regresar a Madrid. Esto ocurrió el segundo domingo del mes de julio de 1936 realizando ejercicios espirituales, como todos los segundos domingos de cada mes. Dios no me consideró con los suficientes méritos para tanta gloria.

Volvamos a la cárcel de Ventas el día 27 de noviembre de 1936, día de la festividad de la Medalla Milagrosa. Sobre las 10 de la mañana entraron en el departamento un grupo de milicianos rojos. No voy a descubrir su aspecto de bestias salvajes, ávidas de sangre, lo dejo a la consideración de los que tengan la curiosidad de leer estas líneas. Con el mayor disimulo y cautela, salí del departamento porque presentí que aquellos milicianos no venían a obsequiarnos con unas flores. Me fui a visitar a unos de tantos compañeros de la juventud de la Milagrosa que estaban en otras dependencias de la cárcel, entre ellos el Rector de la Basílica de la Milagrosa, de Madrid, y varios frailes y hermanos del convento de García de Paredes a los que conocía y con los que me unía mucha amistad.

Al regresar a mi dormitorio, sobre las doce de la mañana y una vez comprobado que se habían marchado aquellos milicianos, comprobé que mis compañeros estaban preocupados, aunque eso sí, absolutamente serenos. Los habían formado, invitándoles a salir en libertad si se comprometían a enrolarse en una unidad militar para defender la República en el frente. No hubo paso al frente. Eran 72 hombres con honor. Después de los insultos y amenazas que cabe suponer les ordenaron que en grupos de 15 fueran a un determinado despacho cercano a la dirección del establecimiento a declarar. Cumplieron la orden y se celebró el juicio sumarísimo más increíble que se puede imaginar. La mesa del despacho en el centro, estaba ocupada por tres hombres. Entra el preso. Las preguntas fueron, por lo general, las siguientes. ¿Nombre?, edad, profesión, estado civil, eres católico, falangista, requeté, de la CEDA, vas a misa los domingos, crees en Dios y alguna otra más por el estilo. Duración, tres minutos. Naturalmente sin testigos sin fiscal, sin pruebas, absolutamente nada de lo que exige la norma elemental del derecho.

Pasados los tres minutos, un cuchicheo entre los tres “jueces” y en la relación que tenían a su alcance, al lado del nombre y apellidos del preso, una “equis”. El significado de esta equis es una condena a muerte aquél día. Así de sencillo, así de trágico y así de glorioso. Puedes retirarte. Que pase otro.

Hubo treinta y ocho “equis”, es decir treinta y ocho condenas a muerte aquél día. El procedimiento se repitió varios días más con otros compañeros de los departamentos contiguos hasta que Melchor Rodríguez, recién nombrado Director General de Prisiones, cortó los fusilamientos. Como antes he dicho, regresé a mi departamento cuando ya se habían marchado aquellas gentes. No comprobaron que en el colectivo de la unidad penitenciaria faltaba uno; era yo.

La sentencia se cumplió en la madrugada siguiente, la del 28 de noviembre en Paracuellos de Jarama. Cuando sobre las tres de la madrugada nos formaron en la sala y leyeron la lista de los 38 que habían sido condenados a la última pena, la serena aceptación del momento, la fe en Dios y la hombría de bien, fueron las notas características de la situación. Nos abrazamos. La despedida más usual fue la palabra eternamente viva de ADIÓS. En el fondo de nuestras almas, en las de ellos y en las nuestras, quedó visiblemente marcada otra palabra de despedida: HASTA EL CIELO.

Cinco días después del asesinato de los cinco jóvenes, milicianos del bando republicano llevaron a cabo una “ceremonia” por ellos mismos fotografiada, de fusilar la imagen de Jesús; tras ello, procedieron a la destrucción de las esculturas, primeramente “a mano” y por último, dada la dureza de su material, recurrieron a la dinamita hasta lograr reducirlo a ruinas.

La prensa del Frente Popular publicó en portada y en primera página las fotografías del “fusilamiento” y comentó favorablemente el hecho (“Desaparición de un estorbo”).

El Ayuntamiento de Getafe, en decisión refrendada por el Gobierno de la República, cambió el nombre Cerro de los Ángeles por el de “Cerro Rojo”, nombre que conservó hasta el final de la Cruzada.

Terminada la guerra, bajo el gobierno de Francisco Franco, el Cerro recuperó su nombre original; y se dio orden de construir un nuevo monumento, réplica del anterior, que comenzó a edificarse en 1944, según el proyecto de los arquitectos Pedro Muguruza y Luis Quijada Martínez.

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús y su pedestal fue nueva obra de Aniceto Marinas, junto con los grupos escultóricos de la base, obra de Fernando Cruz Solís. Este nuevo monumento fue inaugurado en el año 1965; y diez años más tarde se inauguraba también la cripta, obra no existente en el proyecto anterior.

El monumento muestra a Jesucristo con los brazos abiertos. Está rematado con la leyenda Reino en España.

Lo que quedó del anterior monumento (la base y el arranque del pedestal) se conserva.

El nuevo monumento se levantó en el mismo lugar que ocupaba el monumento original. Las ruinas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan para dejar despejado el solar de la nueva construcción.

23 de abril de 2014

La imagen es la misma, el Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles. Fue esculpida en el taller del escultor Aniceto Marinas, en 1919. Sin embargo la primera foto es de 1936 y la segunda fue tomada hace solo unos días.

La imagen de la fotografía a la izquierda fue fusilada en 1936. La imagen de la foto derecha fue secuestrada y retirada del espacio público en 2014.

Hace unos días la réplica de la imagen del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles, que se encontraba en la localidad coruñesa de San Sadurniño, fue mutilada y retirada por orden del alcalde de la localidad, Secundino García Casal, del Bloque Nacionalista Gallego (BNG).

Los dirigentes del BNG parecen empeñados en convertirse en los nuevos milicianos que, 78 años después, pretenden emular una de las páginas más tristes de nuestro pasado. Los “milicianos” de hoy son el alcalde de la localidad coruñesa de San Sadurniño y su equipo de gobierno, todos del BNG.

Y la víctima, una réplica de la misma estatua del Sagrado Corazón de Getafe. ¡La misma imagen fusilada en el 36!

http://www.hazteoir.org/alerta/61340-sagrado-corazon-otra-vez-ultrajado
Con la más absoluta falta de sensibilidad y con el ánimo de ultrajar a los creyentes, la corporación municipal de San Sadurniño ha retirado una imagen en bronce del Sagrado Corazón de los jardines que presidía desde los años 50. No ha tenido ningún reparo en difundir la imagen del Cristo roto, tirado en el suelo despiezado, como si fuera basura, para que quede constancia de que militan en el anticlericalismo más feroz e intolerante.

78 años después, la imagen del Sagrado Corazón fusilada en el Cerro de los Ángeles vuelve a ser un símbolo de la intolerancia contra los católicos en España.

 

***

JESÚS EN LOS ESCOMBROS

GETAFE CONQUISTADO

Con qué ímpetu nuestras tropas han avanzado hoy sobre el pueblo vecino a la Capital de España. Nunca les he visto con tanto empuje de la toma de otros pueblos, aun siendo de más importancia, quizá sea porque este es el que más cerca está de la ciudad en donde todos los españoles tenemos algo y todos tendremos más cuando el glorioso movimiento de por terminada su victoria sobre el comunismo.

Verdad es que hoy hemos sufrido mayor resistencia. Los rojos saben que la pérdida de Getafe es un golpe de contundencia dura para los que sostienen la presión de nuestro pueblo, pero la tropa de España como siempre, ha sido más fuerte que el adversario, ha saltado las barreras y ha atropellado sus fueros.

Hasta mañana no podré detallar los destrozos de los rojos. Son las nueve de las noche y se está tomando el Cerro de los Ángeles.

A LA CONQUISTA DEL CERRO

Después de la toma de Getafe, nuestras tropas avanzan unas hacia Villaverde, otras sobre el campo de aviación, protegiendo este flanco a la columna [ilegible], que ha de tomar la codiciada posición del Cerro, desde la que están hostilizándonos.

Dicen que la caballería viene desde Pinto atacando con el éxito que ya por lo constante parece una cosa vulgar en nuestro ejército.

Yo sólo sé que sobre las llanuras del aeródromo, protegiéndose unas veces en los hoyos que los proyectiles han hecho, otras a cuerpo limpio entre las balas comunistas sigue la tropa. Ya las primeras guerrillas han atravesado la vía para atacar de flanco a la estación.

Llegamos a la estación que dista tres kilómetros del pueblo y más de dos para llegar al Cerro, en donde ya se aprecian las huellas o zarpas de las hordas sin Dios y sin entrañas.

Ya se ve perfectamente como los milicianos no aguardaban a los soldados de Franco para rendir cuentas ante el Tribunal de España. Desalojan sus trincheras mientras en carera triunfal nuestra bandera empieza a subir el Cerro para imponer la paz en la guerra, el honor en los hombres y el respeto a las artes y las cosas.

Sabíamos de antemano la suerte corrida al monumento del Sagrado Corazón de Jesús, que gloriosamente fue elevado en el Cerro de los Ángeles sobre el punto central de nuestra España querida; sabíamos que después de simular la ejecución de su fusilamiento lo habían derribado con un cañón de artillería.

Lo que no sabíamos es el ensañamiento con que han actuado después de haber derribado el monumento ¡Que salvajes!

Están martillados los rostros de las figuras, barrenados los ojos de otros y en total completamente partidas las molduras de los cuerpos representativos del pueblo que va a adorar al Sagrado Corazón. Presentía tal proceder y quizá por esto seguí a las tropas que habían de rescatarnos los escombros divinos, más que con deseos con ansia de estar entre ellos.

EN EL CERRO

Hace un momento que los soldados han trepado sobre las trincheras de cemento que los rojos construyeron para defender esta posición, aunque de nada haya servido su defensa, todavía no han establecido en sitio fijo los bártulos de guerra. Los caballos descansan en grupos en la llanura protegidos tras los edificios que lo poblan. Los jinetes alrededor de estos benditos cascotes, contemplan indignados la cobarde acción de los impíos, traidores al destino de su Patria y a la raza de su sangre.

-¿Qué le parece?- me pregunta un oficial de caballería.

-¿Qué quiere usted que me parezca? Ya suponía la tragedia de su obra, no podía ser otra. Sus instintos eróticos o demoledores no podían dejar o devolvernos una santa imagen en la que tenía puesta la devoción todo un pueblo cristiano y muchos de los que entre ellos le blasfemaban.

-Tiene usted razón, -me dice el oficial, que había cogido del suelo la mano de una de las figuras- nada bueno se puede espera de quien no lo es.

Después coloca el fragmento y lleno de indignación repite “cobardes”.

El monumento se aprecia perfectamente cómo fue derribado. Primero lo intentaron con la artillería, y como ésta no hiciese sino impactos con escasa profundidad, entonces, procedieron al perforamiento con barra, en donde introdujeron gran cantidad de dinamita y ésta fue la que hundió la gigante estatua.

La impresión es horrible. Todas las figuras que quedan en pie están incompletas, entre éstas, brazos y cabezas de otras, que después de estar hundidas fueron desfiguradas a martillazos.

Tras todo este montón de santas piedras rotas, una mole tremenda de hormigón estucado, clavada una esquina en la tierra, intacta, muestra aún las letras de “España”, el “yo reino en” lo han confundido en pedazos que nos ha sido imposible hallar.

La piedra que componía la imagen del Corazón de Jesús, está tan destrozada, que nadie podrá unificarla, ni apreciar en ella la expresión de sus vestidos, y la cabeza, vedla reproducida por el objetivo. Parece una piedra que de rodar y rodar se ha destrozado.

Ya en ella no se aprecia el gesto de piedad y perdón con que nos miraba; es una calavera tratada por un monstruo, que después de descarnarla, masticó los huesos de su cráneo.

Todo es un montón de escombros que hoy parecen de oro porque el sol los dorifica con el fuego de su luz, pero mañana será el cementerio donde los restos de la gloriosa imagen yacen rotos y amontonados entre la hierba, que la tierra en donde se sostienen, críe.

Los soldados, todos los que no ocupan posiciones, recogen los pedazos destruidos y los amontonan, todos quieren cicatrizar la herida, que con el dardo envenenado que los judíos les prestaran, nuestro Padre Jesús ha vuelto a ser mutilado por los descendientes de los que en el Monte Calvario le crucificaron.

También yo recojo trozos de Jesús y los amontono, también rezo con más fe y más devoción que cuando en su pedestal bendecía a quienes llegaban a sus pies implorando el perdón de los pecados.

Todo el Cerro está rodeado de una pared construida a modo de trinchera, pero está hecha con los pedazos de piedra benditas que no han de volver a ser lo que fueron aunque siempre serán reliquia de lo que han sido.

También la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles ha sido saqueada, si no toda una parte derruida. La torre del sector Madrid la derribaron con la artillería, para que les sirviese, en la falda del Cerro, sus derribos de parapeto en la lucha con los soldados de España.

Todo está minado. Por todas las vertientes, además de las trincheras, quedan intactas las cuevas hechas para descansar, en donde colchones y mantas, todavía con las etiquetas entre la tierra no han sido recogidas.

Nada más inhumano, no nada más cobarde que esta saña ejecutada contra quien, por haber sabido morir en la Cruz, no podía intentar su defensa.

Destrozado, sí, pero vivirá siempre.

Volvemos a mirar los escombros de oro, porque el sol los dora con el fuego de su luz. Volemos a contemplar las ruinas que ayer fueron gigante monumento y, que esperamos vuelvan a ser pronto reconstruidas, para orgullo de los que sabemos reconocerle como Rey del Imperio de nuestras almas, como Rey del Imperio de la religión de España.

Cerro abajo, nos alejamos de los benditos cascotes, entre los que yace roto el Sagrado Corazón de Jesús; entre estos cascotes que se han convertido en trinchera, desde donde nuestro gloriosísimo Ejército ha de defender la hegemonía de nuestra Patria, que ha de llevar a todos los españoles la Patria, el Trabajo y la Justicia.

Cuando descendemos por las vertientes del Cerro, brazo en alto, los soldados y camaradas que ocupan los reductos de las trincheras y escondrijos de los enemigos de la Ley, del Derecho y de la Patria, uno de ellos me dice:

– ¿Han visto Uds. cómo ha quedado el Corazón de Jesús?

– Si, lo hemos visto, y nos llevamos documentación gráfica para enviar al mundo la verdad de la causa de nuestro motivo. Que sepan bien por qué nosotros nos peleamos y por qué en la trinchera o a cuerpo limpio sabéis morir y matar. Quizá no nos quieran comprender.

– Hoy –me dice un soldado de Cazadores mientras se alzaba el casco para mejor verme- quizá tenga Usted razón y no nos comprendan pero cuando vean nuestra obra que a la par de la reconstrucción, llevamos a cabo en España, llenos de envidia vendrán a admirarnos y nosotros, entonces, les diremos: “Esta es España y estos los españoles que locos de amor, en un momento de orgullo, trazaron sobre el ritmo de la Historia la más gloriosa gesta que en el correr de los siglos se ha conocido en el Universo”.

– Me gusta su oración. ¿Qué profesión es la suya?

– Licenciado en Filosofía y Letras

– ¿Lleva usted mucho tiempo la campaña?

– Desde que empezó. Y puede Usted asegurar que hasta que me maten o termine esta Cruzada.

– Estrecho la mano de este caballero de armas y, después, la de sus compañeros que, al grito de ¡Arriba España! Me despiden.

Sigo bajando, casi por el mismo camino que he subido, haciendo miles de reverencias, porque cada vez que suena una bala, inclino la cabeza, cual si pasase el Santísimo… (Es precaución).

Tomando las palabras de Don Gabriel García Moreno podemos solo acotar:

¡DIOS NO MUERE!

Y al final de nuestras vidas, esperemos y deseemos morir con el grito del cristero:

¡VIVA CRISTO REY!

Fuentes:

https://es.wikipedia.org/wiki/Cerro_de_los_%C3%81ngeles

http://www.plataforma2003.org/memoriahistorica/cerro_angeles.htm

http://www.lavoz.circulocarlista.com/historia-del-carlismo/historia-2/requetescentinelasdelcerrodelosangeles

 

https://www.youtube.com/watch?v=TwdBja-NSkA

De Radio Cristiandad

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