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SAN REMIGIO, ARZOBISPO DE REIMS


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Día 1 de octubre, SAN REMIGIO, ARZOBISPO DE REIMS

Por Juan Croisset S.J.

San Remigio, ornamento del orden episcopal, uno de Los más santos y más sabios prelados de su tiempo, y apóstol de Francia, fue de una de las más ilustres familias de las Galias, más distinguido por la santidad, que parecía como hereditaria en su casa, que por el esplendor de su antiquísima nobleza, la que contaba ya muchos siglos de brillante antigüedad en todo aquel país. Fue hijo de Emilio, señor de Laon, y de Santa Cilinia, cuya memoria celebra la Iglesia el dia 21 de Octubre. Dos solos hijos les había concedido el Cielo: San Príncipe, que fue Obispo de Soissons, y otro segundo, cuyo nombre se ignora, que fue padre de San Lupo, Obispo y sucesor de su tío en la misma santa Iglesia.

Ya no se consideraban Emilio y Cilinia en estado de esperar más sucesión, cuando un santo ermitaño llamado Montano les anunció de parte de Dios que tendrían otro tercer hijo, á quien debían poner el nombre de Remigio, el cual sería con el tiempo apóstol de la Francia. Tardó poco en verificar el suceso la profecía. Dentro de breves días se sintió encinta Cilinia, y á su tiempo dio á luz con toda felicidad en Laon aquel niño, que desde luego se calificó por hijo del milagro, y en el bautismo se le impuso el nombre de Remigio, como lo había prevenido el santo ermitaño Montano. No quiso la bienaventurada madre que cuidase otra de aquel querido hijo. Crióle ella misma por algún tiempo, hasta que, no permitiéndoselo hacer su avanzada edad, le buscó una ama, como de su mano, tan virtuosa, que mereció la venerase y rindiese culto como á santa la Iglesia de Reims.

Resueltos los padres de nuestro Santo á no omitir diligencia alguna de su parte para contribuir á los altos designios que el Cielo, tenía sobre aquel niño, le hicieron educar con particular desvelo, tanto en el santo temor de Dios como en el estudio de las letras. Hizo tan rápidos y tan asombrosos progresos, así en las ciencias humanas como en la ciencia de los santos, que á los diez y ocho años de su edad era admirado como portento de virtud, de elocuencia y de sabiduría. Sólo él ignoraba sus talentos: insensible á los aplausos que le merecían las producciones de su ingenio, le parecía que sólo tenia habilidad para encomendarse á Dios, y por eso tenia la oración tanto atractivo para él, que empleaba en ella una gran parte del día y de la noche, no siendo de su gusto alguno de los más inocentes entretenimientos de aquella edad. Era muy inclinado al retiro; por lo que, concluidos sus estudios, se encerró en el castillo de Laon, donde, observándole más de cerca su familia, estimó más la edificación de sus parientes que el esplendor con que la ilustraba su elocuencia y su sabiduría. Vivió retirado en el castillo hasta la edad de veintidós años, en cuyo tiempo quiso el Cielo sacar á luz aquella brillante antorcha, para colocarla sobre una de las primeras sillas de la Iglesia de Francia.

Murió Bennado, arzobispo de Reims; y no bien se pensó en nombrarle sucesor, cuando todos los sufragios del clero y del pueblo se unieron en favor de Remigio, sin haber que vencer más que la resistencia de su humildad y las dificultades de su modestia.

Conocióse muy presto que la virtud suple la edad con muchas ventajas. Ningún Obispo honró más la dignidad, y ninguno desempeñó mejor todas sus obligaciones. Persuadido á que para ser poderoso en palabras era menester serlo primero en obras, se dedicó á poseer todas aquellas virtudes que el Apóstol San Pablo requiere en los pastores. Su pureza se conservó toda la vida, no sólo sin mancha, pero aun sin sombra de ella; su caridad nunca sufrió alteración. Habiendo vendido su rico patrimonio, y distribuido el producto entre los pobres, se consideró él mismo como uno de ellos á quien la Iglesia de Reims mantenía de limosna, confiándole la administración y la distribución de sus rentas entre todos los necesitados. La afabilidad, la dulzura, la humildad y la modestia le hicieron dueño de los corazones de todos; y como el celo correspondía á la eminencia de su santidad, experimentó luego los efectos todo el obispado. Era infatigable en los ejercicios de su caridad y en las funciones de su ministerio. No hubo choza que no visitase, ignorante que no instruyese, necesitado que no aliviase, ni afligido que no encontrase en él, padre y consuelo. Nota San Gregorio Turonense que era tan eminente la santidad de su vida, y estaba tan generalmente conceptuada de todos, que era San Remigio tan venerado en Reims como San Silvestre en Roma. Fortunato nos le representa como el hombre más sabio y como el prelado más santo de su siglo; añadiendo que su doctrina, aunque adornada con lo más exquisito que puede dar de suyo la erudición y la elocuencia humana, más era inspirada del Cielo que adquirida en la Tierra.

Queriendo Dios ilustrar todavía más aquella elevada virtud, la autorizaba con milagros. En la visita de Chaumecy curó á un pobre ciego, que de cuando en cuando estaba poseído del demonio. En Cernay, con la señal de la cruz llenó de vino un tonel vacío, en reconocimiento de la caridad y del agasajo con que una buena mujer le había hospedado en su casa. Ninguna cosa resistía á las oraciones y á la virtud del siervo de Dios. Apoderóse el fuego de un barrio de la ciudad de Reims, y amenazaba un incendio general á toda la ciudad; acudió allá el Santo Arzobispo, hizo la señal de la cruz, y al punto todo se apagó enteramente. A la fama de San Remigio concurría á Reims todos los días un prodigioso número de enfermos, y todos cobraban la salud por las oraciones del Santo. Cierta mujer energúmena acudió á San Benito en su desierto de Sublac para que la librase de aquel trabajo, y el santo la remitió á San Remigio para que la sanase. Cuéntanse muchos muertos resucitados, y un prodigioso numero de milagros obrados por aquel taumaturgo de la Francia. Pero el milagro mayor del grande San Remigio fue la conversión del rey Clodoveo y de casi toda la nación francesa.

clodoveo

Había cinco años que reinaba Clodoveo entre los franceses, cuando, habiendo desbaratado á Syagrio, gobernador de las Galias, y general del ejército romano, se apoderó de Soissons y de casi todas las conquistas de los romanos.

Seis años después se casó Clodoveo con Clotilde, sobrina de Grondebaldo, rey de los borgoñones, princesa cristiana y muy virtuosa, que conservó la pureza de la religión en medio de una corte arriana, y por su virtud, raras prendas y hermosura se hizo dueña del corazón del Rey, aprovechándose de este dominio de manera que le acercó no poco á la religión cristiana.

Por los años de 494 salieron de sus tierras los alemanes, pueblos belicosos, que aun no habían dado nombre á aquel dilatado espacio de terreno que se ve hoy tan poblado, y se echaron con ímpetu sobre los franceses, cuya monarquía acababa de nacer, y por lo mismo era más fácil hacerla titubear. Al principio se arrojaron sobre las tierras de Sigisberto, rey de Colonia. Parecióle á Clodoveo que los debía prevenir; y, juntando prontamente sus tropas, acudió al frente de ellas á incorporarse con el ejército de Sigisberto. Encontraron al enemigo en Zulc, entonces Tolviac, en él ducado de Juliers. Vinieron inmediatamente á las manos los dos ejércitos. El choque fue terrible por el valor de las dos naciones: pero, herido Sígisberto, se retiró de la batalla, y sus tropas comenzaron á retroceder, cuyo terror se comunicó muy en breve á las de Clodoveo. Parecia ya negocio desesperado por parte de los franceses, cuando se acordó Clodoveo de la palabra que había dado á la reina Clotilde, ofreciéndola que, si el Dios que ella adoraba le hacía volver victorioso de aquella expedición, al punto se haría cristiano. Paróse de repente en medio de la función, levantó los ojos y las manos al Cielo, y, hablando con el Dios á quien adoraba su virtuosa mujer, le dijo: Señor, cuyo gran poder sobre todas las potencias de la Tierra me han ponderado tantas veces, suponiéndomele también muy superior al poder de los dioses que yo adoro: dignaos darme una prueba de él en el extremo á que me veo reducido. Si me concedéis esta gracia, prometo hacerme bautizar cuanto más antes, para no reconocer otro Dios verdadero que á Vos solo.

Luego que pronunció estas palabras reconoció en su corazón un nuevo aliento comunicado por el Dios que acababa de invocar, y, observando el mismo ardor en los que estaban cerca de su persona, los volvió á ordenar: marcha con ellos á un grueso de enemigos que venía á envolverlos, cárgalos, rómpelos, deshácelos, y queda tendido en el campo el rey de los alemanes.

No teniendo ya enemigos Clodoveo, volvió victorioso á su reino para cumplir la palabra que había dado al Verdadero Dios. Ninguna noticia causó nunca mayor gozo á la virtuosa reina Clotilde. Salióle á recibir desde Soissons hasta Reims, y rogó á San Remigio que perfeccionase con sus instrucciones y con sus exhortaciones la grande obra de la conversión del Rey, que el Cielo tan dichosamente había comenzado. Hallóse presto capaz de recibir el bautismo Clodoveo; pero quiso, por seguir el consejo del santo obispo, que todos sus vasallos le recibiesen con él. Juntó, pues, á sus oficiales y soldados; trájólos á la memoria los milagrosos sucesos de la jornada de Tolviac; declaróles su resolución de abrazar la religión cristiana, y los exhortó con elocuencia noble, majestuosa y patética á que imitasen su ejemplo. Al punto resonaron por todas partes alegres aclamaciones y gritos; oyéndose una voz general que decía, como de común concierto: Todos renunciamos el culto de los dioses mortales, y sólo queremos adorar al inmortal. No reconocemos otro Dios que el que nos predica el santo obispo Remigio. Entonces desplegó el Santo todas las banderas de su apostólico celo. Son indecibles los trabajos, las fatigas y los desvelos que le costó recoger tan rica y tan copiosa mies, siendo preciso para eso instruir antes á toda aquella numerosísima nación.

clodoveo bautismoSeñalado el día en que el Rey había de recibir el bautismo, se escogió para esta augusta ceremonia la iglesia de San Martin, extramuros de la ciudad de Reims. Adornóse magníficamente no sólo la misma iglesia, sino todas las calles que conducían á ella. Tendiéronse y se colgaron de ricas alfombras y tapicería, todas blancas, para significar el efecto que causaba en el alma el sacramento. El día de esta memorable ceremonia fue el mismo de Navidad del año 496. Dejóse ver el Rey con toda la real familia al frente de más de tres mil hombres escogidos de la corte y del ejército, entre los innumerables que habían pedido el bautismo.

Avanzóse el Rey en ropaje blanco con tres mil catecúmenos, vestidos del mismo color, á las pilas bautismales, donde encontró á San Remigio acompañado de los ministros de la Iglesia en hábitos de ceremonia, y de muchos otros Obispos de las Galias. Recibióle el santo prelado con un elocuente discurso, en que, manifestándole su gozo y el de todos los pueblos que acababa de sujetar á la dominación de los franceses, le significaba al mismo tiempo la jurisdicción espiritual que le comunicaba sobre él la autoridad de Pastor, cuando le recibía en el número de sus ovejas. En este tono de autoridad, sostenido más por la santidad de su vida que por la sagrada elevación, de su carácter, le añadió, cuando estaba ya para bautizarle, estas palabras: Príncipe, rinde tu cerviz y humíllate bajo la mano omnipotente del Dueño del Universo; respeta ahora aquellos templos suyos que en otros tiempos reducías á ceniza; arroja al fuego esos ídolos que por tantos años adoraste. Inmediatamente renunció el Rey todas las supersticiones gentílicas, confesando públicamente á un sólo Dios todopoderoso en tres personas distintas, y á Jesucristo nuestro Redentor, con todas las demás verdades de la religión cristiana. Después de bautizado el Rey, administró San Remigio el sacramento del Bautismo á más de tres mil personas, y entre ellas á Lantilde y Albofleda, hermanas de Clodoveo. La última poco después se consagró á Dios, renunciando el matrimonio para vivir en perpetua virginidad; efecto de las instrucciones y de la dirección del Santo Arzobispo.
Asegúrase que el Cielo acreditó con muchas maravillas el gozo que le tocaba en la conversión del primer rey cristiano en Francia, yclodoveo paloma llamado por lo mismo el hijo primogénito de la Iglesia, porque, no habiendo podido penetrar por el inmenso gentío el clérigo que llevaba el sagrado crisma, suplicó San Remigio al Señor se dignase remediar aquella falta, y al punto se dejó ver una blanquísima paloma con una ampolla en el pico llena de un bálsamo milagroso, que, revoloteando blandamente, la puso en manos del arzobispo, el que la tomó con humilde acción de gracias, sirvióse de aquel óleo celestial para la ceremonia del bautismo, y, después de ella, con el mismo ungió y consagró al Rey. Esta botellita bajada del Cielo es la que con el nombre de la santa Ampolla, se guarda con tanta veneración en la abadía de San Remigio de Reims, y con aquel milagroso óleo se consagran aún el día de hoy todos los reyes de Francia. Hincmaro, Arzobispo de Reims, que vivió en tiempo de Carlos el Calvo por los años de 850; Flodoardo, que floreció en el siglo x; Aimoino, que vivía á principio del xi; Gerson, Ganuino y otros antiguos historiadores , aseguran que aquel celestial bálsamo llenó de fragancia toda la iglesia. También se cuenta que el escudo sembrado de flores de lis y el oriflama fueron entregados por un Ángel en manos de cierto ermitaño que habitaba el desierto de Joyenval, y que á Clodoveo se le comunicó la gracia de curar los lamparones, de la que hizo la primera prueba en su favorecido Lanicet, cuya gracia se ha continuado después en todos los reyes de Francia.

Concluida aquella augusta ceremonia, Remigio, á quien el Rey respetó desde allí en adelante como á padre suyo, se dedicó enteramente á la conversión de toda la nación, sirviéndose del favor del Príncipe, única y precisamente para aumentar cada día nuevas conquistas á Jesucristo, y para hacer que floreciese en el reino la disciplina eclesiástica. Habiendo regalado al Rey el emperador Anastasio con una rica corona de oro, le persuadió nuestro Santo que la remitiese á Roma. Recibió el Papa Hormisdas el regalo con el gozo y con el reconocimiento que correspondía á tan ilustre como ruidosa conversión; y sabiendo muy bien que después de Dios se le debía la Iglesia á San Remigio, le hizo legado de la Santa Sede en el reino de Francia. Hallóse nuestro Santo en el primer Concilio de Orleans; y habiendo concurrido á él un obispo arriano, sin otro fin que el de disputar y confundir á los católicos, no se dignó el orgulloso prelado ni de mirar siquiera á San Remigio cuando entró donde estaban los demás. Sobre el mismo hecho castigó el Cielo su orgullo, porque quedó mudo de repente. Reconoció al mismo tiempo su soberbia y sus errores; postróse á los pies del Santo manifestando con señas su arrepentimiento; y, habiendo abjurado aquéllos, le restituyó San Remigio el uso de la lengua.
Anticipóle el Señor la noticia de que había de castigar los pecados del pueblo con una hambre cruel, y el Santo acopió gran cantidad de granos para socorrer las necesidades públicas. Maliciaron los paisanos que era codicia lo que era caridad, y con maligna intención pusieron fuego á la panera. Noticioso San Remigio, acudió prontamente á apagarle; pero, viéndolo ya todo consumido y sin remedio, dijo con gracia, con frescura y sonriéndose: «El fuego en todos tiempos es bueno; calentémonos á él, ya que no se puede sacar otro provecho»; y se puso á calentar con el mayor sosiego.

Quiso el Señor purificar su virtud con dolorosas enfermedades los últimos años de su vida; pero las enfermedades no alteraron su dulzura ni su invencible paciencia. Tuvo revelación del día de su muerte, y se dispuso para ella doblando sus penitencias y encendiendo más su fervor. Colmado, en fin, de merecimientos y consumido de trabajos, rindió tranquilamente su espíritu en manos de su Dios el día 13 de Enero del año 533, casi á los noventa y seis de su edad. Resolvióse dar sepultura al santo cuerpo en la Iglesia de San Timoteo, pero se quedó inmóvil á la mitad del camino: quisieron enterrarle en la de San Nicasio, y después en la de San Sixto; pero todo inútilmente. Ocurrióles, en fin, el pensamiento de llevarle á la de San Cristóbal, donde no había cuerpo santo, y luego se dejó mover el santo cuerpo. Hicieron glorioso su sepulcro los prodigiosos y frecuentes milagros que obró Dios en él, y de todas partes concurría la devotos á venerarle. San Gregorio Turonense, que murió en el mismo siglo qué San Remigio, asegura que por esta misma multitud de milagros se movió el clero á elevar el santo cuerpo, y á colocarle en sitio más decente, á las espaldas del altar; y porque esta traslación se hizo con majestuosa pompa el día 1.° de Octubre, se comenzó desde entonces á celebrar su fiesta en este día. Así permaneció el santo cuerpo hasta el noveno siglo, en que el arzobispo Hincmaro le elevó por la segunda vez, para colocarle en lugar aún más digno que el primero. Dio mayor extensión á la iglesia; edificó una nueva capilla subterránea, que enriqueció con muchos adornos; depositó en una urna de plata el cuerpo del Santo, que se halló todo entero, y envuelto en un tafetán carmesí, y puso esta urna sobre el sepulcro de mármol que se le había fabricado en la primera traslación de 1.° de Octubre, celebrándose en el mismo día la segunda. El año de 901 se hizo la tercera por el arzobispo Herveo, llevándose el cuerpo al monasterio de San Remigio, edificado sobre las ruinas de la pequeña iglesia de San Cristóbal.

imageEn fin, el año de 1049, hallándose el papa León IX en la ciudad de Reims, donde celebró un Concilio, y ofreciéndose por entonces la dedicación de la iglesia nueva del monasterio de San Remigio, tomó esta ocasión para trasladar á ella el cuerpo del Santo, que se halló entero á los quinientos diez y seis años después de su muerte. Esta ultima traslación se celebró también con magnífico aparato el día 1.° de Octubre, y el Papa fijó á él la fiesta de San Remigio.
La Misa es en honor de San Remigio, y la oración la que sigue:

Concédenos ¡ oh Dios omnipotente! que la venerable festividad de tu confesor y pontífice el bienaventurado Remigio nos aumente la virtud y el deseo de nuestra eterna salvación. Por Nuestro Señor, etc.

La Epístola es del cap. 44 y 45 de la Sabiduría.

He aquí un sacerdote grande que en sus días agradó á Dios, y fue hallado justo, y en el tiempo de la cólerasehizolareconciliación.Nosehalló semejante á él en la observancia de la ley del Altísimo. Por eso, el Señor con juramento le hizo célebre en su pueblo. Dióle la bendición de todas las gentes, y confirmó ensucabezasutestamento.Lereconocióporsus bendiciones, y le conservó su misericordia, y halló gracia en los ojos del Señor. Engrandecióle en presencia de los reyes, y le dio la corona de la gloria. Hizo con él una alianza eterna, y le dio el sumo sacerdocio, y le colmó de gloria para que ejerciese el sacerdocio, y fuese alabado su nombre, y le ofreciese incienso digno de Él, en olor de suavidad.

Museo de Reims dedicado a san Remigio

Museo de Reims dedicado a san Remigio

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