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SOBRE EL ATAQUE A LA PENA DE MUERTE POR FRANCISCO


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Comentario de Fray Eusebio de Lugo

 

Aunque ganas no me faltan, no me voy a entregar aquí a una defensa de la pena de muerte, siendo tan evidente su legitimidad, tanto considerando la ley natural, como la ley de gracia, por no decir nada de la doctrina y práctica bimilenarias de la Iglesia. Los ejemplos y citas apuntados en el artículo son ya más que suficientes.

Lo que sí me gustaría resaltar en estas líneas, es la presencia en el discurso bergogliano de uno de los rasgos más característicos de todo modernista: Su radical negación de la infalibilidad de la Iglesia.

Porque lo que Bergoglio afirma sin ambigüedad alguna, es que la Iglesia, como tal, sus máximas autoridades, sus leyes generales, sus mejores hijos, los Santos, y entre ellos, sus presuntos antecesores, los Papas, tales como un san Pío V, un san Gregorio VII, un Inocencio III, pueden durante siglos enseñar el error no sólo en la Fe, sino también en la moral, ordenar actos pecaminosos en su Ley canónica, y dirigir a los fieles por el camino del infierno, puesto que esa Iglesia, más que Madre, madrastra, recomendaba e incluso imponía un comportamiento gravemente inmoral y ofensivo a Dios…

Nótese bien que tratamos aquí de la infalibilidad de la Iglesia, y no sólo del Papa, puesto que es toda la Iglesia docente, Papas, Obispos, Padres y Doctores, los que desde la misma edad apostólica han enseñado y practicado lo mismo.

Y no sólo el clero, sino que también las autoridades temporales, Emperadores, Reyes y demás Príncipes, que gracias a su Unción-Coronación-Entronización, recibían especialísimas gracias de estado para discernir lo más conforme a la justicia y caridad, habrían errado lastimosamente, todas, durante muchos siglos.

Un san Eduardo, Rey de Inglaterra, que hoy celebramos, a pesar de ser santo canonizado, se habría alejado tanto del Evangelio, mientras que Mr. Humble, habría, por fin, dado con la justa sentencia moral…

Todo esto es tan absurdo que no debería ser necesario más comentario.

Un sujeto que imitando a los herejes valdenses a los que el gran Papa Inocencio III impuso la profesión pública de la legitimidad de la pena capital, calumnia horriblemente a la verdadera y única Esposa Inmaculada de Cristo, no puede ser en modo alguno un Papa legítimo.

Por la misma razón, aquellos “tradicionalistas” , que, imitando a los anteriores herejes, sostienen que la Iglesia, por medio de su boca, Pedro hablando a través de sus sucesores legítimos, puede enseñar el error durante décadas, incluso en el seno de todo un (presunto) Concilio Ecuménico, no pueden en modo alguno ser católicos, sino que, al menos desde el punto de visto jurídico y visibles, no deben ser reputados menos herejes que esos valdenses.

Diré aún más. Esos presuntos católicos son aún mucho más peligrosos que los valdenses del medioevo, porque imitan todas las exterioridades del catolicismo, sin poseer la actitud fundamental que constituye la base firme del verdadero católico, esto es, la inconmovible confianza en que el Espíritu Santo guía contínua y permanentemente a la Iglesia, no sólo a sus pastores eclesiásticos, sino también temporales, hasta en detalles aparentemente insignificantes, cuanto más en este importantísimo asunto de la pena capital.

Y así como los herejes jansenistas eran tanto más peligrosos que los calvinistas declarados, en la medida en que sabían imitar mejor las exterioridades del catolicismo, cuando de hecho ofendían gravísimamente el Corazón de Nuestro Señor, dudando de su amor y misericordia, similarmente, los herejes lefebvrianos, todas tendencias confundidas, insultan gravísimamente a nuestro Salvador, porque niegan la veracidad de Su Palabra, puesto que Él prometió estar con su Iglesia hasta el fin del mundo, siendo la palabra de los Pastores Su propia Palabra, acusan a Nuestro Señor mismo de inducirnos al error y al pecado.

Niegan también la fidelidad de Cristo a Su Promesa, puesto que Él prometió que las Puertas del infierno, esto es, el error, jamás prevalecería contra su fidelísima Esposa .

Y niegan también la soberana eficacia de su oración, puesto que Él rogó por la Fe de Pedro, y según decía el Papa San León XI contra los herejes “ortodoxos” , ¿Será alguien lo suficientemente loco para afirmar que la oración del que todo lo puede, pueda ser ineficaz en algún punto? ¡Cuánto más uno tan importante!

Todos estos “tradis” son por lo menos tan herejes como el mismo Bergoglio, porque comparten una herejía por así decir, troncal: la desconfianza radical en la perfecta virginidad-infalibilidad de la Inmaculada Esposa de Cristo, y su proterva acusación, como los viejos contra la casta Susana, de infidelidad a su Divino Esposo.

Y Nuestro Señor, que se define a sí mismo como un Dios celoso, ¿Qué creen que pensará de esos mentecatos que se atreven a injuriar tan desorejadamente a su infinitamente amada Esposa, y poner en duda su honor de un modo tan claramente injusto?

Dígalo todo hombre digno de ese nombre, y que aún tenga lo que tiene que tener…

“Reinaré a pesar de mis enemigos” prometió el Sagrado Corazón, y a fe mía, que prepara un ejemplarísimo castigo y condena para esos falsos amigos, y peligrosísimos enemigos de su Reino en esta tierra…

e ganas no me faltan, no me voy a entregar aquí a una defensa de la pena de muerte, siendo tan evidente su legitimidad, tanto considerando la ley natural, como la ley de gracia, por no decir nada de la doctrina y práctica bimilenarias de la Iglesia. Los ejemplos y citas apuntados en el artículo son ya más que suficientes.

Lo que sí me gustaría resaltar en estas líneas, es la presencia en el discurso bergogliano de uno de los rasgos más característicos de todo modernista: Su radical negación de la infalibilidad de la Iglesia.

Porque lo que Bergoglio afirma sin ambigüedad alguna, es que la Iglesia, como tal, sus máximas autoridades, sus leyes generales, sus mejores hijos, los Santos, y entre ellos, sus presuntos antecesores, los Papas, tales como un san Pío V, un san Gregorio VII, un Inocencio III, pueden durante siglos enseñar el error no sólo en la Fe, sino también en la moral, ordenar actos pecaminosos en su Ley canónica, y dirigir a los fieles por el camino del infierno, puesto que esa Iglesia, más que Madre, madrastra, recomendaba e incluso imponía un comportamiento gravemente inmoral y ofensivo a Dios…

Nótese bien que tratamos aquí de la infalibilidad de la Iglesia, y no sólo del Papa, puesto que es toda la Iglesia docente, Papas, Obispos, Padres y Doctores, los que desde la misma edad apostólica han enseñado y practicado lo mismo.

Y no sólo el clero, sino que también las autoridades temporales, Emperadores, Reyes y demás Príncipes, que gracias a su Unción-Coronación-Entronización, recibían especialísimas gracias de estado para discernir lo más conforme a la justicia y caridad, habrían errado lastimosamente, todas, durante muchos siglos.

Un san Eduardo, Rey de Inglaterra, que hoy celebramos, a pesar de ser santo canonizado, se habría alejado tanto del Evangelio, mientras que Mr. Humble, habría, por fin, dado con la justa sentencia moral…

Todo esto es tan absurdo que no debería ser necesario más comentario.

Un sujeto que imitando a los herejes valdenses a los que el gran Papa Inocencio III impuso la profesión pública de la legitimidad de la pena capital, calumnia horriblemente a la verdadera y única Esposa Inmaculada de Cristo, no puede ser en modo alguno un Papa legítimo.

Por la misma razón, aquellos “tradicionalistas” , que, imitando a los anteriores herejes, sostienen que la Iglesia, por medio de su boca, Pedro hablando a través de sus sucesores legítimos, puede enseñar el error durante décadas, incluso en el seno de todo un (presunto) Concilio Ecuménico, no pueden en modo alguno ser católicos, sino que, al menos desde el punto de visto jurídico y visibles, no deben ser reputados menos herejes que esos valdenses.

Diré aún más. Esos presuntos católicos son aún mucho más peligrosos que los valdenses del medioevo, porque imitan todas las exterioridades del catolicismo, sin poseer la actitud fundamental que constituye la base firme del verdadero católico, esto es, la inconmovible confianza en que el Espíritu Santo guía contínua y permanentemente a la Iglesia, no sólo a sus pastores eclesiásticos, sino también temporales, hasta en detalles aparentemente insignificantes, cuanto más en este importantísimo asunto de la pena capital.

Y así como los herejes jansenistas eran tanto más peligrosos que los calvinistas declarados, en la medida en que sabían imitar mejor las exterioridades del catolicismo, cuando de hecho ofendían gravísimamente el Corazón de Nuestro Señor, dudando de su amor y misericordia, similarmente, los herejes lefebvrianos, todas tendencias confundidas, insultan gravísimamente a nuestro Salvador, porque niegan la veracidad de Su Palabra, puesto que Él prometió estar con su Iglesia hasta el fin del mundo, siendo la palabra de los Pastores Su propia Palabra, acusan a Nuestro Señor mismo de inducirnos al error y al pecado.

Niegan también la fidelidad de Cristo a Su Promesa, puesto que Él prometió que las Puertas del infierno, esto es, el error, jamás prevalecería contra su fidelísima Esposa .

Y niegan también la soberana eficacia de su oración, puesto que Él rogó por la Fe de Pedro, y según decía el Papa San León XI contra los herejes “ortodoxos” , ¿Será alguien lo suficientemente loco para afirmar que la oración del que todo lo puede, pueda ser ineficaz en algún punto? ¡Cuánto más uno tan importante!

Todos estos “tradis” son por lo menos tan herejes como el mismo Bergoglio, porque comparten una herejía por así decir, troncal: la desconfianza radical en la perfecta virginidad-infalibilidad de la Inmaculada Esposa de Cristo, y su proterva acusación, como los viejos contra la casta Susana, de infidelidad a su Divino Esposo.

Y Nuestro Señor, que se define a sí mismo como un Dios celoso, ¿Qué creen que pensará de esos mentecatos que se atreven a injuriar tan desorejadamente a su infinitamente amada Esposa, y poner en duda su honor de un modo tan claramente injusto?

Dígalo todo hombre digno de ese nombre, y que aún tenga lo que tiene que tener…

“Reinaré a pesar de mis enemigos” prometió el Sagrado Corazón, y a fe mía, que prepara un ejemplarísimo castigo y condena para esos falsos amigos, y peligrosísimos enemigos de su Reino en esta tierra…

Categorías:ALL POSTS, BERGOGLIO, Francisco

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