La “misa normativa” se celebró “ad experimentum” el 23 de octubre de 1967. Fu puesta a la votación de los obispos y fue rechazada ampliamente. Más tarde en 1969 se promulgaría el NOM (Novus Ordo Missae) o sea la que venimos llamando la Nueva Misa- que es según el cardenal Ottaviani substancialmente la misma-  sin ninguna consulta a las Conferencias Episcopales, con carácter obligatorio “manu militari”. El Cardenal Ottaviani escribió (parece que el verdadero autor fue Guérard des Lauriers) las famosas 60 objeciones, que bastan para que un católico con recta conciencia se niegue a la asistencia a esa misa. El misterio está que la inmensa mayoría, incluído el mismo Ottaviani,  aceptaron sin rechistar, o con una débil oposición que termino por doblegarse, la Nueva Misa.  El autor del siguiente artículo, llama a la nueva misa un “rito ambiguo con sabor protestante”.   La pregunta es si se puede asistir a ritos ambiguos que se presentan como católicos y sobre los cuales ha habido declaraciones de conspicuos protestantes (por ejemplo Max Thurian y la Confesión de Aubsburgo) en el sentido de que la asistencia de protestantes a esa misa sería posible. La respuesta a esa pregunta, por el mundo “católico”ha sido ampliamente mayoritaria en sentido afirmativo.

Antepongo al artículo un comentario, en el lugar en que he visto el artículo, “Adelante la Fe” de alguien con sentido común y sentido moral, pero del que, al parecer, carece el autor y también la inmensa mayoría de católicos.

 

Pues si la Misa Nueva neomodernista es tan mala, ¿por qué asistir a ella? ¿no será más correcto dejar de asistir y que sean los ciegos clérigos neomodernistas los que echen al agujero del infierno a los fieles papólatras neomodernistas?

No en vano ya dijo el Señor que cuando volviera quizá ya no hubiera fe sobre la tierra, así que tampoco hay que asustarse ni lamentarse por que la Iglesia neomodernista haya abandonado al mismo Dios.

 

A cincuenta años de la “Missa Normativa”

 

Mucho alboroto despertaron las versiones surgidas en torno a la posibilidad de una Misa Ecuménica, que permita ya de manera definitiva la intercomunión con los protestantes. Aunque los vaticanistas que empezaron a sugerir tal posibilidad suelen ser por lo general fiables, el vocero del Vaticano, Greg Burke, se apresuró a desmentirla tajantemente.

Más allá de la credibilidad que puedan despertar los desmentidos de la Santa Sede–que, actualmente, como en los tiempos de la sovietología, esa ciencia oculta destinada a descifrar los mensajes contradictorios y paradójicos de los voceros de la URSS, son más reveladores por lo que no dicen -, lo cierto es que una «nueva nueva misa ecuménica» no es para nada necesaria en los designios de los revolucionarios eclesiásticos actuales.

Aun cinco años antes de que se promulgase de la constitución Missale Romanum de 1969, el creador de la Nueva Misa, mons. Annibale Bugnini, refiriéndose al cambio de la liturgia del Viernes Santo (uno de los primeros en realizarse, junto con la supresión de las oraciones al pie del altar, del último evangelio y del canon sotto voce en el llamado “misal híbrido” de Paulo VI de 1965), reveló el designio doctrinal detrás de toda la revolución litúrgica: «La Iglesia ha sido guiada por el amor de las almas y el deseo de hacer todo para facilitar a nuestros hermanos separados el camino de la unión, apartando toda piedra que pudiera constituir siquiera la sombra de un riesgo de escándalo o de disgusto» (Documentation Catholique, n. 1445, 1965). La misa católica pasaba de ser entendida como una puesta en acto de los dogmas católicos, solemnemente expuestos en el Sacrosanto Concilio Tridentino, a un vehículo instrumental para la práctica entre teológica y política del ecumenismo y, por tanto, del ideal multirreligioso sincrético creado y difundido por determinadas organizaciones revolucionarias, inicialmente secretas y condenadas  en varias ocasiones por el Magisterio.

Con la promulgación del Novus Ordo en 1969 y su imposición manu militari en todo el mundo, tenemos ya un corpus litúrgico preparado bajo la mirada atenta de asesores protestantes (uno de ellos, el calvinista hermano Max Thurian de la Comunidad de Taizé llegó a decir que con el NOM, era “teológicamente posible” para un protestante celebrar su santa cena simbólica/comunitaria/anamnética usando los mismos libros litúrgicos),totalmente dispuesto para su colonización ideológica.

Aunque de facto practicada de manera generalizada por el clero progresista, la hospitalidad eucarística y la concelebración con los eufemísticamente llamados por el derecho canónico moderno «bautizados no católicos occidentales» se encontraba de iure restringida, hasta hace muy poco quizás, porque, en la Declaración Conjunta del Papa Francisco y el obispo luterano Munib Yunan el 31 de octubre de 2016 en Suecia, se abría la puerta explícitamente a que el reto de la intercomunión fuera abordado «creativa y valientemente» por las parroquias». Así que la temida misa ecuménica ya está entre nosotros. 

Curiosamente, entre los múltiples aniversarios que conmemoramos este 2017, tenemos los cincuenta años de la primera celebración pública y conocida de lo que sería la Misa Nueva: la celebración experimental, el lunes 23 de octubre de 1967, por mons.  Annibale Bugnini, en el contexto del Sínodo de Obispos aquel año, de la llamada missa normativa. Sometida a votación, fue rechazada de plano por 43 obispos, iuxta modum  por 62 y con 4 abstenciones. Sólo 78 votaron a favor plenamente. Se consideró por los analistas como una derrota del  Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra Liturgia encabezado por el mencionado prelado. Se hicieron algunos cambios menores (entre ellos, el mantenimiento de algún vestigio no substancial  del viejo ofertorio romano) y, sin consultar con las Conferencias Episcopales –como se había acordado sinodalmente en octubre luego del mayoritario rechazo total y parcial de la misa normativa-, se procedió a fabricar e imponer el llamado NOM, que era, en palabras de los cardenales Ottaviani y Bacci, la misma misa normativa en substancia.

Mientras que parecía a veces imposible que las Autoridades pudieran poner orden en medio del disenso masivo –incluso queriéndolo, supuestamente, como en el caso de Paulo VI respecto a la rebelión de varias Conferencias Episcopales a raíz de Humanae Vitae– , el poder acumulado por las estructuras vaticanas durante milenios  fue usado, sin contemplaciones ni miramientos, para erradicar de la faz de la tierra aquel rito que hasta no hace mucho había sido tenido como el mayor de los tesoros divinos. Recordemos que no fue simplemente la fabricación de un rito ambiguo de confeso sabor protestantizante, sino también la prohibición de facto, incluso con medidas canónicas y/o agresiones mafiosas o mediante  la actualmente llamada “violencia psicológica» por parte de las Autoridades, de la Misa Antigua. Era la misma paradoja jacobina: ¡los demócratas, cuya boca se llenaba con ideales de igualdad, libertad y fraternidad, denostando los tiempos pasados de autoritarismo y opresión, realizaban actos cuya crueldad y arbitrariedad habrían hecho palidecer al más «tiránico» de los gobernantes del Ancien Régime! No se combatió la inmoralidad rampante en el clero, a veces hasta extremos sicopáticos, antes bien se premió a notorios delincuentes y pícaros con prácticas canonizaciones en vida, derechos pontificios llovidos del cielo para sus congregaciones contrahechas y toda suerte de granjerías. Pero la Misa Tradicional fue eficientemente combatida, casi en un acto de genocidio teológico. 

¡Dios no muere!, como diría García Moreno y gracias al heroísmo de un  gran “desobediente” como Monseñor Lefebvre (ese “gran hombre de Iglesia”, en palabras de Benedicto XVI) sobrevivió la Misa de Siempre, pero la pregunta queda: ¿cómo pudo haber ocurrido esta catástrofe? En primer lugar, por la acción de las Autoridades Eclesiásticas y la colaboración, en buena fe, de gran parte del corpus fidelium. El prestigio y la eficiencia administrativa mundial casi perfecta de la Iglesia Romana que incluso había llegado a cautivar a ateos como Auguste Comte se puso en marcha, quemando sus últimas energías para tan monstruoso designio. Por otro lado, las logias masónicas, aupadas a un rango de acción muy grande partir de la formación de la llamada «Organización de las Naciones Unidas» en 1945, interiormente y exteriormente, facilitaron el gran trasvase de conciencias y voluntades, preparado desde hacía ya mucho, a través, principalmente, del pánico a una guerra atómica y del amor a las comodidades burguesas del fordismo, difundidos por un bombardeo cinematográfico y musical de implícito anticristianismo en las influyentes cristiandades europeas y norteamericanas. Y, por supuesto, en un primerísimo lugar, la acción preternatural en un contexto esjatológico, profetizada en innumerables lugares en la Sagrada Escritura.

El aniversario de la primera celebración de la Misa Normativa, junto con el de la Revolución Rusa y la Aparición de Nuestra Señora en Fátima nos deben alertar sobre la escalada alarmante de la revolución anticristiana, que luego de saturar la sociedad temporal, penetró hasta el mismo corazón de la Iglesia, la Eucaristía. ¡Redoblemos la vigilancia orante y luchemos por nuestra propia santificación! Como diría Santa Juana de Arco: «¡Que cada quién cumpla con su deber, Dios dará la victoria!».

César Félix Sánchez Martínez               

Católico, apostólico y romano. Licenciado en literatura, diplomado en historia y magíster en filosofía. Profesor de diversas materias filosóficas e históricas en Arequipa, Perú. Ha escrito artículos en diversos medios digitales e impresos

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